Capítulo VIII
La noche ha caído completamente sobre la ciudad y dentro de la habitación los ánimos son tan oscuros como las calles de afuera. Kyoko, de algún modo, ha conseguido escapar de la bruja con Mami y Nagisa a cuestas. Sin embargo, y pese a que han intentado ayudarla de varias formas, Mami no da señales de mejoría. No despierta y Kyoko se angustia más con cada nueva hora que pasa. ¿Existe todavía la posibilidad de que se convierta en una bruja? La pelirroja quiere creer que no. Que hubo llegado a tiempo de detener el proceso.
Nagisa está sentada sobre el sofá; su mirada está perdida en algún punto de la alfombra y luce bastante deprimida. Kyoko suspira profundamente antes de dejar su lugar junto a la cama para aproximarse a ella, quién se pone aún más cabizbaja cuando Kyoko le cubre los hombros con una manta acolchada.
La pelirroja no sabe bien qué hacer o qué decir, pero es la niña quién se adelanta y habla en primer lugar, disculpándose con ella.
-No pude hacer nada para proteger a Mami-san. –le dice, con los ojos humedecidos. –Soy demasiado débil.
Por un momento, Kyoko la observa con detención. Hay algo en la pequeña, en su voz o en la expresión de sus ojos, que remueve algunas memorias. Se le escapa un nuevo suspiro. Después de todo, Nagisa no es la primera niña a la que Kyoko ha tenido que consolar. Por eso, su mano se posa instintivamente sobre la cabellera blanca. Nagisa mira, un poco sorprendida, la forma en que Kyoko le esboza una sonrisa.
-Pude ver cómo enfrentaste a la bruja. Eso fue valiente. Estuviste ahí con Mami, a diferencia de mí. Por eso soy yo la que les debe una disculpa.
Nagisa parpadea varias veces y niega con la cabeza, pero no se atreve a replicar porque el gesto cálido de Kyoko le ha infundido algo de confianza.
-¿Crees que Mami-san se pondrá bien?
-Lo hará; Mami es fuerte. No te preocupes. –Kyoko la arropa mejor con la manta y agrega. -Tú también deberías descansar ahora.
Y Nagisa obedece porque está exhausta y porque con la pelirroja a su lado ya no siente tanto miedo. Kyoko la acompaña hasta que la respiración acompasada de la niña le anuncia que se ha dormido y vuelve a quedar sola con sus pensamientos. Pensamientos grises, negativos; los únicos que puede tener en un momento como ese. Y se hunde en la incertidumbre y la debilidad. Escondiendo su rostro entre las manos, orando porque Mami regrese, orando porque no puede hacer esto sola, porque no hay manera en que pueda seguir sin ella. Creía haber olvidado cómo hacerlo. Que esa parte de ella había sido enterrada, como la parte de ella que ansiaba estar con Mami, como la parte de ella que quería a Mami. Pero se equivocaba. Estaba tan equivocaba. Ahora lo entiende bien. O cree hacerlo. Y no puede sentirse más agradecida de recordar cómo orar cuando un gemido débil, casi inaudible, la inunda con la esperanza de haber sido escuchada.
Se aproxima a la cama con premura. El rostro de Mami, impasible desde que se hubo desmayado, está contraído ahora y Kyoko no sabe cómo interpretar esa señal. No piensa demasiado cuando decide acariciar su mejilla. Su piel es suave y está cálida. Su flequillo desordenado. Se concentra tanto en la acción que se sorprende cuando siente de pronto unos dedos sobre los suyos. Encuentra los ojos de Mami ligeramente abiertos, observándola a través de una cortina de sopor.
-¿Sakura-san?
Su voz es menos que un susurro y aun así suficiente para que las lágrimas se acumulen en los ojos de Kyoko. Mami no parece comprender lo que ocurre e intenta incorporarse, pero fracasa. Fracasa porque Kyoko la ha vuelto a tumbar en la cama al abrazarla con fuerza. Entonces entiende mucho menos. Lo único claro es el latido del corazón de Kyoko, bombeando contra el suyo. Tan cerca. Y está a punto de preguntarse si se tratará de un sueño, cuando los recuerdos comienzan a regresar poco a poco, ordenándose, encajando en su mente.
Pronuncia su nombre una vez más; ya no con duda. Kyoko se separa de ella para verla a la cara. La pelirroja luce muy afligida. Con probabilidad ella luce peor. Mami logra sentarse sobre la cama y desde allí puede divisar a Nagisa sobre el sofá, durmiendo; a salvo. Es evidente que Kyoko las ha rescatado de alguna forma.
-¿Cómo te sientes? –la pelirroja le pregunta.
La verdad es que Mami se siente abrumada, débil, confundida. Pero asiente en respuesta porque al menos está con vida. Y está con Kyoko. Pero sabe que es tremendamente descarada al sentirse aliviada por ese hecho, luego de haberle dicho a la pelirroja palabras tan hirientes como las de la última vez.
-¿Cómo fue que…?
-La bruja. –habla Kyoko, sin dejarle terminar. Su expresión se ensombrece. –Te encontraste con ella. Te atacó. Cuando llegué al lugar solo pude sacarlas de ahí. Has estado inconsciente un día entero. Creí que tú…
Kyoko no termina la frase y no es necesario que lo haga. Su voz queda suspendida en el aire y sus ojos fijos en los de Mami, pero de pronto la rubia ya no puede sostener su mirada. Comprende que estuvo al borde. La sensación está fresca y la conoce a la perfección. Presiona su propio brazo con inseguridad.
-¿Por qué volviste?
-Por ti. –Kyoko ni siquiera lo duda y Mami tiene que volver a mirarla. –Porque fui una idiota. No espero que me disculpes. Seguiré con la misión una vez que me haya asegurado de que estarás bien.
Kyoko es amable. Más de lo que Mami cree merecer a esas alturas. La preocupación de la pelirroja es auténtica; lo puede ver, su coraza se ha desvanecido un poco. Hay muchas cosas no resueltas entre las dos. Tantas cosas. Pero se siente egoísta y quiere explicarle. Quiere decirle que no hay forma de que pueda estar bien lejos de ella. Kyoko no comprende por qué Mami toma su mano; parece estar a punto de llorar.
-¡Mami-san!
La repentina intervención las hace caer en cuenta de la proximidad en la que están y les provoca separarse de inmediato. Nagisa salta a la cama con auténtica alegría, propinándole a Mami un apretado abrazo y un sinfín de expresiones de alivio y agradecimiento.
Kyoko solamente sonríe y se aparta un poco para permitirles platicar con calma. La situación ha sido tensa. Sin embargo, con Mami restablecida, no hay razón para seguir aguardando. Sabe que no hay más tiempo que perder. El estado de Mami no es lo único que la ha mantenido agobiada. Anuncia que hay algo de lo que debe hablarles y con la atención de las chicas sobre ella, Kyoko trata de explicar lo que ha descubierto.
-No sé bien cómo debería plantear esto, pero es importante que ustedes lo sepan cuanto antes. –Hace una pausa, intentando escoger las palabras correctas. -Todo el misterio de la bruja es precisamente porque no se trata de una; al menos no una autentica.
Mami frunce el ceño sin comprender.
-¿A qué te refieres, Sakura-san?
-Escucha. Cuando llegué a la barrera, cuando las vi expuestas, lo primero que se me cruzó por la mente fue arrojar mi lanza hacia la bruja, esperando clavársela y sorprenderla desde un punto ciego.
-Pero la bruja desapareció. –interviene Nagisa. –Tu lanza cayó al suelo.
-Eso es lo que yo creí al principio, pero estaba equivocada. No desapareció, más bien se encogió. Solo fue por una milésima de segundo, pero antes de escapar pude divisarla… a una chica, justo en el lugar donde estaba la bruja.
Mami la mira estupefacta.
-¿Estás diciendo que…?
Y Kyoko asiente con gravedad.
-La bruja colosal es una mahou shoujo.
¡Buenas tardes a todos!
Pido disculpas por el atraso, pero aquí está el octavo capítulo revelando verdades. ¿Qué les parece?
Gracias por leer y comentar. Nos leemos en el próximo.
