Tras la escapada conjunta al baño, ambos adolescentes habían regresado a la sala de cine como si nada hubiera sucedido. Una vez que la función acabó y todos fueron expuestos a la luz del exterior, los presentes allí fueron testigos del primer instante en que Francis y Arthur comenzaron a entrelazar sus manos cada vez que caminaban lado a lado. Antonio hubiera querido indagar y cuestionar la actitud de su amigo pero, si la conversación que había sostenido con él ante la llegada de Arthur había sido inútil, estaba seguro de que ésta también lo sería. Eso no impidió que intercambiaran miradas suspicaces con Gilbert y más tarde comentaran entre sí lo que ambos vieron. No sólo se habían tomado de la mano, sino que también estaba el hecho de la otra noche, cuando Arthur se presentó intoxicado en su cuarto y demandó la presencia de Francis, Gilbert se contó con lujo de detalles. El francés no había estado nada contento por ser despertado tan bruscamente, desde luego, y aún así había salido a hablar con él. ¿Es que acaso su amigo ahora estaba saliendo con Kirkland? Decidieron que no fastidiarían a Francis con el tema, era imposible que fuera cierto. A lo sumo podría tratarse de un capricho pasajero, nada importante. La situación tomó un matiz totalmente diferente cuando descubrieron qué tan cercanos realmente eran, pues no andaban juntos a luz y sombra, sino que además Gilbert había descubierto la prueba infalible. Días después de la película, al término de su última clase él se había juntado con Antonio y los hermanos Vargas, Feliciano y Lovino. El primero ayudaba a los otros dos con sus respectivos deberes, aunque Gilbert dudaba que siquiera el mismo Antonio comprendiera del todo los temas de física y matemática que debían estudiar. Por eso mismo, y a pesar de que sólo hubiera acudido por falta de algo mejor que hacer, decidió entrometerse para asistir a los más jóvenes. Una cosa era recibir ayuda de Antonio, a quien Lovino podía contestarle como le diera la gana, y algo totalmente diferente era que esta ayuda viniera del alemán. Fue cuestión de tiempo para que sus personalidades chocaran, el más joven no reconocía los errores que había cometido y desestimaba las soluciones que Gilbert aportaba a sus inquietudes, por otro lado la exigencia de este último era demasiada para los italianos que no estaban acostumbrados a su método de estudio. El desenlace fue el único posible: un completo desastre. Tanto el uno como el otro acabaron por marcharse, dejando a Feliciano y Antonio por su cuenta. Gilbert se largó a su habitación, furibundo, pero su sangre se heló cuando abrió la puerta y cruzó el umbral. Tendidos en la cama de Francis, el cuerpo de su dueño y el de Arthur Kirkland se enredaban en un intento por permanecer dentro de ese pequeño espacio mientras descansaban. Los dos pares de ojos estaban completamente cerrados y las respiraciones que se oían en la habitación eran pausadas y tranquilas. Gilbert concentró toda la energía de su cuerpo en el brazo izquierdo antes de cerrar la puerta estruendosamente. Los adolescentes se despertaron dando un respingo, luego notaron la presencia del tercero en el cuarto, Francis lo saludó con desinterés, rápidamente se excusó con Arthur y lo invitó a ir en busca de algo para tomar.

—¡Están juntos! —Gilbert insistió.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —demandó saber Antonio.

—Te digo que los vi con mis propios ojos. Y, escúchame, ni siquiera estaban haciendo algo sexual, Arthur no es una aventura pasajera. No, no, no. Estaban durmiendo nada más, muy abrazados.

—Oh, no.

Oh, no, precisamente. Esto es algo romántico, hay sentimientos de por medio —afirmó con suma gravedad—. Él no es como tú, su situación no es la misma, tiene al novio aquí mismo.

—Y ya nos está haciendo a un lado, se la pasa con Arthur.

—¡No se suponía que nuestros últimos años fueran así!

Eso no era más que la punta del iceberg. Ciertamente, a partir de ese día en el cine a Francis le fue cada vez más sencillo ignorar sus dudas respecto a los sentimientos que albergaba y que de forma tan repentina habían surgido dentro de sí, dejó de cuestionarse a él mismo y recibió su situación con brazos abiertos. Arthur, por su parte, realizó con naturalidad cada acción que en otra época no hubiera sido propia de él. Estaba seguro de que jamás recibiría un no de Francis, lo suyo era una apuesta asegurada que jamás perdería, una caída libre en la que no moriría, por eso mismo de daba el lujo de actuar del modo que más le placiera.

Todo el instituto comenzó a verlos inusualmente afectuosos e inseparables, no se despegaban uno del otro, aunque en general era Francis quien más seguía Arthur sin dejarlo a menos que las leyes de la física o las propias normas de convivencia se lo impidiesen. No era de extrañar que ahora en cada clase que compartían se sentaran uno al lado del otro, ni que trabajaran juntos en el proyecto que había sido asignado en la clase de historia, o que Francis llevara los libros de Arthur cada vez que éste se lo solicitaba.

Al poco tiempo notaron que Francis se sentaba en su regazo y le daba de comer en la boca, confeccionaba para él coronas de flores, le leía poemas de amor al aire libre y, según escucharon decir a Alfred, lo observaba dormir. Aunque hubo cosas de las que ninguno de ellos jamás se enteró, siempre que la habitación de alguno de los dos estaba desocupada se tendían en la cama y se besaban por largos ratos.

Durante las clases que pasaban separados Francis le mandaba mensajes de texto, cuando Arthur no los respondía se aseguraba de que llegaran a él notas que escribía en un trozo de papel. Pedía permiso para ir al baño, pero en lugar de ello se dirigía al aula en que su amado estaba, aguardaba a que la profesora no estuviera mirando y deslizaba el papel por la ventana a quien estuviera más cerca, con la indicación de pasárselo a Arthur.

Si bien Francis había conocido a otras personas, él nunca había estado en una relación seria, era esa su primera vez. Tanto las películas como las novelas de romance lo fascinaban y más de una vez había deseado ser uno de los protagonistas, profundamente enamorado y con alguien que lo amara también. Durante el corto tiempo que estuvo con Arthur logró que todas sus fantasías se hicieran realidad, sin importar lo muy absurdas o infantiles que pudieran ser. Los fines de semana había dejado de salir con sus amigos para pasar cada minuto junto a él, organizaba picnics en el amplio jardín del instituto, compartían sesiones de estudio en las que se la pasaba acariciándole los pies con los suyos por debajo de la mesa, pintaba retratos suyos a acuarela, en los salones vacíos practicaban pasos de baile que incluso una tarde llegaron a implementar a la luz de la luna, a insistencia de Francis. Pero lo suyo no era sólo contacto físico, estaba seguro de ello, sino también emocional. Un sábado le hizo a Arthur una confesión, ambos estaban tendidos en la cama de éste último, Alfred había salido con su familia y no volvería hasta el domingo por la noche, de forma que Francis había aprovechado para mudarse temporalmente a su habitación. Arthur tenía la atención puesta en un libro mientras Francis descansaba la cabeza sobre su pecho y lo rodeaba con el brazo.

—¿Sabes por qué yo solía quedarme en el instituto cuando no salía con amigos los fines de semana?

Arthur soltó un suspiro e hizo a un lado su libro.

—No. ¿Por qué?

—Mis padres no pueden venir a visitarme siempre. Bueno, en realidad casi nunca. Ellos viajan demasiado, por trabajo. Por eso tampoco voy a las otras escuelas, además ésta es muy prestigiosa. Cuando era más pequeño me sentía solo, son pocos los que no tienen contacto habitual con sus padres —le explicó—. Me dieron un buen teléfono celular para que estuviéramos comunicados. Supongo que no me quejo.

—Nunca supe de eso —murmuró Arthur—. Siempre parecías feliz y satisfecho.

—Me acostumbré. No sé qué hubiera hecho sin mis amigos. Además ahora te tengo a ti, ya nunca estaré solo —dijo con una amplia sonrisa—. Dime, Arthur. ¿Cómo es tu familia? Oí que tienes muchos hermanos, ¿los ves seguido?

—Tengo hermanos, pero no los veo realmente, y es así justo como me gusta. Yo elegí venir al internado para no estar tan cerca de la familia.

—¿No te agradan? —inquirió Francis, mirándolo con preocupación.

—No me agradan.

—Pero es tu familia.

La expresión en su rostro comenzó a incomodar a Arthur.

—No es como si no los viera nunca, simplemente no tan seguido.

—Si yo tuviera una familia grande los vería todas las semanas, te presentaría a ellos y la pasaríamos de maravilla.

Al terminar de hablar Francis se acercó a su rostro y le besó ambas mejillas repetidas veces para luego moverse a sus labios.


Compartieron escapadas nocturnas durante esa época también. Después de todo, los dos conocían la misma salida al fondo del jardín, y la usaban para su ventaja.

—¿Te gustaba caminar solo por las noches, o es que no tenías más opción? —inquirió Francis. Sus manos estaban entrelazadas mientras caminaban lado a lado.

—¿Hablas en serio? Me gusta estar solo.

—¿Incluso más que estar conmigo?

Francis detuvo la marcha y lo miró de frente. Su pregunta claramente era importante. Arthur se encontró sin palabras, estaba dividido entre lo que debía decir para no lastimar a su nuevo novio y lo que en verdad pensaba.

—Eso es imposible —mintió.

Satisfecho con la respuesta, Francis se acercó a él para besarlo. Esas noches compartidas no eran para embriagarse, para disgusto de Arthur, sino que se trataba de paseos románticos y besos bajo la luz de la luna.


—No creo que esta camisa sea para mí —se quejó Arthur, sus ojos fijos en el espejo de cuerpo entero que tenía enfrente, colgando de la puerta del dormitorio de Francis.

—¡Claro que lo es! —insistió su novio—. Te hace ver apuesto. Más que de costumbre.

—No me convencerás con eso.

—¿Podrías usarla, por mí?

—Sólo esta vez. No soy tu muñeco para vestir.

Francis asintió con una amplia sonrisa. De uno de los cajones extrajo unos pantalones.

—A decir verdad, estos hacen juego con la camisa.

Para su sorpresa, Arthur se encontró consintiendo a ese pedido también. Se sentía incapaz de negarle algo tan sencillo, sin importar cuánto quisiera quemar esa ropa.


La mayor sorpresa se la llevó una tarde común en el salón del club de magia. Sus cuatro miembros (Lukas, Vladimir, Natalya y el mismo Arthur) trabajaban en un encantamiento en conjunto, su finalidad era invocar el espíritu de un estudiante. Según contaba la leyenda que se esparcía entre los alumnos, un muchacho de catorce años había fallecido súbitamente en la institución y más de uno tenía un conocido que declaraba haber visto a su fantasma caminar por los pasillos. Se sentaron en torno a un círculo dibujado sobre el suelo, con velas negras distribuidas y un caldero en medio de ellos, el mismo burbujeaba y emanaba un humo místico. Comenzaron a pronunciar un hechizo, sabían cada palabra de memoria, primero habló Natalya, con voz clara y profunda, a ella le siguió Vladimir, luego Lukas, sin embargo, cuando Arthur separó los labios para decir su parte su concentración se esfumó ante la repentina aparición de la luz exterior.

—¡Aquí estabas! —exclamó Francis con emoción, había abierto la puerta por completo y entrado a la sala, caminando justo hasta el medio del círculo, con la mirada puesta en su novio—. No has comido nada en mucho tiempo, te traje un bocadillo, prueba un poco.

—Francis, estamos en medio de algo.

Sin darle mucha importancia a sus palabras, Francis rodó los ojos y puso frente a él un amplio plato con galletas bañadas en chocolate.

—Pruébalas —insistió—. Están recién preparadas, las traje directo de la cocina.

—Bien, pero sólo una.

—¿Es en serio? —dijo Lukas, sin un ápice de simpatía en su voz.

De esa forma, Arthur llevó a su boca el dulce mientras su pareja repartía los restantes a los demás miembros del club. En un inició vacilaron en aceptar, pero con un encogimiento de hombros Vladimir aceptó el bocadillo, sus otros dos compañeros le siguieron. Sin importar cuán deliciosa fuera la comida ofrecida, los tres intercambiaron una mirada que pasó desapercibida, sabían que el nuevo romance de Arthur era un problema.


Había sido dada por concluida la reunión del concejo escolar, antes de despedir a sus compañeros Arthur se puso de pie y se aclaró la garganta, llamando la atención de los demás.

—Como saben, no falta mucho para las próximas elecciones.

—¿Por qué mejor no piensas en tu deber ahora en lugar de las próximas elecciones? —lo increpó Michelle.

—Vaya, ¿ahora que Yao no está tú serás la encargada de las críticas mordaces?

—Alguien tiene que ser crítico aquí. ¿O qué, vas a echarme también?

—Arthur no echó a Yao —interrumpió Francis—. Él se fue por su propia cuenta. Ahora me gustaría oír lo que tiene para decir.

Michelle soltó un bufido.

—De esto hablo cuando digo que alguien tiene que ser crítico.

—Bien, lo que iba a decir es que pienso presentarme para la próxima votación junto con Francis como mi vicepresidente.

Por primera vez desde el inicio de la reunión, Matthew abrió la boca para decir:

—Eso era de esperar.

—¿Disculpa? —preguntó Arthur.

—Sólo digo que no es nada novedoso. ¿Ya ha concluido la reunión?

Esa rebeldía era impropia de Matthew, pero a la vez fue también una señal. Por primer vez Arthur consideró que quizá su hechizo no había sido tan buena idea.