Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Este fic está escrito con el único fin de homenajear a su obra.

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Advertencia: este capítulo posee contenido que puede herir la sensibilidad del lector. Les ruego leerlo bajo su propia responsabilidad.

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Fantasy Fics Estudios presenta:

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ALAS DE MISAWA

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Ecos

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En la playa habían algunos botes de pescadores abandonados, apilados en línea junto a una red agujereada que colgaba de un poste de madera enterrado en la arena. Había un par de casetas hechas con cañas atadas y hojas de palma como techos, sobre plataformas de madera y pilotes a medio metro de la arena a las que se accedía por rústicas escalinatas y barandas también hechas de cañas chuecas. Las olas subían y bajaban. El crujir de la madera era llamó su atención. Subió las escalinatas lentamente. Escuchó otro crujido, no era el que había provocado sus pies. Se volvió a escuchar. El crujido se tornó rítmico, como si alguien estuviera balanceando los pies al interior de la caseta. La puerta se encontraba entreabierta. Se acercó a asomarse y con precaución liberó el broche de la tapa de la funda de su arma.

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El plato de arroz y curry humeaba cálidamente en la pequeña mesa de la sala. El vapor subía rodeando su alicaído rostro. Parpadeó varias veces con fuerza. Miró hacia la entrada. Después hacia la televisión que hacía ruido, nada más que ruido, porque no entendía ninguna de las palabras que un comentarista parecía relatar leyendo en una hoja de papel, mientras en un recuadro superior aparecían imágenes de la guerra, pueblos bombardeados, aviones despegando de las pistas, barcos de guerra y sus tripulantes en cubierta saludando a importantes oficiales. Todo se sucedía con rutinaria exactitud, al punto que sintió su mano cosquillear como si hubiera, en un acto reflejo, haber querido imitar también el marcial saludo.

Deslizaron por la mesa una fuente con pescado delante de sus ojos. Alzó el rostro con curiosidad. La alcanzó a ver de espaldas, la ajustada cinta del delantal que se cruzaba tras la cintura bamboleándose, meciendo con energía las puntas que colgaban de la cinta mientras ella regresaba a la cocina. La vio entonces a través de la puerta cortar los vegetales. Subir la mano para pasarse la manga por la frente humedecida por calor del trabajo e la cocina. Luego la observó detenidamente llevar esa misma mano hacia su pequeña oreja, deslizando un mechón del largo cabello que se había escapado del pañuelo con que se cubría la cabeza. Bajó el rostro, buscó en la superficie y encontró un par de palillos. Los miró, como si intentara recordar la razón de la existencia de esos dos largos y finos maderos. Los cogió, acomodó entre los dedos, se miró la mano cerrándolos y abriéndolos como si hubiera recordado una cosa divertida. Y los usó para llevarse una porción de curry a la boca que masticó lentamente. No tenía sabor.

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Al interior de la caceta vio a tres soldados aliados. Eran sus compañeros. Uno era su amigo. Dos estaban de pie, uno se afirmaba el pantalón con las manos y una mueca de satisfacción, y el otro sostenía un arma cargada. En el suelo, el sonido rítmico de las tablas lo provocaban las rodillas del tercer soldado con sus movimientos, que doblado y con los pantalones abajo, gemía con placer y sudaba sobre el delgado cuerpo de una muchacha que se retorcía bajo su ímpetu, coreando el brutal movimiento con tenues suspiros inconscientes y dolorosos. Un vestido estaba rasgado, tirado en un rincón. A los costados de la silueta del soldado, aparecían los brazos de la muchacha, delgados, caídos sobre las tablas con las palmas extendidas hacia arriba, como si ya no existiera un espíritu que los alimentara de fuerzas. Tenía moretones y rasguños en las muñecas, producto del forcejeo que debió haber ocurrido antes. Entonces una de las paralizadas manos reveló tener vida y se cerró, crispándose sus dedos, víctima de una violenta convulsión. Escuchó un gemido ahogado en lágrimas. Más que angustia, era dolor en su más pura esencia, una herida que había rasgado el centro del alma y la mente de la muchacha, un sonido escalofriante que lo acompañaría a él por el resto de su vida en cada una de sus pesadillas. Cuando aquel soldado se estremeció también, echándose sobre ella con fuerza, dando un largo y deleznable suspiro de satisfacción.

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Cuando se sentó en el borde del tobogán se quedó mirando el cielo. Estaba tan bajo en el borde del juego infantil, que las rodillas le llegaban casi hasta al pecho, y sobre ellas descansó los brazos cruzados, acurrucándose, doblando la espalda, encogiéndose como si quisiera hacerse pequeño, muy pequeño hasta desaparecer. El sol de la tarde daba recto sobre su cabeza. Escuchaba a las cigarras cantar. A veces también oía a un camión o vehículo pequeño pasar por la avenida a un costado de los bloques de edificios. Alzó el rostro y por un momento tuvo miedo de encontrárselo otra vez: y allí estaba, de pie ante él, con la espalda recostada en los fierros cruzados que hacían de un entramado donde los niños, en otros tiempos, cuando allí había más ruido y felicidad, jugaban a treparse.

No le decía nada, únicamente lo observaba. Él tampoco le hablaba y de igual manera se dedicaba a mirarlo.

Mouse cruzó los brazos. No había cambiado, seguía usando la larga túnica china, la misma que en su adolescencia. Bien, casi nada, pensó, pues algo había cambiado en Mouse, pues no recordaba el agujero a un costado de su cabeza, como un trozo de sandía reventada desde el interior, que estaba exponiendo al aire parte de sus molidos sesos. ¿No le dolía? No parecía molestarle a Mouse, porque a pesar de la herida y de la estela de sangre que bajaba por su rostro, goteaba por el mentón y empapaba su túnica hasta teñir la mitad de su pecho de rojo, seguía allí muy sereno, de brazos cruzados, mirándolo, sin decirle nada.

Se aburrió de esperar a que Mouse le hablara. Estiró la espalda con las manos detrás de la cabeza recostándose en el metal caliente del tobogán. Sintió que le quemaba la espalda, pero lo soportó más por pereza que nada. Miró el cielo, tan puro, monótono, donde solo una pequeña nube se cruzaba lentamente acercándose al sol. Cerró los ojos. Cuando los abrió la nube había alcanzado al sol cubriéndolo con una tenue sombra. Y de pie a un lado del tobogán se encontraba ella. Al principio le costó reconocerla por no poder adaptar los ojos a esa silueta oscura que se inclinaba ligeramente sobre él.

Ella lo miraba atentamente. Tampoco había cambiado mucho. Seguían sus ojos serios y fríos provocándole un poco de inseguridad, jamás podía adivinar lo que ella estaba planeando. Su cabello largo y dos moños a los costados atados con bonitas cintas que hacían juego con su vestido chino, su figura estaba mejor que cuando era una niña, no lo dudaba, pero no tenía esa clase de interés, no en ella a lo menos. Bajó los ojos lentamente recorriendo la silueta que le hacía sombra. Sí había cambiado, porque a shampoo le faltaba un brazo, en su lugar apenas tenía un muñón de sangre, tela rasgada y el inicio de un astillado hueso expuesto. Y ella no dejaba de mirarlo. ¿Por qué no le decía nada?

Cerró los ojos. Si ninguno de los dos quería hablarle, allá ellos. Estaba cansado, iba a dormir una siesta.

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Salió de su estupor, toda aquella grotesca escena le parecía irreal. Se llevó la mano al cinto levantando la tapa de la funda de su arma y empujó la puerta rápidamente. El soldado en el piso se enderezó tras la advertencia de uno de sus compañeros, quedándose de rodillas en el suelo, con los pantalones abajo y sucio. El cabello corto de la joven mujer, melena tan conocida para él, humedecido por las lágrimas y el sudor se arremolinaba alrededor de su cabeza en el piso de tablas. Sus labios pequeños temblaban violentamente, antes tan bonitos, ahora hinchados por los mordiscos y con la sangre fresca, producto de una bofetada que todavía se marcaba en parte de la mejilla. La blusa blanca de la preparatoria estaba abierta, sin los botones y su sostén cortado en el centro con una pequeña marca en la piel producto de la punta de una cuchilla, exponiendo sus senos enrojecidos, lastimados con más marcas de bestiales dientes. Las piernas dobladas y caídas, sin fuerzas para cerrarlas. El rostro lo tenía de un tono ceroso, embarrado y frío por las lágrimas secas.

Ella se encontraba vacía, no había diferencia entre su cuerpo y el de una inerte muñeca de trapo sucia y abandonada. Movió la cabeza, como si recobrara un último aliento de vida al reconocerlo. Lo miró a él, directamente a él, y sus labios susurraron sin aire. No pudo escucharla. Ella no le dijo nada.

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El hombre bordeaba los cincuenta, de cabello canoso y algo escaso sobre la nuca. Los hombros rectos y cuerpo ancho. Lucía con comodidad el limpio y planchado uniforme de combate que usaba en el interior de la base. Se sentaba recto detrás de su escritorio cuando revisaba una a una las hojas del informe que tenía en las manos. Entonces cerró la carpeta, apoyó las manos sobre el escritorio y relajándose cruzó los dedos sosteniendo un bolígrafo entre ellos. Y lo observó fijamente con curiosidad.

Pero él no tenía nada que decirle. Sentado en la dura silla ante el escritorio, se echaba en el respaldo con los brazos caídos entre las pierna. Lo evitó como si no estuviera allí, y se entretuvo paseando los ojos por la pared de la oficina. Habían varios diplomas, un macetero con una planta que no supo distinguir si era real o una simple imitación de plástico. Luego, hacia el otro lado, había una ventana cubierta por una persiana metálica, de esas que se abrían y cerraban con cuerdas en las que también se fijó por mucho tiempo. Entre las ranuras de la persiana se veía en el exterior la pista, y muy a la distancia los aviones de combate estacionados recibiendo mantención.

—Entonces, capitán Saotome, siguiendo nuestra conversación.

¿De qué conversación habla?, se preguntó él haciendo un gesto de curiosidad.

—¿Ha tenido últimamente el pensamiento de que el mundo estaría mejor si usted desapareciera?

¿Qué conversación?, insistió confundido, ¿cuándo habían hablado?, pensaba mirándolo con desconfianza y el rostro un poco inclinado.

No le dijo nada, siquiera sus dudas. Según él acababa de conocerlo, no tenía por qué hablarle a ese sujeto. Y luego lo vio escribir, asintiendo como si alguien le estuviera dictando alguna cosa. No entendía nada. Tampoco sabía lo que estaba haciendo en ese lugar. Luego aquel hombre deslizó una hoja de papel hacia su lado. No comprendía su letra. ¡Qué idiota, tenía peor caligrafía que él!

—Cambiaremos los medicamentos, capitán Saotome. Se tomará estas dos después del desayuno. ¿Me entiende? Esta después de almorzar, y antes de dormir... ¿Me está prestando atención? —el hombre hizo un gesto de frustración. Levantó el auricular del teléfono de su consulta—. Hola, sí, necesito que haga pasar a la acompañante del capitán Saotome, por favor.

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Con la espalda contra la pared y las piernas dobladas sobre su pecho se encontraba despierto en mitad de la oscuridad. A su lado en el tatami habían algunas pastillas sueltas y un vaso con agua. Llovía, producto de una sorpresiva tormenta de verano. Escuchaba el viento zumbar entre los edificios. El agua dibujaba surcos en el cristal que se agrandaban en la sombra proyectada en la pared interior de la alcoba. La cama estaba revuelta en un lado, y alguien dormía del otro lado. Era un bulto pequeño, de silueta larga que descendía a lo largo del colchón bajo las sábanas, y que se movía suavemente producto de su respirar acompasado. Tenía miedo de acercarse y comprobar quién era. Escuchó unos pequeños pasos viniendo por el pasillo, era un ritmo extraño, irregular. No debería haber nadie allí, ¡nadie!, solo él. Tembló, ¿sería miedo o hacía frío? Quién quiera que fuera se había detenido en la puerta de la habitación. Lo miraba, lo miraba a él, estaba casi seguro que esperaba a que él también lo mirara.

Tardó mucho tiempo. La lluvia se hizo más fuerte. La silueta bajo la sábana vibró y se acomodó, murmurando en sueños, tirando de la manta hasta su hombro, tapando parte del largo cabello. El aroma era extraño enrareciendo sus sentidos, parecía perfume, pero lo desagradaba. Entonces se distrajo y miró hacia la puerta. Descubrió una pequeña figura negra acercándose por el pasillo. Al principio creyó que podría tratarse de una enorme rata, porque tenía dos pequeños ojos que brillaban en la oscuridad reflejando la poca luz que entraba por la ventana. Un lejano trueno estremeció su corazón recordándole que debía tener frío.

La figura daba pequeños saltos para poder avanzar, seguidos por leves quejidos como gruñidos interrumpidos. Entonces descubrió que se trataba de un pequeño cerdito negro que se movía con mucha dificultad debido a que caminaba apenas sobre tres patas. La cuarta la tenía amputada. El pequeño animal en la entrada de la alcoba.

Él cerró los ojos, parpadeó con fuerza, al mirar otra vez no había nada en la entrada.

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El vapor del curry que se elevaba del plato rodeó su rostro. Levantó la cabeza un momento y la volvió a descubrir. La espalda de esa mujer se movía rápidamente por la cocina, el cabello largo que caía después del pañuelo se balanceaba por encima del nudo del delantal detrás de la cintura. Ella parecía saber exactamente de memoria cada paso, era metódica y no desperdiciaba energías. A veces se detenía únicamente para alzar una mano al rostro y ajustarse los anteojos.

Dejó de mirarla, bajó la cabeza, tomó los palillos y comenzó a comer. El curry estaba desabrido.

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—¿Quién es él? —preguntó aprensivamente el soldado con el arma, colocando el dedo rápidamente detrás del gatillo—, ¿tú lo invitaste?

—Es un amigo —respondió el otro intentando calmar los ánimos.

Con un gesto muy falso de arrepentimiento se dirigió hacia la puerta, mirándolo con una burlesca expresión al notar su espanto.

—¿Qué sucede? —se dirigió a él, y al verlo paralizado en la puerta se sonrió—. No se preocupen, es de los nuestros —dijo a los demás y entonces se acercó a él aumentando su sonrisa, dándole de palmadas en los hombros. Pudo sentir un aroma fuerte en sus manos, que no conocía a pesar de serle ligeramente familiar—. ¿Por qué no pasas, señor, y disfrutas un poco? Los muchachos ya han acabado y si no te importa compartir sírvete tú mismo. Ella es toda una dulzura, tiembla como un pajarillo, te gustará mucho.

Y la miró perplejo, sin saber qué hacer, a la chica de cabello corto y ojos color miel, que de no seguir respirando muy débilmente parecería que se encontrara muerta, con los ojos perdidos en el techo. Quizás sí lo estaba, quizás había muerto por dentro, su alma y su corazón eran los que habían sido asesinados.

La reconoció. Y el que deseó estar muerto en ese momento fue él.

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Akane se sentó ante él. No importaba que ella estuviera utilizando por segunda ocasión aquel vestido blanco con el que una vez estuvieron a punto de casarse, seguía sorprendiéndolo cada vez que la veía durante esa pequeña fiesta entre amigos y la familia. Los tiempos no eran buenos en general, no podían costearse más lujos como el haberle comprado un vestido nuevo. Aunque ella insistió en que no le importaba, después de todo, dijo que era motivo de orgullo el poderlo a pesar de no sentirse ya una niña, y además sin la necesidad de realizarle ajustes. No importaba que ella lo negara, Akane siempre fue un poco vanidosa. Mientras que él se sentía incómodo, tirando a cada momento de esa corbata que lo asfixiaba, bajo el peso de esa chaqueta que lo hacía sentir mucho más calor del que realmente hacía, y todavía más cuando ella se acercaba así a él, despreocupada, tan ingenua como siempre, cuando eran otras las ideas que se cruzaban por su cabeza: como lo que tendría que suceder en las horas siguientes cuando pudieran ambos, finalmente solos, «disfrutar» de la noche de bodas en ese hotel, en la habitación que Nabiki les había conseguido como un regalo y compensación por tantos años de bromas y jugarretas.

Mas sabía, ambos lo tenían claro, que la repentina amabilidad de todos los miembros de su familia no se debía a sus buenos sentimientos. Cada abrazo, cada mano estrechada por los vecinos del barrio, cada suave palmada en la espalda dada por sus antiguos compañeros de preparatoria, era como si todos se estuvieran despidiendo de él. Cada abrazo emocionado que le daban a Akane, cada beso en las mejillas o en la frente, cada vez que sus fieles amigas de años estrechaban sus manos emocionadas, movidas más por la compasión que por la efervescente felicidad, era como si en el fondo le estuvieran dando el más sentido pésame a ella, a su ahora mujer... a su futura viuda.

Así era con todos, no solo con ellos dos, con los que dejaban el hogar sonriendo como si fueran a algún lugar lejano de vacaciones, despidiéndose de sus padres, hermanos y de esa persona tan amada. Pero no era así, la separación nunca era feliz, pues muchos jóvenes jamás regresaban. Le bastaba con levantar la cabeza y contar a los presentes, un íntimo grupo de alegría recatada y de miradas aletargadas recordando todos el pasado a medida que se rencontraban, para darse cuenta de que eran más los que faltaban. Lo comenzó a pensar en ello cuando antes de la ceremonia se había encontrado con Hiroshi, y por él se enteró el motivo que el parte de matrimonio que habían enviado a Daisuke nunca hubiera sido respondido. Por supuesto que no se lo diría a Akane, no todavía; hoy era su boda y a lo menos uno de los dos debía disfrutarla plenamente.

Sacudió los hombros, Akane le estaba hablando y no debía distraerse. También se sentía ridículo en ese traje, como si estuviera disfrazado, apenas habiendo ambos superado los veinte años, no eran más que unos niños en un mundo que les exigía jugar a ser adultos. Ese día, ese evento, nada era como se lo había imaginado.

—Deja de quejarte, Ranma —lo interrumpió Akane. ¿Leía sus pensamientos o realmente lo había dicho en voz alta? Ella le sonrió entristecida por su propia actitud—. Últimamente te comportas muy extrañamente, pareciera que no fueras tú. Sí, a ti te digo... ¿Cómo que estoy imagino cosas, tonto?... ¿O es que en realidad no querías que nos casáramos, es eso?

No así, quiso decirle, no de esa manera tan abrupta, no chantajeados vilmente por la situación. ¿Y cómo confesarle que en realidad sí tenía miedo? De fondo veía a los demás celebrar, los escuchaba reírse, jactarse, todos ellos que habían organizado aquello como si hubiera sido un simple juego. Pero las firmas estaban colocadas y puestos los sellos familiares. Era una realidad. Estaban casados según la ley, nadie podría volver a meterse entre los dos... a excepción de la muerte. Sin embargo, no estaba contento, no era esa la vida que quería darle.

—Ay, Ranma, deja de ser tan terco. ¡Te he dicho que no pienso dejarte ir solo a ese lugar! ¿Qué importa si se trata de un pequeño departamento en un bloque de edificios para familias de militares? Deberías estar agradecido, por tener una mujer tan maravillosa como yo, es que nos permitirán tener un hogar propio, como una familia, de lo contrario tendrías que dormir en una cuadra dentro de la base con un montón de soldados, comiendo raciones desabridas todos los días. Soy tu esposa ahora, ¿o no?... ¿Mi carrera? ¿Ahora te preocupas por eso después de todos los escándalos que armabas en casa haciéndome casi imposible estudiar?... Estoy bromeando, ¡estoy bromeando! Sé que te la pasaste casi todo ese tiempo en la academia siendo instruido... Y sé también que no querías hacerlo, deja ya de murmurar que te escucho. Pero las cosas están así, deberíamos ser más agradecidos por nuestra suerte.

¿Suerte dijo ella?

Akane lo sorprendió tomándole las manos y estrechándoselas con fuerza. Le era imposible seguir negándose cuando ella lo miraba de esa manera.

—Deberías sentirte afortunado. Serás un piloto, un oficial, ¿es que no lo entiendes? Tendrás más privilegios que la mayoría de nuestros amigos que fueron reclutados como soldados de infantería. A mí tampoco me gusta nada de lo que está sucediendo, y... quizás... esté siendo la más egoísta de todas las mujeres por alegrarme de mi pequeña suerte cuando tantos están sufriendo. Porque tú... quizás tú... en tu situación quizás seas el que... que menos posibilidades tenga de... morir.

La detuvo, no podía verla llorar, no en ese día. Deslizó lentamente la mano por la mejilla de Akane. Algo le dijo, no recordaba qué, pero lo que fuera hizo que ella dejara de entristecerse y al momento lo retara recobrando la fuerza por la que tanto la quería.

—Deja ya de preocuparte, tonto, estaré bien, los dos lo estaremos. Además, olvidé decírtelo, ¿sabías que hay una escuela en esa base para los hijos de las familias que allí viven? Es posible que acepten a una practicante como yo. También podría contribuir en algo, ayudar, no sé... ¿No te parece increíble?... ¡Te dije que dejaras de preocuparte! Todo va a salir bien, estaremos juntos, Ranma, nada malo va a sucedernos.

Akane lo miró tímidamente, bajando un poco el rostro, sonrojándose.

—Además, sé que tú siempre vas a... —se interrumpió, tomó sus manos entrelazándolas con las suyas, y de pronto él la sintió estremecerse tímidamente bajo su vestido de novia. ¿También estaba asustada?—. Sé que todavía te sientes culpable, y que no quieres lastimarme, lo sé, al recordármelo. Deja ya de balbucear, no ha sido tu culpa, lo veo en tus ojos, sé que es eso lo que te preocupa, pero... Por favor, deja ya de pensar en eso, a mí ya no me importa. Deja de creer que hubieras cambiado las cosas de haber sido un poco más rápido. Estamos juntos ahora, eso quedó atrás. Y no, no fue tu culpa, ¿me escuchaste? ¡No fue tu culpa!... Lo que de verdad me interesa es que estás junto a mí, y que no importa lo que suceda tú... tú siempre estarás allí para protegerme. Confío en ti, Ranma.

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En el escritorio había un juego de esferas de acero, colgadas por hilos de una barra de madera, que se mecían golpeándose entre sí. Las del centro parecían no moverse en absoluto. Pero las de los extremos recibían la fuerza, se elevaban y caían otra vez golpeando a las del centro. Metiendo esa fuerza en el interior de las otras esferas, moviéndose invisible por su interior, hasta llegar al otro extremo empujando únicamente a la del final, la que se elevaba y volvía a caer, repitiéndose eternamente los golpes sin perder fuerza. Aquel movimiento rítmico, la idea de la fuerza introduciéndose y arrancando una reacción violenta, le recordaba a algo desagradable, sucio, que le provocó un escalofrío que contuvo con dificultad. El estómago se le revolvió y la rabia al mismo tiempo que la impotencia se agolpó en sus ojos y únicamente controlando su respiración pudo permanecer en apariencia tranquilo sin llorar. Sin saber en realidad porque ese juguete le provocaba tan desagradables sensaciones y una rabia incontenible.

—Capitán, ¿me está escuchando? —le preguntó el hombre un poco calvo que lo miraba con atención.

Él lo miró atentamente, pero no respondió.

—Hay ocasiones, capitán, en que la mente humana es incapaz de soportar ciertas situaciones y... Por supuesto, no pretendo decir que usted sea una persona débil. Todos sufrimos de los mismos problemas, seamos fuertes o no, no es un rasgo de debilidad, sino que es un mecanismo más que posee la mente para defenderse ante situaciones que nos son en extremo dolorosas. ¿Me comprende? A veces hay momentos que ocurrieron en nuestro pasado que intentamos bloquear, olvidar, que escondemos en una parte de nuestro cerebro para que no nos hagan daño —el especialista volvió a mirar el informe de reojo—, e incluso quienes nos rodean podrían intentar ayudar ocultando también lo sucedido al ver que una persona ha bloqueado sus recuerdos. Sin embargo, esa tensión sigue existiendo, como un elástico que se estira, y llega el momento en que una nueva situación de estrés la tensiona tanto que la corta. Volviéndose todos esos sentimientos acumulados en nuestra contra, o en contra de los que nos rodean por una involuntaria y peligrosa reacción, como una bomba de tiempo.

Parpadeó lentamente, creía no escucharlo, pero sí lo hacía. Miró las esferas moverse otra vez, lentamente, en detalle, como una de las esferas de los extremos se elevaba, se mantenía una fracción de segundo en el aire, y caía golpeando con una fuerza atronadora, que pareció tan fuerte que no comprendía como ese hombre que le hablaba no se sintiera asustado por el poderoso estruendo como de un arma disparándose. Y esa fuerza se hundía en las demás esferas y emergía por el otro lado, empujando a la esfera del otro extremo, que se elevó como un grito agónico, escalofriante, el grito de un dolor tan intenso que rasgó el interior de la garganta de una joven mujer.

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En el exterior de la caseta en el terreno baldío detrás de la preparatoria, solo se escuchaban los grillos a un costado de un jeep militar estacionado. Y un manto de hermosas luciérnagas danzaban sobre las hierbas. En el interior la muchacha acostada a la fuerza sobre las tablas forcejeaba en una lucha desesperada por liberarse. Gritaba, maldecía, mordía, pateaba con los talones el piso y con las rodillas golpeaba los costados de aquel hombre que había conseguido meterse entre sus piernas, impidiéndole volverlas a cerrar.

Aquel soldado tiró del vestido celeste rasgándolo en dos, arrancándole a la muchacha un chillido de terror. Arrojó los restos de tela a una esquina de la caseta, y entre forcejeos, comenzó jalar de los bordes de la blusa tirando de los botones hasta cortarlos, revelándosele la suave piel del vientre, y la ropa interior de un suave tono sonrosado, alimentado su ya insana impaciencia. Bramó molesto un insulto ante la férrea lucha que ella le estaba dando, golpeándolo con las manos y empujando su rostro con fuerza hacia arriba hasta casi doblarle el cuello. La atrapó por las muñecas y la presionó contra el suelo también usando el peso de su cuerpo recostándose sobre ella para dejarla quieta, y tal movimiento la pilló desprevenida aprovechándose aquel hombre para robarle un violento beso. Al tener la cabeza contra el piso ella no pudo escapar y dos lágrimas rodaron por el borde de sus ojos. Pero al momento aquel hombre se retiró quejándose con una maldición. Ella lo había mordido hasta cortarle el labio. Furioso la abofeteó como castigo por lo que había hecho, y no una vez, sino dos, tres, cuatro, hasta cinco veces con brutalidad, disfrutando los interrumpidos gritos de la muchacha entre cada bofetada, mezcla su voz de sorpresa, miedo y dolor. Hasta que ella se quedó quieta, con las mejillas rojas y la cabeza apenas moviéndose de un lado al otro débilmente, con los labios rotos y un hilo de sangre cayendo por su mejilla hasta el piso, aturdida parecía luchar por mantenerse todavía despierta, respirando entre débiles y silenciosos sollozos.

Entonces aquel hombre la tomó otra vez por las muñecas acomodándose a gusto entre sus piernas al no hallar resistencia, y la presionó con fuerza al aplastarla otra vez con su cuerpo recostándose con gran comodidad sobre su vientre. Y ella reaccionó al momento asustada, como si hubiera recobrado la conciencia, más aterrada cuando sintió como con una sucia mano toqueteaba sus piernas buscando tirar del borde de su ropa interior, y gimoteó desesperada cuando en realidad había querido gritar de rabia. Volvió a defenderse intentando apartarlo con las rodillas, pero aquel soldado ya estaba sobre su cuerpo y apenas conseguía mover las piernas sin siquiera ser capaz de golpear su costado como antes, intentando en su lugar inútilmente tratar de levantar los brazos atrapados, o sacudir su cuerpo intentando girar en el piso sin éxito. Luego intentó arquear la espalda y levantar la cintura para deslizarse y escapar, pero no podía, estaba atrapada, y en su movimiento más sintió el contacto de su vientre contra ese cuerpo pesado, caliente y hediondo de malos deseos.

Perdía la batalla a cada momento, doblegada ante el peso y fuerzas descomunales de aquel hombre. Se asfixiaba con sus propias lágrimas, todavía aturdida por los golpes, víctima de un profundo dolor y más miedo, que la sumían en una terrible sensación de asco y mareo que más rápido le arrebataban las fuerzas y la guiaban a la inevitable derrota de su cuerpo, a la desgracia que adivinaba y temía congelándose su alma. Aquel hombre, cansado de luchar, llevó la mano hacia atrás y sacó de un rápido movimiento el cuchillo de combate que llevaba tras el cinturón. Y se lo mostró colocándolo delante de su rostro.

Ella se detuvo conteniendo el aliento, con el reflejo del acero en el centro de sus ojos abiertos, paralizada por el miedo. Su cabello corto, húmedo de lágrimas y sudor, se enredó sobre las tablas cuando en su desesperación negó con suaves movimientos de su cabeza ante lo inevitable. Su mirada ya no era fiera, sino que honesta reveló lo aterrada que se encontraba. Y sus ojos color miel suplicaban, le pedían, parecían susurrarle que tuviera piedad, que se detuviera. Pero aquel hombre no la tuvo. Con la otra mano llevó los brazos de la muchacha hacia arriba de su cabeza, aplastando las muñecas cruzadas contra el suelo con una mano, ella intentó oponerse una única vez, cuando cedió al ser amenazada rápidamente por el cuchillo que aquel hombre sostuvo hundiéndose suavemente en su delicado cuello. Ella sollozó con fuerza. Ya no le quedaban fuerzas para luchar ni orgullo para seguir fingiendo el valor que no poseía.

Deslizó la punta del cuchillo por el cuello de la muchacha, luego por el centro de su pecho. Ella contuvo su agitación al sentir la amenaza del acero clavándose en su piel, apenas teniendo espacio para respirar. Aquel soldado, con burla, se inclinó ligeramente hacia un costado sobre ella para dejar lugar a su arma entre los dos, giró el arma dejándola de costado y la deslizó por debajo del sostén levantándoselo muy lentamente. Ella apretó los labios, evitó mirarlo a los ojos cuando aquél hombre sí la buscó queriendo disfrutar su bonita expresión de terror. La cuchilla siguió levantando el sostén hasta que ella se quejó por la tensión de la tela. Enderezó el cuchillo bajo la tirante tela y de un rápido movimiento la cortó por el centro pasando a llevar la piel. Ella apretó los dientes, a pesar del sobresalto de su cuerpo, girando la cabeza hacia el costado alejándose de él.

Aquel soldado no le tuvo piedad y clavó la cuchilla en el suelo delante de los ojos de la muchacha, robándole otro quejido de miedo, evitando que su mente pudiera escaparse de la realidad. Y sin darle tregua ella gritó negándose, con renovadas fuerzas sacadas de lo más profundo de su ser, ante lo que aquel hombre le hacía, cuando lo sintió acariciarla de una manera sucia, prohibida, salivando su cuerpo de manera repugnante y escalofriante, mordiéndola dolorosamente donde más delicada era su piel. Su cuerpo estaba frío ante tales sensaciones, más era miedo y asco lo que sentía, y una humillación que sentía la mataría, tanto o más que la sensación de perder algo que solo hubiera deseado entregar voluntariamente a un único hombre, y no a aquel hombre, cobarde como sus compañeros, que la ultrajaba a la fuerza. Ausente pareció su mente alejarse de ese lugar, abandonando su propio cuerpo, sin percibir como él se sacudía, y con una mano soltaba su cinturón ancho del traje de combate, tirando para bajarse los pantalones hasta que estos cayeron al suelo alrededor de sus rodillas. Siendo coreado por sus amigos que se reían, uno armado, el otro sobándose las manos esperando su turno.

Sintió el borde de la última tela que la protegía ser jalada por su cadera, sus ojos se abrieron aterrados y se quejó por la hiriente brutalidad de aquel hombre que en lugar de intentar sacarle la prenda, la tiró con fuerza, hasta hacerla crujir, amenazando con rasgarla, hiriéndola al clavarse el otro borde de la prenda en su piel fría, lo que la hizo gritar más fuerte. Entonces volvió a defenderse con renovadas fuerzas, se movió intentando zafarse de la mano que sostenía sus muñecas. Arqueó la espalda, intentó golpearlo con el costado interior de sus rodillas, a la vez que intentó cerrar las piernas sin éxito y mover las caderas para evitar que él siguiera tirando de su ropa interior. No quería, ella no quería nada de eso. Preferiría morir primero. ¡Deseaba que la mataran antes que eso! Ya no temía a la muerte, ya no temía a ese cuchillo. Otro fuerte jalón la hizo gritar un «no» tan fuerte, que por un momento incluso hizo dudar a sus captores. Pero el hombre que forcejeaba con ella más se motivó por la lucha, y por la rabia al hacerle ella difícil el mejor momento. La tela cedió por un lado cortándose, y colgando del otro la hizo retroceder rápidamente, subiéndola por el suave muslo hasta la rodilla, donde la hizo bajar hasta los tobillos.

Ella gimió hasta las lágrimas, lloró, se quejó cuando sintió como esa sucia mano la invadía. Recordó entonces un nombre, un único nombre, y cuánto suplico que él estuviera allí en ese momento. Aquel soldado se acomodó a pesar del forcejeo sobre ella. Ella se negó, lo aplastó entre las rodillas, no quería dejarlo avanzar cuando sintió algo más escalofriante deslizarse por el interior de sus muslos.

Gritó suplicando que él hubiera estado allí para protegerla. Gritó su nombre con todas sus fuerzas.

—¡Ranma...!

Su gritó quedó interrumpido, convirtiéndose un alarido mudo, sin aire, con la boca entreabierta, y los ojos en el vacío, perdiéndose todo resplandor de ellos.

Todo se había perdido. Tanto luchar en vano. Él nunca llegó para rescatarla. Él nunca llegó para salvarla.

Y cuando desearía haber desaparecido, aquel hombre con más ímpetu continuó dentro de ella. Después fueron sonidos rutinarios, viscosos, repugnantes, rítmicos, haciendo crujir las tablas del piso. Una ola de sentimientos a los que su mente se negaba. Dolor, todo lo que sentía era un hiriente dolor perforándola por dentro, vergüenza, humillación, deseaba la muerte más que cualquier otra cosa. Sus ojos se cerraron sintiendo el frío de sus propias lágrimas, sus labios entreabiertos se quejaron, sollozando, entre interrumpidas respiraciones, por la brutalidad con que aquel soldado se bamboleaba sobre ella con disgusto. Tenía deseos de vomitar.

Entonces aquel soldado la cogió con ambas manos por las piernas y ella sabía lo que vendría. Se negó, intentó volver a luchar, estirando los brazos para golpearlo en el pecho, pero tan débil se encontraba que apenas consiguió sacarle una burla, entonces lo empujó por los hombros, intentó sacarlo de su interior, pero su cuerpo adolorido ya no respondió a sus deseos. Y él la insultó otra vez riéndose de sus inútiles intentos.

Akane gritó, suplicando que la dejaran entre sollozos, que ella no quería quedar embarazada de un maldito cobarde como él. Más fuertes fueron las rizas de sus acompañantes. Y aquel soldado no la obedeció, siquiera lo pensó como si no poseyera ningún rasgo de humanidad. En un último embiste su cuerpo soltó todo su deseo. Y de placer exhaló con fuerza.

Luego, solo hubo silencio.

Aquel soldado suspiró satisfecho. Se levantó despegándose del cuerpo de Akane con un empalagoso sonido, deslizando sus manos asquerosas por la piel de esas piernas temblorosas, como si fueran a partirse de dolor en cualquier momento, como si estuvieran hechas de frágil sal. Ella, tan inerte y sudada, fría como la piedra, volvió por un corto instante a la vida, únicamente para estremecerse violentamente y murmurando un gemido profundo, sufrido, para volver a callar con la mirada perdida en el techo. Aquel hombre primero se enderezó sobre las rodillas, se pasó el puño por debajo del mentón secándose su propio sudor. Sonreía. Apoyó un pie en el suelo con firmeza, luego el otro al erguirse. De pie se afirmó los pantalones con las manos, y mientras se los ajustaba lentamente la observaba a ella, allí tirada como si al encontrarse ya saciado de sus ansias animales no le importara en lo más mínimo, tan destruida en su espíritu que siquiera le provocaba deseo.

Entonces giró hacia la puerta, donde se había encontrado él observando desde el principio, paralizado, como si durante todo ese tiempo no hubiera sido dueño de su propio cuerpo, incapaz de interrumpir lo que había sucedido, no pudiendo siquiera de salvarla en su desesperación por una fuerza superior que lo había detenido solo por el placer de atormentarlo.

Uno de los dos soldados que acompañaban al maldito que la ultrajó, el que estaba de pie a un costado, sobándose las manos se acercó primero a la entrada para saludarlo.

—Eh, Ranma, ¿por qué esa cara? No le estamos haciendo nada que ella no se haya buscado desde el principio. Después de todo fue su culpa, ¿no es verdad? ¡Todo fue su culpa! Ella era la que siempre se andaba mostrando con esa sonrisa que le ofrecía a todos, y moviendo esas caderas delante de cualquiera, sí, como una mujerzuela vendiéndose al primero que le ofreciera un poco de amabilidad. ¿No es eso lo que piensas en verdad de ella? Siempre nos seducía y luego se burlaba de que caíamos como idiotas a sus pies. Sí, ella, ella se lo buscó, ella nos provocó primero. ¿Por qué sufres, Ranma, querido amigo? ¿Olvidas que por ella fue que tanto nos peleábamos tú y yo? —dijo Ryoga, parado a su lado en la entrada de la caseta sobándose las manos. Riéndose de manera insana y fingiendo un burlesco gesto de arrepentimiento con el semblante ensombrecido—. Ella, haciéndose la chica dulce y virginal, ¿y dormía conmigo delante de tus narices? ¿Qué si era una mascota? Tú lo sabías, ella lo hacía con intención, ella se reía de ti cada noche, ella se reía de los dos haciéndonos pelear para alimentar su vanidad, hasta que aparecía su siguiente víctima y, aburrida, te cambiaba por un rato. ¿Le crees, de verdad le crees a ella? ¡Sus lágrimas son de mentira! A ella le gusta, ella prácticamente nos rogó que lo hiciéramos. Sí, se cansó de ti, Ranma, y Akane nos buscó para sentirse satisfecha de verdad. No le creas, ella no sufre, a ella le ha encantado...

Dejó de escucharlo, su maldita y estúpida perorata sin final, Ryoga le parecía más loco que el enfermo de Kuno, siempre justificándose, siempre buscando echarle la culpa a otro, y ahora a ella. ¡Ya no soportaba escucharlo más!

Mouse miraba silenciosamente a un costado la escena con el arma en las manos temblorosas. Sonreía. La sangre corría de su cabeza abierta por su rostro, cruzando por debajo de los anteojos. Giró el rostro hacia la puerta mirándolo tan fijamente que parecía que los ojos le iba a saltar de las órbitas.

—Yo no pude disfrutar a mi Shampoo... Los tuyos la mataron... Tú la mataste, ¡tú me la quistaste otra vez, maldito Saotome! ¡Todo esto es tu culpa! Sí, es tu culpa, es justo, Saotome, que la pierdas como yo perdí a Shampoo... Es justo que me permitas hacerlo con Akane, que me dejes gozarla como tú me negaste gozar a m Shampoo. Me lo debes, me lo debes, ¡me lo debes, Saotome, y lo sabes! ¡Me lo debes, Saotome...!

Ya no pudo percibir el mar ni tampoco el sonido del viento. No escuchó las burlas de Ryoga, ni la risa desalmada de Mouse. ¿Por qué no se había movido, por qué en todo ese tiempo se quedó quieto? ¿Por qué no la salvó? Sus brazos recién respondieron y otra vez sintió las piernas hasta los pies, ahora, cuando de nada le servían. Ryoga dio un paso atrás y le dio espacio para que siguiera mirando la miserable escena. Cayó sobre sus rodillas. ¿Qué había hecho, qué había hecho?... ¿Por qué no llegó antes?

Imágenes se mezclaron en su cabeza. Era Akane, pero tampoco era Akane la que estaba allí tendida, un cuerpo lastimado por fuera y por dentro, un maniquí sin alma. Era y no era ella a la vez.

¿Por qué no llegó antes, por qué no la buscó?... ¿Por qué le respondió de esa manera?

Se tomó la cabeza con ambas manos, todo era confuso. Los tiempos y los lugares se mezclaban. Estaba en una caseta de madera, con piso de tablas y hojas de palmera por techo. ¿Era eso Nerima, era Tokio, de verdad estaban detrás de la escuela?

Escuchó las olas del mar rompiendo contra las rocas, el viento salado y muy frío entrando entre las rendijas de las paredes hechas con delgados juncos. ¿Dónde estaba? No era de noche, sino que era de atardecer. El viento sopló más fuerte y estremeció el techo. Era Ryoga el que se reía a su lado, pero no lo era. Era Mouse el que lo apuntó amenazándolo con el arma, pero esa voz que lo maldijo no era la de Mouse. Le dolía la cabeza intensamente, no podía pensar.

Y el maldito cobarde que había violado a Akane se paró ante él. Levantó la cabeza y fue como mirarse en un siniestro espejo. Quién estaba de pie ante él ajustándose todavía el cinturón sobre el uniforme de combate era él mismo, Ranma, que se sonreía arrogante.

—¿Qué sucede, te molesta que la haya cogido un rato?... Akane es mía, es mi mujer, puedo hacer lo que me plazca con ella —se jactó de pie ante él—. Además, ¿para qué sigues negándolo? No es como si no lo hubieras hecho antes. Después de todo, a los dos nos gusta esto, nos encanta demostrarle a esa tonta quién es el que manda; ¿no es verdad, Ranma? —dijo ese otro Ranma sonriéndose.

Era imposible, era como estar en dos lugares al mismo tiempo. Y todo el odio que sintió hacia aquel soldado que había lastimado a Akane como jamás nadie debía siquiera haberlo pensado, se torció en miedo y desesperación. Porque aquel soldado había sido él mismo.

—Deja de ser tan tímido, Ranma —insistió aquel Ranma ante él, se agachó y cogiéndolo por el cabello lo jaló dolorosamente por la cabeza, obligándolo a arrastrarse de rodillas un par de metros hasta detenerlo frente al cuerpo mancillado de Akane—, ¡mírala! ¿Es que no te gusta, no es lo que querías? ¡Mírala, esto fue lo que nosotros le hicimos!

Él dio un grito y se sacudió librándose de la mano de su captor, cayendo ante ella. Pero aquel Ranma lo pateó con mucha fuerza en la espalda enviándolo de bruces al suelo a un lado de Akane. Él intentó levantarse para defenderse. Su corazón se paralizó cuando sus ojos se encontraron con los de Akane, que taciturna lo miraba, pálida como al luna llena, con los labios susurrando su nombre.

—A... Akane...

Escuchó un arma siendo cargada. Por reflejo llevó su mano hacia la funda de su propia arma y la encontró vacía. Aquel Ranma, de pie ante los dos, lo apuntó con el arma directamente a la cabeza.

—¿Ya recordaste, Ranma, lo que hiciste? —esa otra versión de él le gritó enfurecido hasta escupir—. ¿A cuántos más vas a joder para que estés satisfecho? ¿Ves a Ryoga, ves a Mouse? Ellos hubieran sido felices sin ti. ¡Yo hubiera sido feliz sin ti, el más feliz de todos si no hubiera existido, si no hubiese sido un maldito cobarde escondiéndome siempre detrás de las faldas de Akane!... Pero no, era más fácil fingir, era más sencillo esconderte y llorar como un crío, como siempre lo has hecho. ¿Dices que Ryoga le echaba la culpa a todos por sus desgracias? ¿Y qué has hecho todo este tiempo?

Él miró, parpadeó con fuerza, sorprendido, cuando ese insano Ryoga ya no era Ryoga, sino que también era otra versión de él, que se sobaba las manos y miraba el cuerpo ultrajado de Akane con insano deseo.

—¿No acusabas a Mouse de estar tan ciego, que no veía la realidad, una en que jamás podría conquistar a Shampoo? ¿No era eso lo que pensabas de él, cuando tú no eras mejor incapaz siquiera de decirle a ella lo que sentías? De no ser por esta maldita guerra que te amenazó de muerte, nunca habrías tenido el valor de haberte casado con ella.

Miró a Mouse, ya no era Mouse. Era también otra versión de él mismo, otro Ranma, que de pie y enloquecido, temblaba como un cobarde con un arma en las manos que no se atrevía a disparar, con la herida de bala abierta a un costado de su cuerpo sangrando copiosamente tiñendo casi la mitad de la camisa de combate.

—Se acabó, Ranma, aquí termina todo —aquel Ranma comenzó lentamente a presionar el gatillo del arma—. Ambos queremos desaparecer, todos nosotros queremos desaparecer. ¿Para qué los recuerdos, para qué el sufrimiento si podemos...?

—No, por favor... —susurró Akane.

—¡Cállate, estúpida! —aquel Ranma movió el arma, apuntándola a ella—. ¿Es que todavía no aprendes? ¿Por qué siempre tienes que interponerte cuando quiero que hagas nada?

Él palideció al ver como la amenazaba, como apuntaba a la cabeza de Akane, como si quisiera dar el tiro de gracia a un moribundo animal. Intentó moverse pero no podía hacerlo, quiso estirar la mano para alcanzar su rostro, pero le era imposible. Sus lágrimas cayeron sobre el piso. No quería hacerle eso, él jamás hubiera querido lastimarla, ¡antes preferiría haber muerto!

—Lo sé, Ranma, lo sé todo, no te preocupes...

—¿Akane...? ¿Por qué no me odias...?

Ella, a pesar del maltratado y del aberrante estado en que dejaron su cuerpo desnudo, lo miró a él con infinita ternura.

—Porque... te amo... yo...

El disparó privó su mundo de todo color. Vio la cabeza de Akane caer con fuerza estrellándose sobre las tablas, como si hubiera sido golpeada por un martillo, con los ojos abiertos, las pupilas contraídas, los labios paralizados en su último deseo, convirtiéndose en una mancha roja que salpicó su rostro.

.

.

Dio un alarido agónico. Se estremeció retorciéndose en el piso de tatami. Con los brazos tiró las píldoras y la botella con agua que tenía a su lado. Comenzó a gritar como un animal. No eran quejidos ni amenazas, solo bramidos de terror, sonidos sin significados, tan desgarradores que enronqueció de agonía. Dobló su cuerpo como si quisiera sentarse. Entonces se lo impidieron. Apenas distinguió en la oscuridad de la habitación a esa mujer, cuando ella se dejó caer con fuerza sobre su cuerpo, sentándose sobre su vientre con el camisón recogido por la brusca maniobra y las piernas desnudas a los costados de su cuerpo. Él estaba débil, no era ni una rama en comparación al árbol que una vez fue, pero de todas maneras forcejeó.

Escuchó una voz lejana. Parecía ser esa mujer la que le estaba hablando con premura entre jadeos desesperados. Le pedía que se calmara, que no luchara, que todo estaba bien.

«Pesadilla, pesadilla», repetía su mente las palabras de esa mujer. Pero no podía entenderlas, en su estado de demencia todo era oscuridad.

Luego la escuchó decir algo sobre unos calmantes. Era como si su cuerpo se moviera por su cuenta y él solo fuera un aterrado espectador encerrado dentro de sus propios ojos. Sintió que ella, mientras lo sostenía por su hombro para intentar contener sus espasmos y deseos de levantarse, con la otra mano trató de meterle algo en la boca, ¿sería una píldora? Pero él dejó de gritar y cerró la boca negándose con porfía. Sintió dolor cuando esa mujer lo golpeó recordándole la herida del disparo que había atravesado su cuerpo. Y con el dolor lo vio otra vez, a Mouse, con su uniforme de combate, parado en una esquina de la habitación con el rostro bañado en lágrimas y la pistola en la mano mirándolo fijamente.

El dolor y la sorpresa lo hicieron gritar una vez más, y ella aprovechó el momento y le metió la píldora en la boca, tapándosela con ambas manos, dejándose caer completamente sobre su cuerpo, aplastándolo contra el tatami, y con los codos clavándose sobre sus brazos adoloridos. Él dio con los puños contra el tatami varias veces. Por un momento tuvo el deseo de atacarla, levantando las manos en alto. Pero más rápido fue su instinto que le dijo que ella era una mujer, y su férreo entrenamiento de años pudo contra su locura dando, en su rabia, más golpes contra el tatami para descargarse. Pero la píldora se atoró en su garganta y al ahogarse volvió a levantar las manos, y en su desesperación cogió a esa mujer por la cintura, con tanta fuerza que la escuchó quejarse. Más se detuvo al no saber qué hacer, temiendo de sí mismo si hacía algo más en contra de ella.

Ella comprendió lo que ocurría. Levantó la espalda sin moverse de encima de él, forcejeó contra las manos violentas y desesperadas que luego intentaban atraparla por las muñecas, estiró la mano para dar con la botella de agua. Intentó ponérsela en la boca, pero él empujó la botella con las manos mojándose su rostro. Entonces la mujer se llevó la botella a su propia boca bebiéndose lo que quedaba del agua. Y con las mejillas llenas le dio otro golpe en la herida de su cuerpo para distraerlo. Él dio un gemido de dolor, y ella se aprovechó para tomarle la cabeza con ambas manos, con brutal firmeza, y juntar sus labios a los de él con mucha fuerza.

Él sintió el agua invadiendo su boca, se ahogó otra vez. Pero ella no apartó sus labios hasta que le hubo escupido toda el agua en su interior. Y al levantarse separando sus labios, le tapó la boca y la nariz, luchando para no caerse de su vientre cuando él se levantaba en violentos sobresaltos arqueando su espalda.

Tragó el agua y finalmente la píldora bajó por su garganta. Mas siguió luchando, sin detenerse, durante largos minutos. Y ella sobre él intentaba contenerlo, asustada, ya no por él, sino por ella misma, por lo que podría llegar sucederle si lo liberaba en ese estado. Cuando finalmente él consiguió soltarse de ella, atrapándola por la cintura. La hizo girar bruscamente, ambos giraron abrazados, librándose con destreza, como si en la fracción de calma que tuvo hubiera recobrado parte de su antigua destreza. Y ahora la atrapada era ella. La mujer se quejó por el golpe que dio su espalda contra el tatami, cuando él quedó sobre ella, aplastándola con su cuerpo, con su cadera entre las piernas de ella, con una mano sobre el pequeño cuello estrangulándola. Y la otra mano la empuñó retrocediendo el brazo en alto, dispuesto a golpearla con todas sus fuerzas.

—¡No! —gritó ella al borde de las lagrimas.

Él se detuvo, recobrando la razón, aterrado de lo que estuvo a punto de hacer. Si la hubiera golpeado con todas sus fuerzas, quizás... Los ojos los tenía perdidos, moviéndose erráticos al observar el cuerpo del oponente que tenía atrapado, y su mentón humedecido de agua y saliva le temblaba con fuerza. Apartó su mano soltando el delicado cuello en el que había dejado marcado los dedos. Apoyó ambas manos a los costados de la cabeza de esa mujer, acomodó sus rodillas ignorando la posición en la que se encontraban, obligándola a ella a separar un poco más las piernas. Ella parecía asustada, consciente de la comprometedora situación. Pero él no parecía consciente en absoluto, sino que en su estado de confusión mental parecía más un animal olfateándola, examinándola, observándola con curiosidad y confusión. ¿Quién era ella?

Se sintió mareado. Quiso apartarse de ella y ponerse a resguardo, pero más rápida fue la debilidad que dominó sus miembros. Y tras un ligero quejido se desplomó arrancándole otro gemido de miedo a la mujer, la que había cerrado los ojos esperando un ataque o algo mucho peor.

Nada sucedió.

Cuando ella abrió los ojos descubrió un cuerpo inerte, que apenas gemía entre suspiros, dormido sobre ella. Intentó moverlo, mas ella también se sentía débil, aturdida, asustada y muy adolorida por la violencia con que habían forcejeado. Además, otro sentimiento muy distinto comenzó a mezclarse con el miedo, y un incómodo estremecimiento la sacudió, mezcla de culpa y también anhelo, que la acarició con una cálida emoción. Deliciosa e irresistible para su alma tras tanto tiempo estando fría. Fuego que le provocó un segundo y pequeño espasmo, tan solo al haberse imaginado el deseo indebido que en ese momento cruzó por su mente. ¿Quién más sería su testigo? Solo la luna que entraba tímidamente por la ventana.

En lugar de apartarlo, lo abrazó suavemente acomodándolo sobre ella, tirándolo de debajo de los pesados brazos que colgaban inertes sobre el piso, recorriendo su cabeza y espalda con los dedos en suaves caricias.

Lo escuchó murmurar un nombre que conocía, y que la lastimó de celos y de vergüenza por lo que estaba haciendo, y más por lo todavía deseaba hacer. Cubrió también sus ojos de locura para no sentir más culpas, y con las manos consiguió alcanzar el borde de la sábana de la cama que jaló hasta arrancarla del colchón, y conseguir que ambos se cubrieran con su calor, y también tapar un poco su falta de vergüenza.

Ella imaginó que él era otro, y por una noche lo disfrazaría con otro nombre para quedarse a su lado. Porque su cordura era como la de él; falsa y muy frágil, pues jamás había conseguido superar su desdicha.

Por una noche, solamente una noche, ella no quería otra vez sentirse sola. Ya no le importaba lo que sucediera al día siguiente, ni el peligro al que se exponía quedándose así bajo un animal peligroso aunque sedado, sin saber lo que le haría de llegar a despertarse. O era justamente eso lo que ella más deseaba en ese momento. Lo abrazó contra su pecho acurrucándolo, acarició con vehemencia la fría piel buscando restos de vida y calor en su cuerpo dormido, deslizó sus piernas rodeándolo para darle más espacio, acomodándolo, dejándolo deslizarse completamente sobre ella sin impedimento, tolerando con dolor y dicha el peso de ese cuerpo que la aplastaba sobre su vientre vacío. Ella cobijó la cabeza de ese hombre entre sus brazos, pero no a él, sino que imaginaba en su lugar al otro hombre que había perdido, entre sus senos que se movían producto de su agitada respiración, nerviosa y asustada, y sobretodo turbada deseando sentir del todo el calor de otro ser.

Sometido por la droga, sin poder defenderse ya, él se dejó llevar por sus sueños en los que no se arrimaba a ella, sino que a la otra mujer que se había ido de su lado.

.

.

Se hallaba de pie con las manos en los bolsillos de su pantalón de combate. La camisa la llevaba con relajo, sin el pesado cinturón que normalmente la ceñía a su cintura, quedándole holgada como cuando llevaba sus antiguas camisas chinas. Tampoco tenía las largas mangas arremangadas sobre los codos como era habitual, sino que las llevaba sueltas y sin abotonar. El mar se mecía suavemente en el borde de la playa. La neblina era tenue, la luz blanca, no había sol. El viento frío y muy salado mecía suavemente los mechones de su cabello.

Otro soldado lo aguardaba, con el uniforme llevado un poco más pulcro que él, se sentaba en la arena abrazando sus piernas. Su cabello oscuro también se movía por el viento mientras miraba las aguas y el horizonte nuboso. Se acercó lentamente deteniéndose a su lado.

—Hola —lo saludó el joven soldado levantando la cabeza y mirándolo directamente a los ojos. Parecía un muchacho amable un hombre joven como de su misma edad.

Él asintió respondiendo al saludo.

—Discúlpame, todo esto es mi culpa —agregó rápidamente el joven soldado.

Lo miró con curiosidad sin comprenderlo.

—Era mi destino, y no he podido cumplirlo. Lo lamento, todo te lo he dejado a ti.

Aspiró profundamente el frío aire salada, y continuó sin que él lo pudiera entender del todo.

—Siempre quise ser un soldado, deseaba desde pequeño haber sido un piloto de combate, defender a mi nación, a mis padres. También deseaba protegerla a ella. Jamás pensé lo estúpido que estaba siendo, la brutalidad de una guerra, ni mucho menos que todo acabaría así, tan pronto, tan rápido que no pude siguiera cumplir el primero de mis sueños. En cambio tú no querías nada de esto, ¿no es verdad? Ha sido mi culpa después de todo, lo lamento, el haberte involucrado. Porque el destino siempre se cumple. Sin embargo, ninguno de nosotros le es imprescindible: si uno falla, el destino buscará a otro en su lugar, así funciona esto.

Lo observó sin responderle. Realmente no tenía idea de lo que le estaba hablando. El joven soldado se levantó, sacudió el pantalón de la arena húmeda y fría, grisácea bajo la luz tan pálida y pegajosa. Las algas que el mar había arrastrado durante la noche, de aroma intenso, se amontonaban a lo largo de la costa rodeándolos.

—¿Podrías hacerme un favor?

Él dudó. Mas le pareció tan honesto que aceptó asintiendo.

—Te pido que no vuelvas a fallar. Ya te lo dije, el destino siempre se cumple pero no únicamente a través de nosotros, no le somos imprescindibles. Además, el destino es celoso, no solo cobra a los que le han fallado, sino que también saldrán lastimados todos los que dependían de ti si no lo consigues, serán las personas que te son más queridas en este mundo quienes sufrirán.

El joven soldado lo sorprendió poniendo una mano sobre su hombro de manera afectuosa.

—Pero todavía estás a tiempo. Se te ha concedido una segunda oportunidad, una que yo no tuve... Cómo me hubiera gustado tener tu suerte, pareciera que fueras caos, de alguna manera conseguiste contradecir al destino y sus caprichos, y le robaste una nueva oportunidad cuando este te hubo rechazado como a mí, queriendo de igual forma destruirte.

Lo dejó apartándose, avanzando hacia el borde de las aguas donde la arena era sólida y lisa. El suave oleaje de la mañana, blanco de espuma, rodeó sus botas. Y le habló con los ojos perdidos en el brumoso y frío horizonte.

—Eres el nuevo capitán, tu destino es proteger a los que amas, no, más que eso, proteger a todos los que no pueden defenderse a sí mismos, tú que tienes el poder para hacerlo. ¿Qué puede hacer un niño, un anciano, un civil contra una bomba? ¿Qué puede hacer un practicante de artes marciales, tan fuerte como te dices ser, contra un ataque de misiles?... Es verdad, es ridícula la facilidad con la que mueren las personas, en comparación a lo difícil que es traer una vida a este mundo, alimentarla, educarla, formarla con lágrimas y esfuerzos. ¡Tan difícil de crear!, y tan sencillo que nos es matar: por un trozo de tierra, por un poco de dinero, a veces hasta por unos metros de mar, ¿a quién le importa ser dueño del mar? ¿Ves alguna línea trazada en el horizonte? Pero qué podemos esperar cuando la vida ya no tiene más valor que nuestras propias ambiciones. Ni siquiera en el vientre perdonamos a la vida si nos es incómoda, o para borrar un error, despejar el camino hacia un sueño, o por buscar el olvido en lugar de enfrentar al dolor, simplemente... se elimina. Como si la vida fuera una enfermedad que extirpar, tan sencillo como disparar un arma, quizás más, mucho más, porque no hay que enfrentar la culpa, no hay que oír los gritos mudos de los inocentes cuando son descuartizados, por los deseos de los seres en los que más deberían haber confiado, los que más debieron haberlos amado. ¿Podemos culpar a la guerra de todos los males? ¿Quién provoca la guerra, quienes provocan los asesinatos de los indefensos inocentes aún en tiempos de paz? Lo lamento, creo que esto ahora no va a lugar. Quizás algún día... No, no, debemos confiar, capitán. Debemos creer en el futuro.

El joven soldado comenzó a avanzar hacia las aguas. Las olas mojaron sus pantalones alcanzando los tobillos, luego las rodillas. Siguió adentrándose en el mar, sacándose las manos de los bolsillos, moviendo los brazos, cuando el agua llegó a su cintura y las olas lo cubrían hasta el pecho. Él quiso detenerlo, avanzó hasta donde la arena era lisa y sus botas rozaron las aguas.

—¡No te acerques!—le ordenó, alzando la voz con fuerza deteniéndose con el agua fría subiendo y bajando hasta el cuello—. ¡Todavía no es tu momento! Ya llegará cuando tengas que venir, como todos, pero no hoy, ¡no hoy!

Volvió a girar hacia el horizonte y avanzó un paso más. Cuando el agua subió hasta su mentón. Alzó la voz una última vez.

—¡Protégela también a ella, capitán, te lo suplico!... Has de este mundo un lugar donde todos puedan ser felices, donde mi Misao pueda volver a sonreír.

.

.

Esa tarde se miró las manos extendidas. Con las palmas hacia arriba, las giró para mirarse los nudillos. Las volvió a girar como si las descubriera por primera vez. Las cerró con fuerza, empuñándolas. Le dolió el esfuerzo resintiendo la debilidad incómoda que sumía sus músculos malacostumbrados al reposo. Bajó las manos y tomó los bordes de la cinta con que se ataba la camisa de entrenamiento. Aquel viejo traje que había traído consigo pero que no había sacado desde que llegó a ese lugar. Tiró de los bordes con fuerza, hasta sentir como apretaba su cintura. Más fuerte, y más, hasta sentirla bien ajustada. El sol estaba sobre su cabeza. El suelo de arenilla en mitad del terreno entre los edificios, a un costado de los juegos, a un costado de los juegos para niños, estaba tan fría que casi se sentía húmeda. A través de los edificios podía ver el inicio del océano y el horizonte, cuando la neblina de la mañana comenzaba a retroceder, pero el aire salado seguía siendo frío, y llegaba inusitadamente hasta la colina donde vivía, como pocas veces sucedía, con fuerza escalofriante que parecía introducirse dentro de su delgada prenda erizándole la piel.

El viento recorrió los pasillos silenciosos, las calles muertas, entró por una ventaba abierta meciendo las cortinas.

Estaba tan frío que sintió la dolorosa realidad. Estaba tan despierto que tembló de angustia, con el estómago revuelto, con la cabeza inquieta, con las lágrimas agolpándose dentro de sus ojos cerrados con terquedad. Por un momento tuvo el deseo de gritar, correr, volver al departamento y esconderse bajo las mantas de su cama para no enfrentarse otra vez a los recuerdos.

Apretó los dientes. El viento sopló con más fuerza. Escuchó el sonido de los motores de dos aviones, muy altos en el cielo, donde apenas podían verse como estrellas de plata dejando una estela.

¡Estaba vivo, estaba despierto, era real!

Abrió los ojos. Él estaba vivo, seguía existiendo, tenía una deuda que pagar por tanta suerte y no lo había comprendido hasta ese momento. Separó las piernas deslizando los pies. Tan real que sintió no solo el frío de la arenilla, sino también como esta lastimaba la piel de sus pies desnudos. Separó los brazos en un movimiento brusco, quejándose al momento, como si hubieran estado tanto tiempo adormecidos que sus huesos sonaron rompiendo el hielo que los había paralizado. Dio un grito de batalla y corrió enfrentándose a la sombra que tenía en su mente.

Los pies giraron levantando arenilla cuando en lugar de un golpe directo se agachó pasando bajo un brazo imaginario, lanzando un codazo directo al cuerpo. Entonces un golpe con la palma ascendiendo buscando el mentón de su imaginario rival. Giró otra vez y le dio con el reverse del puño. Otro giro más y le lanzó una patada al rostro. Se detuvo con el talón. Lo miró, a ese rival que existía únicamente dentro de su mente.

«Si hubieras llegado antes...»

«Me lo debes».

«¡Fue tu culpa!»

«Ella se lo buscó, ella nos provocó».

«¿Era tu mujer, señor

«Capitán Saotome, hemos detectado lecturas inusuales en el radar, estén atentos».

«¡Shampoo está muerta!»

«Ranma, ¡Ranma!, por favor, por nuestro bebé, tienes que reaccionar, tú no eres así, ¡tú no te darías por vencido!»

«Teniente, ¡teniente Saotome! ¿Ha visto a mi hija?, pensé que estaría con usted desde que lo considera un buen amigo... No, no volvió a casa. Quizás haya ido a la playa a buscarlo».

«Ryoga ha sufrido un accidente... Lo siento, Ranma, que te enteres de esta manera, siempre fue tu amigo, y...»

«¿Crees que es lo correcto, hijo, llevar a Akane a un lugar como ese? Aunque estoy feliz porque finalmente hayan decidido casarse, para una mujer puede ser una situación muy difícil vivir en un ambiente tan hostil y cercano a la guerra».

«Ranma, ¡háblame, Ranma!»

«La corte decidirá el caso del teniente Ranma Saotome, por la acusación de asesinato de tres oficiales en la base de instrucción de Okinawa...»

«Capitán, ¡Capitán! ¡En el mar, es esa cosa!... ¿Qué es...? ¿Un submarino? Están de broma, ¿y también es un portaviones?... Maldito invento. De seguro es la nave que derribó a nuestros compañeros en Oyakoba! ¡Es nave es enorme!»

«Ranma, ¿tomaste tus medicamentos?... Espera, ¿qué estás haciendo, pervertido?... No, ahora no. No es gracioso, para ya, no... ¡Ranma, no! ¡Ranma, me estás asustando, detente, no...! ¡Me lastimas!»

«A todos los aviones, dejen el combate y retírense del perímetro en este momento, repito, retírense del perímetro en este momento. ¡Todos los aviones, atrás!... ¡Atención, disparo de ADA detectado, impacto dentro de veinte segundos! ¡Todos deben salir de ahí ahora!»

«Todos ustedes son iguales... ¡Todos los soldados son unos malditos!... Mi hija, mi pobre hija, no... ¡Es tu culpa!»

«Ranma... ¿Por qué...? ¿Por qué tú... me...? No... ¡No!, no fue tu culpa, no, no llores, calma, que no ha sido tu culpa, lo sé. No estás bien, lo comprendo, no eres tú... Ranma, no llores, te perdono, ¡por favor, no te hagas más daño! Soy tu esposa, no voy a dejarte solo. ¡Deja de lastimarte!»

«¿Qué sucede, señor? ¿Por qué esa cara, es que le importaba esa chiquilla?... ¡Mierda, no! ¡No!... ¡Qué esperas, dispárale!»

«Teniente... ya, ya me enteré de todo lo que sucedió. Perdóneme por lo que le dije antes, usted no era culpable de lo que ellos le hicieron. Y le doy las gracias por... por haber vengado a mi hija. Ella... estará bien, es solo una niña, pero no la abandonaremos».

«Le han dado al capitán... ¡Capitán, responda! ¡Capitán!... ¡Capitán!... ¡Saotome, por los mil demonios, expúlsate!»

«Ranma..., ¿es verdad?... Espera, espera que no te he respondido, tonto, deja de sacar conclusiones... ¿Yo qué?, pero si eres tú el que siempre... No, esto es ridículo. ¡Guarda silencio y escúchame de una buena vez! ¡Acepto!... Sí, acepto... Acepto... ¡Claro que acepto casarme contigo, bobo!»

«La corte marcial ha determinado que el actuar del teniente Saotome ha sido justificado, en defensa de su vida, y de la vida de una civil menor de edad, exonerándolo de todos los cargos por asesinato y uso de su arma de servicio...»

«Felicidades por tu ascenso, mi bobo capitán Saotome. Es increíble, recién casados y apenas llegando a Misawa, y ya soy la esposa de un capitán. Debes reconocerlo, Ranma, te traigo suerte».

«Capitán Ranma Saotome, estos son los miembros de su escuadrón, Las alas de Misawa. Sí, todos son novatos, al igual que usted, con cero experiencia en el campo de batalla. No creo que deba explicarle lo sucedido con todos los miembros del anterior escuadrón. Fue una desgracia lo sucedido en Oyakoba, ¿pero cómo podríamos imaginar que el enemigo inventaría un arma semejante? Ahora nos encontramos en desventaja y desesperados, seré honesto con usted y su grupo, pero...»

«¡Ranma! ¿Por qué demoraste tanto, dónde estabas? Llamé a la base, no me dieron ninguna respuesta de donde te encontrabas... ¿Estuviste en un combate real? ¿De verdad, tuviste un enfrentamiento con el enemigo?... Oh... ¡Ranma, estás congelado!»

«Hermano mayor, eh... ¿tienes una novia esperándote en Tokio?... ¿Qué? ¿Una prometida?... Ah... No, qué desperdicio, y yo que me estaba haciendo ilusiones de ser tu novia... ¡¿C-Cómo que no te meterías con una cría?! ¿Quién es la cría? ¡Para que sepas, Ranma, el próximo año comienzo la preparatoria!... Deja de reírte, ¡tonto, tú te lo pierdes!»

«No es feo el departamento, solo le falta un pequeño toque femenino. Cambiaremos las cortinas y si conseguimos una mesa de centro nueva, quedaría perfecto. Oh, y también una pintura nueva, es increíble que las paredes de la alcoba hayan quedado sin pintar. ¿Rosado estaría bien? ¡No me mires así, que estoy bromeando! También necesitaremos unos floreros, ¿y si en esta pared colgamos las fotografías? ¿Cómo que cuáles fotografías? Las de nuestra boda, por supuesto, bobo. Quizás tengamos que cambiar el horrible decorado de la cocina. ¿Y podríamos deshacernos de esa lámpara? Me provoca escalofríos...»

«Hermano mayor, ¿de verdad me parezco a tu prometida de Tokio? ¿Entonces soy tan bonita como ella?... ¡Cómo! ¿A quién le dijiste violenta, bruta y con cuerpo de tonel?... ¡Hermano mayor tonto, vuelve aquí, no huyas!»

«Ranma, esto es un milagro... Estás vivo. ¡Estás vivo!... Y yo... Ranma, yo...»

Ranma Saotome se impulsó dando giro en el aire, para estirar la pierna cortando el aire con una feroz patada que hizo zumbar su viejo traje de entrenamiento. Al caer fue preciso, agazapándose siempre en guardia, jadeando. El cuerpo lo tenía caliente ahora, y el rostro bañado en sudor. Se irguió, volvió a prepararse, y se arrojó otra vez en una serie de golpes furiosos, cada uno más enérgico que el anterior, jadeando. Dio grito de guerra lanzándose contra las sombras que lo rodeaban.

«Ranma, yo... estoy embarazada. ¡Seremos padres!»

En el pasillo frente a la puerta del departamento de los Saotome, Misao Kawachi lo observaba con los brazos apoyados en el balcón de concreto ligeramente recostada, descansando el peso del cuerpo, cansada tras haber pasado la noche en vela. Lo veía rugir, golpear el aire como si quisiera destrozar una de esas paredes grises que lo rodeaban, lanzar patadas con la velocidad de una maniobra en vuelo. Ella parpadeó, su rostro no expreso alegría ni molestia. A pesar del gélido aire de la mañana se encontraba descalza, apenas vistiendo una vieja camiseta estampada con el emblema de un grupo de rock, amplia y que le quedaba larga como si fuera un camisón corto alrededor del inicio de los muslos. El cabello largo lo llevaba desarreglado, tampoco se había peinado, ni siquiera lavado el rostro. Solo estaba allí observándolo con sus ojos enrojecidos y ojerosos, como si él fuera una curiosidad.

Estiró el cuerpo y los brazos por encima de la cabeza con mucho relajo, suspirando con placer, y tembló resintiendo el frío cuando otra fuerte brisa sacudió su cabello y el borde de su camiseta. Relamiéndose los labios secos con desagrado regresó al departamento, lentamente, cojeando un poco por culpa del dolor de sus caderas y sus piernas maltratadas, y de todo el resto de su cuerpo que se quejaba con cada movimiento. Sobándose los brazos desnudos donde se veían algunas marcas de rasguños y moretones. Se enderezó los anteojos. Todavía tenía que preparar el desayuno. Luego debía arreglar su maleta con el poco cambio de ropa y sus cosas que se había traído, e irse de ese departamento antes que él se lo pidiera. Tenía orgullo, no necesitaba ser corrida de donde nunca había sido invitada.

Lo sabía desde el principio que ese no era su lugar, pero por alguna razón se sentía diferente, más valiente, no menos triste ni dolida, pero sí ligera como el aire de esa mañana. Lo que sucedió esa noche únicamente ella lo recordaría. Había llegado la hora de despertar a la realidad y reconocer que el pasado jamás regresaría. Ya no había motivos para seguir atada al dolor. Al verlo a él, se había reconoció a sí misma, avergonzándose de su propia cobardía.

Pero no llamaría a Akane para hacerla saber las buenas noticias de la recuperación de su marido. Él debía encargarse ahora, era el problema de esos dos arreglar sus asuntos, pues ella no era más que un eco que debía desaparecer. Además, Misao se sentía demasiado avergonzada todavía como para poder encarar a Akane.

Ranma lanzó un último golpe y la debilidad de su cuerpo terminó por afectarlo, perdiendo el equilibrio. Cayó sobre sus rodillas con las manos extendidas en el suelo. Jadeaba al límite de sus fuerzas y un pequeño charco de sudor se formó ante sus ojos. Levantó el cuerpo parado sobre las rodillas, se pasó la manga por el cuello bajo el mentón. Todavía le costaba respirar, su pecho agitado subía y bajaba furiosamente bajo la camisa de su vieja camisa gris de entrenamiento. Alzó el rostro perdiéndose sus ojos en el cielo. Escuchó otra vez el sonido de los aviones que sobrevolaban la zona. Bajó el rostro y todavía de rodillas se miró ambas manos extendiéndolas delante de su cuerpo. Las observó por un buen rato hasta que su respiración se hubo calmado. Las cerró con fuerza empuñándolas, y volvió a mirar el cielo.

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El general Abe tenía las manos cruzadas tras la espalda. Su figura era recia y la mirada directa traspasaba la ventana, perdida en un punto fijo que parecía estar más allá del horizonte, por encima de los aviones y la pista que se extendía a los pies del edificio donde se encontraba su despacho. Frente al escritorio el joven hombre se mantenía erguido y firme observándolo, a pesar de la delgadez para nada saludable que todavía acusaban los malos días que debió haber padecido. El general estaba al tanto de todo, había seguido su situación de cerca y consultado en más de una oportunidad con el sargento y psicólogo de la base que lo estaba tratado.

Volvió a observar al muchacho, porque para él no era más que un niño en comparación. ¿Qué importaba si estaba casado, o había experimentado la muerte en vida?, no era más que un crío en comparación a todo lo que un hombre de su edad y rango había vivido. Y a pesar de todo lo compadeció. Suspiró pesadamente.

Una vida de aburrida paz, ¿habría sido mucho pedir? Al final de su carrera y poco antes de su retiro la peor de las pesadillas se había hecho realidad en forma de una estúpida e inesperada guerra. El trabajo de los políticos era impedir que él hiciera el suyo; ¡fracasados, todos eran unos mentecatos que se comían el dinero de los contribuyentes y se bebían sus esperanzas de futuro a cambio de nada! Cuando debieron actuar, se escondieron bajo la mesa y taparon sus oídos para no escuchar el llanto de las madres que perdían a sus hijos, de las esposas a las que dejaban viudas, de los bebés a los que dejarían huérfanos. Otros tiempos hubieron con auténticos hombres que abogaron por la paz, y no por sus estúpidas vanidades. Lamentablemente todo era parte de un ciclo lleno de vicios y tan antiguo como la historia misma: la paz traía el olvido, el olvido la estupidez, y luego la guerra. Y si salían vivos de ese conflicto, los sobrevivientes serían hombres y mujeres sensatos, templados por el dolor, hombres y mujeres de auténtica paz que lucharían para defenderla... Hasta que volvieran a aparecer los acomodados, gordos y vanidosos estúpidos de siempre. Un día el ciclo se rompería, esperaba que fuera en el momento que todavía quedara un ser humano sobre ese pequeño mundo.

—Saotome, ¿sabes lo que me estás pidiendo?

—Sí, señor, lo sé.

El general Abe se relamió los labios.

—Tu médico no me dice lo mismo.

—Él no sabe nada sobre volar aviones.

—Pero sabe sobre la cabeza de quienes los vuelan.

—Es mi cabeza, no la de él.

—Tan estúpidamente arrogante —el general volvió caminando al escritorio y se sentó—. Puedes sentarte también.

—No es necesario, señor.

El general alzó una ceja ante la porfía de ese muchacho.

—Tengo tu informe aquí —abrió la carpeta—, recuerdo que cuando llegaste pasamos por esto mismo. Dime algo, Saotome, ¿recuerdas nuestra charla?

—Un poco, señor... No, en realidad no mucho —confesó torpemente, perdiendo por un momento la seguridad.

—¡Qué soldado! Bien, si mal no recuerdas, cuestioné lo sucedido durante tu instrucción en Okinawa. Todo el asunto fue sepultado bajo secreto de sumario; pero lo sé, todo lo que sucedió allí en detalle. Esa vez te pregunté algo y tú me respondiste con evasivas —se inclinó sobre el escritorio cruzando los dedos con confianza—. Lo que pasó con esos tres malditos a los que les disparaste, respóndeme Saotome, todavía tengo curiosidad por ello, ¿realmente fue en defensa propia?

El rostro de Ranma se endureció. Sus ojos vibraron y su mano tembló debiendo empuñarla para mantener el control. Si revelaba tan solo un poco lo mucho que todavía se sentía afectado por aquello, el general Abe no le permitiría volver a su puesto. Sin embargo, más rápidos fueron los recuerdos, los mismos que se había empeñado en bloquear desde que regresó a Nerima poco antes de casarse con Akane. Había querido ser feliz, deseó olvidarlo todo, pero la guerra misma se encargó de revivir todas sus pesadillas y agregar unas cuantas más. La culpa, el miedo, el dolor, todo se juntaba en ese momento en que sintió la espalda húmeda y una gota de sudor recorrerla por el centro bajo la camisa y la camiseta.

Ese día una parte de él había muerto para siempre. Recordó con claridad lo sucedido. Gritos y disparos. Un hombre a sus pies suplicando con el rostro cubierto de lágrimas y mocos. Otros dos cuerpos destrozados, con las extremidades dobladas de manera espantosa y los rostros hundidos en su propia sangre.

Y él tenía la pistola en la mano.

Recordó como un rato después salió de la caseta y se sentó en el borde de tablas con los pies en la arena, a un lado de esa niña que lo había esperado en silencio. Ella tenía el rostro inclinado, ya no reía, tampoco bromeaba como solía hacerlo. Intentaba con porfía acurrucarse con la camisa militar que Ranma le había pasado para tapar su lastimada desnudez. Y él, en pantalones de combate y cubierto su torso apenas con la ajustada camiseta, descansó los brazos sobre las piernas con el arma todavía caliente entre los dedos. Escuchó un gimoteó, al mirarla la encontró con el rostro perdido en la arena, derramando lágrimas como si no entendiera que lloraba, como si hubiera olvidado quién era ella. Y entonces lloró, lloró a gritos, lloró tan fuerte que podrían haberla escuchado del otro lado del océano. Él tuvo deseos de tocarla, de poner su mano sobre la cabeza de esa niña y volver el tiempo atrás cuando todavía era una juguetona y alegre chiquilla que no sabía que en el mundo se podía provocar tanto daño. Pero no lo hizo, retrocedió la mano asustado, inclinó el rostro y se quedó en silencio escuchándola llorar cada vez más fuerte, cada vez más desesperada.

Apretó los dientes, no podía dejarse llevar por las imágenes. Estaba ante el general Abe y debía responderle.

—Fue en defensa propia, señor —respondió con fría seguridad, a pesar que la mentira doliera como si con un acero estuviera cortándose un trozo de su propia alma.

Los ojos de ambos hombres se encontraron. Abe sonrió.

—Capitán Saotome, yo podría en este preciso momento firmar una orden para excusarlo de sus deberes, además de recibir una decente pensión de por vida por causa de sus heridas de combate. Volvería a su hogar en Nerima donde seguro lo espera su joven mujer y su familia, y en calidad de héroe por su notable servicio a la nación. Dígame, no lo comprendo, ¿por qué quiere volver a ese maldito infierno?

Ranma lo pensó un momento. Luego lo volvió a mirar a los ojos y relajando su postura alzó ambas manos por delante de su cuerpo mostrándoselas al general.

—Señor, he sido entrenado desde que tengo memoria como un maestro en las artes marciales, para convertirme en el heredero del estilo de mi familia. De no haber comenzado la guerra podría haberme hecho cargo del dojo de mi esposa.

—Lo sé, está en su informe.

El joven asintió. Empuñó ambas manos con fuerza. La imagen de un Mouse desquiciado, gritándole, con el corazón destruido, lo lastimó, y a la vez reafirmó su determinación.

—Pero estos puños, señor, no pueden detener una bomba. Estos puños no me sirven para protegerla... digo, para protegerlos a todos.

El general Abe se mostró satisfecho. La espada estaba bien afilada y más lista que nunca. ¿Qué era un soldado sino un arma dispuesta para matar? La única manera en que ellos sabían proteger, era atacar primero y destruir la amenaza antes que esta se hiciera efectiva. Ranma estaba preparado ya, finalmente él lo había comprendido, que la culpa y el dolor era algo con lo que tendría que vivir si estaba dispuesto a ganar la fuerza necesaria para proteger a los que amaba durante una guerra. ¿Ese muchacho vendería su alma? Realmente debía amar a su esposa y su familia, si deseaba volver al lugar del que había escapado con tanta suerte. Descartó el documento de la carpeta con el perfil psicológico del joven capitán, donde decía que no estaba apto para volver a pilotear un avión de combate, la cerró y guardón dentro de una gaveta.

—Bienvenido de regreso a Las Alas de Misawa, capitán Saotome. Su escuadrón lo ha estado esperando todo este tiempo.

—Gracias, señor.

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Ranma se paseó con las manos en los bolsillos delante del teléfono público, el único que se encontraba en la entrada del edificio, pues las líneas de los departamentos ya no funcionaban. El conserje levantaba los ojos del periódico únicamente para mirarlo con curiosidad. Entonces el joven asintió decidido. Se acercó al teléfono, tomó el auricular, metió una moneda y esperó moviendo los pies con impaciencia.

—¡Akane!... ¡Ah, no Kasumi, lo siento!... Sí...Sí, soy yo. ¿Qué, ya es de madrugada? —el muy torpe, con el tiempo que perdió delante del teléfono, no había estado atento a la hora—. Sí, lo siento, no me fijé que era tan tarde. ¿Está Akane? No, no la molestes, es mejor que duerma en su estado y... ¡Kasumi, espera!, no quiero que... —Ranma bajó la voz murmurando derrotado— la molestes.

Escuchó unas voces. Luego que alguien corría y tomaba el auricular. Entonces escuchó su suave respiración y la reconoció. Fue como si la tuviera a su lado susurrándole al oído con tímida ternura.

«Hola...»

Escuchó la voz de Akane, tan real que creería volver a enloquecer pero de alegría, como si hubieran pasado cien años desde la última vez. Sus ojos se cristalizaron. Se pasó la mano por la nariz para evitar que la emoción lo avergonzara, suspirando con fuerza. Él era un hombre, no se podía permitir llorar como una niña, no en público. Apoyó la mano en la pared. Suspiró de nuevo, otra vez, pesadamente intentando controlar las emociones que hacían temblar todo su cuerpo y más sus labios y manos. Y le fue imposible contenerse por más tiempo.

—¡Akane, boba, qué demonios estás haciendo levantada tan tarde! ¿No te das cuenta que estás embarazada? ¡Eres una torpe!, ¿y si llegaras a enfermar o...? ¡No!, no, espera, no quería decirte eso, yo... yo... —se pasó la mano otra vez por la nariz y el rostro, humedeciéndose la palma—. L-Lo siento, Akane, yo... lo siento —apoyó el codo en la pared y luego la frente, casi abrazándose al teléfono—. Lo siento, yo... lo siento... yo... digo que... no... —se sonrió estúpidamente, ¿o lloraba? No podía distinguir la diferencia cuando gimoteó con fuerza tragándose el aire del mundo entero, y exhaló intentando controlarse—. Ah..., Akane, ¿y... cómo estás?

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Fin por ahora

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Notas del autor: Lo siento, no habrá notas. Estoy realmente agotado de haber escrito un capítulo que me ha costado enormes esfuerzos emocionales. Espero no haber ofendido a nadie y, sí, cualquier cosa podría suceder desde ahora. Gracias por sus apoyos, como siempre, me llenan de fuerza para seguir experimentando con esto tan divertido llamado escritura. Quedan dos capítulos, pero no serán largos, pues este era el episodio crítico. Los otros, bien, ya veremos. Gracias por todo y espero lo hayan... eh.. ¿disfrutado?

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Noham Theonaus.-