Apenas había salido el sol cuando Call abrió los ojos. Por un momento el blanco del techo lo desorientó, porque hacía un instante había creído que estaba entre las paredes carcomidas de la antigua bolera, pero poco a poco se dio cuenta de que estaba en casa, y el latido de su corazón, que parecía el rugido de un caballo desenfrenado, se ralentizó.

La familiaridad de sus posters de Iron Maiden y su desordenada habitación lo devolvió a la realidad: se encontraba en su pequeño pueblo de Carolina del Norte, pasando unas vacaciones monótonas con su padre, Alastair Hunt.

Call se frotó los ojos y se irguió. Sudores fríos le recorrían el cuerpo como regueros de arrepentimiento, como el doloroso recuerdo de las consecuencias de sus actos. Cada vez que parpadeaba podía ver la palidez en el rostro de Drew al verse consumido por aquel elemental; un elemental del caos que había quitado una vida en su nombre. Muchas veces había intentado sentirse mejor pensando que no había sido él, que el elemental del caos había actuado por su propia cuenta, pero cada día que pasaba estaba más seguro de que la orden había sido suya, de aquel arrebato de ira que sintió cuando Estrago salió herido. Al fin y al cabo, el Enemigo de la Muerte nunca habría dudado al matar a alguien, ¿verdad?

Mientras bajaba las escaleras hasta el jardín trasero, para dejar salir a Estrago, Call meditaba. El recuerdo estaba especialmente vívido: un homicidio del que, por si fuera poco, no podía hablar a nadie. Porque eso habría hecho surgir más preguntas, cosas que Call no podía (o, mejor dicho, no quería) contestar.

Sin embargo, el miedo a ser encerrado de por vida, o quizás ejecutado, no era nada comparado con el miedo que Call sentía al pensar que su padre, o sus amigos, lo mirasen como se veía él en ese momento: como un monstruo.

Mientras bajaba a la cocina y le abría la puerta del jardín a Estrago, paro que saliera a hacer sus necesidades, Call meditaba. El recuerdo estaba especialmente vívido aquel día, a pesar de que ya habían pasado casi dos meses.

—¡Buenos días, Call! —saludó Alastair, que era un madrugador empedernido—. He hecho huevos, ¿quieres algunos?

Alastair vestía un mandil amarillo y jugueteaba con una espátula que parecía recién estrenada, a pesar de haberla comprado antes de la Prueba de Hierro. Olía a quemado, y los numerosos intentos de su padre de cocinar unos huevos decentes descansaban ahora en el tazón de Estrago. La cocina nunca había sido su fuerte, pero Call aceptó los huevos y tomó asiento.

Notó lo contento que se veía su padre. Tenía a su hijo en casa, fuera de los túneles del Magisterium, y ya se había recuperado del susto que le provocó que Call trajera a un caotizado como mascota (que, por cierto, ya estaba comenzando a crecer a un ritmo anormal).

Mientras los huevos se hacían, ambos estuvieron charlando. Tenían planes. Iban a ir al cine y al mercadillo de Raleigh, en busca de piezas para el Rolls-Royce. Alastair hasta se había comprometido a adaptar uno de los asientos traseros para que Estrago pudiera acompañarlos en el viaje, tal vez como incentivo para Call porque sabía cuánto detestaba esos mercadillos.

En resumen, Alastair se reía tanto que Call no quería sacarlo de su burbuja, pero decidió que no podía esperar más. Cuando le dijo que los Rajavi lo habían invitado a su mansión para pasar unos días, casi se le cae la sartén al suelo.

—Te prometo que haremos todo eso que planeamos —suplicó Call—. Pero también tango ganas de ver a mis amigos, papá. Por favor —puso ojos de cachorro.

—Pero no vas a volver al Magisterium, ¿verdad? —preguntó Alastair. Le temblaba la voz. En realidad, aún no lo habían hablado, pero recordaba el episodio de la Prueba y sabía que, si Call decidía volver, lo más probable era que él no pudiera hacer nada al respecto.

—Aún no lo sé —respondió Call, con total honestidad—. Pero si no lo hago, debería despedirme de Aaron y Tamara, ¿no?

Tal vez porque Call jamás había tenido amigos, o quizás porque su padre no quería llevarle la contraria en ese asunto, Alastair accedió a regañadientes. Aquella misma noche Call hizo las maletas, bajo la triste mirada de su padre que, apoyado en el marco de la puerta, parecía dirigir su mirada al más allá, en absoluto silencio.

A la mañana siguiente una limusina aparcó delante de la casas de los Hunt. Era negra, y tan larga como un camión, como si estuviera hecha para llevar a un equipo entero de fútbol americano.

—Los Rajavi no se hacen de rogar —comentó Alastair con expresión de difunto.

Le dio unas palmaditas en la espalda su hijo en señal de despedida —Alastair no era muy cariñoso—, y le deseó buena suerte y un breve «cuídate» que parecía ocultar significados profundos.

—No voy a la guerra, papá —bromeó Call—. Además, la casa de los Rajavi no es como el Magisterium; tiene wifi. Así que te llamará por la noche, ¿vale?

Alastair le revolvió el pelo y sonrió con sorna. Cuando Call se acercó a la limusina, un chófer pálido como un muerto y con la gorra calada hasta la nariz lo ayudó con el equipaje. Tras despedirse una última vez de su padre desde la distancia, él y Estrago entraron en la limusina, que arrancó de inmediato.

Por dentro el autocar era aún más espaciosa de lo que parecía: tenía dos filas de asientos enfrentados, y estaba equipada con un minibar que había sido especialmente llenado para él.

Mientras abría una lata de zumo de granadina, Call sintió una punzada de arrepentimiento: ese también era la bebida favorita de Tamara.

—¿Estás seguro de que ese caotizado sabe conducir? —preguntó, señalando al chófer con recelo.

—No te preocupes, el trayecto es breve —le contestó el Maestro Joseph, con expresión indiferente.

No intercambiaron más frases durante el viaje. Call se limitó a jugar con Estrago, que estaba visiblemente inquieto, y a darle dedo de queso.