Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi.

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ALAS DE MISAWA

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¡Duelo!

- Parte 3 -

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En las afueras de las dependencias los medios acaparaban el espacio de la entrada a las instalaciones militares en la ciudad. La gran cantidad de periodistas y camarógrafos que trabajaban ahí contrastaba con la pequeña cantidad a la que se le permitió ingresar al juicio. Entrevistaban a la gente que allí se aglomeraba, mientras en los estudios de los distintos canales repetía por enésima vez la historia personal de cada uno de los pilotos arrestados, intercalando imágenes tomadas del día en que el cielo de Tokio se llenó de estruendos, destellos y del rugido furioso de los aviones de combate. Tomas hechas desde las calles y los edificios del famoso escuadrón que, a pesar de su inferioridad numérica con respecto a los invasores, pudo repeler un ataque aéreo a gran escala justo frente a la bahía de la metrópolis. También retransmitían con insistencia las pocas imágenes captadas a mucha distancia de los mismos pilotos, pero ahora con overoles anaranjados y esposados, mientras eran trasladados de una dependencia a otra dentro de las instalaciones.

Más grande era el tumulto de gente que se había tomado la amplia avenida frente a la sede de la JSDF en Nerima y sus alrededores, provocando un caos y la interrupción del tránsito a lo largo de varias manzanas. Las banderas y pancartas alusivas a la liberación de los pilotos y al deseo de paz, eran como un bosque y se perdían hacia ambos extremos de la avenida por encima de un mar de cabezas.

Entre la gente y la reja alrededor del extenso perímetro del predio militar, la policía mantenía una férrea cadena de seguridad, muchos con sus uniformes acolchados antimotines, entre vehículos acorazados listos para actuar.

—Señor, llaman de la central —dijo un policía a su superior.

—¿Qué quieren ahora? —respondió el oficial de la ley, de mal humor y tenso al tener que vigilar una situación tan enorme.

—Tenemos órdenes de dispersar a los manifestantes...

El oficial a cargo lo miró de tal manera, que el policía que traía el mensaje se quedó en silencio por su propia cuenta. Entonces el superior a cargo observó a la masa de gente a la que trataban de separar de la reja, allí fácilmente había miles de manifestantes, mientras que ellos con suerte serían apenas un centenar repartidos alrededor de la sede militar.

—¿Y no quieres intentarlo tú? —preguntó con ironía a su subalterno.

—Pero, son las órdenes de la central, señor, y...

El oficial a cargo de la policía se cruzó de brazos relajándose al apoyar la espalda en la patrulla, como si no le importaran en absoluto las órdenes y la premura de su nervioso subalterno.

—Mi hermano menor apenas es un niño, todavía no cumple los diecinueve —dijo repentinamente con aire pensativo—. Siempre ha sido el más inteligente de entre todos nosotros sus hermanos. Entró a Todai este año y desea convertirse en un maestro de ciencias, siempre ha sido su sueño. Me siento muy orgulloso de él.

—¿Señor?

—Hace tres meses llegó la orden de reclutamiento a casa… —El oficial superior se rascó el cabello bajo la gorra—. Ahora se encuentra en no sé qué isla, ampollándose las manos con un fusil caliente esperando que en cualquier momento una bala acabe con sus sueños y los de toda mi familia. Nuestra madre ya no duerme pensando que en cualquier momento nos llamarán para decirnos que él… no volverá a casa, que no volverá a ocupar su escritorio viejo donde se amanecía cada noche estudiando, el mismo que le compré con el bono que nos dieron para navidad. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas que te lo dije entonces? Fue mi regalo para él.

—Señor, sí, lo recuerdo —el policía subalterno inclinó el rostro sin saber qué más responder.

—Yo tampoco duermo esperando esa maldita llamada, en que nos dirán que mi pequeño hermanito no volverá a discutir conmigo por culpa de nuestros equipos de béisbol —el oficial a cargo se pasó la mano pesadamente por el rostro y suspiró con fuerza—. Si él regresa a casa, te prometo que me hago hincha de su equipo.

—Pero, señor, usted sabe que no podemos desobedecer una orden directa...

El oficial a cargo alzó el rostro. ¿Cómo, que no podía desobedecer? Pues, pensó, hubo uno que sí pudo hacerlo y gracias a ello salvó muchas vidas inocentes. Lo mismo que muchos otros estaban pensando en ese momento, los que trataban también de crear un cambio en ese maldito país. Y mientras tantos luchaban, ¿qué estaba haciendo él para salvar la vida de su pequeño hermano?

Dio un fuerte golpe de puño a la camioneta en la que descansaba el cuerpo, haciendo saltar a su subalterno.

—¡Pues si el jefe del departamento y esos malditos burócratas del ministerio quieren que echemos a la gente, pues será mejor que despeguen sus enormes culos de sus cómodas sillas y vengan a hacerlo ellos mismos! ¿A quién le importa un montón de islas y un poco de mar que nadie usa? ¿La vida de mi hermanito lo vale? ¡Que se jodan! Ya me cansé de esto.

El oficial de la policía, para sorpresa de su subalterno, se sacó la gorra y se la pasó bruscamente enterrándosela de un golpe en el abdomen.

—Me tomaré el día libre —dijo sin dudar. Avanzó hacia los manifestantes, directo hacia una jovencita de baja estatura y cabello castaño que desde hacía rato parecía tener problemas para sostener derecho un pesado cartel alusivo a la liberación del capitán Saotome—. Discúlpeme, señorita, ¿me permite ayudarla con eso? Yo puedo llevarlo por usted.

Los manifestantes que los rodeaban miraron al policía atónitos. Al principio Akari Unryu se mostró temerosa, creía que el oficial le pedía su cartel para quitárselo, pero luego tras mirarlo a los ojos recién comprendió el sentido de sus palabras y sonrió encantada permitiéndole tomar el pesado cartel.

—Muchas gracias, señor oficial —dijo honesta y dando un suspiro de alivio, agitando un poco sus brazos cansados.

—No, gracias a usted, señorita —le respondió el oficial echándose el cartel al hombro para unirse a los manifestantes.

Y no fue el único, porque tras él otros oficiales de policía comenzaron a dejar su lugar lanzando al aire sus gorras y cascos, y tirando al piso sus pesadas armaduras antimotines y los escudos, pasándose de frente a las rejas de las instalaciones al lado de los manifestantes, uniéndose a la gente.

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El tribunal era amplio y frío. Dos naves de bancas de madera oscura ocupaban la gran sala hasta la mitad, topando con la barandilla de madera de apenas un metro de alto con pequeñas puertas ornamentales en el centro en donde acababa el pasillo alfombrado. En la siguiente mitad de la sala se encontraba el estrado, con el lugar ocupado por el juez y el tribunal compuesto por miembro de edad madura y altos rangos del estrado mayor.

Frente a ellos Hanako Momoi esperaba estoica, sentada con las piernas cruzadas, la espalda erguida y el rostro apenas inclinado revisando una carpeta con documentos como si no hubiera reparado en la aparición de Ranma, a pesar de que todo el mundo en la sala guardó un ominoso silencio seguido por una marejada de murmullos.

Además de los acusados, los soldados de la policía militar y los altos oficiales miembros del tribunal, el resto de la gran sala estaba ocupada hasta el tope por un público atento a ese morboso espectáculo. Los generales se miraron entre sí nerviosos, intercambiaron comentarios ante la numerosa afluencia de un público que no esperaban, pues se suponía que ese procedimiento militar sería a puertas cerradas. Sin embargo, donde quiera que los encargados de llevar a cabo ese turbio juicio buscaron explicaciones por la inesperada aparición de tanta gente, siempre se encontraban con la respuesta confundida de la policía militar de que los presentes contaban con todas las autorizaciones de rigor, incluyendo unas sorpresivas invitaciones de las que el alto mando no sabía nada, y que parecían haber sido impartidas por el departamento de asuntos judiciales a tan solo horas de comenzar el juicio durante el día de ayer.

El almirante Yamato estaba sentado en la primera fila de bancas tras los representantes de la fiscalía militar, rodeado por su grupo de confianza de generales. Uno de sus subalternos se acercó y le susurró al oído la respuesta de lo que mandó antes a preguntar, intrigado por la numerosa presencia de gente en ese lugar. Tras enterarse de las infames invitaciones cursadas, de las que nunca estuvo al tanto, así como tampoco lo estuvieron ninguno de los otros generales presentes, giró el rostro hacia la coronel Momoi endurecido de furor y con los ojos inyectados de sangre. Sin embargo, la mujer madura de figura elegante no pareció percibir el odio que inspiraba en ese momento, tampoco le devolvió la mirada, únicamente se mantuvo con el rostro inclinado y concentrada en sus documentos. Aunque luego ella sonrió muy levemente la escuchar fuerte maldición del almirante en contra de su persona, seguida por un golpe que dio sobre andilla con la mano empuñada y su quejido posterior.

Había tantos presentes que muchos se quedaron de pie amontonándose bajo el marco de las puertas abiertas y más allá en el exterior, y en las paredes del fondo y los costados del edificio. La gran mayoría eran oficiales jóvenes, tenientes y capitanes de todas las ramas de la JSDF, en especial de la JASDF, que se apoderaron también de las bancas del lado derecho de la sala, que quedaba detrás de los acusados. También las invitaciones habían llegado a numerosos personajes del mundo político. Los parlamentarios del Kokkai, o Dieta nacional de Japón, en su mayoría eran mujeres y hombres jóvenes contrarios políticamente al gobierno actual, tanto de la cámara baja o de representantes como los de la cámara alta o llamada igualmente de consejeros.

De pronto los fusiles en manos de los que custodiaban la entrada lateral al tribunal sonaron con fuerza, cuando los soldados los alzaron y golpearon contra sus cuerpos cuadrándose, dando un paso al costado para despejar la entrada.

Ranma Saotome finalmente había llegado. A pesar de expresar una calma exasperante, incluso insolente hacia el alto mando, tenía el rostro marcado por golpes recientes y sangre seca en los labios y la sien. El cabello lo llevaba suelto sobre los hombros y su mentón acusaba la oscuridad de una descuidada barba juvenil de apenas un par de días. Estaba esposado de manos y pies con la cadena lo suficientemente larga como para apenas caminar con soltura y en todo momento estaba siendo escoltado por cuatro soldados armados, dos guiándolo y otros que lo seguían por atrás, los que llevaban sus fusiles de guerra con la bala cargada y bajo la orden de disparar al primer movimiento sospechoso del reo.

Hanako Momoi alzó el rostro y observó a su defendido. El mensaje era brutal, una burda puesta en escena perfectamente elaborada desde el uniforme del prisionero, un nada elegante overol anaranjado, hasta la apariencia personal tan desprolija, todo para humillar y darle al capitán Saotome la imagen de un hombre peligroso, inestable y poco disciplinado. El resto de los miembros del infame escuadrón Las alas de Misawa lo esperaban desde ya, en una fila de asientos detrás de las sillas que ocuparían Ranma y su abogada. Todos estaban igual de esposados y también vistiendo overoles anaranjados.

Y todos compartían la misma mirada desafiante y orgullosa de su capitán.

Ranma apretó los dientes, el aterrador silencio de los presentes y esa extraña sensación como de estar ya caminando hacia el patíbulo le era exasperante. ¿Y por qué de demonios todos lo miraban con tanta curiosidad? ¿Es que tenía dentífrico en el rostro o qué? Se sentía extremadamente fuera de lugar y furioso, no solo por el dolor del último interrogatorio con que lo habían hecho madrugar esa mañana con tanto efusivo afecto, o por ese traje de prisionero de color naranja que lo hacía sentir ridículo, o por tener que ir esposado como un criminal sabiéndose inocente, o peor, como si fuera un animal. ¿Y por qué tantos oficiales se encontraban en ese lugar, por qué estaban tan interesados en ver su juicio como si aquello fuera un estúpido espectáculo? Ranma todavía no era capaz de dimensionar el gran interés que suscitaba el desenlace de su futuro, pues en ese momento y lugar, la suerte quiso que su destino se volviera uno con el destino de toda una nación.

A pesar del caos de ideas y sentimientos que lo inundaba, Ranma supo mantener la calma, gracias a que la coronel se había adelantado a los acontecimientos y lo instruyó de antemano en cómo sería toda esa farsa montada en su contra. Porque todos esos generales, recordó las palabras exactas de la coronel Momoi, no eran más que un montón de cabezas huecas que solo servían para llevar la gorra, cortados todos por la misma regla torcida. Así también lo previno de todo lo que le harían antes del juicio para tratar de quebrantar su voluntad y carácter.

No le habían permitido dormir en lo más mínimo durante la noche, acompañándolo afectuosamente con un amistoso interrogatorio a la vieja usanza, incluyendo sobradas torturas y amenazas de todo tipo, con tal de que firmara ciertos documentos incriminatorios. Querían sacarle una maldita confesión sin sentido que seguramente usarían en ese juicio, como si ya no estuviera lo suficientemente arreglado. Pero lo que jamás pensaron ellos era que a pesar de la juventud del capitán Saotome, él había sobrevivido a situaciones increíbles desde muy corta edad, haciendo de ese interrogatorio una mala broma, de los golpes una caricia comparada a sus antiguos combates con sus viejos amigos, ni siquiera las amenazas pudieron mellar en su silencio estoico y su media sonrisa burlona que lo hico merecedor de más golpes.

Novatos, no sabían cómo dar un buen golpe, pensó Ranma durante todo el interrogatorio. Burlarse de sus captores fue la mejor defensa que tuvo para mantenerse centrado y no permitir que su enojo lo dominara y terminara cometiendo un acto que solo jugaría en su contra. Las esposas con que lo ataron a la silla eran débiles, hubiera podido liberarse con poco esfuerzo, la seguridad era mínima, además de sus interrogadores en la sala había apenas un par de muchachos con fusiles de guerra a los que el uniforme con la banda en el brazo de la policía militar les quedaba grande. Bien podría haberse levantado de la silla y devolverles todos sus golpes a esos malditos, pero si lo hacía, ¿luego qué?... En un momento de claridad, entre los golpes de puño y con el revés de la mano, con los nudillos que le clavaron en las mejillas y dolieron hasta los dientes rompiéndole los labios, pudo imaginar que provocarlo a actuar era lo que ellos querían finalmente. Sí, pudo ver a través de sus malsanas risas e insultos, el auténtico deseo de ellos era enfadarlo, hacerlo reaccionar de manera violenta y obligarlo a cometer alguna locura. Si lo hubiera hecho su situación sería mucho peor, incluso letal, pues les hubiera dado una excusa para que lo declararán un reo peligroso y rebelde y le dispararan. También lo golpearon con palabras, lo acusaron, lo denigraron, e incluso insultaron el nombre de su joven esposa. Ese fue el momento más tenso y peligroso para Ranma durante el interrogatorio, al escuchar a esos malditos que no paraban de golpearlo relamerse con el nombre de Akane, con palabras inconfesables y amenazas escabrosas que ni siquiera quería recordar, en un momento en que sus huesos y músculos crujieron y dolieron únicamente por el enorme esfuerzo que hizo para mantenerlos quietos… y por poco no lo consiguió.

La sangre en los labios de Ranma y su ojo a medio abrir por el que veía todo rojo, por culpa de la sangre que caía de su frente y lo cubría, no disminuyeron su postura triunfal, erguido, orgulloso y hasta solemne, tras responder a los insultos hacia su esposa Akane con más silencio y una socarrona sonrisa. En ese momento cerca del amanecer, en que debían dejarlo para prepararlo para el juicio, es que comprendieron que el capitán Saotome los había vencido.

La sangre seca, el ojo derecho todavía medio cerrado y los labios lastimados eran testigos mudos de la batalla que ya había comenzado desde mucho antes a ese juicio. El silencio solemne que envolvió toda la atiborrada sala terminó al momento en que recibió un empujón de uno de los soldados que lo escoltaba obligándolo a avanzar. Ranma suspiró profundamente, no se dejó intimidar por la escolta, sino que se irguió sereno, serio, con los ojos azules en un gesto severo que conocieron años atrás sus más duros rivales antes de caer, la mirada que ahora dedicó a los oficiales del alto mando, al almirante sentado junto al oficial que hacía de fiscal, también al juez. Esa mirada que hizo al almirante desear secretamente que a ese maldito capitán le hubieran disparado en lugar de permitirle llegar hasta ahí.

Tras mirarlos a todos de manera amenazadora, Ranma fijó la vista hacia adelante y avanzó por el pasillo lateral formado entre las bancas y la pared, muy lentamente y con ritmo marcial. Entonces sucedió algo inexplicable y que rompió el protocolo de la situación. Un hecho que incomodó enormemente al almirante Yamato y al resto de los oficiales del alto mando de las distintas ramas de la JSDF presentes, así como a los parlamentarios que habían asistido en calidad de invitados y a todos los que estaban sentados en el lado detrás del almirante y del equipo de la fiscalía militar.

Un suceso que provocó curiosidad y sorpresa en el resto de los muchos asistentes al juicio, y también el rápido movimiento de los periodistas que rasgaron con sus bolígrafos las hojas de sus libretas, mientras que algunos lo informaron hacia el exterior con rápidos mensajes que escribieron en sus teléfonos. Mensajes que también provocando la reacción de los distintos noticieros que en el exterior transmitían en vivo y comunicaban a los televidentes la información de sus corresponsales en la sede de la JSDF en Nerima donde ocurrían los hechos.

Una acción sorprendente que fue escuchada con atención en cada hogar de Japón.

En la gran sala donde se desarrollaba el juicio, del lado de la defensa, a medida que el joven capitán Saotome avanzaba por el pasillo lateral, uno a uno los presentes, en su mayoría oficiales jóvenes de igual y menor rango que él, se fueron poniendo de pie con rapidez haciendo sonar los talones de sus calzados negros. Así rápidamente se adelantaban a Ranma antes que este pasara frente a ellos, lo recibieron muy erguidos, girando hacia él y saludándolo a la usanza militar como si se tratara de un alto oficial, con sus brazos alzados y doblados y sus manos extendidas junto a sus cabezas, destilando el fuego del orgullo en sus ojos.

«Capitán», había dicho el primero con un poco de timidez. «Capitán», repitió un segundo soldado con voz viril. «Capitán» bramó un tercer soldado con tanta fuerza que su voz hizo eco en la sala. «Capitán», «capitán», «capitán», saludaron uno a uno en un coro caótico pero poderoso, capaz de sacudir los cimientos del cuartel general demostrando que más fuerte que los cimientos eran sus espíritus. Al principio de a dos y tres a la vez, luego de a cinco, luego filas completas lo saludaron al pasar rindiéndole los honores dignos de un gran general, provocando una peligrosa tensión en la sala. Ranma siguió avanzando sin siquiera mirar a los que lo saludaban, pues estaba confundido, agitado, tanto que adoptó en su nerviosismo una seriedad y solemnidad que todos interpretaron como un gesto de grandeza y fuerza que lo ensalzó todavía más a los ojos de la oficialidad más joven.

Al llegar a los bancos donde estaban los acusados, los miembros de su viejo escuadrón Las alas de Misawa, sus hombres a pesar de estar esposados como él también se irguieron con orgullo, contradiciendo la orden del soldado que los custodiaba de mantenerse sentados. Al estar esposados levantaron ambas manos en lugar de una sola y se las arreglaron para repetir el saludo marcial hacia su comandante el capitán Saotome.

Ranma fue llevado a un lugar al frente, ubicándose a un lado de su abogada la coronel Hanako Momoi, a la que antes de sentarse la saludó formalmente teniendo, al igual que sus hombres, que improvisar levantando ambas manos.

—¡Coronel!

Tantos eran sus nervios que temiendo perder la voz la saludó con mucha fuerza, demasiada, y su voz retumbó en un eco por toda la sala. Sin embargo, para el resto de los presentes la voz del capitán no mostró señales de debilidad, sino que fue poderosa, viril y orgullosa, como un gesto desafiante hacia el alto mando que llenó todavía más de ardor los corazones indignados de la oficialidad joven. Así también fue interpretado por los periodistas, mientras describían los hechos hacia el exterior sin dar descanso a sus dedos en los teléfonos, aumentándolo con lenguaje poético los mensajes de texto que insufló la imagen del joven capitán a los medios. Adornaron la imagen del maltratado y joven oficial con características superiores, describiéndolo como un hombre de carácter temerario, un símbolo martirizado por la sangre seca de su rostro, todo acorde a la imagen que ya tenía el público general ayudado por los medios. Y una vez más, sin saberlo, Ranma se convertía en un símbolo, explotado por los medios, llamado el líder de los héroes de Misawa.

—Capitán —respondió Hanako, con un respeto inusitado que no se justificaba dado que ella poseía un rango muy superior al de Ranma. Pero todo lo hizo con calculada intención para ensalzar la imagen de autoridad de ese muchacho ante los presentes y principalmente la prensa.

Sí, la coronel Hanako Momoi había adelantado toda esa situación y mucho más. Había calculado las posibilidades con la misma frialdad con la que apuntaba su arma de servicio durante las prácticas de tiro. La enorme y sorprendente popularidad del capitán Ranma Saotome y sus Alas de Misawa le había servido como una poderosa arma para atraer la opinión pública, en especial ahora que había conseguido meter con sus influencias a todo ese público en las narices del alto mando. La coronel sonrió, pensó que se lo tenían merecido por arrogantes y por no ver una amenaza en una mujer de edad como ella. Los oficiales jóvenes a los que invitó y autorizó recurriendo a todos sus contactos ejercían presión sobre el juez y el resto del alto mando, al enrostrarles el auténtico sentir y descontento de las fuerzas en este momento. Porque los soldados también eran seres humanos que sufrían, sangraban y lloraban a sus seres amados o eran llorados a la hora de sus muertes sin sentido. Miró al almirante Yamato y lo saludó con una ligera inclinación de cabeza que remató con una media sonrisa muy recatada y femenina.

El almirante hizo sonar los dientes y volvió la vista al frente con un severo movimiento marcial. Él jamás le perdonó el que ella, en sus años más jóvenes, quiso aceptar sus avances y desde ese día se propuso obligarla. Los años de su silenciosa guerra acabaron con que Hanako Momoi era una respetada coronel y el almirante, ahora, seguía relamiéndose su odio. Recién entonces el almirante sintió, en su arrogancia ciega, el temor de que esa mujer era una amenaza para él. Demasiado tarde, años demasiado tarde y recién comenzaba a vislumbrar que una mujer y un joven oficial recién destetado podrían hacerle algún daño en su elevada posición.

La coronel con gran calma ocupó la silla junto a Ranma. El muchacho apenas se sentó mostró los dientes por culpa del dolor de sus heridas.

—¿Está bien, capitán? —susurró la coronel a su lado con auténtica preocupación y enojo por la manera notoria con se habían ensañado con su defendido.

—Sobreviviré —respondió Ranma y dio una rápida al otro lado de la sala, hacia el almirante, los oficiales de la fiscalía militar y el alto mando presente—. Ellos no —afirmó con una voluntad y resentimiento que a la coronel le robó una nueva sonrisa y de orgullo.

Más que nunca se sentía haciendo lo correcto al defender a ese joven capitán.

El juez, un viejo general cerca del retiro al que se notaba habían designado para lo que sería una mera formalidad y no un juicio tan intenso como ese, se mostró incómodo, agotado, asustado y nervioso. En especial ante la manera con que la gran cantidad de oficiales jóvenes seguían de pie tras haber saludado al joven capitán provocando una peligrosa tensión en ese lugar. Golpeó con fuerza el martillo dos, tres veces llamando al orden para que los presentes tomaran asiento antes de comenzar con la sesión.

El almirante Yamato rumiaba su furia y preocupación, la situación se estaba escapando de sus manos y nada era como lo había planeado: un rápido y silencioso juicio a puertas cerradas, seguida de una rápida ejecución por alta traición. Ahora, para él, esas acciones insinuaban una oscura amenaza que tenía otro nombre más atemorizante que el enemigo en el campo de batalla...

Insurrección.

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Continuará

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Notas de autor:

Superando las fiestas finalmente puedo retomar mi ritmo más normal de trabajo. No negaré que es un poco difícil comenzar desde cero con el hábito de escribir, pero confío en que, como sucede siempre en los primeros meses del año, pueda aprovechar este oasis de libertad para avanzar con todas mis obras, fics y novelas, y disfrutar mucho el volver a soñar junto a ustedes. Espero les haya gustado este capítulo.

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Noham Theonaus

Soñador, novelista y fanficker