No podía hacer nada precipitado. Francis actuaba como de costumbre, no había rastro de altanería ni de burla. Si su plan era lo que él sospechaba entonces no tenía sentido. No daba señales de haberse salido con la suya y de igual manera Arthur se sentía herido, había estado con Alfred a sus espaldas todo este tiempo. ¡Con Alfred! Pero no se lo iba a dejar saber, no iba a hacerle ver que lo había engañado, debía preservar su orgullo. Tampoco podía comunicarle a su compañero de cuarto que ambos habían sido parte de su juego, ¿cómo reaccionaría? Lo que había dicho Alfred fue a espaldas de Francis y debía usarlo a su favor.
A pesar de todo Francis tenía el descaro de tomarle la mano y besar sus labios como si la traición no existiera, porque a sus ojos Arthur no sabía nada y la relación seguía como de costumbre. Pero el hechizo ya no existía, lo que significaba que todo lo que sucedía desde entonces era absolutamente real. No del todo, se decía a sí mismo, está actuando. Aún así, debía sopesar las distintas opciones: Al sacarle el hechizo Francis dejó de quererlo y en su lugar se enamoró de Alfred naturalmente, iniciando así una relación clandestina sin segundas intenciones; o bien su desprecio hacia Arthur había vuelto cuando el hechizo fue revertido, de forma que quería herir sus sentimientos al tener una aventura insignificante con Alfred; también estaba la tercera opción, Francis podía no haber perdido la memoria y haberse estado vengando de él todo este tiempo con el fin de enamorarlo y romperle el corazón.
Debo ser paciente y aguardar hasta las elecciones, no puedo perder eso. A esta altura es todo lo que tengo. Con esta idea en mente decidió enfocarse en su victoria y dar por olvidado el asunto, al menos momentáneamente. Era viernes y Francis no estaría durante el fin de semana, tenía la oportunidad de poner en orden todos sus asuntos pendientes sin distracciones sentimentales. Cargó su mochila al hombro y salió directo a la biblioteca, lugar en el que las reuniones del consejo estudiantil normalmente se desarrollaban. Todavía era la tarde, no había anochecido, y estaba seguro de que Michelle estaría allí. Al llegar indudablemente se cruzó con la joven que juntaba sus libros, a punto de marcharse.
—Necesitaré un favor antes de que te vayas —le comunicó.
—Pero que sea rápido, no tengo mucho tiempo —respondió con un bufido.
—Todavía soy presidente del consejo, tu tarea de secretaria no termina.
—Sí, por ahora.
—No sé a qué viene tanto descaro. Como sea, necesito los formularios para postularnos oficialmente.
—¿Para qué? Francis ya completó todo. ¿Es que estás arrepentido?
—No seas ridícula. Mis datos no están bien, le pasé mi número de matrícula estudiantil por mensaje, pero me di cuenta de que estaba mal.
—Esto me hace preguntar cuántos otros errores podrías haber cometido como presidente —murmuró Michelle mientras buscaba dichos papeles en una carpeta de su mochila.
—Todos sabemos que este consejo sirve nada más que para quedar como buen estudiante. Las impresiones lo son todo.
Le entregó los formularios y aguardó a que los corrigiera. Arthur fue directo al error en los números, luego de modificarlo sus ojos se detuvieron en algo más Francis había escrito.
—¿"Vicepresidente"? —exclamó con indignación—. ¿Qué es esto, Michelle?
—Ese es tu formulario, ¡presta más atención la próxima!
—¡Sé que es mío! ¿Por qué mierda está mi nombre en el formulario de "vicepresidente"?
—¿No es eso para lo que te postulas?
—¡No! ¿Quién querría ser vicepresidente cuando puedes ser el presidente?
Al terminar de hablar la respuesta llegó a él.
—Él lo hizo… Fue Francis.
—¿Arthur? —preguntó Michelle.
—Está perfecto, guárdalo todo.
Sin decir más juntó sus cosas y salió de la biblioteca a toda velocidad. No volvió a su habitación, sino que fue hasta el salón del club de magia con la rabia a flor de piel. Trabó la puerta detrás suyo y arrojó la mochila a un rincón. En medio de la mesa principal, redonda y de madera, colocó una bola de cristal. Sus ojos se fijaron en ella con intensidad, desde las profundidades de la esfera comenzó a emerger una niebla y, en sincronía, las luces del cuarto se volvieron cada vez más tenues hasta sumir el lugar en las más absorbente oscuridad. El único resplandor surgía del cristal, todo lo que se oía eran las casi imperceptibles palabras que salían de los labios de Arthur. La niebla se disipó y en la esfera se hizo clara una imagen, se podía distinguir una puerta. La imagen se alejó lentamente, ahora era visible la entrada de una casa con la dirección bien distinguida en una de las paredes externas. El joven cerró los ojos y pronunció más palabras, acto seguido el contenido de la bola de cristal cambió, esta vez reveló el rostro sonriente de Francis. Estaba hablando, pero lo que decía no llegaba a escucharse. A su lado estaba Alfred, que lo miraba con atención. Junto a ellos había otras personas, al observarlas Arthur se dio cuenta de que no conocía a ninguna de ellas.
—Ya te tengo.
—...y cuando escuché acerca de Hamburgo, lo primero en que pensé fue en hamburguesas, allí tenía que estar lleno de ellas, ¿no? ¡Quién no pensaría que están relacionados!
Los padres de Francis rieron ante las palabras de Alfred. El joven no podía creerlo. Observó con curiosidad que sus padres habían estado bebiendo vino toda la noche, quizá eso hubiera tenido algo que ver. No es tan gracioso, pensó para sí. Pero se ve tan adorable.
—¡Es adorable! —comentó su madre. Alfred soltó una risa, su boca llena de pollo.
—La comida está deliciosa —señaló.
—Y tiene buen gusto —observó su padre.
Con una cortés sonrisa en sus labios, Francis se puso de pie y se excusó para ir a la cocina en busca de más jugo para él. Incluso fuera del comedor era capaz de oír las carcajadas de los otros tres. Le agradaba tener a sus padres devuelta consigo y le agradaba Alfred, sin embargo, se sentía inexplicablemente irritado. Una parte de sí se sentía mal por haber usado al otro adolescente para su venganza, aunque la verdad era que le gustaba un poco. Era un chico simpático y alegre, siempre radiante, lleno de energía y buenas intenciones. Desde que el hechizo fue revertido Francis había puesto empeño en hacer que lo suyo fuera algo real. No estaba enamorado de él, eso lo tenía claro, pero podía ser que algún día lo estuviera. Era hora de dejar atrás a Arthur, el rencor y todo lo que él le había hecho, tenía que avanzar emocionalmente. Claro que todavía estaba la pequeña maldad que había hecho con los formularios, pero siempre había tiempo de cambiarlos. Una vez que pasaran la votación se alejaría de él, quizá hasta renunciaría a ese tonto puesto del consejo estudiantil.
Sacudió la cabeza en un intento por despejar su mente. Esta noche era significativa, representaba su esfuerzo por pasar de página, no obstante ansiaba que terminara de una vez.
—¡Voy a sacar la basura! —anunció desde la cocina.
Recogió la bolsa con su brazo sano para luego salir por la puerta trasera de la casa. Suspiró con pesadez en el frío aire de la noche. Cada paso que tomaba hacia la vereda era corto y lento, quería permanecer afuera el mayor tiempo posible.
—¿Disfrutando la noche?
Francis se giró, dando la espalda al bote de basura en que acababa de meter la bolsa y lo vio.
—Arthur —exclamó sin creerse que de verdad estuviera allí. Lo primero que llamó su atención fue la escoba que sostenía, además de la túnica y el bolso sobre su hombro. Pero lo fundamental era la varita mágica que apuntaba en su dirección—. ¿Qué es esto?
—¿De verdad pensabas salirte con la tuya?
Francis tragó saliva y consideró seriamente sus palabras, podía fingir desconocimiento o admitir todo lo que había hecho. De pronto las cosas se tornaban interesantes, ¿por qué desperdiciar la oportunidad?
—Sí —respondió, cruzando sus brazos lo mejor que pudo dado su dolor, y dedicándole una mirada cargada de soberbia—. De hecho, eso esperaba precisamente.
Arthur tomó un paso adelante, apretando la varita en su puño. Antes de que pudiera pronunciar palabra, Francis volvió a hablar.
—Estás muy equivocado si crees que luces amenazante, no con ese disfraz.
El joven enfrente suyo apretó los labios con impotencia y sacudió la varita. Al instante la tapa del cesto de basura voló hacia la cabeza de Francis, quien alcanzó a agacharse antes de ser golpeado por ella.
—¡Qué maduro de tu parte! —exclamó Francis con ironía—. Todavía estoy en recuperación por lo que tú causaste y quieres aprovecharte de mi estado.
Finalmente admitía saber que él había sido el culpable. La frustración de Arthur incrementó incluso más al ver que su tiro había fallado, agitó su varita con violencia y el objeto salió disparado nuevamente. Esta vez su oponente fue capaz de atraparlo con su mano buena. Con una risotada e inmensa satisfacción observó cómo el enojo de Arthur empeoraba. Le fascinaba verlo así, furioso y a punto de abalanzarse sobre él, con la cólera brotando por sus poros. Era consciente de que cualquier cosa que hiciera solamente alimentaría esa emoción fogosa. Por sobre todas las cosas le regodeaba saber que él era la causa de que se pusiera así. Definitivamente su aparición allí esa noche había despertado en Francis una chispa de adrenalina.
—Quieres destruirme, ¿no es así? —lo provocó.
—Lo haré, te destruiré.
—¡Alcánzame entonces!
Arrojó hacia él el objeto metálico y corrió a la parte trasera del jardín. Arthur ignoró el golpe recibido en el hombro y se apresuró a seguirlo, pero Francis pronto pasó a su lado, yendo en su bicicleta hacia la dirección opuesta. De un salto montó su escoba y voló tras él. Si bien no tenía idea a dónde se dirigía, eso no impedía que lo siguiera.
La persecución duró unas cuantas cuadras, hasta que la bicicleta de Francis hizo un rápido giro y Arthur aprovechó esa oportunidad para chocarlo desde la parte posterior con su escoba. Tras el impacto ambos aterrizaron de lleno contra el asfalto de la calle desolada. Un grito de dolor resonó en medio de la noche, pues Francis no sólo había caído de la bicicleta sino que lo había hecho sobre su muñeca lastimada. Lejos de sentir piedad, Arthur ya se había lanzado sobre él, en menos de un segundo ya tenía su puño envuelto en la rubia melena. Tres brazos revoloteaban en el aire, tres manos golpeaban cuanto podían mientras una cuarta, envuelta en blanco material descansaba, rendida, en el suelo. La rodilla de Francis se hundió en su estómago y acto seguido, con una fuerza de la que Arthur no lo creía capaz, lo arrojó sobre la bicicleta desplomada en la vereda. Su espalda golpeó contra el metal, intentó ponerse de pie pero antes de poder hacer el mínimo movimiento sintió un zapato sobre su pecho.
—Yo acabé contigo —declaró Francis, viéndolo desde arriba y respirando con agitación.
No sólo se había logrado levantar, sino que además sostenía la escoba del otro. Su yeso estaba sucio con tierra y su cabello hecho un desastre, incluso así toda su persona emanaba un aire de superioridad. Su expresión era dura, de venganza, absolutamente en control. Ni siquiera habiendo tenido la energía necesaria para hablar Arthur hubiera sido capaz de musitar una palabra en su contra en ese instante, Francis sencillamente le quitaba el aliento. La pisada sobre su pecho era firme, estaba resuelto y sabía lo que hacía. Lo más irresistible era que desde su lugar en el suelo mugriento podía sentir su enojo, ira pura fluyendo por sus venas, ardiente como ninguna. Quería conservar por siempre en su memoria la imagen de esa mirada brutal y esos labios capaces de devorar su alma cruda.
—Eres desagradable —exclamó a la vez que apretaba su pie contra el pecho de Arthur—. No sé que es peor: que quisieras enamorarme de ti con magia o que de verdad creyeras que el amor es lo mismo que obsesión. Si crees que lo que sientes es amor, no sabes nada. Ese fue tu error, Arthur, confundiste a la obsesión por algo positivo. Pero tiene su lado negativo también, ¿sabes? Me hizo odiarte como nunca antes.
—Ya no estás bajo el hechizo —musitó Arthur— y de todas formas no puedes dejarme en paz.
—No, esto es venganza. Aunque quizás ya hayas tenido lo que te merecías. Después de todo, sin importar los hechizos que hicieras, terminaste siendo tú quien se obsesionó.
Tras pronunciar la última palabra, Francis le golpeó el rostro con la punta de la escoba. Arthur reaccionó con un gruñido de dolor y luego fijó la vista en el objeto. Aunque podría haber intentado quitárselo con la mano, prefirió la magia. Frunció el ceño e inclinó la cabeza, con un movimiento brusco la escoba se elevó en el aire y voló por cuenta propia. Arrastró a Francis consigo, quien no podía hacer más que sujetarse con todas sus fuerzas y maldecir con los ojos cerrados. Volaba y zarandeaba al joven de un lado a otro, hasta que finalmente terminó estrellándose contra el árbol más cercano. Mientras se levantaba, Arthur no perdió rastro de Francis y su esfuerzo por sostenerse de las ramas con ambas piernas y su brazo sano.
—No terminaste conmigo —Arthur murmuró para sí.
Corrió hasta el árbol e hizo lo que desde su infancia no hacía. Tras dejar a un lado su túnica de hechicero y el bolso que aún tenía colgado, pegó un brinco y se sostuvo de una rama a baja altura, con un grave esfuerzo subió un poco su cuerpo para poder sujetarse de otra más alta, luego de la siguiente, así continuó hasta estar cerca de Francis.
—¡Aléjate! —gritó este último—. Te voy a tirar del árbol si es necesario.
—¡Te atraparé! —dijo Arthur, sin poner atención a su amenaza—. Te hechizaré de nuevo y te borraré la memoria, no creas que puedes salirte con la tuya.
—¡Eres un lunático!
Se estaba acercando demasiado y a toda velocidad. Francis se encontró sin escapatoria en una gruesa rama solitaria, con un solo brazo a su disposición sabía que no tenía muchas oportunidades. Se sujetó firmemente, dobló su pierna derecha y luego la estiró en una patada dirigida al rostro del otro. Sin embargo su golpe no surtió efecto, pues Arthur había logrado sujetar su tobillo. Jaló de él con violencia y Francis tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por no soltarse. Cuando volvió a tirar de él sintió que flaqueaba su agarre en la rama. En un intento final por hacer que lo soltara utilizó la pierna izquierda, consiguiendo esta vez golpearlo de lleno en la cabeza. El impacto fue tal que todo el cuerpo de Arthur se desestabilizó, soltó a Francis con el fin de sujetarse de algo, lo que fuera, pero no lo consiguió. Chocó contra las numerosas ramas de las que se había valido para subir, pero todo lo que logró fue quebrarlas en su camino al suelo.
Desde arriba fue difícil ver lo que sucedió, aunque no fue necesaria ninguna imagen tras el grito ahogado y agonizante que Arthur soltó al estrellarse. Francis jadeaba por la lucha que se había desatado e intentaba encontrar al otro desde lo alto. Tras el impacto no hubo más señal de Kirkland. ¿Acaso se había escabullido para trepar de nuevo? No podía estar seguro. El silencio era insoportable. Sin apuro y con todas las precauciones, Francis comenzó a descender. La escoba todavía estaba atrapada entre unas ramas, eso poco le importó cuando logró llegar abajo y descubrió la escena que se desarrollaba.
—Dios mío, ¡Arthur!
Su cuerpo estaba desplomado, del centro de su estómago se elevaba la longitud robusta y marrón de una de las ramas más gruesas del árbol, el extremo que hacía contacto con su cuerpo era rodeado por un halo rojizo que se expandía por las prendas de Arthur. Sus ojos se sacudían de un lado a otro, abiertos como platos, pero evitaba mirar a su cintura. Tragó saliva antes de hablar.
—¿Es muy grave? —le preguntó a Francis.
Las palabras sobraban, la expresión de horror en su rostro lo decía todo. De todas formas, Francis asintió lentamente. Arthur respiraba con dificultad.
—Necesito… Necesito…
—¡Arthur, no hables! —pidió con desesperación— Llamaré a una ambulancia, ellos vendrán y...
—¡Necesito que te apures! No saldré de esto…
—¡Vivirás!
—¡Moriré si no me escuchas! Necesito que traigas mis cosas…, mi bolso. Tráemelo.
—Pero…
—Necesito el bolso.
Resignado y con manos temblorosas, Francis recogió el bolso que había sido olvidado junto a la túnica. Se arrodilló junto a Arthur y lo abrió, sacó de él los frascos que le indicó, así como el libro de magia.
—Coloca todo en la botella vacía y luego agítala —le ordenó.
Francis hizo eso mismo y luego lo miró expectante.
—Ahora… necesito sangre.
—¿S-Sangre?
—Mi cuerpo no sobrevivirá esto —dijo con debilidad. Su rostro se tornaba cada vez más pálido—. Necesitaré uno nuevo. Ve a tu casa a buscar a Alfred.
Arthur hablaba demasiado de necesitar, pero aquello sonaba demasiado siniestro para ser una necesidad.
—Trae un poco de su sangre.
Todo temor que hasta entonces Francis había sentido por la vida de él se evaporó al entender lo que quería.
—¿Quieres su cuerpo?
—Sólo así viviré —dijo con absoluto descaro.
¿Acaso la sangre ya no le llega al cerebro? ¿O realmente no le importa que Alfred muera en su lugar? ¿Y cómo sabe que él está en mi casa?
—No me tardo —le aseguró Francis tras dudar unos segundos.
Dejando atrás a un Arthur agonizante, se marchó en su bicicleta. Los ojos de este último amenazaron con cerrarse apenas estuvo solo, la quietud de la noche lo invitaba a dormirse, pero sabía que de hacerlo no podría completar la tarea. Francis se estaba tardando demasiado. ¿En la casa se preguntarían a dónde había ido? Estaba comenzando a sentir frío. Quizás no era buena idea enviarlo lejos cuando él estaba en un estado tan crítico. ¿Lograría sacarle sangre a Alfred sin que éste lo notara? Iba a tomar su cuerpo y su amigo quedaría en el suyo, condenado a la muerte. Al instante sintió mayor pesadez. Su agotada mente decidió que cerrar los párpados por unos segundos no podía ser tan malo, al menos impediría que sus ojos derramaran lágrimas. Deseó tener la fuerza para gritarle a Francis que mejor regresara. En su lugar se permitió descansar contra el asfalto y olvidarse momentáneamente de su situación. No supo si durmió cinco minutos o una hora cuando escuchó la bicicleta detenerse cerca suyo. Francis volvió a su lado y le acarició el rostro con suavidad.
—No mueras, Arthur.
Al notar que abría los ojos le dedicó una sonrisa.
—Ya la tengo —confirmó.
—Muy bien —Arthur sonrió con debilidad al ver el pequeño frasco con líquido rojo—-. Ahora ponla en la...
Antes de que pudiera terminar de hablar Francis ya estaba vertiendo la sangre en la botella, con la mezcla anterior. Lo que seguía era leer las palabras del libro. Lo sostuvo frente Arthur y él comenzó a leer con dificultad, la vista lo traicionaba y le dificultaba comprender las palabras, sentía que su energía se escapaba con cada una de ellas. Francis lo alentaba a seguir con suaves murmullos, una vez terminado el hechizo sostuvo su cabeza y lo ayudó a beber el contenido preparado. Lo ingirió todo, hasta la última gota, y sus ojos se cerraron por última vez en ese cuerpo.
