Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.
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Fantasy Fics Estudios presenta:
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ALAS DE MISAWA
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¡Duelo!
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- Parte 1 -
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Misao Kawachi se detuvo ante Akane Saotome, acomodándose en la silla opuesta de la mesa, con su característica mirada de desaprobación. Sin embargo, esta vez Akane no estaba de ánimo para prestarle atención. Con la mano en la mejilla fingía ignorarla, descansando el codo sobre la superficie a un costado de la bandeja con los alimentos que apenas había probado. Desde los comedores de la escuela, su vista se perdía en el horizonte de edificios grises y monótonos a través de la ventana.
—No deberías permitir que él haga lo que quiera contigo —dijo Misao, iniciando la conversación sin mirarla también, concentrada en su propia comida.
—Ranma no está bien, es todo…
—Lo dices como si se tratara de un resfrío. En este momento deberías estar más preocupada de ti misma, no de él.
—Sé cómo tratarlo.
—Eres una idiota sentimental, Akane.
—¡Ése es mi problema! —la encaró alzando la voz, dando una fuerte palmada sobre la mesa. Al momento escuchó los cuchicheos de las demás maestras y del director que la miraba nervioso. Volvió a acomodarse dándole la espalda a todo el mundo, otra vez con los ojos puestos en la ventana intentando aparentar indiferencia, cuando en realidad se sentía cohibida.
—Sólo digo lo que pienso, nada más —Misao hizo una pequeña mueca de disgusto al probar el arroz, pues le era insípido. Alzó los ojos y rápidamente se percató de un inquietante detalle en su terca amiga—. Tienes una marca en el brazo...
Akane, avergonzada, se cubrió la muñeca rápidamente acomodándose la manga.
—¿Te lo hizo él? —insistió—, ¿te lastimó?
—Fue un accidente… Misao, basta ya, sé lo que estoy haciendo. Además, él no quiso lastimarme, sólo fue un poco "brusco".
A pesar de intentar sonar segura, la vergüenza que le provocaba hablar de ciertos temas muy íntimos le provocó un notorio titubeo en su voz. Misao la conocía, llevaban un tiempo conversando desde lo más trivial a lo más delicado de la vida. Podría decirse que ya eran amigas. Y en su manera de ser más directa le provocaba cierta impaciencia el que Akane todavía diera tantos rodeos para llegar a lo importante.
—¿Consentiste en ello? —preguntó astutamente.
—¿A qué te refieres?
—Aún siendo tu esposo, él no puede forzarte a nada que tú no permitas.
Al percatarse de cómo había acertado, el rostro de Akane se cubrió de intensos colores.
—¡C-Claro que…! B-Bueno él… ¡No se trata de eso! Misao, por favor, no compliques más las cosas de las que ya las siento.
—Porque si te ha lastimado, entonces deberías dejarlo…
—¡No voy a dejarlo, deja ya de confundirme! ¿Quieres? Es verdad, puede que haya sido un poco rudo y… pero eso no tiene importancia, porque Ranma jamás me lastimaría, ¡jamás! ¿Me escuchaste bien? ¡Jamás!
Misao la miró fijamente.
—¿Intentas convencerme a mí, o a ti misma?
Dando un bufido Akane la ignoró otra vez volviendo su atención hacia la ventana.
—A veces creo que odias a mi esposo —murmuró sentida.
—Imaginas cosas.
—Pues todo lo que has hecho desde que regresó es aconsejarme que lo deje por una u otra razón.
—Tu bebé es lo único importante ahora, y si él no te ayuda…
—¡El bebé es de Ranma también! Él es el padre y él me ayudará a criarlo porque es su hijo. ¿Entendiste bien? Ranma jamás permitiría que algo me sucediera a mí o a nuestro hijo…
—¿Te lo dijo, dijo que él quiere al niño…?
Akane dio con ambas manos sobre la mesa y se levantó violentamente. Por un momento parecía que la ira superaría a su prudencia. Pero consiguió dominarse, aplacando su enojo.
—Misao —murmuró en un tono escalofriante—, hoy estás más insoportable que de costumbre.
—Tienes que comer —Misao, sin prestar a tención a la amenaza, calmadamente apuntó con sus palillos la bandeja de Akane.
—Pues muchas gracias por tu interés, pero prefiero hacerlo en casa, "con mi esposo" —dejó su puesto y se detuvo delante del director bruscamente, que como el resto las había observado discutir culpablemente desde el inicio. Y le preguntó en un tono golpeado que más que súplica, pareció una orden—. Señor director, necesito tomarme el día libre, no me siento muy bien. ¿Puedo hacerlo?
—Oh… p-por supuesto… lo que usted quiera, señora Saotome.
—Muchas gracias.
Y se retiró de los comedores rápidamente dando fuertes zancadas. El director y las maestras giraron sus cabezas hacia Misao, la que en silencio también la había observado fijamente partir. Al saberse el centro de atención, se encogió de hombros.
—No fue mi culpa, ella está embarazada; ya lo sabe, señor director, un poco más alterada que de costumbre.
Se echó un bocado de arroz a la boca y los ignoró volviendo el rostro hacia la ventana. Se olvidó de sí misma, perdiéndose en el monótono paisaje. Dio un profundo suspiro, mitad cansancio, mitad aburrimiento, y sus anteojos resbalaron un poco por su nariz.
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El zumbido lejano del propulsor de un avión caza cortó el silencio sobre las torres grises. El cúmulo de nubes blancas, tan lentas como esa tarde verano, y tan brillantes que molestaba a los ojos, se acumulaban en el horizonte por encima de las perezosas aguas de la bahía. Escuchó el canto de una cigarra; cuando cruzó por las líneas de luces y sombras, que cortaban en diagonal entre las columnas bajo el borde de su propio edificio, el que sobresalía en el aire unos metros desde la pared, cubriendo la calzada a un costado de la plaza por encima de su cabeza. La mitad inferior de su vestido reflejaba los colores intermitentes y fuertes del lacerante sol; la mitad superior de su cuerpo se ocultaba en las frías sombras, donde la luz no llegaba a sus ojos.
La soledad era abrumadora, y el silencio enloquecedor hasta poder escuchar el eco de sus propias pisadas, y el crujir de la cinta de su maletín de cuero, tipo cartera, que rebotaba contra su cadera rítmicamente. Meses atrás esos edificios recién construidos rebosaban de vida y movimiento. Mas día tras día, semana tras semana, la guerra como, un animal hambriento y nunca satisfecho, fue devorando las esperanzas de las familias y las vidas de muchos de sus miembros; eligiendo la desgraciada suerte una a una, como víctimas que esperaban resignadas en fila a que llegara su turno para el sacrificio.
Pocas ventanas tenían cortinas, las que estaban siempre cerradas, como si sus moradores vivieran escondidos. La mayoría vacías reflejaban el cielo perfecto de un azul abrumador. La plaza no tenía movimiento alguno. Los juegos infantiles estaban quietos, como si fueran parte de una fotografía, abandonados en el centro del patio baldío de gravilla rojiza, rodeado a su vez por el asfalto que unía los edificios con el estacionamiento y la amplia avenida que descendía por el cerro.
Misao tenía razón, aunque en su orgullo y deseo por proteger al hombre que amaba no quería reconocerlo. Ranma ya no era Ranma. Sufría de arrebatos furiosos, golpeaba la pared, destruía las tazas que intentaba sostener entre los dedos cuando convulsiones nerviosas lo poseían, y sus ojos se oscurecían como si en ese momento se encontrara anclado a otro sitio, a otros recuerdos con los que parecía luchar para no tener que sufrirlos. Una única vez le exigió ella saber lo que había sucedido. No lo volvió hacer, no después de lo que pasó con la pequeña mesa de la sala. No era la primera vez que partían un mueble por alguna tontería; pero sí la primera vez que vio la ira en los ojos de su joven esposo de una manera que a ella la hizo temer por sí misma. ¿Y si no hubiera sido el mueble? ¿Y si la ira de Ranma hubiera caído sobre ella? Porque por un instante creyó que él no la había reconocido, dejando de pensar que ese hombre era Ranma, su Ranma, el que jamás le haría daño; y quizás fue en ese momento su grito de miedo el que lo detuvo y pareció hacerlo recobrar la razón. Pero aquel segundo de terror vivido todavía la mortificaba y sería difícil de olvidar.
Por las tardes se apagaba, de la misma manera que recordaba haber visto a su padre algunas veces cuando era pequeña. Pero esto era peor. Los ojos antes azules e intensos como ese cielo que parecía estar burlándose de ella por lo que ya no tenía, se tornaban grises, vacíos, perdidos en la oscuridad del atardecer siempre solo en el balcón del departamento. Una vez lo quiso acompañar. La brisa la hizo sentir frío, pero más frío sufrió al notar que él ni siquiera prestaba atención a su existencia. La distancia la lastimaba, a pesar de encontrarse ambos allí, juntos; ella estaba sola.
Luego se desaparecía. No importando qué tan pequeño fuera el departamento, de alguna manera Ranma dejaba de estar allí. Y lo buscaba sin éxito, llegando al borde del pánico al no percibir en nada su presencia como si de pronto se quedara sola en ese mundo. Sólo para descubrirlo tras ella, mirándola, acechándola con tal dedicación que se sentía intranquila. ¿Qué pensaba? ¿Qué pretendía hacer? Lo ignoraba, porque tras cada sobresalto que le provocaba, él daba media vuelta sin siquiera excusarse, y volvía a la sala donde prendía la televisión lo más fuerte posible. ¿De qué se ocultaba? Lo veía doblar las piernas recostando la espalda en la pared, cruzar los brazos sobre las rodillas y descansar el mentón. Siempre pensando, siempre planeando; lo sabía porque conocía esa mirada afilada como cuando antiguamente se enfrentaba a un difícil desafío, y no prestaba real atención a las imágenes del noticiario. Y siempre triste, en lo profundo del pozo del que ella por más que quisiera no podía ayudarlo a salir.
¿Por qué no confiaba en ella? ¿Por qué se había distanciado así? ¿Es que ya no la amaba?
Se detuvo justo a la sombra de una de las columnas. Perdida en la oscuridad sus ojos revelaron miedo y dolor. Luego agitó la cabeza enfadada consigo misma. ¿Es que volvería a dudar de sus sentimientos? Ya no era una adolescente insegura, no podía volver atrás. Ranma estaba sufriendo y la necesitaba. Empuño la mano y siguió caminando. Pero al hacerlo sus piernas temblaron y abrazó su cuerpo sintiendo frío a pesar del infernal calor. Había algo más, y Misao había sido tan perspicaz que la había desarmado con un único comentario durante la comida. No había sido por rabia que dejó la escuela, sino que fue una excusa, escapando aprisa para que nadie la viera quebrarse en ese mismo lugar. ¡Tonta Misao!, siempre dando en el clavo con la poca o nada delicadeza que poseía.
Porque Ranma parecía volver a la vida únicamente cuando la… cuando ambos hacían…
Se detuvo otra vez a la sombras de otra columna. Él ya no era delicado, rememoraba con pesar. Cuando de pronto parecía ser poseído por algún demonio, en uno de esos momentos en que la acechaba. Y no se iba a ver la televisión, no, y lo hubiera preferido. En lugar de eso la tomaba con fuerza y la arrastraba a la habitación, o a veces no, simplemente no llegaban a la alcoba. Las primeras veces ella protestó, lo regañó, como si se tratase de un juego. Luego quiso ser firme en su negativa… entonces comprendió que aquello no era un juego, pues aunque intentó realmente detenerlo… no pudo hacerlo. No pudo al principio, no pudo después, no pudo en ninguna de las otras veces. A pesar de lo irreal que le parecía la escena, debía protegerse a ella misma y a él de lo que sucedía, al comprender que él no estaba en sus cabales; proteger sus sentimientos, evitar el grito de su conciencia y la urgencia de acusarlo, mintiéndose así misma diciendo que estaba de acuerdo con lo que él quería, que era su esposa, que también eran sus deseos. Cuando siquiera habían palabras de las que aferrarse. Porque nunca habían palabras.
No importaba la hora, o la tarea que ella estuviera haciendo: cocinando, remendando una camisa, revisando los exámenes de sus alumnos, leyendo o preparándose para salir; él se paraba a su lado y la miraba fijamente. Entonces ella sabía lo que quería, lo que sucedería después. A veces se oponía, lo empujaba con fuerza. Tampoco le decía nada, había aprendido que las palabras ya no servían entre ellos, sólo los gestos bruscos. Algo los había separado a mundos distintos donde únicamente el tacto los podía unir. Él tiraba todo lo que se pusiera en su camino, le arrebataba lo que tuviera en las manos arrojándolo al piso. La jalaba del brazo y ella, ya… ya no se defendía. Donde la atrapara, ella se dejaba arrastrar, aunque tampoco colaboraba había aprendido a no oponerse. En silencio se dejaba hacer y a conceder...
¿Por qué?
Porque entonces lo sentía vivo, aunque fuera por unos instantes. Tras la agresividad inicial con que la asustaba, en el momento de amar volvía a ser el Ranma tímido a la vez que ansioso, no importando lo brusco que fuera, era él, era su calor, era su alma hablándole de nuevo a través de besos que consolaban todas sus anteriores amarguras y abusos. Era el grito desesperado, el momento en que lo escuchaba gemir su nombre, hablar. ¡Llamarla! Y comprendía llenándose de fe que él la necesitaba, que quería salir de ese abismo, y aunque fuese únicamente así, quería tocarlo y extender su mano para ayudarlo a trepar del pozo donde yacía su espíritu.
Mas luego, tras acabar con ella, la dejaba como un juguete olvidado y la soledad volvía. Todo intento terminaba en un fracaso, siempre, no importando el doloroso sacrificio de sentirse utilizada. Disculpas y lágrimas parecían ser sólo un pequeño consuelo, un atisbo de su alma antes de desaparecer otra vez en su rutinaria apatía, en su silencio, regresando al fondo del oscuro agujero donde se había escondido… alejándose cada vez más de ella. No había mejoría.
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Akane empujó con los talones y comenzó a balancearse suavemente en el columpio. El sol no la molestaba, pero sí la culpa. Cada día temía regresar al departamento. Luchaba contra su miedo. ¡Era Ranma, no podía temerle, no a su propio esposo, al mismo tierno idiota que tanto quería! Pero cuando lo veía a la cara, con los ojos apagados, amenazándola constantemente con su oscurecida y alta figura, sus miedos renacían al recordar que ese hombre ya no era Ranma. Su Ranma no estaba allí, había sido secuestrado por ese muerto viviente que usaba su ropa y olía como él. Pero no era él. Y ese día ya no pudo contra su temor, al regresar más temprano a casa, al imaginar que serían más largas las horas que tendría que estar a su lado intentando mostrarse serena, y no estallar en lágrimas de desesperación jalándolo por la camisa y remeciéndolo, suplicándole que volviera con ella; cosa que ya había intentado una vez al principio sin conseguir nada. No, no podría, no por tanto tiempo, no para ser víctima de su violencia o su apatía. Había deshecho el camino desde las escaleras al no tener fuerzas para seguir y se quedó allí, en los juegos de la plaza. A veces miraba hacia arriba buscando la ventana del departamento que compartían. ¿y si él la veía? Se encogió de hombros, no, eso sería imposible. Él ya no la veía aunque estuviera a su lado.
Entonces tembló. Dio un pequeño suspiro. Más fue como un gimoteo llevándose ambas manos al vientre.
Recordó que le había rogado por su hijo, por el hijo que ambos esperaban. Y él, en lugar de reaccionar, más se ocultó de ella. Afiló la mirada y se hundió hasta ser mucho más silencioso que de costumbre, más ausente si es que tal cosa fuese posible. ¿Tanto odiaba a su hijo que no quería escuchar sobre él? ¿De nada le servía saber que sería padre? ¿Era verdad, entonces es que él no quería al bebé, o peor, le era indiferente? Tanto era el dolor al verlo actuar de esa manera ante sus súplicas, sin siquiera responderle, cada vez que ella mencionaba algo que tuviera que ver con ese pequeño ser que comenzaba a gestarse en su interior, que había dejado de hacerlo hasta el punto que dolorosamente fingía que no existía cuando estaba con él.
Porque estaba bien si la ignoraba a ella, podría soportarlo, no por nada años de infantiles mentiras e ingenuos rechazos la habían preparado para vivir una mentira por un tiempo más. Pero jamás, nunca en su vida, por lo que más quisiera o le fuera sagrado, ella no podría perdonarle el que no quisiera a su hijo. Y ante el miedo de llegar a odiarlo, a él, al que tanto amaba, prefirió no volver a nombrar a su hijo para no provocar aquel desastre.
Alzó ligeramente el rostro. Las paredes le parecieron más grises que nunca, como si no hubiera otro color en el mundo; a excepción del reflejo del cielo en las ventanas, la misma imagen que como la copia de una fotografía azul con una esquina blanca por la nube que alcanzaba a aparecer en el recuadro, se repetida diez, no, cien veces hasta enloquecerla.
Cómo odiaba ese lugar.
Ya no quería estar allí. Quería su casa, quería estar con su familia, quería estar con alguien que le hablara; ¿estaría bien si regresaba sola a Nerima, sin él?
Otra vez esa extraña voz en su interior que antes no conocía, pero que en ese último tiempo comenzaba a hablarle surgió lastimándola. Esa voz era ella misma, pero con una frialdad y un razonamiento que a veces acusaba de cruel y malvado, y que cada vez empezaba a hablar más fuerte dentro de su ser. Ya no podía negarse a la verdad: ¿y si Ranma nunca se recuperaba, entonces qué?
Esa "otra voz", de esa "otra Akane", comenzaba a dominar todos sus pensamientos: pues era la voz de la madre más que de la mujer, la protectora antes que la amante, la que comenzaba poner a su hijo por encima de la vida de su esposo, y por sobre su propia vida y felicidad si fuera necesario. La única opción que le quedaba era volver a Nerima, con su familia, porque ellos sabrían ayudarla a criar a su pequeño bebé. Con Ranma ya no podía contar, porque prácticamente… él ya no existía en este mundo. Y no podría criar ella sola a un bebé en ese lugar gris y silencioso, rodeada de la guerra que ya le había arrebatado al hombre que tanto amó una vez.
Reconocerlo la hizo llorar, derramar esas contenidas lágrimas cubriéndose el rostro con ambas manos. Finalmente se había dado por vencida, lo reconoció para su angustia dejando escapar un pequeño quejido como un grito ahogado, agónico; Ranma había muerto, tal como temió desde el principio que pasaría. Y todo lo que le quedaba por hacer era luchar por su hijo. Había comprendido que ella no tendría las fuerzas para cuidar de los dos a la vez y debía escoger.
"Será por mi bebé… lo siento, lo siento mucho, pero ya no puedo sola, no sin ti…"
Sería esa misma noche, pensó sin poder apartar las manos húmedas de su rostro, en la que ella armaría una pequeña maleta. ¿Le diría? Quizás… no, no lo molestaría, ¡cómo si él pudiera darse cuenta en realidad de su existencia! ¿De qué serviría? Sólo se lastimaría al notar como él la ignoraría una vez más, como si ella fuera otro mueble de la sala que pudiera maltratar a su antojo.
Dejó el columpio en un arranque de determinación que renovó de fuerzas su debilitado cuerpo. Estaba decidida, esa noche regresaría a Nerima.
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Fin por ahora
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Notas de autor: No mucho que comentar más que este capítulo me llevó, aunque no lo crean, una semana completa acabarlo. Lo tenía listo en la idea, pero la narración del segundo bloque me fue un auténtico infierno. Tenía la retorcida idea de intentar usar el ambiente, el escenario, no como una simple descripción más, sino como el auténtico narrador de los sentimientos de los personajes, más que la escritura directa de ellos. Sin embargo, creo que me ganó el modo clásico de hacer las cosas. Pero no quiere decir que me sienta un poco fracasado, pues intentaré pulir esa idea, después de todo, hay que seguir probando cosas nuevas siempre.
Siento el corte tan cruel; sé que saben, que yo sé, que ustedes saben, que yo supongo, que ustedes deducen, que... (suspiro profundo)... digo, que saben que no acostumbro a dejar las cosas a medias. Pero por hoy, y porque éste es mi fic prohibido, es que quise hacer justamente lo que nunca haría: un espantoso corte sin solución.
Esperemos que el siguiente no tarde, si es que les está gustando. Lo que es yo, los sufro como siempre, más en este que estuve "bordeando" un tema que me es muy delicado de tratar, que aún así lo he suavizado mucho a golpes de pluma, autocensurado al extremo, y que incluso me había prometido jamás leer ni escribir. Y más encima he enredando más las cosas para meterlo dentro de un contexto que podría pasar desapercibido; pero creo que al final lo hizo mucho peor y más delicado todavía. Perdónenme si he sido muy brutal.
Lo otro, ¿han notado de los elementos que se repiten con otro de mis fics? Estaba delirando esta semana, entre tanta letra estúpida que se negaba a hacerme la vida más fácil, que así como me gusta imaginar que todo mundo escrito es real, parte de los universos donde todo es verdad a la vez; entonces este fic y ese otro fic son como dos dimensiones paralelas que corren casi a la par, como dos caras de la misma moneda. En el próximo podría listar algunos elementos comunes, pero a la vez opuestos como el día y la noche. Y aparte, aprovechando un poco la tribuna: recuerden que estamos en el mes de Halloween, así que sean muy creativos.
Ya lo sé, debería tomarme un día de descanso, creo que comienzo seriamente a delirar.
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¡Nos vemos!
