Amigo Ferdinand:
Espero que mi carta te encuentre en buena salud, no he oído mucho de ti últimamente, aun así espero que nuestra amistad pueda continuar creciendo. Hace unas semanas que no te escribo y lo lamento, pero con esta carta intentaré resumir para ti los eventos transcurridos en este tiempo.
Tanto ha ocurrido desde la última vez que tuviste noticias de mí, me atrevo a decir que era una persona diferente entonces. ¿Recuerdas el hechizo que había mencionado? Ha funcionado exitosamente, por muy inusual que eso pueda sonar. Es cierto que había intentado emplear la magia anteriormente junto con los demás miembros del club de magia, pero nunca antes algo de esta magnitud. El efecto fue casi inmediato, aunque fue necesario algo de persuasión. Francis parecía dudarlo al principio, pronto se dejó llevar y ahí fue cuando el hechizo se reveló con todo su esplendor. No me deja ni a luz ni a sombra, soy como un imán para él. Estaba ebrio cuando llevé a cabo todo y mi verdadera intención era desquitarme con él, simplemente lo odiaba. Al ver cómo funcionó de bien no pude evitar sentir satisfacción, por fin el maldito tenía lo que se merecía: adoraba a su peor enemigo.
Sin embargo, después de los primeros días vinieron los momentos más difíciles, la idea de tener novio no me resulta tan atractiva ahora. Hasta hoy no me deja en paz, me busca constantemente, me hace sentir asfixiado. Cuando creía que era suficiente aguantarlo en el consejo escolar, invade mi club de magia, no sé por qué accedí presentarme en conjunto con él en las próximas votaciones. Los demás los están comenzando a notar también, Francis perjudica mi reputación. Todo lo compartimos y todo lo quiere saber. A dónde voy, qué voy a hacer, de dónde vengo, cómo es mi familia, qué me gusta y qué no, qué estoy leyendo, qué estoy escuchando, qué pienso. Ferdinand, sabes que ante todo soy una persona reservada, Francis invade mi espacio personal, aunque no es como si él pudiera evitarlo.
Otro fin de semana había llegado y tanto Francis como Arthur lo pasaron en el internado. El primero había pedido permiso en la cocina del instituto para poder hornear un pastel en ella, hizo uso de sus encantadoras sonrisas y las cocineras aceptaron que la usara pero sólo cuando hubieran acabado con su trabajo. A las seis de la tarde llevó a Arthur consigo para una sorpresa, el joven supo de lo que se trataba cuando vio todos los ingredientes sobre la mesa de la cocina.
—Espero que sepas lo que haces —le dijo a Francis mientras lo observaba abrir un paquete de azúcar—, nunca había intentado cocinar hasta ahora.
—¿En serio? ¿Nunca? Yo te enseñaré entonces.
Se tomó en serio sus palabras y durante la siguiente media hora se empeñó en explicar todo el proceso con sumo entusiasmo. A cada oportunidad que tenía posaba su mano sobre la de Arthur para guiar los movimientos que debía hacer al revolver, también le besaba las mejillas y una vez le manchó la nariz con harina. Colocaron la mezcla en el horno, cuando estuviera listo el bizcocho lo decorarían como mejor les pareciera, mientras tanto debían esperar cuarenta minutos. Arthur se encargó de lavar todos los recipientes y demás instrumentos que habían usado para cocinar, Francis los secó.
—Te amo, Arthur —confesó Francis, con la mirada clavada en sus ojos. Arthur estaba helado, por poco se le cae de las manos el recipiente que sostenía, de todas las cosas que podría haber oído de él, esas dos palabras eran algo que no esperaba todavía. Estuvo tentado a desviar el hilo de la conversación, pero el otro lo hubiera notado enseguida.
—Yo también te amo, Francis —mintió Arthur, dirigiéndole una sonrisa algo avergonzada. Su novio no tardó en rodearlo con los brazos y besarlo repetidas veces.
—Te amo, te amo. Te amo tanto —dijo una y otra vez.
Quise huir de ahí, evaporarme, no había vuelta atrás. Jamás en mi vida había dicho una mentira tan grande, Ferdinand, pero debes entender que no podía romper su corazón así nada más. Se ha vuelto incluso más amoroso desde entonces, no me sorprendería si un día de estos me diera un anillo de bodas. Hablando de regalos, Francis parece saber perfectamente lo que me gusta. Conoce la clase de libros que me agradan y no sé cómo o en qué momento los compra, pero lo hace. Quizá se los encarga a sus amigos en las salidas que hacen ellos, porque él no va a ninguna, está todo el tiempo conmigo. También me trae plumas, lapiceras y cuadernos para escribir, todo de la mejor calidad y de un gusto exquisito, es como si pudiera leerme la mente.
Kiku y Alfred iban a al cine el domingo, el tercer invitado había sido Matthew, pero a último minuto Irina lo invitó a tomar un café con ella, Elizabeta y Erika (a quienes conocía de afuera del instituto). No era secreto para ellos que hacía unos cuantos meses Matthew suspiraba de amor por ella, de forma que cuando comunicó que se había retractado y no iría al cine sus amigos no pusieron objeción, al menos Kiku no lo hizo. Con una entrada de sobra y sin tiempo que perder, Alfred invitó a Arthur para que fuera con ellos. Fingió considerarlo seriamente antes de aceptar, la verdad era que ansiaba una tarde lejos de Francis y la oportunidad se le presentaba en el mejor momento. Sin avisarle a su novio, salió con sus dos amigos (si es que así se los podía llamar) y el tutor del internado que siempre acompañaba a los grupos de paseo. Después del cine deambularon por las calles repletas de tiendas y comieron en un local, no volvieron al instituto hasta las ocho de la noche. Alfred y Arthur despidieron a Kiku y partieron hacia su habitación, al llegar a ella descubrieron que la puerta estaba abierta, alguien la había forzado. Dentro encontraron a Francis, estaba acurrucado en la cama de Arthur con auriculares puestos, en su húmedo rostro rodaban lágrimas a la vez que escuchaba música en su celular, sus ojos estaban fuertemente cerrados mientras estrujaba un cojín contra su pecho.
—¿Francis? —exclamó Alfred, tomando cuidadosos pasos hacia la cama, pero Arthur se le adelantó y se sentó en ella.
—Francis —lo llamó en vano. Le quitó los auriculares y sólo entonces abrió los ojos—. Francis, ¿qué está pasando?
Al instante soltó el cojín y lanzó sus brazos alrededor del cuello de Arthur. Lloró estruendosamente, su espalda se sacudía con cada gemido que soltaba.
—No estabas… —dijo en voz baja—. Te busqué por todos lados… Pero no estabas. ¡Oh, Arthur!
Comenzó a besarlo sin parar, su novio tuvo que separarlo de sí para que se detuviera.
—Te traeré una botella de agua, ¿si?
—No, Alfred puede traerla —insistió Francis.
Ambos se giraron para verlo y Alfred asintió sin estar totalmente convencido. Apenas desapareció por la puerta el joven dio inicio a su interrogatorio.
—¿En dónde habías estado? Te fuiste con Alfred, ¿no es así? ¿Pensaban escapar? ¿Es que ya no me amas? —preguntó con desesperación.
—Francis, detente, nada de eso es cierto. En parte sí, fuimos al cine con Kiku, fue algo espontáneo y no pude avisarte.
—No contestaste ninguna de mis llamadas, Arthur.
—Olvidé cargar mi teléfono y quedó sin batería, lo lamento.
Francis lo dudó un instante, luego se secó el rostro con el puño de la camisa.
—De acuerdo, está bien. Odio enojarme contigo.
Volvió a estrechar a Arthur en sus brazos, esta vez mucho más tranquilo. Alfred llegó poco después con la botella para Francis.
En ese momento, Ferdinand, descubrí qué era lo que realmente me estaba molestando. Francis ya no es Francis, no es él mismo, no es el de antes. Ha cambiado completamente y es culpa de mi hechizo, lo he transformado en alguien diferente. No me fastidia, no como lo hacía antes, no intencionalmente, ahora busca complacerme todo el tiempo e intenta ser el novio perfecto. No conozco a esta persona. Ya no se preocupa por él mismo, no tiene en cuenta a sus amigos. Disfrutaba el verlo humillarse al intentar hacerme feliz, pero ahora sólo da lástima. Todo este circo pierde sentido si no es con el Francis que conozco. No es que me gustara el de antes, no me malinterpretes, es que sencillamente me gusta menos el de ahora. Creo que cometí un gran error y la única forma de remediarlo es revirtiendo el hechizo, esto no puede continuar ni un día más. Cuando suceda, esta agobiante relación llegará a su fin y Francis no sabrá qué mosca le picó.
Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que recibí una carta tuya, incluso años, aun así quiero que sepas que espero oír de ti con ansias.
Tu amigo,
Arthur
Arthur dejó la carta sobre el cuaderno y se estiró contra el respaldo de la silla, soltando un pesado suspiro. Le faltaba guardarla en el sobre, de seguro esa misma tarde la podría depositar para que la enviaran por correo. Mientras pensaba en Ferdinand escuchó su celular vibrar sobre el escritorio repetidas veces.
Alfred: te llego una carta
Alfred: la tienen en la entrada
Alfred: por que te llegan cartas?
Alfred: Artie te quedaste en el pasado
Arthur rodó los ojos y se puso el teléfono en el bolsillo. Trabó la puerta y fue directo a buscar el correo. No pudo evitar sonreír mientras bajaba las escaleras para recibir su carta, ¡por fin Ferdinand le escribía! Efectivamente estaba en la entrada del instituto, aunque la dirección que figuraba en el remitente era la de su amigo, el nombre era otro. La hubiera revisado al volver a su habitación, pero la curiosidad fue más fuerte y decidió abrirla ahí mismo.
—Arthur Kirkland —leyó para sí—, es un pesar para mí informarle que su amigo Ferdinand se ha mudado de esta vivienda junto a su familia hace… ¡Dos años! Por favor, le pido que deje de escribir a este domicilio, sus cartas son una constante contrariedad que nadie se toma el tiempo de leer. Firma, Alan T. Brown. ¡Viejo hijo de puta!
No sabía quién demonios era el tal Alan T. Brown, desconocía al hombre por completo, pero si de algo estaba seguro es que era un viejo amargado que estaba en su contra, ¡tenía que ser eso! La devolvió a su sobre, a éste lo dobló y lo guardó en el bolsillo de su pantalón, luego se encargaría de revisarla. Un té le hubiera venido muy bien, pero todavía tenía que hacerse cargo de la carta que tenía en su cuarto. Muy para su pesar, desconocía que Francis se le había adelantado en llegar.
Como veces anteriores había hecho, su novio cargaba un amplio canasto repleto de obsequios para Arthur. En su mayoría eran rosas que le había encargado a Antonio, también contenía sacos de té que él mismo había elegido y muy cuidadosamente guardó en diminutas cajas de madera, había cargado lapiceras nuevas para su amado, arriba de todo había colocado un suave conejo verde de peluche. Siendo tan amoroso como era, fue directo a su habitación. Llamó la puerta con suavidad, generando una melodía con el golpeteo.
—¡Arthur! Tengo una sorpresa.
Esperó un momento a ser atendido, pero nadie abrió la puerta.
—¡Arthur, amor mío! Tengo algo para ti —repitió, esta vez golpeando con un poco más de fuerza. Al ver no había respuesta soltó un suspiro y acomodó el canasto en el piso.
—Veo que no hay nadie, no me queda más opción…
Como había hecho el día anterior, sacó de su bolsillo unas pinzas y con ellas abrió el cerrojo tras un leve forcejeo. En poco tiempo Francis estaba dentro de la habitación, acomodó el obsequio en la cama de Arthur y se sentó en la silla del escritorio para esperarlo. Sonrió para sí al notar que su novio había estado usando las lapiceras que le había regalado. Fue en ese momento que se dio cuenta de que había una carta sobre uno de los cuadernos.
—Que curioso, él nunca tiene tiempo para escribirme una carta de amor a mí, pero sí lo tiene para escribirle a… ¿Ferdinand? —dijo tras leer el nombre en la parte superior. Francis jamás se había considerado alguien celoso, siempre había sido muy seguro de sí mismo, sin embargo, no podía evitar sentirse de esa forma cuando Arthur le dedicaba su tiempo y atención a alguien más. Puede que la otra noche no hubiera estado envuelto románticamente con Alfred, quizá ese tal Ferdinand era quien realmente quería interponerse entre ellos. Invadido por la cólera, Francis comenzó a leer la carta a toda velocidad, esperando hallar pruebas de la infidelidad de su pareja, pero en su lugar encontró algo mucho más perturbador.
Arthur no se sorprendió cuando llegó al cuarto y vio la puerta abierta, sabía que si no era Alfred quien había olvidado cerrarla tenía que ser Francis, que había entrado por cuenta propia. Sin embargo, al ver lo que estaba haciendo allí sintió que el corazón se le detenía: ahí estaba Francis de pie y con la carta en la mano, en la que revelaba el secreto del hechizo bajo el que se encontraba.
—¿Es esto cierto? —preguntó con voz firme. Nunca en su vida había visto en su rostro una expresión tan seria y unos ojos llenos de tanta ira.
—Francis... ¿Has leído eso?
—¡Por supuesto que lo he leído! —gritó—Lo sé todo, maldito manipulador.
—Puedo explicarlo…
—¡Y una mierda! ¿Qués esto de que me lanzaste un hechizo? ¡Estás enfermo! No puedo creerlo… Y todo este tiempo había creído que era yo. ¿Pero qué me has hecho?
Antes de que Arthur pudiera articular alguna palabra Francis se largó de la habitación. Tras unos segundo de reacción lo siguió afuera, iba camino a las escaleras.
—Francis, espera. Pensaba revertirlo.
—¿Después de cuánto tiempo, Arthur? —espetó mientras se detenía frente a una ventana junto a las escaleras y se volteaba para encararlo—. Ni siquiera debiste haberme hecho esto, ¡eres despreciable! ¿Por qué lo hiciste? —Mientras más hablaba, peor era su estado, unas cuantas lágrimas brotaron de sus ojos—. Sólo ibas a quitarme el hechizo porque te cansaste de usarme como un juguete… Me hiciste creer que te amaba... ¿En serio me odias tanto?
—No es así —intentó excusarse—. Había bebido cuando lo hice, no estaba pensando…
—No. ¿Sabes qué haré? Me llevaré esto —indicó con la carta en mano—, se lo mostraré a tus amigos del club de magia, me creerán y luego todos los demás también lo harán. Cuando me haya asegurado de que tu magia acabó, me encargaré de que todos sepan lo horrible que eres.
—No, Francis. No. ¡No lo harás!
Arthur se le abalanzó para quitarle la carta. Francis forcejeó a la vez que procuraba no romperla.
—¡Incluso si no la tengo todos me creerán!
—¡Cállate! ¡Nadie sabrá nada! ¡Te quitaré el hechizo y nunca hablarás de esto!
Arthur lo presionó contra la pared.
—¡Te borraré la memoria, haré que olvides la carta!
—¡Suéltame! —gritó Francis, intentado salirse de su agarre.
Arthur estaba desesperado, en cualquier momento comenzaría a pedir socorro. En ese preciso momento vio que su mejor salida era empujarlo por la ventana. Sacudió el cuerpo de Francis en dirección a ella y ciertamente lo hizo perder el equilibrio, pero en lugar de atravesar la ventana cayó hacia el otro lado, hacia las escaleras. Rodó cuesta abajo, sin la carta en la mano. Su cuerpo chocó contra cada uno de los escalones hasta yacer inmóvil en el piso. Arthur bajó hasta él, jadeando por el frenesí de lo ocurrido. Tras un instante gritó pidiendo ayuda.
Siempre subo los capítulos a los apurones así que hasta ahora no tuve oportunidad de agradecer a las personas que leen la historia, también por los comentarios, favoritos y los que la siguen. ¡Gracias! Espero que hasta ahora la estén disfrutando.
Respecto a los nombres de algunos personajes: Irina es Ucrania y Erika es Liechtenstein.
