Capítulo 4.

Antes. Francia

- ¿Y qué le ha llevado a aceptar un trabajo como este, Señorita Bianchi?.

Emily dejó reposar momentáneamente la cucharilla sobre la copa en la que le había servido el postre, para atender a su pregunta. Habían cenado a solas, mientras hablaban de todo un poco. Se dio cuenta, de que Morente, a pesar de dedicarse a negocios lejos de poder calificarse como éticos, tenía bastante pasión por la cultura en general, y el arte en particular.

- Marcela...- Le recordó con una sonrisa. Y antes de continuar, esperó a que él respondiera con un gesto de asentimiento- Es un trabajo...Eso es todo...- Añadió simplemente encogiéndose de hombros.

Él la observó detenidamente, y Emily aprovechó para dedicarle una o dos miradas sugerentes, mientras se deleitaba en el tiramisú que les habían servido.

- Parece una mujer con demasiada clase como para involucrarse en algo como esto... Supongo que Pierre le habló de mis negocios antes de contratarla.

Emily dejó de nuevo la cuchara sobre la mesa, y juntando las manos apoyó su mentón sobre ellas.

- Yo podría hacerle la misma pregunta,.. Señor Morente- Le replicó con voz seductora.

Él se echó a reír. Le fascinaba aquella mujer. Y mucho. Sin duda Pierre, había tenido en cuenta sus gustos para escogerla.

- Diego... Por favor...- La corrigió él en esta ocasión- Creo que podemos dejar los formalismos a un lado- Continuó estrechando sus ojos sobre ella. A Emily se le revolvió el estómago, aunque no permitió que Morente se diera cuenta- No has respondido a mi pregunta...

Emily asintió con un suspiro.

- Digamos que soy de esas personas que en circunstancias normales intenta seguir las normas, pero que si la ocasión lo requiere, no tiene inconveniente en... ignorarlas...- Le explicó con sencillez- El bien y el mal, al fin y al cabo son conceptos relativos... ¿No crees?... ¿Diego?...

Morente, la miró sorprendido. Le impresionaba su forma de analizar el mundo, y el modo en que parecía moverse dentro de él. No había conocido demasiadas mujeres así, y eso era algo que le atraía profundamente de ella.

Se levantó de su asiento y se acercó hasta ella, tendiéndole la mano.

- A esta hora pasear por el jardín es un verdadero placer para los sentidos... ¿Querrías acompañarme?.

Emily aceptó su mano, y se incorporó a su vez. Luego lo siguió a través del salón, hasta llegar a las puertas francesas que daban acceso a la parte trasera de la mansión. Aún no había tenido ocasión de ver esa zona. Supuso que debía ser tan suntuosa como el resto. Cuando salieron, comprobó que llevaba razón, aunque si bien aquella suntuosidad en el interior resultaba excesiva, allí, en el exterior, la dejó boquiabierta.

Hasta el más mínimo detalle estaba absolutamente cuidado en el jardín. Los parterres de flores, las fuentes, los pequeños caminos de piedrecillas, las inmaculadas estatuas de mármol dispuestas a lo largo del sendero principal... Todo resultaba magnífico y casi mágico iluminado por la brillante luz de la luna llena.

La guió hasta el interior de un hermoso cenador de madera, situado junto a un pequeño lago artificial, y desde allí, de pie junto a la barandilla, contemplaron la increíble vista.

- Esto es...- Susurró Emily- No tengo palabras...

Morente pareció satisfecho por su reacción. En realidad, Emily no había tenido que fingirlo, a pesar de que en ningún momento se permitía bajar la guardia.

Por eso, cuando sintió la mano de Morente sobre su cintura, reprimió su instinto de apartarse bruscamente, y simplemente se giró hacia él, le sonrió, y se retiró fingiendo que recorría con curiosidad el resto del cenador. Morente sonrió a sus espaldas y dio nuevamente unos pasos hacia ella. Antes de que pudiera volver a tocarla, Emily se volvió hacia él con una sonrisa.

- No me has dicho con quien debo hacer de intérprete...- Le señaló esperando que volver al tema profesional lo distrajera lo suficiente como para que la dejara por el momento.

Al principio pareció sorprendido, pero en ningún caso le pareció ver en él ningún atisbo de desconfianza.

- Son principalmente árabes... También hay un cliente ruso con el que me interesa mucho hacer negocios... Es buen pagador...Me dijiste que hablabas un poco de ruso... Estoy seguro de que será suficiente. Ellos también traerán sus propios intérpretes. Así todos nos aseguraremos de que lo que se hable sea lo correcto.

- ¿De qué tengo que estar pendiente?- Le preguntó aparentando estar interesada en desempeñar perfectamente su trabajo.

- De que nadie me engañe... Procura enterarte de lo que hablen a mis espaldas... Sé que tienes muchas herramientas para llamar su atención...

- Por supuesto...- Asintió ella en un gesto de comprensión.

Morente se volvió a acercar a ella, y Emily, aprovechó para adelantar unos pasos hacia la salida del cenador.

- Es tarde...Será mejor que nos vayamos... Me gustaría estar descansada para la reunión.- Se excusó sin dejar de sonreír.

Vio la decepción en los ojos de Morente, y rezó para que no insistiera. Cuando él finalmente pareció renunciar a cualquier intento de seguir intimando con ella, se dirigieron juntos de nuevo hacia la mansión.

A pesar de que ella le aseguró que no era necesario, él se empeñó en acompañarla hasta la puerta de su habitación.

- Buenas noches, Marcela... Que descanses...- Se despidió besándole nuevamente el dorso de la mano.

Emily inclinó levemente la cabeza, entornando los ojos. Reprimió un suspiro de alivio cuando comprobó que él se despedía. Sin embargo, no podía estar más equivocada. En el último momento, Morente, apretó su mano con más fuerza de la necesaria, y colocó la otra mano detrás de su espalda empujándola hacia él, e impidiéndole así que pudiera apartarse. Antes de que pudiera reaccionar la estaba besando de forma tan hosca e invasiva que tuvo que contenerse para no vomitar y para no salir corriendo, que era lo que todo su cuerpo le gritaba. No podía hacerlo. No podía hacerle saber lo que aquello le provocaba. No podía poner en peligro la misión por una cuestión moral. Irracionalmente pensó que Doyle jamás la había besado de aquel modo tan repugnante.

- Sr. Morente... Tiene una llamada de teléfono...La que estaba esperando...

La voz de Mick junto a ellos, fue un regalo para sus oídos. Morente se apartó de ella con expresión frustrada, pero estaba claro que era un hombre de negocios, y no había nada que fuera más importante para él.

Emily por fin pudo recuperar la respiración, mientras trataba de mantener a raya sus emociones. No sabía por qué pero tenía unas ganas irrefrenables de llorar. Ella no era así. Ella no lloraba. De reojo miró a Mick que parecía absolutamente imperturbable. Ni siquiera parecía haberse percatado de su presencia, a pesar de que tenía una idea bastante aproximada de lo que debía estar pensando.

Morente se volvió hacia ella y le acarició el rostro.

- Tengo que atender esa llamada... Es importante...- Le informó. Y acto seguido, se marchó dejándolos a solas frente a la puerta del dormitorio.

Emily bajó la vista al suelo, incapaz de mirar a Mick. Se sentía avergonzada y sucia, por lo que le había permitido hacer. Pero ¿Se lo había permitido realmente?. Prefirió pensar que sí. Que aquello había sido decisión suya. Así siempre era más fácil.

Abrió la puerta y entró en la habitación. Antes de que pudiera cerrarla, sintió la mano de Mick sobre su hombro, y cuando se dio la vuelta, se lo encontró justo enfrente de ella, sosteniendo la puerta con la otra mano.

- ¿Qué haces?- Le preguntó con cierto temor. Él mismo le había advertido que era peligroso que los vieran allí.

Pero Mick simplemente entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él. Por un momento Emily no supo leer la expresión de su cara. Se había quedado en silencio como si la estudiara ¿Estaba enfadado con ella? No era capaz de averiguarlo.

Finalmente la tomó suavemente del mentón, obligándola a mirarlo. El tacto de su mano sobre su piel, no podía ser más diferente a lo que había sentido cuando Morente la había tocado. Morente resultaba desagradable, duro y repulsivo; Mick sin embargo, era cálido, suave y tierno.

- ¿Estás bien?- Se limitó a preguntarle con voz serena.

Emily se sorprendió de que le hiciera aquella pregunta. Esperaba algún reproche por su actuación, esperaba que le dijera que cómo se le había ocurrido hacer algo así, esperaba que le recriminara su falta de escrúpulos.

- Sí- Le mintió esquivando su mirada, y apartándose un poco de él. El roce de su mano, le hacía difícil mantener el control de sus emociones. Él desistió de intentar volver a tocarla, y simplemente se quedó mirándola- No es para tanto... -Añadió como si aquello hubiera sido iniciativa de ella. Pero la forma en que cruzó los brazos sobre su pecho, indicaba todo lo contrario.

Mick frunció el ceño, un poco perplejo por la forma en que se estaba justificando. Se acercó a ella nuevamente y la tomó delicadamente de los hombros. Buscó de nuevo sus ojos, que ella se empeñaba en apartar de él.

- Estás temblando...- Le hizo notar con voz preocupada. Esperó a que ella respondiera, pero parecía desconcertada por lo que le acababa de decir. Mick se dio cuenta de que Emily no era consciente de lo que la había afectado- No debió obligarte...

- No me obligó- Puntualizó ella levantando la vista hacia él. Mick pudo detectar el enojo en su voz- Yo se lo permití- Añadió dando un paso hacia atrás para liberarse de sus manos. Luego se volvió dándole la espalda- Será mejor que salgas. Alguien podría verte.

Pero Mick no se movió de su sitio.

- No me pareció que estuvieras de acuerdo con aquello...- Le recalcó él sin asomo de duda en su voz- Creo que los dos sabemos lo que habría pasado si no llego a aparecer.

Emily se volvió hacia él, con los labios convertidos en una fina línea, y sus brazos aún cruzados en posición de defensa.

- Sé cuidarme sola- Le espetó. Y tuvo que contener las ganas incontrolables de reír, al darse cuenta de la gran mentira que le estaba contando. Teniendo en cuenta lo ocurrido con Doyle era evidente que no era tan autosuficiente como creía- En cualquier caso... Mañana es la reunión... No tendrás que volver a preocuparte por mí.

Mick suspiró, dándose por vencido, y con un gesto de negación, sin siquiera despedirse, salió de la habitación.

En cuanto se hubo ido, Emily cerró con llave a pesar de que sabía que ni siquiera eso evitaría que pasara la noche alerta por si a Morente se le ocurría volver a tocar su puerta.

Afortunadamente para ella, no lo hizo.

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Al día siguiente, se levantó al alba. Pidió que le llevaran el desayuno a su dormitorio. No tenía ganas de compartir mesa con Morente si podía evitarlo. Era muy consciente de lo que se esperaba de ella, pero mientras pudiera evitarlo no volvería a hacer algo así. No mientras no fuera absolutamente necesario.

No vio a Mick en toda la mañana. Decidió recorrer el jardín a solas. A la luz del día, era igual de hermoso que durante la noche, aunque de forma diferente. Parecían dos lugares totalmente opuestos, aunque compartieran el mismo escenario. Como si fueran dos almas viviendo en un sólo cuerpo. Igual que se sentía a veces ella misma.

A medio día, comenzó el ajetreo del servicio doméstico, preparándolo todo para la reunión de la noche. Imaginó que si comenzaban tan pronto es que sería algo a lo grande. Se resignó a almorzar con Morente, y volvió a la mansión, pero tanto él como Mick habían desaparecido del mapa. Por la tarde, volvieron juntos. Emily no tenía idea de en dónde habían estado, y tampoco se arriesgó a preguntarle a Mick. No quería que alguien pudiera verlos conversando a solas más de lo debido, y ya había estado en dos ocasiones en su habitación. Morente no salió de su despacho en toda la tarde, y finalmente, cuando lo hizo, le pidió que se preparara para la reunión, y le sugirió que escogiera un vestido sugerente.

Y allí estaba ella ahora, en su habitación, seleccionando su atuendo para la cena. A través de la cristalera del dormitorio, vio llegar a los primeros invitados, y escuchó cómo el bullicio en el interior de la casa, aumentaba a medida que éstos se presentaban.

Ahora, viendo el vestido que debía ponerse, le pareció que el de la noche anterior era recatado en comparación con éste. Terminó de prepararse, y simplemente bajó la escalinata que daba al salón. Mientras bajaba, tuvo tiempo de analizar la situación que le esperaba. Aparte del personal de servicio, del de seguridad, entre el que se encontraba Mick, y del propio Morente, pudo ver al menos a casi una veintena de personas. Conocía lo suficiente su trabajo como para darse cuenta de que casi todos eran el propio personal de seguridad de los posibles clientes de Morente. Dedujo que los compradores serían a lo sumo cinco o seis. Fácilmente detectó al de origen ruso, del que le había hablado Morente. Justamente estaba con él.

Cuando había descendido hasta la mitad de la escalera, Morente se volvió hacia ella. Se le veía complacido con la elección de su atuendo, y le dirigió una sonrisa que ella se apresuró a responder del mismo modo. Luego, le hizo una seña a su acompañante, y el ruso se volvió hacia ella, con gesto de admiración. Morente se acercó al borde de la escalinata para recibirla, y uno a uno se fueron volviendo hacia ella. En otras circunstancias, quizás se hubiera sentido halagada, pero sabiendo a qué se dedicaba a aquella gente, tuvo que hacer un esfuerzo para que nadie notara el escalofrío que la recorrió.

Morente le tendió la mano, ayudándola a bajar los últimos peldaños, y ella lo recibió con una sonrisa. Notó cómo le recorría el cuerpo con la mirada, plenamente satisfecho. Su vestido era largo, de color rojo burdeos, con escote de corazón, y una amplia abertura hasta el muslo. Se había dejado el cabello suelto, y ahora enmarcaba su rostro en suaves ondulaciones.

Cuando se disponía a saludar al cliente ruso, vio de reojo a Mick, que permanecía de pie, junto a una esquina, asegurándose de que todo transcurría como debía. Cruzó la mirada con ella, apenas dos segundos, que sin embargo fueron suficientes para que Emily se diera cuenta de que estaba profundamente disgustado con toda aquella situación. Tuvo que ignorarlo el resto de la velada para poder hacer su trabajo, que consistía no solo en servir de intérprete, sino en ser "amable", especialmente con el que luego supo que se llamaba Ivanov.

Debió hacerlo muy bien, porque al final de la noche, éste se había convertido en el comprador principal.