Francis había vuelto a abrir los ojos tiempo después del ataque. Lo primero en lo que pensó era que sentía un tremendo dolor en el cuerpo. Era bien sabido por todos, incluso por él mismo, que tendía a dramatizar las cosas, pero esta vez el dolor era sumamente real. A pesar de que su cuerpo había sido atendido por un médico llamado por la institución, su mente pensaba en cómo se encargaría de todo lo demás que había sido dañado en él. Su cabeza ya no era suya, había sido manipulada y Francis no sabía qué pensamientos, qué ideas y qué sentimientos le pertenecían. Allí tendido en la cama comprendió que tras leer la carta todo había cobrado sentido, tanto sentido que le daba asco y a la vez le desgarraba el corazón. Esos sentimientos conflictivos eran culpa de Arthur, pero no permitiría que se saliera con la suya. ¿Qué hacer al respecto? Vengarse. Dañarlo. Obligarlo a devolver todo a la normalidad. Decirle a todos acerca de sus acciones deplorables y exponerlo. O quizá hechizarlo a él también, a su propio modo. Hacer que se lamentara por osar a pasarle por encima. Que reventase de rabia.
El médico, llamado especialmente por los cuidadores, había declarado la fractura de su muñeca izquierda. En su rostro yacía un moretón que tardaría en desaparecer, el resto de su cuerpo se encontraba adornado de igual manera. Entre las primeras visitas habían estado sus amigos y Arthur. Acudieron Gilbert y Antonio (sus fieles camaradas), Alfred (quien había cargado el cuerpo inconsciente, cual bombero de Hollywood), Matthew y Michelle (que habían tomado el asunto con gravedad). Por su parte, Arthur ya había salido de su estupor inicial y había permanecido fiel a su historia: enojado por no haber encontrado a su novio a tiempo, Francis había sucumbido en un ataque de celos y abandonó la habitación; por mucho que Arthur lo hubiera llamado, el francés no volvió, sin embargo, a último momento se volteó a insultarlo y fue entonces cuando tropezó, cayendo por las escaleras. Desde un primer momento Francis había dicho no poder recordar lo ocurrido, de manera que se mostró sumamente afectado al escuchar sus palabras.
—No puedo creer que desconfiara de ti —declaró—. Debería tomarme las cosas con más tranquilidad cuando no te encuentro en tu habitación.
—¿De verdad saliste corriendo por el pasillo? —dijo Gilbert con sorpresa—. Eres dramático, pero llegar a ese extremo…
—No es como si lo recordara. Gracias a Dios Arthur estaba conmigo. Y Alfred también —agregó, dirigiéndole una sonrisa a este último.
Alfred soltó una breve risa, con las mejillas levemente ruborizadas.
—Arthur no te hubiera podido levantar por su propia cuenta.
El susodicho rodó los ojos con fastidio sin hacer comentario alguno, no estaba del todo tranquilo aún, le resultaba increíble que Francis no recordara nada de lo sucedido. Podría haberlo delatado con suma facilidad, había estado muy cerca de echarlo todo a perder, gracias al cielo el equilibrio había vuelto. Francis seguía bajo su poder, esto no era más que un percance. Pero era demasiado bueno para ser cierto.
A partir de ese entonces procuró ser más cauteloso a la hora de guardar sus cartas. El hecho de que no pudiera hablarle a Ferdinand no significaba que ya no tuviera compañero de correo, pues todavía estaba Alan T. Brown y en un impulso Arthur había decidido contarle cada detalle de lo sucedido. Tomaba su lapicera y cuaderno en los instantes que tenía para él solo, los cuales extrañamente eran demasiados ahora. Era cierto que Francis seguía fielmente a su lado y lo adoraba, pero algo en él parecía haberse calmado, el desenfreno de los últimos días se había evaporado. Quizá había sido la caída la que lo hizo entrar en razón, un golpe a veces lo solucionaba todo, ya no enloquecía cuando no tenía a Arthur para él solo y no expresaba su amor con la misma desesperación de antes. Consideró la posibilidad de que algún fragmento de la carta o de la conversación hubiera quedado en su memoria y lo hubiera afectado, tal vez de forma inconsciente. Arthur descartó la idea, de haber sido así Francis no se hubiera quedado de brazos cruzados, de todas formas él mismo tampoco quería creer que ya no estaba al mando.
El suyo era un buen cambio, en un sentido volvía a parecerse al Francis de antes, exceptuando el hechizo que todavía lo dominaba. Había pensado esperar un poco antes de quitárselo ya que todos, incluyéndolo a él mismo, notarían el cambio abrupto que desencadenaría. Era preferible aguardar a que la situación se calmara y Francis sanara, aunque su nueva actitud le hacía preguntarse si de verdad era necesario ponerle un fin a la magia.
No permitía que la fractura de muñeca lo detuviera, apenas estuvo listo el yeso Francis le expresó su deseo por comenzar cuanto antes con su campaña para las votaciones que se harían para la presidencia del consejo escolar. No cabía duda que desde su "accidente" su popularidad había ido en aumento. A la imagen de un Francis frágil y convaleciente se sumaba el haber sido visto bajo los cuidados de su novio. Había innumerables acciones y movimientos que no podía ejecutar ahora, dado que era su muñeca derecha la lastimada, toda la escuela había sido testigo de cómo Arthur lo ayudaba a cargar sus cosas, cortaba su comida e incluso le pasaba sus apuntes de clase. Era una escena enternecedora y como tal no iban a dudar en usarla a su favor. Para ellos estaba claro que no tenían oposición capaz de ganarles, de forma que Arthur fue sorprendido cuando se enteró de la candidatura de Yao para presidente del consejo.
—¡Es un resentido! —exclamó sin quitarle los ojos al pequeño volante que tenía en sus manos—. ¿Quién será su vicepresidente de todas formas?
—Ivan, lo dice del otro lado del papel —indicó Francis, quien tenía los ojos pegados en su teléfono, uno de los pocos objetos que no le era difícil de manejar con su mano izquierda en absoluto.
—Como si pudieran ganar. ¡Bah! Y eso no es todo, Michelle también me ha traicionado, se postula junto con Monique. Dicen algo de que debería haber más mujeres en el consejo estudiantil.
—No puedes negar que es cierto.
—Hay otras dos chicas que se postulan: Mei y Liên. Y son pareja, es obvio que se copiaron de nosotros. Tenemos que hacer algo más.
—Nadie es más popular que nosotros, no deberías preocuparte por eso.
—Quizá por ahora, las cosas pueden cambiar.
—¿Qué propones que hagamos entonces?
—Pues si lo supiera ya te lo hubiera dicho.
Francis soltó un suspiro y guardó su teléfono en el bolsillo. Fue hasta el escritorio en el que Arthur estaba y se sentó en el borde de la mesa. Sin decir palabra dejó que sus ojos recorrieran la habitación compartida, había una clara diferencia entre los objetos pertenecientes a Alfred y aquellos que eran de Arthur. Entonces notó algo que sobresalía debajo de la cama de este último, algo en lo que no se había fijado antes. Arthur no lo notó cuando retiró una amplia funda de color negro.
—¿Es que acaso eres músico y no me lo habías dicho? —exclamó Francis, abriendo la funda para revelar un bajo.
—¿Pero qué...? —Arthur giró su silla para ver a qué se refería, al instante emitió un bufido—. Pon eso en donde estaba.
—No puede ser que recién ahora venga a enterarme. Podríamos usar esto a nuestro favor y hacer una canción juntos. Tú tocarías y yo cantaría.
—No seas ridículo. De todas formas no escribo música.
—No seas así, Arthur.
—¿Así cómo?
—Tan amargado. Nunca fui fanático del bajo, no es mi instrumento preferido. Pero sería interesante oírte tocar —insistió Francis—. ¿No me enseñarías?
Arthur lo pensó un instante antes de asentir.
—Bien, pero no veo cómo podrás aprender algo con la muñeca lastimada. No te muevas, te colocaré la correa. Listo, así no se caerá.
Una vez que el bajo estuvo sujeto a Francis, Arthur se encargó de enchufarlo al pequeño amplificador que guardaba también debajo de la cama.
—Pon tu mano izquierda sobre el mástil, así —Arthur guió sus dedos sobre las cuerdas—. Colócalos aquí.
—¿Así?
—Muy bien, cuando te lo diga moverás este dedo a esta posición.
Se colocó detrás de Francis, usando su mano derecha para rasgar las cuerdas del cuerpo del instrumento a la vez que el otro muchacho hacía lo indicado. Entre ambos fueron produciendo una lenta melodía.
—Nada mal —admitió Arthur.
—No parece difícil. Deberías volver a enseñarme cuando mi muñeca esté sana.
—Eso lo dices ahora, es más sencillo cuando sólo tienes que mover una mano.
Francis continuó siguiendo sus instrucciones, poco a poco la música tomó forma y los dos olvidaron que estaban allí para trabajar en las elecciones.
Señor Brown:
He recibido su carta con gran pesar, como usted podrá haber intuido mi amistad con Ferdinand era muy cercana. Es una lástima que no pueda continuar escribiéndole, pues demasiadas cosas han sucedido desde entonces. Permítame suponer que usted ha estado leyendo el correo por mera curiosidad (sé que en su carta señaló expresamente que no lo hacía, para ser honesto es algo que no termino de creer), siento la obligación de explicarle mi situación.
Yo había escrito una carta para Ferdinand, la cual jamás tuve la oportunidad de enviarle, en ella plasmaba mi deseo por quitarle el hechizo a Francis (el cual imagino que usted ya conoce). Sin embargo, lo que me motivaba a hacerlo eran las razones equivocadas, no quería hacerlo por su propio bien. Me ha sido concedida una segunda oportunidad tras un hecho ocurrido recientemente. En pocas palabras, Francis se había enterado de lo que hice pero tras un oportuno accidente su memoria ha sido borrada. Eso no es todo, su personalidad mejoró y, si bien ya no tengo razón para querer revertir el hechizo, ahora tengo la oportunidad de hacer bien las cosas. Debo confesar que me siento tentado a volverlo a la normalidad, puedo ver en él al mismo de antes y tal vez no sea muy tarde para hacerlo. Admito que albergo la esperanza de que sus sentimientos hacia mí no cambien cuando todo haya pasado, la manera en que se ha comportado últimamente parece indicar que sus emociones son genuinas. Algo en mi interior me dice que esa sería la manera infalible de comprobar si lo que afirma sentir por mí es cierto. Quería poseerlo y que fuera mío, pero por alguna extraña razón no es divertido si no es él mismo y si no viene a mí por cuenta propia. Debo estar loco.
¿Me estaré equivocando, señor Brown? ¿Debería realmente arriesgarme a revertir el hechizo?
—Creo que va a dejarme —se lamentó Antonio mientras pinchaba su pasta con el tenedor.
Gilbert rodó los ojos. Ya había escuchado la misma historia repetidas veces desde hacía una semana. A su lado, Lovino soltó un bufido.
—Ya se le pasará —le aseguró Francis—. Todas las parejas pelean, eso no significa que sea el fin.
—Esta vez creo que va en serio. Ya pasaron tres noches, ¡tres noches!, de que la espero en la salida y no viene.
—¿Podrías hablar más fuerte de la salida? Creo que los profesores no te escucharon —se quejó Gilbert. Esa salida por el jardín era un secreto del que todavía no sabían nada.
—¡Lo siento! Pero es que… Soy un imbécil, esto me pasa porque yo le hice lo mismo, ¡amenacé con dejarla una vez!
—Oh, Antonio —suspiró Francis.
—Tal vez se lo tenga merecido —refunfuñó Lovino—. Creo que todos podemos acordar que es un imbécil.
—Estamos tratando de animarlo, no de hacerlo sentir peor.
—Yo estoy intentando almorzar.
—Pues tal vez deberías ir a otra mesa —lo retó Francis.
En otras circunstancias Antonio hubiera intercedido, pero su ánimo estaba por el suelo. Gilbert, por su parte, estaba demasiado entretenido viendo cómo la discusión daba inicio.
—Y tal vez tú deberías irte con tu noviecito. Eso parece ser de lo único que hablan últimamente con sus estúpidas elecciones. ¿Qué fue lo último que su inservible consejo estudiantil hizo por nosotros? ¡Ni una mierda, eso es lo hicieron!
—¡Ya estoy harto de tus quejas! —gritó Francis—. Nadie te obliga a estar aquí.
—¡Y tú eres más tolerable cuando no estas con nosotros!
—Oye, oye —intervino Gilbert—. Ya es suficiente. Francis tiene razón en algo: se supone que intentamos apoyar a Antonio.
—No seas hipócrita, hasta tú no tolerabas cuando se la pasaba pegado a Kirkland. Que mejor coma con él la próxima, malditos lunáticos.
—¡Oye! —volvió a exclamar Gilbert.
—¡Si son lunáticos! Se la pasa haciendo magia negra en baño y este…
Francis se puso de pie de un salto, sin dejarlo terminar lo interrumpió.
—¿Qué fue lo que dijiste? ¿El baño?
—¡Se emborracha, vomita y se las da de Harry Potter!
—¿Qué fue lo que viste, Lovino? —demandó saber.
Éste carraspeó y apretó el tenedor con su puño.
—¡Te digo que lo vi en baño con un libro y vómito a su lado!
Francis soltó una maldición y se marchó del comedor sin terminar su almuerzo.
—¡Francis, vuelve! —llamó Gilbert, pero fue en vano—. Maldita sea, mira lo que lograste.
Ese día faltó a su última clase revisó cada libro de magia en la habitación de Arthur, que por fortuna eran pocos, deteniéndose obsesivamente en cada hechizo, hasta que finalmente dio con el indicado.
