CAPÍTULO 2
Cosas que se dicen sin palabras
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Ino no era una masoquista. Tan pronto se percató que ese chico Sasuke era un completo imbécil dejó de pensar en él. Claro, era un bombón, de esos que te hacen suspirar si los ves caminando por la calle, pero ¿De qué servía eso si el sujeto estaba seriamente perturbado de la cabeza y tenia los modales de una alpargata? Ella no quería relacionarse con alguien así de tóxico. No gracias. Next. Se consideraba demasiado valiosa y genial como para haber perdido el tiempo persiguiendo a un chico que sólo la humillaría y a quien al final del día tendría que rogar atención. Quizás Sakura fuese experta en enamorarse de perdedores así, pero no ella.
Ino quería ser tratada como una princesa en un cuento de hadas. Flores en la primera cita, bombones en la segunda, desayuno en la cama en la tercera. No estaba dispuesta a conformarse con nada inferior a eso. Sus expectativas en el romance eran altas, porque ella estaba dispuesta a dar lo mejor de sí misma por otro. Era sólo justo obtener lo mismo a cambio. Eso se llama autorespeto, valorarse lo suficiente como para no conformarse con lo primero que llega sólo por un par de sonrisas y palabras. En el amor, al igual que en cualquier aspecto en la vida, Ino se adentraba primero con la cabeza y después con el corazón.
Ese día despertó un tanto resfriada. Acababa de llegar la primavera y era usual agarrarse las gripes de inicio de temporada que muchas veces confundía con una simple alergia. De cualquier forma había tenido suerte, ya que podría haberse agarrado una neumonía por su estúpida astucia de botar su paragua a la basura por subirse al automóvil de Sasuke. Su mente estratega había fracasado rotundamente al no vislumbrar la posibilidad que él la dejara en el paradero de buses en vez de su casa, y tuvo que caminar cinco cuadras en medio de un diluvio por culpa de ello.
¿En qué rayos estaba pensando creyendo que ese sujeto sería un caballero y me traería a casa? ―pensó suspirando mientras estornudaba y bajaba por la escalera poniéndose un delantal para trabajar en la Florería Yamanaka antes de partir a clases.
Sacó un par de baldes de rosas rojas mientras estornudaba entre las flores, le puso agua a los maceteros con tulipanes, arregló las margaritas y sacó los botones muertos de los clavelinos. Amaba la florería y todos los días antes de irse a estudiar se aseguraba que todo estuviese fresco y hermoso. Después de todo, las personas que llegaban ahí no sólo necesitaban flores, sino que regalar amor, decir que alguien más le importaba lo suficiente como para regalarle un arreglo floral. Y ella se consideraba privilegiada de estar ahí y decirles cual era la flor perfecta que estaban buscando. La naturaleza tenía un lenguaje muy claro que se expresaba sin palabras, rosas rojas para el amor, margaritas blancas para decir "mejórate pronto", tulipanes amarillos para comunicar lo feliz que alguien más te hacía o incluso lirios blancos para representar la solemnidad de una festividad como el matrimonio, el compromiso o la tristeza de un funeral. Ella entendía ese lenguaje y se encargaría de preservarlo.
―Buenos días pequeño tulipán ―le dijo su padre sonriendo mientras bajaba cajas de petunias desde el caminión―. ¿Cómo sigue ese resfriado?
―Ya casi se me pasa. No te preocupes, nada se ha puesto en mi camino aún que pueda derrotarme ―le guiñó un ojo y le lanzó un beso a su padre mientras él reía.
―Esa es mi Ino.
Caminó alegremente hasta la parada de bus cubriendo la mitad de su rostro con una bonita bufanda blanca. Esperó algunos minutos junto al resto en el paradero revisando los mensajes en su celular y poniéndose al día en los distintos grupos sociales a los cuales pertenecía. Al parecer Sakura celebraría su cumpleaños ese final de semana y estaba invitando a todos mientras que al mismo tiempo le pedía ayuda para organizar todo. También se encontró con las calificaciones de historia de la botánica y además su clase de las cinco había sido movida para el día siguiente.
Mientras iba en el bus mirando por la ventana sacándose fotografías con la lengua afuera que luego publicaba en sus medios sociales. Entre las vibraciones de su celular que la notificaban de cuantas personas estaban disfrutando de sus fotografías, consideró seriamente que esa primavera quizás, se cambiaría el look también. Toda esa onda del pelo largo en una cola estaba medio pasado de moda y por años venía subiendo esa misma imagen. La primavera pedía cambios urgentes, quizás hiciera algo al respecto. ¿Cómo se habría visto pelirroja? ¿Cabeza de unicornio? ¡O incluso una linda melena corta!
O quizás, lo deje rubio y largo, sólo cambie un poco el peinado ―y entonces, se quitó el sujetador que mantenía la cola de caballo en su lugar y dejó que su larguísima cabellera fluyera libre y suelto―. Si, se siente mejor ―pensó con ánimos y sintiéndose la mujer más hermosa de la ciudad mientras volvía a compartir una fotografía con su nuevo aspecto triunfador de día lunes. Definitivamente todo le saldría bien esa semana si la empezaba con el mejor de los ánimos.
La primavera comenzaba oficialmente con su pequeño cambio de look y sólo para celebrar paró por el camino en su cafetería favorita y se compró un delicioso y bastante caro frappucino de mocca. Por algún motivo el chocolate dulce, el café, la crema y el hielo confortaban su alma para un día que a todas luces se veía agotador. Pero estaba de buen espíritu y nada ni nadie la iba a detener en su misión por triunfar en la vida. Sería la mejor alumna de su generación, costara lo que costara y además se encontraría un chico lindo del cual se pudiese enamorar. Hablando de eso, se recordó a sí misma que debía borrar toda la lista de imbéciles y perdedores con los cuales ya había salido. Era primavera, hora de empezar desde cero, con alguien que sí valiera la pena.
Mientras caminaba alegremente por la avenida principal de la universidad se detuvo un momento a las afueras de la facultad de Biología buscando entre sus cosas el itinerario que le pedirían leer al entrar a la clase de botánica europea. Ella había escogido estudiar Biología con mención en botánica para así poder saber todo respecto a las flores y un día abrir su propio invernadero de Orquídeas. Ese era el sueño que tenía, poder envejecer alrededor de las flores el resto de su vida sin otra preocupación que regarlas y verlas florecer. Se sentó en una banquita al costado de la facultad y hundiéndose entre los hombros para protegerse del viento, acurrucándose dentro de su gabardina que le llegaba a los tobillos.
Y justo entonces su mirada se posó en una escena que la hizo quedar un tanto embelesada. Era de lo más tierno a decir verdad. Frente a la facultad de Biología se encontraba la de Arte y Literatura. Ahí, entremedio de los árboles que adornaban la entrada pavimentada con bonitos mosaicos, observó a una pareja de lo más adorable. El joven le quitaba una gran cantidad de libros a su novia, la cual le pedía con algo de vergüenza que no se preocupara, porque ella podía llevarlos. Ante la caballerosa pero inflexible actitud del joven de cargar los libros, ella pareció desistir, se puso de puntillas y lo besó con una de esas expresiones de "¿por qué eres tan perfecto?" en el rostro. Él respondió el beso que duró un buen momento, mientras no sólo ella, sino que gran parte de las chicas que estaban ahí cerca observaban suspirando por no tener algo así. El joven se separó lentamente de ella, le sonrió y tomó su mano, caminando ambos por el sendero de árboles que llevaba hasta los estacionamientos.
Terminó suspirando y pensando por qué ella no era lo suficientemente afortunada para haber encontrado un chico que la esperase toda la mañana muriendo de frío sólo para cargar sus libros. Eso sí debía ser amor.
―Hinata y su suerte ―dijo un tanto alto, observando a la feliz heredera Hyūga que sonreía ante alguna cosa que Itachi había dicho. Se veían tan felices juntos―. Como me gustaría estar en tu lugar.
―¿Por qué te gustaría estar en su lugar? ―la voz a su espalda la hizo voltear el rostro sobre su hombro para encontrarse con dos ojos indiferentes que miraban la escena tanto como ella―. ¿No crees que es aburrido y predecible que la esté esperando ahí?
―Para nada ―dijo con gracia y antipatía pues aún no se olvidaba de lo que Sasuke le había hecho―. Tu hermano mayor es perfecto.
―Perfecto ―repitió Sasuke con algo de frialdad y apatía. Sólo entonces posó sus ojos negros sobre los azules de Ino―. Explícate.
―¿Qué hay que explicar? La ama.
―¿Cómo puedes estar tan segura de algo así? Sólo porque esté ahí no significa que la ame. Quizás sólo quiere acostarse con ella.
―¿De verdad crees que Hinata es el tipo de chica que haría algo así? ―preguntó rodando los ojos.
―No. No es ese tipo de mujer.
―¿Si quiera sabes qué fecha es hoy? Estamos exactamente a seis días para que comience el periodo de exámenes. Alguien como Hinata debe estar estudiando para ello por lo menos hace diez días. Lo sé porque la conozco desde que fuimos juntas a la secundaria. Es extremadamente responsable cuando se trata de estudiar.
―¿Conoces a Hinata desde la secundaria? ―preguntó extrañado, lo cual ofendió a Ino. Seguramente creía que ella no era lo suficientemente adinerada como para haber conocido o estudiado junto a alguien como una Hyūga.
―Sí ―respondió con una mueca de fastidio.
―¿Son… amigas?
―Se podría decir que sí ―no era tan cierto, hacía bastante que no salían juntas ni conversaban, pero había una relación cordial entre ellas y se saludaban cada vez que se veían.
―Y dime, ya que pareces una experta en el amor ―se burló él, el primer gesto que le sacaba de su permanente indiferencia―. Si Itachi no está buscando acostarse con ella, ¿La única otra opción es que esté enamorado de Hinata para haberla esperado ahí?
―Se paró toda la mañana afuera de la facultad, esperando verla aunque fuese un momento antes de él mismo tener que ir a trabajar, porque seguramente no la ha visto en días por sus estudios ―la expresión de Sasuke comenzó a tornarse de indiferente a irritado―. Sabía que saldría cargada de libros, porque ella debe haberle dicho que vendría a saquear la biblioteca hoy para estudiar en casa. Y tu hermano, siendo el perfecto caballero que es, se paró ahí esperando por ella sólo para sorprenderla y ayudarla con todos los libros en vez de que caminase con el frío y el viento por sí misma. Ella sabe que la ama porque eso le demostró al estar ahí. Por eso lo besó, fue su forma de decirle que lo ama también. Ese el tipo de personas que son. Hinata e itachi. No necesitan decirse las cosas cuando las pueden demostrar.
―Que la haya esperado un momento y cargado sus libros no significa nada. Un beso no es una declaración de amor ―Sasuke estaba comenzando a perder la paciencia y ella sintió un extraño placer en haberlo hecho enojar.
―No estaba ahí esperándola, su propósito no era cargar sus libros. Itachi-san estaba porque quería decirle que la ama. Verás, hay mensajes que pueden darse sin la necesidad de decir algo, como regalarle una rosa roja a una joven en la primera cita. Se puede decir que amas a alguien actuando más que hablando y haciendo grandes confesiones. Las palabras se las lleva el viento dicen por ahí, un acto desinteresado queda por siempre guardado en el corazón de una mujer. Por eso tu hermano es perfecto. Es lo comprende ―Ino se levantó y lo vio con un aire de superioridad. Definitivamente, ella era más inteligente que ese cretino. No esperaba que un tipo con la madurez emocional de un cacahuate lo comprendiera―. Y porque tú no lo entiendes, estás solo, mirando, mientras te carcome la envidia de algo que no comprendes, que no tienes y muy probablemente jamás tendrás.
El cabello de Ino Yamanaka se meció de un lado a otro mientras caminaba con sus cosas en las manos dentro de la facultad de Biología sintiendo que se había pagado el mal rato que ese idiota la había hecho pasar el otro día. Sasuke observó su espalda completamente irritado, jurándose a sí mismo que aquella conversación no había acabado aún y se lo demostraría a esa arrogante rubia.
A veces un beso, no era más que sólo un beso.
