Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi.
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ALAS DE MISAWA
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¡Duelo!
- Parte 2 -
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Hanako Momoi era una mujer feroz.
A las puertas de un edificio, dentro de las instalaciones del cuartel general de las Fuerzas de Autodefensa de Japón en Nerima, Tokio, dos soldados se irguieron presentando sus armas en un marcial y respetoso saludo. Ella siquiera les prestó atención, pero gruñó al notar con una directa y obvia mirada, el cuello arrugado del uniforme de uno de los soldados. Tras entrar la mujer, el otro soldado le dio un codazo a su compañero regañándolo con un gesto, y el aludido se encogió de hombros acomodándose la ropa.
El historial de Momoi era intachable, como cortado con una espada. Desde la preparatoria hasta los largos años en los que sirvió en las fuerzas, y tanto más en la universidad, siempre destacó por sus logros estudiantiles y disciplina. Su mirada directa de ojos profundos bajo los parpados caídos parecía captarlo todo. Vestía el uniforme formal o «de salida» de la Fuerza Aérea de Autodefensa de Japón, o JASDF, compuesto por un una ajustada falda azul y una chaqueta del tono cerrada sobre la blusa blanca, con un broche metálico en forma de alas plateadas, y brillantes jinetas sobre los hombros. Los zapatos negros de taco alto resonaban con la misma fuerza y ritmo que las botas de los soldados. La pequeña gorra coronaba la cabeza de cabello oscuro y trazos grises, que recogía en un ajustado moño. Y sobre la frente se curvaba un mechón blanco y vistoso que llevaba con orgullo.
Hanako se reía de las mujeres que se teñían el cabello al llegar a su edad, o de las más jóvenes que lo hacían para aparentar ser lo que nunca serían. La fuerza y el orgullo auténticos no existían en los adornos. A pesar de tener poco más de cincuenta años, lucía su uniforme con la esbelta firmeza y energía de una joven con la mitad de su edad. Muchos hablaban a sus espaldas, que de haber nacido hombre ya hubiese sido nombrada general. Sin embargo, ella jamás se quejó por las injusticias del poder y la discriminación a la que todavía podían ser víctimas las mujeres dentro del frío mundo en el que vivía. Se detuvo esperando el elevador, miró hacia un costado del pasillo y varios soldados, hombres y mujeres que la espiaban desde sus puestos administrativos, la evitaron asustados como si ella, con su severo silencio, les hubiera ordenado volver al trabajo.
El nuevo pasillo ya no estaba alfombrado, los muros de concreto sólido y pulido estaban sin pintar. La seguridad en ese lugar parecía ser más fuerte, con cámaras de vigilancia cada pocos metros y soldados armados haciendo guardia en las puertas. Intercambió saludos y algunas formalidades con los oficiales a cargo del puesto de seguridad que cortaba la entrada a la siguiente sección. Le permitieron entonces cruzar bajo el arco metálico detector de metales, su maletín pasó por una cinta automática a su costado. Sin ningún contratiempo ella cogió su maletín y continuó.
Vestía guantes, un gesto de formalidad innecesario pero que en ella era una señal inequívoca de necesaria distancia. Sostenía su maletín delgado, cuadrado y de rígido cuero negro, apretado bajo el brazo, no como otras mujeres cargarían con descuido una cartera, sino en su caso como si fuera un poderoso fusil de asalto.
Al continuar por el frío pasillo de luces blancas, pronto las puertas cambiaron por barrotes. Se detuvo ante una de las celdas en particular. Dos soldados la custodiaban. Saludaron marcialmente a la señora y se apartaron abriendo la celda. Hanako Momoi ingresó deteniéndose en el centro de la celda y la observó detenidamente con gesto crítico. Estaba limpia, con un lavamanos y un baño, además de una litera colgada de la pared. Esperó. Tras unos largos minutos de silencio su rostro sereno mutó en un gesto de impaciencia, acentuando las arrugas en la comisura de sus labios. Tosió forzosamente.
El prisionero se movió perezosamente, pues dormitaba con la espalda contra la pared y las manos tras la cabeza. Usaba un overol de color anaranjado, desabotonado en el pecho mostrando el inicio de la camiseta blanca. Se irguió lentamente, pasándose la mano por detrás de su cuello adolorido. Bostezó con fuerza sin taparse la boca. El cabello oscuro y largo lo tenía desordenado, tomado en coleta lisa que caía por delante de uno de sus hombros.
—¿Qué quieren ahora? —reclamó con lágrimas de pereza mirando a la mujer.
—Coronel Hanako Momoi —se presentó la mujer sin perder la calma ni la estricta disciplina, a pesar que ese joven hombre ya la había descolocado un poco con sus malas maneras—, enviada por el departamento de asuntos judiciales, atendiendo a la solicitud hecha por usted, a través del cuerpo de logística, específicamente de la oficina de bienestar de personal, para cumplir con la disposición legal de ser su defensora, durante el proceso que ha de realizarse en su contra, capitán Saotome.
Ranma Saotome detuvo su segundo bostezo a la mitad, y confundido miró a la mujer cerrando bruscamente la boca.
—¿Coronel?
—Así es, «capitán» Saotome.
—Demonios… —al momento Ranma despertó del todo y se paró de un rápido salto irguiéndose cómicamente, con la mano en alto dando un enérgico grito—. ¡Señor!
—¿Señor? —Momoi alzó una ceja.
—Digo, ¡señora!
—Mucho mejor —sin alterarse pasó por delante de Ranma, y se sentó en el borde de la litera con el cuerpo erguido cruzando las piernas con elegancia. Abrió el maletín y sacó una carpeta traslúcida con una gran cantidad de documentos—. No me gusta perder el tiempo, capitán Saotome. Si quiere que su defensa esté preparada debe ser honesto conmigo, debe ser directo y, más que todo, debe confiar en mí. Si puede hacer estas tres cosas, formaremos un gran equipo. Si no es así, le ruego me informe desde ya para no desperdiciar su tiempo ni el mío, y retirarme encomendando a alguien más que tenga cualidades más afines con su caso y su persona. ¿Está de acuerdo?
Ranma asintió.
—Por favor, le ruego que no esté tan nervioso. Siéntese por favor.
—No es necesario...
—¡Siéntese!
Ranma se sentó en la otra esquina de la litera. Hanako Momoi lo observó y suspiró. ¿Qué era ella, la encargada de una guardería infantil?
—Más cerca, capitán, no es necesario que actúe con tantas formalidades. ¿O es que me teme?
—S-Sí, digo no, ¡yo no le temo a nada!..., eh, señora —terminó con un relajado movimiento de mano sobre su frente como si parodiara otra vez el saludo militar.
Hanako se sintió confundida y a la vez molesta con ese joven tan poco serio.
—Me sorprende que esté tan calmado, capitán Saotome —acomodó las hojas entre sus manos, y luego sacó del maletín unos anteojos que sostuvo con los dedos delante de sus ojos, moviéndolos como si estuviera releyendo la información por encima—…, a pesar de los graves cargos en su contra: desobedecer una orden directa, desertar del frente de batalla, robar costoso armamento de guerra, abrir fuego sobre una zona civil sin autorización alguna (sin contar que hablamos de la mismísima bahía de Tokio), incitar el amotinamiento de su escuadrón y, lo que es peor, que sus órdenes directas provocaron la muerte de tres de sus hombres. ¿Usted sabe lo que sucede con todo esto? No me extraña que se encuentre bajo custodia con medidas de alta seguridad.
—Lo sé —Ranma se rascó la cabeza desordenándose el cabello—. Pero en realidad tanta exageración es porque soy un experto en artes marciales y, si quisiera, podría desarmar a los dos guardias que están del otro lado de la reja... Ah, claro, la reja. Pues esa es más sencilla. No parecen los soportes muy fuertes, con un simple golpe...
—Capitán, le ruego que no bromee.
—No estoy bromeando —respondió enfadado de que no le creyera. No así los soldados que guardaban la celda, los que se miraron entre sí por un momento con miedo—. Dijo que debía ser honesto, eso hago.
Ranma se relajó de nuevo apoyándose en la pared con las manos tras la cabeza.
—Capitán, insisto en que no se burle de mí. ¿Es que no se da cuenta que su vida está en riesgo? A lo menos la mitad de los cargos ya le valen para una condena por alta traición.
—Me pudriré en una cárcel, ya me lo dijeron.
—No, capitán, no. Nos encontramos en una guerra, en estado de excepción, bajo leyes especiales que limitan los derechos ciudadanos, so pretexto de guardar la seguridad interna de la nación. Y usted siquiera es considerado un ciudadano, pues es un soldado y se rige bajo una corte marcial. ¿Sabe lo que significa ser declarado traidor durante una guerra?
—Lo sé, lo sé, no tiene que repetírmelo. Qué desagradable —a pesar de su tono de enfado tan infantil, sus ojos se entreabrieron perdidos en el vacío.
—Pena capital —dijo Hanako Momoi—. Lo ejecutarán.
«Es una orden, Saotome, ¿está escuchando? ¡Es una orden, regrese ahora, su escuadrón debe volver a la formación!... ¡Es una condenada orden, por todos los demonios, lo mandaré a ejecutar si no obedece!...»
—Así que ese maldito hablaba en serio —murmuró Ranma, cabizbajo, revelando su auténtico temor, apoyando los codos en las piernas al inclinar el cuerpo.
—No todo está perdido. A pesar que en una situación como la suya no podríamos esperar un juicio justo.
—¿No? —preguntó Ranma, sorprendido y asustado—, ¿y por qué no sería justo?
—Jamás, menos en una guerra, y además siendo acusado por «ese almirante en jefe» que parece tenerle un odio particular por haber arruinado toda su gran operación que ha costado billones de yenes.
—Yo no hice eso.
—Pero su deserción provocó caos en las demás fuerzas haciendo imposible seguir con el plan de ataque, pues se formó un altercado entre las filas y una rotura espantosa de la cadena de mando, entre quienes obedecían y los quisieron seguirlo a usted y regresar. El problema es mucho más grave de lo que parece, pues se ha formado un quiebre en la confianza dentro de las fuerzas y se temen más casos de insurrección, en especial desde que se sabe que la guerra no va por buen camino gracias a las pésimas decisiones del alto mando, y al descontento popular que tiene en tela de juicio al primer ministro y al parlamento. Y el almirante se ha tomado este caso como un asunto personal, creyendo que su remoción del escenario podría volver a estabilizar las aguas, como una acción disuasiva al demostrar tener la autoridad suficiente para mandar a ejecutar a un renombrado héroe.
—¿Así que ahora soy un héroe? —sonrió ufano.
—Estamos en una guerra —continuó Hanako Momoi, impaciente—, ya se lo he explicado, y hay quienes abusan de su autoridad moviendo sus influencias. Una corte marcial jamás será imparcial. Sin embargo, se encuentran de manos atadas y quizás exista una posibilidad de que este juicio sí sea a lo menos justo.
—¿Por qué?
—Parece ser que se ha filtrado información sobre usted y sus hombres a los medios, rompiendo la estricta barrera que el círculo del almirante había intentado levantar sobre su caso. No por nada «Las Alas de Misawa» ahora poseen un estatus de héroes nacionales. No es fácil mandar a ejecutar a un héroe aunque se lo planee, y el alto mando se encuentra nervioso ahora por la situación. En este momento hay masas de ciudadanos manifestándose pacíficamente frente al edificio gubernamental en Shinjuku. Y hay un grupo no menos pequeño con pancartas frente a los cuarteles aquí en Nerima, siendo ambos movimientos cubiertos por los medios. El primer ministro en este momento está haciendo preguntas al alto mando. Las cosas podrían ponerse interesantes si se llegara a difundir que los rumores son bastante ciertos.
—¿Qué rumores?
—Los que dicen que Las Alas de Misawa, tras desobedecer la orden directa de no abandonar la formación principal, en ese ataque coordinado a una isla remota del pacífico que a nadie le importa, fueron la única fuerza aérea que estuvo disponible para defender a la ciudad de Tokio de un bombardeo inesperado. Los medios no se cansan de repetir lo que debió ser un secreto con detalles casi novelescos: de como apenas un pequeño escuadrón voló por el pacífico a toda potencia, y con el combustible al límite y un arsenal reducido, se cruzaron de manera suicida como la única defensa de la bahía de Tokio contra un número a lo menos diez veces mayor de aeronaves y bombarderos, consiguiendo repelerlos. Créame que sus compañeros fallecidos ya son velados como héroes, aunque las fuerzas no lo hayan reconocido de manera oficial. Y aunque no hayan recibido los honores merecidos, la cantidad de gente que sigue homenajeando sus restos mortales vale mucho más que cualquier acción del gobierno. También están las dudas que alimentan el rencor de la gente; ¿una fuerza aérea tan numerosa y preparada cruzando nuestras fronteras sin que se hayan dado avisos de alarma, y más frente a la capital? Es más que razón suficiente para levantar sospechas.
—Espere un momento, «coronel», si eso es verdad, ¿por qué debo confiar en un abogado que ellos me enviaron?
—Vaya, vaya, capitán, no es tan idiota como me lo imaginaba al principio.
—¡Hey...!
—Cuidado. Recuerde mi rango y también edad, capitán.
Ranma cerró la boca, apretó los labios y cruzó los brazos gruñendo.
—Pues, por tres razones. Seré directa con usted como también le pedí que fuera conmigo: primero, odio las injusticias, me he preparado toda la vida para defender la justicia y no permitiré que ahora un sistema corrupto empañe años de labor; segundo, conozco al almirante Yamato muy bien a mi pesar, y es el tipo de hombre que valora la utilidad de una mujer en las fuerzas únicamente para servir el café o calentar las camas del alto mando durante las noches, son unos cerdos que no merecen lealtad alguna; y tercero —Hanako se detuvo un momento, mirando a Ranma con un afecto maternal que hasta ese momento en su marcialidad se había prohibido—, mi hija, su esposo y mis nietos, viven en la bahía de Tokio.
—Ah...
—Así es. Para mí es una deuda más grande que el honor y la gratitud el poder defenderlo, capitán, y no permitiría que otro lo representara, pues ninguno lo va a hacer con la seriedad debida. Incluso, me temo, que cualquier otro podría traicionarlo según como está la situación en estos momentos.
—No puedo creerlo… ¿De verdad estoy metido en todo eso? Ni siquiera me lo hubiera imaginado.
Hanako Momoi tampoco. La mujer creía imposible el que ese joven hombre, todavía un muchacho con el rango de capitán, pudiera ser el centro de tan nefasta batalla. Sin embargo, sus acciones y pureza de espíritu sí que lo hacían merecedor de halagos. Deseó que sus nietos crecieran tan inocentes y a la vez valientes como ese hombre. Tosió intentando enfocarse en el caso.
—Necesito capitán que sea muy detallista con su versión de los hechos. No se nos debe escapar nada. Si existe suficiente presión podremos tener a un juez imparcial, e incluso demostrar que sus actos salvaron la vida de miles de civiles en Tokio. Porque los argumentos esgrimidos de fondo en su acusación, desafortunadamente, son todos ciertos... o medianamente ciertos.
Ranma se rascó la cabeza, esa mujer tenía razón. Después de todo sí había dado una orden directa a sus hombres de abandonar a la fuerza principal de ataque y regresar a Tokio, desafiando las órdenes del comandante de toda la operación, el almirante Yamato.
—¿Pero cómo fue posible que un simple capitán se enterara de un ataque enemigo a gran escala a Tokio?
«Saotome..., ¿me oyes? Este es un canal privado, espero que puedas mantener el resto de los canales cerrados. Debo informarte de una situación inesperada... Sé que te pido mucho, esto no es oficial, muchacho, ¡pero solo ustedes pueden hacer algo, no hay más tiempo!»
—No puedo decirlo —respondió.
—Pensé qué seríamos honestos uno con el otro, capitán.
—Lo estoy siendo y por eso no voy a mentir, señora; no puedo decírselo —Ranma con los ojos clavados en el piso, no por temor, sino por respeto para que ella no notara su mirada desafiante.
—Ya veo... El alto mando no tiene la lealtad de todos los generales, y muchos poseen sus propias fuentes de información extraoficial. Comprendo que quiera proteger a su contacto, capitán, incluso sería conveniente no exponer a quienes puedan relevar al alto mando más adelante. Porque de hacerlo, ellos podrían acabar con el nombre de esos postulantes antes que amenacen su poder. Ya se lo dije, existe una crisis inmensa en el interior de las fuerzas, y una facción ya no está de acuerdo con el alto mando. El primero ministro es débil, no ha sido más que un títere, útil a los intereses de los que están al mando de las fuerzas desde que comenzó la guerra. Puedo ahora comprender un poco mejor el escenario, un juicio por insurrección es lo menos de lo que deberíamos preocuparnos. Debo ser honesta: lo acusarán de ser un espía, de haber recibido información del enemigo sobre el «supuesto ataque» para sabotear «la grandiosa» operación del almirante Yamato, y todo lo referente al ataque a la bahía de Tokio lo intentarán mostrar como parte de una maquinación, una cuartada que usted, capitán, organizando trabajando para el enemigo. Será condenado por traición.
—¿Yo qué...? ¡¿Un espía?!
—Se convertirá en el chivo expiatorio perfecto para los intereses del gobierno, a la vez que podrán acabar con su reputación. La única salida a este riesgo es revelar sus fuentes.
—Lo siento, de verdad, pero no puedo hacerlo —Ranma insistió con la frente en alto.
—No tema, lo comprendo —Hanako sonrió—. Le confieso que su determinación no me molesta; por el contrario, me enorgullece. Me gusta que sea un hombre de honor hasta el final. Pero no nos rindamos, debemos encontrar una manera de demostrar su inocencia, o a lo menos para que sus acciones no sean consideradas como un acto de traición. Además, sus hombres creen en usted.
—¿Pudo hablar con ellos? ¿Están bien?... A mí no me lo han permitido.
—Sí, no tema, lo están. Es normal que en estos casos quieran impedir que usted se ponga en contacto con los miembros de su escuadrón, para así impedir algún plan de su parte. Y debo decir que es un grupo muy... oh... pues… particular.
—¿Particular?
Hanako Momoi, a pesar de su edad y experiencia en las Fuerzas, enrojeció un poco contrariada al recordar sus anteriores reuniones con los miembros del escuadrón de Ranma.
—Uno de ellos se echó a llorar en mi falda, dijo que no tenía una madre y quería que actuara como una para consolarlo. Extraño viniendo de un hombre tan alto y en apariencia tan rudo.
—Ya veo —Ranma torció los labios, sabía de quién hablaba.
—Otro me preguntó si esto lo haría famoso.
—Puedo adivinar quién era.
—Y ese joven que... —Momoi tosió con dificultad—, pues, uno de sus hombres me pidió que tuviéramos «una cita», en un lugar poco apropiado del cuartel, si puedo decirlo de una manera... decente —enrojeció como una adolescente evitando mirar al capitán, enrizándosele uno de sus correctos mechones.
—¿Qué?... ¡Ah! ¡Fue Kento!
—Pues no lo encuentro divertido, capitán, que le hagan esa clase de bromas a una superior, y más a una mujer como yo que bien podría ser su madre.
—¿Broma?...No, no, no. No lo entiende. Kento no debió estar bromeando si él le dijo que... ah... bueno... lo que sea que le haya dicho —Ranma sonrojó, no sabiendo si reírse o lamentarlo por ella.
—¿No?
—Bien, no sé cómo explicarlo. Kento tiene unos gustos… Una especie de fetiche que… Digo, que prefiere a las mujeres... —iba a decir «viejas», pero al darse cuenta que la coronel Momoi lo amenazaba con la mirada, escogió rápido otra palabra—, quiero decir que Kento tiene una fascinación por las mujeres más… eh… ¿«maduras»?
—¡Oh! ¿Es eso verdad?... ¡Haberlo sabido antes! —Hanako Momoi Irguió el cuerpo y se ordenó el cabello con un coqueto movimiento de manos, cosa que sorprendió a Ranma y le provocó espanto—. Y yo que creía que ese vigoroso muchacho solo bromeaba, ¡qué desperdicio! —se rio tímidamente.
—Un momento, ¿no estará pensando...?
—¡¿Y por qué no?! Desde hace muchos años que soy viuda, capitán, por lo que no veo mayores inconvenientes. Y ya que soy todavía una mujer llena de encantos y fuerza, ¿para qué privarme de los jóvenes placeres de la vida?
—Esta mujer es peor que Happosai —Ranma susurró pasándose la mano por la frente.
—¡Oh, lo siento!, lo lamento, creo que me nos hemos distraído del punto —se excusó un poco avergonzada, tosiendo dificultosamente para recobrar la firmeza marcial de su voz—. ¿Y, capitán, ha podido hablar con su familia?
—¿Hablar? Con suerte me dejan dirigirme a los tipos que cuidan la celda. Espere un momento, ¿no es peligroso que ellos nos escuchen?
—En absoluto, capitán, ¿no es verdad, soldados?
—Así es, señora.
—Sí, señora.
—¿Lo ve ahora? Yo también cuento con mi círculo de confianza al interior de las fuerzas, y en especial dentro del cuartel general; es la única manera de sobrevivir tras tantos años rodeada de esos cerdos y corruptos generales, que han llevado a este país a la crisis y la guerra. No, lo siento, creo que me he excedido nuevamente. Entonces, ¿no le permiten llamar a su familia, siquiera a su esposa?
—No.
—¡Pero si es un derecho!.. No, no, calma, Hanako —se dijo a sí misma intentando recobrar la frialdad—, ante todo debemos mantener la calma. Seguramente me darán excusas si exijo responsabilidades por este atropello, dilatarán la situación para no ceder, inventarán trámites innecesarios y papeleos inútiles con tal de no permitirle comunicarse con los suyos, no antes del juicio a lo menos… Pero de todas maneras lo haré, debemos hacerlos creer que estamos cayendo en su juego. Esto demuestra que mis temores no son infundados, todo este proceso está viciado en su contra, capitán. ¿Es verdad que nadie más ha venido a visitarlo, algún amigo cercano ha aparecido?
—Ninguno... —Ranma reaccionó golpeando la mano empuñada sobre la palma—. ¡Eso era! Entonces tampoco los han dejado verme, ¿no es verdad? ¡Y esos malditos diciéndome que nadie ha venido a visitarme!... Por supuesto que no les creí —dijo no muy seguro al final.
—Hablé con su familia antes de venir hasta aquí, capitán. Su esposa ha venido cada día y siempre le han dado excusas para que usted no pudiera recibirla. Hasta le dijeron a la señora Saotome que usted estaba en la enfermería por una gripe.
—¿Gripe?
—Yo no lo veo muy enfermo.
—¡Eh estado en esta maldita celda cada día!... Por favor, debe decirle a Akane que estoy bien, es una cabeza dura, piensa demasiado y podría hacer un escándalo por lo que fuera, y está embarazada. ¡Ella no debe preocuparse de ninguna manera!
—¿Teme por la salud de su mujer y la de su bebé?
—¡Por supuesto!
—Oh, créame entonces que esto no le va a gustar mucho.
Hanako sacó de entre los papeles unas hojas del periódico muy bien dobladas. Ranma las estiró ansioso, estaba tan aislado en ese lugar que cualquier noticia le parecía como un caramelo. Entonces vio una imagen que lo descolocó.
—Esa… ¡¿Esa boba, qué demonios está haciendo?!
En la imagen aparecía una procesión de banderas y pancartas, siendo lideradas por un grupo de mujeres que aplaudían y parecían dar voces frente al edificio gubernamental en el barrio de Shinjuku.
—«Las mujeres de Misawa» —le respondió con calma la coronel Momoi repitiendo el titular como si ya lo supiera de memoria—; madres, esposas, hermanas e hijas de los pilotos de Misawa arrestados injustamente por defender a su país. Abogan por la liberación de sus hombres, y se han vuelto el corazón de las marchas, a las se han unido los movimientos que claman por el cese del conflicto armado, como los grupos estudiantiles de varias universidades de Tokio. También se habla de movimientos en Osaka, Kioto, Sapporo e incluso en Okinawa. Me parece, capitán, que tiene un grupo fiel de admiradores en las islas donde realizó su instrucción.
—¿Okinawa? —ese nombre resonó en la cabeza de Ranma provocándole un involuntario escalofrío.
Hanako Momoi contempló la palidez de Ranma. Conocía la razón tan bien como los antecedentes de su defendido. Continuó hablando fríamente sin perder de vista las reacciones del joven.
—Anoche por televisión mostraban imágenes de manifestantes, que abogaban por su liberación frente a las dependencias de la base aérea en Okinawa. Causó gran revuelo puesto que los medios están enterados que fue allí el lugar donde comenzó la carrera de los héroes de Misawa… Entre los manifestantes había un numeroso grupo de chicas de preparatoria, y una que gritaba con mucho entusiasmo llamando la atención, liderándolas. Las niñas de hoy tienen pésimos modales —lamentó la coronel Momoi fingiendo descontento.
El corazón de Ranma dio un brinco, deseando lo imposible. Su voz emergió temblorosa y débil de sus labios entreabiertos.
—¿Era baja, de cabello corto, un poco bronceada y flacucha?
—Sí, sí, parece que era así la jovencita que estaba al frente del grupo, era muy notoria por su entusiasmo y alegría. ¿La conoce usted? ¿Quizás de su estadía en las islas? Eso lo explicaría todo, no sabía que tuviera amistades también en Okinawa. Cada vez me intriga más, capitán Saotome.
—Quizás... —respondió Ranma con un resplandor de emoción en los ojos, como si por un momento quisiera romper en lágrimas, más se contuvo con los dedos apretando con fuerza entre los ojos—. Así que ella… está... Ella está bien —sacudió la cabeza con fuerza. No había olvidado lo más importante—. ¡Pero Akane no puede estar en una protesta callejera! ¡Lo prohíbo! —Hundió tan fuerte el dedo en el papel que casi le hizo un agujero. Miró de nuevo la fotografía y sus ojos se abrieron como platos—. ¿Y también está mamá?... ¡Demonios! ¿Qué está sucediendo, me encierran por unos días y todo el mundo se vuelve loco? —se cogió la cabeza con ambas manos—. No importa el motivo, Akane no debe, no puede estar arriesgándose así... ¡Ay!
Momoi le dio un fuerte golpe con los papeles, haciéndolos sonar como abanico en la cabeza del joven, y lo miró enfurecida.
—¡¿Cree que una mujer no puede luchar por lo que cree y ama?!
—No... yo... pero... ella... su embarazo... mi hijo...
—Por lo que veo, a ella siquiera se le nota todavía, no deben ser más que unas pocas semanas. Y además estar embarazada no convierte a una mujer en una inválida que deba estar encadenada dentro de una casa. ¿O eso es lo que piensa, capitán?
—Y-Yo no... No es eso, pero ella... Akane podría salir lastimada…
—Todos están luchando —lo interrumpió severamente—. Y la señora Saotome es un ejemplo y símbolo del movimiento en defensa de los héroes de Misawa, al ser la esposa del principal involucrado en este juicio.
—Tiene que ser una broma —Ranma se echó hacia atrás recostando la cabeza en la pared—, nada tiene sentido. ¿Qué está sucediendo allá afuera?
—Lo que esté sucediendo afuera, capitán, usted lo inició el día que quiso dar vuelta atrás, enfrentar una orden directa y volar de regreso a Tokio; el día en que las Alas de Misawa defendieron los cielos de Tokio y a todos sus habitantes. Lo que suceda en el juicio, que era lo que intentaba explicarle, es algo que va mucho más allá de su vida y la de sus hombres. Quizás no sea todo lo que necesitemos, pero tal vez sí un pequeño paso para comenzar a influenciar un verdadero cambio. Los ciudadanos están cansados de vivir con miedo a perder, o con el dolor de haber perdido lo que más amamos, pero nadie había tenido el valor de enfrentarse a la desdicha hasta que llegó usted. Ellos han comprendido su mensaje, y también están luchando.
—¿Mensaje?... ¿Qué mensaje? Yo no he dicho nada.
—«Proteger lo que debe ser protegido».
Ranma, con un gesto que parecía no haber comprendido ni la mitad de lo que esa mujer intentó infundirle, con un dedo se indicó a sí mismo lleno de dudas.
—No se alarme, capitán Saotome, sé que nada de esto estaba en sus planes, lo único que hizo fue seguir el llamado de su corazón. Y de eso trata todo. ¿Qué más podemos hacer cuando el destino nos llama?
—El destino —repitió Ranma, murmurando con la mirada en el techo, recordando un sueño que tuvo una vez apretando los dientes.
Hanako Momoi interpretó su silencio como una señal de temor. ¿Podía culparlo? Tan joven y cargando en sus hombros el destino de una nación. Se necesitaban un cambio, es verdad, y ese muchacho como un salmón se había atrevido a nadar contra la corriente para conseguirlo.
Sin embargo, consiga o no la meta, un salmón siempre fallece al final de la carrera. La historia no miente: ¿o no es verdad que los héroes mueren a manos de la gente que intentaban proteger?
—Muy bien, capitán Ranma Saotome, será mejor que comencemos a preparar su defensa.
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Continuará
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Notas de autor: Lamento lo corto de este episodio. Decidí dividir este capítulo en dos partes pues lo que sigue es una de las narraciones más complejas que me ha tocado escribir en mucho tiempo. Quizás, cuando lo lean, no encuentren nada de especial en ello. Pero personalmente me está dando mucho trabajo elaborar.
Gracias a todos los que me han saludado con tanto cariño para mi cumpleaños, lectores, amigos, colegas y mi querida esposa. Ha sido un mes muy divertido y lleno de emociones, así también de mucho trabajo, pues como ya han notado estoy intentando mantener un nuevo ritmo de escritura y actualizaciones.
Sin más que decir, nos veremos en la próxima publicación.
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Noham Theonaus
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