Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, la trama es completamente mía.

Capítulo Dos

Jamás se había alegrado tanto de estar frente a la pastelería, ni siquiera cuando la había inaugurado hacía dos años. Aunque debía decir que la sensación era bastante parecida. Sin embargo, en ese momento el alivió que sintió cuando el peso del hombre dejó de aplastarle el brazo no pudo compararlo con nada. La cuesta hacia el local había sido un momento en el suelo, otro casi cayendo, y otros, a punto de soltarlo y arrepentirse de la buena acción que estaba haciendo.

Seguramente si Sango la viera en ese momento terminaría con esa amistad de años. Y Rin no la culparía, porque, ¿Quién en sus cinco sentidos ayuda a un hombre que tenía grabado la palabra peligroso en la frente? Bueno, pues ella.

Dejó al hombre recargado de la pared y a Kirara en el suelo mientras rebuscaba en los bolsillos de su pantalón la llave. Las manos le temblaban, lo que dificultaba que diera con la llave de la puerta principal. El local tenía varias cortinas de hierro, que cubrían las ventanas de cristal donde exhibía sus pasteles, por lo tanto, había muchos candados y llaves.

Cuando logró abrir, se apresuró a meter a Kirara para dejarla a un lado de las escaleras; enseguida, regresó por el hombre que ya se dejaba escurrir por la pared.

—¿No irás a morirte aquí, cierto? —los ojos le brillaron cuando levantó la mirada. Era una mezcla ambarina, que además de parecerle abrumadora, era descabelladamente fría. Dejó de mirarlo, antes de que pudiera arrepentirse.

—No es necesario que me dejes entrar en tu casa si tienes miedo…

Pues claro que tenía miedo, pero no era el miedo lo que gobernaba su vida. Si bien, era plenamente consciente de los riesgos, no podía dejarle desamparado afuera.

La luz de un relámpago iluminó la calle, lo que la hizo dar un respingo en su lugar. Odiaba los relámpagos, odiaba la lluvia, y odiaba el frío.

—Vamos, no puedo dejarte aquí. Si no hago esto no podré perdonármelo jamás.

La reticencia que mostró al principio se desvaneció cuando una punzada de dolor le hizo doblarse.

Le pasó los brazos por debajo, y lo ayudó a entrar. El camino hasta la planta superior donde tenía su pequeño piso, fue otro minuto de tortura. Era demasiado pesado para ella. No es que fuese una enana o un bichito, como le gustaba a Sango decirle, pero con un hombre recargado, que le sacaba tres cabezas o más, era difícil mantener el equilibrio. Además de que iban empapados hasta las narices.

El hombre se quejó en el último escalón.

—No, no, no, ya casi llegamos —le rogó empujándolo a dar el último paso para entrar a su departamento.

Inhalando con dificultad, él dio otro paso antes de dejarse caer en el suelo.

—¡Mierda! —murmuró Rin, mientras era aplastada por la masa de músculos empapados. Con todo y la ropa mojada, el calor que desprendía su cuerpo, era placentero. Reconoció un pecho duro, cuando le pasó las manos por el abdomen para quitárselo de encima.

—¿Estás bien? —él negó con los ojos apretados.

—Creo que me han molido las costillas —gruñó apenas, apretando los labios tan fuertes que le sonó más a un susurro.

—Necesito quitarte esa ropa mojada y como mucho limpiarte las heridas.

—Déjame tomar aire un par de minutos y yo mismo me levanto.

Rin lo dejó en el suelo mientras buscaba ropa para cambiarlo. Bankotsu, su ex novio, quien además de engañarle con otra mujer y romperle el corazón, le hipotecó la casa, había dejado un par de camisas en el closet de su habitación. Después de tres años de noviazgo, y a pesar de tener el corazón roto se sintió incapaz de tirarlas. Aun lo amaba demasiado en ese entonces para hacerlo, aunque eso no impidió que cuando él volvió, ella le dijera que estaban quemadas y en la basura, que era lo menos que se merecía después de lo que le había hecho.

Rebuscó en la bodega hasta que dio con la caja de ropa. Había cinco camisas, lo bastante holgadas como para amoldarse al cuerpo de su invitado. Las sacudió un poco antes de comprobar que tenían buen aspecto y olor. Era lo único que podía hacer por él si no quería que se enfermara de fiebre y terminara por hacerle más daño del que ya había sufrido.

Le ayudó a ponerse de pie hasta dejarlo en un su pequeño comedor de cuatro sillas.

—¿Te importaría si te desnudo? —dijo cuando volvió a estar a su lado. El hombre levantó la mirada. Parecía no estar en sí, y a pesar de todo, una sonrisa curvó sus labios.

—¿No estarás pensando en abusar de mí, cierto? —Rin se alejó molesta. Cruzó los brazos sintiéndose ofendida. ¿Abusar, ella... de él?

—Por supuesto que no, yo jamás abusaría…

Él soltó una pequeña risita mientras hacía un esfuerzo por sacarse la camisa.

—Era una broma. Lo lamento.

—No entiendo cómo puedes estar haciendo bromas, cuando estás en este estado.

Rin fue por las tijeras que estaban en la cajonera de la cocina y volvió para ayudarle con la camisa.

—Voy a cortar —murmuró. Le desmenuzó las orillas de la camisa lo suficiente como para no tener que hacerle moverse demasiado. Fue imposible que no mirara su cuerpo. Tenía la piel magullada por golpes, aun con eso, ella podía ver un pecho fuerte, un abdomen marcado y unos brazos musculosos.

Era incapaz de mirar más abajo, pero cuando se hincó para cortarle los pantalones, tuvo que ver unas piernas trabajadas y un trasero gloriosamente levantado. Ese hombre era un pecado andante, estaba por decidirse a que era un demonio. Lejos estaba de ser un ángel como le había parecido. El cabello mojado le cubría la cara y desde su altura parecía una de esas estatuas que había visto en el museo de pequeña.

—Lamento mucho causarte problemas —murmuró entre dientes mientras ella levantaba los pantalones secos hasta subírselos a las caderas. Se obligó a no tocar ni un milímetro de piel.

—Es lo que haría por cualquier persona en problemas. Ayudar.

—¿No sabes que es peligroso ayudar a un hombre de la calle? —su voz no parecía peligrosa, pero con todo y eso, sintió que debía estar alerta.

—Soy consciente de eso. Pero igual te he ayudado, y a menos que vayas comportarte como una bestia, tendré que echarte de mi casa, mientras creo que puedo estar segura que agradecerás lo que hago por ti.

—Puedo ser un asesino —murmuró él.

—¿Y lo eres? —recogió la camisa que había dejado en el suelo, se la pasó por un brazo y luego con gran esfuerzo por el otro. Lo escuchó gemir de dolor.

—No soy —tartamudeó, supuso que deteniéndose por el dolor que la causó mover el torso—. No soy un asesino, te lo aseguro.

—Entonces puedo estar segura que vas a comportarte.

—Aun así un animal herido es peor que un asesino. Los leones, por ejemplo, son peligrosos.

Terminó de abotonarle la camisa. Estaba seco y se veía más decente, y en favor a la verdad, mucho más guapo de lo que ya le parecía.

—Ahora mismo hablaré a la policía y asunto zanjado —se dio la vuelta para ir por el teléfono. La mano del hombre la detuvo con fuerza.

Una vez más en sus ojos había suplica.

—No lo hagas.

Rin sonrió.

—¿Lo ves? No eres ningún león herido, más bien me pareces un gatito al que le han pisado la cola.

—Eres un ángel —murmuró doblándose otra vez. Rin le ayudó a levantarse de la silla. Necesitaba acostarlo para que dejara de hacer movimientos bruscos.

Le dejó sobre su cama, le acomodó las almohadas para que se recostara y le quitó el cabello de la cara, negándose a que el cosquilleo que sentía al tocarlo, le hiciera comportarse como una tonta.

—No soy ningún, ángel.

—Supongo que no, pero hasta hace un rato creí que iba a morir.

Rin se alejó de él. Tomó la jarra de agua que tenía sobre el buró, para servirle un poco. Después rebuscó en uno de los cajones hasta que sacó una de las pastillas que usaba para sus cólicos menstruales.

—Bebe esto, debe ayudarte a calmar el dolor un poco.

—¿Qué es eso?

—Un analgésico —se mostró reticente a beber la pastilla, y cansada por el ajetreo y la situación agregó enfurruñada:— No voy a darte algo para matarte, te recuerdo que te he traído a mi casa, lo que menos deseo es que la policía me encuentre con tu cadáver.

Él pareció complacido con su respuesta, porque hizo una mueca que parecía más una sonrisa y miró de nuevo la pastilla antes de abrir la boca.

—Por una píldora así, he terminado en una zanja.

Se inclinó un poco para beber la pastilla a sorbitos. Regresó a la cama y apretó los ojos por el dolor. Casi enseguida, Rin se sintió culpable de sus palabras. Era normal que en su situación él se mostrara cuidadoso con lo que bebía. Era él quien había estado a punto de morir.

Más calmada, suspiró controlando su tono de voz.

—¿Y tienes un nombre? —él no contestó enseguida, lo que la hizo pensar que se había quedado dormido, pero antes de que pudiera levantarse de la cama, en donde se había sentado, él habló.

—Sesshomaru.

—Vale, Sesshomaru, vas a quedarte en mi casa hasta que te recuperes. Y que sepas, que tengo un arma escondida que sé usar correctamente.

Él sonrió para su desasosiego.

—Gracias, ángel.

—Ya te he dicho que no soy un ángel. Mi nombre es Rin.

—Como tú digas.

En ese momento cerró los ojos. Y Rin se quedó mirando el perfil masculino de Sesshomaru. Tenía la nariz respingona, los ojos más bellos que había visto en su vida y un cuerpo de infarto.

Su teléfono fijo sonó en ese momento, haciéndola dar un brinco en su lugar. Corrió hasta la cocina y apartó los trastos del desayuno de la mañana para encontrarlo.

—¿Se puede saber qué has estado haciendo? Te estoy llamando al móvil.

—Sango —dijo antes de tirarse al mueble.

—Sí, quién si no. ¿Has rescato a Kirara?

¡Santo cielo, Kirara!

Dando otro brinco del mueble, bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Con todo el movimiento se había olvidado por completo de la gatita. La sacó para acariciarla, pero Kirara dolida por haber sido olvidada le dio un arañazo en la mano y salió disparada para irse a quién sabe dónde.

—¿Ese maullido ha sido de Kirara?

—Me temo que hemos empezado con el pie izquierdo.

—En menos de lo que canta un gallo serán inseparables.

—Eso espero.

—Rin, mil gracias, de verdad que eres un ángel.

Soltó una risita.

—Parece que hoy he hecho muchas obras de caridad para ganarme ese título.

—¿Y cuáles son?

—He salvado a un hombre —susurró, pegándose más el teléfono a la boca. De pronto, escuchó sonidos del otro lado de la línea.

—Bichito, tengo que colgar. Mi jefe está insoportable y tengo a un hombre que está como Dios manda a mi lado enseñándome la última auditoria.

—Vale, te dejo. Yo estoy que muero de sueño.

—Cierto, perdón, olvidaba la diferencia de horario.

Colgó y dejó el teléfono sobre la repisa. Kirara apareció del otro lado de la barra y como si fuese su venganza, levantó una pata y empujó uno de sus preciosos vasos con florecitas que le había regalado su madre cuando se independizó.

—Kirara, no.

Kirara la ignoró, se pavoneó como la dueña y se escurrió otra vez para esconderse. Esto será una completa locura, pensó antes de dejarse caer en el mueble.

Continuará…

Gracias, bellezas, por seguirme en esta nueva locura. A esos lectores silenciosos, que han agregado a favoritos, dado follow y no han dejado review, solo les digo, que me han manoseado hasta más no poder. A las que comentaron, muchísimas gracias. Me han hecho más feliz que una lombriz.

Si has leído hasta aquí, hazme saber si te gustó, si no te ha gustado también y si de plano no quieres decirme nada, siéntete libre de seguirme manoseando.

Nos vemos en el grupo de Girls Danperjaz, que espero rescatar de las cenizas del olvido, donde podrán encontrar material de mis fics y de mis novelas originales. ¿Alguna interesada? Link en la bio.