Francis había vuelto a abrir los ojos tiempo después del ataque y Alfred no podía estar más aliviado. Él había sido el primero en acudir a auxiliarlo cuando oyó el grito de Arthur. Había visto el cuerpo inconsciente, desplomado al pie de la escalera, al instante su corazón dio un vuelco. Al levantarlo en sus brazos fue como si sostuviera una pluma, la adrenalina lo había dominado en ese instante y junto con Arthur marcharon directo a la enfermería. En el trayecto fue capaz de ver el ángulo imposible en que su muñeca estaba doblada y la magulladura en su rostro. Nunca antes de ese día había sentido la necesidad de protegerlo, sabía muy bien que Francis podía valerse por sí mismo, pero al estar en una situación tan vulnerable Alfred experimentó el deber de velar por su bienestar. El único problema era que casi siempre estaba Arthur, cuando Francis despertó supo que ya no lo necesitaría a él sino a su novio. De cualquier forma, eso no significaba que no necesitara un amigo una vez que volviera a sus actividades normales. Cuando tenía la oportunidad de encontrarlo solo y sin ayuda, Alfred iba con él para brindarle cualquier clase de asistencia que pudiera necesitar. Las oportunidades eran pocas, sólo su muñeca había resultado ser la mayor perjudicada y, durante las tareas en las que menos podía manejarse, Arthur se encontraba a su lado para acompañarlo. Incluso así existían los raros momentos en que Francis cruzaba el jardín y uno de sus cordones de desataba, necesitaba algún objeto de su bolso, o le costaba enchufar sus auriculares al celular; cuando Alfred estaba presente en en esas ocasiones no tardaba en ofrecerle una mano y una brillante sonrisa. Había notado que esto se hacía gradualmente más frecuente, Arthur estaba en los momentos importantes, cuando los ojos de todos los estudiantes estaban puestos en ellos, pero no podía decirse lo mismo de las situaciones nimias y alejadas del foco de atención escolar.
Más de uno lo consideraba inmaduro e infantil, a veces hasta él mismo llegaba a creer que de verdad era así, al menos en lo que respectaba a sus emociones. Sus calificaciones eran generalmente buenas, su único problema residía en la atención, le era muy sencillo perder el hilo de un tema o ignorar algo básico. Pero había otras veces en que fingía esta misma distracción para protegerse a sí mismo, eso era lo que había estado haciendo hacía meses cuando descubrió que su gusto por Francis era algo más profundo. No tenía oportunidad con él, estaba perdidamente enamorado de Arthur. Sin importar cuánto deseara que esa relación fuera disuelta, se había prometido a sí mismo que no actuaría como un niño y enfrentaría los hechos debidamente. Día tras día su trato era amistoso con ambos, cuando en realidad debajo se ocultaba un cierto resentimiento hacia el inglés que intentaba ignorar y fuertes sentimientos de afecto por Francis, que salían a la superficie en momentos como el accidente que había sufrido. Pero Alfred tenía habilidad a la hora de hacer torpezas y mucha más facilidad en fingirla.
—Nunca pude agradecerte por tu ayuda, Alfred —le dijo Francis una tarde. Alfred había estado sentado en el césped a un costado del edificio del comedor, donde pocas personas transitaban y le era posible leer sus libros sin interrupción. Al menos así había sido hasta que Francis lo encontró.
—Sí lo hiciste —respondió Alfred, recordando el día del accidente con todas las visitas en el cuarto de enfermería.
—Bueno, sí, pero fueron palabras. Debe haber algo más que pueda hacer por ti.
—Un verdadero héroe no salva a la gente a cambio de una recompensa —exclamó con integridad.
—Eso es muy admirable de tu parte —sonrió Francis—. Pero insisto. Quédate aquí, ya regreso.
A pesar de que le hizo caso, Alfred lo dudó un instante, en verdad no quería que Francis creyera que estaba en deuda con él. Un instante después lo veía regresar a su lado con su brazo sano escondido detrás de la espalda.
—Ya que te vi comiendo uno en el almuerzo, supuse que te agradaría tener otro —colocó enfrente suyo un delicioso volcán de chocolate—. Guardé el mío para ti.
Los ojos de Alfred se abrieron con sorpresa detrás de sus lentes y las comisuras de sus labios se estiraron a cada lado de su rostro revelando sus blancos dientes.
—¡Francis! Esto es… Tú lo… ¡Francis, gracias! —Sin perder un segundo más, Alfred se abalanzó sobre el postre para enterrar en él la cuchara y probar su dulce sabor. Con la boca llena de chocolate volvió a agradecerle.
Francis lo observó sintiendo ternura antes de depositar un beso en su mejilla.
Ese fue el inicio.
La biblioteca se había vaciado tras la última reunión del consejo estudiantil, faltaba poco para las elecciones y nadie sabía cuántas reuniones más tendrían que compartir antes de la renovación de los puestos. En el fondo del lugar, ocultos tras estantes de libros y lejos de la mesa principal de la bibliotecaria, Francis y Arthur terminaban de acomodar las sillas y guardar los papeles que habían estado usando.
—Tengo una canción que quizá conozcas —Arthur dijo de repente. Tenía su celular en mano y el dedo pulgar sobre la pantalla, a punto de dar inicio a la canción de la que hablaba.
—¿Qué te hace pensar que puedo conocerla?
Se limitó a encogerse de hombros y depositó el teléfono sobre el escritorio. A los pocos segundos la canción inició, se acercó a Francis y extendió sus manos hacia él.
—Es dramática, como tú.
Colocó una mano sobre su cintura y con su derecha tomó la izquierda sana de Francis.
—A mi me parece bastante triste —admitió este último, prestando atención tanto a la melodía como a las acciones de Arthur—. ¿Es así hasta el final?
—Pues… sí.
Ese era el baile del que había leído en el libro de magia, no había duda, el que se usaba tanto para invocar el hechizo como para quitarlo. ¿Acaso Arthur le estaba poniendo fin a su magia? Si estaba en lo cierto, este era el último paso y todo terminaría.
—Creo que conozco esta canción —murmuró Francis mientras se dejaba llevar por el baile.
Claro que la conocía, la había oído cuando recién comenzaba la secundaria. Si bien no recordaba la letra sabía muy bien de qué trataba. Perder la cabeza por alguien. Obsesión. De quedarse atascado con una misma persona por años, incluso después de haberse casado con otro. Añorar a alguien con locura. Algo que podía ser confundido con amor.
Deseó con todo su ser que aquello que le oprimía el pecho desde hacía tiempo se extinguiera de una vez junto con el hechizo, en su lugar sintió un beso en la mejilla.
—Te amo —confesó Arthur contra su oído.
—Podrías venir a mi casa el próximo fin de semana. Por fin mis padres estarán de visita, no les molestará que tenga un invitado.
—¿A tu casa? ¡Sí! Pero… Pero, ¿y Arthur?
—¿Qué hay con él?
—¿No crees que debería ser él quien los conozca?
—Ya te lo dije, lo nuestro no es real, no tienes que preocuparte por eso. No hay razón para que conozca a nadie.
—¿Y si alguien pregunta?
—Nadie lo hará, y si sucede inventaremos algo.
—…
—¿Qué pasa?
—Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Sí. Y yo te quiero a ti.
—Sí, pero todo esto de esconderse y ocultar… No se siente correcto.
—Es por un tiempo nada más.
La situación se había vuelto demasiado confusa para Alfred. Por un lado Francis le decía que lo suyo con Arthur era una farsa para las elecciones ya que los estudiantes los amaban como pareja, luego de que ganaran darían a conocer oficialmente su ruptura. Había sido real en algún momento, pero ya no más, le aseguró que había sido un romance efímero. Sin embargo, después los veía a ambos codo a codo y con ojos de enamorados, le costaba creer que todo fuera una actuación y que cuando terminara Francis finalmente podría salir con él sin tener que esconderse.
¿Por qué simplemente no podían postularse como amigos? Si bien eso era lo que pensaba, jamás lo decía, sólo hubiera complicado más las cosas. Estaba dispuesto a aceptar eso con tal de estar con Francis, pero Alfred no podía evitar pensar que estuvieran jugando con él. ¿Y si había algo más que desconocía?
Esperó a que Arthur volviera del comedor una noche y con un nudo en el estómago lo encaró.
—Francis me dijo todo. Ya sé todo.
—¿Y qué es todo? —preguntó su compañero de cuarto con intriga.
—Todo, Arthur. Ya lo sé. La relación falsa, las elecciones, que lo suyo no funciona desde hace tiempo. Él me dijo… que tú sabías de mí…
—Sí —mintió Arthur—. Sí, por supuesto.
¿Alfred? ¿Me has estado engañando con Alfred? La mente de Arthur comenzó a trabajar a toda prisa. Seguro intentaba burlarse, vengarse de él, era tan típico de Francis. Lo había estado usando todo este tiempo. ¿Sabía la verdad? Era un maestro cuando de manipular de trataba. ¿Recordaba lo de las escaleras? Posiblemente. Y también le habría contado a Alfred, estaba seguro, y ahora venía a interrogarlo como si no supiera nada. Quizá hasta le había contado a sus amigos. ¿Acaso Francis habría mandado esa carta y el señor Brown era un invento?
—¿Así que está todo en orden? —preguntó Alfred.
—Claro que sí.
—¿Es sólo hasta que terminen las elecciones?
—Sí, ese fue el trato. ¿Eso es todo?
—Sí, sí. Tú… no estás enfadado, ¿o sí?
—Para nada, es sólo que estoy estresado. Por las elecciones. Ojalá no tuviéramos que mentir tanto, ¿sabes? —dijo, en un intento por sonar convincente.
—En eso tienes razón —sonrió débilmente—. Ustedes ganarán, lo presiento.
—¿Francis sabe que planeabas preguntarme esto?
—La verdad es que no, no es que no confíe en él —se apresuró a aclarar Alfred—. Es que yo no había tenido la oportunidad de hablarlo contigo y sabía que si se lo decía antes, él te avisaría. Lo siento, quería asegurarme de que estuvieras al tanto.
—Está bien, estás en tu derecho de hacerlo. Mantengámoslo entre nosotros, ¿si?
