Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.

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Fantasy Fics Estudios presenta:

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ALAS DE MISAWA

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Amarga espera

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La lluvia no menguaba. Los edificios en la oscuridad parecían siluetas apiladas como tumbas grises y silenciosas. Los enormes números y letras amarillas, pintados en los muros a los costados de cada bloque mirando hacia la avenida que descendía por la colina, era el único color intenso y brillante que podía percibir.

Grises también se veían las hojas de los árboles que se mecían violentamente por la ventisca, grises eran los juegos para niños que a los pies del edificio coronaban un charco de lodo y gravilla en el que se había convertido la plaza. Como las nubes, grises también eran las cortinas gruesas con estampados de flores que abiertas se enrollaban a ambos costados de la pequeña ventana. Gris y oscuro como ese día, era para ella la pared de la cocina pintada supuestamente de un color crema. Dejó de pensar en tonterías. Abrió el grifo del lavaplatos y llenó el vaso hasta poco más de la mitad.

Lo alzó por delante de su rostro mirando hacia la pequeña ventana de la cocina. Quería saber, en un inexplicable impulso, como se vería el mundo a través del cristal y del agua. Pero el mundo bajo la lluvia seguía siendo frío y gris. Torció los labios con desagrado. Regresó a la sala ajustándose los anteojos.

Y la encontró en la misma posición en que la había dejado un par de minutos atrás: sentada en el piso, con las manos sobre las piernas mirando fijamente la superficie de la mesa. Depositó el vaso en la mesa delante de ella y sin decirle nada fue directo hacia la alcoba. Su departamento era igual a ése, como lo eran todos idénticos en esos feos bloques de edificios, así que se desplazaba confiada por su interior. Al entrar recorrió con los ojos el lugar. La cama matrimonial sobre el tatami estaba desecha, se notaba que ni siquiera la había arreglado. Se acercó a la gaveta del velador, conociéndola seguro que ella era de ese tipo de chica ordenada y que todo lo guardaría en su respectivo lugar. No se equivocó, allí se encontraban los medicamentos que no pudo encontrar antes en el botiquín del baño. También estaba allí la receta médica con las indicaciones de las dosis y horarios en que se debía tomar los calmantes. Abrió la caja de letras pequeñas y líneas de colores, que ella vio grises, sacando una de las tiras. La encontró llena. Sacó la segunda tira de pastillas, y también estaba sin tocar. Esa tonta no se había tomado ninguno de sus medicamentos.

No se enfadó, no valdría la pena hacerlo, ella misma había actuado de igual manera tiempo atrás. La oscuridad de esa habitación contrastaba con la luz blanca y débil que entraba por la ventana. Hacía frío, tanto, que entre el interior y el exterior bajo la lluvia no debía existir ninguna diferencia. Las gotas que escurrían por la ventana proyectaban su sombra sobre la pared, deslizándose como lágrimas gigantes y casi negras en el muro gris. Pero junto a la receta venía una segunda hoja de papel pegada, sin que se hubiera dado cuenta al principio. Las separó con cuidado deslizando los dedos, y leyó ligeramente el título del examen médico. Alzó ambas cejas con curiosidad. Se irguió muy lentamente y regresó a la sala pensativa.

Depositó la tira con las pastillas al lado del vaso y la encaró.

—¿Por qué no te has tomado tus medicamentos?

Akane cerró los ojos, como si el sonido de la voz de Misao la hubiera lastimado.

—¿Comiste? —Misao insistió en hablarle.

Ella siguió sin responder.

—¿Desayunaste a lo menos?

La chica no la miró, inclinó el rostro ligeramente hacia el lado opuesto, evitándola.

—Tampoco probaste tu cena ayer. Te pedí que comieras, pero dejaste la olla encima sin tocarla. Ni siquiera la guardaste en la nevera y todo se ha estropeado. ¿Sabes lo difícil que es conseguir un poco de víveres para que lo desperdicies de esa manera, niña tonta?

—Yo no te pedí que me cocinaras nada.

—Así que sí puedes hablar.

—¡Déjame en paz! —gruñó la joven señora Saotome.

Otra vez el silencio dominó la sala. La lluvia tronaba en el exterior, desde allí podía escucharse también el intenso empuje del viento remeciendo las ventanas. Misao la dejó sola. Akane cerró los ojos con fuerza. Se sentía mal, enferma, débil y arrepentida. Pero ni siquiera su razón era capaz en ese momento de sacar lo mejor de ella, porque la odiaba. Odiaba a todos. Y más se odiaba a sí misma. Pensó que Misao finalmente se habría cansado y se iría; quería estar sola, merecía que la dejaran sola.

Pero en el fondo no quería quedarse sola, únicamente no sabía cómo pedírselo.

Entonces la escuchó otra vez, al alzar el rostro descubrió que Misao en lugar de dejar el departamento, se había encerrado en la cocina. La escuchó mover platos, limpiar mientras parecía cocinar un poco de arroz por el aroma que llegó hasta su nariz. Sintió hambre, una sensación voraz que la hizo sentirse sucia e indigna. ¿Cómo podía ella tener hambre en un momento como ése? ¿Cómo se atrevía su cuerpo a pedirle bocado, cuando su alma quería sufrir hasta desaparecer por completo? No podía seguir viviendo, no lo toleraba. Todo había perdido sentido para ella y el mundo, su mundo, se había tornado gris.

Cuando Misao regresó a la sala, Akane bajó el rostro evitándola otra vez. Pero su actitud y su cuerpo revelaron que ya no se encontraba tan quieta ni tan melancólica como antes. Ahora le pareció a su compañera de trabajo una simple niña mimada haciendo un berrinche. Misao se ajustó de nuevo los anteojos, depositó el plato de arroz y curry delante de Akane, junto con un par de palillos. Se sentó a su lado y la esperó paciente.

—Come.

—No tengo…

—¡Come!

Akane retrocedió. El grito de Misao no sólo fue furioso, sino que también desesperado. Al mirarla la encontró desencajada, tanto, que le temió. Por el contrario, Akane le pareció patética a Misao; se veía ojerosa, con el rostro sucio por culpa de las lágrimas secas, y un poco delgada como si estuviera enferma.

—T-te dije que yo no quiero…

Jamás lo esperó. La bofetada que Misao le dio a Akane la hizo caer recostada sobre la mesa. Con los ojos abiertos, perdidos, incrédulos, ni siquiera sintió el dolor hasta mucho después, cuando temblorosa se llevó las manos a la mejilla, la que ardía con un dolor punzante.

—Eres una estúpida.

—Yo… yo… ¡tú no entiendes na…!

Misao la interrumpió con una segunda bofetada en su otra mejilla que casi la hizo caer al piso. De haber sido la Akane de otro tiempo se habría defendido. Se irguió furiosa para exigirle una explicación, cuando se detuvo aterrada al ver el papel que fríamente Misao depositó sobre la mesa.

—¿Desde cuándo lo sabías? —preguntó Misao duramente.

Akane palideció, sus labios temblaron incapaces de encontrar una respuesta.

—¿Desde cuándo? —insistió, severa, erguida con una autoridad que hizo temblar a Akane. La que resignada y débil comenzó a balbucear una respuesta.

—Fue… antes de…

—¿Y él lo sabía?

—Pensaba… decirle cuando volviera… —el rostro de la chica se arrugó, apenas conteniéndose, cuando las lágrimas que creía secas volvieron a brotar cayendo sobre sus manos—. Él no lo sabía… yo tampoco antes de… que se fuera…

Misao no dijo nada. Miró el papel, el examen de embarazo a nombre de Akane Saotome. De brazos cruzados no se compadeció de ella; por el contrario la odió.

—Tienes que comer.

—No puedo… no puedo tragar nada desde que…

—¡Come! —ordenó levantando la mano, amenazándola con abofetearla una vez más—. Si tengo que hacerte tragar bocado a bocado a la fuerza, no dudes que lo haré. No eres más que una tonta malcriada que no sabe lo que está haciendo. ¡Come si no quieres que de verdad me enfade! ¿Piensas que me importas, crees que me interesa intentar que siga viviendo una cobarde como tú que es incapaz de soportar una simple muerte? Todos hemos perdido a un ser querido en esta guerra. Por mí te dejaría sola: pero no voy a permitir que junto contigo asesines también a tu bebé.

Akane abrió la boca, pero no respondió. Ella no quería eso, siquiera había pensado en lo que estaba haciendo hasta ese momento. Tonta, egoísta, estúpida. Antes todo le había parecido irreal, como si estuviera viviendo una pesadilla de la que quería despertar dejándose morir. Ahora era real, dolorosamente real. El hambre sacudió su cuerpo, cogió con fuerza su vientre arrugándose el vestido. ¡Era real! ¿Qué demonios estaba haciendo? Ella tenía una vida creciendo dentro de su cuerpo, tan pequeña que no la podía sentir aún; pero estaba allí, era de verdad, era su bebé. Su bebé. Bebé. ¡Bebé! ¡Iba a tener a un hijo! Y estuvo a punto de matarlo por ser una…

Ella se encogió sobre el plato que atrajo desesperada, su cuerpo se retorció como si quisiera llorar, pero se contuvo. Sus manos apenas consiguieron tomar los palillos que se cruzaron enredándose en sus dedos fríos. Temblaba violentamente y no era únicamente por el miedo de lo que casi permitió en su desidia; sino también por la culpa y la vergüenza. ¿Cómo podría permitir que el hijo de Ranma muriera dentro de ella, es que en realidad era tan tonta como él siempre se lo decía cuando se enojaba? Intentó tomar una porción de arroz que levantó débil, torpe, revelando lo mal que la había pasado su cuerpo esos últimos días. Y se le cayó entre los palillos. Misao dio una fuerte palmada sobre la mesa apresurándola. Asustada Akane insistió en tomar otra porción que tuvo que seguir con la boca antes que se le cayera también, engulléndola con prisa. La mascó rápidamente. Sus lágrimas que tragó junto con el alimento le supieron saladas. La comida pasó apenas por su garganta y le dolió. Gimoteó, y luego se encogió con fuerza sintiendo náuseas. No creía poder soportarlo cuando su cuerpo rechazó el alimento. Angustiada se llevó desesperada la mano a la boca que se le llenó de saliva.

—Si lo vomitas, juro que te haré tragártelo de nuevo —la advirtió Misao, inclemente ante las convulsiones de la chica que se doblaba dolorosamente soportando las arcadas—. Más te vale que ni lo pienses, Akane.

Resistió la convulsión de su estómago como pudo, con una fuerza que su cuerpo determinado seguía teniendo aunque ella lo negara. Se calmó finalmente y más lenta, pero también sin la necesidad de que Misao la obligara, tomó una segunda porción que se llevó a la boca. La mascó suavemente y tragó. Buscó rápidamente el vaso con agua y se ayudó bebiendo para pasar el alimento por su garganta seca. Los palillos tomaron un poco más y comió. Tragó, bebió y volvió a comer. Se pasó la manga por el rostro secándose las lágrimas que no dejaban de brotar de sus ojos. Dio un fuerte gimoteo, cogió otro poco de arroz y se lo zampó con ansiedad. Gimoteó una vez más. No se detuvo probando después el curry. Se limpió el rostro con la mano cuando las lágrimas volvían a incomodarla, y tomó otra porción que en su temblor terminó desparramando la mitad del arroz por la mesa.

—Me quiero morir —susurró entre bocados, sin detenerse ni dejar de llorar. Sintiéndose horrible por poder comer como lo hacía, desesperada, hambrienta a pesar del asco que le producía cada bocado, como si no le importara haber perdido a Ranma; como si lo hubiera traicionado por la sola idea de poder seguir viviendo.

Misao no sonrió. En su lugar asintió satisfecha. Se levantó y se dirigió otra vez a la cocina sobándose las manos dejando a Akane comer en paz. Hacía frío, prepararía un poco de té.

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Fin por ahora.

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Notas del autor: Me fue un poco difícil retomar esta historia, pues cada vez que la escribo me inmiscuyo demasiado con los sentimientos oscuros que posee. Creo que a muchos de ustedes que se comprometen a nivel emocional con sus obras deben haberse sentido de manera similar. No teman, es normal, no es una exageración que así suceda. Escribir es un poco como actuar, ponerse en el papel de cada personaje y vivir sus sentimientos para poder comprenderlos y así narrarlos. Por ello escribir situaciones violentas, trágicas o emocionalmente dolorosas puede acabar con el buen ánimo de cualquiera.

He leído con interés como en ocasiones los actores requieren terapia tras trabajar con personajes difíciles durante tantas horas al día de grabación. Lo mismo sucede con los escritos. Tengan cuidado, si se inmiscuyen demasiado en obras tristes o trágicas, podría finalmente pasarles la cuenta. Para ello siempre les recomiendo tener una segunda obra a la mano, unos párrafos cómicos o románticos, alto tonto en lo que puedan refugiarse tras una sesión de escritura muy pesada. Es necesario desintoxicarse de esas emociones o luego podrían en la realidad descargarse de manera injustificada con quienes los rodean; o peor, caer en una profunda depresión.

Alas es lento de publicarse pero rápido de escribirse. Depende mucho de mi estado mental. Eso sí, no será larga pues ya tiene un final planificado, y los capítulos no se improvisan pues también están pensados de antemano. El final puede que sea bastante fuerte, del que no me canso de escaparme, je. No sé cómo me enfrentaré a ello cuando llegue el momento. Pero ya veremos, a cada día hay que dedicarle su propio afán.

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Noham Theonaus.-