Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.
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Fantasy Fics Estudios presenta:
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ALAS DE MISAWA
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Ryoga Hibiki
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Cada mañana armaba una pequeña canasta con una novela, un par de bolas de arroz bien envueltas, media docena de hermosas manzanas rojas y un pequeño ramillo de flores que acomodaba entre las servilletas asomándose por una esquina del mantel con que cubría todas las cosas. Al salir de casa protegió su cabeza con un sombrero de alas amplias adornado con una bonita cinta amarilla. El calor era terrible ese año y el sol cruel como nunca.
Descansó en un asiento del tren subterráneo con la canasta sobre las piernas. Notó en la hilera de asientos opuestos, a una anciana jugando con su nieto. Se avergonzó al ser descubierta espiándolos, pero la anciana le sonrió encantada, y ella respondió al saludo con una recatada inclinación de la cabeza. Al llegar a su estación y antes de abandonar el tren, le regaló una manzana al pequeño.
La calle frente al hospital era ocupada por jeeps militares estacionados a un costado de la vereda, en el estacionamiento interior también había un par de camiones junto a las ambulancias. Mucha gente entraba y salía desde ya temprana hora. Dos soldados que estaban de guardia bajo el inclemente sol la saludaron al pasar reconociéndola, y ella respondió con alegría. Durante tres meses la habían visto llegar infatigable cada día, y envidiaban profundamente no ser el novio de esa jovencita.
Tras internarse unos metros en los predios del hospital se detuvo, como si hubiera recordado una cosa importante; regresó a la entrada metiendo la mano en la canasta y sacó dos manzanas que ofreció rápidamente a los jóvenes soldados. Sabía que tenían prohibido comer durante el turno de vigilancia, así que fue muy discreta y ellos más agradecidos se mostraron con la muchacha.
El interior del hospital era el único lugar fresco. El borde del ligero vestido se enredaba en sus rodillas, al dar ella pasos más cortos y lentos, como si un repentino temor se apoderara de su pequeño cuerpo haciendo más torpe su marcha. Los ventanales del lado opuesto a las puertas iluminaban el pasillo descubriendo también su rostro cada vez más blanco. Se detuvo ante la puerta y titubeó a la hora de entrar.
No obstante, la puerta se abrió de improviso antes de que pudiera coger la manilla. Alguien la adelantó en la visita de ese día, y reconocerla la descompuso de tal manera que le fue imposible sonreír al principio, perdiendo la calma y palideciendo notoriamente.
—¿A… Akane?
—Akari… ¡Akari, qué alegría poder verte de nuevo!
La emoción de Akane fue inmediata tras la sorpresa inicial de habérsela topado, cuando planeaba dejar la habitación. Retrocedió al momento dándole espacio, pero Akari, todavía perpleja, dudó sin ser capaz de moverse.
—¿Estás bien? —Akane alzó una ceja. Luego no la dejó contestar y cogiéndola por la mano tiró de ella, obligándola a entrar en un gesto de afecto—. Con Ryoga justamente estábamos hablando de ti.
Le arrebató la canasta al notarla un poco desorientada, y sonrió avergonzada temiendo que el silencio de la recién llegada se debía a su timidez. Akane creyó encontrarse irrumpiendo la intimidad de la joven pareja. Arrepentida por su visita no anunciada, intentó mostrarse todavía más amable que de costumbre con ambos.
Depositó la canasta de Akari sobre la pequeña mesa con pedestal y ruedas que se usaba para alimentar al enfermo, y que ahora se encontraba a los pies de la cama.
—¡Qué hermosas flores! —Akane alabó el buen gusto de Akari con sinceridad—. ¿Quieres que te ayude con ellas?
—Yo…
—Oh, vamos, seguro has de estar cansada, acabas de llegar. Además debes tener mucho de qué hablar con Ryoga, ¡y yo aquí interrumpiéndolos! Qué torpe he sido, lo lamento —olvidándose de la canasta arrastró a Akari hasta la silla a un costado de la cama, empujándola después por los hombros para obligarla a sentarse, dándole dos suaves palmaditas al final. Luego se inclinó sobre la aturdida chica para guiñarle un ojo en un gesto de complicidad—. Justo iba por un poco de agua, así que aprovecharé en llenar el florero. Demoraré un poco… así que relájense, no se preocupen por mí.
—¡Akane, espera!
El cohibido joven postrado en cama alzó la voz. Su rostro falto de color, con los pómulos hundidos y las ojeras remarcadas, acusando la peligrosa delgadez que bajaba por su cuello y parecía debilitar al resto de su antes férreo cuerpo; resucitó recobrando el tinte natural de las mejillas. Una chispa se encendió en sus ojos antes siempre tristes. Su sonrisa era radiante y su voz vibrante de emoción. Akari notó el cambio obrado en él, que ella, durante tres meses, no había conseguido, y sintió un terrible vacío bajo sus pies que la dejó quieta en la silla, tan débil que creía no poderse volver a parar.
—¿Sí, Ryoga, necesitas algo más? —preguntó Akane, solícita, pero un poco preocupada por la urgencia con que la llamó su viejo amigo.
—No… no quiero que malinterpretes nada, Akane. Entre Akari y yo no… no hay nada que te...
Akari, a su lado, inclinó la cabeza apenas pudiendo contener el violento temblor que la sacudió. Cerró las manos con fuerza sobre sus piernas arrugando los pliegues del vestido.
Pero a ambos los sorprendió la repentina y fuerte carcajada de la joven señora Saotome, llegando a las lágrimas.
—¡Oh!… ¡Oh, no, lo siento, no quería reírme!... Ay, Ryoga —Akane se limpió el rostro con ambas manos—, no sabes lo que me has hecho recordar a Ranma años atrás. ¿O ya olvidaste como era él cuando quería negar lo obvio? Aunque yo… —volvió a cerrar los labios violentamente, cubriéndoselos con la mano empuñada, como si estuviera por sufrir una pequeña recaída de risa que consiguió contener con recato—. Ah… no… yo no puedo… —respiró profundamente intentando recobrar la calma—. ¡Ay, por kami! Es verdad, no puedo negar que también yo tenía un poco de culpa, ¡pero más culpa tenía ese tonto! Él me provocaba siempre y… Ah, no, lo siento, creo que estoy hablando de más —la joven señora Akane Saotome posó las manos en la cintura como si lo estuviera regañando—. Pero, Ryoga, eso estuvo muy mal de tu parte, ¿es que no piensas en los sentimientos de Akari? Ya unos adolescentes, ¿no va siendo hora de que seas un poco más honesto? Lo digo por ambos —agregó divertida apuntándolos con el dedo.
Con ese relajo que poseía una mujer ya casada y que había superado exitosamente la terrible batalla del amor, los aconsejó con un aire de arrogante sabiduría; creyendo el silencio de sus viejos amigos otro signo de timidez. ¡Eran tan idénticos!, pensó, hechos el uno para el otro. Y sin dejar de reírse entre labios terminó por salir de la habitación.
Una vez en el pasillo, Akane dejó de sonreír revelando su auténtico estado de ánimo. Suspiró profundamente y miró la puerta tras ella.
—Parecen tan felices estando juntos.
Los envidió sin malas intenciones, recordando en comparación su penosa situación y la terrible culpa que arrastraba por haber abandonado a Ranma. Y en un descuido, dejó de guardar las apariencias y sus ojos se humedecieron; y no de risa.
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Akane estaba demorando más de lo que Akari hubiera deseado. A pesar de la sorpresa no tan agradable de haberse topado con la esposa de su viejo amigo Ranma en el hospital, en su ausencia no dejaba de sentirse incómoda por el asfixiante silencio que inundó la habitación. Seguía en la silla, acomodando apenas las piernas, como si no quisiera hacer el más mínimo sonido. Meses siendo aquella habitación su refugio, su lugar, en segundos lo había perdido convirtiéndose en un sitio extraño en el que no podía siquiera suspirar sin sentir un terrible peso. Movió ligeramente los ojos, para descubrir que el silencio de Ryoga se debía a que parecía estar soñando despierto, mirándose los dedos de su mano izquierda con una tonta sonrisa en los labios. Y ella lo sabía: seguramente pensaba en Akane. Cerró los puños, como si tuviera miedo de actuar, más armándose de valor se levantó de un brinco.
—¡Ryoga!
—¿Qué? ¿Qué sucede, regresó Akane?... no, digo… yo… —recién Ryoga recordó la presencia de Akari e inclinó la cabeza compungido. Pero ambos sabían que su arrepentimiento duraría hasta el retorno de la joven señora Saotome.
A pesar de todo, Akari no desistió. Y su ofrecimiento fue casi una súplica:
—¿Quieres que te pele una manzana?
Tras preguntar mantuvo una expectante sonrisa, apenas resistiendo el incómodo temblor de sus labios y el vibrante resplandor de su mirada. Mientras sostenía en alto una manzana y un cuchillo con la otra mano.
—No, no es necesario. Gracias Aka… Akari —suspiró lentamente, casi se había equivocado de nombre—, pero no tengo hambre.
—¿Estás seguro, Ryoga?
—Sí.
No recordó los tres meses de cuidados, los tres meses de sonrisas, los tres meses en los que la chica aprendió a curar sus quemaduras para reemplazar a la enfermera en las atenciones que necesitaba. Tampoco recordó los tres meses en que ella le leía en voz alta revistas y novelas, ni los tres meses en que ella traía flores frescas cada mañana. No tuvo en estima los tres meses en que ni la lluvia durante una tormenta impidió el que ella llegara a su lado para atenderlo. Y no recordó la decisión que había tomado ella de renunciar a sus estudios para cuidar mejor de él. Siquiera pensó en aquella tarde, dos semanas atrás, imaginó que podría llegar a casarse con Akari una vez que él pudiera dejar el hospital. Todo lo olvidó como un papel arrugado y arrojado al papelero. Porque le bastó reencontrarse otra vez con Akane y todos sus planes se desbarataron al momento, obsesionándose con la torpeza de un púber.
¿Por qué Akane había venido al hospital cuando sabía vivía lejos de Nerima, en Misawa?
¿Y por qué motivo lo visitó a él en especial?
¿Dónde quedó Ranma que no se encontraba con ella?
Su antigua obsesión volvió a entenebrecer su alma. Si una vez se había negado a fantasear con una mujer casada, ahora su mente volvía a arremeter sin detenerse, soñando que su antiguo amigo y rival hubiera sufrido alguna desgracia, o tal vez hubiese perdido el amor de Akane. ¿Y si Akane en realidad sentía algo por él, y finalmente regresaba en su búsqueda arrepentida? Pues él estaría allí para consolarla, para perdonarla por su error e infidelidad hacia el más perfecto y puro amor que siempre le profesó.
Riéndose tontamente entre dientes descubrió que Akari, de pie ante la cama, lo observaba todavía. Y su ánimo decayó al instante volviendo a la realidad. Se sintió pésimo y deseó hablarle, disculparse con ella, ser honesto con sus sentimientos por una única vez y no jugar más con el ingenuo corazón de esa chica. Porque él estaba decidido a «corresponder» el amor de Akane. Cuando la puerta se abrió de golpe y ambos se encogieron sobresaltados.
—¡No me digan que llegué en un mal momento! —exclamó Akane, intentando mostrarse arrepentida cuando en realidad deseaba que sí hubiera podido atrapar a esos dos en una situación más comprometedora. Pero la distancia que separaba a la torpe pareja la desilusionó—. Oh…
—No es nada —respondió Ryoga en un tono triste, cansado—, Akane, ya te he dicho que entre nosotros…
Akari los interrumpió abalanzándose hacia la puerta, cruzándose bruscamente delante de Akane que apenas pudo esquivarla.
—¡Akari!, ¿qué sucede?
Se detuvo justo en la entrada, con la cabeza inclinada sin que ninguno de los dos pudiera verle el rostro.
—Voy… al baño.
Cerró la puerta con fuerza. La joven señora Saotome se quedó con la mirada perdida en la puerta y una mano sobre los labios, no pudiendo entender lo que había sucedido.
—Ryoga, dime la verdad, ¿interrumpí algo importante? Si es así, cuánto lo siento, me disculparé de inmediato con Akari, yo no pensé que…
—¡No!, no, Akane, no te preocupes, por favor. Ella está bien.
—¿Bien?, ella no se veía bien, Ryoga, ¿estás seguro que no quieres que vaya a hablar con Akari? Podría ayudarlos si tuviera una discusión, o…
—¡Ella está bien! —insistió el joven Hibiki. Por un segundo su desesperación desbordó a través de sus ojos como si estuviera poseído por la locura.
Akane no se intimidó, apenas le prestó atención, pero tampoco se mostró conforme con su respuesta. Sin embargo, comprendió que quizás ése era un asunto que no le competía. Recordó sus propias discusiones con Ranma, y lo incómodo que era tener a extraños entre los dos. Comprendió entonces que quizás había obrado mal desde el principio al querer entrometerse. Suspiró penosamente, concluyó que realmente estaba estorbando.
—Discúlpame, Ryoga, creo que ya es hora de que me vaya a casa.
—Akane, un momento.
—¿Sí?
El joven Hibiki se mordió los labios. Akane se veía tan perfecta, con sus mejillas cubiertas por un nuevo carmín que notó jamás la abandonaba, y un especial resplandor en su mirada que antes no poseía. Él la adoraba tanto que no había detalle que no se hubiera memorizado de ella descubriendo todas las pequeñas diferencias que el tiempo había hecho en su belleza. La felicidad de Akane lo desbordaba; y se juraba que ella sonreía de esa manera tan especial, únicamente porque estaba junto a él. Confiado en su suerte decidió que había llegado el momento de decirle lo que realmente sentía. Eso quería hacer. Y reunió todo su valor para finalmente confesarse.
Pero tanto demoró y dudó, que Akane se mostró un poco impaciente. Con las manos en la cintura, aburrida de esperar lo que fuera que quisiera decir, miró a su derredor y descubrió la manzana y el cuchillo sobre el mantel arrugado en la canasta.
—Ah, ya veo, ¿quieres que te pele una manzana, no es así?
—No… digo sí —respondió, atolondrado, sabiendo que había perdido su oportunidad. Pero cuando vio que Akane cogía con tal perfecta gracia el fruto entre sus manos, prohibidas tentaciones surgieron dentro de su cuerpo erizándole todos los bellos de la espalda hasta la cabeza—. ¡Sí! —insistió enérgico, con un entusiasmo que Akane creyó infantil y divertido, y también una señal de mejoría—. Sí, eso quiero. ¿Me ayudas, Akane? A mí me sería un poco más… difícil.
Levantó el brazo derecho mostrándole, con un sentido del humor macabro, el vendaje que rodeaba el muñón de carne donde debería estar su codo, y el resto de su faltante miembro. Amputado por culpa de una explosión desafortunada que lo había postrado durante meses en recuperación. Además del resto de las marcas dejadas en su cuerpo, como las pequeñas cicatrices de quemadura en su rostro y los vendajes en el cuello que parecían seguir por debajo de su camisola de hospital. Su sonrisa ingenua resaltó el aire de desamparo que parecía exagerar ya sin vergüenza alguna.
Akane le sonrió apenas conteniendo la tristeza que sentía por su querido amigo. Por supuesto que lo ayudaría. Y comenzó a pelar la manzana ante la hipnotizada admiración del joven soldado de infantería herido durante un trágico combate.
Fuera de la habitación, Akari Unryu se encontraba descansando la espalda contra la puerta. Los había escuchado, todo, incluyendo la para ella dolorosa petición del tonto de Ryoga. Llevó ambas manos a su rostro y sin poder contenerse corrió entre médicos y enfermeras. Deseaba escapar de ese lugar y también de sus recuerdos felices acumulados durante esos meses juntos; porque ahora la lastimaban con la frialdad de un cuchillo enterrado en su corazón.
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Cuando Akane dejó la habitación de Ryoga, no sin antes haber acomodado su almohada y ayudado en otras diez pequeñas tareas que comenzaron a fastidiarla, se despidió con su mejor sonrisa. Pero una vez en los pasillos del hospital comenzó a sentirse preocupada e incómoda, como si se encontrara fuera de lugar. Una pequeña idea se había cruzado por su cabeza lastimándola severamente. ¿Qué hacía allí perdiendo el tiempo con un viejo amigo? ¿No podría estar haciendo lo mismo por su esposo que más la necesitaba? La distancia y el tiempo obraban de manera curiosa en el ánimo de las personas, y Akane no era inmune a sus encantos. Las que antes habían sido horas de angustia y terror, tras los días de descanso en el hogar de su familia ya no las recordaba tan terribles; en su lugar creyó que todo lo sufrido en parte fue por sus tontas exageraciones, culpa del estrés que había padecido.
Pero no lo había abandonado del todo. Por más ácido que fuera el humor de Misao Kawachi y su poca intención por ayudarla cuando se trataba de Ranma, no dejaba de interrogarla y suplicarle todos los días: durante las mañanas y noches, y a veces también por las tardes contando las horas en las que sabía su amiga dejaría la escuela para enterarse de cómo se hallaba su esposo y que lo socorriera si llegara a haber necesidad de ello.
Y las noticias no eran muy alentadoras, ya que según Misao, él no había cambiado en absoluto. ¿Ni siquiera la había extrañado un poco que fuera, ningún cambio había obrado en Ranma su ausencia?
Los días eran demasiado lentos y sus nervios cada vez más desmedidos. De haber escuchado el menor indicio de un cambio en Ranma, aunque fueran síntomas de que hubiera empeorado, ella no hubiera dudado en tomar el primer tren de regreso a Misawa. En su desesperación hasta había llegado a pensar que Misao le mentía con tal de mantenerla a ella segura en Nerima. No, no podía ser eso; la conocía, confiaba en ella. De llegar a sucederle algo terrible a Ranma, Misao se lo hubiese contado sin siquiera pestañear.
Al recorrer las instalaciones del hospital imaginó la manera de conseguir el que Ranma fuera internado allí, en Nerima, si no mejoraba. Pero para conseguirlo tendría que solicitar que a su terco esposo lo declararan medicamente inválido. Conociéndolo, hacerle eso sería tanto como matarlo con sus propias manos. Él no estaba tan mal… ¿o sería ella la que todavía se negaba a aceptar el que Ranma se hubiera dado por vencido?
—Si tan sólo pudiera traerlo a Nerima… a mi lado —murmuró como una súplica sin esperanzas. De encontrarse Ranma en ese lugar no dudaría en estar cada día a su lado atendiéndolo, mimándolo, acomodando su almohada, pelándole fruta, masajeándolo, leyéndole, hablándole, acompañándolo desde el amanecer hasta el atardecer, si no es que pudiera permanecer también por las noches junto a él, no importándole su cruel apatía y su doloroso silencio.
Volvió a sentir celos de Akari y su suerte por poder cuidar de Ryoga a su antojo.
Mas luego recordó que ella sí se había encontrado en una situación similar, y que no hubo necesidad de ningún hospital de por medio para haber cuidado de él; y aún así ella lo había abandonado. La culpa punzante volvió a lastimarla obligándola a detenerse por un prolongado segundo. Se arrepentía; cada nueva mañana al ser atendida por Kasumi como si fuera ella la que necesitara de cuidados especiales, aumentaba más y más sus remordimientos. Le había rogado al padre de Ranma que hubiera acompañado a su esposo en Misawa en su lugar. Pero su suegro se había negado con excusas tontas; todos lo hacían, como si Ranma estuviera maldito de alguna manera o enfermado de un mal contagioso. Había sido olvidado, dado ya por muerto para todos los que evitaban nombrarlo como si quisieran así disminuir la herida que en ella crecía en su pecho. ¿Por qué? ¿Es que no se podía hablar de Ranma delante de ella? ¿Es que todos se imaginaban que el estar embarazada la había vuelto tan frágil que necesitaba ser protegida incluso de… él?
Y mientras tanto, Ranma seguía solo, enfermo en su mente y alma, a kilómetros de distancia, no sabiendo siquiera si comía de manera adecuada; y ella allí perdiendo el tiempo cuidando de un amigo… no, del hombre de otra mujer. ¿Es que no podía ella ser más estúpida?
El atardecer ya teñía con sus colores los muebles blancos del apartado café del hospital, entrando la luz a través de los ventanales que daban hacia un amplio jardín trasero donde podía verse a algunos pacientes caminando o en sillas de ruedas, acompañados por sus familiares. Muchos de ellos con uniformes de combate o de gala. Akane descubrió en una mesa en la esquina más lejana a la joven Akari, con la mirada perdida en la limpia superficie. La señora Saotome lo pensó un momento y miró a su derredor. Un par de minutos después caminó hacia ella y colocó una taza de café ante su rostro sorprendiéndola. Traía otra taza para sí y se sentó acomodándose en la silla opuesta.
—Lo siento —dijo Akane rompiendo el incómodo silencio.
Akari le prestó atención sin comprender realmente a lo que se estaba refiriendo. Akane continuó:
—Hoy debí ser un estorbo para ustedes, no me percaté antes, lo lamento.
La curiosidad de la joven Unryu creció, así como su vergüenza y temor. No podía comprender el que Akane hablara de un tema tan serio con tanta ligereza. La señora Saotome, intentando mostrarse comprensiva, prosiguió:
—No noté que entre tú y Ryoga las cosas no estaban muy bien, y al encontrarme en medio no les di tiempo para que hablaran… ¡Pero no te aflijas, todas las parejas tienen discusiones alguna vez! Y sé también lo difícil que es reconciliarse si hay entrometidos. Te lo digo por experiencia personal —Akane estrechó las manos de Akari entre las suyas, cogiéndola desprevenida—. He sido tan torpe, Akari, no sé cómo solucionarlo ahora. Seguramente todo este tiempo deseabas hablar a solas con él y yo…
Akari la miró fijamente sin escucharla realmente hablar. ¿Akane era en realidad tan distraída? ¿Es que todavía no se había dado cuenta de nada, de cuál era el verdadero problema que existía entre ella y Ryoga? Akane no paraba de hablar, haciéndole más pesada la carga en el alma de la pobre chica.
—Por supuesto, si lo deseas, puedes contarme lo que quieras. Tengo un poco más de experiencia, bien, ahora que estoy casada. Y con Ranma vivimos tantas situaciones difíciles que en algo creo podría ayudarte… si tu quieres.
Despistada, ¡realmente despistada! Pero era justamente esa torpe bondad la que más afligía a Akari, ya que también sentía afecto por Akane y más por Ranma que era su amigo: el que se había encargado con tantas molestias de que Ryoga y ella siempre terminaran juntos. Y más difícil se le hacía pedirle lo que en realidad deseaba con todo su corazón.
—Lo que sea, Akari, sabes que puedes contar conmigo —Akane apretó con más fuerza las manos de Akari—. Ryoga siempre ha sido un gran amigo, y tú también; así que no dudes en pedirme lo que quieras, que yo...
—¡Por favor, déjanos en paz!
Tiró de sus manos librándose y retrocediendo rápidamente, para al momento cubrirse el rostro desesperada. Era demasiado para la joven, había llegado a su límite. Tan tímida e insegura, así como fiel y crédula de que un día el amor de Ryoga sería correspondido con la misma intensidad con que ella lo amaba. El afecto que sintió en su adolescencia, la admiración y su obsesión por Ryoga, habían crecido en los últimos años hasta tornarse en un sentimiento puro y auténtico, pero también ingenuo. El regreso de Akane había echado por tierra todas sus ilusiones y le demostró la cruda realidad sobre los sentimientos de Ryoga. Y todo era culpa de Akane, ¡todo! Si tan sólo ella no se hubiera aparecido con su bondadosa sonrisa y sus buenas intenciones… Y se odiaba a sí misma por guardar tanto rencor.
Asustada por tal reacción, Akane se cuestionó sus acciones. ¿Tanto los había molestado con su presencia? Pero todavía no alcanzaba a comprender la razón auténtica de todo lo que estaba sucediendo, cuando Akari, envuelta en un angustioso llanto, confesó lo que se había guardado desde el principio:
—Por qué nos haces esto, por qué viniste, Akane… ¿es que no te das cuenta que él todavía te ama? ¿Cómo no podrías haberlo notado, durante todos estos años, en todos esos momentos, cómo te miraba siempre más a ti que a mí?
—¿Q-Quién? —Akane parpadeó confundida, incapaz de conectar las ideas en su cabeza—. ¿De qué me estás hablando?
—¡De Ryoga!
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Cuánto daño se podía hacer sin saberlo, que enorme era la herida perpetrada con buenas intenciones. Akane observaba su té enfriarse sobre la mesa. La campanilla que colgaba del dintel de la casa ante el jardín, se meció con el viento cálido de la noche de verano. Pero a ella no le provocó ningún sentimiento de paz.
—Akane, ¿estás bien? —Kasumi se sentó sobre sus piernas a su lado, era la tercera vez que le hacía la misma pregunta.
—Sí… —balbuceó la alicaída señora Saotome.
Kasumi no sabía de qué manera seguir, temiendo hacer la pregunta más lógica de todas.
—¿Estás preocupada por… Ranma?
—Eso también —respondió de manera inconsciente. Terminando con un prolongado suspiro.
El teléfono las interrumpió. Kasumi dudó por un momento si dejar a su pequeña hermana, pero ésta no parecía siquiera escuchar la ruidosa llamada. Finalmente dejó su puesto y se movió al pasillo para contestar. Akane se quedó sola, sin apartar los ojos de la mesa. Cuando su hermana regresó con mucha prisa.
—¡Akane!, ¡Akane, es para ti!
—¿Qué cosa? —preguntó distraída.
La sonrisa amable y a la vez juguetona de Kasumi antecedió a su tierna respuesta:
—Es Ranma.
Akane dio un brincó. Golpeó con las piernas la mesa volcando el té. Se paró y viendo el desastre que había causado se turbó. Miró a Kasumi y esta asintió con paciencia. Entonces dejó todo tirado y corrió hacia el pasillo. Asió el teléfono con ambas manos y, por un instante, dudó. Respiró profundamente, entonces respondió apenas evitando el temor en su tono de voz.
—Hola...
Y la desesperada voz del otro lado de la línea fue como una caricia. Tan irreal como un sueño, y tan intenso que sus labios temblaron contra su voluntad entorpeciendo las palabras que siguieron. Era él, realmente era él; su manera de hablar, los insultos airados contra sí mismo, sus tartamudeos: ¡era él!
—¡Ranma!... Ranma, pero... —fue interrumpida. Le costó guardar silencio, pero más fue su deseo por escucharlo hablar. Y la pregunta de su esposo la pilló desprevenida—. ¿Yo?... ¡Ah, sí, sigo aquí!... Y sí, que sí, yo estoy bien —respondió al principio nerviosa, luego con ternura. Era ella la que quería interrogarlo, pero de alguna manera se sintió excitada con su interés, haciéndola sentir que ella existía otra vez en su mundo; y a él otra vez vivo en el de ella.
Apenas pudo contenerse y las ideas se atropellaron una tras otra no sabiendo si insultarlo merecidamente primero y reclamarle, preguntar por su estado o simplemente suplicarle que la esperara porque ya se imaginaba que partiría al día siguiente a su encuentro en el primer tren de la mañana. Toda sombra se desvaneció rápidamente de su mente: las dudas, la culpa, el miedo, los malos recuerdos, el maltrato, los problemas; y no quedaron más que cenizas del bosque de amargura que antes los había separado. ¿Y qué si era ingenua? ¿Y qué tenía de malo haberlo perdonado sin siquiera haber recibido primero una disculpa? Pero la pregunta que él le hizo, en una mezcla de timidez, miedo y también impaciencia, terminó por derribar todas sus dudas y defensas.
E incapaz de responder en ese momento, deslizó una mano lentamente por su cuerpo, desde el cuello hasta su agitado pecho, por encima de los botones de la blusa deteniéndose sobre su vientre que todavía no revelaba ningún cambio; aunque podía ya sentir en su interior la vida convirtiendo en caos el antes perfecto orden de su organismo. Respiró entrecortada, por culpa de su corazón henchido, tras haber escuchado esa sencilla pregunta que, ante su silencio inoportuno, él repitió más asustado e incluso desesperado.
¡Qué delicioso era el miedo de ese tonto hombre, qué dulce su angustia! Tanto le hizo falta antes que deseaba disfrutarlo por más tiempo, deleitar su alma hasta exprimir la última de las lágrimas de Ranma. Pero en su impaciencia le respondió rápidamente, incapaz de contener su otro deseo: el de consolarlo y quererlo con una piedad que sólo podía tener para él.
—Está… bien. Sí, está muy bien —se pasó la mano por el rostro y gimoteó—. Todo está bien, no temas. Hoy ya tuve mi primera consulta aquí en Nerima —se pasó otra vez la mano, con mayor desesperación, intentando respirar con calma al quedarse sin aliento—. Sí… Sí, ¡te acabo decir que ya lo hice!, ¿es que no me estás escuchando?... ¡Tonto! —se rió por la torpeza de ese hombre que parecía encontrarse en aterrado. Realmente estaba gozando de la sabrosa desesperación de su torpe esposo—. Sí, hoy; fue durante la mañana, fui al hospital… La doctora que me atendió no encontró nada fuera de lugar… Sí, ¡sí, Ranma, deja de estar tan asustado que me pondrás a mí nerviosa, no ha pasado nada malo!... nada, deja ya de disculparte que… y… no, pero… ¡escúchame de una buena vez: todo está bien con nuestro bebé!
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Akane tarareaba alegremente cuando acomodó la almohada de Ryoga. El silencioso joven la miró muy de cerca, en una mezcla de dicha al poder percibir aquel perfume que se desprendía del cuello de la joven señora Saotome, y también dolido por esa distancia que todavía los apartaba. Pero la felicidad de la chica le provocó optimismo. ¿Tanto alegraba a Akane visitarlo? Su orgullo se jactó alimentando la pasión que ya sentía desde el principio por esa mujer.
—¿Mejor?
Ryoga asintió torpemente. Y cumplida la tarea ella se sacudió las manos. No dejaba de murmurar su dulce melodía cuando se encaminó hacia la ventana. La abrió con la intención de que pudiera ingresar el aire fresco de la mañana. La brisa recorrió su rostro, y en ese instante la joven mujer recordó la también escalofriante sensación de una mano grande y pesada acariciando su rostro con ternura. Tan encantada quedó con el recuerdo grabado en su piel que recostó la espalda en la pared a un costado de la ventana y, cruzando los bazos, ladeó la cabeza como si mirara hacia el exterior, pero en su lugar cerró los ojos dejando que la brisa siguiera tallando su rostro. La sonrisa de Akane, con su melena corta balanceándose rítmicamente, fue la imagen de la dicha perfecta que él tanto anhelaba. Estaba decidido, y no paraba de albergar la esperanza que desde ese día su felicidad sería completa. ¿Recordó a Ranma, el hecho de que esa mujer fuera la esposa de su amigo? No, no lo hizo.
—Akane, yo… tengo que decirte algo muy importante —inclinó el rostro avergonzado, y tragó con dificultad, sonrojándose como el muchacho tímido que nunca dejó de ser. Ella no respondió, siquiera pareció escucharlo—. Sé que debí hacerlo mucho tiempo atrás, pero tienes que saberlo ahora. ¡No me importa que te hayas equivocado al casarte con ese idiota de Ranma!, porque yo todavía te…
—Estoy embarazada.
La respuesta que lo interrumpió, tan llena de calma, pero a la vez decidida, fue como un golpe en el estómago para el joven. Él no pudo comprender el significado de cada sílaba; primero intentó desglosar las palabras buscando una interpretación distinta a la que había comprendido. Las procesó lentamente en su mente, las saboreó amargamente con la boca repitiéndolas con ligeros movimientos de sus labios mudos.
Ella, en cambio, no parecía haberse alterado en lo más mínimo, ni siquiera con la insultante insinuación que él hizo sobre su matrimonio.
Al alzar el rostro, Ryoga descubrió que ahora Akane lo miraba fijamente sin siquiera titubear. Tan severa y distante que lo dejó sin aliento.
—¿Estás…? —la voz del joven se perdió en la fría habitación.
—Embarazada, Ryoga —dejó la pared irguiéndose con orgullo—. Ranma y yo seremos padres —sonrió repentinamente inclinando la cabeza en un gesto de exagerada ternura—. Nuestra familia estará finalmente completa. Por eso vine al hospital ayer, para hacerme un chequeo médico y recordé que también estabas internado aquí. Y como el amigo que eres de mi esposo, y de nuestra familia, no dudé en hacerte una visita.
—No, no es posible… si tú… tú no puedes… no lo amas, no a él, porque tú… ¿Entonces por qué viniste a mí?… ¡¿Por qué?!
En el momento en que Ryoga la evitó, Akane dejó de sonreír demostrando sus auténticos sentimientos, dominados por una fría y peligrosa voluntad. Y aunque no mudó su duro gesto al saberse segura por no ser observada, habló volviendo a impostar un tono dulce y afectuoso.
—¿A ti? No te comprendo, Ryoga —Akane fingió la más burda ignorancia, casi como si ella fuera una chica tonta e ingenua ante las obvias palabras de Ryoga—. Ayer vine únicamente para una consulta médica por mi embarazo… y recordé que también estabas internado. Nada más. Oh —cambió rápidamente de tema, y también de humor, tornándose su ánimo chispeante—, y Ranma está muy emocionado también, de hecho, anoche me llamó y hablamos hasta la madrugada. De no ser porque me mandó a la cama, quizás no hubiéramos terminado nunca. Pero ya lo conoces, siempre tan celoso y preocupándose por mí, y por nuestro bebé. ¡Él es tan exagerado!
Ryoga Hibiki sintió un profundo dolor en el pecho que le cortó la respiración. Akane esperó a que dijera algo, y no obtuvo respuesta. Por un momento pareció apiadarse de él, mas se abstuvo de dirigirle la palabra, porque sabía que esa sería la única manera de enmendar el daño que había provocado durante años de estúpida ignorancia, y que ahora sentía no tenían justificación. Creyó, a pesar del dolor que también sentía por su amigo, que aquellos sentimientos que jamás serían correspondidos debían ser arrancados de raíz.
Lo dejó sumido en el silencio. Caminó hacia la puerta. La abrió y antes de salir lo volvió a observar. Y sus últimas palabras ya no fueron dulces, ni tampoco fingieron alegría o ternura.
—Es extraño; Akari no ha llegado todavía. Tenía entendido que ella no faltó un solo día desde que te internaron aquí. Tienes mucha suerte de ser querido por una chica como ella, Ryoga. Realmente debe amarte mucho para haber soportado tanto tu desprecio. Así es, lo sé, sé lo que sientes por mí —Ryoga alzó el rostro, pálido, aterrado, pero al momento la evitó avergonzado. Akane continuó sin piedad—. Pero debes darte cuenta que es Akari la que de verdad te ama; de la misma manera como yo amo profundamente a mi Ranma y jamás dejaré de hacerlo. Deseo con todo mi corazón que nunca lo olvides, y ni se te pase por la cabeza que yo podría dejar a mi esposo.
Ryoga siguió sin dar una respuesta, sumido en el más absoluto de los silencios. Akane Saotome dejó caer los hombros; quizás había esperado algo más de él, una actitud que honrara los sentimientos que se suponía tenía por ella y que jamás tuvo el valor de confesar; pero al final había esperado una dura batalla que nunca se libró. Nada, de él no obtuvo ninguna réplica, ni siquiera el deseo de contravenir su determinación y luchar por lo que se suponía debía querer. Era dura, sí; cruel, la más de todas. Comenzaba a entender las cosas de manera distinta gracias a su embarazo y a las experiencias que había tenido, al pensar en lo cerca que estuvo de perder todo lo que más amaba por su propia cobardía en el pasado; y ver a Ryoga se lo había recordado.
No era a Ryoga Hibiki a quién ella hablaba, sino a sí misma, a esa Akane Tendo que durante mucho tiempo se encontraba como él, postrada en cama esperando la muerte; o a que un milagro llegara a salvarla. Comprendía que era ella misma la que debía luchar y no esperar que otros la rescataran siempre. Porque Ranma no siempre estaría allí para ella, si ella no estaba también siempre allí para él, ayudándolo cuando más la necesitara.
Porque lo comprendía, se había asustado. El estar embarazada la había aturdido imaginando el gran peso que tenía sobre sus hombros y que creyó jamás podría sobrellevar sola. Pero ahora volvía a ser ella, la fuerte y decidida, y estaba segura de lo que más quería en la vida; y lo que quería era no terminar como Ryoga Hibiki, esperando en silencio a que la felicidad llegara a buscarlo en lugar de salir tras ella.
Y al mirar hacia adelante, donde el sol iluminaba el blanco pasillo a través de los ventanales, sólo tuvo pensamientos para el hombre que jamás se había dado por vencido; aún cuando ella misma, con vergüenza, reconoció que por un oscuro momento dejó de creer en él. Pero él siempre ganaba al final, con una simple llamada anoche se lo había demostrado. Él era el único digno de ella y de la vida que portaba en su interior. Se prometió que no volvería a suceder, no dudaría otra vez. Su fe no sería ciega, pero sí muy bien templada.
Por ella misma, por Ranma y por su bebé.
Dejó la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
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Fin por ahora.
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Notas de autor: Gracias por la paciencia que siempre me han tenido, a pesar de estar saltando como un demente de una trama a la otra, siguiendo a la caprichosa inspiración. Trataré de organizarme un poco e ir cerrando las tramas; ahora dejaré descansar «Alas…» durante unos días para dedicarme a «Detectives». Sobre el final de «La esposa…», es algo que intencionalmente quiero esperar, porque requiere tiempo para que sea un producto bien acabado.
Hablando de este capítulo… volveré a dejarles a ustedes los comentarios. En realidad, ustedes hacen análisis que continuamente me sorprenden, porque el escritor a veces es el más ciego ante la obra. Y me ayudan mucho a encontrar mejores puntos de vista para seguir adelante. Gracias por todo el apoyo que siempre me han brindado, he aprendido mucho únicamente debido a los geniales aportes que siempre me han regalado.
En el próximo capítulo: «¡Duelo!, parte 2». Sí, saltármelo fue absoluta y maquiavélicamente un plan urdido por mi pérfida mente.
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Noham Theonaus.-
