Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi.
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ALAS DE MISAWA
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¡Duelo!
- Parte 4 -
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Hanako Momoi torció los labios disgustada. Aquello no era un juicio, sino un patético espectáculo. Uno tras otro, pasaban los testigos de la fiscalía solo para dar cuenta de la misma historia sobre cómo el capitán Saotome y su escuadrón desobedecieron una orden directa y desertaron de la misión. Se tornaba repetitivo y cansino. Mas ella los dejó hacer y no objetó ninguno de los testimonios. Tampoco quiso hacer uso de su turo para interrogar a los testigos excusándose con un simple vaivén de su mano, con el deseo de que avanzara lo más rápido posible ese sinsentido.
—Si su idea era matar a los acusados de aburrimiento, lo están consiguiendo —murmuró la estricta coronel, dando una rápida mirada al almirante Yamato, sentado del otro extremo de la sala junto a los oficiales de la fiscalía.
A su lado, Ranma esbozó una media sonrisa tras escucharla, también estaba aburrido de tanta necedad y se sintió identificado con el descargo de la coronel. No obstante, el gesto del capitán Saotome no pasó desapercibido en la sala, pues no había nada más interesante que mirar. El almirante bufó bajo los gruesos bigotes y maldijo en voz baja, quejándose luego pues el gesto del joven capitán se lo tomó como una insolencia, un insulto a la seriedad de la situación y una falta de disciplina imperdonable. Los periodistas, más atentos que nadie a cada mirada y expresión de los involucrados en el juicio, escribieron rápidamente en sus cuadernos y teléfonos sobre la «templada calma y superior indiferencia al peligro del héroe de Misawa», ensalzando la figura del joven Saotome, imaginándose desde ya los interesantes titulares que podrían inventar.
—Maldición —murmuró Ranma, giró los ojos y suspiró, tan cansado que ya no podía siquiera ponerse nervioso por la situación de peligro en la que estaba—. Si ahora llaman a un mecánico para repetir lo mismo, le juro, coronel, que me declararé culpable.
—Y créame, capitán, que yo me declararé su cómplice. El patíbulo nunca me pareció tan atractivo como en este momento.
—Si me permite, general —dijo el fiscal miliar dirigiéndose al juez—, quisiera llamar al estrado al mecánico del crucero de guerra Yamato, nave insignia de nuestra armada, que lideró la importante operación conjunta con la misión de atacar las islas, la que fracasó por la insubordinación de...
Hanako se encogió de hombros. Los soldados, tanto acusados como observadores, se quejaron en susurros perdiendo toda compostura. Y Ranma, aburrido, dio tal bufido de impaciencia que se sintió en toda la corte interrumpiendo de golpe la perorata del fiscal.
Todos se lo quedaron mirando. Ranma se encogió de hombros y no soportó el impulso de abrir la boca.
—Si va a decir lo mismo que ya escuchamos cien veces, se lo ahorraré...
El general que hacía de juez dio de fuertes golpes con el martillo.
—¡Capitán Saotome! Le ordenó que guarde silencio y conserve el mínimo respeto por este proceso.
—Pero ya sabemos lo que va a decir, ¿o no? ¿Y por qué no me preguntan a mí si quieren saber por qué lo hice en lugar de hacernos perder el tiempo? —protestó Ranma sin escarmentar. A su lado la coronel Momoi solo se limitó a contener su risa, inclinando el rostro y llevándose un dedo a los labios, sin ninguna intención de intervenir. El muchacho continuó sin hacer caso a la mirada que le dedicó el juez—. Ese día, a las cero seiscientas horas sobrevolando el mar de Japón, recibí una orden directa del almirante Yamato de no dejar la formación, a pesar de que le dije, y muy claramente, que Tokio estaba en peligro de ser bombardeada. Pero como él, señor —agregó con sarcasmo mirando al enrojecido almirante, haciendo un muy mal y apresurado saludo militar—, no tenía la menor intención de defender a la gente de Tokio para atacar una isla despoblada que a nadie le importa una mierda, rompí la formación y regresé para defender la ciudad.
—¡Silencio, capitán! —gritó el juez, dando de golpes con el martillo.
—¡Eso es mentira! —bramó el almirante poniéndose de pie, con el rostro hinchado y el cuello de la camisa presionándolo con fuerza como si lo fuera a asfixiar—. Yo no tenía ninguna información del ataque enemigo a Tokio, ¡ninguna! Él está mintiendo, levantando una injuria en contra de un oficial superior, ¡debe ser ejecutado en el acto!
—Silencio. ¡Silencio! ¡Silencio!
—Usted, capitán, jamás me pidió autorización para romper la formación —insistió Yamato, rojo de ira y con el rostro perlado de sudor—. Tampoco mencionó en ningún momento que la ciudad de Tokio pudiera haber estado en peligro. Esto no es más que una vil conspiración en mi contra.
—¿Cómo? ¡Por supuesto que lo hice! —Ranma también se puso de pie provocando el sobresalto de los soldados que lo custodiaban, que se cruzaron con los fusiles por delante tratando de forcejear con el joven capitán—. Lo hice, ¡claro que lo hice! ¡Le dije que la ciudad estaba en peligro y no me hizo caso!
—¡No me informó de nada, en absoluto, capitán!
—¡Lo hice, por los mil demonios, sé que lo hice!
La batahola que se armó fue espantosa y ridícula. La coronel Hanako se cruzó de brazos pensativa mirando al almirante y su desproporcionada reacción. Ranma forcejeaba con los soldados de la policía militar que intentaban calmarlo, mientras que al almirante sus acompañantes hicieron otro tanto por detenerlo.
—¡Orden, silencio! —gritó el general y juez escupiendo—. ¡Orden! —Finalmente los dos hombres se sentaron y la paz se recobró a medias en la sala. El juez apuntó con su martillo al fiscal—. ¿Su testigo dirá algo sustancial, o será lo mismo que los otros diez anteriores dijeron?
La pregunta del juez tomó por sorpresa al fiscal y al resto de la fiscalía, así también como a los demás presentes.
—Pues, señor, es necesario confirmar los hechos desde todos los puntos de vista posibles, para configurar con exactitud el hecho de como el capitán Saotome desobedeció una orden directa y...
—Sí, lo hice —clamó Ranma, aburrido y airado, con la mano en la mejilla descansando el codo en la mesa. Lo dijo con la mano en alto, a la vista de todos, como si se encontrara todavía en una de sus clases de preparatoria. Y continuó sin darles respiro—. Actué tras la negativa del almirante a volver y defender Tokio.
—¡Mentira! —bramó otra vez el almirante Yamato—. Ya dije que el capitán Saotome nunca me...
—¡Silencio! ¡Suficiente! ¡Silencio en la corte! —ordenó el juez dando más martillazos y amenazando con su mirada a uno y otro lado.
Ranma insistió en terminar de hablar sin prestar atención a los reclamos del almirante y del general que presidía.
—Yo desobedecí una maldita orden directa. Yo tomé la decisión de regresar para defender la bahía de Tokio. Yo ordené a mis hombres seguirme. Sí, todo es verdad, deserté de la operación, desobedecí a un almirante que no quiso proteger a la gente. Yo lo hice. No necesitan más testigos para que les digan lo mismo una y otra vez, ¡estoy harto!... Entonces, si ya está todo claro, ¿podemos pasar a lo que sigue?
Se formó otro incómodo silencio en la sala. El juez respiró profundamente intentando calmar sus nervios y, para otra vez sorpresa de todos, giró la cabeza lentamente como un búho mirando amenazadoramente al fiscal. Solo se escuchaba el suave rugido de una docena de bolígrafos rasgando las hojas y los dedos sobre los teléfonos.
—¿Algún otro testigo? —preguntó el general.
—No, se-señor, no tenemos más testigos… —el fiscal trató de aclarar su voz y retomar su punto—. Hemos podido demostrar incuestionablemente nuestro, eh, punto, y...
—No demostró nada, yo fui quién se los dije y no lo estoy negando —protestó Ranma, agitando las manos esposadas sobre las piernas, con el gesto de un niño taimado.
—Silencio, capitán, o lo haré abandonar la sala por desacato —advirtió el juez al límite de su paciencia.
Ranma hizo una mueca y a pesar de tener las manos esposadas, se las arregló para cruzar los brazos detrás de la cabeza. Aquel sencillo gesto provocó más comentarios entre los presentes, unos criticándolo, pero la mayoría alabando su coraje ante lo que parecía ser una muerte segura.
—Coronel Hanako Momoi —dijo el juez—, es su turno de responder a las graves acusaciones en contra del capitán Saotome.
—Gracias, señor Juez.
Hanako Momoi se levantó. Su cuerpo esbelto, rígido como una atalaya, era ensalzado por el elegante traje militar de dos piezas, compuesto por una chaqueta y falda ajustadas a su silueta. La severidad de su rostro, el ardor de sus ojos y la dureza de sus gestos al mover las manos provocaron un hipnótico temor en la sala, recobrándose la solemnidad.
Se movió alrededor de la mesa para detenerse frente al estrado, deslizando las piernas con la parsimonia de una tigresa, marcando un ritmo marcial con los altos y delgados tacones. Su mechón de plata se arqueaba pulcramente sobre su frente en su peinado que no tenía un solo cabello fuera de lugar. Notó al momento como varios de los oficiales de la plana mayor se quedaron más del tiempo prudente admirándola, y no precisamente a su rostro. Si bien bordeaba los cincuenta, siempre se enorgulleció de mantenerse en perfecto estado físico. Son todos unos viejos cerdos, pensó, sin demostrar su auténtico sentir en su rostro esculpido en piedra, en el que las arrugas de sus ojos y en la comisura de sus labios ensalzaban todavía más su imagen de autoridad. Desde muy joven que estaba acostumbrada a esas bajezas y al menosprecio de sus pares solo por ser una mujer en un mundo plagado de puercos. Pero ella, como había hecho durante toda su larga carrera, les demostraría que estaba allí por sus méritos, y no por haber calentado la cama de un repugnante superior. Recordó que muchas de sus compañeras hicieron así durante años para escalar puestos en ese mundo injusto, se justificaban unas a otras echándole la culpa al sistema, al dominio de los hombres, a la necesidad… Ella las despreció con justicia, porque a todas había superado con creces sin jamás haber cedido a ninguna bajeza. Trabajo duro, justicia, honor y orgullo fueron sus lemas. Sostuvo contra su pecho la carpeta como si se tratara de un fusil cargado. Miró a Ranma y asintió. El joven le devolvió el gesto.
—Quisiera llamar al estrado a uno de mis defendidos: capitán Ranma Saotome, comandante del escuadrón aéreo de ataque y defensa número treinta y ocho… las Alas de Misawa.
De pronto, para disgusto del juez, del alto mando y de la fiscalía, la sala se inundó de un suave coro de murmullos, que eran aclamaciones en favor del joven capitán.
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El pequeño y tradicional restaurante no contaba con mucho público esa temporada. La guerra lo había afectado como a tantos otros negocios y los víveres escaseaban apenas pudiendo ofrecer el menú básico. No obstante, ese día era especial, pues se encontraba inusualmente lleno de clientes. Aquel lugar, como tantos otros, se encontraba contagiado por el ambiente de ansiedad y confusión que parecía afectar a toda la ciudad, o quizás al país entero. Los comensales apenas probaban bocado en torno al pequeño televisor que colgaba de la pared en una de las esquinas, y seguían las noticias con tal devoción como si se tratara de la final de beisbol.
Ella depositó el plato de okonomiyaki en la mesa frente al distraído cliente, y al igual que él y el resto, se quedó prendada de las imágenes que transmitía el televisor. Luego, en un impulso, volvió al mesón y tomó el control remoto del aparato para subir el volumen. Sonrió en respuesta a varios clientes que le dedicaron un amable agradecimiento y una reverencia con las cabezas. Abrazó la bandeja un rato, después, no pudiendo contener los nervios, intentó distraerse dedicándose a limpiar el mesón con un paño. Pero nada parecía calmar los embates dolorosos de su corazón.
—Hola, Ukyo.
—¿Ryoga?
La atrapó distraída. El joven Hibiki no se mostró afectado por la expresión asustada de Ukyo y se acomodó en la barra, sentándose en el lugar frente a ella. El joven no se veía en sus mejores días, vestía pantalones algo arrugados y una chaqueta oscura que, al momento, ella notó que una de las mangas estaba vacía y colgaba a su lado.
—Sí, soy yo, no actúes como si hubieras visto a un fantasma —suspiró lánguidamente.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica, casi por reflejo. No quería ser desagradable, pero todavía no se recobraba de la sorpresa de verlo ahí y en ese estado.
—Eh, bien, eso, pues yo... no lo sé. No, no sé lo que hago aquí. Salí a dar una vuelta y me perdí, como siempre, es todo.
La voz de Ryoga era apagada, con el rostro inclinado. Se mordía el labio inferior con insistencia y los ojos marcados por noches sin dormir se movían de un lado al otro. También se veía en las facciones más duras y marcadas de su rostro que no había comido bien, y su cabello castaño había perdido el brillo natural, ahora opaco y seboso. Intentó no mirarlo de frente, tampoco la manga vacía, no fuera que lo incomodara y trató de sonreír como en aquellos mejores días que no iban a volver jamás. Días donde todavía eran niños llenos de sueños, de esperanzas, con un futuro.
Aspiró una bocanada de aire y exhaló lentamente, intentando calmar los nervios que la dominaban. Recién entonces respondió lo más lentamente que pudo.
—Lo supuse… Yo… Deja que te prepare un okonomiyaki, cariño, yo invito.
—No es necesario, Ukyo, lo pagaré.
—Pero...
—No quiero que tengas lástima de mí, no es necesario.
La oscura mirada de Ryoga la hizo sentir un escalofrío. Accedió asintiendo y comenzó a cocinar. De vez en cuando miraba la televisión, o daba órdenes a Konatsu para que atendiera las mesas, pero ella no quería dejar su lugar frente a Ryoga. El joven alzó el rostro y notó como ella tardaba más de lo acostumbrado en preparar un simple okonomiyaki por culpa de su distracción. Giró la cabeza y miró la televisión como el resto de los clientes.
—¿Todavía están con eso? —preguntó en un tono de fastidio.
—¿A qué te refieres, Ryoga?
—Al estúpido de Ranma, ¿qué más podría ser?
Ella no respondió.
—¿Se puede saber qué le ven todos a ese idiota? —dio un manotazo en el mesón—. Primero fue Akane, después fuiste tú y… —la evitó bajando la mirada—, ahora Akari.
—¿Akari? —Ukyo dejó de girar la masa—, ¿qué pasa con Akari?
Ryoga se encogió de hombros. No quería decirle que la chica que tanto decía amarlo, la que prometía que por sobre todas las cosas siempre estaría a su lado, finalmente lo había abandonado. De un día para el otro, ella le había dicho que la perdonara, porque comprendió que él ya no la necesitaba, dos días antes de que lo dieran de alta, haciendo definitivamente de su vida una maldita miseria.
—Seguramente también fue su culpa —murmuró Ryoga—. Sí, eso tiene que ser, fue Ranma. Siempre arruinando todo lo que tengo, todo… Todo.
Ukyo lo escuchó atentamente. En silencio le sirvió el plato de okonomiyaki y como una cortesía sacó una botella de sake y un vaso.
—No pedí eso.
—Es de mi parte —contestó Ukyo.
—Ya te dije que no quiero que me des nada.
Ella no le hizo caso y le sirvió de todas maneras llenándole la copa. Mientras lo hacía le habló lentamente.
—¿Sabes qué es lo que yo vi en Ranma, el día que nos reencontramos aquí en Nerima?
—¿De qué estás hablando? —preguntó Ryoga con la voz raspada.
—De la razón por qué todas lo prefieren a él y no a ti, cariño —respondió con dureza, sin piedad, mirándolo directamente a los ojos. Recién Ryoga notó como Ukyo parecía estar furiosa, apenas conteniendo el temblor de la mano con que le servía el sake para no derramar.
—No… —agitó la cabeza en señal de negación—. No, no necesito escucharlo, no de ti ni de nadie.
—Porque ya lo sabes —dijo Ukyo con severa crueldad. Terminó de llenar la copa y dejó la pequeña botella a un costado.
—¡Claro que no! —estalló Ryoga—. Él no merecía a Akane, ¡no debió haberse quedado con ella, no después de lo que me hizo! Nada hubiera sucedido si yo... si él... Fue su culpa en primer lugar el que yo...
La bofetada lo hizo retroceder y tirar con el brazo la copa de sake. El licor se desparramó por la mesa y cayó en copiosas gotas por el borde hasta el piso.
—¿U-Ukyo? —preguntó con la voz quebrada y la mano en la mejilla.
—Te ruego que cuando termines de comer te vayas de mi negocio, Ryoga —le pidió sin mirarlo a los ojos.
—¿Lo, lo amas?... Es eso, ¿verdad? Lo sigues amando y por eso lo defiendes, ¡por eso tú...!
Una segunda bofetada más fuerte que la anterior lo hizo inclinarse hacia el otro lado sobre la mesa. Los clientes giraron sus rostros y miraron asustados, pero Konatsu, al momento y muy nervioso, los instó a volver su atención a la televisión e ignorar lo sucedido.
—Sí —respondió Ukyo—, lo sigo amando. Pero no te he golpeado porque lo esté defendiendo.
—¿No?... ¿Entonces por qué, ah? —dio con la palma sobre la mesa empapada en licor, chapoteando con fuerza—. Dime, por qué ese maldito y no yo, respóndeme, ¡¿por qué, Ukyo?!
—Él no necesita que lo defiendan —declaró con un viejo orgullo que le provocó un inusitado sentimentalismo, lleno de nostalgia y ternura por tiempos que fueron mejores para ella—. No, Ryoga, si te abofetee es porque lo mereces, porque eres un grandísimo estúpido. ¿Hasta cuándo seguirás culpándolo de todo lo que te suceda en la vida?
—Pero… él…
—Él no tuvo la culpa de que te enlistaran. Él no arrojó la bomba que te... que te hizo perder el brazo. Él tampoco te quitó a Akane porque ella nunca fue tuya, desde el principio todos lo sabíamos, que ella y él… —Ukyo contuvo un gimoteo, recordando sus propios pecados—. Y sí, puedo asegurarte que tampoco es el culpable de que Akari haya abierto finalmente los ojos y se diera cuenta de que no la apreciabas en lo más mínimo. Esa chica era demasiado buena para ti. Lo siento, cariño, pero es la verdad, estás obsesionado con Ranma, en culparlo por todos tus estúpidos errores.
—No sabes nada, no entiendes, nadie me entiende —murmuró Ryoga—. Nadie sabe lo que se siente vivir a su sombra.
—Ryoga...
—Siempre siguiéndolo, siempre intentando estar a su altura. Pero cada vez que lo conseguía él... se ponía otra vez por delante de mí, alejándose, mirándome por encima del hombro, burlándose de mí.
—Bueno, cariño, Ranchan es más fuerte que muchos, no deberías sentirte mal por eso.
—¡No me refiero a eso! No… a eso.
—Intento comprenderte, cariño, de verdad. Pero no puedo hacerlo.
Ryoga negó con la cabeza. Resignado, triste, con los ojos hinchados y el rostro del color del papel, tan vacío como una hoja en blanco.
—¿Ves? Nadie puede hacerlo, nadie puede comprenderme.
—¿Sigues enamorado de Akane, es por eso que sufres? —preguntó Ukyo, no sabiendo si compadecerse de él o enfadarse—. Debes aceptar que la perdiste, como yo lo hice con Ranchan hace mucho. Tampoco le guardo rencor a Akane, siempre supe que era a ella a la que él había escogido, incluso antes de que tuviera el valor de confesárselo a sí mismo. Era tan obvio, todos lo sabíamos, era cosa de ver como esos dos tontos se querían y celaban por igual. No es culpa de ellos que hayamos intentado nadar contra la corriente. Así es, nadie tiene la culpa de lo que una misma pueda llegar a sentir y querer. ¿No te parece, Ryoga, cariño?
El joven hombre alzó el rostro, sus ojos chispearon por un instante, con entusiasmo y vida al escuchar ese nombre tan... ¿amado? Y tan rápido como se hubo inflado su espíritu, el calor desapareció como una burbuja de jabón. ¿Así de frágil eran sus sentimientos?
—Ya... —confesó tartamudeando, asustado de sí mismo, de su propia revelación a la que por primera vez le daba un nombre, palabras que por mucho tiempo había rumiado dentro de su espíritu torturándose, intentando esconderse de esa verdad que él mismo sentía innegablemente—. Yo... ya no lo sé. Hace mucho tiempo que no me lo habían preguntado. Ya no sé si estoy enamorado de Akane.
—Realmente eres un idiota, Ryoga —Ukyo bufó impaciente, cruzó los brazos examinándolo, odiaba que él hubiera incluso perdido el entusiasmo y la energía que lucía durante la adolescencia—. ¿Puedo hacerte otra pregunta, cariño?
Él no respondió, tampoco se negó, así que se animó a hacérsela.
—¿Por qué quieres superar a Ranma?
Ryoga se quedó estático. Alzó el rostro y miró fijamente un punto de la pared. Entreabrió los labios. Intentó decir algo. Los cerró de nuevo. Los volvió a abrir. Los volvió a cerrar. Al final, apoyó la mano sobre el mesón como si hubiera hecho una gran revelación.
—Yo... no lo sé.
—¿Bromeas?
Negó con la cabeza ante la sorpresa de Ukyo.
—De verdad, no lo sé.
—¿Y qué harías si lo vencieras?
—Ta-Tampoco lo sé —los labios de Ryoga temblaron. Una lágrima rodó por su mejilla—. Nunca se me ocurrió pensar en eso —se rascó la cabeza con fuerza, desordenándose el cabello—, nunca…
Ukyo alzó una ceja.
—¿De verdad querías conquistar a Akane, cariño?
Ryoga lo pensó un momento, negó con la cabeza, ya no estaba seguro de nada. Toda su vida, sus recuerdos, comenzaban a tomar otra forma como si estuvieran bajo una nueva luz, y se sintió aturdido. ¿Qué había hecho hasta ese momento? ¿Qué hizo de su vida? Se inclinó con la mano en el rostro. Gimoteó con fuerza.
—No lo sé... —confesó, dando otro gimoteo, respirando con fuerza, agitándose su pecho, cerrando los ojos y apretando los párpados con mucha fuerza—. ¿Por qué?
—Ya, ya, cariño, no es para tanto —Ukyo se mostró triste a la vez que preocupada por la caja de problemas que había abierto sin saberlo—. ¿Por qué no comes mejor? Terminará enfriándose tu okonomiyaki, además, nadie puede pensar con el estómago vacío.
El joven Hibiki asintió al no ser capaz de articular ninguna palabra. Tomó los palillos y cortó una pequeña porción que se llevó a la boca. Hizo lo mismo por segunda vez. Comió muy lentamente, mezclando los mordiscos con gimoteos, con pequeños espasmos, pasándose la mano por el rostro y la nariz entre cada porción que engullía con auténtico deseo. Había olvidado que tenía hambre. Había olvidado lo que era tener hambre y satisfacerse con el sabor de una buena comida. Sollozaba y comía por turnos, se pasaba la manga por los ojos y volvía a tomar los palillos como si fuera una batalla personal. Era a la vez patético y tierno, y a Ukyo la hizo pensar en un pequeño niño regañado. Ryoga volvió a sollozar.
—Toma, cariño, bebe un poco de agua.
Asintió y se bebió todo el vaso. Se pasó otra vez la manga por los ojos y se quedó quieto un momento muy largo, con la mirada fija, como si no respirara. Entonces sollozó otra vez, con fuerza, cubriéndose el rostro con la manga. Ya no la retiró, sino que se encogió, encorvándose, recostándose sobre la mesa. Ukyo rápidamente se le había adelantado retirando el plato antes que él cayera encima. Ryoga comenzó a llorar penosamente, en un quejido profundo y angustioso, sacando de lo más profundo de su alma la tristeza y la soledad que siempre había cargado. Todo era tan claro ahora, su estúpida cabeza y su corazón tan fáciles de engañar, incluso por sí mismo, se abrieron mostrándole la verdad, provocándole el más dulce de los tormentos.
Sus padres jamás habían estado en casa y por su problema de orientación los chicos de la escuela siempre se burlaron de él. Ninguno tuvo la paciencia ni la bondad para ser su amigo. Se hizo fuerte, el más fuerte de todos únicamente para defenderse, para que le temieran en lugar de burlarse de su defecto. Hasta que apareció el chico nuevo.
Ranma se convirtió en su único rival. Siempre lo provocaba con burlas para que lo correteara, hasta terminar frente a su casa. O caminaba delante de él con los brazos detrás de la cabeza, diciéndole que quería ir justo en esa dirección solo porque se le antojaba hacerlo, nada más, y sin decirlo honestamente así lo guiaba para que no se perdiera. Y cuando se perdía, era Ranma con el que siempre se encontraba primero. ¿Coincidencia? Quizás, hasta que un día un maestro le confió por casualidad que cuando se perdía durante las clases, Ranma se la pasaba preguntándole a todo el mundo si lo habían visto siguiéndole la pista. Por las mañanas lo encontraba entrenando justo frente a su casa a la hora de partir a clases. En las tardes se lo topaba en las puertas de la escuela, jactándose de haberle ganado ese día otra vez la guerra de los panecillos, preparado para otra pelea que, de alguna manera, terminaba en la puerta del hogar de los Hibiki.
Se había acostumbrado a él, tanto, que siempre prometía retarlo a duelo por la manera en que lo molestaba, pero jamás lo hacía. Hasta comenzaba a reírse y responder a sus bromas, o a veces ya no discutían cuando se encontraban juntos caminando por algún sendero al costado del canal cerca de la secundaria, donde el atardecer se reflejaba en las aguas tiñéndolas del suave color de los albaricoques. Estaba feliz, se sentía un chico normal, ya no lo molestaban por perderse ni debía meterse en peleas solo para que le temieran. Todo era perfecto hasta que se enteró que Ranma viajaría a China.
Lo que más lo irritó de todo fue la indiferencia con que él lo dijo, como si no le importara en absoluto dejar la escuela, la ciudad, incluso Japón. Su único y mejor rival se iría, y no le importaba. Él no le importaba. Entonces lo retó, como siempre prometió hacerlo, sería el duelo definitivo entre dos grandes rivales.
Ryoga quería decírselo antes pero no se atrevía, y creyó que esa sería la única manera de hacerlo, su última oportunidad. Se había preparado, hasta trazó un mapa para no perderse. Nada resultó. Se perdió como solo él sabía hacerlo, durante cuatro días corrió desesperado por todos los alrededores de su ciudad y hasta en lugares desconocidos. Cuando al fin llegó al terreno baldío detrás de su propia casa, Ranma ya no estaba esperándolo.
No se lo dijo, jamás pudo decírselo.
Se decidió a seguirlo, no lo dejaría escapar. ¡Tenían un duelo pendiente! Incluso llegó a China y la desgracia de la maldición cayó sobre él. Una desventura tras otra, una desilusión tras otra, sus sentimientos originales se fueron diluyendo en su frustración y tan torpe como era siempre, olvidó la razón de todo ese viaje dejándose engañar por la rabia. ¡Quería vencerlo y nada más!, se decía a cada momento.
Cuando finalmente lo encontró recibió un nuevo golpe del destino. Él tenía a otra persona a su lado, otra persona con la que estaba discutiendo, otra persona con la que intercambiaba insultos, como antes se peleaba con él durante tardes enteras en la secundaria. Y este nuevo alguien resultó ser una chica, una en la que siquiera reparó cuando la vio, porque todo lo que tenía ante sus ojos era a él. ¡Y el maldito de Ranma lo había olvidado!
Ranma se había olvidado de él, de los días de secundaria, de las aventuras que pasaron juntos, de la forma en que apalearon una vez a esa pandilla de chicos de preparatoria que se creían los dueños del barrio. Ahora lo recordaba claramente. Esos matones lo molestaron al ver que era solo un niño de secundaria que caminaba distraídamente con la cabeza en las nubes soñando despierto, feliz, porque su madre, en esas raras ocasiones que estaba en casa, le había preparado un obento. Esos rufianes tiraron su caja de almuerzo desparramando su valioso contenido de bolas de arroz. Como un niño cayó de rodillas al ver el trabajo de su madre tirado en tierra, al borde de las lágrimas por lo que esos matones habían hecho, ¡su primer obento en tanto tiempo hecho por su madre! El niño en su desolación no vio que Ranma llegó a su lado, y sin decir nada se agachó y recogió una de las embarradas bolas de arroz. Recordó que Ranma dijo algo así como lo siento, se me cayó al momento en que se la enterró en el rostro al líder de esos matones, refregándosela hasta meterle el arroz y el barro por las narices.
¡Qué pelea fue esa!
¡Cuántos huesos quebraron!
Ese día terminaron faltando a la escuela. Todo magullados se tiraron de espalda a orillas del canal, cansados, satisfechos, orgullosos, riéndose a viva voz de esos idiotas a los que habían enviado merecidamente directo al hospital. Ese día Ryoga había olvidándose de toda su pena. ¿Y cómo pudo él?... De todo eso, ¿cómo Ranma pudo haberse olvidado!
Todo fue culpa de esa chica, por ella él lo había reemplazado. ¿Cómo se llamaba? Siquiera le importó en ese momento. ¡Y además se había atrevido a cruzarse en su esperado duelo! Era una entrometida, a Ryoga no le había importado en lo más mínimo que ella pudiera salir lastimada en su encuentro, porque todo lo que quería era que Ranma lo mirara a él, solo a él. Era su rival, su enemigo prometido y debía enfrentarlo con la misma dedicación que él había puesto en encontrarlo, sin mirar hacia ninguna otra dirección. Pero no pudo hacerlo, porque durante todo su esperado encuentro Ranma lo único que hacía era desviar su atención hacia esa chica.
Había sido olvidado. Había sido reemplazado. Ya no tenía lugar en la vida de Ranma.
Luego vendría el momento en que sintió el calor de un trato amable. Tan amable como había recibido de Ranma, pero distinto, directo, suave, cálido. Tan cálido como el abrazo de su madre a la que no veía en mucho tiempo y extrañaba tanto. Entonces sus sentimientos se cruzaron, porque amaba la calidez que esa muchacha le despertaba, creía haberse enamorado de ella. ¡Pero más intensos eran sus sentimientos cuando Ranma la celaba! Porque entonces sucedía que Ranma lo miraba a él, como a un auténtico rival, como a un peligro, como a su igual. Y Akane se convirtió en el terreno de lucha donde Ranma jamás lo olvidaría, le dedicaría su atención, donde por siempre estarían luchando como oponentes. Poco a poco sus sentimientos avanzaron y se volvieron más dependientes del calor que le inspiraba Akane. Llegó a un punto en que ya no lo molestó el que ella no correspondiera a su amor, mientras siempre pudiera contar con la cándida sonrisa de Akane y también con los ardientes celos de Ranma. Ya no se sentía solo estando con ellos dos.
Todo estaba claro ahora. No todo era culpa del distraído de Ranma. ¡Él también lo había olvidado! La auténtica razón de su búsqueda, el auténtico sentimiento que había motivado todos sus actos. Aquello nuevo, desconocido, que él le enseñó y que tanto sufrió al perderlo. Akane tuvo la culpa, ella lo cegó con su sonrisa y… No, otra vez lo estaba haciendo, culpar a otros.
Ryoga negó con fuerza deslizando la cabeza por su brazo, mientras sollozaba ante la asustada Ukyo. No, no, ¡no!, la culpa era de él y solo de él. Su obsesión por Akane lo había hecho olvidarse de lo que durante años había querido hacer, la razón por la que comenzó su viaje para seguirlo. Lo que había quedado pendiente en su historia y que fue la razón por la que nunca pudo seguir con su propia vida.
Ese duelo al que fue incapaz de llegar a tiempo, dando inicio a toda su rabia y tristeza, a toda esa pendiente sin final que era su frustración, alimentada por años de falsa rivalidad y odio. Era el día en que iba a confesarle a Ranma, por primera vez, con sus propias e infantiles palabras, sus verdaderos sentimientos.
En el patio baldío detrás de su casa.
Hubieran luchado hasta caer agotados.
Los dos, rivales eternos.
Y entonces, de espaldas, sucios, mirando las nubes pasar.
Le hubiera podido decir, sin rodeos, sin indirectas:
Ranma, eres mi amigo.
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Continuará
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Noham Theonaus
Soñador, novelista y fanficker
