Un Poco De Calma


– En los momentos más difíciles, descubres realmente a quién tienes a tu lado –


La desgarradora tragedia que azotó al Amazonas en aquella tarde, era en verdad real.

—Perliux, pienso que deberías de ir a descansar un poco a mi nido —dijo Roberto acercándose a Perla y acariciando un poco con su ala derecha la espalda de ella—, has estado toda la tarde en estas condiciones —comentó intentando hacer entrar a su amiga de la infancia en razón.

—¡Es... que... intento no sentirme mal, pero no puedo! —respondió entre titubeo y sollozo Perla—. No puedo alejarme de él. ¿Cómo dejarlo ir? —dijo dramáticamente para ahogarse nuevamente en llanto y recargarse en el cuerpo inerte de Blu.

—Vamos Perliux. Hazlo por ellos —suplicó Roberto intentando sonar comprensivo, al tiempo en que señalaba a Bia, Carla y Tiago adormecidos a un metro del cuerpo de su padre, quienes emitían suspiros desesperados en instantes.

—Ahhhh, de acuerdo. Creo que... por ahora es lo mejor —suspiró Perla afligida, levantándose del suelo—. Gracias por tu apoyo Beto, te lo agradezco —dijo sonriente Perla a Roberto, quien notó que sus ojos se encontraban inflamados y bastante irritados por tanto llanto.

—No es nada. Y por favor —usó su ala derecha para acariciar la mejilla izquierda de ella— intenta sentirte mejor. Yo aquí me quedaré al tanto de la situación.

—Lo intentaré. ¡Te agradezco! —agradeció ella, notoriamente más tranquila.

En ese momento, ella se dirigió hacia sus tres hijos.

—Niños, despierten —dijo Perla moviendo a los tres pequeños con sus alas, con intenciones de despertarlos.

—¿Papá? —exclamó Tiago desconcertado al despertar bruscamente de su sueño.

—¡No... no hijo! Soy yo, tu mamá —dijo Perla con algunas lágrimas en sus ojos al escuchar a Tiago.

—Lo siento mamá. No quería hacerte sentir mal —comentó cabizbajo el Gunderson más joven al ver la reacción de su madre, acción que intentó remediar dando un abrazo a ella.

—No... no importa hijo. Ayúdame a despertar a tus hermanas y vayamos a descansar un poco a casa de tu tío Beto —propuso Perla a su hijo, quien asintió y despertó a sus dos hermanas moviéndolas con sus alas ligeramente.

Los cuatro volaron sin mucho ánimo hacia el nido de Roberto con intención de dormir un poco y tratar de descansar. Perla volaba más alto que sus tres hijos, viéndolos volar desganados y sin alegría, actitudes totalmente opuestas a las que en días atrás denotaban.

—¡Todos ayúdenme! —exclamó Roberto cuando la mayor parte de guacamayos azules comenzaban a marcharse, así que se detuvieron secamente.

—¿Qué sucede Roberto? —preguntó un guacamayo azul fuerte.

—No podemos dejar su cuerpo en el piso selvático así como así. Debemos de preparar una pequeña despedida chicos —expuso Roberto un tanto desganado, la muerte de su amigo también lo afectó en parte.

—¡Bien dicho Roberto! ¡Él dio la vida por nosotros! —gritó una guacamaya celeste.

—¡Sí! ¡Lo mínimo que podemos hacer en agradecimiento es un velorio! —dijo otra guacamaya muy enérgicamente.

—Entonces... ¡Hagámoslo! —dijo Roberto sonriendo, pero aún triste—. ¡Descuida amigo! ¡Todo estará bien por acá. Ya lo verás! —susurró sonriente al cuerpo de Blu, quien logró convertirse en su amigo, a pesar de su mutua rivalidad inicial.

Todos los guacamayos comenzaron a tomar acción. El lugar idóneo para llevar la ceremonia era una hermosa vista al cielo despejada frente a un lago, un sitio donde los naranjas rayos de sol acariciaban el follaje de los árboles cada atardecer.

Mientras tanto en el nido de Roberto, la incompleta familia azul se encontraba tratando de descansar. Perla dentro de una grande y fría habitación reposaba acostada, atormentada por sus pensamientos y con lágrimas fluyendo de vez en cuando.

Por su parte, Bia, Carla y Tiago se ubicaron en una habitación más pequeña. Ninguno de ellos emitía palabra, pero respiraciones entrecortadas y ligero sollozo se escuchaban en el interior.

—¡Perliux! ¡Perliux! —dijo Roberto moviendo con ambas alas el cuerpo de Perla—. ¡Despierta!

—¡¿Blu?! —desconcertada se exaltó al despertar.

—Soy Roberto —dijo él—. Ven conmigo, hay un lugar al que quiero llevarte —dijo viendo a Perla y sonriendo cálidamente.

—Ahhhh. No lo sé Roberto. No me siento con ánimos de nada —suspiró ella liberando un par de lágrimas.

—Ven por favor conmigo. Estoy seguro de que te hará sentir mejor —propuso Roberto manteniendo aún su linda sonrisa.

—Ahhh, de acuerdo. Vamos —dijo ella poniéndose de pie—. Voy a despertar a los niños —dijo.

—No... no Perliux. Pienso que es mejor dejarlos descansar, aún deben reponer energías —expuso Roberto.

—Ahhhh, de acuerdo. Salgamos —suspiró desganada y sin energía.

Ambos se acercaron a la entrada del nido y emprendieron vuelo. Roberto volaba alto y con la frente en alto, pero al voltear hacia abajo pudo percatarse de que Perla volaba cabizbaja.

—Ah Perla. Me duele verte así. Espero que esto te haga sentir mejor —pensó Roberto y se detuvo frente a ella aleteando sonriente—. ¡Oye Perliux! ¿Recuerdas las carreras de obstáculos que teniamos cuando éramos pequeños?

—Sí. ¿Por qué? —preguntó Perla sin ánimo suspendida en el aire.

—Me preguntaba si... ¡podríamos tener una! —propuso con voz triunfadora Roberto, después de posarse en una rama cercana, misma donde Perla se posó.

—¡El ave de mi vida está muerta y tú, ¿quieres que juguemos un tonto juego?! —gritó alterada Perla—. ¡Si esto es para lo que me fuiste a despertar, mejor me hubieras dejado descansar! —concluyó eufórica.

—Disculpa. Solamente buscaba la manera de subirte el ánimo —dijo cabizbajo.

Ella razonó inmediatamente al escuchar la disculpa de Roberto y se dio cuenta de que, si había alguien que debía de ofrecer disculpas, era ella.

—¡Beto! ¡Por favor, discúlpame! —suplicó tiernamente—. En este momento no... no puedo encontrar sentido a las cosas —y comenzó a llorar.

—¡Hey! ¡No llores! —dijo él abrazando con fuerza a su mejor amiga de la infancia—. El culpable soy yo, por pensar en una solución absurda cuando estás herida.

¡La... la culpable soy yo! ¡Yo siempre tengo la culpa! —sollozó tapando sus ojos con su ala izquierda, para evitar que Roberto viera sus lágrimas.

Ya no llores.Tú no eres culpable de nada. Eres un ave sensacional, justa, buena y bondadosa. Tú mereces felicidad y no sufrimiento —y él recargó su cabeza sobre la de ella, en un tierno abrazo protector.

—¡Gra... gracias Beto! —titubeó un poco reconfortada por esas sinceras palabras y ese emotivo abrazo.

—Todo va a estar bien Perliux —aseguró al tiempo en que acariciaba las plumas de la cabeza de ella con delicadeza—. Te lo prometo.

Ella levantó su mirada y viéndolo directamente a los ojos, le sonrió.

—Continuemos con nuestro vuelo —dijo él al verla con más ánimo y ambos retomaron nuevamente su camino.

—¿A dónde nos dirigimos? —preguntó un poco más tranquila Perla después de volar una larga distancia.

—En seguida lo verás —y ambos llegaron al gran lago, lugar en que el velorio se suscitaría.


The End.