La mansión de Madden estaba organizada como un castillo medieval. Las estancias de los que la habitaban y las del servicio estaban en áreas separadas. Para llegar a la cocina desde el pasillo superior, por ejemplo, había que recorrer las galerías subterráneas y las mazmorras, frías y llenas de arañas. Alex recorrió el trayecto a pasos agigantadas, sus pisadas resonando en los corredores.
En las cocinas, grandes como para servir a una centena de comensales, el Maestro Joseph aullaba órdenes a tres caotizados que cortaban, pelaban y asaban verduras y patas de pollo. Cuando Alex llegó, casi sin aliento, Joseph le dirigió una mirada de soslayo antes de darle permiso para hablar.
—Puede oírlos. Puede oír a los caotizados —dijo Alex con estupor, consiguiendo la atención completa de Joseph.
—Eso es imposible —replicó él—. Aún no ha despertado el caos.
—Pues parece que nos equivocamos.
Joseph se llevó una mano a la barbilla, como hacía cada vez que necesitaba abstraerse para meditar en un asunto complicado. Los caotizados, viendo que no recibían ninguna orden, se quedaron con los pucheros en el aire sin saber qué hacer.
—Tal vez… —comenzó a decir Joseph—. Tal vez nunca fue necesario que despertase su magia. Quizás su alma no se reinició del todo cuando cambió de recipiente.
—¿Y eso que significa? —quiso saber Alex—. ¿Deberíamos alegrarnos?
—No, no aún. Sería realmente malo que Call llegara a controlar su poder antes de recuperar sus recuerdos. Es una situación que debemos evitar a toda costa.
—¿Entonces qué hacemos?
—Nosotros, nada. Busca a Anastasia y cuéntale lo que me has dicho a mí. Ella lo entenderá; ahora mismo es nuestra mejor baza.
Alex asintió y se adentró en las mazmorras laberínticas. El Maestro Joseph lo vio marchar, mientras reorganizaba sus planes mentalmente. Cuando se dio la vuelta y vio a los caotizados como estatuas y la menestra quemándose, se llevó la mano a la barbilla y pensó que, tras el regreso de Constantine, podría intentar imbuirles la inteligencia de la que carecían.
Después de media hora encerrado en el mismo cubículo, el dormitorio se hacía cada vez más pequeño. El chófer-caotizado se había ido hacía tiempo, y Estrago, por otra parte, había acabado de olisquear la habitación y ahora descansaba sobre la cama, tan aburrido como su amo.
¿Acaso no había nada divertido que hacer en aquella casa? A Call se le ocurrió ir a dar un paseo, pero a lo mejor al Maestro Joseph no le haría ninguna gracia. También contenía las ganas de llamar a su padre, pero sabía que si lo hacía antes de tiempo se preocuparía.
De repente alguien accionó el pomo de la puerta de hiedras. Call se irguió, esperando que fuera Joseph, pero quien entró en el dormitorio era una mujer alta de ojos verdes: Anastasia Tarquin.
Cuando la vio, Call se puso rígido como una estatua. Solo sabía de ella lo que le había dicho Tamara: que era la madrastra de Alex y una importante Asambleísta, cuya opinión respetaban hasta el Maestro Rufus. Iba a preguntarle, con cierto tono de reproche, a quién le había prometido revivir Joseph para ponerla de su parte cuando Anastasia se abalanzó sobre él y lo abrazó como si fuera un oso de peluche.
—¡Con! —exclamó, ante el estupor de Call—. No tienes ni idea de cuánto te he echado de menos. Todos estos años me vi obligada a esperar, a esperar hasta que estuvieras preparado, pero ahora… —Lo soltó. Call no entendía de qué estaba hablando—. Ahora que te tengo entre mis brazos, no me arrepiento de nada.
Sus ojos brillaban como los de un niño la mañana de Navidad. Parecía tan segura de que estaba mirando a Constantine que a Call le dio escalofríos. Con un movimiento brusco se libró de sus brazos y se apartó de ella, manteniendo las distancias.
Anastasia pareció sorprenderse, pero luego su expresión se suavizó y en su rostro apareció una sonrisa comprensiva.
—Los siento, me he emocionado demasiado. Olvidé que no tienes recuerdos; al menos aún —La aclaración sonó muy sospechosa.
—¿Qué quieres? —preguntó Call—. ¿Y por qué estás con Joseph?
Anastasia frunció el ceño.
—El Maestro Joseph, querrás decir —le corrigió—. Y ya sabes quién soy. Muy en el fondo, lo sabes.
Call negó con la cabeza, rotundo. El rostro de Anastasia no le evocaba ningún recuerdo. De hecho, sería preocupante si lo hiciera.
—Eres la madre de Alex —dijo—, y una Asambleísta. ¿Por qué estás aquí? ¿Joseph te chantajea? ¿Es eso?
Anastasia no se inmutó.
—Soy una madre, sí, pero no la de Alex. Y tampoco hago esto por Joseph. Lo hago por ti, Con —Intentó acercarse, pero Call retrocedió, precavido—. Soy tu madre. La tuya y la de Jericho. Sé que ahora no lo ves, pero siempre he estado velando por tu seguridad, incluso desde antes de la Masacre Fría. Así que, aunque ahora te resistas, pronto te darás cuenta de que…
—Eso es imposible —la interrumpió Call, abrumado por la cantidad de información que la acababa de proporcionar—. Tienes la misma edad que mi padre —argumentó.
—Alastair eligió envejecer como un humano al decidir no usar la magia —explicó ella, como si fuera una obviedad—. Pero los magos, cuando aceptan la plenitud de sus poderes, son recompensados con una longevidad mayor que la de cualquier criatura. ¿Cuántos años crees que tiene Rufus?
Call caviló en esa cuestión. No quería admitirlo, pero Anastasia tenía razón. Rufus les había enseñado tanto a su padre como a él, y aún brincaba como un adolescente.
—Aun así… —repuso. Que Anastasia Tarquin fuera la madre del Enemigo de la Muerte le resultaba difícil de aceptar.
—Te lo probaré —dijo ella.
—Lo dudo mucho —musitó Call, pero Anastasia no lo oyó.
—Acompáñame —le pidió, y él lo hizo, aunque solo fuese por curiosidad y por huir del aburrimiento—. Pero el lobo se queda.
Estrago obedeció a regañadientes, y se pusieron en marcha.
Atravesaron en corredor de punta a punta, pasando al lado de la puerta de Drew, que Call no pudo evitar mirar de reojo. Luego bajaron por unas escaleras laterales (no las que había recorrido con Alex), hasta llegar a un pasillo amplio y lujoso. La moqueta era de un rojo carmesí que parecía sangre, y los muebles estaban tenuemente iluminados por candelabros de plata que se encendían y apagaban a su paso.
—¿Qué es esto? —preguntó Call.
—Mi pequeña máquina del tiempo —contestó Anastasia, mientras se dirigía a un gran cuadro colgado de la pared.
Cuando los candelabros lo iluminaron Call pudo ver que mostraba a una familia muy normal de magos: una pareja joven con dos niños mellizos: los Madden.
A Call le dio un vuelco al corazón.
—Tú eras el más inteligente de los dos —comentó Anastasia, mientras acariciaba con la yema de los dedos a un Constantine de apenas cinco años—. Jericho era mucho más travieso. Vivíamos en el campo, así que los días de sol en los que tu padre se encerraba en su despacho para trabajar solía usar sus libros para escaparse de casa por la ventana e ir a jugar al bosque. Nunca lo delataste, y nos costó mucho averiguar cómo lo hacía.
Hizo una pausa. Sus ojos lloraban lágrimas de cocodrilo. Luego continuó:
—Nunca fuimos una familia perfecta. No éramos magos de legada, y tengo que admitir que mi propia magia me resultaba incómoda. Cuando Constantine y Jericho mostraron por primera vez sus poderes, se me cayó el mundo encima. Me negué a aceptarlo, me distancié de mis hijos y le dejé a mi marido una carga que no pudo soportar.
—Tal vez porque Constantine se convirtió en la encarnación del mal —dijo Call, no sin cierta sorna.
—Eso también, pero nuestra familia ya se estaba desmoronando desde mucho antes de que Jericho muriera. De hecho, cuando el accidente ocurrió, culpé a los magos, al Magisterium y a la Asamblea. Hui de la realidad y volví a mi país de origen. Ni siquiera me presenté para recoger el cuerpo.
Call no pudo evitar pensar que Anastasia había tenido la misma reacción que su padre: culpar al Magisterium de lo ocurrido. Esa conclusión le horrorizó, tanto que tuvo que obligarse a pensar en otra cosa, a concentrarse en el relato de Anastasia.
—Aún recuerdo la llamada de Rufus contándome que mi hijo había muerto. Se disculpó, ¿sabes? Asumió la culpa. Sus palabras solo avivaron mi ira, así que cuando Constantine escapó dejando un reguero de sangre a su paso, me alegré. Los magos por fin tenían lo que se merecían, aunque mi marido no pensaba lo mismo.
—¿Os divorciasteis? —quiso saber Call.
—No. Jacques se suicidó, aunque yo ya me lo esperaba porque nunca fue un hombre de carácter. Se refugiaba en sus libros, era muy blando. No pudo soportarlo. En el fondo, fue lo mejor. Se hubiera vuelto loco de haber estado vivo cuando su hijo comenzó a matar gente. Por eso —dejó de admirar el cuadro y se volvió hacia Call, que permitió que Anastasia le acariciara la mejilla con la misma devoción con la que había acariciado la imagen de su familia— debes recuperar tus recuerdos, para que yo pueda ofrecerte la felicidad que se te fue arrebatada.
Call se liberó de sus garras de un manotazo. La historia del suicidio de su marido y de la muerte de Jericho lo habían hecho sentir culpable, pero se dio cuenta de que sus palabras eran solo una artimaña y dudaba de hasta qué punto eran verdad.
—No soy tu hijo —terció, como para reafirmarlo ante Anastasia y ante él mismo—. Mi nombre es Callum Hunt y ya tengo una familia.
—Lo sé, Alastair es un buen hombre —asintió ella—. De hecho, le estoy muy agradecida por haberse encargado de tu durante mi ausencia, aunque cometí un gran error al dejar que fuese él quien te criase. En ese momento no e sentía capacitada para volver a educar a un niño. Tenía miedo.
—Creía que me habíais dejado con Alastair porque Joseph pensaba que esa era la voluntad de Constantine.
Anastasia rio.
—Yo fui quien lo convenció de eso. Pensé que, tuvieras recuerdos o no, tenías derecho a una infancia feliz. Además, cuando descubrimos quién eran ya estabas muy unido a Alastair. Habría sido cruel separarte de aquel que creías que era tu padre.
—¿Así que, si lo hubieras sabido antes, me habrías secuestrado?
—No creo que «secuestrar» sea la palabra más adecuada, pero… posiblemente.
Las llamas de los candelabros se alzaron, lamiendo el techo peligrosamente con la furia de Call. No lo estaba haciendo a propósito, pero no quería detenerlo. No le importaba en absoluto que la casa ardiera.
Anastasia chasqueó los dedos y Call sintió que algo se cerraba en su interior, como una botella a la que habían vuelto a poner el tapón. Las llamas volvieron a su forma original, aunque la cera aún se derramaba sobre la plata.
—¿Qué me has hecho? —preguntó, mientras se frotaba en pecho, incómodo. Le faltaba el aliento.
—He detenido tu flujo de magia —explicó ella—. Es una práctica que los Maestros del Magisterium tienen prohibido, por el dolor que causa en los alumnos, pero a veces es necesario romper las normas. Cuando tienes tan poco control sobre tu poder, es fácil doblegarte.
Call se estremeció. Era consciente de que estaba en inferioridad si intentaba enfrentarse a Joseph, pero nunca había sido tan evidente.
—¿Ves ahora por qué me necesitas? —dijo Anastasia, con una mirada de profunda compasión—. Al contrario que los adeptos de Constantine, yo no deseo el regreso de Enemigo de la Muerte. Lo único que quiero es la felicidad de mi hijo, decidas como decidas llamarte. Pero para poder elegir tienes que conocer ambas caras de la moneda, y por eso es esencial que recuperes tus recuerdos. Solo cuando eso ocurra tendrás libre albedrío.
No hubo réplica ni contraataque; Call estaba demasiado asustado, demasiado confundido y demasiado sorprendido como para hablar. Tenía un nudo en la garganta que lo hacía sentir impotente y aterrorizado. Se preguntó su era así como debían vivir siempre los humanos no-magos, y de repente le invadió una profunda compasión hacia Kilie, la chica de la mochila de unicornio.
Anastasia chasqueó los dedos de nuevo y el nudo se deshizo. Call sintió cómo la magia volvía a fruir dentro de él, y tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para mantenerla bajo control.
—No existe el libre albedrío —soltó, respirando violentamente—. No en esta casa, no siendo el Enemigo de la Muerte.
—Tienes una mentalidad muy cerrada —dijo Anastasia, pero no era un reproche, sino una observación.
—Quiero ver a Estrago —pidió Call, y ella entendió la indirecta.
—Supongo que podemos dejar el tema por hoy —Miró su reloj de muñeca—. ¿Tienes hambre? El Maestro Joseph estará encantado de tener un nuevo comensal. Después de revivir a los muertos, la cocina es su mayor pasión.
Sin embargo, Call no la escuchó. Se había ido en cuando consideró que tenía permiso, y se alejaba por las escaleras como el ratón que huya de la víbora. Tras unos segundos ya estaba fuera de la vista de Anastasia.
—No debiste haber atado su magia —Una voz resonó entre las sombras. El cuerpo del Maestro Joseph se hizo visible mientras se acercaba a Anastasia, que observaba con la mirada perdida el pasillo por el que había desaparecido Call.
—No tenía otra opción —se justificó ella—. Habrían ardido todas las fotografías.
—Una copia no es tan valiosa como el original. Céntrate, Madden, o tendré que hacerlo a mi manera.
—¡No! —exclamó ella, asustada de repente. Recuperó la compostura cuando volvió a dirigirse a Joseph—. Constantine solo puede volver a su cuerpo por voluntad propia. Si fuerzas su alma…
—Podría perderse en el vacío para siempre, lo sé —la interrumpió Joseph—. Pero es un riesgo que asumiría sin dudarlo a cambio de la posibilidad de descifrar la esencia de la vida.
—Déjame más tiempo. Lo conseguiré —Anastasia pretendía sonar firme, pero en su lugar parecía estar casi suplicando.
Joseph asintió conforme, pero antes de recordó sus planes para aquella tarde, y ella se estremeció.
—No fracasaré —subrayó Anastasia.
