Dejo por aquí este segundo capítulo especial de "Yuru Yuri Dimensión" en honor a Himawari y Sakurako (ship SakuHima), porque no podía faltar algo de ellas dos aunque fuera en contenido extra.

Hace ya un mes desde que recibí la gran notica de que este fanfic consiguió convertirse en la historia más votada de Yuru Yuri en la plataforma Wattpad y, con ello, ser el primer fic de Yuru Yuri en llegar a los 1000 votos. Desde aquí mi más sincero agradecimiento a todos los que apoyaron este fic, ya que gracias a ellos siempre tengo aún más ganas de plantear historias nuevas y de superarme cada día en cuanto a la escritura de fanfics.

Kyomori.


La tranquilidad y la armonía del elegante despacho de la jefa del Departamento de Dimensiones, Furutani Himawari, se vieron perturbadas por la única persona a la que no podía echar de allí; o al menos, no debía. La inesperada visita de su actual pareja al lugar la había distanciado de su paz interior, y había dado paso al estado irritado que la caracterizaba cuando tenía que lidiar con aquella joven de 27 años.

—Sakurako... —su paciencia no estaba aquel día para que atentaran contra ella—, ¿no podrías esperar... a que llegue a casa para preguntarme esta tontería? —se quejaba Himawari.

—¡No es una tontería! —replicó Sakurako—. ¡Tengo muchas tareas en casa y necesito practicar en el poco tiempo que me queda!

—Te dije que cuando estuviera en casa contigo te ayudaría con las cosas de la mudanza... —insistió.

—Ah... —Sakurako pareció confundida—, ¿dijiste eso?

La ansiada paciencia de la jefa del departamento se agotaba, sobre todo porque comenzaba a sentir unas inmensas ganas de arrojar a su pareja por la ventana. Habían pasado solo pocos días desde que la misión de las agentes Yui y Chitose con la dimensión 21A había finalizado y, con ello, Himawari y Sakurako tuvieron el tiempo necesario de organizar su mudanza para empezar juntas la aventura de convivir en la misma casa. Era una promesa que ambas se habían jurado y esa misma mañana comenzaron a enviar sus pertenencias desde sus respectivos hogares familiares hacia su nueva residencia. Montones de cajas de cartón se apilaban por todo el salón de aquella casa, y Sakurako necesitaba concentrarse en aprender las artes de la cocina. En efecto, la chica de pelo castaño se había decidido a estudiar cocina para intentar hacerse un hueco y trabajar en el mundo de la repostería. Tantas veces que había observado a su pareja cocinar, aunque fuese como hobby, había despertado en ella el interés de las creaciones dulces. Era ya la tercera vez que despertaba su vocación por algo; había iniciado estudios de derecho para ser abogada, los cuales abandonó al poco tiempo; más tarde se aficionó por el periodismo, que también dejó abandonado meses después de empezar. Esta vez parecía ser la definitiva, pues Sakurako se esforzaba en mejorar cada día; aunque cierto era que poco duraban con vida gran parte de sus creaciones, pues se las comía.

—Sí, eso dije —afirmó Himawari, bastante molesta—. ¿Podríamos dejar esto para después? Tengo bastante papeleo que arreglar sobre el caso de hace unos días.

—Pero yo solo quería saber qué querías de postre hoy... —Sakurako parecía arrepentida por haber ido allí a interrumpir su trabajo—. Está bien... Prepararé el mismo de ayer y otro día intentaré uno nuevo...

Himawari se levantó rápidamente de su silla.

—Sakurako —la detuvo al percatarse de que se daba la vuelta para irse, un tanto apenada—, lo siento. Tengo mucho estrés en estos momentos y no debí mezclar lo profesional con lo personal. Me apetece el postre de chocolate que me comentaste esta mañana antes de irme a trabajar.

Al instante pudo ver cómo se dibujaba una amplia sonrisa en el rostro de Sakurako. La ilusión del momento hizo que corriera hasta donde se encontraba su pareja y la abrazara con alegría.

—¡Gracias, Himawari!

—Solo procura que no tengamos que mudarnos de nuevo —insinuó ésta.

—¿Eh? ¿Por qué lo dices?

—Por si la cocina acaba explotando y nos obliga a buscarnos otro sitio donde vivir...

—¡Ya sabía yo que con esos pechos no podías ser amable ni una vez! —replicó Sakurako, separándose de ella.

—¡Vaya! ¡Ya tardabas en meter mis pechos en la conversación! —criticó la jefa del departamento—. ¡Y como de costumbre no tienen nada que ver!

—¡Pechugona, pechugona! —repetía.

—¡Olvida lo del postre! ¡Ya comeré cualquier otra cosa! —respondió Himawari.

—¡Bien! —se conformó una enfadada Sakurako—. ¡Cómete las cajas de cartón que hay en casa! ¡Aparte de mí no vas a encontrar nada más!

—¡Pues a lo mejor te como a ti para cenar! —contestó Himawari, aparentemente molesta.

—¡Pues tendrás que comerme a besos, pechugona! —gritó Sakurako.

—¡Eso haré, idiota!

Su particular conflicto quedó interrumpido por unos golpecitos en la puerta del despacho de Himawari; éstos producidos, seguramente, por una de sus subordinadas.

—¡Adelante! —dijeron a la vez las dos jóvenes, aún sin calmarse.

La agente Funami Yui hacía aparición para entregar su informe final de su última misión con la D21A, aunque pudo sentir la incomodidad en el ambiente con tan solo ver las miradas que le dirigían sus dos kouhais para darle la bienvenida.

—El informe... —alcanzó a decir, mientras lo dejaba con delicadeza sobre la mesa.

—¡Ah, claro! Gracias, Funami-san —reaccionó al fin Hiamwari.

—De nada... —Yui hizo el amago de irse, pero se detuvo un instante—. ¿Todo bien?

—Ah, sí. No te preocupes —contestó su superior—, solo estábamos... planificando la cena.

Yui se dio por satisfecha con aquella respuesta y se retiró del despacho, dejando de nuevo solas a las dos chicas. El silencio se hizo protagonista durante unos segundos, hasta que Himawari habló de nuevo.

—Bueno... nos vemos después en casa, Sakurako —dijo.

—Supongo... —respondió ésta.

De nuevo, silencio. Himawari no soportó perder más el tiempo y, torpemente, trató de llegar hasta los labios de Sakurako para dejar allí un tímido beso, que serviría para despedirse de su pareja. Su compañera no se hizo de rogar y al instante rodeó la cintura de Himawari; ésta, por su parte, se abrazó a su cuello para dejarse llevar por aquel momento de romanticismo tan inesperado.

—¡Bueno, debo irme! —se separó Sakurako para ir hasta la puerta del despacho—. Intenta no volver muy tarde, Himawari.

—Sakurako —la llamó una última vez, ante la cual su compañera se percató—, gracias por venir a verme.

Al ver la sincera sonrisa de Himawari, la chica de pelo castaño correspondió el gesto y se dispuso a marcharse. Allí dejaba a la que había sido su primera y última amante en su vida, y la que sería en algún futuro su esposa. Aquella chica que se esforzaba tanto cada día en su trabajo, y a la cual Sakurako esperaba ver llegar esa noche con todo su anhelo.