6. A hard day's night – The Beatles
Hiyori encendió la luz de su habitación, arrojó el maletín de su escuela sobre su escritorio y se dejó caer en su cama, arrugando un poco su edredón cubierto en holanes. Apretó su rostro contra la almohada y gritó. Más relajada, hizo recuento de los ajetreados días que había tenido.
Cuando llegó a casa la noche anterior, su madre la abrazó, hecha un mar de llanto. Luego de un par de preguntas y advertencias incómodas por parte de la policía, los padres de Hiyori agradecieron a los oficiales que habían estado dando rondines por el área luego de que la escapada de la perfecta señorita Iki se hiciera saber en su casa por teléfono, directamente desde la escuela. Hiyori estaba en la mesa de la cocina, con una taza de chocolate caliente frente a ella y la severa mirada de sus padres puesta en su flequillo. No se atrevía a levantar los ojos de su taza para mirarlos. Su padre habló primero.
-Estamos esperando tu explicación, jovencita.
Ante el nervioso silencio de su hija, la señora Iki presionó.
-Tendremos que presentarnos contigo ante el director mañana para darle una explicación de qué está ocurriendo realmente aquí, Hiyori. -Y agregó, en tono afectado -Pensar que nuestra hija, nuestro tesoro, una estudiante modelo, anda por ahí con un completo desconocido…
El padre de Hiyori le tomó la mano a la señora Iki en un gesto cariñoso para tranquilizarla. Miró directamente a su hija, que estaba segura de ser varios centímetros más baja.
-Sólo queremos que nos digas qué está ocurriendo, princesa.
Hiyori resopló, suprimiendo un sollozo. "Estudiante modelo", había dicho su madre. ¡Ése era precisamente el problema! Siempre se había esforzado por ser limpia, por ser buena, por ser correcta. Millones de veces pensó en hacer completamente lo contrario, pero no lo había hecho; el problema era que la primera vez que lo hacía era un hecho tan sorprendente que simplemente tenía que ser un escándalo. ¡Era tan difícil sentir que todo lo que haces, todo lo que quieres, debe ser pensado tres veces antes de decirlo! "Y entonces, te das cuenta de que en realidad nunca dijiste lo que querías", pensó Hiyori, cerrando fuertemente los ojos. Su mente corría por todos lados sin encontrar una respuesta clara. ¿Qué debía responderle a sus padres? Estas dos personas que habían estado preocupados por su bienestar durante los 16 años de su vida, más otros tantos de su hermano, ahora estaban perdidos, consternados y preocupados por ella, que simplemente había actuado por instinto. ¿Qué debía decir? No podía ir con el "resulta que descubrí que el tipo por el que casi me parto el cráneo en dos es un rockero en ascenso con cero sentido del estilo y maneras demasiado extrañas de comportarse", debía pensar en otra cosa. Le hubiese gustado tener el temple de acero de su hermano, que cubría turnos extras en emergencias, tomando decisiones acertadas en tiempo record. Aunque claro, seguramente su hermano nunca hubiese huido de la escuela, como ella, siempre era el perfecto, el ejemplo, el hijo ideal…
Hiyori abrió los ojos y sonrió. ¡Ahí estaba su respuesta!
-Lamento haberlos preocupado. -Y añadió, luego de una pausa y una pequeña inclinación. -En realidad se supone que no debía decirles nada de esto. -Los señores Iki intercambiaron una mirada tensa. -Era una sorpresa… pero en realidad nunca había hecho algo como esto y creo que fui demasiado torpe como para no llamar la atención.
Hiyori soltó una risita nerviosa. Sus padres tenían una cara de absoluto desconcierto.
-¿S… sorpresa? -Musitó su madre en voz baja -Cariño, ¿de qué hablas?
Hiyori se enderezó en la silla y tomó aire. -En unos meses será su aniversario, ¿recuerdan?
Por unos segundos el tiempo se congeló. Las caras de ambos señores eran una mezcla entre enojo deslavado, absoluta sorpresa y una confusión casi cómica. El señor Iki se aclaró la garganta.
-25 años de casados, cierto… es cierto…
-¡Hiyori, cariño, tú…! -Su madre no atinaba a decir ninguna frase coherente, y se llevó las manos a la boca.
-En realidad estábamos tratando de organizarlo sin que se diesen cuenta…
-¿Entonces, el "hombre" con el que el director te vio correr…? -comenzó a decir su padre.
-Era hermano, papá. Siento de verdad haberlos preocupado.
Otra mentira más. Hiyori sintió como si su corazón fuese de plomo por haber mentido repetidamente tantas veces durante el día, pero por fortuna parecía ser buena en eso ("¿qué clase de talento es ese, Hiyori?" se regañó a sí misma), tanto que al menos de momento su plan iba funcionando a la perfección. Sus padres jamás se comunicaban con Masaomi a menos que él llamara primero, ése era el acuerdo una vez que comenzó a trabajar en emergencias. Sus padres entendían que estaba rebosante de trabajo y hubiese sido demasiada casualidad que también la hubiesen buscado con él. Escuchó los comentarios de sus padres con un sabor agridulce en la boca. Parecían contentos. En base a una mentira, pero los humanos solían hacer eso todo el tiempo, ¿no? La felicidad, sin embargo, suele ser efímera.
-Debo hablar con Masaomi esta vez. No debieron haberse molestado en hacer todo esto secretamente, ambos pueden meterse en serios problemas -dijo su papá, tomando el teléfono de la cocina y marcando un número. Con cada tecla a Hiyori se le iba desapareciendo el color de la piel, y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza cuando comprendió que de verdad estaba marcando a su celular. Era demasiado bueno para durar. Tras unos segundos, su hermano contestó la llamada.
-¡Qué gusto que contestes, Masaomi! Tu hermana ya nos dijo qué está ocurriendo, ¡nos tuvieron muy preocupados! -Hiyori trataba de disimular su horror y con atención observaba los cambios en la expresión de su papá. Estaba tardando demasiado en explotar, ¿por qué prolongaban tanto su agonía? -¡Pudieron haber planeado las cosas de una manera más sutil! Mira que aparecerte en su colegio sin previo aviso, ¡los profesores se dieron un susto de muerte! -El señor Iki hizo una pausa para escuchar. Hiyori esperó, sabiendo que su fin estaba cerca. Para su extrañeza, la cara de su padre no mostró cambios. -¡Gracias por todo esto, hijo, saben que ustedes lo son todo para nosotros y que organicen un evento de esta clase nos tiene halagados! -Otra pausa. ¿Qué diablos pasaba? -Ah, claro, mañana te veré en el hospital. Seguro, aquí está. -Su padre la miró, sonriente. -Masaomi quiere hablar contigo, Hiyori.
La chica tomó el auricular, lo apretó entre sus manos y retrocedió unos pasos, sonriéndoles nerviosa, antes de salir a toda carrera hacia su cuarto. Cerró la puerta tras de sí.
-¿Hermano?
El silencio que siguió le indicó que Masaomi estaba furioso. Un suspiro del otro lado de la línea lo confirmó.
-¿Finalmente perdiste la cabeza?
-E-escucha, Masaomi, gra…
-No sé qué estás por agradecerme pero no quiero escucharlo…
-Gracias por mentir por mí. -Dijo ella, llanamente, con un dejo de desesperación en su voz, a punto de quebrarse. La línea volvió a quedarse en silencio. Hiyori se recargó en la pared de su habitación y con lentitud se fue dejando caer hasta quedar sentada en el suelo.
-Cualquier cosa que les hayas dicho o que hayas hecho -habló de nuevo él, con lentitud, tratando de ser suficientemente claro -estoy seguro de que tuviste una buena razón para hacerlo.
Hiyori suspiró, relajándose tanto que casi creyó que volvería el estómago. Su hermano era tan bueno que aunque no entendió nada de lo que su padre le dijo, simplemente le siguió la corriente por tratarse de ella.
-¿Cómo puedo pagarte esto? Acabas de salvarm…
-Dejemos fuera el tema, hermana, antes de que comience a querer saber más acerca de por qué diablos te fuiste del colegio y con quién, pero si quieres pagarme -alzó la voz, ya que Hiyori comenzaba a balbucear -entonces te propongo esto: me involucraste en un supuesto festejo por el aniversario de mis padres. Tendrás que organizarlo tú, y me darás parte del crédito por ello, como si lo hubiésemos hecho los dos. Ni una palabra a papá y mamá, ¿qué tal?
Hiyori titubeó.
-Masaomi, no tengo idea de cómo organizar un festejo de aniversario.
-Te dije que era sugerencia, pero en realidad no tienes opciones, Hiyori. -dijo él, dejándola helada. Al final no había sido tan bendecida como ella creía. -Todo esto fue idea tuya.
-…déjamelo a mí…. -Musitó.
-No vuelvas a meterte en problemas, ¿entendido?
-Sí, hermano.
-Vuelvo a trabajar, esta llamada ya me tomó demasiado tiempo.
-Cuídate.
La llamada terminó con un leve crujido. Hiyori soltó el teléfono cual si fuese lava y rodeó sus rodillas con los brazos, enterrando su cabeza en ellas. Trató de respirar, de calmarse. El negro aterciopelado del interior de sus ojos se convirtió en la imagen nítida de un muchacho sonriente, sentado en la banca de un parque con la gorra vuelta del revés y un jersey con botas. De inmediato se levantó con un bufido exasperado y se arrojó sobre la cama. "¡Ahora no!", se reclamó. O tal vez le reclamó a su cerebro. O tal vez a él.
No supo en qué momento se quedó dormida.
Su padre se había ido temprano de la casa, así que quien se encontraba sentada en el pasillo junto a ella al lado de la oficina de maestros, era su madre.
Fue tan terrible como esperaba. La señorita Kamishiro estaba parada como cuervo en una rama al lado del director, quien tenía el folder con el expediente de Hiyori y comenzó a hojearlo una vez que ambas se sentaron y la secretaria cerró la puerta tras ellas.
-Iki Hiyori -comenzó a hablar, y en su rostro cuadrado se formaba una mueca decepcionada -Excelentes notas desde siempre, participación deportiva sobresaliente -la miró directamente a los ojos -tiene todas las cualidades de una alumna de élite. No puedo creer que decidiese poner en riesgo su futuro universitario por escapar, en toda la extensión de la palabra, a mitad de la jornada escolar, con ése joven.
Su madre habló.
-Puedo explicarlo, sensei. -Hiyori de algún modo se arrepentía de que su mentira hubiese tenido éxito; adjetivos como "hermosos hijos" y "conmovedor" salían como balas de la boca de su madre, dejando al director perplejo.
-Bueno, el hecho de que haya sido su hermano lo convierte en una situación un poco menos desdichada -admitió el director. Hiyori se atrevió a sacar los ojos de su expediente, y dirigió fugazmente su mirada a la profesora de literatura, quien de nuevo parecía estar saboreando un pedazo de cáscara de limón. El resto del semestre iba a ser un dolor de cabeza. -Pero hay maneras de hacer las cosas correctamente, señorita Iki. -Hiyori agachó la cabeza.
-Lo siento mucho.
-Supongo que esto se debe a que en realidad usted no tiene actividades de clubs ni nada por el estilo después de clases. -Continuó el director. Sí que había analizado su expediente. -Las habilidades sociales son extremadamente importantes en la educación de un buen ciudadano. De nada te sirve tener notas sobresalientes si no sabes funcionar en una sociedad.
-Sensei, en cuanto a eso, Hiyori tiene clases todas las tardes, salvo sus excepciones. -dijo su madre.
-Ah, bueno, pero me refería a actividades sociales dentro de la escuela. Hay dos o tres buenas lecciones que una joven de su edad puede aprender conviviendo con sus compañeros en alguna actividad extraescolar. Le recomiendo que reduzca las clases a la que Iki-san asiste, si pudiere.
-Sí, sensei. Por supuesto.
Hiyori observaba de nuevo mientras se decidía sobre su vida. Recordó la escena de Yato del día anterior, vociferando y saliendo al jardín de la casa de Kofuku. Recordó su figura delgada, hecha bola en un rincón como un gato enojado antes de soltar un zarpazo. Gatito malo. Pero no puedo enojarme contigo, gatito, tienes unos ojos en verdad…
"¡Ahora no, Hiyori, maldita sea!", se regañó de nuevo. Qué extraño impulso el de su cerebro, de salir corriendo a toda velocidad a lugares a donde no debía.
El director se había levantado y miraba afuera por la ventana, con las manos detrás de la espalda.
-No habrá castigo para Iki-san -dijo, finalmente. La señorita Kamishiro respingó. -Sin embargo, -continuó -la condición es que en un lapso de dos semanas venga aquí con su solicitud de clubes perfectamente elaborada. Escoja alguno que sea de su agrado, Iki-san, seguramente encontrará usted algo que le ayude a desarrollar mejor sus habilidades sociales.
Su madre volvió a casa poco después de eso. Hiyori se demoró un poco más en llegar a su salón de clases, y pasó por enfrente de un pizarrón de corcho fijo en uno de los pasillos. Se detuvo a mirar la gran cantidad de posters y anuncios que estaban pegados en él: circulares de todo tipo, anuncio de la avería de uno de los baños del tercer piso, voluntariados para los clubes deportivos, asesorías, club de cocina, club de tallado en madera, club de música, club de entusiastas del espacio…
Hiyori suspiró. De nuevo tuvo que detener a su cerebro de pensar como habitualmente en cada decisión que tenía que tomar: "¿qué escogería mi madre?". No podía simplemente escoger uno al azar y enlistarse. La señora Iki consultaría de todas maneras todas las opciones que su hija tenía y escogería la que mejor impresión diese en la sociedad. "¿Pero yo qué quiero? ¿por qué no tengo idea? ¿quién soy?". Rendida, Hiyori arrastró los pies hacia su salón de clase. Ahí estaba la puerta. Colocó su mano en la placa de latón para deslizarla, pero sólo se quedó ahí, congelada. "¿Por qué hago lo que hago?".
El timbre la sacó violentamente de sus pensamientos. La primera hora había concluido, y su profesor saldría pronto al pasillo por la otra puerta. Hiyori tomó una gran bocanada de aire y abrió la puerta con seguridad, la cual se desvaneció completamente cuando sintió las miradas de todos sus compañeros fijos en ella. No podía ser que en verdad la escuela entera la hubiese visto, ¿o sí?
Nerviosamente, se aproximó a su pupitre y deslizó la silla, que hizo más ruido del que estaba esperando. Las miradas de todos la habían seguido durante todo el camino. El silencio era casi sepulcral, de no ser porque del pasillo llegaban las voces de los alumnos que cambiaban de salón. No podía ser que todos la hubiesen visto saltar a la calle y salir corriendo de la mano de Yato, ¿o sí? Se preguntó si en verdad era posible sentirse tan pequeña, tantas veces el mismo día, como Alicia. "Llévame contigo, gato risón", pensó, y comenzó a preguntarse por qué el gato risón en su mente tenía ojos azules cuando dos figuras se quedaron paradas junto a su lugar.
-¿Y bien, Hiyori? -habló Yama. -¿No crees que olvidar contarnos el hecho de que tienes novio es un asunto bastante grave?
De repente Hiyori olvidó por completo que todos la observaban en silencio. Enrojeció hasta la punta de sus cabellos y gritó.
-¡¿QUÉÉÉ?!
-Ay, vamos, por favor, absolutamente nadie salta así y se escapa de la escuela por cualquier persona. -Añadió Ami.
-¡E-están equivocadas! E-e-sólo era… -Ami y Yama alzaron las cejas, tratando de sacar sentido de sus palabras. -¡Sólo era mi hermano! -Finalmente logró soltar. Por supuesto que no se tranquilizó cuando ambas amigas mostraban en su rostro que no le creían ni una palabra. Pero ¿qué iba a decirles? ¿"el guitarrista de Shrine me vino a buscar a la escuela a agradecerme por haber saltado a la calle para salvarlo y terminé pasando el día en casa de la banda, y por pura casualidad conociendo al productor"? Seguramente terminaría en alguna institución psiquiátrica, y estaba claro que no estaba demente. El gato risón de ojos azules en la parte más recóndita de su cabeza soltó una risa tintineante, "aquí todos estamos locos", y se esfumó en una nube de humo.
Ami y Yama insistieron de nuevo durante el receso, en los vestidores y al término de las clases.
-¡No hay nada qué contar! -Finalmente soltó Hiyori, exasperada. -¡Queríamos que fuese una sorpresa para mis padres así que simplemente no le dijimos a nadie que lo estábamos organizando!
Yama ya estaba un poco molesta, y el tono de Hiyori terminó por tronarle los hilos que le quedaban. -Lo que sea que les hayas dicho a tus padres no va a funcionar conmigo, Hiyori.
-Yama… -dijo Ami, preocupada, tratando de tocar uno de los hombros de su amiga.
-En ningún momento me atrevería a asegurar que esa persona concuerda con lo que nos has dicho de tu hermano, ¡no voy a caer en eso!
-Yama, ya basta -cortó Ami, con un hilo de voz. Hiyori llegó a su tope. Las clases habían terminado y no tenía motivos para quedarse por ahí.
-¡No veo por qué tengas que "caer" en algo, Yama-chan! La realidad es ésa y en caso de que yo estuviese diciendo una mentira, tengo derecho a tener mis propios secretos, ¡tengo suficiente con mi madre indagando en mi vida como para también tener que darle explicaciones a mis amigas!
-¡Hiyori-chan! -trató Ami, pero Hiyori ya estaba dirigiéndose a toda prisa a la entrada.
Su clase vespertina había sido un desastre. El ballet hacía que Hiyori se sintiera como mico con tutú, y el agravante de su enojo no mejoraba en nada las cosas. Sus compañeras la miraban con desprecio cuando levantar su pierna de repente se convertía en una patada al costado de una de ellas, y la maestra decidió interrumpir la clase para darle cinco minutos para que fuera al baño a refrescarse la cara y recuperara la concentración. Hiyori giró tan fuerte la perilla del grifo que terminó con ella en una mano y pasó 10 minutos tratando de volverla a embonar en su lugar. Cuando volvió, la profesora la envió directamente a casa. No era como si le molestara demasiado. En realidad, ella sabía con seguridad que no tenía talento para ninguna disciplina artística.
Llegó a casa cabizbaja, casi no cenó, y subió directamente a su habitación. Éste había sido, sin lugar a dudas, el día más agotador y difícil de su vida. Sin embargo, por mucho que quisiera quedarse dormida por el resto de la noche, aún debía hacer deberes. Se quitó el saco y lo puso encima de la silla de su escritorio, tomó su maletín y con cuidado sacó todo su contenido, extendiéndolo sobre la superficie, más por costumbre que por intención. Miró con interés todas sus cosas, limpias y ordenadas encima de su mesa de trabajo; a pesar de haberse sentado ahí cada noche durante la mayor parte de su vida, de repente de algún modo algo no se sentía bien. No reconocía la meticulosidad con que la persona que había usado ese escritorio había ordenado absolutamente todos los libros y carpetas y libretas que necesitaba, las plumas, los útiles, su agenda. Todo limpio. Todo como nuevo. Ninguna libreta tenía marcas de uso, ni adornos personales. Sus lápices y plumas eran sencillos, sobrios, sórdidos, estándar. ¿Quién vivía en ese cuarto?
-Hiyori -respondió en voz alta, recargándose en el respaldo de su silla, que se sentía agresivo contra su espalda. -Hiyori vive aquí. -Suspiró, pasando una vez más sus ojos por encima de sus cosas, decidiendo por donde comenzar. Sabía de sobra que con una mirada a su agenda le sería suficiente para saberlo, pero cuando estaba a punto de tomarla, una envoltura de dulces saliendo de la bolsa frontal de su maletín robó por completo su atención. Tomándolo entre sus manos, Hiyori soltó una risita. Era la envoltura de papel de un kitkat sabor banana, que Hiyori creía que nadie en el mundo compraba y en repetidas ocasiones había pensado que no tenía sentido que lo vendieran. En el reverso, escrito a toda prisa con letra garrapateada, estaba una dirección de correo electrónico.
"¿Sí sabes usar el correo electrónico, no?", le había dicho. Soltó un resoplido burlón. Mañana le demostraría a ese tonto que usaba citas de películas, cuyo aspecto no tenía ni pies ni cabeza, y cuyo humor variaba en 0,3 segundos que sí que podía enviar un correo electrónico. Guardó la envoltura en su cartera con cuidado, estiró los brazos entrelazando los dedos, y abrió su agenda.
