Muchas muchísimas gracias a todos por sus reviews llenos de amorts. Les agradezco enormemente su infinita paciencia, H3dwigG, melgamonster, Hikari Luz de Luna, Lux, Rin okane, y todos y cada uno de los guests que han dejado su mensajito. Empieza la segunda parte de este fanfic que, si he de serles honesta, es el que más constante me ha mantenido. Ningún otro fandom ni otro ship me había pegado tanto como Noragami, y es un fandom que me ha dejado tan buenas experiencias que me debo a todos ustedes. ¡En verdad muchas gracias por las buenas vibras! Le voy a echar muchas ganas en mis estudios y también les aseguro que no hay un solo día que pase sin escribir que no me pese porque también soy una persona de ideas muy volátiles (tuve que escribir a grandes rasgos la trama para no olvidarla o modificarla o perder el hilo de lo que iba a suceder) así que si me tardo, no se preocupen, actualizaré eventualmente aunque tenga que regresar como zombie a postear.
Bueno, ya me extendí demasiado, ¡que lo disfruten! (Especialmente los que me pidieron que ya terminara con el angst y les diera un momento de felicidad jejejeje.)
19. Bring me to life – Evanescence
Hiyori entregó a toda prisa el pase de visitante en la recepción y corrió pasillo arriba hasta tomar el ascensor. Jugueteando nerviosamente con sus dedos en las asas de su portafolio escolar y con el envoltorio cuidadoso del ramo de flores que llevaba, poco le importó que su nerviosa apariencia estuviese levantando miradas inquisitivas en el ascensor, y en cuanto la puerta se abrió en el piso que era su objetivo, salió apresurada del ascensor. No había dejado de correr desde que había recibido el mensaje de Masaomi en la mañana, a mitad del primer período.
"El paciente despertó."
Eso era todo, sin más rodeos ni explicaciones. Hiyori conocía lo suficientemente bien a su hermano para saber que su actitud la última semana había sido de preocupación, si bien no enteramente hacia Yato, sino hacia ella y el hecho de que una persona como él estuviese involucrada en su vida a tal grado. Sin embargo, Masaomi, muy al estilo de la familia Iki, se había abstenido de hacerle ninguna clase de pregunta al respecto.
En cuanto llegó a la habitación y encontró la cama vacía, soltó un suspiro que había estado reteniendo durante semanas. Acercándose a la ventana, examinó el panorama del cuarto; las paredes blancas, el monitor sobre la cabecera y el buró casi ausente de señales del paciente, de no ser por la fotografía enmarcada que Daikoku y Kofuku habían traído antes, que mostraba a los cuatro sonrientes frente a la entrada principal de Capypaland. Hiyori levantó con cuidado el marco y sonrió. Se preguntó si algún día ella y Yato (y los demás también, se apresuró a agregar) podrían disfrutar de una excursión a Capypaland como aquélla, cuando todo lo sucedido últimamente fuese sólo un mal recuerdo. Posó su maletín de la escuela en el sillón después de dejar la foto en su lugar, y procedió a cambiar las flores del jarrón que había en una mesita redonda a los pies de la cama.
Una vez terminada su labor, la puerta detrás de ella se cerró suavemente, y Hiyori hizo acopio de todo su valor para dar la vuelta mostrando una radiante sonrisa.
-Hola… - canturreó, y se detuvo en el acto.
Masaomi la observaba, recargado en la puerta con un gesto grave. El reflejo de la ventana sobre sus lentes le impidió saber si la miraba directamente a ella con certeza, pero sintió el escrutinio tan bien heredado de su padre, reforzado por la bata blanca.
-¿Qué pasa, hermana?
Confundiendo sus palabras por un saludo informal, Hiyori saludó de vuelta.
-Hola. Creí que no estabas de turno ahora.
-Decidí esperarte hasta que llegaras porque de hecho estoy preguntándote en serio. ¿Qué pasa, Hiyori?
El nerviosismo le erizó los cabellos de la nuca e hizo temblar su voz de una manera bastante penosa.
-N… no pasa nada, Masaomi. ¿A qué te refieres?
-Me refiero al hecho de que hace algunas noches me trajiste a un amigo tuyo a la clínica, con el que he tenido que mantener una secrecía casi absoluta porque resulta ser uno de los músicos que más copias vendió hace unos meses, en un lugar en el que trabajo pocas veces a la semana, y te estás comportando como una esposa diligente y perfecta cuando sabes de sobra que es alguien con antecedentes fuertes.
Hiyori ni siquiera tuvo tiempo de replicar a la palabra "esposa", y Masaomi siguió hablando de tal modo en que tampoco tuvo oportunidad de sentirse avergonzada por ello. Su hermano arrojó un grueso expediente en la mesa frente a ella, junto al jarrón.
-Metanfetaminas, heroína, cocaína, LSD, THC y muchas otras cosas igual de distinguidas.
La chica tomó el folio entre las manos temblorosas y hojeó. Lo sabía. De alguna manera sospechaba todo aquello al grado de que en este punto ni siquiera resultaba tan sorpresivo. Miró de vuelta a su hermano, quien a su vez le mostraba una mirada inquisitiva, paciente, esperando una explicación.
-¿Qué quieres que te diga? – Preguntó ella, sabiendo que probablemente era lo peor que podía decir en el momento.
-¿Es en serio, Hiyori? – suspiró Masaomi, por su cuenta, y se llevó una mano a los ojos cansados. – Mira, detesto hacer el papel de mi madre aquí, pero en realidad dudo mucho que sepas con certeza en lo que te estás metiendo.
-Explícame, por favor, no entiendo de qué estás hablando. – Respondió su hermana, perdiendo los estribos.
-¡Explícame cómo una niña del cuadro de honor de todas las escuelas a las que ha asistido termina visitando a una escoria como ésta en una clínica de desintoxicación! – le contestó, con la voz un poco más dura de lo que pretendía. Hiyori dejó el expediente en la mesa y se inclinó sobre él, recargada en la mesa, sin mirarlo.
-No sé cómo explicarte algo que ni siquiera yo entiendo, Masaomi.
-¿No estás pensando en tu vida? ¿En tu futuro?
-No. – respondió, llanamente, y después lo miró directamente a la cara. – Tú mismo me dijiste un día que estaba bien no saber la respuesta de todo.
-Esto es diferente.
-¿Cómo es diferente?
-¡Simplemente lo es!
-¿Otro adulto más diciéndome qué hacer con mi vida?
-Wow. -Se unió una tercera voz a la conversación. El rubio había abierto la puerta y ninguno de los dos había reparado en él. – Ignórenme, sólo vine por una bata.
Yukine, poniéndose las asas de una bolsa plástica en el antebrazo, cruzó la habitación, descolgó la bata de baño del gancho de la puerta del clóset, y se dispuso a salir. Masaomi se le adelantó.
-Piensa bien en las consecuencias de todo esto, Hiyori.
-Lamento mucho que mamá no te haya dejado seguir tus sueños, hermano, pero quiero tomar con libertad mis propias decisiones, y todos me tratan como si no fuese capaz de ello.
Su hermano se quedó mudo y congelado, y después de unos segundos salió de la habitación dando un portazo. Yukine se aproximó a ella, y colocó una mano en su espalda encorvada.
-¿Estás bien?
-Lamento tanto esto, Yukine-kun. – respondió, con una vocecita.
-No te preocupes por nada, me alegra haber llegado en el momento justo.
-Gracias. -Dijo Hiyori, dirigiéndole una sonrisa triste. -¿Dónde está Yato?
-Afuera, en el jardín. Creo que está escuchando sus mensajes. -respondió el chico, señalando hacia afuera por la ventana con el mentón. -Acaba de recuperar su línea telefónica. Toma. -dijo, y le entregó la bolsa de plástico. Contenía varias botellas de plástico. También le entregó la bata de baño. -Afuera está fresco. -Mencionó casualmente, mientras salía de la habitación.
-¿A… a dónde vas? -preguntó Hiyori, nerviosa.
-Suzu me invitó al centro comercial. Iremos a los videojuegos.
-¡Yukine-kun! ¡E-espera!
"Yato…"
Bip.
"…no te pido que me llames al escuchar esto, pero… por lo menos deberías tratar de comunicarte con Yukine… o con Kofuku… ambos te quieren mucho…"
Bip.
"Yato…"
Bip.
"Es gracioso pensar que esto se ha vuelto de cierta manera tranquilizador…"
Bip.
"Fujisaki Kouto…"
Yato cerró su antiguo celular (rojo, estilo flip-phone, con pegatinas disimulando los tallones, que Kofuku había almacenado en algún rincón de su casa) de golpe. Su casi flamante Smartphone había desaparecido. De hecho su línea telefónica tenía órdenes (misteriosamente firmadas por su propio puño y letra) de ser cancelada, y por simple fortuna de alguna falla administrativa al momento de presentar el reclamo ante un confundido empleado mediante la línea de Yukine, Yato había sido capaz de recuperar su antiguo número telefónico con todos los servicios, incluyendo su bandeja de mensajes de voz que estaba a reventar.
Había mensajes de Yukine, siempre iniciando en insultos.
Había varios de servicios de tarjetas de crédito ofreciéndole una a su nombre. Un nombre que a duras penas reconocía.
Había unos cuantos mensajes más de Kofuku, malamente pasada de copas (de lo que se atribuía la culpa parcialmente) reclamando su ausencia desde el viejo número de la casa de Daikoku en el parque.
La mayoría, sin embargo, le generaban la sensación de estar mirando hacia el cielo en un día demasiado luminoso. Eran de Hiyori. Deslumbrado, los repetía una y otra vez en su buzón. El nombre de Fujisaki Kouto no era ninguna sorpresa, pero aún así estaba enfurecido. Con esa escoria. Consigo mismo. Con el mundo. Con Hiyori por permanecer lo suficientemente cerca como para convertirse en daño colateral. Con él por no estar suficientemente atento para protegerla. Se cruzó de brazos, y sintió la presión de su mano en contra del doblez de su codo enfundado en vendas, para tratar de curarle los moretones dejados por infinidad de agujas.
Lo veía claramente ahora, y se daba cuenta de lo estúpido que había sido. Recordaba las veces que le había mencionado el coro. Las tantas otras que su profesor había salido al tema. Desearía haberle preguntado su nombre antes. Probablemente en ese caso su desaparición hubiese sido muchísimo antes. Probablemente de cualquier forma hubiese perdido todo lo que poseía, al igual que en ése instante. Sin embargo, el precio le parecía extremadamente bajo a comparación de mantenerla a salvo.
Mantener a ésa tonta niña a salvo.
Esa niña que se había vuelto tan…
-¿¡PERO QUÉ CARAJO TE PASA, YUKINE?! – Yato se sobresaltó ante el contacto de algo extremadamente helado contra su mejilla. Se giró en la banca de madera que estaba ocupando y quitó la bolsa de plástico que bloqueaba su vista. De nuevo se sintió deslumbrado ante su sonrisa, siendo incapaz de evitar que su expresión quedase completamente congelada en un gesto estúpido, sonrojándose de inmediato ante la visión de aquella tonta Hiyori.
-Tú pediste bebidas frías. – Explicó, simplemente, mientras rodeaba la banca y se sentaba a su lado. En sus manos se encontraba una bata de baño que comenzó a acomodar con precisión casi obsesiva.
-Es… la medicina… me da mucha sed... – Alcanzó a explicar Yato quedamente mientras Hiyori tomaba una de las mangas de la bata y la arremangaba como si fuese a colocarle el suéter a un niño pequeño. - ¿Qué haces?
-Hace frío aquí afuera, no creerás que está bien que traigas encima solamente la pijama del hospital. – Explicó la chica, por su parte, como si fuera lo más evidente del mundo, abriendo el agujero de la manga y ofreciéndosela para que metiera el brazo. Yato sintió que la cara le hervía.
-¡Puedo hacerlo yo solo, Hiyori, cielos! – tomó de manos de la chica la bata de baño y se la colocó sin rechistar. Ante eso, ella también sintió el nerviosismo de golpe en la boca del estómago, mientras lo miraba revolver dentro de la bolsa de plástico con ansiedad. Aún no podía creer que lo estaba viendo moverse por su cuenta, lúcido, sin el tono verdoso en la piel de días atrás, y con aspecto limpio.
-¿Qué buscas? – Trató de que su voz sonara casual. Yato simplemente la miró. Ya no eran esos ojos inyectados y turbios del día en que lo encontró. Esta vez podía sentir de nuevo ese escalofrío de electrizante azul. Lo miró entrecerrar los ojos un instante, y luego poniendo una expresión de exigencia paciente.
-Por favor, Hiyori. – Le extendió una mano casi frente a su nariz. – Yukine nunca olvidaría traerme mis cigarros.
-No tengo idea de qué hablas, Yukine me entregó la bolsa y se fue con Suzuha. – Dijo ella, con la mejor expresión de inocencia que pudo poner.
-No engañarías a Patricio Estrella, Hiyori, y Patricio es bastante estúpido. – Movió su mano ligeramente de arriba abajo. – Me insultas.
Chasqueando la lengua, la chica le entregó una cajetilla cerrada y un encendedor que extrajo de los bolsillos de su falda.
Yato tomó la cajetilla y la golpeó varias veces contra el borde de la banca, agitándola.
-¿Estás consciente de que estás en un hospital? -Hiyori marcó la última palabra deliberadamente, mientras Yato abría el empaque y sacaba uno de los pequeños tubos de papel. Lo encendió y al sacar la bocanada de humo, respondió.
-Hay gente aquí adicta a peores cosas. El tabaco es el menor de nuestros problemas.
Hiyori miró a sus pies, recordando el expediente de antes.
-¿Por qué no lo dejas? – Se aventuró a preguntar. Yato se rio entre dientes y de nuevo se tomó su tiempo para responder. Ahí estaba de nuevo. Su olor.
-Para las personas como tú, la respuesta es así de fácil, "déjalo y ya". -Yato miró al cielo. Un espacio azul entre el techo nuboso se abrió, revelando un poco de claridad. – Nunca has estado en esta circunstancia, y por eso el mundo es blanco y negro. Haces algo o no lo haces. Estás o no estás. Te vas o te quedas. -Yato buscó sus ojos con la mirada. Hiyori sintió su hombro rozar contra el brazo del joven. – La realidad no es así de fácil.
Ese olor.
-No entiendo qué te detiene. – Repuso ella, con un hilo de voz. La ventaja de estar sentada era que el temblor de sus rodillas no era tan evidente. Tragó saliva y desvió la vista, para terminar posando la mirada en los pálidos y quebradizos labios de Yato, quien se llevó el cigarro a la boca de nuevo y expulsó el humo en una blanca bocanada, teniendo el tacto de hacer que saliese por uno de los costados y no arrojarlo directamente a su cara. Tal vez fuera el frío, pero Yato se reprochaba internamente estar presionando su brazo contra el hombro de Hiyori. ¿O era al revés? La molesta sensación del sudor en las palmas de las manos lo estaba poniendo sumamente tenso. ¿O era al revés?
-Soy demasiado cobarde para dejarlo. – Su tono había cambiado. Hiyori miró fugazmente de nuevo a los ojos del muchacho. Una mirada cristalina la tragó entera. Su expresión la tomó completamente por sorpresa. La miraba con los párpados pesados. No la miraba, la admiraba. Iba de sus ojos a sus labios. Los cabellos de su nuca se empezaron a erizar, y la atmósfera a su alrededor cambió por completo. Tenía que hacer algo, o iba a estallar por la tensión.
-Tal vez sólo necesitas un poco de ayuda.
-No quiero hablar de eso ahora.
El ambiente cambió de nuevo. Yato posó la espalda en el respaldo y miró al jardín frente a ellos. Un cerezo durmiente cabeceó ante una brisa suave.
Esa brisa le trajo de nuevo su aroma.
Hiyori se sintió de repente muy molesta.
-¿No quieres hablar de eso ahora? – Apretó los puños, dándose cuenta de que había estado arrugando su falda todo el tiempo con ellos. -¿Y cuándo sí?
Yato la miró sorprendidísimo. El tono en su voz supuraba más rabia de la que le había escuchado nunca.
Hiyori era ésa peculiar clase de persona que llora cuando se enoja.
Y eso la avergonzaba.
-¡Creo que nos debes una buena explicación, Yato! – Casi gritaba, entre sollozos. – Pasamos poco más de un mes buscándote y cuando finalmente puedo hablar contigo, ¿me dices que no quieres hablar de eso? ¿Te das cuenta de tu actitud?
-O…oye, cálmate, sólo… -Hiyori se levantó y echó a andar muy rápido por el sendero del jardín hacia el interior del edificio. - ¡No dije que no te explicaría nada! ¿¡Oye, me escuchas!? ¡Hiyori!
El baño se cerró tras ella con un portazo.
-¡Animal!
¿Qué le pasaba? Hacía unos minutos había sido el mismo de antes, pero de repente el cambio constante de atmósfera había sido demasiado para ella. No soportaba eso. No soportaba que de un segundo al otro la mirase como si fuera el mundo entero para él y al siguiente se negaba si quiera a darle una explicación. Una que, además era necesaria. Por eso estaba molesta, ¿no?
-Soy una estúpida.
Dejó que corriera el agua del grifo hasta que se calentó ligeramente y se mojó la cara. Agradeció internamente su falta de hábito hacia el maquillaje, no tenía que preocuparse por tener que retocarlo después de lavarse la cara. Recordó a Viina, con maquillaje corrido por el sudor, colgada del cuello de Yato en la fotografía del Lion's Nest.
-¡Eres un idiota! -exclamó, contra sus manos, y buscó una toalla de papel para secarse. Se miró al espejo, suspirando.
¿Qué le pasaba? ¿No estaba contenta de verlo de nuevo? Por supuesto que sí, y mucho. Estaba feliz de finalmente verlo bien, gracias a su hermano y los demás doctores. Recordó a Masaomi acusándola de comportarse como la esposa perfecta. De Yato. De ése idiota de nariz perfecta y pómulos afilados y sonrisa infartante y ojos chispeantes y…
Arrojó el papel hecho bola al bote con más violencia de la necesaria. Tenía el pulso acelerado y las mejillas rojas. Secarse la cara con papel no era bueno, se dijo. Ignoró los latidos de su corazón y salió del baño.
Camino al ascensor, se dio cuenta de que cuando Yato no estaba, ése sube y baja de emociones tampoco estaba. Todo estaba estable y constantemente yéndose a pique. Ahora que estaba de nuevo aquí, con ella (con ellos, se corrigió), de repente todo parecía estar en su lugar, aunque aún faltaban algunas piezas de colocarse, pero básicamente era como si todo hubiese regresado a la vida, como si se descongelase.
Definitivamente no le ayudaba en nada que no quisiera explicar qué había sucedido o por qué había desaparecido. Una nueva ola de ira se esparció por todo su cuerpo y salió a grandes zancadas del edificio, dispuesta a regresar a su casa.
Cuando las puertas automáticas de la entrada del edificio principal se cerraron tras ella, volvió sobre sus pasos, hecha un tomate.
Había olvidado su maletín escolar en el cuarto de Yato.
Tratando de mantener la compostura, suspiró de nuevo al pedir el ascensor.
Contra todas las plegarias de la chica, Yato se encontraba sentado en la cama de su habitación, cubriéndose los pies con una sábana, mirando afuera por la ventana. La miró con interés cuando entró, siguiéndola con los ojos, pero sin decir una palabra. Tartamudeó, avergonzada.
-N-n-¡no es nada! Sólo… se me olvidó… mi… maletín… -Su voz comenzó alta y aguda, y fue disminuyendo conforme Yato alzaba ambas cejas en respuesta a su nerviosismo.
-No necesitas darme explicaciones, Hiyori, pero si quieres una también, yo vine porque una enfermera me dijo que mi doctor seguía por aquí y quería darle las gracias. – Le dio un trago a su bebida enlatada. – Le pedí que lo llamara y vine directamente hacia acá.
-Oh. – musitó Hiyori. Lo meditó por un segundo, y después dijo: - Entonces me quedaré por un momento.
-¿Oh? -Preguntó Yato, por su parte. - ¿También quieres darle las gracias?
-No… no exactamente.
-Me comportaré, te lo prometo.
-¡No es por eso! Sólo… -Dudó por una fracción de segundos. – Sólo confía en mí.
Extrañado, Yato frunció el ceño y de inmediato se abrió la puerta. Una enfermera entró y se colocó al lado, esperando respetuosamente.
-El doctor lo verá ahora. – Dijo, mientras Masaomi entraba. Lo primero que vio fue a Hiyori, parada junto al sillón al lado de la cama, y le dirigió unas palabras escuetas.
-Será mejor que te vayas ya, Hiyori, la abuela se preocupará si llegas tarde otro día.
-Pero… - dudó su hermana. Volteó insegura a ver a Yato, para descubrir que su mandíbula estaba completamente descolgada de su cara, con los ojos muy abiertos. Casi parecía estar a punto de echar su cuerpo hacia adelante para mirarlo mejor.
-Se… ¿SERA KAII?
-¿Cómo…? ¿Yato…?
Masaomi soltó un bufido fastidiado.
-Vete a casa, Hiyori.
Yato la miró con la misma expresión de sorpresa intensa. Señaló a Masaomi.
-¡¿Lo conoces?!
-¿Cómo le dijiste?
-¡Sera Kaii! ¡Hiyori, éste sujeto…!
-Hiyori, ¡vete a casa!
-¿¡Se conocen!? – Exclamó Hiyori, mirando entre los dos. Masaomi levantó ambas manos, defensivamente.
-¡No vayas a creer nada de lo que te dice este tipo! ¡Es un adicto!
-¡Toc, toc! – Canturreó Kofuku desde la puerta, acompañada con Daikoku. Ambos se congelaron en el acto.
-Creo que llegamos en mal momento. – Sugirió Daikoku.
Yato seguía con la misma cara descolocada del principio. No conseguía articular nada coherente.
-¡Kofuku! ¡Sera Kaii! – dijo, señalándolo enérgicamente.
-Hummm… -colocó pensativa un dedo en su mejilla, cruzando los brazos. -¡Ah! ¿El sujeto que se la pasa buscando talentos en bares?
- ¿Hermano? – Hiyori lo miró sorprendida.
-¡Muy bien, ya fue suficiente! – exclamó Masaomi. – Enfermera, retírese. – Diligentemente, la enfermera los dejó solos. Masaomi rodeó la cama hasta quedar cerca de Yato. – Les recuerdo que su estado es delicado y todavía debe seguir en reposo. Obviamente está desconcertado. – Masaomi le comenzó a colocar los medidores a Yato, que simplemente lo dejaba hacer, confundido.
-Pero… Sera… Tú… En el teléfono… Antes…
Masaomi sólo lo empujó hacia atrás, reteniéndolo encima de la cama por la cara con la mano abierta.
-¡Re-po-so!
-¡Hermano!
-¡O-oye! ¿Qué sucede aquí? – Suzuha y Yukine entraban a la habitación en ése momento.
-¿Yukine-kun? Creí que irías a los videojuegos… -exclamó Hiyori, sorprendida.
-Ah, Suzu quiso saludar a Yato en cuanto le dije que ya estaba despierto.
-¡Hola a todos! – Dijo Suzuha, como rayo de sol.
-¡Momento! – Espetó Yukine. - ¿Qué sucede aquí, doc?
Masaomi se talló la cara muy fuerte con ambas palmas.
-¿Ya no esperamos a nadie más? – preguntó casualmente, con voz cansada.
-¡Comienza a explicarme qué pasa, Sera! -Insistió Yato, incorporándose de nuevo en la cama.
-¿Oh? – Dijo Hiyori, cruzándose de brazos. - ¿Acabo de escuchar a Yato pidiendo una explicación?
-Creo que ambos necesitan explicar algo en algún momento, ¿no creen? – Les llamó la atención Daikoku, con su característica voz que no admitía ninguna réplica.
-¿Explicar qué, Daikoku-san? – preguntó una voz jovial desde el pasillo. Dándose la vuelta, Daikoku dejó entrar a Kazuma, que seguía cuestionándolo con la mirada, y a Viina, quien se abrió paso con aire majestuoso, removiéndose la capucha de la sudadera y los lentes.
-¡Vaya, vaya! La rata está menos muerta de lo que pensaba, ¿verdad? – Soltó al ver a Yato perfectamente incorporado en la cama.
-¿¡Qué diablos haces aquí!? – Gritó Yato, casi tirando el jarrón a media frase. Suzuha lo detuvo antes de que se ladeara.
-Nadie me vio entrar, si es lo que te preocupa.
-Disculpen – dijo una voz queda, pero autoritaria, desde la puerta. Daikoku volvió a darse la vuelta para revelar a una enfermera. – Los demás pacientes necesitan tranquilidad. Les agradeceríamos que bajaran la voz.
Se retiró luego de que todos murmuraran una disculpa.
-¿Ves lo que ocasionas? – reclamó Yato a Viina en un áspero murmuro.
-¿Así es como recibes a tus visitas, maldito malagradecido?
-¿Acaso recibiste invitación, maldita bruja?
-Dios. Creo que debemos limitar los pases de visitante en este hospital… - Dijo Iki Masaomi, recargando la frente en la ventana.
