Capítulo 1: Hacia el futuro
Viajo por el camino al paraíso. Viajo por el camino al amor. Viajo por el camino al paraíso, donde la luz de la verdad esta en este mundo. Donde la piedad es bienvenida. Viajo por el camino al paraíso. Tu y yo, al paraíso. No hay más Dios que Ala.
Natacha Atlas – Light of Life
1441
Frontera de Valaquia y el Imperio Bizantino
El viento mecía suavemente sus cabellos negros.
Respiro hondo y oteó el horizonte.
Llegarían en cualquier momento.
Miro a su izquierda, alzando la vista a su padre. No le devolvió la mirada, o fingió no haberse dado cuenta de que su hijo mediano lo estaba mirando, rogándole en silencio que cambiara de idea.
Una mano pequeña se colo en su puño y miro a su derecha. Su hermano pequeño, Radu, lo miro asustado. Vlad hizo un esfuerzo y sonrió.
-No te preocupes, Radu. No nos va a pasar nada.
A sus espaldas, un llanto de mujer hizo eco en la pradera, perdiéndose en el espacio vació.
Vlad sabía que su madre había intentado que su padre cambiara de opinión, pero el voivoda de Valaquia tenia las manos atadas. Habías perdido la guerra contra los turcos hacia años, y ahora el emperador bizantino exigía tributos. Al principio anuales. En los últimos tiempos, mensuales.
Hacia poco menos de seis meses había exigido una muestra de buena voluntad por parte de Vlad II, el Dragón.
Y Vlad II iba a entregar a sus hijos menores a los infieles.
No a Mircea, su hijo mayor y heredero.
No su otro hermano Vlad, el Pío, encaminado a la Iglesia.
Iba a entregar a Vlad, de diez años y a Radu, de siete.
Les habían asegurado que serian bien educados, por maestros valaquios. Aprenderían idiomas, matemáticas, música. El arte de la guerra.
Por la noche su madre había gritado horrorizada ante la idea de visitar Tokat, pero su padre le había asegurado que eso no ocurriría.
-Siempre que se comporten, no tienen porque sufrir ningún castigo.
La madre de Vlad había llorado.
Y Vlad supo que antes o después, visitaría el Castillo de Tokat.
A lo lejos se oyó el ruido de cascos de caballos. Radu se pego contra Vlad, escondiendo su cara en su hombro.
La comitiva bizantina era tan esplendorosa como su imperio. Eran cuatro y todos iban vestidos de oro. Sus turbantes estaban cubiertos de gemas preciosas y más oro. Sus capas eran un trabajo maestro de brocados y encajes de los colores más vivos que Vlad había visto en su vida. Miro de reojo a su padre. Comparado con los turcos, parecía un mendigo.
Los caballos (tan cubiertos de oro como sus jinetes) se acercaron al trote a la comitiva del voivoda.
No se bajaron.
Uno de los jinetes hablo en voz alta en un idioma que Vlad no reconoció y rápidamente otro de los jinetes tradujo sus palabras.
-Venimos en busca de los hijos del Dragón – tenia un acento fuerte, marcaba mucho las erres.
Vlad II asintió y miro a sus hijos. Abrió la boca, pero antes de que las palabras escaparan de sus labios volvió a cerrarla. La madre de Vlad seguía llorando.
Vlad asintió en silencio y dio un paso hacia la comitiva, arrastrando a Radu consigo. El pequeño se resistió, gritando. Se soltó de la mano de Vlad y se echo en brazos de su madre, aferrándose a su cuello.
Fueron vanos los intentos de que Radu soltara a su madre, hasta que Vlad II intervino.
Arrancó a la fuerza a Radu de los brazos de su esposa y le dio una bofetada seca a su hijo. Las lagrimas corrían por las mejillas de Radu, sin control.
-¡Eres el hijo del Dragón! - grito Vlad II - ¡Compórtate como tal!
Agarró a Radu del brazo y lo subió a la fuerza a uno de los caballos.
-No temáis nada – dijo el traductor turco, dirigiéndose a la esposa de Vlad II – Ningún mal acontecerá a vuestros hijos.
Si la mujer lo había oído, no dio muestras de ello. Cayo de rodillas, llorando, mirando a Radu, que lloraba en el caballo, con las manos tendidas hacia su madre.
Vlad miro la escena en silencio y se dirigió a su caballo.
Su padre lo miro en silencio mientras montaba y se acerco a él. Le hizo un gesto para que acercara su odio a su boca y susurro en voz queda.
-Hijo mio, nadie puede elegir su destino. Tú y yo nos debemos a nuestro reino, recuerda esto cuando estés en Constantinopla. El Emperador te ha reclamado, pero debes saber, que un rey puede mover a un hombre, o un padre reclamar a un hijo, pero no olvides que, aunque aquellos que te muevan sean reyes o hombre de poder, solo tú eres responsable de tu alma. Recuerda lo que has aprendido en tu casa y no muestres miedo ante tus enemigos, que cuando abandones este lugar, serán todos. Di la verdad siempre, y mantente firme. Respeta tus creencias. Protege a los desamparados y no hagas mal a los justos. Castiga a los malvados. Ten miedo de Dios y respeta su Palabra. Eres mi hijo y tienes una responsabilidad hacia Valaquia. Compórtate como tal.
Vlad escucho en silencio las palabras de su padre y cuando este acabo asintió, atesorandolas.
La comitiva bizantina se dio la vuelta y, al galope, se alejaron, adentrándose en tierra musulmanas.
De fondo se oían los gritos de su madre y Vlad se volvió a mirar.
Pero sus ojos no se posaron en la figura de su madre de rodillas, o en el cobarde de su padre.
Sus ojos se clavaron en los bosques de Valaquia, cubiertos de niebla, y en los campos que dejaban atrás.
Las palabras de su padre resonaban en sus oídos.
"Tú y yo nos debemos a nuestro reino".
Vlad se giro y miro al frente, al futuro que le esperaba.
Sí, se dijo a si mismo. Su padre tenia razón.
Tenía una obligación con su reino, su amada Valaquia. Y él sólo era responsable de sus actos a ojos de Dios.
Algo se había despertado en su interior.
Pero aún no sabía que.
