¡Hola! En este punto cualquier cosa que diga va a sonar a excusa, y eso no me gusta. Quiero pedirles una disculpa por retrasarme tanto. El asunto es que ya estoy trabajando (de nuevo) y estoy tratando de reajustar mis horarios. Aunado a eso, office decidió ser idiota y caducar. Así que en lo que consigo una versión más nueva, hice lo posible por presentarles algo medianamente bien hecho, escribiendo este episodio entre mi smartphone y la computadora de mi oficina*COF COF* digo, no, nada, no me hagan caso, ¡mejor pasen al episodio!
Ah, y por cierto, me dio muchísimo gusto leer que el episodio anterior tuvo tantísimas interacciones. Aprecio que me lean y me dejen reviews como no tienen una idea, en verdad muchas gracias a todos. ¡Si tienen alguna pregunta o necesitan decirme algo aunque no tenga qué ver con el fic, estoy disponible en mensaje privado! :)
9. Piano man – Billy Joel.
No fue hasta que volvió a ponerse su bufanda recientemente recuperada que notó una de las peculiaridades de Yato que más la enervaban: su perfume.
No podía colocar bien el dedo encima de qué era, porque en sí tampoco parecía que fuese una colonia comprada en algún lugar. Simplemente parecía que todo lo que le tocara se impregnaba de un olor velado, pero aun así consistente. Durante toda esa noche, Hiyori la pasó prácticamente enterrando la nariz en el tejido rosa. Algo en él era intrigante, intoxicante, incluso podría decirse que peligroso, y sin embargo era una mezcla de olores comunes y corrientes, una vez que logró procesarlo medianamente sin sentirse completamente atontada o con la cosquilleante sensación de traer una piedra en el estómago. Podía oler un poco del tabaco de los cigarrillos y uno o dos tipos de dulces y comida chatarra, junto con alguna especie de jabón corporal, shampoo y suavizante de ropa -lo cual era sorpresivo -y junto a todo eso un algo que simplemente hablaba de él. Una nota indiscutiblemente propia que tenía una cualidad cautivadora que simplemente le erizaba los cabellos. En cuanto se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo en ella con un simple aroma, decidió irse a dormir con un bufido, tratando de olvidar lo difícil que había sido sacudirse a Yato de encima para evitar que la llevara en el llamativo auto hasta la puerta de su casa.
Durante el día tampoco le fue muy bien, su madre y prácticamente todos sus profesores le habían preguntado constantemente si tenía fiebre. Por supuesto, su aspecto completamente ruborizado no tenía absolutamente nada que ver con el hecho de estar enferma. Llevaba puesta su bufanda alrededor de su boca y su nariz.
Una nevada muy ligera hacía que su aliento saliese en vahos a través del tejido y Hiyori había descubierto con mucho agrado que el aroma parecía reactivarse con la humedad de su respiración. Se puso a resguardo debajo de uno de los aleros de los negocios junto a la puerta de la estación, esperando. Mirando entre la gente, de repente se quedó paralizada cuando vio la sonrisa de ojos azules de Yato a la distancia, aproximándose despacio, disfrutando de las últimas bocanadas de humo que salían del pequeño rollo de tabaco. Hoy lucía particularmente distinto. Llevaba un abrigo largo encima de un par de jeans y una sudadera distinta, con una bufanda al cuello, todo en tonos oscuros.
-¿Te vestiste tú solo? -dejó salir la chica. Por un momento él no supo cómo reaccionar.
-Debí de haber dejado que llegaras por tu cuenta a casa de Kofuku.
Recordando la escena con Yukine, Hiyori palideció.
-¡No, disculpa! En realidad… te ves bien.
-Coquetear conmigo es una táctica sumamente baja, Hiyori, te creía mejor que eso. -Sonrió Yato, socarronamente, haciendo un pésimo trabajo tratando de ocultar el ligero tono rojo que adquirieron sus mejillas.
-¿Podemos irnos? -Suspiró ella, entre fastidiada y completamente desconcertada por cómo se sentía en ese momento con el simple hecho de verlo en un atuendo que podía ser considerado algo presentable y por la involuntaria reacción de su rostro de sonrojarse también. Yato la miró extrañado.
-Vamos, pero, ¿te sientes bien? -Continuó con tono preocupado -Parece que tienes fiebre…
Hiyori echó a andar a toda prisa, y Yato pronto le dio alcance. El frío hacía que caminaran más rápido y sin hablar, y en poco tiempo ("demasiado poco", pensó Hiyori, antes de auto regañarse y desechar el pensamiento tan rápido como lo generó) se encontraron entrando a casa de Kofuku.
Fue en ese punto en el que la chica se percató de que tal vez ésta no había sido la mejor de las ideas, de acuerdo a lo que había dicho Yukine de que no todos estaban de acuerdo con su participación. Alrededor del Kotatsu había tres caras que la observaban con expresiones distintas. La de Yukine era de fastidio total. Kofuku mostraba una sonrisa conciliadora y Daikoku evitaba mirarla en lo posible. Al escuchar que Yato estaba jalando aire para comenzar a hablar, Hiyori dio un paso al frente e hizo una inclinación.
-¡Lo siento mucho!
Los tres a la mesa le respondieron con una expresión de sorpresa.
-¿Pero de qué hablas, Hiyorin? -preguntó Kofuku, incorporándose.
-Siento mucho haberles mentido… en realidad… -la otra chica la tomó del brazo y la llevó suavemente al Kotatsu. Su amabilidad la armó de valor. Ya iba siendo tiempo de limpiar algunas de sus mentiras.
Poco después, al terminar de contar su historia con lujo de detalle frente a una taza de té, Hiyori respiró profundo y suspiró. Daikoku levantó el puño, efusivo.
-¡Nos encontraste porque el destino lo quiso!
-¡Siento mucho haber dudado de ti, Hiyorin! -lloriqueó Kofuku, y se abalanzó sobre ella, abrazándola.
Las miradas de Yato y Yukine se cruzaron durante una fracción de segundo, antes de que el adolescente desviara la cara hacia otro lugar, levantando la nariz. "¿Ahora es tu turno de no hablarme, Yukine?" pensó Yato, y sonrió por lo bajo.
-¡Muy bien, ya, suficiente! -Dijo, levantándose -¿Empezaremos ese ensayo o qué? -Daikoku se puso de pie también, y salieron de la sala. Kofuku revoloteó tras ellos, y Hiyori se demoró un poco para que Yukine pudiese pasar. El chico se deslizó frente a ella rápidamente y le dirigió una mirada perforante que la paralizó justo en el vano de la puerta. Yukine habló con todo el veneno que fue capaz de recolectar en ese instante.
-Te estoy observando. -Dijo, simplemente, y siguió tras los demás. Hiyori sintió su ombligo en el suelo y una sensación fría recorriendo su espalda, hasta que escuchó a Kofuku llamándola.
"Por supuesto que la casa tiene sótano", pensó Hiyori, en tono irónico, en cuanto abrieron la puerta del lugar de la casa acondicionado enteramente para que el sonido fuese el ideal. Todas las paredes estaban recubiertas con alfombra, había múltiples bocinas de distintos tamaños localizadas estratégicamente en varios puntos del lugar, muchos micrófonos, la batería, los instrumentos en sus respectivas bases. Todo aquello refulgía con un brillo cromado y Hiyori buscaba un sitio para sentarse mientras admiraba el lugar maravillada.
Por su parte, Yato sentía su cuerpo ligero como una nube y de inmediato se puso a desenmarañar el nido de cables que había en el suelo antes de conectar todo en sus respectivos puestos. Si era capaz de ignorar el repentino sudor nervioso de sus manos, lograba sentir una antigua emoción. Identificó la sensación en el momento en el que tomó su guitarra entre las manos y pasó la correa por encima de la cabeza. El silencio era expectante.
Hiyori estaba ahí, justo frente a ellos, podía sentir la tensión en el ambiente cuando los tres se miraron.
Yato cerró los ojos.
Negro.
No había ruido. No había pensamientos extraños apoderándose de su cerebro. No había obsesiones. Abrió los ojos y le dirigió una mirada fugaz a la joven de cabello castaño sentada junto a la puerta, antes de mirar a Daikoku y a Yukine. El primer acorde resonó por todo el lugar. Hiyori lo sintió vibrar no solo a su alrededor, sino también dentro de su cabeza, dentro de su estómago. Cerró los ojos también, momentáneamente, y se dejó arrastrar por la melodía. Era cautivante, electrizante, incluso sin la voz profunda y rica de Viina. Al volver a abrir los ojos, sintió el pequeño salto que su corazón dio al ritmo de la música. Justo frente a ella, sin necesidad de desviar la vista, estaba él. Su expresión concentrada en lo más profundo de la canción le daba un aire de seriedad que nunca le había visto; ni siquiera en las fotos del álbum. Se aproximaba el solo (Hiyori conocía muy bien las canciones) y el muchacho cerró los ojos, muy fuerte, dejando que sus dedos acariciaran la guitarra, mudando de nuevo la expresión, esta vez parecía estar en plena meditación, como si fuera un monje errante en el clímax de su rezo, y con ello Hiyori volvió a sentir un pinchazo en el pecho. Al terminar el solo, Yato pasó sus ojos de nuevo, velozmente por sobre de ella, y ese contacto fugaz fue suficiente para encenderle todo el rostro. "¿Por qué luce tan bien?" se preguntó, mortificada, tratando de mirar a otro lado, sin querer realmente hacerlo. Kofuku la observaba recargada en una de las bocinas de piso, con la barbilla apoyada en la mano y una molesta sonrisa asomándosele a los labios, con la mirada de los que lo saben todo. Hiyori la miró extrañada, tratando de descubrir qué le hacía tanta gracia.
-¡Eso estuvo fabuloso! -exclamó Hiyori, acercándose a ellos cuando se detuvieron a tomar un descanso. -¡Suenan mucho mejor que en la grabación!
-¡Esa es la idea! -apuntó Yato, dándole un gran trago a su lata de cerveza.
-Sonaría mejor si tuviéramos vocalista -reclamó Daikoku, mirando a Yato fijamente, quien prefirió echar a andar con la lata en alto. -¡Ya es hora de que vayamos pensando en abrir audiciones, animal!
-¿Por qué no le dicen a Kofuku-san? Es decir, ella está siempre aquí con ustedes y conoce las canciones…
Las carcajadas de la otra chica la interrumpieron, -¡Eres muy graciosa, Hiyorin! -Al mismo tiempo, Daikoku suspiró, sonriendo, y negando silenciosamente con la cabeza, y Yukine dejó salir un bufido, sentado un poco más lejos encima de un amplificador.
-Kofuku es buena tratando con gente -explicó Daikoku -pero no tiene ningún talento musical.
-¡Prefiero ver lo guapo que es Kokki en la batería! -comentó Kofuku, alegremente.
-De hecho es mejor así, si la ponemos a cantar seguramente rompería alguna bocina -comentó Yato, acomodando su guitarra en su base.
-¡Ah, vamos Yatty… eso sólo pasó una vez!
-Y estabas sobria… no quiero ni pensar qué hubiera pasado si hubieses estado ebria… -respondió de nuevo Yato, recargándose en la pared.
-¿Y… qué hay de Yukine-kun o Daikoku-san? -Volvió a sugerir Hiyori.
-¿Cantar? ¡Ni loco! -Soltó Yukine, sonrojándose.
-La sección rítmica de hecho es muy importante, Hiyori. Le da sustento a todo; es nuestro trabajo no estar distraídos y si podemos dedicarnos simplemente a lo nuestro, mejor -señaló Daikoku, explicándolo con paciencia.
-¿Y qué hay de Yato?
De repente todos guardaron silencio. Yato se enderezó. -¡Ja ja! Sí, me pregunto… -respondió, vagamente, tratando de evitar el asunto.
-De hecho, Hiyorin -apuntó Kofuku, -Yatty canta bastante bien.
-Es un maldito inútil en todo lo demás -dijo Daikoku, cruzándose de brazos -pero en cuanto a la música, es difícil encontrar a alguien que lo iguale.
-Me gustaría escuchar eso algún día -dijo Hiyori, dirigiéndole a Yato una sonrisa dulce que le encendió hasta las orejas. Fingió tener un acceso de tos y subió por las escaleras, sacando de su bolsillo la caja de cigarros, dejando perplejos a todos en la habitación.
Le dio una calada más a su cigarrillo, lentamente, paladeando el sabor ácido del humo y probando la nicotina en sus labios al pasar la lengua sobre ellos, maldiciendo por lo bajo por haber olvidado su abrigo dentro. Por alguna razón la sonrisa de Hiyori había sido suficiente para inyectarle una energía insoportable, y había estado a punto de salir corriendo.
Trataba de dilucidar qué lo estaba haciendo comportarse de ese modo, cuando su abrigo cayó sobre su cabeza.
-Dicen que los tontos no se resfrían, pero póntelo de todos modos -dijo Hiyori, con una risita, acomodándose ella misma su abrigo. Admiró disimuladamente a Yato al ponerse el cigarro en los labios para poder meter los brazos por las mangas. Aún se encontraba agitada por la adrenalina de escucharlos en vivo, tan de cerca. -Yato -lo llamó suavemente. Él se limitó a mirarla, -gracias por invitarme.
-No es la gran cosa -Yato se llevó la mano a la nuca. -Gracias… por venir.
-¿En verdad no has considerado cantar tú?
El muchacho soltó una carcajada sincera, y miró a la noche ante él. Tras otra calada al cigarro, respondió despacio, pensando sus palabras.
-Siempre he creído que aunque seas capaz de hacer muchas cosas al mismo tiempo, si de verdad quieres ser realmente bueno en algo, tienes que dedicarte a eso. -La miró de nuevo. Continuó explicando cuando notó su ceño fruncido, pensativo -Sí, soy buen guitarrista y soy capaz de cantar. Pero lo veo de esta manera: la mejor banda necesita el mejor guitarrista, y no puedo ser el mejor guitarrista y el mejor vocalista al mismo tiempo. Es uno u otro.
A Hiyori le impactó tanto esa manera de pensar que incluso semanas después estuvo dándole vueltas. En ese momento, simbolizó romper con absolutamente todo lo que ella creía y sabía.
-Comienzo a entender -murmuró -lo que me dijiste acerca de mis clases.
Viéndola desanimada, Yato se puso a parlotear. -¡Pero no todo es malo! Es decir, del amplio surtido de clases que tienes, algo debe haber bueno, ¡es decir, alguna tiene que gustarte aunque sea solo un poco! ¡Y está bien! Sólo digo, la única que debe decidir qué es lo que quiere hacer con su tiempo eres tú. ¿Con qué clases te has quedado?
-Aún tengo qué cancelar mi clase de música, pero a decir verdad preferiría cualquier cosa antes de ver a mi profesor poner cara de "te lo dije"…
-¡Momento! -La interrumpió Yato en seco -¿Tú… tocas?
Hiyori soltó una pequeña risa.
-No es nada, realmente. Hace mucho descubrí que en realidad no tengo talento para nada artístico.
-…pero tocas. -La expresión sorprendida de Yato la extrañó sobremanera. Incluso había girado su cuerpo, y parecía querer sacudirla por los hombros en cualquier momento.
-S-sí, podría decirse que sí.
-¿Qué instrumento?
-Piano… Yato, ¿qué…? -No alcanzó a preguntarle qué pasaba por su cabeza porque él ya la arrastraba al interior de la casa, y de vuelta al sótano donde habían ensayado. Yato se despojó de su abrigo, arrojándolo por ahí y abrió una puertecilla en un extremo de la habitación, por la cual casi desapareció. Tras varios sonoros golpes de metales chocando unos con otros, sonidos sordos de algo pesado arrastrándose y varios rollos de cable siendo arrojados aleatoriamente fuera de aquél compartimento, Yato volvió a salir, portando un estuche negro y alargado y una sólida estructura de metal, que luego de desplegarla formaba una base en forma de equis. El chico posó el estuche en el suelo con cuidado, y Hiyori se acercó despacio, como si admirara a un mago a punto de ejecutar un pase mágico en el escenario. Los seguros del estuche botaron, revelando un reluciente teclado electrónico, que Yato colocó con cuidado encima de la base, y dio varias vueltas a su alrededor, parloteando.
-¿Cómo era…? ¿Cómo…? ¡Ah!
Finalmente dio con la conexión que buscaba, y caminó varias veces entre la consola y el teclado, buscando el sonido ideal. Cuando terminó, al pulsar suavemente las teclas el teclado emitía un sonido similar a un piano solitario en mitad de un enorme salón. Yato acercó uno de los micrófonos que le habían servido para practicar coros durante el ensayo, y lo posó frente a la silla, que colocó al lado del teclado. Rápidamente hurtó el banquito de la batería y se sentó tras del instrumento de teclas, posando sobre él las manos, habilidosamente.
-A decir verdad, recuerdo muy poco de esto -sonrió, a modo de disculpa. Luego de unos cuantos acordes de práctica, le indicó a Hiyori que se sentara en la silla con la mirada. Se alisó la falda al sentarse, temerosa. Habló mientras comenzaba a ejercitar sus dedos sobre las teclas, haciendo escalas repetitivas. -Dime, Hiyori. -La chica lo miró -¿Cuál es la canción favorita de tu madre?
La pregunta la tomó completamente por sorpresa. Llevó la mano a su barbilla, pensativa. Luego de un minuto, respondió.
-"No frontiers".
Yato dejó de tocar, y la miró completamente sorprendido.
-¿"No frontiers" de Mary Black?... eso sí es una sorpresa, ¿estamos hablando de la misma persona que te empuja por el cogote su filosofía sobre ser una dama de sociedad y esa basura?
-…¿Mary Black?... -Hiyori repuso, un poco apenada. -No, the Corrs.
Yato de nuevo soltó una carcajada al aire. Últimamente se reía mucho, pensó.
-Bien, en sí es la misma cosa, the Corrs sólo la volvieron famosa. -Diciendo esto, trató distintas combinaciones de teclas, murmurando para sí. -¿La? No… ¿Re?... tal vez Sí… no, ¿Do? ¡Ahí estás!
La melodía fluyó de sus dedos como agua. Era increíble, Hiyori estaba completamente anonadada por el talento de este tipo. ¿Cómo era que lo había conocido, de nuevo? Sus ojos azules la miraron.
-Seguro conoces la letra… If life is a river -Yato señaló con la mirada el micrófono, y Hiyori se paralizó. ¿Estaba cantando? -¡Anda! And your heart is a boat…
La chica se acercó al micrófono con extrema timidez. -And just like a water baby baby born to float… -Yato sonrió, y la instigó a continuar -And if life is a wild wind that blows way on high… And your heart is Amelia dying to fly… Heaven knows no frontiers… -Hiyori sonrió al decir la última frase -And I've seen heaven in your eyes…
Yato retomó la siguiente estrofa. La atmósfera cambió. Nunca, en toda su vida, Hiyori había sido capaz de creer que sería capaz de entenderse tanto con alguien solo con mirarlo. De algún modo, sabía qué iba a hacer, cuándo iba a cambiar y qué tenía que hacer, y no tenía que ver con el hecho de que su madre hubiera canturreado entre dientes esa canción cada que estaba feliz.
-Heaven knows no frontiers, and I've seen heaven in your eyes…
Se había dejado llevar, y la canción había terminado de repente, dejándolos a los dos con un soplo de aire helado entre el escaso medio metro que los separaba. A Hiyori se le encendió el rostro, pero Yato hinchó el pecho, orgulloso, poniendo una sonrisa descomunal. Estaba a punto de decir algo, cuando escuchó movimiento en la escalera. Kofuku, Daikoku y Yukine habían estado escuchando. Al darse cuenta, Hiyori se sintió encogerse al ras del suelo, para luego sentir que caminaba entre nubes cuando Yato habló.
-¿Qué opinan?
-Creo que sólo vamos a necesitar una audición -Exclamó Daikoku.
Yukine se mostraba igual de poco dispuesto que siempre, pero sus ojos demostraban una sorpresa absoluta, mientras Kofuku daba saltitos y palmadas.
-¿Qué dices, Hiyori? -le preguntó Yato -¿Conoces las canciones?
Luego de un silencio breve, ella respondió, sonriendo desafiante: -Cada palabra.
Pero era muy distinto, una vez estando en mitad del dinamismo que había observado desde afuera. En el breve medio minuto de la introducción de una de las canciones más sonadas de SHRINE, Hiyori comenzó a pensar que estaba ocupando el lugar de Viina; la del rango vocal excepcional; la que podía amenazarte de muerte cantando y aún así pedirías más; la voz que había sido la característica principal de la banda durante todos esos años. De repente se sintió como un chihuahua en un evento de san bernardos. Las primeras palabras salieron inseguras, descolocadas y débiles. Entre la armonía creada por los tres instrumentos acompañándola, alcanzó a escuchar el grito de Yato, "¡Siéntelo!". La presión era casi insoportable, y Hiyori cerró los ojos, tratando de colocar su voz en algún punto de la melodía. Era muy fácil para Yato decirlo, pensaba, ya que él tenía la experiencia de años y sabía de qué iba…
De repente, todo fue muy sencillo. La letra hablaba de desesperación por un amor que por mucho que se espere jamás regresa; Hiyori no tenía idea de cómo se sentía aquello, pero tratar de llenar el sitio de Viina era suficientemente angustiante para identificar la nota que debía marcar la letra. Yato volvió a aprovechar una leve pausa para gritarle "¡Déjala fluir!". Todo embonó de pronto. De nueva cuenta, la canción terminó demasiado pronto para ella, y ése aire frío la volvió a rodear. Daikoku finalizó con un rugido de tambores y una sonora risotada de alegría, y Yato tenía de nuevo en el rostro ésa mirada, como si estuviese ante el diamante más grande del mundo. Esta vez, no miraba una partitura. La miraba a ella.
A los que captaron el guiño a Shakespeare in love, vengan, seamos amigos.
