Buenas tardes. Ya llegué para darles una sensual entrega. No me odien demasiado por el angst que estoy a punto de darles XD La dulzura no puede durar para siempre (owo)9 Disfruten y nos leemos después.
Capítulo 141
Balada
Hacía más de quince minutos que había colgado su teléfono móvil, por lo que ellas estaban esperando a que les dijera lo que fuera. Cualquier noticia era mejor que continuar en ese enorme lapsus de incertidumbre y preocupación.
—¿Qué te dijeron, Lia? ¿Los encontraron? —la primera en romper el silencio fue la misma Elin. No podía simplemente ocultar lo angustiada que estaba tanto por su hermano como por Kasamatsu.
—Dinos que han sido buenas noticias —Mila clavó esa mirada temblorosa en la italiana, aguardando expectante.
—…Sí, los hallaron —notificó al fin, logrando que un enorme peso abandonara el corazón de cada una de esas angustiadas mujeres. Incluso pudieron tomar asiento y sonreír tenuemente.
—Esos idiotas… Y nosotras creyendo que se habían ido a divertir a algún lado…—Noa ahora se sentía tonta por haber pensado en algo como eso.
—Era lo más viable, conociéndolos —suspiró Ju, sonriendo tenuemente. La noticia había sido lo mejor de la noche y ahora podía sentirse tranquila.
—¿En cuánto tiempo llegarán? —fue la pregunta que no sólo Momoi tenía en mente, sino todas.
—Aproximadamente en dos horas. Aún están un poco lejos de donde estamos nosotras —comunicó la italiana para cada una de ellas; incluso con ese retraso de tiempo, todas estaban más que motivadas, incluso cuando pasaban de las dos de la mañana.
—Podríamos prepararles algo de comer, porque seguramente estarán hambrientos —propuso Aoi. Noción que a todas parecía agradarles.
—¿Y Axelle?¿No estaba aquí hace poco? —los castaños ojos de Amaya buscaron en todas direcciones a la rubia y sin embargo no estaba; y también parecía faltar una persona más—. Kiyoe tampoco está…¿A dónde habrán ido?
No sabía con exactitud por qué había dejado la habitación tan abruptamente ni qué le movía a dirigirse hacia el frío exterior, donde no sólo la temperatura había empezado a descender, sino también la oscuridad se tornaba mucho más aprensiva.
—¿Hacia dónde vamos, Axelle? —sin quererlo ambas ya estaban fuera de ese bonito chalet, mirándose detenidamente. ¿En qué momento esa chica cogió ese frasco entre sus manos?
—Quiero darles la bienvenida a todos —sonrió fugazmente—. Mientras ellas preparan algo que comer, yo les quiero dar un buen espectáculo —aseveró.
—¿Qué es lo que pretendes? Puedo ayudarte si quieres. Ya ves que la cocina no se me da bien…—confesó.
—Por supuesto… Me serás de gran ayuda, ya que si lo hago completamente sola demoraré más de dos horas seguramente —estipuló.
—¿Qué es lo que tienes en mente?
—Hay una ciénaga cerca de aquí, acompáñame y te lo contaré en el camino.
—Oh, es cierto… El dueño nos comentó algo así cuando llegamos hoy en la mañana… Pues vayamos, aunque antes tomemos unas linternas —mencionaba, jalando a la chica para que le hiciera caso.
Habían estado deseando que les encontraran y sacaran de ese peligroso y refundido lugar. Pero no estaba dentro de sus planes que las personas que se encargaran de semejante hazañas fueran esas tres personas en particular.
¿Qué estaban haciendo en un lugar como ese? ¿Por qué se les veía totalmente íntegros? Ese semblante que tenían era una burla hacia ellos y su ineptitud para sobrevivir en ambientes naturales y hostiles.
—Se ven algo…mal —fue el comentario que emergió de Craig. Es que sin importar en quién colocara su mirada, todos se veían desastrosamente mal.
—Quién diría que sí se perdieron y no estaban de farra —siseaba Kai burlonamente, sonriéndoles con descaro. Él estaba disfrutando del espectáculo.
—De todos los que podían encontrarnos…—susurraba Motoharu, observando al de ojos violáceos— tenía que ser…
—Justamente "él"…—Yukio torció el ceño. No quería ser salvado por su rival.
—Pero como vemos que no quieren ser salvados, dejemos que encuentren su camino hacia la civilización solos —proponía el peli rosa, colocando sus manos en los hombros de esos dos desagradecidos chicos, haciendo que se giraran hacia el camino que les trajo.
—¡No, esperen! Si estos dos idiotas se quieren quedar es su problema. Déjalos a ellos —se apresuró a hablar Kagami. Él no tenía problema con ninguna de esas tres personalidades.
—Ciertamente si se quieren volver uno con la naturaleza, pueden hacerlo por su cuenta —comunicaba Kuroko seriamente.
—Tatsu-chin ha venido a salvarnos. Es un buen ex novio después de todo~—Murasakibara indudablemente lo estaba haciendo a propósito para cierto moreno.
—Jamás pensé decir esto, Craig…Pero me alegra tanto el volver a verte —el momento conmovedor del alemán por ir y abrazar a su viejo amigo, se quedó meramente en eso; este simplemente dio un paso a un lado y le evitó.
—Apestas a zorrillo. No dejaré que me pongas una mano encima en ese estado —dictaminó secamente, clavando sus bonitos ojos en él.
—¡Eres tan cruel! Ahora sé lo que siente Kise cuando Aoi lo desahucia…—lloriqueó.
—Pero realmente han llegado a tiempo —Leo también estaba inmensamente feliz de que su auxilio apareciera.
—¿Cómo dieron con nosotros? —preguntaba curioso Marko.
—En realidad fue mera coincidencia…Porque ya íbamos de salida, ¿no es así? —relataba Byron, mirándoles fijamente—. Craig dijo que era mejor volver para ver que no hicieran una estupidez –nada como mirar a los únicos capaces de hacer algo como eso.
—Así que tu sobreprotección hacia nosotros ha traído beneficios inesperados —Hadrien había tomado la pierna del inglés entre sus manos, abrazándola como cachorrito abandonado—. Ahora podremos regresar, darnos un buen baño, cenar y dormir.
—Pasaron menos de un día aquí, ¿cómo pudieron quedar en tan deplorable estado físico y mental? —Tatsuhisa no podía evitar echarse a reír en sus caras—. Novatos.
—Imagino que se fueron adentrando más y más en la montaña, y para cuando se dieron cuenta ya se habían perdido… No tuvieron la precaución de marcar su avance —suspiraba Craig, tras zafarse de cierto infantil chico—. Y probablemente no pudieron atrapar nada para comer…o lo poco que consiguieron se lo devoraron los osos.
—Es tan jodidamente perspicaz…—chasqueó la lengua con malhumor, Midorima.
—Es que ustedes son demasiado predecibles —remarcaba Tatsuhisa.
—¡Cállate, idiota! —refunfuñó Aomine. Ya se había estado callando por largo rato.
—Yo tampoco estoy feliz de que hayan sido ellos los que nos salven, pero…—las doradas pupilas observaron silenciosamente al hermano mayor de Leo, sintiendo un ligero desagrado por su persona. Seguía sin asimilar que se llevara tan bien con su pareja— al menos podremos volver con las chicas…y evitar que se sigan preocupando por nosotras.
—En eso tienes razón, Ryouta —Akashi tampoco encajaba del todo bien con el peli rosa, no desde la noche de ayer en la que se portó tan amable con su pareja.
—Los seguiremos, pero espero que no terminen perdiéndonos aún más —avisaba Daiki.
—No tenemos tan mala orientación como ustedes, niños —se jactaba Kai, quien había decidido adelantarse. Le siguieron en poco aquel par.
—No perdamos más tiempo, tenemos que seguir sus pasos —comunicaba Zabeck para todos.
Incluso mientras les seguían conservaron su distancia. Una parte de su orgullo se encontraba inesperadamente machacado; y aunque les doliera admitirlo, sin su aparición seguramente nunca hubieran vuelto a tener la esperanza de retornar a la civilización.
Aunque lo más curioso de todo es que el que parecía más seguro de transitar por esas traicioneras tierras fuera ese blondo. Quizás se apresuraron en pensar en que había sido gracias a él que esos dos estaban tan frescos.
—…Pensaba que Axelle exageraba cuando dijo que él amaba salir a acampar a lugares…peligrosos…—mencionó Kagami mirando al hombre; estaba lleno de entusiasmo por continuar explorando.
—De hecho, la razón por la que vinimos a este sitio, fue precisamente por su petición —Craig había logrado escuchar el comentario del basquetbolista, y consideró adecuado complementar la información—. Él es quien más lo ha disfrutado y bueno, compartió con nosotros sus técnicas de sobrevivencia.
—Los pescados que capturamos estuvieron deliciosos. Incluso esa sopa hecha con zetas estaba muy buena —nada como Kai diciéndoles lo bien que se llenaron la tripa a la vez que ellos tenían un hambre de perro.
—¡Maldito cabrón! —vociferaron Kagami y Aomine por igual. Ese rubiecito tenía pantalones para comentarles algo como eso.
—Si tienen hambre, pueden comer esto. No es la gran cosa, pero es mejor que nada —en aquel bolso de tela había numerosos frutos del bosque, jugosos y vistosos. Y eso indudablemente despertó el hambre de todos.
—No gracias —fue lo que recibió por parte de Kasamatsu y Motoharu. Su dignidad ya no les permitía continuar siendo ayudados por ese hombre.
—Puedo resistir a que lleguemos —secundaba Aomine.
—Ellos se morirán de hambre por orgullosos, pero nosotros no —sabias palabras del trío de problemático que estaban devorándose todo lo que estaba en ese bolso, lidiando con Murasakibara y Midorima para que no les quitaran nada.
—¿No son adorables cuando son tan celosos? Incluso tú te ganaste el odio de dos de ellos —bromeaba cínicamente Kai.
—Eso sólo demuestra lo infantiles que son —lo cual era totalmente cierto.
—No se podía esperar nada menos de alguien tan maduro como tú —sonrió socarrón, codeándole.
—No me hagas quererte echar a los osos, Kai —amenazaba dulcemente el inglés.
—…Esa charla nunca existió…Nunca…—fue lo único que emergió de los labios de Hadrien. Todos asintieron en rotundo silencio; cosas como las que se habían contado allí, jamás deberían salir a la luz.
Aquella media hora que duró su travesía fue la más larga de sus jóvenes existencias gracias al cansancio que ya estaba haciendo meya en cada uno de ellos. Sin embargo, no podían rendirse aún, no cuando ya faltaba menos trecho para poder salir de allí y dejar atrás aquella amarga experiencia que sin duda dejaría una profunda herida emocional en cada uno de ellos.
Para cuando apreciaron las luces y urbanización del mundo civilizado, prácticamente se les escapaban las lágrimas de los ojos. No obstante, todavía les aguardaba un poco más de recorrido antes de que pudieran encontrarse con aquellas chicas; así que fueron pacientes y prosiguieron.
—¿Cuánto falta para que lleguemos? —preguntó Kise ya deseando pronto un buen baño y comida.
—Gracias a que están apestosos, Kai no quiere subirlos en su automóvil. Por eso vamos a pie… Pero tampoco estamos muy lejos, así que no se quejen —habló Craig, notando que el paso de esos hombres se tornaba mucho más lento.
—Sólo caminen o los dejaremos —amenazaba amenamente Tatsuhisa.
—¡Llegaríamos más rápido si nos fuéramos en tu coche! —sentenciaba Aomine, clavando su mirada en la espalda del blondo.
—Están demasiado sucios para subirlos. Segundo, son muchos, no cabrían a menos que los subiera en el cofre…—la idea le seducía, que incluso sonrió con perversidad—. Podríamos volver y amarrar a algunos en el techo.
—¡Ni se te ocurra! —bramó nuevamente el moreno.
—Es hasta divertido todo esto, porque las chicas pensaban que estaban de fiesta y que las dejaron a su suerte para irse a divertir —las miradas de todos se centraron en el inglés. ¿Estaba hablando en serio?
—¿Quieres decir que hasta hace un par de horas…ellas pensaban que estábamos divirtiéndonos? —siseaba Ryouta.
—Exacto. Por eso se fueron a descansar apropiadamente a un chalet y pasaron una tarde disfrutando del spa —hasta ese instante creían tonta e ingenuamente que sus mujeres estaban angustiadas por su ausencia y seguramente ya habían mandado a buscarles; grave error—. Cosechan lo que siembran. No pueden culparlas.
Su más anhelado sueño se había hecho realidad. Lo supieron cuando sus miradas se cruzaron con la de aquellas chicas, con la de esas mujeres que aun cuando les ofertaban una sonrisa burlona, se les veía sinceramente muy felices de volver a verles.
Las fuerzas le volvieron al cuerpo en cuanto estuvieron a tan escasa distancia de todas ellas. Sus deseos e intenciones eran claras, y ellas las leyeron sin problema alguno. Sin embargo, existía un problema de por medio.
—…Ni se acerquen más, APESTAN —fue la frase que les recibió a todos por igual. Ellos suspiraron y se dieron una olfateada rápida. Efectivamente provocaban el vómito.
—Tomemos un baño primero —suspiró Kise, deseando tomar en brazos a Aoi. Pero sabía que eso no sería posible hasta que dejara de ser una rubia mofeta.
—Es lo más conveniente —mencionó burlonamente Aoi. Ese día iba a recordarlo para toda su vida. El siempre galante y magníficamente perfumado Kise Ryouta estaba irreconocible.
—Mila-chan —Moto se aproximó a la joven, conversando una distancia decente—. Te eché mucho de menos.
—Me alegra que hayas regresado con bien, Moto…Pero mantente un poco más lejos, apestas —y si sus palabras no fueran suficientes, se tapó la nariz con un pañuelo.
—…Elin…—Yukio había sido más consciente, por lo que le dio un espacio más grande a la danesa, para que no pudiera oler su hediondez.
—En verdad que creíamos que se habían ido de fiesta. Hasta que unos turistas que llegaron hasta aquí comentaron que habían visto a un grupo de chicos…entrar a un peligroso lugar. Y bueno…
—Por la descriptiva que nos dieron…Dedujimos que se trataba de ustedes —decía Noa, mirando el desastre andante que era Leo.
—Ha sido prácticamente un tiro de suerte —el danés ya deseaba meterse a bañar e intentar volver a ser el mismo.
—Marko, tu cabello es toda una maraña indescifrable —a Ju le daba cierta comicidad el modo en que el castaño lucía; lo peor del caso es que él solamente se echó a reír por lo desastroso que se veía.
—Shintarou, menos mal pudieron volver con bien —lo que llamaba más la atención del peli verde, era la lata que tenía entre sus manos.
—¿Y eso?
—Bueno, nos mandaron un mensaje diciendo que habían sido bañados por zorrillos… Así que podemos probar el juego de tomate…o mezclar agua oxigenada con bicarbonato de sodio y detergente líquido para que se deshagan del mal olor —comunicó. El otro simplemente suspiró y le dedicó una de sus mejores sonrisas; ella siempre lista para resolver toda clase de apuros.
—Has hecho bien, Amaya —le felicitó.
—Te ves mejor de lo que pensaba, Sei-chan —le sonreía Lia de oreja a oreja.
—Estoy en un estado bastante…deplorable. Así que me abstendré de cualquier contacto físico —sonrió a su muy particular manera.
—¡Tetsu, Tetsu! ¡Estaba muy preocupada por ti! Me alegra mucho que estés aquí —Momoi era la única mujer que le había importado nada el mal olor que ese chico poseía. Simplemente no pudo resistirse a estrecharlo entre sus brazos—….Tetsu…
—…Ya está todo bien —le tranquilizó, suavizando su mirada, acariciando gentilmente su cabeza.
—¿Por qué no me recibes de esa misma manera, eh? –reclamaba sutilmente Kagami a cierta novia suya que conservaba una distancia como de diez metros—. ¿Y por qué demonios estás más llena de lodo que yo?
—¡Porque apestas y no te quiero cerca!
—Descuida, no me acercaré demasiado —Hadrien ya había logrado medio aplacar su cabello y ahora sonría burlonamente a quien había ido a recibirle.
—Indudablemente estás irreconocible –sonreía ladinamente la castaña. Pero estaba enormemente aliviada de que estuviera íntegro y sin nada roto. Y esa alegría sencillamente no podía ocultarla.
—Ey, Hadrien…¿la has visto por algún lado? —cuestionó Aomine en cuanto se aproximó hacia ellos.
—Ahora que lo mencionas…no le he visto por ninguna parte —la dorada mirada iba y venía entre los grupitos de parejas, pero nada, esa rubia cabeza no estaba por ningún lado.
—Está detrás del chalet, acomodando algunas cosas —les hizo saber Himuro, tomándoles por sorpresa—. Si tienen curiosidad de saber qué es lo que la tiene tan ocupada, deberían de ir a ver —fue lo último que dijo antes de marcharse e intentar que Taiga no le abrazara.
—¿Qué estará haciendo? —preguntó, mirando de soslayo al peli azul—. Vayamos y metámosle un buen susto.
—Infantil —aunque igualmente le agradaba esa idea.
No habían demorado en llegar, pero se abstuvieron de hacer ruido alguno en cuanto contemplaron lo entretenida que se encontraba ajustando esa amplia manta sobre lo que en apariencia no era más que una pila de frascos.
¿Qué es lo que estaba haciendo allí, apartadas de todas? ¿Por qué sus ropas estaban totalmente llenas de lodo y hojarasca?¿Qué había estado haciendo y sobre todas las cosas, qué era lo que entretenía su vista en el frente? Hasta donde ambos podían apreciar, sólo estaba el amplio cielo nocturno con un par de diminutas estrellas.
—¿Qué estará haciendo?
—No lo sé, pero parece muy centrada en ello —susurraba el alemán.
Su curiosidad únicamente se amplió en cuanto miraron el pequeño frasco que llevaba en manos. Lo sujetaba con firmeza mientras yacía absorta en algún pensamiento que ninguno de los dos lograría descifrar; pero al menos sabían que era lo suficientemente plausible para hacerle sonreír de manera inconsciente.
—Axelle, ¿qué andas haciendo aquí sola y con esa cosa en tus manos? —esa repentina pregunta había tomado por total sorpresa a la francesa, quien por mera inercia retrocedió un par de pasos. Vaya susto que le había metido.
—¡Hadrien, Daiki! —exclamó, escondiendo por inercia el objeto detrás de su espalda. Incluso dio un paso más hacia atrás—. Deberían irse a bañar inmediatamente, en verdad huelen mal.
—Deja de perder el tiempo y vámonos de aquí —pedía pasivamente el moreno. Solamente quería ducharse, comer y tumbarse a la cama, y bueno, su novia impedía que sus deseos se materializaran.
—Un momento más y ya —soltó, ladeando la mirada, lejos de esos dos.
—Estás actuando más raro de lo normal —se burló Hadrien sin escrutinio alguno—. Hazle caso a Daiki y ven con nosotros de una buena vez por todas.
Su siguiente comentario cambió totalmente su significado. Había pasado de una oración perfectamente estructurada a una simple y llana palabra. Todo en cuestión de segundos, todo en un mero parpadeo.
Fue en ese momento en que su vida parecía haber cruzado ante sus ojos en el corto lapso de tiempo en que sus pulmones se llenaron de ese vital elemento denominado como aire.
Ignoró por completo las fuertes sacudidas que intentaban desbalancear su cuerpo y hacer que su decisión claudicará. Olvidó en ese instante su impulsividad y el razonamiento lógico le abandonó en el instante en que sus ojos contemplaron esa escena; ese instante congelado en que sintió que lo perdía todo. Tampoco le interesaba lo rápido que se movía el mundo a su alrededor. Para él, el tiempo se había detenido para sofocar a su ingenua templanza.
Incluso cuando el ruido a su alrededor se tornaba más abrupto y exasperando, aun cuando sentía que ese camino no poseía un final, era incapaz de cerrar sus ojos y relegar todo lo que en esos escasos segundos se había suscitado, transformando por completo su mundo.
Se habían detenido, algo grande y robusto había frenado su desesperante descenso. Pero si eso era lo que él tanto había estado buscando, entonces, ¿por qué se sentía de esa manera tan amarga? ¿Cómo pudieron sus planes cambiar de ese modo?
¿De qué había servido el protegerla durante la caída cuando el resultado había sido el que él tanto temió?
—Ungh… ¿Qué…tan lejos caímos…? —cuestionó, con su mirada puesta hacia el lejano punto que alguna vez le ofreció seguridad.
—…¡Idiota! —nunca en su vida le había escuchado llamarle de esa manera. Jamás. Sin importar la tontería que pudiera haber hecho o el comentario burlón que le hubiera ofrecido. Él nunca usó un adjetivo como ese en su persona—. ¡¿Pero por qué…lo hiciste…?!
¿Enfado? Lo era. Pero no hacia ella, era hacia sí mismo. Se aborrecía por haber permitido que las posiciones se invirtieran y hubiera sido él quien terminara llevándose el mejor trato.
Él deseaba ser la persona que impactara de lleno contra la dura y fría corteza de ese enorme árbol. Él quería verse de esa manera para dedicarle una sonrisa alentadora que le indicara que todo estaba bien y que, por primera vez en toda su vida, su imprudencia había servido de algo.
Pero ni siquiera podía hacer eso. Él sólo podía notar esa dolorosa calma que le dominaba la mirada y la sonrisilla que lentamente se formaba en sus labios.
—¿Por qué…? —no podía soportar ese suave gesto suyo, no podía encararle en ese preciso instante. Su única panorámica era el suelo repleto de hojas caídas y ramas rotas.
—…No soy yo la que juega basquetbol, ¿sabes? —incluso ese tono lleno de normalidad, como si no hubiera pasado nada, le resultaba insoportable.
—No me importa no jugar una temporada…si con ello hubiera…evitado que terminaras de esta manera…—esas carmesí pupilas estaban molestas. ¿Acaso fue su comentario el que le causó semejante incordio?
—¿Qué tonterías estás diciendo, Hadrien? Hasta donde recuerdo deseabas jugar baloncesto tanto como Marko y Leo… Y no quiero volver a ver a nadie terminar con su sueño por una lesión —expresó con sinceridad, incluso parecía ofendida de que no le agradeciera por su buena voluntad.
—…Pero podrías ser incapaz de volver a practicar…—mordió su labio inferior, con injuria. Quedaba más que claro que su hombro derecho estaba lesionado; ella no podía ocultar el malestar que le embebía sin siquiera moverse del sitio al que había terminad a dar.
—Mi vida no gira alrededor del kendo, ¿sabes? Igual ya obtuve lo que quería el invierno pasado —mencionó con humor. No quería que él continuara mortificándose innecesariamente—. Además, tú me salvaste… Estoy segura de que, si no hubieras ido detrás de mí, lo menos que tendría en este momento sería un hombro herido… Gracias.
En ese momento él lo recordó. Conmemoró lo que por muchos años quiso mantener en secreto, en el fondo más recóndito de sus memorias. La razón fundamental por la que se había enamorado de ella.
—No te ha pasado nada, ¿verdad? Es decir, ¿no se te rompió nada? —preguntó presurosa, tras caer en cuenta de que frente a ella estaba él sentado silenciosamente, lleno de rasguños y hierba.
—…Claro que no… Tú tomaste la parte que me correspondía. Tú eres la que está sentada frente a mí, intentando no mostrarme el dolor que sientes por ser incapaz de protegerte…¿Cómo esperes que esté tranquilo y mantenga todo eso que por estos años he intentado sofocar…? Odio…tu amabilidad. La odio más que cualquier otra cosa en este mundo…—la volteó a ver una vez. Parecía como si no se hubieran visto en años, como si ahora ambos fueran tan diferentes, pero extrañamente, conservaran esos profundos lazos que construyeron a lo largo del tiempo.
—Menos mal —suspiró tan hondamente como le era posible. Su mirada no mentía, estaba aliviada de que las cosas fueran como él se las hizo saber.
—No vuelvas a hacer…algo tan estúpido como esto —demandó secamente, sin sonar a él.
—Lo…lamento, de verdad. Yo quería darles la bienvenida…—gesticuló con dificultad, agachando su mirada. Su buena intención se transformó en una tragedia de un momento a otro—…Fui muy torpe al ponerme en esa zona…
—No podías saber que se desbordaría…Además…—lo admitía, él había tenido en parte la culpa por haberle metido semejante susto y hacer que retrocediera. Había contribuido a la caída y le hacía miserable el saberlo.
—¿Además?
—Si no te hubiera asustado de ese modo, no habrías caído…—el valor para mirarle sin doblegarse, estaba mermando. No sabía si podría seguir con esa misma claridad mental.
—Mira, ni tú te culpas ni yo lo hago conmigo misma. Lleguemos a un mutuo acuerdo en donde todo esto no es más que producto de un accidente, un infortunio que pudo sucederle a cualquier otro —¿cómo lo hacía? ¿Cómo lograba arreglar todo su mundo con unas cuantas palabras?
—Eres una tramposa…—bufó, cruzándose de brazos. Incluso un gesto de lo más infantil se instaló en su rostro—. Siempre sales con cosas como esas y yo soy incapaz de quejarme.
—Lo hago para que no tengamos problemas y podamos tener las cosas en orden. De nada sirve culparse el uno al otro… Sabes que no me gustan esas actitudes —aseveró seriamente.
—Lo sé de antemano…—sonrió fugazmente, pero con una entrañable calidez—. Dime…¿qué estabas planeando?¿Qué había debajo de esa manta?
—Tú mejor que nadie debería de saberlo —le dedicó una sonrisa divertida. Incluso se abstuvo de contarle su pequeño secreto—. ¿No te acuerdas? ¿Ya olvidaste ese verano, después de que al fin los liberaron de su castigo?
—…El internado…
—Sí, cuando me abandonaron seis meses. Trío de ingratos —refunfuñó. Y él sólo rio ante el puchero que le hizo.
—…Nunca lo olvidaría. Digo, ese sitio era el infierno viviente…
—Del cual los corrieron. Recuerdo que hasta les devolvieron a sus padres el dinero con tal de que los sacaran de allí —señaló divertidamente. Hadrien solamente podía limitarse a sonreír involuntariamente; había olvidado ese acontecimiento no de manera consciente; aunque se alegraba de recuperarlo.
—Por eso estabas toda llena de lodo… Eres pésima atrapándolas…—una parte de él estaba conmovida por esa sorpresa que ni siquiera había visto aún.
—Silencio –objetaba—. Yo capturé muchas…aunque Kiyoe me echó una mano…
—Ella también era un asco —bromeó—. Me pregunto qué estará pasando allá arriba…—se puso de pie, sintiendo un fuerte vértigo que le desequilibró por completo. Hasta ese instante, no se percató del líquido carmesí que se entremezclaba con sus cabellos.
—No seas impertinente. Te golpeaste la cabeza y no deberías hacer movimientos innecesarios ni bruscos —su tono estaba cargado de preocupación y severidad. No deseaba que él continuara forzándose.
—¿Entonces esperaremos a que vengan a rescatarnos…? Sabes, me harán burla por no poder ayudarte y peor aún, por ser socorrido…otra vez.
—Yo me preocuparía menos por eso y más por lo que nos dirá Craig.
—Y Daki…Él tampoco va a estar contento…—y no podía culparlo. Él estaba del mismo modo.
No es como si no hubiera deseado descender en ese preciso momento valiéndose de sus medios. No, él en verdad quería hacerlo y quitarse esa creciente preocupación que le desmantelaba los nervios y le orillaba rápidamente al pánico.
Ellos habían intervenido en el momento justo, en ese lapso de espasmo que lo dominó y le imposibilitó el movilizarse y compartir, probablemente, el mismo destino que esos dos.
—¡Detente, no seas impertinente! El terreno es demasiado inestable y sería muy peligroso… No queremos que sean tres en lugar de dos —se requería la fuerza de esos dos para frenar su arranque y evitar que una nueva tragedia surgiera.
—Vamos a sacarlos de allí, así que, por favor, tranquilízate. Si pierdes los estribos de esta manera, estaremos perdidos —llamaba a la calma el danés.
—…Hadrien no permitiría que nada le pasara, Aomine. Así que confía en él y ten paciencia… Si cometes una imprudencia, ¿quién crees que se llevará la peor parte? —la persona menos esperada se encontraba dándole un sermón para que apaciguara su ímpetu y cediera a su estúpido deseo de bajar.
—…Tatsuhisa…—sus celestes ojos solamente lo miraban a él, y a nadie más. Incluso cuando venía acompañado de ese par.
—Hay un modo de llegar a esa zona, así que eso es lo que haremos… Bajar sería imprudente y sólo se lo pediría a alguien con la suficiente experiencia en esta clase de lugares; y explícitamente para que se asegure de ver cómo están y ayudarles mientras esperan.
—¿Por qué demonios tiene que ser él? —Daiki sencillamente no iba a dar su brazo a torcer. Quería ser él quien se encargara de ello y no ese total desconocido.
—Porque él estará bien si alguno de sus huesos se rompe, pero tú no —sentenció fríamente aquel serio hombre.
—No puedes darte el lujo de lesionarte y perderlo todo —habló el otro rubio, acercándose hacia esa endeble zona, alistándose para comenzar el escabroso descenso; existían varios metros hasta tocar el suelo—. Estoy tan preocupado como tú por el bienestar de esos dos y prometo que los encontraré. Así que ustedes borden la zona.
—…No olvides llevarte esto…—esa mochila tomó por sorpresa al rubio; quien la atrapó en breve—. El lugar es escabroso, con una caída dolorosa y demasiada vegetación alrededor. Requerirán de ese botiquín.
—Gracias, Kai.
Lo siguiente que contemplaban era a ese temerario joven bajar, en un acto de derrape y buen control sobre su alrededor. Esa manera de ser tan particular iba a servir de algo.
—Dejen de perder el tiempo y vayan a la entrada —les ordenó activamente Kai—. No tienen tiempo para estarlo desperdiciando.
—Permíteme conducir a mí —fue el único comentario que emergió de Craig en cuanto se marchó, para seguir la indicación de Tatsuhisa.
—…Le es imposible mantenerse sereno cuando algo está relacionado con Axelle…—fue lo último que salió de los labios de Aomine antes de acelerar el paso y seguir a esos tres.
El problema no había sido el de alcanzar el fondo de ese prolongado barranco, sino hallar a quienes no corrieron con la misma suerte que él. Estaba oscuro, apenas iluminado por la penosa luz de la luna y seguramente la linterna que llevaba en manos no sería totalmente de utilidad.
No vaciló y se adentró justo por la zona en donde contemplaba los estropeados y casi destruidos arbustos. Habían pasado por allí; aunque lo peor es que el camino de destrucción todavía se prolongaba varios metros adelante.
—¿Escuchas eso? Son pasos…—todavía no había recobrado del todo su equilibrio, pero le quedaba claro que el lugar ya no estaba tan tranquilo como hace un momento.
—Seguramente se trata de alguno de ellos…—mencionó, muy segura de su conclusión.
—¡Ey, por aquí! —los gritos de Hadrien facilitaron la localización de ambos.
Tras seguir esa voz, al fin pudo dar con su paradero. Sonriéndoles, se aproximó hasta donde estaban y se alegraba de que la situación luciera mejor de lo que esperaba hallar.
—Su hombro… Su hombro derecho está lesionado —fue lo único que emergió de la boca del alemán. Sus malestares podían esperar.
—Byron, no esperaba que fueras tú el que nos viniera a salvar —esbozó una cálida sonrisa de bienvenida. Intentaba restringir su movilidad a lo mínimo.
—…No está roto…sin embargo…—le bastó con colocar su mano sobre aquel inflamado hombro para percatarse de su realidad—. Está dislocado. Si no vuelve a ponerse en su lugar, tendrás que lidiar constantemente de dolor.
—¿Por qué…presiento que…quieres ponerlo en su sitio?
—Entre más rápido lo haga, te recuperarás mejor —estipuló con una mirada seria—. No puedo hacer más por ti en este momento, que esto… Aunque claro, será insufrible cuando lo haga…
—Hazlo —alguien había decidido en el nombre de ella—. Yo estaré a tu lado, así que, si quieres golpear a alguien para liberar tensión, me tienes a mí —mencionó con humor, para ayudar a que se relajara—. Tampoco quiero que dejes de practicar, Axelle. Por favor, deja que lo haga.
Si no tengo más elección…—susurró—. Hazlo antes de que me arrepienta…
Byron no había exagerado cuando le advirtió que el proceso sería doloroso en exceso. Aunque tampoco podía oponerse, no cuando era por su propio bien.
No pudo evitar que esas lágrimas escurrieran una tras otras sobre sus mejillas, así como ese grito ahogado le provocara querer respirar con una mayor necesidad.
—…Con esto debería de estar bien…—dijo para la chica que había sido recostada sobre el suelo y había estado apretando fuertemente su mano contra la del alemán.
—Lo hiciste muy bien, Axelle —le felicitaba el peli vino—. Ahora ya estarás mejor.
—Será mejor que salgamos de aquí y nos dirigimos hacia el camino que hay… Los chicos llegarán por esa zona, y así podremos regresar. Te llevaré cargando, así que…—sus palabras fueron cortadas por las acciones de la blonda; ya se había puesto de pie con la ayuda de Hadrien.
—No hay necesidad. Yo no estoy mareada ni nada, por lo que puedo caminar por mí misma…Apoya a Hadrien, él sigue mareado y podría caerse.
—Ya oíste a la chica —le extendió su mano al joven, ayudándole a levantarse—. Salgamos de aquí de una buena vez por todas.
Indudablemente se habían arrepentido de haber dejado que ese hombre tomara el volante del vehículo. No sólo no prestaba atención alguna a sus sugerencias, sino también conducía endemoniadamente rápido, como si alguna amenaza estuviera tras sus pasos.
Aunque la única ventaja de ello es que el período de tiempo que requerirían para llegar se acortaría sustancialmente.
—¡Maldita sea, conduce como un maldito loco! Conduce peor que tú —Aomine literalmente se aferraba al costado del auto, incluso teniendo el cinturón de seguridad.
—Creía que tendrían prisa por llegar, por eso he acelerado un poco.
—¡Vas al máximo de velocidad! —chasqueaba Turletti. Él quedó en medio y solamente podía sujetarse de Leo y Aomine.
—…Ya casi hemos llegado —Kai como casi siempre, se mantenía inmutable.
El cese de movimiento del automóvil fue más como un intento fallido de derrape, pero poco les importaba a los tripulantes. Ellos descendieron en cuanto sintieron el alto total y empezaron a dirigirse hacia el único camino transitable y visible.
—Tendremos que caminar el resto, pero no es demasiada distancia, así que…—la celeste mirada de Tatsuhisa se paralizó por completo en cuando contempló lo impacientes e irracionales que resultaban ser esos tres chicos.
—¡…Axelle, Hadrien…! —exclamaron esos dos amigos a todo pulmón. Jamás en sus vidas creyeron sentirse tan felices que no les importó aventarse contra el alemán, importándoles un bledo las maldiciones que les profesó en cuanto lo tuvieron contra el suelo.
—Antes de que quieras abrazarla…te advierto que debes ser cuidadoso, Aomine. Su brazo se dislocó y aunque lo puse en su sitio, continuará adolorida y presiones demasiado fuertes resultarían…—se quedó totalmente boquiabierto en cuanto apreció a ese orgulloso hombre ofertarle una reverencia. Estaba dándole las gracias de manera sincera.
—…Gracias…a los dos, por traerle de vuelta. Por evitar que se hiciera más daño… En verdad se los agradezco —sus palabras no sólo llegaron a esos dos rescatistas, sino también a los que estaban presentes. Ver una faceta como esa en alguien como él no era algo que se apreciara todos los días. Él no haría a un lado su orgullo por cualquier cosa.
—No tienes que agradecer nada —mencionaron Hadrien y Byron por igual.
—…D-Daiki…—la chica simplemente dio unos pasos hacia él, clavando su carmesí pupilas en su rostro. Estaba molesto, pero más allá de eso, aliviado y terriblemente feliz de volver a verla—. Yo de verdad…
Se quedó completamente en silencio, sintiendo su rostro contra su reconfortante pecho mientras aquella mano se colaba hasta su cabeza, sujetándole con delicadeza, pero con la suficiente decisión para no dejarla escapar.
Lo siguiente que escuchó le paralizó el corazón por completo y le dejó incapaz de poder gesticular palabra alguna.
¿Por qué ahora?¿Por qué él?¿Por qué debía sentir esa entrañable y palpable calidez empapándole la mejilla y no poder hacer nada al respecto para frenarla?
El pánico se apoderó de ella por completo y buscó con desesperación apartarse de su lado.
—…Idiota… No vuelvas a darme un susto como ése, ¿entendiste? —podía percibir claramente esa mezcla agridulce de su voz, intentando opacar vertiginosamente el rastro que se produce tras el florecimiento de esos dolorosos sentimientos de tristeza—. ¿Qué se supone que haga si…llego a perderte? Deja de ser tan egoísta conmigo, Axelle.
—D-Daiki…Y-Yo…lo siento…—le había costado demasiado salir de aquel shock que apuradamente había logrado procesar cada una de sus sinceras palabras—….No volveré a hacerlo, te lo prometo…
—¡Ustedes dejen de lloriquearme! No voy a dejarlos tan fácilmente…—porque ese par eran demasiados sentimentales que no sólo continuaban abrazándole, sino también estaban allí, llorándole.
—De algún modo u otro, las cosas salieron bien.
—Me sorprende que no estés dando un comentario sarcástico. Lo digo claramente por Aomine —incluso alguien como Craig estaba más tranquilo por cómo terminaron las cosas.
—¿Y qué se supone que debería decir? Es un idiota después de todo… Aunque…para variar ha hecho algo que merece mi reconocimiento —espetó, encendiendo el cigarrillo que llevaba en mano—. Además, no puedo meterme con él, porque ella jamás me lo perdonaría.
—Las cosas son más complicadas de lo que se aprecia a simple vista, ¿no? —a él tampoco le importaba tomar uno de esos productos cargados de nicotina para saborear su esencia.
Ese sonido era inconfundible, por lo que automáticamente se dirigieron hacia la puerta de salida, enfocando su atención total en el vehículo que había estacionado a varios metros de la entrada. En cuanto contemplaron a quienes descendían una parte de sus almas parecía volver a su lugar.
Simplemente no iban a poder resistir hasta el amanecer si continuaban dándoles esa clase de sustos. Por ese día ya habían tenido suficiente de emociones y preocupaciones.
—¡Axelle! —si Aomine no se hubiera puesto entre la blonda y ese grupo de gemelas, el resultado hubiera sido doloroso para ella.
—Lo siento, pero por ahora los abrazos están prohibidos para mí —mencionó, asomando su cabeza a un costado de su novio—. Me disloqué el hombro y aunque está en su sitio, no debo ejercer fuerza sobre él. Órdenes del médico, ya saben que son molestos.
—Te dieron algo para el dolor, ¿verdad? —cuestionaba Lia tal cual madre. La francesa asintió—. Menos mal. Mira que sustos nos metes.
—Todas entramos en pánico cuando escuchamos ese fuerte ruido y fuimos a ver lo que ocurrió —relataba Mila, mirando a su amiga—. Deber ser cuidadosa.
—Tuviste suerte de que Hadrien y Aomine estuvieran allí —terciaba Elin—. No tenías que hacer nada allí.
—Sólo calla y cómete el sermón —refutó Daiki, mirándole de soslayo—. Te lo has ganado a pulso.
—Creía que les darías la bienvenida, Axelle. No convencí al médico para que te dejara ir por nada —siseaba Craig, quien ya estaba al lado de la blonda, junto con ese trío de despreocupados chicos.
—No te rompiste nada, ¿verdad? –la italiana ahora miró seriamente a Hadrien; este negó y señaló con la mirada a quien recibió todo el daño—. Al final fuiste el salvado…—suspiró, sonriendo—. Son un grupo de estúpidos.
—Sabíamos que regresarías, así que las trajimos hasta aquí —hablaba Kiyoe con esos dos frascos en manos. Noa y Ju estaban igual que ella.
—Aún quedan un par de horas de oscuridad, aprovechemos —dictaminaba animadamente Noa.
—Yo también quiero participar —habló Momoi, con otro frasco en manos—. Hagámoslo para todos.
No eran los frascos lo verdadero llamativo, sino lo que custodiaba tan frágilmente en su interior. Era como si desearan que esas endebles y pequeñas criaturas no fueran alcanzadas por nada ni nadie. Sencillamente eran demasiado hermosas para que alguien pudiera siquiera rozarlas.
Yacían paradas justo en el centro, con sus manos alrededor de lo único que limitaba la libertad de la total reclusión. Aguardaban la señal de quien se había encargado de concebir esa idea y hacer todo lo posible por hacerla realidad.
La señal fue rápida y certera.
Lentas, sutiles pero llenas de vitalidad y decisión, esas pequeñas luciérnagas iban pausadamente ascendiendo, deleitándose con las formas y siluetas que conformaban su alterado entorno. Las acariciaba el viento de la noche, les hechizaba el suave murmullo de los tímidos grillos.
Bailaban en perfecta armonía ante el capricho egoísta de la luna y sus lúcidas estrellas.
En ese momento el cielo de la noche estaba ante sus ojos, alcanzable, perfecto y totalmente inmaculado. Les mostraba su belleza, su candor y su innegable fugacidad.
¿Cuándo consideraron que criaturas tan ordinarias como las luciérnagas podrían redefinir el concepto que poseían sobre la magia?¿Cuándo creyeron que ese manto tintineante podría cautivarles hasta el punto de no desear que ese sublime espectáculo concluyera?
—…Sé que es tarde, pero… ¡Bienvenidos!
Tras su simple mensaje, se limitó a retornar su mirada hacia ese cielo expansivo y en constante movimiento creado por las luciérnagas. Todavía deseaba admirarlas un poco más, mientras se alejaban de su vista y retornaban a la naturaleza.
—¿Apartándote del resto para apreciar el espectáculo, Hadrien? —el joven permanecía sentado sobre el suelo, con la mirada puesta en ese precioso escenario luminoso. Su invitado inesperado simplemente tomó un lugar a su lado—. Te recuerdo que aquí el antisocial soy yo, así que deja de robarme mi puesto.
—…En verdad que es algo hermoso…—sonrió de lado, sin despegar su atención de lo que todos continuaban apreciando. Su mente estaba evocando viejas y añorantes remembranzas—. Es curioso, porque odio los insectos y soy incapaz de ver alguno de ellos… Sin embargo, a finales de ese verano…yo me enamoré de esas luciérnagas… Entendí lo frágiles que eran y que no todos eran capaces de apreciar su belleza y lo efímero de sus existencias. Tampoco el esfuerzo que les llevaba brillar tan intensa y tímidamente, como si no quisieran que nadie más les mirase… Y para cuando lo descubrí, rogué porque nadie más se diera cuenta de ello…—sonrió forzadamente, clavando sus doradas pupilas en él.
—…Nunca podrás superar algo de lo que has estado huyendo por todo este tiempo, Hadrien… El que ahora quieras atrapar una vez más a esa luciérnaga y no dejar que nadie más le toque, sólo demuestra que te has estado mintiendo durante todo este tiempo…—no existía burla ni sarcasmo en su tono de voz. Estaba hablándole con seriedad y un extraño estado de comprensión—…Aún no la has olvidado. Todos esos sentimientos continúan allí, esperando a que llegue el día en que por fin puedan alcanzarla…
