Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.

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Fantasy Fics Estudios presenta:

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ALAS DE MISAWA

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Violencia

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Recorrió sus caderas con las manos duras, callosas. Beligerante no la dejó escapar a pesar de sus muchos reclamos cuando ella intentó con las manos arrastrar su cuerpo hacia atrás, en un desesperado acto, una última oportunidad. Tiró de su cintura deslizándola por la sábana, devolviéndola a su posición cómoda a la vez que embarazosa, atrapada bajo aquel terrible peso. Gritó. Estaba siendo muy brusco. Pero siguió sin escucharla, mordiéndola desde el cuello hasta los voluminosos pechos. No era él, a la vez que sí era él.

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Ella se había propuesto sanarlo con sus propias atenciones. Tras unos días en el hospital creyó ilusa que se repondría apenas le dieran el alta. No fue así. Otra semana más y se esperanzó con que a lo menos se afeitaría aquella incipiente barba que la lastimaba cada vez que buscaba su boca. Tampoco dio señales de vida. Aquel estropajo sentado todo el día, con la ropa arrugada sobre su cuerpo y mirando la televisión; y que estaba así desde que se despedía por la mañana para atender las clases en la escuela, hasta la tarde en que volvía para descubrir que siquiera había comido; no, ése no podía ser él.

Algo había sucedido, o alguien se lo había arrebatado. Y todo lo que le devolvieron fue un cadáver que todavía respiraba. Lo que más le dolió fue su reacción el día en que le dijo que ella estaba embarazada. Por un instante creyó que sus ojos brillaron con vida. Pero la esperanza fue vana. Porque al segundo siguiente vaciló inclinando el rostro avergonzado ante ella. Y lo perdió otra vez.

¿Estaba triste, feliz, esperanzado, asustado, lo que fuera? Nada escapó de sus labios perversos. Ese cuerpo andrajoso, de cabello suelto sobre su rostro, que sólo reaccionaba para alejarla cuando quería atenderlo. Ni siquiera le había permitido arreglarle el cabello como antes. Nada. Ése no era su esposo.

Pudo haberlo dejado, abandonado en el hospital como le recomendaron. Pero no, ella sabía que él la necesitaba. Que dentro de esa concha silenciosa, en algún lugar, se encontraba él; atrapado, encerrado, no sabiendo realmente donde se encontraba. Antes la había salvado a ella en el pasado, ahora ella quería salvarlo a él. Pero no sabía cómo hacerlo.

Le hablaba cada día de manera normal, intentaba actuar como si la vida fuera la misma que dejaron una vez en Nerima. Actuaba como si él le respondiera, prácticamente conversaba sola. Él la miraba en silencio. Seguía muerto.

Un día no lo soportó más, tan sólo dos semanas y ya se sentía exhausta. Debía cuidar la vida que crecía dentro de ella, no podía también atender a un cadáver viviente. Cayó de rodillas delante de él, le suplicó, lloró, lo abofeteó, lo insultó, le rogó, le pidió, lo besó. Nada, tan sólo la miró con aquellos ojos ahora grisáceos, opacados, ausentes, como si en realidad viera la pared detrás de ella; como si su cuerpo fuera traslúcido.

Se rindió. Y se sintió la más mala de las mujeres por haber resistido tan poco. Dos días después, dejó de hablarle, sin percatarse que ella misma, en su rutina, también se estaba abandonando; tanto en las comidas, en sus cuidados, como en su aspecto. Ella comenzaba a sentirse tan vacía cómo quizás se sentía él.

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Llegada la noche en la alcoba, ella se paseó por delante de él a medio vestir, con la blusa apenas abotonada cubriendo su cuerpo. Se preparaba para cambiarse a su pijama. Lo miró un instante, imaginó lo que en otro tiempo él le hubiera dicho. Ya no importaba, era como si ella no existiera para él, como si nada en realidad existiera para él. Su cabello había crecido un poco, se percató al mirarse al espejo y, en un ataque de rabia, cogió la tijera y quiso cortarse ella misma la punta de sus cabellos.

Y en su torpeza se lastimó.

Dio un corto chillido, la tijera rebotó delante de sus pies. Miró su mano. La pequeña línea de sangre recorría el contorno del dedo hasta gotear en el piso. Lloró, no por ella, tampoco por él; quizás por su hijo que crecería sin conocer a su verdadero padre; porque esa sombra no era él. Ya nada más le importaba. No notó cuando él se movió, finalmente, por su propia cuenta. Y se sobresaltó, porque lo tenía de pie ante ella, con los brazos caídos y el rostro inclinado, el largo cabello oscuro cayendo por sus hombros cubriéndole también el rostro. Era más como un espectro.

No sólo tuvo miedo, sino que sintió pavor. Pero él fue rápido, más de lo que ella hubiera creído tras días de letargo. La cogió por la muñeca, con la otra mano la obligó a extender los dedos. La examinó, con ojos grandes, curiosos, la boca entreabierta. Tembló al ver la sangre de ella, como si fuera algo extraño y a la vez aterrador. Entonces sus ojos recobraron el color, mutaron de grises a azules e intensos, y se inclinaron ligeramente hacia ella.

Tras dos semanas de silencio, finalmente pronunció su nombre:

—¿Akane?

—¡Ranma…!

No tuvo tiempo para emocionarse, tampoco de quejarse. Él presionó su muñeca con tanta fuerza que ella se quejó por el dolor. Pero no la escuchaba, sino que la miraba; de verdad la miraba a ella. Pero todavía no parecía ser él. Era como un auténtico fantasma que buscaba la vida, como una polilla volando hacia la luz; y esa vida era ella.

Tirando de la muñeca, él la arrastró unos pasos hasta la cama, y la arrojó de espaldas sobre las sábanas. Aturdida más que asustada, ella dobló las piernas intentando sentarse, apoyándose sobre los codos. Cuando lo descubrió sacándose la camisa. Apenas retrocedió un poco en la cama, deslizándose, sintiéndose arrinconada cuando él se arrodillo ante ella siguiéndola. Estaba asustada, tanto, que no pudo siquiera volver a repetir su nombre. Todo estaba sucediendo demasiado rápido.

Él tomó su rostro con ambas manos. La acarició bruscamente, como si quisiera sentir cada palmo de sus facciones. Bajó ambas manos y recorrió su cuerpo. Su pecho agitado contuvo la respiración cuando lo sintió ser más insolente y animal de lo que jamás fue en el pasado. No tenía ninguna vergüenza con su cuerpo, ningún cuidado, tampoco atenciones. Lo sintió recorrer cada parte de su piel por encima de la ropa. Entonces él jaló de la blusa arrancando los botones.

Ella se recostó de espaldas ya no queriendo levantarse. Trató de cubrirse, pero él la sostuvo por las muñecas y presionándolas sobre las sábanas la obligó a estirar los brazos, ubicándose de rodillas entre sus piernas. La observó, no, fue más que eso y la vergüenza le arrancó lágrimas a la joven mujer; pues la devoraba con los ojos.

Ella era agua, y él era un desierto.

Se hundió en su piel aplastándola, soltó sus brazos abrazándola. Ella al principio se resistió. Ésa no era la forma correcta, por un momento lo desconoció tanto que realmente le temió, lo golpeó, movió las piernas. Quería zafarse. En un momento cogió la cabeza de esa bestia irracional con ambas manos y lo apartó. Lo abofeteó dos veces. Él la miró confundido. Susurró su nombre y eso la turbó, como si recién hubiera recordado los días que pasó sin escucharlo hablar. Entonces, antes que pudiera responderle, él la volvió a tomar por el rostro y la besó. Más que besarla, parecía querer beberse sus labios a enormes bocanadas. Bajó las manos atrapándola por las caderas. Ella ya no era inmune a sus instintos, porque la vida también surgió dentro de sus entrañas, mucho más generosa que su propia conciencia.

Aunque trató de deslizarse todavía, de librarse del peso asfixiante arrastrándose por las sábanas, él se lo impidió atrapándola con más fuerza por la cintura y arrastrándola de regreso bajo su sombra. Y el resto es historia.

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Los primeros rayos de sol entraron a través de la cortina. Las sábanas se encontraban revueltas, tiradas por el piso. Sobre el colchón dos cuerpos descansaban. Ella se despertó primero y juntando las piernas, doblándolas con un poco de recato y dolor, se sentó. Cubrió la espalda con una sábana. El cabello corto se inclinaba sobre su rostro. Ella, abrazándose los hombros, giró el rostro para mirarlo dormir.

Él también estaba despierto. Estiró su mano lentamente hacia ella. La posó sobre la pierna. Ella no dijo nada, porque ahora era ella la que se encontraba en silencio. Él subió la mano lentamente por la pierna y siguió por su cadera metiéndose bajo la sábana. Entonces llegó a su vientre desnudo y se posó allí, con los dedos extendidos y pesados sobre la piel. La mano de su esposo ya no se sentía fría.

—No te merezco —susurró cerrando los ojos—. Lo lamento… de verdad lo lamento.

Ella suavizó su semblante y posó su mano sobre la de su esposo. Ambas manos sobre su vientre cálido de vida. Y lo vio llorar, hasta que las lágrimas que rodaron por sus ojos cayeron sobre su cabello y humedecieron el colchón. Lo dejó llorar, no le dijo ninguna palabra de consuelo. Debía pagar, tenía que hacerlo sentir miserable por lo que había hecho.

Porque no podía permitir que él volviera a ser débil, no si debían enfrentar lo que fuera juntos, o no se lo perdonaría jamás: porque lo amaba.

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Fin por ahora

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Notas de autor: Este fue rápido y corto, porque debía ser así o no resultaría. Ya que debía ser escrito de una única sesión bajo la influencia de una intensa emoción. Pensé en muchas formas distintas de retratar el reencuentro, todas largas, tediosas, "normales". Luego, en una noche de soledad, es que se me ocurrió que quizás lo mejor sería enfocarse en los sentimientos. Preparé el momento y me lancé. Puede que el resultado haya sido normal, pero la sesión de trabajo fue muy distinta y rápida.

Fue una escritura violenta, si me puedo expresar de esa manera.

Cuerpos y almas son uno solo, están obligados a convivir. Somos seres espirituales, sentimentales, pero a la vez seres carnales, animales. Somos unas extrañas criaturas híbridas. Lo que sucede en el cuerpo afecta al alma; lo que pasa en el alma influye en el cuerpo.

Nos vemos en una próxima entrega.