Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear su obra.
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Fantasy Fics Estudios presenta:
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ALAS DE MISAWA
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Refugio en tu piel
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Era furia lo que sentía. En un arrebato animal e insaciable, se abalanzó sobre la carne de la presa. Las manos grandes cogieron la pequeña cintura y la acariciaron hasta las caderas, descendieron por los muslos hasta las rodillas, deslizándose por encima de la delgada tela de la falda. Con impaciencia la observó, su silencio fue un permiso que en realidad tampoco iba a necesitar. Introdujo las manos por debajo de la prenda y volvieron a subir, voraces por tocar más de esa piel cálida bajo sus manos frías.
Iba a quemarse, necesitaba quemarse.
Suaves y cálidas eran sus piernas. La escuchó gemir apenas conteniéndose. ¿Era placer? ¿Era dolor? ¿Sería un poco de ambos? Estaba demasiado impaciente como para medirse. Mientras la acariciaba la levantó y empujó contra la pared, casi azotándola. Sus labios besaron el pequeño cuello. Más que besarlo, lo mordieron con desesperación hasta alcanzar su oreja que lamió con como si estuviera hecha de miel.
Ella lo rodeó con sus delgados brazos, deslizando sus pequeñas manos por debajo del cuello de la áspera camisa verde manchada. Para ayudarla él se arrancó los botones tirando con ambas manos. Ella aprovechó en seguir empujando la camisa hasta que cayó por la espalda. Con prisa él se libro de una manga, mientras ella le arrebató la otra. Se observaron un único segundo antes de volver a la tarea. Ella lo abrazaba por los hombros, él hundía su boca desde la oreja hasta el incipiente inicio de los senos. Ella alzó su rostro cerrando los ojos, mordiéndose los labios, cuando sentía esas manos hurgando otra vez bajo su falda, alcanzando las caderas, tirando de su prenda más íntima.
—Ranma… ¡Ranma, la cena!
—Al demonio con la cena. Es a ti a quién quiero, Akane.
Ella contuvo un gemido de placer, la sola expresión de deseo de Ranma era otra caricia que llegaba más profundo que esas manos dentro de su alma. Vértigo la envolvía; el mismo que recordó una vez en que su travieso esposo la había metido a escondidas en la base confabulando con sus compañeros, y subiéndola a un avión la había llevado a dar un paseo por los cielos a altas velocidades, hasta que la hizo gritar de terror. ¡La misma emoción!, la misma intensidad con que sus sentimientos parecía dar giros en su cabeza, como las volteretas con que ese maldito la había hecho sufrir; como siempre que se ponía en sus manos.
Sus forcejeos para intentar apartarlo y respirar, cuando se sentía sofocada, eran débiles. Tanta era la fuerza con que la aplastaba que a momentos la levantaba por la pared sólo para acomodar la boca delante de sus pechos. Tiró con los dientes de los botones de la blusa, mientras que las manos por debajo de la falda no se cansaban de invadir la intimidad de su ropa interior con todos los dedos que le era posible utilizar. Cada vez que se reencontraban era igual: como un animal hambriento, como una bestia liberada por un deseo que antes en su juventud jamás reveló.
¿Por qué ahora, por qué al volver? Las preguntas se derretían en la afiebrada mente de Akane, cuando sus labios temblaron al sentir esos dedos perpetrar crímenes dentro de ella que en el pasado hubiesen significado la muerte de ambos en un mar de vergüenza. Ya no le importaba, porque ahora le pertenecía de una manera que no sólo sus cuerpos comprendían, sino también sus espíritus siempre anhelantes de reencontrarse a cada momento.
Con las manos lo golpeó en la espalda, y tiró de su trenza, enredó sus dedos en el cabello oscuro. Y lo sentía hacer y deshacer, ir y venir con esos dedos que parecían querer arrancarle su propia alma desde el interior de lo más profundo de su cuerpo.
—¡Ranma, te odio!
Clamó, suplicó, lo golpeó en los hombros y enterró sus uñas desesperadas. Él no la dejó terminar, porque interrumpió su lamento con un beso profundo. Antes besos tiernos y sometidos al romanticismo del reencuentro. Después besos profundos y lentos cuando se conocieron en la vergonzosa intimidad. ¡Pero no! Porque ahora cada vez que ese animal la veía con codicia debía temer, cuando regresaba de una misión sus ojos brillaban con el deseo asesino de matarla: ¡matarla y matarla hasta que no quedara humedad que arrancarle con sus caricias malvadas! Y Besos sedientos, que bebían de ella, con la lengua recorriendo el interior de su boca, arrebatándole todo el aliento que le quedaba. Y al separarse un momento para respirar, al dejar en paz el interior de su cuerpo maltratado, no pudo tampoco descansar su corazón. Porque ese idiota ya había arrancado los botones de su blusa con una destreza y premura que odiaba; tanto que demoraba ella en arreglarse, escoger lo más hermoso de sus vestidos para él, y en unos segundos la desvestía despreciando todas sus atenciones, como un crío taimado e impaciente.
Pero no se quejaba, no podía hacerlo cuando apenas era capaz de mantener sus labios cerrados sin gemir ante las caricias por encima del delgado sostén. Con las manos la masajeó hasta que ya no pudo escuchar sus propios pensamientos. Tiró del sostén dejándolo caer hasta su cintura. Y la observó un momento, desnuda e indefensa.
¿Qué, es que ahora sí iba a pedirle permiso? Claro que no, resignada bufó con enfado, esta vez tampoco lo hizo.
Gritó otra vez ante el violento arrebato de ese odioso hombre cuando hundió la cabeza entre sus senos; con la boca mordió y succionó con tenacidad impidiéndole el poco espacio que antes le quedaba para respirar. Ella se sintió mareada, aturdida. Con más violentos besos la distrajo. Porque necesitaba las manos para buscarla otra vez bajo su falda. Y esta vez los dedos tiraron de sus bragas hasta deslizarla por sus muslos. Sintió frío entre sus piernas, y la humedad que se deslizó pegajosamente por su piel humillándola hasta matarla; una vez más que moría ya en esa sufrida inmortalidad a la que estaba condenada por culpa de tan escalofriante y apabullante afecto.
Y él se detuvo. Se sintió curiosa. Al abrir los ojos temió cuando lo vio arrodillarse ante ella deslizando su prenda íntima hasta sus tobillos, obligándola a levantar un pie para liberarla finalmente de tan inútil defensa ante él. Comenzando después, impaciente, a recoger el borde de la falda con un atisbo de maldad. Ese hombre no era un animal, ¡era un demonio!
—No… no, no, no, Ranma, ¡no, eso no, es repugnante, no lo hagas…! ¡Ahgg!
Se mordió el dedo para no gemir, no de una manera que pudiera ser escuchada en el departamento de arriba, de abajo, de los costados, de todo el edificio. Debía contenerse, pero aquel sucio y pervertido hombre no la dejó escapar. Odiaba que él hiciera eso, era asqueroso, que con sus labios y lengua invadiera su intimidad hasta que ella sintiera como si su cuerpo dejara de obedecerla.
La vergüenza se mezcló con el calor de su cuerpo, los sentimientos de placer con el morbo que la invadía. No quería, ¡realmente no quería! Pero sonrojada se dejó maltratar por él, humillada hasta que su respiración y gemidos fueron uno solo. Sus piernas temblaron, dejó de sentir la fuerza suficiente para poder mantenerse en pie. Con sus manos jugó a enroscar la trenza de ese hombre con la cabeza a medio esconder bajo su falda, hasta que la desató y comenzó a tirar de su largo cabello desenredándolo.
—Ranma… Ranma… ¡Ranma, ya…!
Él la dejó, pero en lugar de darle descanso se levantó y la sostuvo por la cintura para no permitirle caer. ¿Qué hacía ahora? Apenas podía pensar dejando que su rostro descansara en el hombro de ese maldito hombre. Entonces lo percibió mover las manos, desenredando su propio cinturón de ese uniforme de campaña que, en secreto, le gustaba.
—No aquí… —pero sus suplicas se rindieron ante sus propios actos, cuando movió sus brazos rodeándolo otra vez por los hombros, intentando sostenerse esta vez por su propia cuenta, acomodándose para el acto más íntimo de todos.
Él recogió la falda hasta la pequeña cintura y cogiendo una pierna de Akane, que aprovechó en acariciar desde el tobillo hasta el muslo, la obligó a doblarla y levantarla, cuando se acercó más a ella presionando aplastándola otra vez con el cuerpo.
La chica comenzó a sentir como la buscaba, impaciente, pero también disfrutando de aquel momento. La acarició ya no con las manos, una última vez antes de poseerla completamente, sintiendo ella como la frotaba lentamente, burlándose en las puertas de lo que ahora parecía negarle a dar. Ella apretó los puños.
—Ya… ¡ya! —murmuró impaciente.
Y él, por primera vez, sólo porque le convenía, la obedeció.
La joven mujer dio un salto aferrándolo con desesperación en su abrazo, cuando sintió como la invadía, recorriéndola, entrando en lo más profundo de su ser con una violencia que la hizo llorar. ¡Lo odiaba, lo odiaba, lo odiaba!
Y comenzó a moverse, ambos lo hicieron, a acariciarse mutuamente de manera acompasada. Por un momento ella se dejó llevar, más cómoda con la situación. Parecía finalmente haberse calmado. Pero fue aumentando el ritmo de las embestidas, como si cada vez quisiera llegar a un punto que ya no existía dentro de ella porque toda le pertenecía hasta lo más profundo de su cuerpo. Ella resintió la fuerza, otra vez la violencia, pero ya no se quejó, no quería hacerlo. Dejó de pensar.
Se olvidó de todo; del miedo a perderlo, de la soledad, de la distancia y los cientos de metros de altitud que siempre los apartaban, de la muerte que los rodeaba. Ya no era muerte, era vida la que los envolvía. Las arremetidas eran cada vez más intensas, más fuertes, más desesperadas. Lo escuchó gemir también, con ritmo, con vigor. La alzó con ambas manos por la cintura sosteniéndola contra la pared. Se sentía en el aire, sostenida únicamente por la hombría de aquel odiado y amado ser, envolviéndolo también con sus piernas.
Ambos respiraban en suspiros, intensos y entrecortados, agitados hasta la agonía. Cada vez más rápido, más alto. ¡Sí, más alto! Era como volar, cuando la había llevado esa vez en su poderosa aeronave, en la que se alzaban hasta lo más alto buscando al sol y después caían en picada por encima del brillante océano. Giraban alrededor de las nubes y volvían a caer. A subir y caer; a volar y morir; a vivir y descender; para renacer con cada embiste que a ella le arrancaba gritos en una voz desconocida, que únicamente tenía para él.
—Akane…
—¡Ranma!… sí… ¡sí!
Se aferró a la cabeza, y ambas bocas se encontraron una vez más para cuando sintió que su cuerpo era víctima de una corriente intensa, más poderosa que la sufrida antes. Más temible hasta sentir que perdía la conciencia y todo brillaba… Todo brillaba hasta descender lentamente y sus manos cayeron de los hombros y se deslizaron por los fuertes brazos, como un suave velo de seda, entre caricias y pequeños besos. Entre susurros y repetidas promesas que siempre tendrían el mismo auténtico valor.
Y tras el descanso retomaron las caricias. Tras las caricias los besos, con más calma, con más profundidad, pero no menos hambre de ese insaciable ser al que ella debía alimentar, felizmente, con ella misma.
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Ambos descansaban en el piso de tatami. Desnudos completamente cubiertos por una sábana que apenas los cubría hasta los tobillos. Ranma miraba el techo del que hace un par de semanas era un genérico departamento terminaciones; y descubrió con agrado que Akane había puesto cortinas nuevas y hasta pintado las paredes de la sala y de la cocina con colores más agradables y cálidos.
Ella dormitaba, y entreabrió los ojos para descubrirlo, como siempre, con las manos detrás de la cabeza pensando. Se parecía tanto a sus días de adolescente recostado en el techo de su casa en Nerima, cuando tenía un problema. Y no era bueno que pensara, "no él" a lo menos. Se acercó tiernamente y lo abrazó, dejando que su cuerpo desnudo y sus senos prominentes descansaran sobre el pecho más amplio y endurecido de su joven esposo. Su musculatura se encontraba rígida y la piel muy fría, al punto de lastimarla un poco. Era algo que tardaba días en quitarle cada vez que regresaba de una larga misión; como si tuviera que trabajar por devolverle lentamente esa parte cálida de su alma que la guerra le estaba arrebatando, y que tan fácilmente volvía a perder cada vez que era llamado a la acción. Temía, claro que lo hacía, que en esa batalla si ella permitía que muriese su corazón, también Ranma moriría de verdad.
Era su propia guerra por la vida de su esposo.
Lo abrazó cariñosamente, deslizó una mano por el rostro abatido.
—¿Qué sucedió, Ranma?
—Nada.
—Otra vez con lo mismo. Siempre que llegas así, como un animal que apenas habla, come y… lo otro… es porque te sucede algo malo. ¿Es que soy eso, un simple objeto para saciar tus apetitos o qué?
—A-Akane, no es eso, es que yo…
—Calma, sólo bromeo —le sacó la lengua.
—Qué graciosa.
—Cuéntame de una vez. ¿O es que no confías en mí? —esperó, Ranma se mantuvo en silencio torciendo divertidamente los labios. Akane suspiró lentamente, lo conocía tan bien, en eso él seguía siendo un niño incapaz de confesar lo que más temía—. Ya lo hemos hablado, no soy de cristal, Ranma, no voy a quebrarme si me cuentas algo horrible sobre la guerra. En mi trabajo debo lidiar con niños que sufren constantemente por la muerte de alguno de sus seres queridos. ¿Crees que no sufro viviendo cada día, pensando en que yo podría ser la siguiente y perderte?
—No vas a perderme.
—Eso quisiera creer. Pero si no me hablas siento que… quede una forma y otra, ya te estoy perdiendo por culpa de esta maldita guerra.
—Lo lamento —alzó la mano cubriéndose la frente y los ojos—, es sólo que... fuimos hasta Naha, para apoyar la defensa de la base aérea.
—¿Naha?, pero, Ranma, pensaba que esa zona estaba fuera del área de conflicto…
—Estaba según los medios y la información oficial —el joven lamentó, y continuó lentamente ante el pavor de su esposa—. Las cosas no están tan mal, Akane, pero tampoco muy bien que digamos.
—¿Y, qué sucedió?
—Era una maldita misión de reconocimiento nada más —sonrió a medias—, la visibilidad era escasa sobre el mar. Apenas éramos seis cazas y nos topamos con una desagradable sorpresa: dos bombarderos y una escolta de más de una docena…
—¡Ranma, pero…! ¿Estás bien?
—Boba, ¿es que no me estás viendo? —de su enfado pasó a la más profunda tristeza—. Pero no es lo mismo que puedo decir de ese imbécil de Yoshiro. Ese idiota, novato estúpido… estaba tan orgulloso de entrar a "Las Alas de Misawa"; pero… pero si me hubiera hecho caso… si tan sólo…
Akane lo silenció con un dedo sobre sus labios. Ya entendía lo que había sucedido.
—Ranma, no fue tu culpa.
—Estaba bajo mi mando, ¡yo debía haberlo protegido!
—¡Pero no fue tu culpa! —Akane gimoteó—. Estás vivo, los demás también lo están, ¿o no es así? Te conozco, sé que hiciste todo lo que pudiste. Pero no puedes culparte por cada muerte, no tú, no durante guerra.
—Akane…
Ella se recostó encima de él abrazándolo con más fuerza, cerrando los ojos, sintiéndose la mujer más egoísta del mundo pero sin ser capaz de arrepentirse.
—No… tienes… la culpa.
Ranma la sintió llorar en su pecho y posó su mano pesadamente sobre la corta melena, que acarició muy lentamente.
—Si tan sólo me hubiese hecho caso, ese idiota… apenas tenía veintidós.
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Fin por ahora.
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Notas del autor: Pues sí, surgió un divertido desafío este mes que cerramos de julio, en el foro de Ranma ½, sobre escribir un fic lemón, o erótico. Y como trabajaba en secreto en estas "Alas de Misawa", es que me entusiasmé y preferí publicarlo. Porque este capítulo sería de un erotismo explícito y absoluto. ¿Qué me hizo hacerlo? Les dije que cada capítulo sería un corto casi independiente dentro de un contexto más grande. Tratando de manera indirecta el tema de la guerra. Así también, este será mi fic "más adulto", donde me interesa poder trabajar distintos temas que antes no tocaba. No lo sé, quizás de pronto deje el romance y ponga un capítulo más cruel, o más sangriento, quién sabe. Pero deberían temer, pues ya no hay límites en esta trama.
¿Creen que estoy a la altura de haber ganado el desafío al más pervertido? Quizás, pues con tan buenos artistas en competencia para el desafío de este mes, se encuentra todo muy difícil.
Tenía otro desafío más, uno personal, una apuesta con una querida colega. En el que si iba a escribir un lemón para el desafío, tenía que ser, contra toda mi naturaleza, en menos de tres mil palabras.
Adivina, querida mía, quién acaba de superar el desafío. (Guiño)
