17. Livin' on the edge - Aerosmith
En cuanto el timbre de la escuela sonó con su característica melodía, Yukine se precipitó por los pasillos y corrió hasta la salida. Su concentración no le permitió escuchar que alguien corría tras él, hasta que esa persona le dio un ligero golpe en el hombro, que lo desequilibró y por poco se va al suelo nariz por delante. Perplejo, miró al joven que reía con ganas a su lado.
-¡Oye, Suzuha! Pude haber muerto, ¿sabes?
-Nada de eso, probablemente sólo hubiese sido necesario un ligero cambio en tu nariz.
-Bien, me gusta mi nariz como está, sería mejor que no lo hicieras – respingó el rubio, bufando.
-Es verdad, a mí también me gusta, ¡me disculpo! – dejó salir Suzuha, con mucha picardía y un encantador gesto rascándose la cabeza y sacando la lengua a modo de disculpa.
Yukine trató de ocultar el rubor ligero de sus mejillas. -B-bien, nos vemos luego.
-¡Espera, hombre! – insistió Suzuha - ¿Quieres que te acompañe? ¿Hay noticias de Yato-san? – El tono que empleó fue el de alguien preocupado que te pregunta por un pariente hospitalizado. Yukine estaba conmovido. Su mejor amigo sabía todo al respecto de lo sucedido en últimas fechas, y había ido con él a la gran casa de Viina recientemente.
-No quiero ser una molestia, Suzu.
-Creo que es mejor que dejes tu papel de tsundere para momentos menos graves, Yuki -Dijo Suzu, simplemente, y continuó caminando por el pasillo hacia la salida.
Yukine lo siguió diligentemente, sorprendido de darse cuenta en realidad qué tan compenetrados estaban ambos en sus vidas.
Internamente, dio las gracias por tenerlo a su lado.
Para Hiyori, recuperarse de la impresión de haber visto las partituras originales que Yato debió haber entregado aquél día en casa de Kofuku no fue una labor fácil, especialmente después de que escuchó la historia completa.
"Salí de casa unos momentos", había dicho Viina, "simplemente porque necesitaba comprar unas cuantas cosas en una tienda de conveniencia cercana. De regreso, casi al anochecer, un auto pasó junto a mí y un panfleto voló hasta mis pies. Como era una partitura me picó la curiosidad y comencé a leerla".
Vina rió por la nariz al recordar la reacción que había tenido.
"Me molesté bastante y comencé a buscar al idiota por todas partes. Recorrí bastantes calles, pero lo único que pude encontrar fueron más y más partituras que guiaban a una bolsa de basura rasgada".
Kazuma intervino.
"Viina me llamó en ese momento y acudí a ver cuál era el problema. Tuvimos que llevarnos la bolsa a casa para poder examinarla, y fue de donde conseguimos el material completo".
Kofuku enterró la frente en sus palmas, desolada.
"Yatty… es decir que ni siquiera tenías un rastro significativo, Bisha", lloriqueó.
"Siento mucho no poder darles más información. Yo misma fui a su sótano varias veces y no encontré nada que me fuera útil."
Luego de un largo silencio, Hiyori regresó de su letargo. Le había costado trabajo asimilar todo, pero ahora lo entendía, y su mente estaba trabajando más rápido que nunca.
"En realidad si tenemos la información sobre dónde encontraste la bolsa ya sabemos bastante, podría ser de una casa cercana. Nos has dado un lugar por dónde comenzar a buscar". Hizo una reverencia leve. "Muchas gracias".
Yukine se había animado de inmediato. "¡Es verdad, Viina, si conoces a alguien por el área también podemos ir a preguntar si sabe algo!"
"Desafortunadamente," indicó Kazuma, algo preocupado, "llevamos realmente muy poco tiempo viviendo ahí. No conocemos a mucha gente".
"¿Cuándo comenzarán a buscar?" preguntó Viina.
"De inmediato." Indicó Hiyori.
Y aquí se encontraba ahora.
La casa de Viina en realidad era una mansión tradicional similar al tamaño de la casa de su abuela. Por suerte el barrio, famoso por ser hogar de celebridades, no quedaba muy lejos de la casa Iki. Aún debía tomar tren, pero a diferencia de casa de Kofuku, llegar a donde Viina había encontrado las partituras no tomaba ningún trasbordo.
Yukine había llegado antes junto con Suzuha.
Francamente, todo este asunto del pasado de Yato golpeándola en la cara era mucho más difícil de asimilar de lo que ella hubiese temido. Yato y Viina estaban en las malas condiciones que todo mundo decía… o peores. Sin embargo, había algún rastro de cariño del pasado con el que Hiyori no estaba del todo cómoda. Eso, y el hecho de que al parecer Kazuma consideraba a Yato como un estimado y querido amigo de la infancia. Con todo aquello, se daba cuenta de que en realidad desconocía gran parte de los momentos importantes de Yato, y no tenía ni idea de cómo era posible que hubiese pensado que eran capaces de encontrarlo.
Habían escaneado la zona palmo a palmo, lentamente, pasando por el lugar en el que Viina había visto las partituras. Nadie fuera de lo normal, ninguna cara familiar. Nada. Cuando se cansaron, Kazuma sacó su juguete favorito.
El dron se elevaba por encima de los techos de sus vecinos y se abalanzaba por el aire, de un lado al otro, arrojando vídeos directamente al Smartphone de su dueño. En últimos días, Kazuma les enseñaba a los muchachos a pilotear el dron; usualmente se requerían dos pares de manos para operar tanto el vuelo como la cámara, que también proyectaba imágenes en una pequeña pantalla en el mando. Hiyori justamente volvía de recorrer el barrio, recorriendo un espacio más amplio cada vez, sumamente frustrada de que no le hubiesen permitido entregar volantes o movilizarse de otro modo. La noticia, y además las condiciones en las que pudiesen llegar a encontrarlo, no serían un golpe bueno para la carrera de ninguno. Ensimismada, se sentó en una silla, mirando al grupo de tres muchachos operando un dron en una de las plataformas de la mansión de Viina, mientras un cálido vaho formaba una nube de vapor a través de su bufanda rosa. Aparentemente su suspiro había sido más audible de lo que había creído, ya que Yukine, sin sacarle los ojos al aparato, se dirigió a ella.
-No te desanimes, Hiyori. Daremos con él.
La joven se limitó a encogerse en la silla, hundiendo la cabeza entre los hombros, dejando que su bufanda le cubriese la boca, y metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo.
Con suma cautela, Kazuma tomó la silla de al lado.
-Yato tiene varios trucos bajo la manga. -Le explicó, pacientemente. -Siempre termina bien para él, por extraño que parezca.
Tras un breve silencio de duda, Hiyori se atrevió a preguntar: -Kazuma-san, ¿cómo conociste a Yato?
Kazuma se rió. Incluso pudo haberse considerado como una carcajada genuina, pero aún así se las arregló para que sonara sumamente cortés. Hiyori se preguntó si Viina lo había preferido por sobre Yato debido al contraste entre ambos.
-Iki-san, ésa es una historia para otra ocasión; pero a muy grandes rasgos, Yato alguna vez me hizo un favor tan grande que tratar de pagárselo para mí resulta una idea imposible. – Luego de una breve ojeada a los alrededores, continuó, en voz más baja: - Viina no lo sabe, pero en realidad siempre he procurado estar al tanto de lo que pudiera llegar a necesitar.
Hiyori se enderezó, entendiendo que quizá Kazuma fuera la respuesta a su carencia de información.
-¿Entonces se conocen desde hace mucho?
-Bueno… yo estaba en la secundaria y Yato iba a media preparatoria cuando todo sucedió. – Introspectivo, miró su teléfono y continuó hablando, mientras las imágenes del barrio a su alrededor se seguían enviando. -Por aquél entonces, Viina… - Kazuma se quedó congelado en el acto, y justo cuando Hiyori le iba a preguntar si estaba bien, el tiempo empezó a correr demasiado rápido. -¡Suzuha-kun, empieza a grabar ahora y ajusta la cámara unos cuantos centímetros a tu derecha! ¡Yukine-kun, continúa por la misma trayectoria, pero en reversa! ¡Trae de vuelta el dron! ¡Ahora!
Extrañados, los jóvenes siguieron las instrucciones de Kazuma, quien corrió dentro por su laptop y conectó su celular, transifiendo la información de la grabación. Suzuha exclamó, sorprendido.
-¿Ya lo has visto también? -Preguntó Kazuma, más por liberar tensión.
-Tiene muy buen ojo, Kazuma-san. -Asintió Suzuha, triunfante.
-¿De qué diablos hablan? -Espetó Yukine.
-Yukine-kun… Iki-san… será mejor que lo vean directamente. – dijo el mayor, y les indicó que se acercaran a la pantalla, luego de que Yukine capturase el dispositivo con el brazo.
La resolución de la cámara no era tan buena, así que la imagen extendida por el monitor era apenas suficientemente nítida para alcanzar a distinguir facciones. Sin embargo, inequívocamente, era él. Hiyori reconocería los ojos y el cabello en donde fuera, aún sentado en una casa extraña en una silla de ruedas y vestido con una abrigada bata de baño. Lo que no reconocía, sin embargo, era la expresión que parecía tener.
Hiyori se alarmó tanto que entre los tres tuvieron que hacer un enorme esfuerzo por evitar que saliera corriendo.
Yato jamás había mostrado una expresión tan vacía.
La casa estaba completamente rodeada por un grueso muro de concreto. Nada en la propiedad era visible desde afuera.
En el transcurso del resto de la semana, pudieron apreciar a Yato un par de veces más. Una niña de cabello corto y sumamente negro solía sacar a Yato al patio o al balcón al atardecer. Él nunca se movía, sin importar si hacía frío o calor, o si estaba nevando. Luego de un par de minutos venía la misma chica y se lo llevaba de vuelta.
Hiyori llegó a darle la vuelta completamente a la casa, buscando alguna manera de sacarlo de ahí. Nunca fue capaz de encontrar nada, pero se dio cuenta de que a determinadas horas, entraban y salían rondas de guardias de seguridad. No tenía idea de a qué se enfrentaba, y eso la llenaba de frustración. Lo que más la frustraba era saber que Yato se encontraba ahí, a solo unos metros, detrás de esa enorme barda. Su abuela le dirigía una mirada de preocupación cuando Hiyori se quedaba dormida, con la cabeza recargada en las palmas, apoyada con los codos en el kotatsu, el lápiz entre los dedos y la libreta abierta bajo ella. Tareas inconclusas, falta de concentración. Se daba cuenta de que lo único que su físico tenía la disposición de hacer era gravitar alrededor de un alto, inexpugnable muro que incluso la atormentaba en sueños.
La noticia había atraído a casa de Viina incluso a Daikoku y a Kofuku, quienes observaban las grabaciones. Ambas mujeres repasaban lo que sabían de Yato mentalmente, dirigiéndose miradas mutuas de preocupación, comentando lo que podían mientras Hiyori no se encontraba en la periferia, lo cual no era muy seguido, dado que la joven pasaba la mayor parte de su tiempo rondando por el vecindario, en los alrededores de la cuadra de aquella gran casa. De algún modo se las habían arreglado para que todo luciera tan uniforme que una vez que se había cansado de deambular, le era difícil saber para qué lado quedaba la casa de Viina.
Yukine tuvo que llamarle la atención cuando las condiciones del clima empeoraron y la chica daba todas las muestras de estar cayendo enferma.
-¡Necesitas detenerte ahora!
-Pero… Yukine-kun…
-Si alguien va a sacar a ése bueno para nada de ése lugar, eres tú, Hiyori, pero si llegas a morir por hipotermia no creo que seas capaz de hacer mucho. Mucho menos vas a perforar el muro sólo mirándolo.
No supo qué replicar a eso. No supo tampoco cómo era que la estaban llevando a casa de su abuela en el enorme auto de Daikoku. No supo si la voz que la acompañaba entre delirios a mitad de la noche era la de su padre, Masaomi… o si era verdad que estaba viendo unos ojos profundamente azules en unas facciones que no correspondían.
Cuando bajó a desayunar, Masaomi estaba terminándose su taza de café.
Los pocos segundos en incómodo silencio que transcurrieron entre ambos mientras la abuela servía el desayuno de Hiyori fueron interrumpidos, para sorpresa de la chica, por su hermano.
-No sé qué se te ha metido últimamente, hermana, pero debo decirte que no me extraña en lo absoluto que estés loca de remate con el ambiente allí.
Aunado a los remanentes de la fiebre y el cansancio inherente a la enfermedad, el desconcierto se pegó a las paredes de su mente como telarañas.
-¿Cómo dices?
Masaomi soltó una sonora carcajada, dejándola aún más confundida.
-La etapa rebelde, Hiyori. He de decir que la estás manejando mejor de lo que pensé. Venir a buscar refugio a casa de la abuela en lugar de con Comosellame con el que te escapaste de la escuela es, a decir verdad, una decisión muy tuya.
Sonrojada, trató de replicar, pero en realidad ni siquiera estaba segura de cómo tomar las palabras de Masaomi.
-…¿gracias? …¿tienes una manera muy extraña de hacer cumplidos?
Masaomi se levantó con una enigmática sonrisa de la mesa en cuanto regresó la abuela.
-Toma una píldora de acetaminofén cada 4 horas y muchos líquidos. Probablemente no tendrás hambre en un par de días pero no quiero reproches – tomó su chaqueta del perchero cercano y se volvió a mirarla. -Cualquier cosa que sea en lo que te hayas metido, sé que serás capaz de superarlo si tienes suficiente determinación. Sólo no descuides lo demás, y recuerda que te apoyo.
El estado casi soporífero de Hiyori no le impidió sentir un nudo en la garganta, y como pudo le susurró un agradecimiento acompañado de una inclinación. Masaomi rió entre dientes por el gesto.
-Tú nunca dejas de ser tú.
Luego de gritarle a la abuela una despedida desde la entrada, se fue.
A pesar de lo que le había dicho a su amiga, Yukine en verdad hubiese querido ser capaz de perforar muros con tan sólo mirarlos. En el transcurso de los días que Hiyori había tomado para descansar, el que había ocupado su lugar merodeando alrededor de la gran mansión gris, había sido él. En esos instantes, se encontraba tremendamente frustrado.
A pesar de los esfuerzos de Suzuha por levantar su ánimo y tratar de hacerle ver que en realidad no era tan malo como pensaba, comenzaba a darse cuenta de que había partes de su vida que Yato había decidido dejar fuera deliberadamente, partes de las que se daba cuenta que ni siquiera Kofuku y Viina eran capaces de reconstruir. Yato parecía no tener familia, no tener pasado y no haber venido de ninguna parte. Por lo que había podido escuchar subrepticiamente de las conversaciones en susurros que ambas tenían, Yato simplemente había aparecido un día en el colegio de Kofuku. Para Yukine, Yato siempre había sido solo Yato, pero escuchar todo aquello de Kofuku le hizo darse cuenta de que simplemente no tenía idea de cuál era su apellido. No había habido ocasión en que el tema saliese a flote, y él simplemente daba su primer nombre al presentarse. Tampoco había tenido la necesidad o la excusa de preguntarle eso, ni el nombre de su pueblo natal, ni siquiera si tenía familia. No sabía a quién llamar en caso de alguna emergencia. No sabía qué nombre hubiese dado en algún hospital dado el caso de necesitarse.
Se sentía tremendamente estúpido.
Y al parecer, Viina y Kofuku se preguntaban si era posible armar información adicional con las piezas que tenía cada una, pero la información parecía detenerse en algún punto antes de ingresar a la preparatoria.
El sol se ponía y Yukine pateó una lata que estaba descuidadamente fuera de una bolsa de basura, tan fuerte que pegó contra el muro gris y cayó al suelo, espantando a un gato que salió de entre los desechos a toda velocidad. Calle abajo, por poco y choca contra las piernas de una chica paliducha y de cabello castaño.
-¡Hiyori!
Aunque el tapabocas le cubría la mayor parte del rostro, era indudablemente ella. Finalmente había podido acudir a la escuela y ahora volvía para revisar el avance de las cosas.
-No puedo decir que es una situación común, Yukine-kun -le expresó Hiyori con voz temblorosa y ronca, luego de que Yukine le hubiese soltado a borbotones lo que le cruzaba por la mente. Ella tampoco lo entendía. -Hay algo en el pasado de Yato que no quiere que sepamos.
-¿Crees que se relacione con ésta basura de casa? -espetó el adolescente, buscando cualquier otra cosa que arrojarle al muro, frustrado.
-No podría asegurarlo -musitó Hiyori, poco dispuesta a saltar a conclusiones apresuradas. -pero lo averiguaremos de alguna manera.
Yato había dejado de aparecer en el balcón los últimos tres días. Hiyori se bajó en la largamente extrañada estación del tren y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia el sótano que había habitado el joven, tratando de no levantar sospechas.
Su corazón dio un vuelco cuando encontró el número 203 de la puerta repintado en color blanco y una luz amarillenta proviniendo del interior. En menos de lo que pudo haberse dado cuenta, ya estaba atravesando el umbral y hablando a toda prisa.
-¡¿Yato?! ¿¡Volviste!? Estábamos tan preocupados, te hemos estado buscando por donde podíamos pero en realidad no sabíamos por dónde comenzar y creímos haberte visto en un balcón cerca de casa de Viina, ¿no es tonto…?
La última frase se entrecortó por la sorpresa de toparse de frente con un señor que no correspondía en lo absoluto al rostro lozano y casi infantil de Yato.
-Señorita, ¿usted conoce al joven que vivió aquí? -le preguntó, con suavidad. Hiyori analizó su atuendo: gorra de baseball, camisa floja y pantalones manchados. Llevaba guantes de trabajo y una maleta de herramientas. Luego echó una breve ojeada a su alrededor. No estaba ninguna de sus pertenencias.
-Yo… -comenzó, silenciosa. -Pensé… creí que…
Hiyori, por el rabillo del ojo, se percató de que el hombre le estaba dirigiendo una mirada preocupada y un tanto burlona. Tenía una muy buena idea de qué era lo que el sujeto se estaba imaginando.
-Soy el señor Sakamoto. Le renté al joven la casa pero hace una semana recibí una llamada de él.
La chica lo miró, con ojos desorbitados.
-¿DE VERDAD?
-Simplemente me dijo que tomara el mes de depósito y el mantenimiento como agradecimiento, y que vendrían a sacar sus cosas -dijo el casero, levantando una palma para tratar de tranquilizarla. -en verdad siento mucho esto, linda. Cuando vine poco después, la llave no estaba puesta y ya se habían llevado todo.
Hiyori buscó con la espalda la pared más cercana, y sintió que una vez haciendo contacto con ella, todo el aire se escapó de sus pulmones.
¿No tenía cerca de una semana que habían visto a Yato en el balcón con la niña? ¿No era cierto que últimamente habían dejado de verlo? ¿Yato se había puesto en contacto con el casero en lugar de con ellos? ¿los estaba haciendo deliberadamente a un lado?
En vez de desfallecer, recordó a Yukine.
-Sakamoto-san. ¿Puedo hacerle una pregunta?
-Dime, niña.
-¿A qué nombre estaba registrada la casa?
El silencio del hombre le indicó lo mucho que le había sorprendido la pregunta. Con nerviosismo, movió la visera de su gorra de baseball de adelante para atrás, y dejó sus herramientas en el suelo, buscando su teléfono celular. Luego de un par de clics en sus contactos, le respondió.
-Es raro que preguntes eso. Esta casa siempre ha estado rentada con irregularidades. Parece ser que el joven de cierto modo quería cubrir sus huellas lo mejor posible. El nombre que utilizó era F. Yato.
-¿Una abreviatura?
-Así aparece en todas sus identificaciones. -musitó el hombre. -no pensé que hubiese ningún problema… ¿se siente bien, señorita?
La chica palideció en extremo de un segundo a otro, pero en lugar de desfallecer en el momento, salió corriendo.
Yato ya no estaba ahí. Ya no iba a volver ahí. Su nombre era falso. Sus identificaciones también, estaba casi segura de eso. Quería cubrir sus huellas. Acostumbraba a desaparecer en cuanto las cosas le resultaban inconvenientes.
¿F. Yato?
¿Fujisaki?
Deseó que los trenes fuesen mucho más rápidos.
-En verdad no lo sé, Hiyorin.
Después de la quinta vez que la joven lo preguntó, Kofuku sacó el anuario de la preparatoria.
Debajo de la fotografía de Yato, simplemente aparecía una F.
-¿Y así le pasaban lista?
Daikoku se rió por detrás de su cigarrillo. -Ellos nunca entraban a clase.
-Oh, ¡Kokki, eso no es verdad!
-Esto es simplemente absurdo -comentó Bishamon, sentada a la barra de la cocina. Suzuha, Yukine y Kazuma se encontraban haciendo una búsqueda exhaustiva con el dron, sin atreverse a entrar en la propiedad gris que se alzaba detrás de la barda. El césped amarillento hablaba de abandono -¿cómo es posible registrarse en un colegio sin documentos oficiales?
-Bueno, Viina, -comentó Kazuma desde detrás de un monitor. -En realidad nunca asististe al colegio en éste país. Nosotros no tenemos actas de nacimiento.
-Vaya que son extraños.
-Siento no poder decirte más, Hiyorin -dijo la chica de cabello rosa en vista del ánimo desinflado que había adquirido su amiga. Aquella suspiró.
-Odio sentir que estamos muy cerca, y aún así no lo suficiente…
-¡VENGAN, AHORA! -la interrumpió Kazuma.
En tropel, los demás se acomodaron alrededor del monitor que observaba. Yukine voló cerca de la ventana donde usualmente Yato salía por la tarde, y Suzuha hizo su mejor esfuerzo por enfocar. La puerta corrediza de cristal de la habitación se abrió. Hiyori ahogó un grito.
La persona que salió definitivamente no era Yato.
Más rápido de lo que pudieron comprender lo que sucedía, vieron una Yukata abrirse por la zona del pecho, y el resplandor de un objeto metálico apuntando en las manos del extraño, directamente hacia la cámara.
No escucharon la detonación, pero la transmisión se detuvo.
Aún lívida, Hiyori echó a correr junto con los demás, abordando el enorme Hummer de Daikoku. Viina y Kazuma marcaban el paso en un Skyline.
La joven se repetía lo poco posible que era todo esto.
Se reprochaba no haber actuado antes.
Pero sobre todo, se recordaba lo mucho que odiaba ése rostro.
Kazuma dio con el dron y detuvo el auto. Daikoku adelantó un poco más y dejó que Hiyori se bajara en la esquina de la propiedad. Ella y Yukine corrieron a acercarse a la puerta automática que en ese momento estaba dejando salir un auto empresarial, negro.
La sonrisa de la misma persona que le había disparado al dron de Kazuma la dejó al mismo tiempo helada y con la sangre hirviendo.
Fujisaki Kouto le envió un beso desde la ventana del auto. La ventanilla subió, y el auto aceleró calle arriba.
