Tras más de dos horas de tedioso silencio, la limusina finalmente se detuvo al borde de un lago neblinoso. Call tuvo que abrigarse porque el frío hacía que se le helara la nariz, aunque el Maestro Joseph apenas parecía notarlo. En su lugar, alzó el cayado hacia las aguas mientras el chófer caotizado cogía el equipaje de Call, y de repente la superficie ondulante se heló formando un puente que de adentraba en la espesa niebla. Joseph comenzó a caminar, y Call no tuvo más remedio que seguirle.
A medida que avanzaban sus sentidos se volvieron inútiles: su vista solo lograba captar nubes y su oído apenas podía percibir sus propios pasos. Call se aferró a la correa de Estrago, que parecía orientarse mejor que él, hasta que la bruma fue disipándose.
Ante sus ojos apareció, como por arte de magia, un cielo despejado y un islote paradisíaco. Cal se detuvo por un momento para entrar en calor, pero entonces el caotizado, que no se esperaba que dejase de caminar súbitamente, chocó con él y lo devolvió al mundo real. A Call le pareció oír un seco «disculpa» salir de su boca, pero inmediatamente desechó la idea, porque los caotizados no hablaban. Eso era ridículo.
Call tuvo que trotar para alcanzar a Joseph, y pudo ver la imponente mansión que se erguía en el centro del islote: era un gran caserón de piedra amarilla, con torres como las de un castillo. Se fijó en que las ventanas de la planta baja y las del primer piso habían sido abarrotadas para la ocasión, y que una multitud de caotizados andaba de aquí para allá provistos de utensilios de jardinería que probablemente no sabían ni usar. Era muestra de la poca confianza que Joseph y Call se profesaban mutuamente. Sin embargo, el chico no podía quitarse de la cabeza el pensamiento de que aquello cada vez se parecía más a una cárcel.
Bajo un enorme pórtico los esperaban dos personas: un joven y una mujer adulta. Call casi tropezó al reconocer a ambos. Intentó que no se le notara, pero a juzgar por la sonrisa maliciosa de Alex Strike, su sorpresa era muy evidente.
—Bienvenido a casa, Constantine —dijo Anastasia Tarquin.
El ayudante predilecto de Rufus y su madrastra tenían reacciones opuestas: ella estaba eufórica, pero él parecía receloso. Con el pelo engominado y sin el uniforme del Magisterium, no quedaba ni rastro del alumno popular y amable que proyectaba películas en la Galería. Al contrario, Call sintió en sus entrañas la misma sensación que había experimentado al descubrir que Drew era un traidor: una máscara que se hacía pedazos y la maldad tras sus pupilas. De hecho, su rubia cabellera y su expresión de superioridad no distaban mucho de las descripciones que los adultos solían hacer de Constantine Madden.
El solo pensamiento le dio a Call escalofríos y, pasada la impresión inicial, trató de sentirse traicionado, pero no fue capaz. Para Aaron y Tamara, Alex era un héroe; sin embargo, no estaba en la naturaleza de Call admirar a nadie. Al contrario, el único sentimiento que profesaba hacia él era una absoluta indiferencia. Tal vez por eso la emoción predominante en ese momento fue la preocupación. Contando a Anastasia, ya eran tres los magos que el ejército del Enemigo había conseguido integrar entre las filas del Magisterium. ¿Quién sabe cuántos más podría haber?
—La mansión te encantará —dijo Joseph—, tiene de todo. No te faltará ningún capricho; siempre que colabores, claro.
—Ambos dejamos muy claros los términos de nuestro acuerdo —intervino Call, tratando de sonar más confiado de lo que realmente estaba—. Seré tu conejillo de indias por una semana a cambio de que no vuelvas a poner en peligro ningún mago.
—Y cumpliré con mi parte, por supuesto —De alguna forma, las palabras de Joseph sonaban engañosas—. Solo estoy interesado en progresar en el estudio del caos, mi interés es puramente científico. La Asamblea fue la que nos obligó a entrar en guerra, por su miedo a perder el control que ejercen sobre la sociedad mágica. Pero puedes bajar la guardia, porque aquí estás a salvo de esos monstruos.
Nadie dijo nada más, aunque Call tuvo que contener muchos insultos peores que «monstruos». Mientras miraba los barrotes, comenzó a replantearse sus decisiones. A pesar de que ya era tarde para dar marcha atrás, seguía meditando sus motivos. Le había dicho a Joseph que lo hacía para proteger a sus amigos, pero eso no era del todo cierto; había intentado convencerse a sí mismo de que no tenía otro remedio, de que el ejército del Enemigo iría a por el tarde o temprano, pero tampoco estaba seguro de eso; se había planteado, aunque procuraba no pensar mucho en ello, que deseaba el poder que ofrecía Constantine, pero la sola idea le hacía sentir terror.
En el fondo era consciente de que se había movido por un mero impulso, un sexto sentido temerario que siempre le había hecho tomar las decisiones más estúpidas, las que acababan peor. Por muchas vueltas que le daba, aquella era la respuesta más verosímil, pero que no hacía callar su nerviosismo.
El fuerte golpe del portalón cerrándose, una vez estuvieron todos dentro, lo sacó de su ensimismamiento. Se encontraban en un vestíbulo amplio que le recordaba vagamente a un palacio: había una escalinata principal justo en frente de ellos, y dos pasillos opuestos que se adentraban en un laberinto de puertas. La decoración era abigarrada pero práctica, con armas y artefactos mágicos expuestos a la vista del público, como para demostrar el poder del anfitrión sobre sus invitados. Típico de Constantine Madden, pensó Call.
De repente su vista fue atraída por un objeto en particular. Encima de la escalinata estaba colgada un escalofriante rostro: la máscara de plata que Constantine utilizaba para cubrir sus quemaduras, y que Joseph aprovechó para hacerse pasar por él y pactar la tregua con la Asamblea.
—Es guay, ¿verdad? —comentó Alex con admiración, al darse cuenta de qué estaba mirando Call.
—Es horrible —contestó él, y el rostro de Alex se deformó en una mezcla de sorpresa e indignación—. ¿Quién querría llevar algo como eso a la batalla? No te deja ver tus propias manos, no podrías lanzar ningún hechizo.
—El objetivo de la máscara era hacer pensar a los magos que siempre era Madden quien se ocultaba detrás —aclaró Joseph—, cuando muchas veces el verdadero Enemigo de la Muerte se encontraba muy lejos, haciendo experimentos, recogiendo datos…
—O matando a niños y ancianos —repuso Call.
Joseph le dirigió una mirada fulminante.
—Ese solo fue el desafortunado precio del progreso. La guerra acabó gracias al sacrificio de Madden. Sobreviviste, y eso es lo que importa.
Al ver que la situación se estaba poniendo algo tensa, Anastasia intervino para calmar los ánimos.
—Alex, ¿por qué no llevas a Call a su habitación? Que se acomode de nuevo en su casa. Hace mucho tiempo que no viene, y puede que encuentre las cosas un poco diferentes.
Alex obedeció sin rechistar y ascendió la escalinata, mientras los adultos se marchaban por uno de los pasillos laterales. Call supuso que tenía que seguirlo a él, así que, junto a Estrago, subió también, sin perder de vita al caotizado que llevaba su equipaje. En cuanto Alex lo vio llegar dobló la esquina y aceleró el paso, a pesar de que sabía los problemas que a Call le daba su pierna. Se notaba que estaba disfrutando viéndolo sufrir.
Finalmente, Alex se detuvo ante la puerta más grande y rocambolesca de la casa: su doble hoja ocupaba una pared entera, y tenía un relieve de hiedras y espinas como el que Call tenía dibujado en la libreta que utilizaba para las clases teóricas sobre magia. La coincidencia le dejó un mal sabor de boca.
Call se acercaba a Alex lo más lentamente que podía cuando escuchó un susurró y paró. El murmullo no parecía coherente, pero reconoció la voz de inmediato y se le heló la sangre.
Miró a su derecha. Había otra habitación. Como en trance, empujó la puerta con las yemas de los dedos y las bisagras cedieron en silencio; un solo vistazo fue suficiente para asustarlo de por vida. Las paredes estaban empapeladas con fotos de hípica, posters y medallas. En las estanterías había trofeos y fotos del chico que yacía en la cama con aspecto cadavérico: Drew.
—¿Qué estás mirando? —espetó Alex, salido de la nada, mientras cerraba la habitación dando un portazo—. ¿Cómo la has abierto? ¿Qué has visto?
Call no dio una respuesta, en parte porque aún estaba en shock y en parte porque no esperaba ver a Alex tan acalorado. Su silencio pareció descomponerlo aún más, porque miraba a Call con los ojos inyectados en sangre y los puños apretados. Dudó, hizo ademán de dejarlo pasar, pero entonces estalló:
—No pienses que tienes privilegios. No pasaremos por alto que hayas asesinado —recalcó esta palabra— a un miembro de nuestra familia. Queremos a Constantine, no a ti. Será mejor que lo recuerdes.
—¿Eso es por lo que estás aquí? —preguntó Call, en un súbito arrebato de valentía—. ¿Por la falsa concepción de familia que tienes sobre Anastasia? ¿Joseph os ha prometido a ambos revivir a tu padre? ¡Abre los ojos! ¡Está llenando vuestras mentes con estupideces! ¡No es posible revivir a la gente!
—Tú no sabes nada —terció Alex, rabioso, dirigiéndose a la puerta de hiedras.
Por una vez, Call sintió pena por él. Lo había escuchado muchas veces: los seguidores del Enemigo habían sido atraídos por sus promesas de vida eterna e inmortalidad, y seguramente Joseph seguía captando adeptos de la misma manera, especialmente aprovechando que muy pocos sabían que Constantine estaba muerto.
—Vamos —apremió Alex, y entró en el dormitorio.
Call lo siguió con intención de continuar la conversación, pero cuando atravesó el umbral se quedó sin palabras. Se vio transportado de repente a un mundo helenístico: lo rodeaban columnatas de mármol, una cama adoselada y decenas, puede que cientos, de libros antiguos en estanterías talladas en piedra.
Call pasó una mano por sus lomos. No podía evitar sentir cierta afinidad por los gustos de Constantine: eran excéntricos, como los suyos, aunque no dejaban de ser extraños. Siempre había querido una cama adoselada.
—¿Dónde dejó el equipaje, amo? —soltó el caotizado, y Call pegó un salto—. ¿Quiere que le ayude a guardar la ropa en el armario?
—Sí, claro, si no te importa... —titubeó Call.
Jamás hubiera pensado que los caotizados pudieran hablar con tanta soltura, así que se había sorprendido. Miró a Estrago, que iba de un lado a otro olisqueando la habitación. Era un perro muy listo, pero no creía que tuviera el don de la oratoria.
—¿Si no me importa qué? —preguntó Alex, que ya se estaba yendo.
—Hablaba con él, no contigo —contestó Call, señalando al caotizado.
Alex parpadeó, confuso.
—Los caotizados no hablan —dijo, alzando una ceja—. Solo gruñen.
Call miró al caotizado, que colocaba su ropa en un armario de madera con mucho esmero.
—¿Algún problema, amo? —quiso saber el caotizado.
—¿En serio no has oído eso? —Call sentía que se estaba volviendo loco, pero había escuchado alto y claro sus palabras.
—Estás chiflado —soltó Alex, y acto seguido se marchó dando un portazo.
Entonces Call se qudó solo en un dormitorio ajeno, con un lobo caotizado que no sabía hablar y un muerto que, aunque sí lo hacía, no tenía nada que decir.
