—Siempre tuvo una adorable obsesión con la magia. Era lo suyo, algo que lo hacía único —contó Francis—. Había formado el club de magia y todo, de verdad lo apasionaba, pero... jamás creí que llegaría a ese límite —explicó con fingida tristeza. Tras una pausa dramática levantó la cabeza con una sonrisa—. Este sería el momento en el que se me quiebra la voz y suelto unas cuantas lágrimas, pero no te lo voy a mostrar, tengo que guardarlo para más tarde —soltó un largo suspiro y se recostó en la cama con la cabeza vuelta hacia la mesa de luz, para observar a la rana dentro de la caja transparente con pequeños agujeros—. ¿Y bien? ¿Qué te pareció?
El animal se limitó a croar.
—Todos se lo creerán, soy prácticamente un viudo —rió con diversión. Se inclinó sobre su brazo bueno (el otro todavía conservaba el yeso) y recargó la mejilla en la mano.— Es que nunca dejan de preguntar, ¿sabes? Es que el pobre y perturbado Arthur salió hacer sus locuras con escoba, túnica y varita. Era cuestión de tiempo para que terminara en tragedia. Mientras, yo cenaba con mi padres y Alfred. Simplemente salí un rato a llorar bajo la luz de la luna, sufría por amor. Arthur era propenso a sentir celos, no tenía idea de que había ido a hacer un embrujo cerca de mi casa. Pero yo se lo hubiera perdonado, por eso lo visito constantemente. ¡Qué tragedia! —exclamó con dramatismo, cerrando momentáneamente los ojos, luego los fijó de nuevo en la rana—. De lo único que sospechan es de que te haya sido infiel. Es una pena por Alfred, se siente culpable, pero es sólo hasta que las personas dejen de hablar. Hay algo que enternece a nuestros compañeros, sin embargo.
Se incorporó, hizo a un lado la tapa y metió la mano en la caja para tomarlo con firmeza, no fuera a ser que se le escapara.
—De hecho les gusta que haya llamado Arthur a mi nueva mascota —le dijo al anfibio—. A modo de conmemoración, claro.
Sacó su teléfono del bolsillo y lo desbloqueó para buscar en él una foto. La pantalla mostraba una camilla en la que descansaba el cuerpo humano de Arthur, inerte y conectado a diversas máquinas por medio de conductos. Sus ojos permanecían cerrados desde aquella noche.
—Te dije que sobrevivirías —le comunicó con una sonrisa socarrona mientras sostenía el teléfono enfrente suyo—. Te ves mejor cuando estas callado, ¿no crees?
Había comenzado a agitarse en sus manos, de modo que depositó un beso sobre su cabeza antes de devolverlo a su lugar. Un golpe en la puerta lo hizo voltearse y ponerse de pie, cambiando su expresión a una más seria.
—Está abierto —anunció.
Alfred lo saludó con una breve sonrisa al entrar.
—Veo que recibiste mi mensaje —exclamó Francis— Me preguntaba si no querías almorzar.
—No realmente —respondió Alfred sin mucho ánimo. El otro joven se aproximó a su lado y lo rodeó con el brazo.
—¿Ni siquiera un bocado? —insistió.
Negó con la cabeza. En vista de que seguía mal de ánimo, Francis le acarició la espalda con afecto antes de decir:
—No tuviste nada que ver, lo sabes. Nadie lo tuvo. Es inútil sentirse culpable.
—Si hubieras cenado con él y no conmigo…
—Si él no hubiera salido esa noche, o si a él no le hubiera gustado la magia, o si ese árbol no hubiera estado allí… Son todas posibilidades, Alfred, pero no tiene sentido pensar en ellas.
El joven lo miró fijamente antes de asentir con un suspiro. Tras un momento de silencio Francis habló de nuevo.
—Escuché que pronto te asignarán un compañero de cuarto, eso es bueno. ¿Ya lo conociste?
—Todavía no.
Volvieron a callar por unos segundos, pero esta vez Alfred decidió romper el silencio.
—¿Vamos a almorzar?
Francis asintió y le dedicó una mirada a Arthur antes de besar la mejilla de Alfred, a lo que la rana croó frenéticamente.
—Quizás de postre hoy sirvan crème brûlée.
¡Llegamos al final! De verdad intenté pensar en algo más o alguna forma de continuar, pero preferí terminarlo acá. En el final original, cuando recién comenzaba la historia, tenía planeado hacer que Arthur se quedara en el cuerpo de Alfred y Francis en el de Matthew, por alguna bizarra razón (?). Finalmente no me gustó que Arthur se saliera con la suya. ¡Gracias por leer!
