Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.
.
.
..
Fantasy Fics Estudios presenta:
..
.
ALAS DE MISAWA
.
..
Amistad y culpa
..
.
El destino solía ser por igual partes cruel o benévolo. Tras tantas desgracias ya era hora que aflojara su tozudez y se inclinara a su favor. Eso pensaba cuando avivaba la pequeña fogata con una rama. La cortaba en pequeñas partes, se detenía un momento para mirar a su compañero, y luego lanzaba los fragmentos al fuego. Cogía otra rama y repetía. Las veía retorcerse, cambiar de color y crujir aumentando ese aroma intenso a cenizas que lastimaba la garganta y hacía lagrimar los ojos.
Su compañero alzó la voz únicamente para quejarse.
—Si avivas más el fuego nos descubrirán.
—¿Quién? ¿Tu bando o el mío? —bromeó el joven capitán, lanzado otra rama al fuego dándole a entender que en nada consideraba su advertencia.
¿Qué más podría sucederle? ¿Que lo mataran? Tal era su agotamiento y apatía que ni siquiera eso podría importarle ya. Además, su suerte había sido tan mala que sabía ese consuelo jamás podría sucederle. Sacó del bolsillo la fotografía en la que aparecía una mujer con un bebé en los brazos. Torció los labios. Definitivamente el destino no lo dejaría morir; seguiría cargando con la culpa por más que se lo suplicara.
—Tírala —dijo su compañero.
—Yo lo maté…
—¡Tírala! ¿Cómo puedes ser tan imbécil de sentirte culpable todavía por alguien a quién ni siquiera conociste? ¿Olvidas que él intentó matarte?
—Tú también intentaste matarme. Por suerte tu puntería sigue siendo pésima.
—Debiste liquidarme entonces, en lugar de fastidiarme con tus estúpidos remordimientos. Si quieres atormentarte, hazlo solo, pero no me metas en tus problemas. Eres tan débil, no te recordaba así de patético.
—No digas idioteces, Mouse, ¿es que no te importa nada? Te conozco desde hace años, demonios, ¿crees que me gustaría matar a un amigo por una estúpida guerra? Ya no somos unos niños para andar fanfarroneando. Esto es serio.
Mouse, su joven compañero, vestía un uniforme de combate de infantería de su propia nación. Observaba a Saotome y acariciaba su arma, la que ese idiota no quiso arrebatarle tras vencerlo en un rápido tiroteo y luego en un forcejeo en la selva. Ambos antiguos conocidos, ahora enemigos, compartían una fogata en una pequeña e insignificante isla que ambos bandos se disputaban. Como si no se tratara más que una de sus antiguas aventuras.
—Siempre fuiste un tonto sentimental, Ranma —dijo finalmente levantando el rostro. El fuego se reflejó en los anteojos—. Por eso Shampoo sabía cómo manipularte con tanta facilidad.
Ranma dio un profundo suspiro. Su uniforme de piloto se encontraba sucio, con barro seco comenzando a desprenderse formando una constante capa de tierra sobre su cuerpo. El rostro manchado y ceniciento, no opacó del todo su nostálgica sonrisa.
—Shampoo… ¿y cómo está ella? ¿Y la vieja momia?
Por un instante a Ranma le pareció ver aquel viejo gesto de celos en el rostro de mouse al nombrar a la amazona; y se agradó de saber que todavía algunas cosas no habían cambiado. La guerra no les podía haber arrebatado todo.
—No fue fácil volver a China —Mouse comenzó a susurrar en un tono agrio, lleno de rencor. Ranma pensó que se trataba únicamente por los sufrimientos a los que fueron sometidos, cuando Japón expulsó a los extranjeros que pertenecían a la alianza de naciones enemigas, al inicio de la nueva guerra por el pacífico—. En nuestra propia tierra nos consideraron espías, no nos dejaron volver a la tribu y nos reinstalaron en campamentos para refugiados. Nos observaban constantemente, nos tenían a prueba y no nos trataron mejor que a los prisioneros de guerra.
—Lo lamento.
—Guárdate tu lástima para ti mismo. Porque pronto te matarán si sigues actuando así: debiste acabarme cuando tuviste la oportunidad.
—Mouse, deja de ser tan terco; no podría haberte quitado la vida.
—Yo sí. Créeme, Ranma, yo sí.
—Tienes tu arma, ¿por qué no lo haces ahora?
Se observaron mutuamente, en silencio. La tensión era tal entre ambos que la brisa nocturna dejó de sentirse y el crujido del fuego pareció bajar su intensidad como si temiera interrumpirlos. Las pequeñas ramas convertidas en teas prendidas se retorcieron y cayeron consumiéndose bajo el peso del calor. Una pequeña estela de chispas ascendió junto con la columna de humo perdiéndose en la oscuridad.
Mouse se encogiéndose de hombros, como si nada hubiera pasado, continuó con su relato:
—Me casé con Shampoo poco después que nos llevaron a trabajar a un pueblo en torno a una fábrica de armas.
—¡Oh!... ¿Lo dices en serio?... Ah, pues, te felicito, supongo.
—No pareces muy contento.
—Lo estoy, créeme. Es que no me lo esperaba tan pronto, es todo.
Ranma parecía auténticamente sorprendido; mas luego, esbozó una honesta sonrisa a favor de la felicidad de su viejo conocido. Mouse se sintió incómodo, esperaba un ataque de celos o alguna bravuconería de su parte ofendiéndolo; pero no simpatía, no eso. Intentando controlar su turbación, le preguntó desviando el tema.
—¿Y qué es del chico cerdo, también lo reclutaron?
—¿Ryoga? Ah, no, él… —Ranma inclinó el rostro. Los ojos clavados en el fuego se mostraron a la par irritados y tristes—; es verdad, tú no lo sabes…
.
..
Caminaron medio día a través de una densa vegetación. El calor y los mosquitos los tenían al límite de la resistencia. Mouse se detuvo al final de la selva indicándole el camino.
—Cruzando esos cerros llegarás a la bahía. Allí tus aliados tienen un campamento. Hasta aquí te acompañaré.
—Gracias, Mouse —Ranma se detuvo a su lado, en el borde de la sombra al final de los árboles. Cuando el camino comenzaba a ascender por la ladera de un cerro cubierto con espesas hierbas—. No esperaba decir esto nunca, pero te debo una. Será mejor que regreses ya, mis compañeros podrían descubrirnos y no serán "tan estúpidos como yo", si sabes a lo que me refiero.
Mouse, pálido, agotado y con un ligero estremecimiento en los labios producto de los violentos sentimientos que a momentos lo asaltaba, se limitó a asentir.
—Es una pena habernos reencontrado en estas circunstancias, Ranma.
—Sí. Supongo que debo tener muy mala suerte para toparme en este remoto lugar a un idiota como tú.
—Esa es mi línea.
Ante la provocadora respuesta de Mouse, Ranma esbozó una ligera sonrisa. Lleno de arrogancia como en sus días de antaño recobró un poco la infantil chispa en su semblante.
—Mouse, cuando la guerra termine prometo visitarte a ti, a Shampoo, y también a la vieja momia. Después de todo te debo la vida.
—No prometas lo que no puedes cumplir, Ranma. Quizás mañana sea posible que no vivas. A lo menos deberías casarte con Akane de una vez por todas; no sea que te mueras virgen.
—Muy gracioso. Olvidé decírtelo: sí me casé con Akane.
Ranma le dio la espalda tras haberle apretado afectuosamente el brazo. No hubo otro gesto, entre ellos jamás existió una amistad auténtica ni una relación de mayor cercanía. Eran simples conocidos, que fueron rivales en el pasado o aliados según las circunstancias.
Con un poco de recelo, Ranma dejó la seguridad de la sombra de los árboles y comenzó a ascender con pasos lentos la pendiente, introduciéndose entre la hierba. Los largos y delgados pastos, como un mar verde, le llegaban hasta la cintura. Se mecían en una única dirección producto del viento de la costa. La vista que tenía del océano era espléndida, el manto azul reflejaba los destellos dorados del sol, fusionándose mar y cielo como uno en el horizonte. El silencio era absoluto, tanto, que Ranma dudó por un momento de ir en el camino correcto.
Mouse lo observó alejarse. Las últimas palabras de Ranma resonaron en su cabeza. Y como si en ese momento no hubiera podido resistirse a la tentación que lo había torturado toda la noche, movió lentamente las manos. Se descolgó la correa del fusil del hombro, lo depositó lentamente en el suelo sin hacer ruido. Movió la mano hacia donde guardaba su revólver. Soltó el broche de metal de la funda de cuero, apretándola con los dedos, tanto como sus dientes, en un suave y contenido movimiento. Levantó la tapa de cuero y deslizó la mano empuñando el arma. La sacó lentamente, muy lentamente, de su cobertura y la alzó apuntando al indefenso joven capitán.
La espalda de Ranma se veía grande, clara, como nunca antes hubiera tenido tal seguridad a pesar de su problema a los ojos.
Su rostro había palidecido hasta parecerse más al de un cadáver. Los labios amoratados tiritaron, susurraron sin voz palabras cruzadas, ideas odiosas, arrepentimientos adelantados y recuerdos que lo torturaron hasta justificar lo que estaba por hacer. Ranma no era su amigo, nunca lo fue. Por el contrario, era el culpable de todo lo que había perdido en la vida. ¿Y ese maldito se jactaba que volvería a su propia vida feliz y perfecta, al lado de una hermosa y cálida mujer, cuando a él no le quedaba nada? El último pensamiento de Mouse fue el que lo justificó: "debió haberme matado; si lo hubiera hecho…"
No era su culpa, sino la de Ranma por haber existido en el mismo mundo que él.
Ranma sintió el fuerte viento soplando otra vez desde la costa. Los pastos se mecieron con violencia y su cabello sucio recobró por un momento la vida desordenándose con frescura. Se detuvo únicamente para cerrar los ojos y sentir otra vez la esperanza. Atrás quedaban los malos recuerdos, la culpa y el horror. Volvería a casa.
Junto a Akane…
El sonido fue como un trueno. Insensible al principio miró hacia la costa. El horizonte se encontraba despejado. Sus pies se separaron un poco contra su voluntad. ¿Qué había pasado, qué era esa sensación que lo invadía como una terrible debilidad, pero a la vez le impedía perder la conciencia?
Dolor, era dolor. Al bajar el rostro recién descubrió la fuente de tan contradictorias sensaciones. Se llevó las manos al vientre, sus dedos se tiñeron de un rojo intenso y cálido. Incrédulo levantó los dedos manchados por delante de sus ojos. Cayó sin energías sobre las rodillas y el pasto le llegó hasta el cuello. Sus labios se estremecieron. ¿Qué había pasado?
Mouse se detuvo por detrás, levantó el revólver y apoyó la punta del cañón contra la nuca del paralizado capitán Saotome con la clara intensión de rematarlo. Había sido disparado a la cabeza de Ranma, pero el tiro le dio al joven por detrás en la espalda, a la altura del abdomen. Debió haberse colocado los anteojos, ahora tendría que duplicar su culpa y deshonor al ejecutarlo de esa manera tan cobarde, a pesar que seguía prometiéndose que no era su responsabilidad nada de lo que estaba sucediendo.
—Mouse… ¿por qué?
Lo escuchó susurrar, incapaz de comprenderlo. ¡Tan estúpido, tan inepto, si lo hubiera matado a él antes habría podido regresar con Akane! Era su culpa y sólo su culpa todo ese sufrimiento.
Pero a pesar de la tormenta dentro de su corazón, el rostro pálido de Mouse no reveló ninguna otra emoción más que la rabia que sentía.
—Mentí, Ranma —respondió, como si al justificarse encontraría descanso para lo que estaba haciendo, y lo que terminaría por hacer—, no me casé con Shampoo.
El viento sopló una vez más desde el océano. Ranma descansó sobre sus piernas, sin fuerzas, esperando únicamente el disparo final. Su cuerpo no respondía, el dolor era lo único que podía sentir y como si un veneno además del disparo se hubiera esparcido por su debilitado cuerpo, tampoco pudo reaccionar al escucharlo hablar.
—Shampoo jamás me aceptó. Siempre pensó en ti, únicamente en ti. Quería que la guerra terminara, que todo acabara para volverte a ver. Jamás dudó que sobrevivirías, como una guerrera a ella no le importaba la guerra, no era más que un estado natural del mundo. Pero me esforcé, me ofrecí como voluntario para ayudarla a ella y a esa vieja maldita para que tuvieran un mejor pasar gracias a mi calidad de soldado. Pero ni así me aceptó —acomodó la mano con que sostenía el revólver contra la cabeza del joven Ranma, empapada en sudor, con el dedo inseguro resbalando sobre el frío gatillo—. Fue durante un bombardeo. La fábrica donde ella trabajaba, el pueblo… todo… Yo estaba en un entrenamiento en las afueras y… ella… las bombas… las explosiones.
Apretó el mango con ambas manos, le era casi imposible contener las violentas convulsiones que lo sacudían hasta los hombros.
—Escombros, no quedaron más que escombros.
Mouse no era más que una penosa imagen de miseria; apenas la sombra de lo que una vez representó como un orgulloso guerrero y artista marcial. Las lágrimas empaparon su rostro, mezcladas con los mocos y la saliva que sin control derramaba hasta el mentón, dando fuertes gemidos cada vez que tragaba y respiraba al intentar hablar.
—¡Busqué! La busqué por horas y… y ella… encontré a Cologne y… estaba muerta… ¿No que era tan fuerte, esa maldita vieja mentirosa? Debió haberla protegido, ella debió... —retrocedió el martillo del revólver empujando con el cañón un poco más fuerte la cabeza del pasmado Ranma; que ante tal revelación lo único que pudo hacer fue abrir los ojos en un gesto de espanto—. Y después… ¡No, no me importaba ella, yo quería encontrar a Shampoo, a mí Shampoo! Y la encontré... su mano, ¡encontré su hermosa mano! Quise sacarla, levanté los escombros, ¡tiré de ella y salió!... salió… su brazo salió… sólo su brazo… no era más que su brazo.
—Es… —Ranma murmuró débilmente, interrumpido por el dolor de la herida—, eso no... yo...
—¡Fue tu culpa! ¡Si ella no te hubiese conocido jamás hubiera abandonado la aldea! ¡Seguiría viviendo con la tribu! ¡Ella estaría viva! ¡Viva!
En ese momento Ranma comprendió que algo de razón tenía, y la culpa lo hizo por primera vez en su vida darse por vencido. Esperó. Quizás estar al lado de Akane era algo que jamás había merecido. Los dedos de Mouse presionaron ligeramente el gatillo hundiéndolo hasta la mitad, como si su razón en un último momento hubiera querido detenerlo. Pero ya era demasiado tarde para él, para ambos. Los ojos del joven chino se afilaron, cuando decidido presionó el gatillo; y todo su rostro se tensó en un gesto de locura, escupiendo al gritar.
—¡Es tu culpa!...
El sonido del disparo sacudió como un segundo trueno la colina. Las aves volaron desde los árboles. El viento sopló con fuerza.
Y cayó ante sus ojos hundiéndose en el pasto. El rostro blanco, inerte, ya no revelaba la belleza que tuvo en su juventud. Sólo era culpa lo que reflejaban los ojos abiertos y perdidos en el vacío. Su último recuerdo fue culpa y nada más que culpa; como si hubiera comprendido en un final atisbo de razón que jamás podría volver a estar con la mujer que amaba. Nunca más. El costado de la cabeza se encontraba deshecho, abierto como una nuez aplastada. Trozos de carne y sangre salpicaban la hierba, y una mancha oscura extendiéndose como una flor en su plenitud bajo su sien fría, formó un charco alrededor de los labios entreabiertos que no pudieron culminar su amenaza.
Ranma se sacudió brúscamente ante la terrible imagen de Mouse a su costado. Abrazando su propio abdomen traspasado, intentando sostener su vida que se le escapaba de entre los dedos. Todavía no era capaz de comprender nada de lo que estaba sucediendo. ¿Estaba vivo, muerto, por qué era Mouse el que yacía a su lado en el suelo y no él? Nada, como siempre le sucedía, nunca entendía nada. Entonces alzó el rostro y vio sombras encima de él. Eran tres o cuatro soldados. Le gritaban en una lengua que al principio no comprendió. Después uno de ellos habló en su idioma, y lo hizo con cuidado susurrando palabras de aliento que no necesitaba.
Se dejó tomar por los hombros cuando se desplomó sobre el pecho de ese compatriota que lo recibió en sus brazos. Aquel hombre lo ayudó a presionar su propia mano contra su herida. Y lo escuchó gritar tan fuerte que pareció haberse quedado sin aire en los pulmones, raspando la garganta hasta quedar ronco:
—Médico... ¡Médico!
En su estado de sopor observó otra vez el cadáver de Mouse. Y creyó haber cerrado los ojos cuando todo se tornó negro y frío. Con un amargo sentimiento de pérdida que jamás podría volver a llenar en su vida. Después de todo, él…
"Él era mi amigo."
.
..
Esa tarde Akane Saotome se desplomó en la entrada de su silencioso hogar. Ni siquiera cerró la puerta. Leía sin comprender el pequeño telegrama que había recibido. Y gimoteó una vez cubriéndose la boca con la mano. Ya no se trataba del deseo de llorar por culpa de la desesperanza, sino algo muy distinto. Un sentimiento cálido que hinchó su pecho hasta serle doloroso; como si hubiera vuelto a nacer.
Dio un gemido más fuerte, uno que mezclaba por partes iguales emoción e incredulidad. No podía contener el incesante temblor de sus manos y más difícil le era releer la escueta nota. Las lágrimas ya no las pudo contener por más tiempo. Y su suave risa, al principio débil, después se tornó más firme y ruidosa. Riéndose y llorando a la vez.
Tras ella, Misao se encontraba sentada sobre las piernas ante la pequeña mesa del departamento. La observó atentamente, como si pudiera haber adivinado lo que decía el telegrama con tan sólo ver a su nueva amiga actuar como una ebria. Miró entonces su taza de té por un intenso momento en que la apretó hasta hacerla sonar. Un poco más y la hubiera quebrado. Relajó la tensión de los brazos, dejó caer los hombros, y bebió.
.
Fin por ahora.
.
Notas de autor: No tengo mucho que contar. Me encuentro en este mes sobrecargado de trabajo, pues me es menester actualizar varias historias, dado que durante noviembre, por razones personales, no escribiré ningún fic hasta diciembre. Así que intentaré ponerme al día con lo más que me sea posible escribir antes que acabe octubre.
Espero no haberlos aburrido mucho con esta historia. Sé que querían más drama, pero no es un género que domine muy bien, aunque lo seguiré intentando.
De ustedes,
Noham Theonaus.-
