Capítulo 2: Constantinopla

Calma tu miedo, elevate, acuéstate conmigo y cierra los ojos.

Cellar Darling – Avalanche.

El viaje desde Valaquia hasta Constantinopla fue largo y pesado.

Una vez que la comitiva otomana dejo atrás a los padres y sirvientes de Vlad y Radu, su actitud dio un giro de ciento ochenta grados. La primera noche, los obligaron a ocuparse de los caballos y no recibieron alimento ninguno. A la mañana siguiente, los despertaron a patadas y continuaron la marcha. Pronto, se creo una rutina donde los jóvenes se convirtieron en los mozos de los otomanos. Por las noches, Radu dormía abrazado a Vlad, mientras el mayor fingía que no oía los llantos de su hermano. Se preguntaba si la vida en manos del sultan iba a ser así hasta que les permitieran volver.

Viajaron sin pausa durante dos meses, hasta que por fin, una mañana, mientras cabalgaban, vislumbraron a lo lejos unos destellos dorados. La comitiva se detuvo en lo alto de una colima y uno de los jinetes de quito el casco.

-¡Contemplad, la gloria del sultan Murat, segundo de su nombre! - exclamó el emisario turco. Y realmente, era una visión de gloria como Vlad no había visto en su corta vida.

Aún estaba lejana, pero podía ver la ciudad, en toda su extensión. Constantinopla era grande, mucho más grande que su Târgoviste natal. El terreno circundante a la ciudad era de un verde brillante, intenso, salpicado de amarillo por los cultivos. Había pequeñas casas repartidas, y, según avanzaba su vista, iban apareciendo más y más edificios. A lo largo de la ciudad, una muralla cortaba la zona antigua de la nueva, protegiendo al centro de Constantinopla. Y en el centro, con el mar de fondo, estaba el palacio del sultan.

Era mucho más grande que cualquier palacio que hubiera visto en su vida, y mucho más brillante. Las cúpulas del palacio brillaban bajo el sol de mediodía, arrojando destellos metálicos. A Vlad le pareció una fruta madura en mitad de un jardín.

La comitiva se puso de nuevo en marcha, avanzando por los campos hacia la ciudad. No supo cuantas horas habían pasado cuando por fin, con el sol ya poniéndose en el horizonte, alcanzaron las primeras casas fuera de la ciudad. Vlad miraba al frente, sin fijarse en la gente a su alrededor, que se paraban y les señalaban. Sentado tras el en la montura, Radu no tenia el mismo reparo y lo observaba todo con curiosidad.

Siguieron avanzando cuando una patrulla se unió a ellos en el camino hacia las murallas. Vlad contó a diez soldados, todos fuertemente armados y protegidos con armaduras relucientes. Sus caballos eran pequeños pero rápidos. Sus compañeros de viaje intercambiaron palabras inteligibles con los recién llegados y siguieron avanzando hacia el centro de la ciudad. Pronto, alcanzaron las murallas y Vlad pudo ver por primera vez la eficacia otomana.

Eran altas, y gruesas, pero no resultaban bastas a los ojos. Las paredes eran lisas, sin salientes y sin imperfecciones. Vlad sabia lo suficiente sobre la guerra para saber que no serian fáciles de atacar o traspasar. La puerta por la que entraron a la ciudad vieja estaba decorada con azulejos y fuertemente vigilada. El portón era de madera noble.

Realmente, eran un enemigo formidable y por primera vez, se pregunto si realmente su padre había sido un cobarde o no había tenido la fuerza para enfrentarse a semejante contrincante.

Era ya noche cerrada cuando alcanzaron la entrada al palacio del sultan.

Era aún más grande de lo que Vlad había estimado, rodeado de amplios jardines con arbustos cuajados de flores, con torres altas y delgadas apuntando al cielo. Todas las ventanas estaban iluminadas, y en verdad eran muchas, muchísimas ventanas, las que decoraban la fachada del palacio. Al contrario que los castillos en Valaquia, este no estaba rodeado por ningún foso, tenia unas largas escaleras que subían hasta un portón ricamente decorado en oro y plata. Aunque hasta el momento Vlad había mantenido un rostro estoico frente a lo que había visto en Constantinopla, si que se quedo mirando las fuentes de agua que salpicaban los jardines frente el palacio.

-Bienvenidos al palacio de su alteza, el sultan Murat - la voz del emisario saco a Vlad de sus pensamientos -. A partir de hoy, este sera vuestro hogar.

Terminaron de recorrer el camino hasta la escalinata y, sin muchos miramientos, sus compañeros dejaron a Vlad y a Radu en el suelo, frente a un pequeño grupo de cortesanos. Intercambiaron algunas palabras y se fueron. Al ver a los jinetes abandonar el palacio, Radu se apretó contra Vlad, agarrándolo de la manga, sin apartar la vista de los caballos, nervioso. Vlad, mientras tanto, estudiaba a los hombres frente a ellos.

Se había dado cuenta de que el sultan no escatimaba en medios para presentar la mejor cara de su gobiernos frente a su pueblo. El grupo que les recibió iba vestido en ricas sedas rojas con bordados en oro, y unos curiosos tocados en la cabeza, de forma cilíndrica, que posiblemente costaban más que toda la ropa que llevaba el encima. El que parecía el líder del grupo se acerco a ellos abriendo los brazos, en un gesto de bienvenida.

-¡Bienvenidos seáis, hijos del Dragon, a la corte de Murat, segundo de su nombre, sultan del grandioso Imperio Otomano! A partir de hoy, esta sera vuestra casa, como invitados directos de nuestro amo y señor. Viajareis con el, comeréis con el, se os educara y se os vestirá como si fuerais sus propios hijos. Y ha cambio, solo pedimos vuestra colaboración y buena disposición. Debéis saber, sin embargo, que aunque el sultan es generoso y os tratara con todos los miramientos posibles, seguís siendo rehenes en esta casa, y cualquier gesto de mala fe por parte de vuestro padre significara un cambio en vuestra situación, acorde a la falta cometida.

Terminado el discurso de bienvenida, el cortesano estudio a Vlad y a Radu con atención, mirándoles de arriba a abajo, observando su ropa, gastada y sucia, y sus cabellos, desordenados por la travesía.

-Seréis ahora acompañados a vuestros aposentos – dijo en voz queda – donde podréis asearos y preparaos para ser recibidos por el sultan. Esta noche, dormiréis y comeréis en vuestros aposentos, y mañana se os llevara a recorrer el palacio. Como prometimos a vuestro padre, vuestra formación empezara nada mas estéis asentados en palacio.

Hizo un gesto a los jóvenes, y los animo a subir las escaleras, escoltados por los cortesanos. El pequeño grupo se puso en marcha, subiendo lentamente hasta el portón principal del palacio. Tras de ellos, los cortesanos hablaban en turco en voz baja. Vlad sentía su mirada en su espalda.

Llegaron por fin a lo alto de las escaleras, los guardias les permitieron el paso y entraron al edificio más exquisito que Vlad hubiera visto.

Las paredes estaban cubiertas de azulejos, decorados hasta el mínimo detalle, de colores intensos. Las columnas del palacio eran obras de artes, talladas finamente, con formas que nunca antes había visto. El suelo de mármol era suave y brillante.

Avanzaron por los pasillos de palacio, custodiados por la guardia del sultan, hasta llegar al ala este del palacio. Siguieron caminando hasta llegar a una puerta, donde se pararon.

-Esta sera la estancia del pequeño – dijo el cortesano líder, acercándose a Radu –. A partir de hoy, este sera tu sitio.

Intento separar a Radu de Vlad pero el pequeño empezó a llorar, aferrándose a su hermano. Por primera vez en horas, Vlad habló.

-Dejadle conmigo, señor. Ha sido un viaje largo y es joven, aún esta asustado.

El cortesano paso la mirada de Radu a Vlad, sopesando la idea.

-Esta bien, por esta noche, podéis quedaros juntos. Pero no permitiremos que se conviertan en una costumbre.

A Vlad le pareció una tontería que se pusieran tan estrictos con donde iba a dormir cada hermano, pero cerro la boca y asintió. Estaba en territorio enemigo, no le convenía crearse opositores tan pronto. Siguieron por el pasillo un poco más, hasta alcanzar otra puerta de madera. De un empujón, el cortesano la abrió e hizo un gesto para que entraran dentro de la estancia.

Era sencilla, pero como el resto del palacio, finamente decorada con azulejos y hermosas cristaleras de colores. La cama era grande y parecía suave y mullida, cubierta con ricas sabanas amarillas y azules. En el suelo. Una alfombra cubría el suelo del cuarto. Había pocos muebles, alguna silla y una mesa de madera. Al final de la estancia había una puerta, se pregunto a donde conduciría.

-Esta sera tu estancia privada – le dijo el cortesano a Vlad –. Espero que sea de tu gusto.

Vlad asintió en silencio.

-Os llevaremos ahora a los baños, donde podréis adecentaros. Los sirvientes os llevaran hasta allí y os vestirán.

Dio una palmada y por la puerta al final de la estancia, entraron dos jóvenes, de piel morena, vestido de blanco. El cortesano les ladro varias ordenes en turcos y los dos muchachos se acercaron a Vlad y a Radu. Con suavidad, les cogieron de los brazos y los sacaron de nuevo al pasillo, por donde los condujeron a través de escaleras hasta un nivel más bajo del palacio. Los llevaron hasta una sala caldeada, cubierta de azulejos. En el centro había una pequeña piscina con agua humeante.

Con gestos, los dos sirvientes indicaron a Vlad y a Radu que se desvistieran y se metieran en el agua. Radu miro a Vlad, preguntando en silencio que debían hacer. El hermano mayor le hizo un gesto con la cabeza y empezó a quitarse la túnica que llevaba puesta. Los dos sirvientes fueron recogiendo una a una las prendas de ropa que les pasaban los hermanos, hasta que estuvieron desnudos, las manos cubriendo sus partes más intimas, y los animaron a entrar en el agua.

Estaba templada, y después de meses de viaje, el cuerpo de Vlad agradeció el calor en sus músculos tensos y doloridos. A su lado, dentro del baño, Radu miraba con curiosidad la estancia. Intentando animar a su hermano, Vlad metió la cabeza bajo el agua y la saco, empapada, sacudiendo el pelo como un perro, mojando a Radu. El pequeño rió.

-No esta tan mal – dijo Radu en voz queda, sonriendo –. Tenia miedo de que nos tiraran a una mazmorra y nos encerraran con llave.

Vlad le devolvió la sonrisa, pero no estaba tan seguro de que, realmente, el sultan fuera a cumplir su promesa y los trataran con el cuidado prometido.

Estuvieron en el agua un rato mas, hasta que volvieron los sirvientes con fajos en sus brazos. Con cuidado, Vlad y Radu salieron del baño. Los sirvientes les pasaron los fajos, telas de algodón, para que se secaran. Se acercaron a ellos mientras se cubrían y, cogiéndolos de nuevo del brazo, los condujeron por la estancia hasta unos asientos, donde les hicieron gestos para que se acomodaran. Y mientras los hermanos se secaban, los sirvientes los peinaron con cuidado, desenredando sus cabellos y mesando los rizos con cuidado sobre sus hombros. Radu reía, pero Vlad miraba fijamente a los sirvientes.

No podían tener más que los 13 años que tenia él, y eran esclavos del sultan. Trabajaban en silencio, con cuidado.

Al notarse observados, uno de ellos devolvió la mirada a Vlad, y este se sorprendió, porque el esclavo del sultan le miraba con pena a él, el hijo del Dragón.


Cuando terminaron de asearlos, les ofrecieron ropa limpia, pantalones de seda y túnicas bordadas de un blanco prístino, y los condujeron de nuevo hasta los cortesanos.

Estos los observaron y, dando su aprobación, iniciaron la marcha por el palacio, subiendo varios niveles hasta, finalmente, pararse frente a una puerta doble, la más grande que había visto Vlad en todo el palacio, decorada en oro y joyas. Los guardias frente a ella, los miraron e hicieron golpear sus lanzas contra el suelo.

Lentamente, las puertas se abrieron y, escoltados por los cortesanos entraron a la sala.

Era la más excéntrica que había visto hasta ahora en todo el palacio. La paredes estaban decoradas de oro, y las columnas, repartidas por la estancia, era rojas como la sangre. Las antorchas brillaban en argollas de oro, y hacían brillar la estancia.

En el centro, tumbado sobre una silla otomana, estaba el hombre más gordo que Vlad había visto en su vida. Tenía los ojos cerrados y parecía que no se había percatado de su presencia en la sala. Los cortesanos hicieron una reverencia, obligando a Vlad y a Radu a postrarse frente al sultan.

El cortesano líder empezó a hablar en turco, y el sultan, por fin, se giro a mirar al grupo. Su tez era morena y la barba le cubría todo el mentón. No llevaba tocado, y su pelo era negro como el carbon, rizado y corto. Su mirada se poso en Vlad y Radu, aún de rodillas en el suelo y sonrió. Dijo algo en turco y los cortesanos rieron a carcajadas. Vlad hubiera dado lo que fuera por entender sus palabras.

Porque el sultan los miraba fijamente, lamiéndose los labios. Vlad sintió escalofríos por la espalda y, por primera vez en todo su viaje hasta Constantinopla, sintió el aguijón del miedo en su corazón.