Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.

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Fantasy Fics Estudios presenta:

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ALAS DE MISAWA

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Karma

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Era un día soleado y quieto, enfermo de monotonía. La sala de profesores de la pequeña escuela, dentro del distrito urbano que colindaba con la base militar, atendía en su mayoría a los hijos de las familias de los soldados. Casi toda la comunidad se había convertido en una maquinaria logística que funcionaba en pos de la base aérea de Misawa.

El silencio era incómodo incluso durante el descanso. No se escuchaban gritos ni juegos en el patio de la escuela. Se habían suspendido algunas clases por nivel, y de las que todavía funcionaban ya comenzaban a peligrar; pensándose desde ya que otras dos o tres clases tendrían pronto que dejar de funcionar uniendo a sus alumnos, cuando apenas llenaban la mitad de una nómina normal.

Fuera de la sala de profesores, en el frío pasillo, Akane Saotome se mostró lo más paciente y amable que podía con una apoderada que no paraba de disculparse. Mientras que en su cabeza pensaba que esa mujer no debía hacerlo: ¿por qué se excusaba ante ella, por qué se esforzaba tanto por aparentar amabilidad cuando era notorio que quería gritar hasta perder la razón, si ella no era culpable de nada?

Al lado de la mujer un niño la acompañaba. Era uno de los estudiantes de Akane que al igual que su madre se inclinaba ante la joven profesora y se disculpaba por la manera en que tendría que retirarse de la escuela.

Ese pobre niño parecía perdido, como si no pudiera comprender del todo la situación que había cambiado para siempre su corta vida, dos veces. Meses atrás debió mudarse a un lugar tan frío y siempre tenso como era la base aérea de Misawa. Y ahora tendría que irse, mudarse otra vez y junto a su madre, la que parecía más una sonámbula que una persona viviente; con el rostro desencajado, una sonrisa falsa, ojeras y las mejillas frías marcadas por las lágrimas que debía derramar a cada momento que se encontraba a solas hasta quedarse seca.

Akane se despidió con una pronunciada reverencia, lo único que podía hacer dentro de su insoportable sentimiento de impotencia. Y la vio alejarse lentamente, deslizando los pies por el piso, casi siendo arrastrada del brazo por el valiente muchacho. Sintió que debió haber sido más cálida con ella, no importando el miedo que le dio enfrentarla en ese momento. Pero no temor a ella, sino a todo ese dolor del que su alma parecía querer escapar con un miedo casi supersticioso; como una enfermedad contagiosa que comenzaba a contaminar a todos en ese maldito lugar. Pero no pudo, no lo hizo, ni siquiera había tenido el valor de coger las manos de esa mujer como deseó hacerlo por miedo a que ella también terminara llorando. Porque ese niño que había sido su alumno no podía ver a otro adulto desplomarse, no a su maestra que debía ser un ejemplo hasta el final.

Al ver la figura de esa mujer cada vez más pequeña desapareciendo por el pasillo, su corazón se contrajo llenándose de arrepentimientos. ¿Qué más podía haber hecho? La muerte era un mal incurable. Y Akane tembló al haberlo pensado con tanta frialdad, como si no hubiera sido ella misma.

Deslizó la puerta y entró en la sala de profesores cerrándola otra vez con cuidado. Cruzó entre la línea de escritorios dispuestos en largos mesones, separados por libros de clases, apuntes y lápices. Se sentó lentamente en su propio despacho que se esquinaba contra la ventana. Ante ella, en el lugar opuesto por encima de una pequeña división formada por libros ordenadamente apilados, otra maestra levantó un momento los ojos dejando de lado su tarea corrigiendo unos ensayos de historia.

—¿Qué sucedió, otra más que dejará la base?

A Akane no sólo fue el comentario sarcástico lo que la irritó, sino toda esa actitud desde la manera en que movía las manos jugando con el lápiz distraídamente, hasta la insensibilidad con que se refería a otra persona que estaba sufriendo. No era la primera vez que lo hacía. Torció los labios dejándole saber su molestia. Y no pudiendo soportar más tanta frustración acumulada, la joven maestra Saotome estalló.

—No deberías hablar así. ¡La señora Ibuka acaba de perder a su marido en el frente de batalla! ¿Es que no te da siquiera un poco de lástima? Ahora deberá regresar a casa con su familia y… y ese pobre niño… ni siquiera parece darse cuenta todavía de… de lo que significa realmente haber perdido a su padre, porque él… él siempre fue tan alegre y… y ahora…

—Oh, ¿y sólo por eso vas a llorar, por una familia a la que apenas conoces? Guárdate la lástima para ti misma, Akane. Tu marido se encuentra en el aire en este momento, arriesgando su vida al igual que todos los demás. ¿Por qué no mejor ocupas tú tiempo llorando por él y porque te puedes quedar viuda en cualquier momento, en lugar de desgastar tu corazón afligiéndote desde antes por desconocidos?

Akane se levantó golpeando el escritorio con ambas manos. Las demás profesoras y el afable director, que nerviosamente se secó la frente con un pañuelo, miraban la escena aterrados.

—¡Qué problema tienes con los demás, Misao!

—Yo, ninguno. Cumplo con mi trabajo y no me molesto en destruir la poca cordura que nos queda llorando por los que ya están muertos, o no tienen remedio. Tú eres la que siempre parece tener problemas para hacer su trabajo, si cada vez que te veo andas lamentándote e involucrándote en la vida personal de tus alumnos hasta enfermarte con sus tragedias.

—Esos niños necesitan nuestro apoyo.

—Entonces dáselo a los diez que te quedan y no a uno que ya no lo será más. Akane, no sabes lo insoportable que eres con tu actitud de princesa mártir metiéndote en los asuntos de los demás. ¿Es eso, te crees mejor que el resto? ¿Te gusta presionar a las demás maestras al hacerlas sentir peor por no ser capaces de tratar con las tragedias de sus alumnos, como tú siempre pareces querer empeñarte tan torpemente? ¡Sólo nos complicas la existencia a todas!

Tras sus duras palabras, Misao esperó. Observó a Akane con un resplandor de rabia en los gélidos ojos que se reflejó en sus anteojos. Akane apretó los dientes.

¿Qué tenía Misao en contra de ella?

Akane parecía ser la única a la que molestaba con sus constantes sarcasmos, siempre fastidiándola con su agresiva actitud y criticando todo lo que ella hacía. Finalmente Misao pareció aburrirse de esperar una respuesta de la joven Saotome, la que parecía contenerse apretando los labios para no decir algo de lo que después pudiera haberse arrepentido. Y ordenó con metódica calma el montón de papeles, los guardó en su maleta y se retiró.

—¡Espera! —Akane reaccionó recién al verla partir—. ¿Dónde vas? Todavía no he terminado de hablar…

—Yo ya acabé. No tengo tiempo para esperar a que tengas el valor suficiente para decirme lo que piensas, ni menos escuchar los argumentos infantiles de una ilusa. Estamos en una guerra, ¿lo comprendes? La gente muere. Como profesora que atiende a los alumnos en una base militar, educando a los hijos de los soldados, deberías haber estado preparada para tratar con ello, sino, no sé lo que estás haciendo aquí.

Misao ajustó sus anteojos y al moverse se cruzó con el director, hizo una reverencia con la cabeza y se retiró de la sala de profesores. Akane empuñó las manos, estaba por seguirla cuando el director se cruzó ante ella.

—Señora Saotome, le ruego que se modere un poco.

—¿Yo? —replicó indignada—, pero si fue ella la que me provocó.

—Sí, lo sé, pero le ruego…

—¿Por qué siempre la está defendiendo?

—Cómo decirlo… ah… —el director se volvió a pasar el pañuelo por la frente húmeda—. Yo no estoy de parte de nadie, pero usted debe reconocer que ella jamás le levantó la voz.

—Oh… bien… sí, es verdad, pero ella… ¿Cómo es posible que ella sea así, es que no siente nada por sus alumnos? Día tras día los niños pierden a algún ser querido en la guerra, y no pareciera importarle. Todo lo que hace es preparar su clase, la siguiente, la de una semana entrante, ¡la del siguiente mes!, y nada más. ¡Ni siquiera se despide de sus alumnos cuando deben dejar la escuela por culpa de una tragedia!

—Lo sé, sé todo eso, señora Saotome.

—Y no se cansa de repetirme a cada momento: "preocúpate de atender a tu marido antes que también se muera". ¡Qué pasa con ella! ¿Es que no tiene ni una pizca de piedad?

—¡Señora Saotome, por favor! Yo… supongo que debo decírselo, ya que todavía no lo sabe.

—¿Saber qué cosa? —Akane bajó el tono de voz. Al mirar hacia los costados descubrió a sus compañeras mirándola con tristeza, pero ninguna parecía estar de su parte. ¿Qué les sucedía, por qué estaban todos en su contra?

—La señorita Kawachi es una excelente profesional —dijo el director con su acostumbrada voz nerviosa y calmada, hablando de Misao—, nunca ha dejado de venir un solo día para atender a sus alumnos, ni siquiera aquél día cuando… me es un poco difícil repetirlo. Pero ella no se ausentó ni siquiera el día en que fue notificada que su joven prometido se encontraba entre las lamentables pérdidas durante "la tragedia de Oyakoba".

—¡Qué…! Ella… ¿qué?

Akane perdió la voz. "La tragedia de Oyakoba", una pequeña isla volcánica dentro de una cadena de islas conocidas como Kuriles, hacia el noreste de Hokkaido en el océano pacífico, fue uno de los sucesos más oscuros al inicio de la guerra. Las fuerzas aliadas en un numeroso ataque frontal, fueron detenidas por una nueva arma que surgió de las aguas del océano, perdiéndose al instante, en el primer asalto, casi la mitad de sus tropas. La Fuerza Aérea de Autodefensa de Japón como parte fundamental de las fuerzas aliadas, fue también una de las más lastimadas, sufriendo una pérdida de casi el setenta por ciento de la totalidad de sus aviones. Desde ese día, los reclutas que conseguían sobrevivir a una misión o dos siempre en situación adversa y desesperada, se convertían automáticamente en veteranos.

Ranma había interrumpido su instrucción tan sólo a unos días de ocurrido ese suceso, y a la semana siguiente ya estaban instalados en la base aérea de Misawa. Al principio Akane temblaba con cada vez que él salía en una misión. Tras unos meses, el acostumbramiento a su situación de peligro, que no era menos preocupante dentro de su pecho, la había curtido para soportarlo de manera más estoica, casi como una dolorosa rutina.

Todavía no podía entender que la gente hablara con tanta devoción sobre los famosos pilotos de "Alas de Misawa", cuando ella todo lo que quería era esperar a que Ranma regresara con vida al final de cada día. Porque con su retorno recuperaba esa parte de su alma que perdía cada vez que lo veía salir.

¿Y si un día Ranma no regresaba?

Eso era lo que le había sucedido al prometido de Misao Kawachi. Eso era lo que estaba sufriendo Misao.

Con el rostro inclinado tembló. Akane se sintió la más grande tonta y egoísta de todas. Y todo lo que le dijo a Misao, y más lo que pensó de ella, parecía ahora sufrirlo como si se lo hubiera gritado a sí misma.

—Lo… ¡lo siento! —se disculpó rápidamente, y evitando al director siguió hasta la puerta.

Debía encontrarla, tenía que disculparse con ella.

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Llovía con tal intensidad que podía sentirse como un fuerte murmullo al interior del edificio. La encontró en el baño de mujeres del tercer piso. Sabía que esa chiquilla estaría allí porque era el mismo lugar en el que de la misma manera ella se había escondido días atrás, después de una incómoda discusión que habían tenido en la sala de profesores.

Tras los sucesivos recortes de alumnos y obligadas uniones entre clases, el tercer nivel del edificio casi pasaba abandonado.

Se detuvo en la entrada y cerró la puerta lentamente recostando la espalda sobre la fría superficie. Se ajustó los anteojos e intentó no hacer ruido, para no interrumpirla. Ya no podía disimular con su acostumbrada frialdad el dolor que también la aquejaba y revivía en ese momento, al ver a esa chica encogerse de dolor frente a los lavamanos. Era la misma escena, la misma agonía, ¿así se habría visto también ella, tan destruida, meses atrás?

Recordó que no había transcurrido una semana desde que esa tonta chica la buscó hasta encontrarla en ese baño, para intentar disculparse por la discusión que habían tenido antes, a pesar que sabía que había sido ella la que se comportó de manera hosca e hiriente. Y la descubrió como era ella en realidad, no dura ni fuerte, sino débil y frágil llorando como siempre a escondidas por culpa de su fallecido prometido.

Tonta, entrometida y tan idiota era esa chica, que creyó que con unas pocas palabras amables y sinceras podría aplacar en algo el dolor que había arrastrado cada día y para el que no existía ningún remedio. En ese entonces ella lo sabía, que su prometido jamás volvería, pero a pesar de todo ella se juró quedarse en esa base y esperar con una ilusión que bordeaba en la demencia, ante el sonido de cada avión aterrizando, el volverlo a ver. Era lo único que la había mantenido con vida.

Ni siquiera el haber celebrado los funerales de su amado Seiji la habían hecho aceptar la realidad.

Y ahora, una semana después de que esa chica idiota había a lo menos conseguido finalmente romper su máscara y ayudarla un poco a aceptar su dolor en lugar de negarlo, el destino había jugado una carta a lo menos curiosa y también cruel.

Misao Kawachi, recostada en la puerta de entrada a ese silencioso baño, suspiró profundamente, sin expresar ningún sentimiento pues se sentía vacía, incapaz de sufrir más por otra persona de lo ya había padecido por sí misma. Pero al levantar los ojos y mirar a esa tonta chiquilla de corazón brutamente amable, destruida por tan horrendo destino, se contradijo a sí misma sintiendo una vez más que los ojos le punzaban, y que el pecho se le encogía hasta impedirle respirar. Y se quedó quieta en la entrada del baño, no sabiendo cómo enfrentarla sin decirle alguna de sus acostumbradas ironías.

Al final Akane, entre lágrimas, movió el rostro y la descubrió observándola. Y tampoco supo qué decir. Era tal su dolor que pensó llena de rencor, por un momento, que la triste figura de Misao sería su futuro: seca por dentro, fría por fuera, enloquecida suspirando de amor por un fantasma, como casi todas las familias de ese país.

—Él… Misao, él… —murmuró con la voz quebrada.

—Créeme que sé perfectamente cómo te sientes, Akane.

¿Y le servía de algo ese consuelo? Ambas sabían que no.

Misao caminó hacia ella, y Akane no esperó para dejarse abrazar, llorando otra vez en su hombro hasta que sus quejidos se convirtieron en desgarradores gritos. Sobre el lavamanos descansaba la arrugada carta, muy parecida a la que Misao había recibido meses antes en su departamento. Como si fuera una broma desalmada, ella notó también que parecía ser casi idéntica, como si esos malditos hubieran utilizado el mismo formulario al que únicamente llenaron cambiando un nombre y agregando una miserable firma que carecía de toda humanidad; y se podía leer en el mismo lugar aquellas tristes palabras, y que al igual que a ella en otro tiempo, ahora había destrozado el corazón de esa chica Akane.

"Es mi lamentable deber informarle a usted, señora, que su esposo el Capitán Ranma Saotome, comandante del escuadrón Alas de Misawa, y dada desgraciadas circunstancias, se encuentra en este momento en calidad de desaparecido en acción…"

Akane dio otro grito, más fuerte que los anteriores, enterrando las uñas en la espalda de la silenciosa Misao, la que lentamente acariciaba la cabeza de la chica prometiéndose que no la dejaría sola.

¿Qué más se podía hacer?

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Fin por ahora.

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Notas del autor: Espero no haberlos confundido mucho, sé que he sido un poco cruel de mi parte abusar al jugar con tiempos distintos dentro de un relato tan corto; pero como algunos habrán notado la trampa para no caer en la confusión se encontraba en la primera línea de ambas partes, haciendo notar lo distinto que era el clima en un día, y después en el otro. También fue intencional el cambio de personaje al que hacía referencia el narrador, y con toda la malévola voluntad de no ser muy claro al principio para decir de quién se hablaba.

Sobre la trama, bien, creo que es obvio suponer que tratándose de mi primera historia escrita en relatos tan cortos, al ser momentos independientes y específicos en una larga línea temporal, avanzaré con gran velocidad. Y que no será una trama muy larga en general, de hecho, creo que con tres o cuatro episodios más se termina. No es mi agrado prolongar un sufrimiento por tanto tiempo.

Todavía me estoy debatiendo con ciertos pasajes futuros, en que no sé si seré capaz de introducir algunas tramas que podrían llegar a ser muy crueles. Ya desde el siguiente el tema podría volverse un poco más complejo. Y también recordarles que esta historia no deja de ser un proyecto experimental para mí, por lo que podría hacer la escritura y lectura un poco desafiante, e incluso jugar en otras ocasiones con el estilo. A pesar de ello, me tengo prohibido tocar ciertos temas, o por lo menos no ahondarlos de forma realista, por lo crudos que pudieran llegar a ser.

La guerra es el escenario de los peores demonios del ser humano.

Los dejo entonces, esperando no haberlos asustado mucho con este capítulo. Pero queda serie todavía, no es el final, si saben a lo que me refiero.

Noham Theonaus.-