Notas del autor: ¡Mil mil disculpas por la tardanza! Mi programación para esta semana se fue al demonio por una entrevista de trabajo que me tomó más tiempo del debido (para que a fin de cuentas no fuera el tipo de trabajo que quería) así que todo se retrasó. ¡Pero ya tengo el nuevo episodio! Muchas gracias a melgamonster, a missfefi y a Hikari Luz de Luna por sus reviews. En verdad me hace muy feliz que se contacten conmigo y recibir las notificaciones de sus subs y sus reviews, ¡en serio gracias! Les dejo el siguiente episodio.
(Also, if english readers are struggling with spanish and would like me to translate this fanfic, feel free to please write it in the comments section and I will try my best! and if you want to volunteer for doing it that would be awesome too! Reading you in any way would be amazing :3)
3. Knocking on heaven's door - Guns n' Roses
Luces cegadoras de colores golpeaban sus ojos entre el alboroto de la gente, chocando con ella casi angustiosamente. Caminó entre empujones, abriéndose paso, poniendo atención al sonido de la multitud. En un punto la gente gritó y ya no le fue posible moverse, en donde estaba era comprimida y recibía codazos y pisotones, y su corazón dio un vuelco cuando la música comenzó. Haciendo un esfuerzo logró avanzar hasta las primeras filas, en donde lograba ver con claridad el escenario lleno de luces, y en ese momento sonó el solo de la guitarra. Levantó su vista y en ese instante el guitarrista recibió por detrás un haz de luz roja que enmarcó su figura, delgada, fuerte, y pudo admirar el movimiento de cada falange mientras tocaba. Cada músculo de sus brazos que se activaba al moverse para ella era visible, con la piel tatuada húmeda por el sudor, que se deshizo en millones de gotitas cuando el muchacho sacudió la cabeza al terminar. Su corazón volvió a sentir un pinchazo cuando ambos pares de ojos se encontraron. Era en realidad un azul enigmático, casi inhumano. Antes de poder reaccionar, sus ojos estaban cada vez más cerca. El guitarrista había bajado del escenario y la gente a su alrededor le iba dejando el paso libre, hasta que llegó a ella.
-Iki-san -escuchó una voz aterciopelada, diciendo su nombre. Podría acostumbrarse a ser llamada por ésa voz, pensó, con las entrañas revueltas, que casi comenzaron a doler cuando con una mano la tomó de la cintura y aproximó su cara a la de ella. Con el pecho pegado al de él, sintió la vibración grave de su voz, y creyó que la cara iba a incendiársele al oír de nuevo, como en un suspiro:
-Iki Hiyori-san...
-Ya...
Un golpe seco la asustó y su espalda involuntariamente la arrojó hacia atrás, y de repente se encontró sentada en su salón de clases... a media clase de literatura y con la profesora Kamishiro prácticamente encima de ella, mirándola por detrás de sus gafas. Había dejado caer un libro de pasta dura sobre su pupitre.
-¡I-ki Hi-yo-ri-san! -volvió a repetir la profesora. Todavía un poco confusa, Hiyori se puso en pie de un salto. Había estado soñando, ¿a media clase? ¿Qué diablos le pasaba? La profesora dio media vuelta y con parsimonia regresó lentamente a su escritorio. Un murmullo ahogado y un par de risitas se alcanzaron a escuchar en el momento.
-Iki-san, si se siente cansada, es libre de ir a la enfermería -habló la maestra, dándole la espalda aún -yo le recomiendo que vaya, parece que tiene fiebre.
Hiyori reparó en sus mejillas enrojecidas y deseó con todas sus fuerzas no estar ahí en ése momento. Habló con dificultad. -Yo... me siento bien.
-Entonces supongo que no le molestará continuar con la lectura en donde la interrumpimos.
Hiyori tomó el libro entre sus manos, pero su cerebro no parecía saber en dónde se habían quedado.
-La escucho, Iki-san. -Presionó la profesora. Hiyori dirigió su mirada en pánico hacia Ami, quien ya tenía su libreta en alto aprovechando que la señorita Kamishiro les daba la espalda.
"P. 168 línea 30", decía en gruesas y grandes letras. Hiyori se adelantó un par de páginas, y leyó.
-"Ese tono vuestro es el que emplean los hombres como vos... venid, nos presentaremos al Rey: nuestras ropas están listas y tenemos que despedirnos. Macbeth está al borde del abismo y los poderes celestiales mueven en ayuda nuestra sus elementos".
Hiyori terminó la frase con un hilo de voz. Había ido bajando el volumen conforme la expresión de la profesora se iba mudando en una fea mueca, como si hubiese comido algo ácido en extremo.
-Hiyori-san, -comenzó con una voz dulce y suave, que no iba de acuerdo con la expresión de su rostro -entiendo que hasta el momento usted tiene notas impecables en todas las materias y que incluso es sobresaliente en una institución como la nuestra, pero necesito preguntarle... -se removió en su lugar y la miró por encima de sus anteojos. -¿De verdad está consciente de que este es un instituto especial de preparación para los exámenes universitarios?
Hiyori tragó pesado -Sí profesora.
-Y supongo que conoce lo que implica eso no sólo en los créditos, sino en su futuro profesional.
-Sí profesora.
Hiyori bajaba cada vez más la mirada. Usualmente no era la persona a la que los profesores tuviesen que regañar. Se limitó a continuar escuchando a su maestra mientras su mirada vagaba por ahí. Afuera el día estaba espléndido y desde la ventana del salón de clase alcanzaba a verse el final del segundo edificio y la entrada principal, tras la cual la calle parecía invitarla a flotar por ahí entre los tejados. Sería agradable.
Un flash en azul la sacó del trance de la voz de la profesora y de repente sintió el corazón acelerado. La adrenalina le decía que corriera hacia el portón, en donde una figura oscura limpiaba sus anteojos en una especie de pañuelo que llevaba atado al cuello. Volvió a colocarse los anteojos en un gesto grácil y se ajustó la gorra sobre los ojos. Hiyori comenzaba a preguntarse qué clase de atuendo era aquél, cuando el chillido irritado de la señorita Kamishiro la sacó de su mundo una vez más.
-¡Iki-san! ¿¡Está escuchando lo que le digo!? Esta es una escuela de élite y por lo tanto si no es capaz de seguir el ritmo, seria mejor que reconsiderase.
Claramente, Hiyori no estaba pensando de forma apropiada. -Disculpe, Kamishiro-sensei -espetó -al parecer sí me siento un poco afiebrada, ¿podría ir a la enfermería?
Realmente no fue una pregunta porque tan pronto como terminó de hablar se precipitó por la puerta con el maletín a medio abrir, tratando de encajar en él su ejemplar de Shakespeare, sin esperar a escuchar la respuesta de la profesora, que se había quedado lívida.
¿Era su imaginación o de verdad estaba volando hacia la entrada?
"¿¡Y ahora qué mierda se supone que debo hacer, Yukine!?" pensó Yato, desesperado pensando en cualquier excusa para que un tipo como él estuviese holgazaneando enfrente de una prestigiosa preparatoria. Había dado con ella luego de un par de cuadras buscando. Recordaba perfectamente el uniforme color lila de la chica con la que había intercambiado una mirada en la calle momentos antes de que saltara a la calle para salvarle la vida. Pensó en dar una vuelta por el barrio antes de que el timbre de salida sonara para no resultar tan sospechoso, pero aún así continuó observando el lugar con detenimiento. Pasillos, puertas corredizas, ventanales amplios, risas. Todas esas cosas le llenaban de nostalgia y se preguntó si la preparatoria ahora sería igual que en aquél entonces. Seguramente no. Al menos, no como había sido para él.
Un chico pálido desde un marco ovalado en la pared le devolvió una mirada asustada. Con dificultad por lo oscuro de la habitación pudo distinguir que era su propia mirada. La corbata alrededor de su cuello comenzaba a apretar de forma incómoda y poco después fue consciente del escozor del uniforme que se sentía pesado contra su piel. Era un intruso en su propio cuerpo, que se sentía adormecido y cubierto de un sudor frío. Desde el otro lado del haz de luz que proyectaba la ventana que se encontraba detrás de él, una vocecita tierna le erizó los cabellos de la nuca al hablar en un tono juguetón.
-Te dije que papá se iba a enojar.
Yato notó una sensación húmeda y desagradable en los pies, y miró hacia abajo. Las pantuflas de tartán azul que usaba para andar por su casa estaban manchadas de un líquido oscuro y cálido. El olor le llenó la boca de un sabor ácido. El charco llegaba hasta un poco más allá del haz de luz que alcanzaba a iluminar la escena lo suficiente para que lograra distinguir el color escarlata oscuro de la sangre, y el pelaje inerte apelmazado por la herida...
Una ardilla se precipitó por la banqueta entre sus talones, y Yato saltó por la sorpresa, tratando de no pisar a la segunda ardilla que corrió despavorida detrás de la anterior. Intrigado y de cierto modo aliviado por las intrusas, Yato siguió con la vista la dirección de la que ambas venían, esperando ver un gato. Bajando de una rama, grácilmente, estaba la chica de ojos magenta de semanas atrás.
Apenas asimilando lo que acababa de hacer, Hiyori corrió hacia él. Con las mejillas arreboladas por el esfuerzo y la respiración agitada, apenas atinó a hablar. No le quedaba duda.
-¡Tú...! ¡Aquí...!
Yato posó una mano en la cadera y la miró con curiosidad. -Es bueno saber que estás bien.
-¿Eh...? -No tenía ni idea de qué hablaba, pero no poder entablar una conversación normal la frustraba de manera monumental.
Yato removió los lentes de sol. Ahí estaba, la sensación paralizante de sus ojos, casi felinos, el delgado puente de la nariz, el filo de sus pómulos. -Eres muy articulada. -Musitó, sarcástico, antes de hacer contacto visual. Sus cabellos de la nuca se volvieron a erizar y carraspeó para no perder el hilo de lo que venía a hacer. -En fin. Ya debo irme.
Hiyori reaccionó hasta entonces -¿P-por qué? tú... ¿cómo...?
Yato pasó la mano por la parte trasera de su cuello. -Escucha, realmente no sé quién piensas que soy, pero seguro estás equivocada. -Se ajustó la gorra y el pañuelo antes de dar media vuelta -Sólo vine a revisar que estuvieras bien, así que ya no me queda nada por hacer. -Dudó en dar el primer paso -¡En fin, gracias... por salvarme! -Finalmente echó a andar, pero no había dado ni dos pasos cuando Hiyori habló. Esta vez con seguridad.
-Tu nombre. -Yato no estaba seguro de haber escuchado bien.
-¿...c-cómo dices? -preguntó como en un susurro.
-¡Quiero que me digas tu nombre!
Yato dio media vuelta lentamente y parpadeó un par de veces.
-Bromeas, ¿verdad?
Hiyori puso la expresión más seria y firme que pudo, aunque sus piernas parecían de gelatina. Necesitaba confirmarlo. Necesitaba saber si el que estaba frente a ella era el mismo chico del accidente y el mismo que había esuchado tocar la guitarra cada noche hasta quedarse dormida.
Yato la observaba atentamente, y su escrutinio la ponía con los cabellos de punta con cada momento que pasaba. Pasó del cabello castaño que enmarcaba su cara a los ojos brillantes, la nariz pequeña, los labios juveniles. En un instante distrajo su atención hacia la puerta que se encontraba tras ella. Tres figuras se aproximaban cruzando el patio central.
-Tenemos compañía -sonrió Yato, y ante la mirada confundida de la chica, apuntó tras ella con la barbilla. Hiyori giró sobre sus talones y de repente se sintió palidecer, mientras un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
La señorita Kamishiro, seguida por su profesor titular y el mismísimo director se aproximaban a toda velocidad hacia ella. Era su tercer año de preparatoria y sintió cómo su futuro se resquebrajaba por completo cuando la maestra de literatura la miró con el ceño fruncido en un gesto demasiado severo. Sintió en su mano un peso muerto, y al mirar hacia abajo se percató de que había cargado con su mochila todo el tiempo. Por donde se viera, Hiyori se estaba escapando de la escuela. Una figura alta se colocó a su lado. -Oye… -escuchó la voz de Yato. Compulsivamente miró directamente a sus ojos azules. La desvalida mirada de Hiyori, con pequeñas gotas asomándose a sus ojos, lo hizo enderezarse de repente y dirigió su mirada alternativamente a la calle, a los profesores y de nuevo hacia ella. -¡Trivia flash! ¿Qué le dijo Gandalf a la Comunidad del Anillo antes de caer por el abismo en las Minas de Moria?
Hiyori frunció el ceño. ¿Acaso estaba loco? -¿Qué?
-Fly you fools! -Yato tomó su mano y echó a correr en dirección contraria. Tratando de recuperar el aliento, Hiyori no sabía si procesar lo que estaba ocurriendo, procesar el chispazo eléctrico que la mano de Yato producía en la suya, o procesar los gritos de los profesores que se abalanzaron contra el portón.
