17. Every breath you take – The Police.
Recordaba haber luchado. No sabía exactamente cómo, pero el dolor de los nudillos era inconfundible. También lo era la cara ardiente de cortadas y el duro suelo, frío, contra su mejilla. Parecía ser una postura constante estos últimos días. ¿O debería decir día? No estaba seguro de si lo que estaba salpicando contra el suelo era en realidad su sangre o la sangre de alguien más.
Marrón.
Esos odiosos ojos y la estúpida sonrisa. Era inconfundible. Así como Nora también era inconfundible. Usualmente después de verla a ella todo se tornaba negro. Aterciopelado y casi cómodo, de no ser por esa estúpida presión en la mejilla, que le indicaba, aún semi-consciente, que se encontraba en el suelo. Un pinchazo en el brazo, al que dirigió un apresurado pulgar, le dolió al momento de ejercer presión. Creyó ver la jeringa. Sí, conocía muy bien esa sensación. Era un sentimiento de placer incomparable, que desafortunadamente no duraba lo suficiente. Abandonaba su cuerpo tan pronto como lograba disfrutarlo y todo a su alrededor le dolía. Le picaba. En realidad no le picaba, tenía frío. Tiritando, sintió la voz suave y arrulladora de alguien a su lado. Una rápida mirada indicó que era Nora. Logró tallarse los ojos y la luz que entró le impidió reconocer la silueta de largo cabello castaño que se encontraba frente a él, que en vez de cantar un arrullo, parecía querer despertarlo.
Todo esto era demasiado confuso. Tan confuso como el balcón y la vista que ofrecía la ciudad. El hecho de que no pudiera moverse le indicaba que le habían inoculado otra vez la droga. Ojalá pudiera acordarse, esa mierda se sentía genial. Casi tan bien como componer. ¡Componer!
Sintió la presión en las plantas de los pies al levantarse. El piso estaba helado pero no le importó. ¿Dónde estaban sus partituras? ¿En dónde estaba el máster? ¿Dónde…? De nuevo una voz tranquilizadora tomándolo de la mano y un llamado más urgente, al fondo de su cabeza, le imploraba despertar. De las penumbras de recuerdos hechos jirones surgió un retazo de realidad aletargada, en forma de nombre.
-¿Hi…Hiyori?
Pero la mano que lo tomaba estaba mal. A su lado vio la sonrisita de Nora, y la soltó cual si fuese un carbón al rojo vivo. Bajo sus pies un charco de sangre, y más allá, pedazos de pelo de animal bajando y subiendo, dolorosamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin que su voluntad pudiese intervenir.
-¡Yato! -Le llamó la voz, urgiéndolo a volverse de espaldas. Lo hizo al tiempo que ése nombre lograba colocarlo más y más cerca de la realidad.
-¡Hiyori! -gritó él, y su propia voz sonó cavernosa y extraña en su garganta. Aprendió a no hacerlo de nuevo cuando un fuerte dolor en el costado lo tumbó de nuevo, y alcanzó a ver entre las piernas del tipo que lo estaba pateando, a Nora, rodeada de nieve, fantasmagórica, manteniéndose al margen de una escena cruel.
"Maldito bastardo", alcanzó a pensar Yato, hundiendo su mejilla en el frío despiadado del piso.
O tal vez fuera nieve.
Si había una cosa que Take odiaba en la vida era tener que pedir un favor. Esto era porque él sabía de sobra que en algún momento iban a regresar a morderte en el trasero. Pagar favores era algo que siempre evitaba, en medida de lo posible. Justo ahora, se reprochaba el deberle un favor a Viina, por encima de todas las demás personas. Viina cobraría su favor aún si él no estaba dispuesto a pagarlo, y el suyo no era un favor que debiese tomarse a la ligera. Probablemente en aquél entonces hubiese sido más sabio no haberle pedido nada en primer lugar, pero a lo hecho, pecho. O al menos eso había creído cuando Viina lo llamó para solicitar el pago de su favor. Sin embargo, en éste preciso instante, se arrepentía de haberla conocido en absoluto. Viina había utilizado sus habilidades como oficial en entrenamiento para dar con un automóvil de determinadas características, pero jamás le dijo por qué. Take suspiró y se quitó la gorra mientras se recargaba en la portezuela del conductor de un auto con las características del que la rubia buscaba.
Se hallaba en una carretera rural, tan olvidada que casi podía pasar por un camino de tierra. Colina arriba, un senderillo serpenteaba por entre la maleza. Rebuscando en su bolsillo, encontró su Smarthpone y en lugar de llamar directamente a la estación de policía, llamó a Viina, tal como había sido el arreglo.
-Encontré el auto. -dijo él, llanamente. -Dime qué quieres que hagamos con él ahora.
Creyó que había tomado a Viina desprevenida, pero nada más lejos de la realidad. Una vez que escuchó la ubicación de su amigo, no le tomó mucho responder:
-¡Espera justo ahí, iré en camino!
-¿Se puede saber por qué tanto alboroto por un auto? – le preguntó, muy socarronamente. Viina decidió ignorar la pregunta.
-¿Puedes ver qué hay en los alrededores? Si hay un conejo escondiéndose debajo quiero saber qué comió en el almuerzo.
Take suspiró.
-Muy bien. -Musitó, y marchó por los alrededores, sin dejar el teléfono. -De hecho hay un sendero -comentó, un tanto sorprendido. -No es muy evidente y está fresco todavía, pero es algo…
-¡Quédate ahí, te llamo en un momento!
Take volvió a poner el celular en su bolsillo y esperó, en guardia. El lugar no le gustaba en lo absoluto. El "sendero" en sí era tan solo una abertura en la maleza por la que algo voluminoso había pasado recientemente. Apartando hierbas, el muchacho siguió el rastro despacio. Palmo a palmo apareció una cabaña diminuta extendiéndose a mano derecha. La característica más destacable era el color grisáceo que tenía debido al desgaste de muchos años, y no pudo evitar recordar, de cierto modo, el edificio de un templo. Adentrándose un poco más en el sendero, después de la plataforma alcanzó a ver un shoji entreabierto, pero el interior era tan oscuro que simplemente no se distinguía nada.
A lo lejos se escuchó un auto arrancando y Take comenzó la carrera de regreso, justo a tiempo para escuchar el grito de una chica y un vozarrón masculino. Llegó justo a tiempo para ver una gran tolvanera y el auto que había encontrado huyendo a toda velocidad. Una voluminosa Hummer se encontraba mal estacionada en medio de la carretera y la confusión reinante le hicieron entender que tal vez hubiese sido mejor no moverse del sitio. Lo comprobó cuando una chica de cabello largo se levantó y se sacudió el vestido. Debió haber visto de reojo el uniforme, ya que le dirigió una mirada fugaz de desesperación, y después pareció identificarlo. Claro, ya se habían visto antes, a través de un panel de vidrio.
-¿Tú eres el amigo de Viina-san? – le preguntó, acercándose a él con paso decidido, mientras el rubio del bajo corría detrás de ella maldiciendo por lo bajo lo preocupado que estaba de que pudiera haberse lastimado.
-Imagino que ella les avisó que encontré el auto. – dijo él, y señaló con la cabeza la nube de polvo que se comenzaba a disipar.
-No te desanimes, niña – apuntó Daikoku, al ver la cara consternada de Hiyori. – Daremos con él pase lo que pase.
Mientras, la perorata de Yukine no se había detenido.
-Deberías mover todas tus articulaciones para asegurarnos de que no te lastimaste nada, ¿puedes mover la rodilla? ¿Qué tal el codo…?
-Yukine-kun, ¡estoy bien! Sólo me moví del camino para no morir atropellada y me tropecé, ¡por favor no exageres! -replicó ella.
Era evidente la tensión del grupo. Take siguió con la mirada al torbellino de cabello rosa que se sumó a la conversación hablando por celular, para colgar y después anunciar que Viina estaba en camino muy cerca. Dudó en hablar, pero pensó que de cualquier forma podía ser que ni siquiera le prestasen atención.
-…hay una cabaña a unos cien metros de aquí por…
En cuanto su mano se levantó para marcar el sitio, Hiyori ya corría hacia allá a toda velocidad, seguida por Yukine. El resto, perplejo, tardó en reaccionar pero tras unos cuantos segundos fueron tras ellos. Fue difícil darles alcance.
Después de la vereda, un claro entre la maleza daba paso a una cabaña que, si bien no era lo más moderno y bien mantenido, por lo menos se hallaba de pie y entera. Tal vez con una capa de barniz la madera volvería a mostrar una casita incluso pintoresca. Los tonos grisáceos de humedad no ayudaban en lo más mínimo. Hiyori y Yukine colocaron los pies con inseguridad en la crujiente madera del pórtico que sobresalía debajo del tejado, dando paso a un shoji tras del cual era imposible ver nada. La estructura se quejó bajo su peso, pero ambos se introdujeron en la habitación sin dudar un solo momento.
-No puedo ver nada… - susurró Hiyori.
-Espera… - dijo el chico, y sacó su Smartphone. Ajustó el brillo de la pantalla al máximo, y alcanzó a alumbrar un círculo débil de luz frente a ellos.
-¡Qué ingenioso, Yukine-kun! -alabó ella, y le imitó.
Le costó trabajo mantener la calma y no soltar su teléfono al alumbrar un poco más el cuarto.
Al principio les pareció que sólo era un puñado de ropa apilado en un rincón. Luego, se dieron cuenta de que tenía forma humana y que lo conocían de sobra. Su piel se veía pálida y frágil, un tanto verdosa, y una incipiente malnutrición comenzaba a ser evidente en los contornos de su cara y sus brazos. Hiyori corrió al fondo de la habitación y comenzó a quitar todas las persianas de bambú que oscurecían el lugar. Detectó movimiento en el muchacho a sus pies con el rabillo del ojo y se aproximó a tratar de reanimarlo. Su aspecto era mucho peor a la luz del día.
-¡Yato! - le llamó. Yukine también se arrodilló a su lado. Sin saber qué hacer, la chica sacudió al muchacho tumbado en el suelo por los hombros. -¡Yato!
El bulto mostró aún rastros de voluntad propia con un gruñido y tratando de girarse sobre su hombro, evidentemente demasiado aturdido para saber de dónde venía la voz. Hiyori gritó más fuerte, pero sólo consiguió que Yato levantase la cabeza cuando le tomó de la mano. Alarmada por lo fría y huesuda que se sentía, Hiyori siguió llamándolo un par de veces más, con una inflexión aguda y casi neurótica en la voz.
Yukine se había arrodillado al frente de su amigo, y trataba de reanimarle las piernas entumecidas por el frío y la mala alimentación, cuando un movimiento en un rincón aún en penumbras de la cabaña le llamó la atención. De inmediato retrocedió, poniéndose en guardia. Quedaba a espaldas de Hiyori, y su amiga evidentemente no estaba poniéndole atención a nada más.
-Hiyori. -La llamó Yukine, con un temple y una calma que le sorprendieron incluso a él. El frío acero en su voz fue lo que a la chica la hizo prestarle atención de inmediato. – Levántate. – le ordenó él, y con pesar, pero velozmente, Hiyori abandonó la mano de Yato donde estaba y se colocó al lado de su joven amigo.
Al fondo de la habitación, un fulgor plateado y filoso les sonrió desde la mano enfundada en un kimono blanco como la nieve ya casi derretida del exterior.
-Tus desafortunados amigos nos han encontrado… Yato.
Su voz era fría y casi tan cortante como el cuchillo que llevaba, y sin embargo el tono suave y casi maternal que usaba era tan sincero que el resultado era simplemente escalofriante. Era el ideal de belleza, digna de un afiche tradicional, una muñeca delicada, pero tenía veneno en la voz.
Con pasos cortos, caminando con toda la etiqueta de portar un kimono, la chica se les acercó.
En contra de todo lo que su cerebro le decía, Hiyori trató de razonar.
-Mira, sé que debes ser cercana a Yato. Realmente no sabemos qué le pasa, pero debemos llevarlo a un hospital pronto. – Dudó al ver que la otra no reaccionaba ni se detenía. – Estoy segura de que te preocupa tanto como a nosotros…. Por eso… lo mejor es que nos dejes que nos lo llevemos.
La muchacha aceleró el paso. Hiyori sintió un tirón hacia atrás por el brazo. Frente a ella quedó una estela plateada y un zumbido en el aire confirmaron lo letal que había sido la movida de la otra chica. Yukine no pudo controlar del todo el peso, y no pudo evitar que Hiyori terminara de nuevo cayendo al piso, arrastrándolo con ella.
Después de asestar el golpe con el cuchillo, la niña del kimono permaneció en una postura laxa, con los brazos inertes colgando a ambos lados del torso; el cabello le cubría la cara, y por lo tanto ambos se sorprendieron cuando, sin más, se echó a reír quedamente.
-¿Que si me preocupas como a ellos? ¿Escuchaste eso, Yato? – De algún modo, se negaba a hablarles directamente. Hiyori estaba segura de que Yato no era capaz de oírla, mucho menos de entender lo que le decía. Se preguntó seriamente si en realidad esta chica estaba en cabal uso de sus facultades mentales, pero se vio interrumpida por otra diatriba. -¿Qué acaso hay alguien más en este mundo que te quiera más que yo? Es una idea ridícula, ¿verdad… Yato?
Poco a poco, comenzó a enderezarse de nuevo. La cortina de cabello se resbaló sobre su cara, revelando una mirada directamente hacia ellos. Hiyori y Yukine cambiaron de postura, incómodos, preparándose para escapar. Su rostro ofrecía una sonrisa completamente maníaca.
-NADIE ama a Yato más que yo en este mundo.
Dicho esto, se abalanzó directamente sobre ellos. Hiyori cubrió su rostro con el brazo rápidamente, mientras Yukine se preparaba para saltar sobre de la niña en cualquier momento… cuando de repente, ella cayó al suelo estrepitosamente, como si hubiese tropezado con algo. Horrorizada, la joven miró a sus pies. Una mano poco más que huesuda, pero fuerte, envolvía con decisión el tobillo delicado enguantado en una calza tradicional. Un fulgor azul eléctrico la fulminó directamente, sin pasar desapercibido para Hiyori y Yukine, quienes no se atrevieron a moverse ni un milímetro.
-Pero… Yato… tú… - balbuceó la chica, mientras observaba al hombre buscar fuerzas de donde no las tenía para detenerla.
-¡Yato! – gritó Hiyori, y los ojos azules se fijaron en ella directamente… antes de cerrarse de nuevo con pesadez. Sin embargo, no soltó el tobillo de la joven. Al ver que ambos se habían incorporado para auxiliar a Yato, sacudió su pierna y se colocó justo frente a ellos, empuñando el cuchillo de nuevo con desición. Esta vez, Yukine colocó un brazo frente a Hiyori y le dirigió la mirada más feroz que pudo.
-Imposible – aseguró la chica. – Nadie más en este mundo ama a Yato como yo… como nosotros. – Dicho esto, se colocó el filo del cuchillo en la garganta. – Nadie. Y estoy dispuesta a hacer lo que sea por demostrarlo.
Esto cambiaba las cosas. Yukine de repente se encontró planeando una manera segura de arrebatarle el arma. Hiyori mostró ambas palmas en señal conciliadora.
-¡Tranquilízate! ¡No vayas a-
-¿¡En verdad estás tratando de razonar con una desquiciada, Hiyori!? – espetó Yukine.
-¡Pues es mejor que dejarla que se mate! ¿No? ¡Escucha, niña… tú…!
Hiyori no pudo terminar su frase porque el silbato de la policía sonó en la distancia. Ambos se distrajeron por el movimiento de la vegetación afuera de la cabaña, y cuando se dieron cuenta, un shoji trasero había sido abierto, y la maleza se movía con la fuerza de una persona escapando tras las matas altas de pastos salvajes y bambú. Yukine obedeció la fuerza de sus pies cuando su amiga lo llamó de regreso, impidiendo que corriese tras la sospechosa chica.
-¡Yukine, ayúdame!
A toda prisa, Hiyori trataba de levantar el peso muerto de Yato del suelo, antes de que la policía llegara y comenzara a hacer preguntas. Una historia de ésta clase ante los medios podía ser fatal para su carrera.
Yukine, una vez dentro de la cabaña de nuevo, trató de hacer que Yato volviese en sí dándole palmadas en el rostro. Hiyori trataba de levantarlo por las manos, cuando ambas se cerraron alrededor de sus antebrazos.
-Hi…yori… -Dijo Yato, quedamente.
-¡Yato, soy yo, despierta! ¡Yukine está conmigo pero necesitamos que camines para poder sacarte antes de que llegue la policía!
Yato abrió los ojos de nuevo. La joven se sorprendió de haberse olvidado de cuán cambiantes eran esos zafiros.
-¿Hiyori?... estás… -Ambos se acercaron a escuchar lo que su amigo decía; su voz era tan queda y rasposa que era difícil entender. – hermosa… como un ángel…
Enrojecida, Hiyori lo dejó caer. Yato profirió un quejido y un golpe sordo en contra de los tablones del piso.
-¡Está delirando! ¡Hay que llevarlo al hospital!
Yukine la miró, desconcertado y un poco fastidiado.
-En verdad eres ridícula. Toma un brazo y yo tomo el otro.
Levantar el casi inerte peso de un hombre adulto no era labor fácil para ambos adolescentes, quienes apenas salieron de la casa, soltaron un quejido angustiado cuando Take llegó a la escena. Esperando ver más oficiales, se sorprendieron cuando detrás de ellos simplemente estaban Viina, Kazuma, y Kofuku y Daikoku. Kofuku soplaba alegremente con el silbato de Take al cuello. Aliviada, Hiyori comenzó a hablar a diez mil palabras por minuto.
-¡Debemos llevarlo lo antes posible a una clínica! ¡Está intoxicado y desnutrido y probablemente muy enfermo pero también necesitamos que nadie lo vea ya que si lo ven se darán cuenta de todo y su carrera…!
-Whoa, tranquila, no entendí la mitad de las cosas que dijiste – repuso Viina, sorprendida.
-Pero tiene un punto. -Señaló Kazuma, pensando.
-Si lo llevamos a urgencias en un hospital público todo saldrá a la luz. – se sumó Daikoku, reemplazando a Yukine, cuyas piernas comenzaban a temblar por el peso de su amigo.
El rostro de la Hiyori cambió con determinación en cuanto una idea se formó en su cabeza.
"…Y recuerda que yo te apoyo."
Masaomi supo que era grave, en primer lugar porque su hermana jamás le llamaba si podía evitarlo. En segundo lugar, la velocidad de sus palabras hacía que fuera sumamente difícil entender del todo la situación. Y en tercera, era la primera vez que Hiyori empleaba su nuevo Smartphone para llamarle. Tras un leve entendimiento del problema, sólo había dos palabras qué decir.
-Tráelo, pronto.
La clínica de desintoxicación a la que los había guiado con instrucciones breves por teléfono tenía un estacionamiento trasero, suficientemente discreto para recibir al amigo que Hiyori trataba de ayudar con todas sus fuerzas. A veces se sorprendía de lo admirable que era su hermana.
Hoy, se preocupaba porque su hermana tuviese amistades que necesitaran ser ingresadas de emergencia en una clínica de estas características.
En cuanto vio la hummer negra atravesar el umbral de la alambrada que separaba el estacionamiento de la calle, y confirmó sus sospechas en cuanto una acelerada Hiyori al borde de las lágrimas abrió la puerta y le entregó a un desorientado Yato, sólo había tres palabras qué decir.
-Hijo de p…
¡Hola a todos! Los dejé leer el episodio antes de poner mi basura usual acerca de disculparme y todo eso. Esta vez en realidad tengo excusa para tardarme más de un mes en actualizar (DE HECHO NO JAJAJA) y es que, podrán no creerme, pero la vida da muchas vueltas y estoy viviendo el sueño de toda mi vida, ¡vivir en Japón!
Así es amigos, les escribo desde un departamento cerca de Shibuya donde próximamente voy a comenzar mis clases de japonés. Aún tengo cosas qué resolver con mi nueva vida pero con mucha suerte estaré aquí aproximadamente seis meses. Renuncié a mi anterior trabajo y toda mi vida en México se quedó en standby mientras estudio acá. Por eso es que quisiera disculparme a medias y pedirles una vez más toda su comprensión. Obviamente ahora sólo viviré para la escuela, lo cual significa que voy a tener más tiempo libre. Los días que no me salga ( lo cual será seguido porque no tengo tanto dinero jajaja) me dedicaré a continuar con este fic. ¡No se asusten! No voy a dejarlo sin concluir. Cambiaré algunas cosas en la descripción ya que la regulación en Japón para esta clase de cosas en realidad es bastante dura y no quiero tener problemas; pero básicamente de eso se trata mi vida ahora. Si quieren conocerme un poquito más, búsquenme en instagram como meixdoll, así sabrán que no les miento y también podré compartirles un poquito más de mi aventura en Japón.
Bueno, nos leemos la próxima vez, que definitivamente no será tan lejana.
¡Los quiero y gracias por todo!
