¡Perdón por el angst y el largo tiempo de espera! como premio por ser tan buenos les traigo... ¡más angst! Jejeje. Disfruten n.n
16. Blue Christmas – Elvis Presley
Haciendo recuento en años siguientes, Hiyori en realidad recordaba muy poco sobre lo que pasó después. Todas esas memorias se volvieron jirones que su mente evocaba como fragmentos de un espejo roto, como anestesiada. Entre la niebla, Hiyori recordaba situaciones que ni siquiera estaba segura de que hubiesen pasado en el mismo día. Para ella habían podido haber transcurrido cinco años e igual no sabría poner cada cosa en orden cronológico. Recordaba a su madre llorando y a su padre con un semblante decepcionado mientras la defendían de los padres furiosos de la chica que Hiyori había golpeado y de la horda de profesores que amenazaban con echarla de la escuela. Recordaba escuchar a su director hablando, diciéndole que Fujisaki Kouto, siendo una persona tan buena, ejemplar y honorable, había preferido renunciar a su puesto de profesor suplente en consideración a Hiyori, que aún tenía un brillante futuro por delante, y que simplemente se había desvanecido de la ciudad, seguramente para ahorrarles a ambos la vergüenza. Recordaba a la escuela entera cuchicheando a su paso una mañana, y a Ami y Yama darle la espalda de inmediato, apurando el paso cuando Hiyori se acercó a ellas. Recordó la silenciosa cena con su hermano, que de repente se tornó en una acalorada discusión acerca de qué hacer con ella. Recordó a su madre llorar más mientras decía que su imagen pública estaba completamente arruinada por su culpa. Recordaba a Masaomi gritar algo que no alcanzó a escuchar. "Hermano"; repetía en su cabeza constantemente, "el hermano de Fujisaki Kouto…". Recordaba haber salido corriendo un día de la escuela, sin soportar la presión por un momento más, sin saber exactamente a dónde la llevaban sus pies. Recordaba la vieja puerta de madera, el rechinido familiar, los brazos cálidos y la voz cascada hablando por teléfono. "Sí, Hiyori está conmigo, Sayuri, y creo que le vendría bien quedarse aquí unos días". El techo, ése techo familiar, lleno de buenos momentos, saludándola desde la penumbra nocturna, bailando en tonos grisáceos que se colaban por el shoji, velados, instándola a dormir. Recordó la cara amable y apacible de su abuela, haciendo deberes con ella, resguardándose del invierno. No sabía si no estaba yendo a la escuela porque estaba de vacaciones, o si simplemente había decidido dejar de aparecerse. Fuera cual fuese la razón, Hiyori estaba protegida. Estaba segura y resguardada en esa enorme mansión tradicional que le servía de escondite una vez más, esta vez no de juego.
La abuela no preguntaba, se dio cuenta la chica luego de unos días. Simplemente la miraba sonriendo y volvía a sus labores si no había nada más de qué charlar. Desayunaban en silencio, en un kotatsu, observando el jardín con estanque, que amanecía escarchado. Hiyori sabía que su abuela, que había educado a su madre, era una señora de modales refinados y mucho tacto. No se tocaría el tema a menos que ella misma lo abordara; era una curiosa manera de disciplinar, muy típica de ella. Hiyori se debatía un día, temprano, entre decirle todo lo que había ocurrido o simplemente callar como hasta ahora y dejar que todo esto muriese por sí solo. Reprobó ella misma su cobardía al no decir las cosas luego de pasar varios segundos boqueando como pez, sin emitir sonidos. Su mirada estaba clavada en la sopa miso que su abuela había servido.
-¿No tienes apetito?
Hiyori de pronto miró la sonrisa soleada y llena de arrugas de la anciana. Había pasado los últimos días en estado casi catatónico, sin reaccionar y casi sin hablar, pero de alguna forma, en ése preciso momento, ésa mañana, se sintió derrumbada y derrotada. Gruesos lagrimones corrieron por sus mejillas y la chica simplemente no pudo evitar desmoronarse entera. Luego de varias fuertes sacudidas, el kimono de su abuela la envolvió en un cálido abrazo y Hiyori enterró la cara en uno de los brazos de la ancianita, que aunque de aspecto frágil, conservaba la fortaleza de un roble. Anheló ser como ella.
-Yo no hice nada -susurró, sollozando. -Todo esto ha sido un enorme mal entendido… Yo sólo… Estuve en el lugar incorrecto en el momento justo… Abuela… -La abuela dejó de abrazarla y la miró a los ojos con dulzura – Nadie me cree y eso es terrible.
La señora la abrazó de nuevo y ambas guardaron silencio unos segundos. Con voz cascada pero sumamente dulce, una vez que sintió que su nieta se hubo tranquilizado, le aseguró:
-Hija. Es imposible para mí pensar que tu hayas sido capaz de hacer nada malo -le acarició los suaves cabellitos de la frente -Ésa es la diferencia sustancial entre padres y abuelos. Nosotros siempre vamos a creer que nuestros nietos están bien.
Separó a Hiyori de sí misma para poder mirarla a los ojos.
-Eso nos hace capaces de escucharlos mejor que los padres. Lo que sea que me quieras decir, está bien.
Hiyori le contó todo. En cuanto abrió la boca sus palabras salieron en raudal. Ni siquiera se tuvo que preocupar por seguir un hilo coherente. Simplemente dejó que fluyera todo a su alrededor, y cuando se dio cuenta ya había terminado. Le contó sobre Yato, sobre la casa, sobre la banda y sobre el accidente. Le contó acerca del coro, de Yukine, de su casa en el parque y el negocio de oden. Le habló de Fujisaki Kouto, sus maneras y sus amenazas veladas. Al terminar, creyó que había dejado perpleja a la ancianita, pero ella simplemente la miraba con una suave sonrisa en los labios. Una vez finalizada la historia, su abuela le indicó en un gesto silencioso que la siguiera, y la guió a lo largo de los corredores de la casa hasta que entró a un cuarto cerrado con llave. En aquél cuarto solo almacenaban cajas, de distintos tamaños y formas, en disposición laberíntica que, por supuesto, solo su abuela conocía. La escuchó rondando por distintos rincones hasta que finalmente se sentó junto a ella en un zabuton muy usado. La abuela dejó frente al espacio que quedó frente a ellas una caja alargada de cartón, blanca, completamente inocua.
-¿Abuela? -preguntó Hiyori, sumamente perdida.
-Todos tenemos secretos, mi niña. -dijo, y le quitó la tapa a la caja.
Del interior lo primero que Hiyori alcanzó a discernir fue un pitillero blanco y elegante.
Debajo, por supuesto, fotografías.
Hiyori pudo observar a la guapa vocalista de una banda que tocaba al fondo, usando sacos blancos de solapa negra y peinados muy engominados. La joven llevaba un vestido muy amplio, guantes, y una pañoleta en la cabeza. En los rasgos de la jovencita, Hiyori pudo reconocer un rostro familiar. Levantó con cuidado la fotografía.
-¿Eres tú, abuela? -preguntó con un tono lleno de admiración.
-Al parecer, llevamos lo mismo en la sangre, Hiyori. -Tomó amorosamente la fotografía de las manos de su nieta, y se contempló con nostalgia. – Nunca hubiera podido siquiera plantearme la idea de decirle esto a mis padres. Lo mantuve en secreto durante toda mi vida. Creo que agoté todas las excusas del universo cuando a pesar de todos mis esfuerzos llegaba a casa más tarde de lo adecuado. Y muchas otras veces lastimé e hice enfadar a mis padres.
De repente la honorable señora que Hiyori había conocido desde que tenía memoria se había tornado en una joven con intención y hambre de más. Con trasfondo e historia. Se reconoció en su abuela, casi como si estuviese mirando un espejo.
-Pero los tiempos han cambiado, querida, - le dijo su abuela, mirándola tiernamente – Estoy segura de que con tu determinación podrás lograr lo que sea que te plantees.
La chica sonrió.
-Eres increíble, abuela. -Su abuela le respondió con una sonrisa diez veces más dulce.
-¿No crees que deberías estar en camino a algún lado?
Los días que transcurrían entre Navidad y Año Nuevo, aunque la primera no fuese una fiesta oficial en Japón, se sentían aletargados y lentos, y al salir a la calle Hiyori sintió esa incómoda sensación de lejanía. Sólo recordó su Smartphone cuando se encontró en un andén mientras transbordaba, mirando las estaciones de carga. Sobresaltada, rebuscó dentro de su bolsa y encendió el aparato. Ni siquiera recordaba cuándo lo había apagado, pero los mensajes pronto la hicieron recordar.
De algún modo su número se había filtrado en la escuela y cada que alguien había tenido cierta noción de lo que había ocurrido, Hiyori recibía mensajes instantáneos, mensajes de texto o llamadas al buzón de voz. En este momento, Hiyori estaba completamente al tanto de lo que se pudiese haber dicho o sabido. Cierto o falso, el acoso se encontraba ahí. Buscó el contacto de sus amigas. Ambas la habían bloqueado del servicio de mensajería.
Borró todas las notificaciones y marcó el mismo número que sus dedos ya sabían de memoria.
De nuevo le contestó la máquina.
-Hola, Yato. Es gracioso pensar que esto se ha vuelto de cierta manera tranquilizador. -La línea le respondió del otro lado, silenciosa. -Fujisaki Kouto tomó la determinación de destruir mi vida por completo. Por suerte, creo que no lo ha conseguido. -Esperó a escuchar si había alguna reacción. Se recargó en el anuncio de piedra vertical que tenía grabado "Parque Shakuji" en kanji. -Quiero pedirte una disculpa por haber tomado tanto tiempo en entender mi corazonada. Desde el día que desapareciste he estado sumamente ansiosa y tengo la molesta sensación de que estoy olvidando algo. Te buscaré, tenlo por seguro. ¡Ah, por cierto! Fujisaki mencionó a su hermano… Yato… ¿será que…? -La chica se dio cuenta de que pronto excedería el tiempo de grabación. -Espero que nos encontremos pronto y me puedas contar todo. Me doy cuenta de que en realidad, no sé nada sobre ti. -Dejó un segundo de silencio pasar. -¡Te encontraremos, Yato, con certeza!
Cuando la línea se desconectó con un crujido, Hiyori echó a andar por el sendero de entrada al parque. Las banderas con los anuncios de "Oden" vibraban un poco ante el viento suave que se levantó. Se internó lentamente en el negocio y llamó con suavidad.
-¡Siento la interrup…!
-¡HIYORIIIIIIIIIN! -Recibió una bola llorosa color chicle en sus brazos. La dinámica era la usual. Daikoku pidiéndole a Kofuku que por favor mostrara un poco de compostura y Yukine afanándose en ser un buen chico y comenzar los deberes antes de que se le viniesen las fechas encima.
Luego de los saludos habituales, Kofuku sentó a Hiyori en el kotatsu y voló a servir bocadillos junto a Daikoku. Hiyori comenzó a examinar, a solas, la tarea de Yukine. Eran del segundo año de secundaria, y a Yukine parecían complicársele bastante.
-¿Me dejas echarle un vistazo, Yukine-kun?
Perplejo, Yukine le alcanzó una de sus libretas de matemáticas, que Hiyori analizó con detenimiento. El muchacho se sorprendió cuando Hiyori aprobó sus esfuerzos.
-En realidad, Hiyori – le confesó – Soy malísimo en matemáticas y en física. Historia es una pesadilla y no alcanzo a entender para qué tenemos que hablar inglés.
-¡No creo que seas malísimo, Yukine-kun! -Rió Hiyori, con ligereza. -Yato es malo para interactuar y para vestirse. Pero esto -Señaló la libreta – esto es increíble, Yukine-kun. Te felicito.
Yukine se dejó caer de cara en el kotatsu. - ¡Es muy difícil y casi todo el tiempo tengo que estudiar yo solo!
-Bueno, -pensó ella, por un segundo. – Si te sirve de algo, puedo venir a hacer mi tarea del período aquí y te ayudo con lo que pueda. -Sugirió la chica. A Yukine se le iluminaron los ojos.
-¿Me enseñarías? ¿De verdad?
-¡Por supuesto!
Kofuku y Daikoku volvieron con los bocadillos.
-¡Ya era hora de que alguien le diera un poco de enfoque a éste chico! -Exclamó Daikoku con agrado.
-¡Y Hiyorin va a venir mucho más seguido!
-Quiero darles las gracias por todo -Cortó la chica, de repente, desconcertando a todos. De modo un poco dramático, tomó una gran bocanada de aire, y comenzó a narrar todo lo relacionado a Fujisaki Kouto. Era hora de obtener todas las respuestas que pudiera.
-¡OJALÁ LO VEA ALGÚN DÍA EN LA CALLE PARA MATARLO! -Vociferó Daikoku.
-¡Ay Hiyorin! Debiste haberla pasado fatal.
-Ése tal Fujisaki te ha estado engañando todo éste tiempo -Apuntó Yukine, astuto entre todos.
-Fujisaki… - murmuró Hiyori, tratando de controlar el acceso de rabia que la llenó en ese instante – de hecho mencionó algo acerca de su hermano…
-¿Y crees que tenga algo que ver con Yato? -preguntó Kofuku directamente. -Fujisaki no es el apellido que Yato llevaba en la preparatoria y nunca supe que tuviese familia… -agregó, pensativa.
-En realidad, Kofuku – completó Daikoku – Tienes que admitir que nunca supiste demasiado acerca de Yato y su trasfondo.
-¿Qué quieres decir, Daikoku? – Preguntó Yukine.
-Yatty se ausentaba constantemente de la escuela y de algún modo u otro siempre terminaba recibiendo permiso tras permiso – Explicó Kofuku, pensativa. – Nunca reparamos mucho en eso. La escuela estaba llena de gente igual que nosotros y todos creíamos saber cuál era la circunstancia real.
Movida por una curiosidad insaciable, Hiyori iba a continuar preguntando cosas, cuando descubrió que su voz de hecho no alcanzó a ser escuchada por una serie de pasos firmes en la madera del cuarto contiguo, que desembocaba en el pasillo exterior. Yukine se levantó a atender a la gente en el otro cuarto. Regresó casi inmediatamente.
Con Yukine guiando hacia el centro de la habitación, entraron dos personas. Hiyori se sobresaltó, pero no reaccionó de ninguna manera.
Frente a ella estaba un muchacho castaño que subió sus lentes por el puente de en medio en un gesto grácil y casi profesional después de saludar en general con el mayor respeto. Tras él, sacudió su larga y rubia cabellera la chica que había visto aquél día en el estudio de Kuraha. Enfundada en negro de pies a cabeza, ni siquiera hizo el amago de quitarse el abrigo, y recibió a Kofuku con los brazos abiertos pero con una cara completamente estóica.
Hiyori estaba presente frente a la mismísima Viina.
-Bisha, ésta es Hiyori, ¡nuestra nueva vocalista! -escuchó decir a Kofuku luego de saludarla - ¡Es fantástica!
Una mirada violeta perforante hizo que Hiyori se sintiera empequeñecer a ras de piso. Viina levantó una ceja estilizada. No necesitó hacer nada más para que Hiyori fuese incapaz de pensar en sí misma como algo mejor que la basura.
La cantidad de tazas de té y dulces sobre el kotatsu incrementaron por los visitantes. Después de una plática casual entre gente que se conoce de muchos años, a pesar de no encajar muy bien en el momento, Hiyori sabía dos cosas:
1. El muchacho de lentes se llamaba Kazuma, al parecer era un chico bastante listo y sabía tanto de música como de informática. Toda la música sobre la que Viina cantaba ahora era producida casi en su totalidad por el chico, y estaban realmente muy cerca del disco debut.
2. Viina y los demás, en contraste a cómo Yato hacía que se vieran las circunstancias, en realidad seguían en muy buenas relaciones. Kofuku prácticamente adoraba a Viina y la rubia se sentía a sus anchas en ésta casa. De alguna manera, a Hiyori la sola idea no le causó mucha gracia.
En realidad el tema que le interesaba era por qué Viina estaba ahí, justo ahí, en el kotatsu tomando té y comiendo dulces. No era como si no estuviese bien, finalmente era un adulto y podía ir y venir a donde le placiera. Sin embargo la verdadera razón de su visita era algo que se quedó en el patio trasero de su cabeza, molestándola constantemente al recordarlo.
La duda se resolvió por su cuenta.
-Kofuku, -habló la rubia – a todo esto, ¿dónde está ése imbécil? -La habitación guardó silencio mientras Viina se incorporaba, dejando el Kotatsu. -Esperaba que bajase enfurecido en cuanto supiera que estoy aquí.
Viina caminó hasta el pasillo y se asomó por las escaleras que guiaban al ático, gritando algo en aquella dirección.
-¡BAJA, MALDITO IDIOTA!
-Uhm, Bihsa… -informó Kofuku con voz diminuta. -Yato no está.
-¿Qué? -rió ella -¿Nos vio entrando y huyó como cucaracha?
-Yato lleva desaparecido cerca de un mes. -Habló finalmente Hiyori, ganándose de nuevo esa fría mirada de parte de la rubia.
Para su sorpresa, la primera señal de preocupación fue de parte de Kazuma. Viina se quedó congelada en el pasillo.
-¡No puede ser! -Exclamó, arreglándoselas para conservar su tono formal y educado. -¡Iki-san, eso es terrible! ¡Viina, creí que…!
-Yo también lo creí -apuntó Viina, mirando las puntas de sus pies. -Pero todo parece indicar que Yato todavía…
-No.
La voz era de Yukine. Se incorporó y encaró a todos, con una firmeza sorprendente para un muchacho de su edad.
-No creo que esto tenga que ver con el problema de Yato. -Miró a Hiyori con complicidad. -Ambos creemos que él en realidad debe estar pasándola mal y que está en peligro.
Viina levantó el rostro y miró a Kazuma.
-En ése caso, creo que traemos más malas noticias.
Kazuma abrió de inmediato su bolso tipo cartero y extrajo un grueso sobre color manila. Cayó pesadamente sobre el kotatsu.
Daikoku lo levantó y abrió con lentitud el hilo que cerraba el sobre. Extrajo varias hojas muy maltratadas. Se quedó estático. La ceniza de su cigarro se consumió y cayó sobre su mano, quemándolo. Sobándose, le entregó las hojas a Kofuku, quien después se las pasó a Yukine.
Hiyori entendió su reacción silenciosa hasta que pudo leer el contenido del sobre. De inmediato se sintió mareada. Conocía muy bien las canciones que estaban escritas en la partitura.
La letra era de Yato.
No existen suficientes disculpas en el mundo que les pueda dar. Todo lo que diga me suena a excusa pero en realidad he estado teniendo semanas veraderamente caóticas. Tengo que sacar tiempo de debajo de las piedras para poder escribir, y aunado a eso éste fue un episodio particularmente difícil para mí, literariamente hablando. No sabía qué enfoque darle hasta que recordé a la abuela de Hiyori y me pareció suficientemente interesante para incluirla. Espero que les haya gustado este episodio, ¡mil disculpas por la demora! Nos vemos el siguiente.
