*Angst intensifies*
PD: EN VERDAD LO SIENTO.
15. Perfect – Simple Plan.
El chico rubio le sonrió con camaradería.
-Me alegra haberme equivocado contigo, Hiyori.
La chica sonrió, y respiró la brisa fresca del atardecer, mirando frente a ella.
-Estoy segura de que lo encontraremos.
-¿Sabías que Yato es algo así como mi tutor? -dijo Yukine.
-¿De verdad? ¿Cómo es eso? – Hiyori ya sabía a medias la respuesta, pero esperó a que Yukine le contara su versión.
-Mi madre era extranjera. Aparentemente era modelo y vino a Japón a alguna especie de trabajo que la mantuvo aquí durante unos años, en los que conoció a mi padre. Los muy idiotas me concibieron sin realmente saber nada el uno del otro. Mi madre se fue luego de tenerme, dejándome con mi padre, que era un alcohólico abusivo que ni siquiera sabía cómo cuidarse solo.
Hiyori se quedó muda. Todo había caído demasiado bajo, demasiado rápido.
-No tengo idea cómo sobreviví en ésa época. Recuerdo que su madre me llevaba por periodos largos a su casa en donde de hecho había comida decente. La abuela murió cuando yo tenía cinco años, así que ya no existía nadie que me cuidara y quedé a manos de mi padre quien aprovechaba cada oportunidad que tenía para recordarme que gracias a que yo existía, él no era capaz de gastar cada centavo que ganaba en alcohol y put…
Yukine carraspeó, recordando que finalmente estaba al lado de Hiyori.
-No tardé mucho en tratar de escaparme. – Hiyori lo miró con los ojos empañados. – Siempre me atrapaban y me llevaban de regreso. Un día terminaron por darse cuenta de que mi padre en realidad era una persona conflictiva y me llevaron a un albergue. – Hizo una pausa. -Tampoco duré mucho ahí. Eventualmente terminé en la calle. Conocí mucha gente. Muchos se fueron. Otros tantos murieron al cabo de una temporada y muchos otros fueron atrapados y encerrados. Yo vivía de robar lo que podía para comer, y cuando no había para comer, echaba mano de cualquier sustancia disponible que me hiciera más llevadera el hambre.
"Para entonces yo ya tenía diez años, y fue por esa época que me encontré con Yato. Después de pillarme tratando de robar, en lugar de entregarme, me llevó con él a su casa y me alimentó, me vistió y me educó tan bien como pudo.
Yukine se volvió a mirarla con una amplia sonrisa.
-Es un idiota y realmente es una persona que no tiene idea de cómo enseñar nada, pero de verdad trató de convertirse en un ejemplo para mí. Me enseñó a tocar el bajo y a trabajar duro. Siempre estaré agradecido con él por eso.
Hiyori se enjugó las lágrimas con la manga y trató de devolverle la sonrisa lo mejor posible.
-Yato está muy orgulloso de ti, Yukine-kun.
De repente el rostro del chico se ensombreció.
-Me gustaría que lo demostrara hablándome más sobre él.
-¿De qué hablas, Yukine-kun? -Hiyori preguntó, incrédula.
-Todo lo que sé sobre Yato es lo que he vivido junto a él y lo que los demás me han contado.
-Es verdad -agregó ella. -En realidad Yato nunca habla mucho de sí mismo.
-Él no habla de sí mismo bajo ningún concepto. -Aclaró Yukine. -En realidad creo que el hecho de que le enoje tanto que la mencionemos, es porque la única que en verdad lo conoce es Viina…
Yukine hizo el comentario como si nada, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo verde militar, como si estuviese haciendo un comentario tan obvio como "el agua moja". Hiyori, por su parte, trató de ignorar la sensación opresiva y oscura formándose no tan en el fondo de todas las emociones que la invadían en ese instante. El chico se levantó de repente, sacándola de sus pensamientos.
-Estoy seguro – dijo, repitiendo sus palabras, - de que lo encontraremos.
En el "Lion's nest", Hiyori esperaba en el sillón de la sala con las fotografías, inquieta. Había pedido un momento para hablar con Kuraha, y la guapa secretaria se había marchado detrás de la puerta desde hacía varios minutos.
La ominosa sensación aplastante de las fotografías en blanco y negro de la pared pidiendo a gritos que las volteara a ver era casi insoportable, y de repente la chica se sintió demasiado consciente de sí misma. Se removió en su lugar, inquieta, mientras sentía cada una de las fibras de la tela de su uniforme rozando contra su piel. Molesta, se puso de pie y trató de distraerse, perdida en las fotografías de otras personas, tratando de no mirar ésa foto, evidentemente sin éxito.
Había estado perdida en el rostro brillante de sudor de Yato, cuando la puerta se abrió de repente. Sonriente, Hiyori se aproximó a saludar a Kuraha, pero la impresión por poco la manda de espaldas.
Se preguntó si la fotografía había cobrado vida.
Enfundada en un espectacular atuendo negro de short y botas altas, una rubia imponente caminó hacia la salida con paso seguro. Hiyori se movió de la entrada para permitirle el paso. Apreció de cerca sus mejillas de melocotón, las espesas pestañas oscuras, el labial perfecto sobre los labios y la cascada de lacio cabello rubio. Viina le dedicó una dura mirada de soslayo, y casi inmediatamente volvió a mirar al frente, sin muestra de emoción alguna. Tras ella caminaba un joven castaño de aspecto profesional. Hizo una corta reverencia que Hiyori respondió, y se subió los lentes del puente de la nariz. En menos de lo que pudo asimilar, ya se habían ido.
-Señorita Iki. -Musitó una voz a su lado. El amable Kuraha la observaba atentamente. Ante el balbuceo tenue de la chica, sonrió. -Ella era la gran Viina. Viene regularmente. Le estamos muy agradecidos.
Guardó silencio. En realidad no había nada que pudiera decir. Kuraha le facilitó el trabajo.
-¿Qué la trae por aquí, jovencita?
Volviendo en sí, Hiyori le lanzó al hombre una mirada decidida.
Minutos después, Kuraha dejaba una taza de café en su escritorio. La sobriedad del negocio parecía que era su estilo personal. El mobiliario era clásico, de madera, sin adornos excesivos.
-Yato-kun… -pensó. -¿dónde se podrá haber metido?
Hiyori trató de sacudirse el desasosiego que le provocó el hecho de que Kuraha le dijera que el día que Yato había arreglado la cita con Tenjin, simplemente había recogido el master y se había ido.
-Es lo mismo que quisiera saber – comentó ella. -Aunque al parecer no es tan raro que se desaparezca así como así.
-Me gustaría poder darle más información, señorita – Kuraha hizo una inclinación a modo de disculpa. -Desafortunadamente sé tan poco como ustedes.
Antes de retirarse, le dirigió una rápida mirada a la fotografía de Viina y Yato. Hiyori salió del "Lion's nest" ponderando qué tan difícil pudiera ser que Viina le concediera unos minutos. Sacudió la cabeza de inmediato. Era una idea ridícula.
Las memorias comenzaban a deslizarse como hojas de un calendario. Un día, Yukine y ella habían ido a hablar con los dueños de los bares que Yukine sabía que Yato frecuentaba, yéndose con las manos vacías. Otro día, Hiyori retomó las actividades de organización para la fiesta de sus padres. Otro día, recordaba haber cenado en casa de Kofuku y Daikoku. Otro día, Fujisaki-sensei les entregó a todos panfletos con la leyenda "Concierto de Navidad". Hiyori tenía varios solos. Casi podía escuchar a sus compañeras de coro cuchichear, molestas. Constantemente dejaba mensajes de voz en el buzón de Yato, y regularmente verificaba su última conexión. Había sido la misma tarde de aquél lunes en el que no se había presentado a la cita. De tanto en tanto, también se aseguraba de pasar frente a su sótano. Ni siquiera en su puerta había señales de uso. Lo único que se notaba era el paso del tiempo. Hiyori recogió por tercera vez la publicidad acumulada en el suelo. Era curioso que no hubiese ninguna factura o estado de cuenta entre las cosas entregadas por correo, ni siquiera una carta.
Fue así que Hiyori notó que casi se había escurrido un mes entre sus dedos.
Volvió a marcar el ya tan conocido número con sus dedos enguantados, temblando en el umbral de la puerta, refugiándose como podía del viento. No podía evitar pensar en el hecho de que la última vez que se vieron, no habían quedado en tan buenos términos. Habló luego del bip.
-Yato, soy yo. Me resulta muy difícil creer que no hayas sido capaz de escuchar tus mensajes hasta el momento. Comprendo si algo que dije te molestó. Ya no te pido que me llames al escuchar esto, pero -hizo una pausa involuntaria, ¿por qué le había dolido el pecho? -por lo menos deberías tratar de comunicarte con Yukine. O con Kofuku. Los dos te quieren mucho – se detuvo de nuevo. ¿Sólo ellos? – Yukine te admira bastante, Yato. Simplemente nos gustaría saber que estás bien.
El tiempo de la contestadora terminó. La llamada se colgó en automático, y Hiyori emprendió la marcha de nuevo.
Estaba el Fujisaki Kouto de los pasillos del colegio: evasivo, tímido, que la evitaba a cada oportunidad que tenía. Pareciera que cada que había gente alrededor hacía hasta lo imposible por hacer que Hiyori quedara en culpa de haber hecho a un buen hombre sonrojarse hasta parecer una manzana bien madura.
También estaba el Fujisaki Kouto de después de los ensayos, cuando desbandaba al coro, dejando bien en claro que Hiyori necesitaba quedarse un rato extra para ensayar solos y partes que aún no le quedaban tan claras o requerían trabajo extra. Cabe decir, Hiyori había mejorado exponencialmente gracias a tantas horas de práctica. Sin embargo, ésta otra faceta del profesor era absolutamente todo lo que detestaba: era una persona agresiva, impositiva, tal vez incluso pagado de sí mismo; encantador, sí, pero de un modo que a Hiyori le parecía invasivo. En realidad no sabía cuál de los dos era el verdadero, pero tenía mejores cosas en qué pensar, aunque Fujisaki se lo recriminaba últimamente, acusándola de que quizás no estaba suficientemente concentrada.
Se fue una semana más. Su vida consistía en una rutina aplastante entre la escuela, sus ensayos con el coro, responsabilidades familiares, y pasar tiempo con Yukine preguntando entre sus conocidos si alguien había visto al desaparecido Yato. Se percató del tiempo que había pasado cuando en todos los negocios las decoraciones navideñas empezaron a ser evidentes. Yukine también notaba el paso del tiempo, y ella estaba segura de que el nerviosismo comenzaba a acribillar su buen humor, pero hacía el mejor esfuerzo por no demostrarlo.
El concierto de Navidad fue el sábado inmediato anterior a dicha fiesta.
Nerviosa, Hiyori echó una mirada discreta por detrás del telón hacia el público. El reflector que iluminaba el escenario no la dejaba apreciar en concreto las caras de los asistentes, pero por el ruido parecía que tenían el auditorio de la escuela lleno. Ami y Yama habían pasado a desearle toda la suerte del mundo. A Hiyori le dolía el estómago y las manos por estar retorciéndolas constantemente. En cuanto el coro pisó el escenario y todos tomaron sus lugares, sus nervios de hecho se apagaron completamente y miraba todo como en cámara lenta, como fuera de sí misma. Sabía que estaba cantando. Sabía que estaba rodeada de los demás, pero ¿qué pasaría en cuanto pusiese un pie al frente para interpretar varias de las piezas que requerían solista?
Su respuesta llegó rápidamente; tanto que deseó que hubiese tenido más tiempo para procesar. Parada enfrente del coro entero, enfrentando al auditorio lleno, de repente pudo apreciar las caras de la audiencia con total claridad a pesar del contraste con las luces. De hecho sus padres y su hermano se encontraban ahí. Yukine también ocupaba una butaca al fondo. Daikoku y Kofuku se habían mantenido en casa, como de costumbre.
Sintió vacío.
Las primeras notas de la introducción de su canción sonaron, proporcionándole una claridad de pensamiento que pocas veces había experimentado.
Si ella se encontraba ahí en ése momento, era por él.
Y él, por mucho que ella lo deseara, no estaba ahí.
La persona sentada junto a Yukine se veía incómoda y fuera de lugar ante sus ojos. Trató de visualizarlo con su estúpido chándal y el pañuelo al cuello. Un profundo suspiro le quebró la garganta, saliendo entrecortado.
Yato no estaba.
Hiyori cerró los ojos y cantó.
Cuando bajó del escenario al final de la noche, todo el nerviosismo que parecía haberse pausado mientras estaba arriba, asestó como una bomba en la boca de su estómago. Haciendo un esfuerzo sobrehumano para no correr a vomitar, se reunió con su familia. Masaomi dejó un bonito ramo de flores para ella, le dio un fuerte abrazo, y se despidió corriendo. Su madre limpiaba lágrimas de sus ojos con un pañuelo bordado y su padre le dio un beso en la frente. Yukine observaba todo desde una distancia prudente. Al saludarse, lo hicieron con entendimiento mutuo.
-Gracias por venir, Yukine-kun.
-Tú fuiste a verme a mi escuela, es lo justo.
Un silencio permeó entre ellos luego del saludo.
-Cantaste muy bien. -musitó Yukine, sonrojándose un poco.
-Te lo agradezco mucho. -Respondió Hiyori quedamente, incómoda.
-Ojalá Yato hubiese podido venir.
Yukine se retiró también después de eso. Hiyori no encontraba las palabras. Parecía que todo se hubiese vuelto blanco, como una hoja de cuaderno sin llenar. No emitió un solo sonido de regreso a casa en el auto con sus padres. Ni siquiera se molestó en cenar. Llevando su ramo de flores a cuestas, cerró la puerta de su cuarto tras de sí. Puso el ramo sobre su escritorio, se quitó el abrigo y se arrojó sobre la cama. El discman de Ami estaba siempre debajo de su almohada. Se colocó los audífonos y presionó play.
La guitarra de Yato la saludó con melancolía.
"Ojalá Yato hubiese podido venir", decía la voz de Yukine una y otra vez en su cabeza.
¿A dónde se había ido? ¿Por qué los había dejado? ¿Cuándo iba a volver? ¿Sería que se acordaba de ellos?
A Hiyori la traspasó un sollozo. Y luego otro. Incontrolablemente.
¿Sería que se acordaba de ella?
Antes de poder darse cuenta, estaba llorando.
Por Yato.
Estúpido Yato. Talentoso Yato. Misterioso Yato.
Se quedó dormida abrazando la almohada.
Indispensable Yato.
Con el período de descanso de invierno aproximándose vertiginosamente, la vida escolar también parecía haberse detenido, congelada. Esto les proporcionaba, por una parte, un buen respiro, y por otra parte, una oportunidad para que Ami y Yama notaran la preocupación evidente en el rostro de su amiga. Hiyori andaba como sonámbula desde el concierto navideño. SHRINE había musicalizado las últimas noches. En realidad, la mente de Hiyori nunca había pasado por ese trabajo de introspección. Conforme abría puertas mentalmente, se iba dando cuenta de cada vez más cosas al respecto de sí misma, de su personalidad y de su vida. Se daba cuenta de que en realidad no se conocía ni tenía idea de cómo reaccionaría en determinadas circunstancias. No tenía idea de qué cosas le gustaban más allá de cantar con SHRINE y pasar el tiempo con sus amigas. Tenía la certeza de que no le gustaba el cabello húmedo pegado a su cara y Fujisaki Kouto. Pero estaba el tema de Yato. Ésa era la única puerta que no se atrevía a abrir. Sentía que estaba dudando con la mano en la perilla, a punto de descubrir cosas importantes, pero sin realmente decidirse a tomar la decisión. Al recordar ese par de hipnóticos ojos azules, retiraba la mano de la perilla como si le quemara.
-Ah, Hiyori-chan, por cierto – Exclamó Yama uno de los últimos días del año, - Fujisaki-sensei me dijo que como ya no ensayarán más por el resto del año, fueses tan amable de presentarte en su salón para entregar tarea extra.
Sorprendida al ser sacada de sus pensamientos, Hiyori no pudo evitar dejar salir un quejido.
-Dios mío, necesita darnos un respiro.
Ami soltó una carcajada.
-Jamás pensé escucharte quejarte sobre la tarea, Hiyori-chan.
Comenzó a guardar sus cosas con más violencia de la necesaria.
-Chicas -dijo, al terminar, -estoy pensando dejar el coro.
De repente las voces de las dos adolescentes se volvieron estruendosas.
-¡DE NINGUNA MANERA!
-Pero Hiyori-chan, ¡de verdad eres la mejor del coro! ¿Cómo…?
La chica se caló la mochila al hombro. Contestó dudando.
-No sé… en realidad… no sé… -suspiró, -creo que en verdad necesito un respiro de todo esto.
Sin darles más explicación, las dejó atrás y salió del salón de clases, rumbo al aula de música.
Ami y Yama se miraron, confundidas.
-¿"Todo esto"?
-¡Hiyori-chaan! -canturreó Fujisaki al verla entrar al aula.
-Profesor. -Saludó ella, secamente.
-¡Vaya, vaya! Creí que estarías más feliz de verme.
Aproximándose de frente a él, Hiyori dejó su mochila en uno de los pupitres cercanos a la ventana. Extendió ambos brazos en señal de pregunta.
-¿Y bien?
-¿De inmediato a los negocios? Si fueses un samurái serías terrible, linda.
-Sensei, en realidad estoy muriéndome por llegar a las vacaciones. ¿Podemos ir al grano?
Fujisaki había estado recargado en el escritorio, del lado opuesto a Hiyori. Sonrió profusamente y comenzó a caminar rodeando el escritorio hasta pararse a su lado.
-En realidad no hay ningún "directo al grano", pero tu amiga Yama es demasiado fácil de convencer. -Canturreó el profesor. Una alarma se encendió dentro de la mente de Hiyori, pero el pensamiento inmediato consecutivo le indicó que aguardara.
-¿No hay tales panfletos para vacaciones, entonces?
-Me encanta este tono que utilizas conmigo, Hiyori-chan. Es tan… electrizante.
Fujisaki la miró directamente a los ojos, y Hiyori se percató de que lo había dejado acercarse demasiado. Iba a dar un paso atrás, pero una poderosa mano, casi una garra, la sostuvo del hombro con fuerza y la mantuvo en su lugar.
-Incluso el hecho de que constantemente me muestres rechazo me pone a pensar si de hecho estaría bien ponerme un poco más agresivo.
-Sensei -dijo Hiyori, con la voz más estoica que pudo encontrar, ya que estaba aterrada -Está lastimándome.
-¿Te lastimo? -preguntó el profesor, en tono burlón. Hiyori observó con detenimiento sus rasgos, esos que resonaban dentro de su cabeza sin una razón real. Observó el contorno de sus ojos y el color castaño lodoso de su cabello. Observó su peinado y ese fulgor en los ojos al momento de hablar. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué le resultaba tan familiar? -Me parece a mí que no, Hiyori-chan.
Hiyori trató de retroceder mientras Fujisaki avanzaba, pero su mano se deslizó desde su hombro hasta su codo, inmovilizándola y provocándole un escalofrío de repulsión. Sintió su respiración en la mejilla.
-Me parece a mí que estoy a punto de ahorrarte mucho dolor, pero sigues negándote.
-Esto es sumamente inapropiado, profesor.
-Me parece más inapropiado que al parecer prefieras al estúpido de mi hermano que a mí. Pero no te culpo, ¿verdad que es un bombón?
Silencio.
Luego del silencio siguió la confusión. Múltiples cosas sucedieron al mismo tiempo. El corazón de Hiyori comenzó a latir desbocado en ese instante. Claro. Se daba cuenta. Fujisaki Kouto, el que compartía rasgos conocidos para ella, generándole incomodidad cuando estaba acostumbrada a asociarlos con placidez. La idea estaba ahí, con tonos distintos. En vez de azul intenso y negro azabache era marrón apagado, pero los contornos de la boca y los ojos estaban calcados con sumo cuidado. Hiyori abrió la boca y tomó aire para preguntar algo que ni siquiera alcanzó a formular. Al mismo tiempo una sensación intrusiva se formó sobre sus labios, y muy tarde se dio cuenta de que Fujisaki estaba besándola. La sujetaba con fuerza, de ambos codos, impidiéndole huir. Se dio cuenta muy tarde también del sonido de la puerta corrediza del aula de música y de la expresión de sorpresa con voz femenina de la persona que había entrado de repente. Se dio cuenta muy tarde del cambio de postura del profesor, que colocó las manos de Hiyori sobre su pecho y de repente la empujó para atrás, recargándose en el escritorio, colocándose la manga sobre la boca, haciendo amago de limpiarse. Muy tarde se dio cuenta de la impresión que esta persona estaba llevándose sobre la escena que acababa de presenciar.
-¡Iki-san, esto es sumamente inapropiado! -Dijo Fujisaki, con un tono de voz profundamente alterado.
Lo miró, poniendo su acto justo frente a ella, como titiritero. Fingiendo ruborizarse, fingiendo ofenderse, fingiendo salir corriendo del aula, indignado, pasando de largo a una miembro del coro escolar.
-¿Así que este es el modo en el que operas, Iki-san? -soltó la chica, burlona.
Hiyori seguía inmóvil. Se daba cuenta muy tarde de todo. Demasiado tarde.
-N… ¡No es lo que piensas! -Se apresuró a decir. La chica sonrió cruelmente.
-Menuda sorpresa, la estudiante estrella, Iki Hiyori, haciendo esta clase de cosas en la comodidad del aula de música.
-¡Espera…!
-¡Menuda sorpresa que se llevarán todos, Iki-san!
Hiyori salió corriendo tras su compañera. Ni siquiera recordaba su nombre. Ni siquiera sabía que sentir. La adrenalina hablaba por sí sola. Más cerca. Corría detrás de ella. ¿De verdad estaba de camino a la dirección? No podía. No se atrevería. Más cerca. Hiyori podía contar los cabellitos de la nuca de la chica, que no habían sido capaces de permanecer en su peinado. Estiró la mano y la aterrizó, precisa, justo en la liga que sostenía su cabello hacia arriba, y jaló.
Observó a su compañera, ahora en el suelo. Ella, Iki Hiyori, había corrido detrás de una chica que simplemente era daño colateral de esta desafortunada circunstancia, le había jalado el cabello, y la había arrojado al suelo. La chica se levantó y se abalanzó sobre Hiyori, que con una frialdad de pensamiento impresionante conectó un derechazo a su mejilla.
Ella, Iki Hiyori, había golpeado a una de sus compañeras, justo enfrente del aula de los profesores. Fujisaki Kouto salía en ese preciso momento, junto con un puñado más de profesores, entre ellos el director.
