Hanako continuo tendida en el césped mientras miraba alejarse al santo dorado el cual se había quitado la camisa chamuscada por el reciente encuentro, bajo una de sus manos para tocar su entrepierna la cual estaba muy humeda y un poco resentida por lo que había sucedido, miro lus finos dedos que estaban trazados por finos hilos de sangre y de la escencia del santo de oro. Dejo caer pesadamente su mano a lado de su cuerpo y miro hacia su lado derecho aun estaban partes de su bello kimono esparcidas a su alrededor y una que otra flor silvestre que se mecia al compas del viento.

-Hanako- Gi, Yu, Jin, Rei, Makoto, Meiyo, Chuugi…

Suspiro pesadamente mientras recordaba.

Flashback

Un hombre mayor, tal vez de unos sesenta años entrenaba kendo con una pequeña de unos 7 años de edad, ambos chocaban hábilmente sus espadas de bambu cortao el aire con sus rapidos movimientos. Mientras la pequeña agitaba la espada de madera recitaba los preceptos que el mayor le habían enseñado.

-Hanako- Gi, Yu, Jin, Rei, Makoto, Meiyuu, Chuugi

-Kenshin- Meiyo

El hombre corregia secamente el error de pronunciación de la pequeña.

-Hanako- Meiiiiyuuuuu

Nuevamente intento retirar el sexto principio sin conseguir pronunciar adecuadaente. l hombre acerto una buena estocada contra la espada de la niña tumbándola al suelo y posteriormente señalo con la punta de su espada un Kanji escrito en uno de los pilares de Dojo.

-Kenshin- Meiyo

-Hanako- MEIYO!

-Kenshin- Muy bien Hanako Chan

Ella sonrio ampliamente mientras e ponía en pie y nueamente hizo una reverencia al hombre. De repente los gritos de una mujer interrumpieron el solemne momento entre maestro y alumna sobresaltando a la niña.

-Ayame- Hanako San! Hanako San!

La pequeña abrió los ojos como platos y el hombre asintió dándole permiso para que esta se retirara.

-Hanako- Gracias Sensei...

Se arrodillo entregándole a su maestro la espada de bambu, y tras ponerse en pie salio corriendo del Dojo en diereccion a la mujer que la llamaba tan frenéticamente.

-Ayame- Hanako Chan... Hanako Chan ¿Dónde te habias metido? Obaiin Sama va a estar furiosa si se entera que esatas jugueteando por ahí en lugar de hacer tus obligaciones

-Hanako- Disculpa Ayame San...

-Ayame- ¿Estabas otra vez perdiendo el tiempo con el vago de Kenshin?

La mayor rodo los ojos mientras entregaba una pila de leña a la pequeña para que se apuraraa hacer sus deberes. La pequeña recorrio los pasillos y patios de la contruccion. Sus ropas eran sencillas y bastante gastadas, sus pequeños pies estaban cubiertos de polvo y pequeñas heridas propias de quien no usa calzado alguno. Cuando al fin llego a la parte trasera del cuarto de baño se apresuro en colocar los pedazos de madera en el fuego para asi mantener el agua del baño caliente. La fina voz de una mujer salía a travez de la pequeña ventana del baño que comunicaba con el interior mientras por ella se esapaba una nivea columna de vapor.

-Obaiin- Ya era hora, niña...Espero que esta vez si lo hayas preparado adecuadamente la ultima vez casi me congelo por tu incompetencia.

-Hanako- Disculpeme Okasan… digame por si la temperatura del agua es de su agrado

-Obaiin- Eres tan estúpida... el agua esta casi hirviendo ¿acaso es que me quieres matar quemada? ¡Llama a Ayame, mocosa estúpida!

-Hanako- Disculpame Okasan… yo...

-Obain-¡Callate y llama a Ayame! ¿esto no se va a quedar asi!

La pequeña fue en busca de Ayame, ella era la matrona encargada de los asuntos de la gran mansión. Tras una vergonzosa reprimenta de parte de Obaiin la Ama de la mansión, Ayame ando a Hanako por un par de cubos de agua del pozo para equilibrar la temperatura del agua del baño.

-Obaiin- Ayame San, tantos años en esta mansión y no logras enseñarle a hacer las cosas bien a Hanako… esa criatuta esta empeñada en hacer que enferme de nervios, todo lo hace mal... quiero que te la lleves a los campos de cultivo de una vez por todas, no soporto verla un dia mas en mi casa.

-Ayame- Obaiin Sama, Hanako Chan solo tiene siete años además, el Amo se dara cuenta de su ausencia, después de todo también es su hija.

-Obaiin- Su bastarda! que no es lo mismo Ayame… mucho cuidado con lo que dices. De cualquier modo casi me quemo por su culpa, deberas castigarla por su estupidez, ¿tienes idea de lo que me pudo haber sucedido? quiero que la azotes quince veces y se quede sin arroz por diez días.

-Ayame- Obaiin Sama... Hanako Chan..

-Obaiin- Te atreves a desafiar mis ordenes?

-Ayame- No, mi señora

-Obaiin- Entonces haz lo que te digo.

Esa noche Ayame azoto quince veces con una vara de bambu por ordenes de Obaiin. Hanako tenia solo siete años y dos viviendo en esa mansión desde que su madre murió de peste, era hija ilegitima del Hojo Ujimasa un legendario Samurai gran terrateniente y líder de uno de los clanes mas poderosos de japon. Tras quedar desamparada Ujimasa llevo consigo a Hanako dejándola al cuidado de su esposa, Obaiin quien consideraba una enorme ofensa recibir a la hija ilegitima de su esposo en su propia casa, bajo las burlas y rumores que eso suponía, una humillación para Obaiin. Como era de esperarse Hanako era la viva imagen de Sakura, su madre que a pesar de no ser de origen noble fue famosa por su extraordinaria belleza e inteligencia, Celosa y despechada Obaiin aprovechaba las largas ausencias de Ujimaya para humillar y maltratar a la pequeña Hanako como venganza hacia su marido por traerla y hacia su madre por haberle robado el amor de Ujimaya.

Durante los dos años de la llegada de la pequeña Hanako a la mansión Hojo su vida era la de poco mas de una esclava, sin embargo Hanako ens u inocencia consideraba su situación normal incluso se sentía agradecida con su perversa madrastra de darle un techo y comida para sobrevivir. A pesar de la larga lista de deberes y malos tratos Hanako hizo amistad con Kenshin, uno de los mozos que se encargaban de los caballos, y demás menesteres del samurái. Kenshin era un hombre mayor de apariencia delgada, largo cabello cano y apariencia desaliñada quien en sus tiempos mozos fue un Samurai o eso decía que fue aunque nadie le creía. Kenshin enseñaba kendo y otras artes a la joven bastarda a escondidas de todos, pues enamorada de las historias de tiempos de gloria del hombre mayor decidio llamarle Sensei hasta que este le enseñase todo lo que sabia a pesar de que era conocido que la s mujeres no podían convertirse en samurái.

Cierto dia el hijo mayor de Obaiin cayo enfermo de un misterioso mal, que ningún medico, brujo o curandera podían descifrar, terribles dolores azotaban al adolescente, su rostro se había consumido dejándolo en huesos hundiendo en llanto y depresión a toda la mansión, pues era conocido que Shinkuro por ser el primogénito era el hijo favorito y heredero de Hojo Ujimaya y la adoracion de su madre Obaiin. A pesar del gran dolor del amo de la casa, nuevamente tuvo que salir en campaña militar sin saber si al volver su hijo seguiría con vida, dejando con todo el peso de su cuidado a su esposa.

Cuando todo parecía perdido un extrajero que merodeaba por los dominios del clan Hojo fue capturado por los guardias y llevado ante la señora de la mansión.

Era claramente un extranjero, sus facciones eran disarmonicas y antiestéticas, mu andar era difícil por la deformidad en sus piernas, aunque su blanca piel y el llamativo color de sus ojos era intrigante para los japoneses.

-Obaiin- Quien eres, extranjero? que es lo que haces en los dominios del clan Hojo

-Solo soy un viajero, mi señora, me temo que me he perdido... me puede decir ¿que dia es hoy, y donde estamos?

Tanto los guardias como Obain fruncieron el seño ante las palabras de ese extraño hombre, por lo que pensaron en que posiblemente consumia opio o se había excedido bebiendo sake.

-Permitame quedarme en su casa esta noche y deme algo para cenar, mañana debo continuar mi búsqueda...

-Obaiin- Enciérrenlo, no tengo ganas de lidiar con borrachos mientras mi querido hijo me necesita

Los guardias trataron de llevarse al hombre pero este haciendo gala de una increíble fuerza y velocidad que sin duda alguna eran superiores a todo lo que habían visto antes, dejando inconsientes a una veintena de hombres en solo unos instantes.

-Señora, no me obligue a ser descortés, ¿que acaso aquí no saben ser caritativos con un humilde viajero?

Obaiin aterrorizada palmeo para llamar a la servidumbre y atendieran al desagradable pero poderoso hombre que sonreía repulsivamente en medio de su estancia. Lo llevo hacia el comedor y rápidamente dispuso una esplendida cena para el inesperado huésped. Ayame y el resto de las mucamas revoloteaban entrando y saliendo del comedor llevando platos y bebidas para el terrorífico hombre que tenia el ama de la mansión. Entre ellas la pequeña Hanako entro con una jarra de sake que puso sobre la mesa en la que el invitado degustaba la cena. Cuando la niña coloco el recipiente el hombre giro su mirada hacia el palido y bonito rostro de la niña, esta asustada y sorprendida ante la repugnante apariencia del comensal derramo el licor por toda la mesa ante la furiosa mirada de su madrastra.

-Obaiin- Eres una estúpida!

Hanako saco de entre sus ropas un trapo para secar el desastre que había hecho temblando de miedo por el disgusto de la mujer y por la penetrante mirada del extraño. Una vez que termino su labor desaparecio por la puerta seguida por la mirada del extranjero.

-Asi que... su hijo esta indisspuesto….

-Obaiin- Si, señor. En realidad mi hijo ya tiene edad para ser el amo de la mansión en ausencia de su padre pero de unas semanas a la fecha ha caído enfermo de un mal que nadie puede curar...

-Entiendo...

La mujer derramo unas cuantas lagrimas que seco con un fino pañuelo de seda roja y dorada que saco de su obiage.

-Si... me lo permite yo se un poco de estas cosas y tal vez podría ayudar con la enfermedad de su hijo.

Obaiin dudo de las palabras del desagradable hombre que comia con malos modales frente a ella, sin embargo le intrigaba esa fuerza sobrehumana y el misterio que emanaba, y después de todo no era mas que una madre desesperada dispuesta a probar cualquier recurso con tal de salvar la vida de su hijo predilecto. Asi fue que acepto que el hombre accediera a la alcoba de su hijo para examinarlo.

Shinkuro yacia palido y esquelético en su lecho, mas que un joven de 15 años parecía un anciano de 90 sus ojos se torcian hacia arriba alternando en blanco y miradas agónicas, su boca se curvaba hacia abajo on sus labios secos y hundidos dándole un expresión fantasmal. El extranjero se acerco a el y asintiendo con la cabeza mientras cruzaba los brazos camino a su alrededor como si se tratase de un experto en la materia.

-Su alma ha abandonado su cuerpo

-Obaiin- Como?

-Su cuerpo no tiene nada de malo, solo que por algún motivo su alma esta vagando lejos de aquí, asi que si su alma regresa a donde le pertenece el chico volverá a ser como antes.

-Obaiin- y usted puede hacer eso?

-Por supuesto, sin embargo quiero que me de algo a cambio

La acaudalada dama estaba desesperada, hubiera dado toda su fortuna, su vida de ser necesario con tal de devolverle la salud a su hijo.

-Obaiin- Le daré lo que desee, usted solo pídalo y considérelo suyo con tal de salvar a mi hijo.

-Quiero a la niña del sake.

La mujer fruncio el seño extrañada de la petición del extranjero, para que querría a la patética bastarda de su marido. Era bonita si, no podía negarlo y eso era una de las cosas que mas le molestan de Hanako, pero no era mas que una niña. Aunque era bien sabido que había hombres con inclinaciones extrañas y gustaban de niñas pequeñas para saciar sus deseos.

-Obaiin- Hecho. Cura a mi Shinkuro.

El extranjero sonrió triunfal y se coloco junto al joven Shinkuro. Coloco una ano sobre el pecho del enfermo y la otra la levanto apuntando al techo con su índice. Una especie de aura purpura se encendió al rededor del extranjero para luego tras un pequeño acceso de tos Shinkuro comenzó a pestañear y a mirar a todas direcciones como si se acabara de despertar de un largo sueño. Una vez que el hombre retiro la mano del pecho del joven heredero, Shinkuro se incorporo para quedar sentado para sorpresa de su madre y el par de doncellas que le acompañaban.

-Shinkuro- Madre... ¿Qué fue lo que me ha pasado?

-Obaiin- ¡Hijo mio! ¡Shinkuro!

-Shinkuro- Madre, tengo mucha hambre...

Felizmente las doncellas de la masion le llevaronn gran cantidad de la mejor comida para que el joven amo recuperase su salud, y tran el momento de euforia el extraño visitante se acerco a la esposa del legendario samurái.

-Obaiin- Tendrás lo prometido, señor.

-Vendre por lo que prometido en tres años, pues en este instante debo buscar algo mas... si no cumples lo prometido vendre en persona por la vida de tu hijo.

Los tres años pasaron rápidamente, entre los desprecios de su familia, las escasas visitas de su padre y de las enseñanzas de Kenshin que cada día se sorprendía de la increíble habilidad de la joven bastarda, su gran inteligencia y profundo respeto por el Bushido. Estaba convencido que llegaría a la grandeza, y nada, ni siquiera el haber nacido mujer se opondrían a su destino. Cierto día, Ayame entro desconsolada a la pequeña habitación donde residía Hanako.

-Ayame- Hanako Chan... prepara tus cosas que te vas de esta casa

-Hanako- Ayame San... por que? a donde?

-Ayame-Obaiin Sama te ha vendido

-Hanako- ¿Pero que hecho mal? he obedecido todas y cada una de las ordenes que me han dado, he tratado de ser agradecida y dar honor a esta casa que me a acogido...por que? que fue lo que hice?

-Ayame- Prepara tus cosas que te vas hoy...

-Hanako- Al menos debo despedirme de Kenshin Sensei...

-Ayame- No, no hay tiempo. La persona que te ha comprado ya esta esperando por ti.

FIN DEL FLASHBACK

Hanako se levanto lentamente del verde psto y comenzó a recoger las partes arrancadas de su bello Kimono mientras. No lloraba su rostro continuaba inmutable y estoico ante lo recién sucedido. "Eres fascinante Pequeña flor" la frase pronunciada por el santo de oro daba vueltas una y otra vez en su mente junto a la imagen de esos celestes ojos enmarcados por esa salvaje cabellera color turquesa.

-Hanako- No Caballero... aunque quisiera no puedo contarte mi historia...

Se dijo a si misma mientras se dirigía a la entrada del palacio con su desarreglado Kimono. Bajo las miradas curiosas y sorprendidas de los sirvientes y guardias del palacio Hanako atravesó los pasillos con su ropaje a medio colocar hasta llegar a su habitación. Tras llenar la bañera de agua caliente la japonesa sumergió su cuerpo desnudo en el humeante liquido para purificarse.