21. Yesterday – The Beatles
¡Hola a todos, viejos y nuevos lectores! Gracias como siempre por todo el apoyo. Ésta vez me tardé más en actualizar pero los recompenso con 12 páginas de fanfic. ¿Saben? Creo que contando las palabras mi fic ya es mucho más largo que Harry Potter y la Piedra Filosofal, jaja. En realidad tuve que decidir si dejarlo ahí o no, porque si continuaba iba a ser como del doble de largo y me hubiera tomado el doble de tiempo. Como sea, espero que lo disfruten. Mil gracias a los que se han mantenido constantes, ¡me hacen muy feliz!
-¿Podemos usar la segunda opción? Creo que va mejor con el tema de las lilas que llevan los arreglos de las mesas.
-Sí señorita, como usted diga. ¿Qué hay del color de la serigrafía?
-Plateado en la portada.
-¡Qué buena elección! Tiene usted un gusto muy refinado.
La encargada en traje sastre y un apretado moño en la coronilla se retiró a la trastienda a elaborar la nota, y Hiyori permaneció sentada en la bonita mesa blanca de herrería de jardín con una pequeña lámpara de borlas como iluminación. El sol caía en diagonal marcando una delgada línea en la pared contraria, y el resto estaba en penumbras. Era la desventaja de tener una pequeña tienda enclavada entre los enormes rascacielos de Ginza. Hiyori revisó el display de su Smartphone y revisó la hora en su regazo, discretamente. En la barra de notificaciones estaba el símbolo de mensaje sin leer. ¿Cuándo había llegado? Hiyori leyó el mensaje.
Los mensajes.
"Este cuello me pica. Odio usar ropa sin lavar."
"Parezco idiota con corbata. (+1 imagen adjunta)"
"Sólo por curiosidad, ¿te interesa el roleplaying? Puedo ser un asalariado saliendo de la oficina y tú una colegiala buscando 'dinero fácil'. Ujujuj. (Kaomoji)"
El último mensaje la hizo enrojecer de pies a cabeza y hubiese arrojado el Smartphone con todas sus fuerzas si la encargada de la tienda de invitaciones no hubiese llegado con su nota.
Hiyori se había olvidado completamente del asunto hasta que su Smartphone volvió a vibrarle en el bolsillo, mientras caminaba.
"¿Qué haces?", y Yato aderezaba la pregunta con un kaomoji llorando. La chica suspiró antes de contestar.
"Ocupándome de mis asuntos, algo que por lo que veo no estás haciendo."
No era su culpa contestar de ésa manera. Al darse de alta de la clínica, Yato había continuado con su viejo patrón de acosarla, de ser posible, cada 5 minutos.
"Éste sujeto no se ha dignado a aparecer y ya pasó la hora acordada. ¿Sería bueno que me fuera? ¡Tengo hambre! ¿Quieres una hamburguesa?"
Hiyori ajustó su bolso escolar sobre su hombro antes de detenerse a contestarle, pero otro mensaje de Yato la detuvo.
"…¿puedes olvidar la hamburguesa?... lo siento…"
Una desagradable sensación le recorrió el estómago. Por supuesto, Yato estaba quebrado. Parecía olvidar de tanto en tanto que había tenido que regresar a compartir la vieja habitación del ático con Yukine, en casa de Daikoku. Hiyori sólo era capaz de medio imaginarse lo mal que debería sentirse el haber tenido todo a tu alcance, y de pronto no tener nada. Mordiendo su labio inferior, comenzó a elaborar otra respuesta, pero otro mensaje de Yato la hizo detenerse de nuevo.
"¡Me llamaron! Ya regreso." Al final Yato puso otro emoticon, compuesto de dos puntos y un asterisco. Los cabellos de la nuca de Hiyori se erizaron, y muy tiesa, guardó su Smartphone de nuevo y echó a andar, tratando que los que pasaban a su lado no notaran el brillo rojo de su cara.
Yato le dio la espalda al ventanal por el que miraba cuando vio llegar un Rolls Royce negro de vidrios tintados diez pisos más abajo. Cinco minutos después, Kunimi se asomó por la puerta que daba a la recepción.
-Pasa, por favor.
Terminó de escribir un mensaje para Hiyori y, sonriendo ligeramente, agregó dos puntos y un asterisco. Ignorando el suave calor debajo de sus ojos, cerró su celular y lo guardó en el bolsillo de su traje. Mientras andaba por un pasillo alfombrado detrás de Kunimi, se cercioró de que en el bolsillo interno del saco (que aún debía pagarle a Daikoku) estuviese la memoria USB (de Yukine) que tenía preparada.
Al final del pasillo alfombrado había una puerta doble. Kunimi abrió una de las hojas y le indicó a Yato que entrara, siguiéndolo de inmediato y cerrando tras ellos. Yato pudo observar justo frente a él una estantería con iluminación de spots llena de libros prístinamente ordenados. A su derecha había un ventanal adornado por cortinas azules que guiaba a un escritorio de cubierta de mármol. Como Kunimi le indicó, Yato tomó asiento frente a éste, a pesar de que la silla alta de enfrente estaba vuelta de espaldas. Luego de un minuto de incómodo silencio, Kunimi se aclaró la garganta. La silla se dio la vuelta de inmediato, y un hombre joven de cabello negro y pómulos prominentes apareció con una mano en la sien, el codo recargado en uno de los brazos de la silla, y la otra sosteniendo un libro sobre su pierna cruzada encima de la otra. Se veía ligeramente sorprendido, y un tanto molesto. Miró confundido a Yato, y luego a su empleado.
-…Su cita de las cinco, señor. – Repuso Kunimi ante la pregunta no efectuada.
-Ah. – Dijo el aludido, antes de enderezarse y desechar su libro con un gesto vago, que el empleado no tardó en recibir. – Discúlpame, Kunimi, debí haber estado distraído. – Se inclinó hacia adelante con interés, poniendo ambos codos sobre su escritorio y cruzando las manos delante de él.
- ¿Tú eres la persona de la que me habló Viina-chan?
Yato no se movió un centímetro. Indeciso, siguió estudiando las facciones de ésa persona.
-Me llamo Yato. – Atinó a decir, finalmente.
Su interlocutor regresó su cuerpo al respaldo de la silla, frotándose los labios con una de las manos.
-Kunimi.
-¿Señor?
-Tráeme el whiskey irlandés que llegó la semana pasada.
-De inmediato.
Con paso veloz, Kunimi salió de la oficina.
-Oye.
Yato respingó al llamado, aún sorprendido. El hombre le arrojó una cajetilla por el aire, que pescó con precisión.
-Red Apples. – Leyó en la cajetilla, y sonrió. - ¿Quién te enseñó esta mierda, Ebi?
-El peor perdedor del mundo. – Rió el aludido. – Te veías confundido.
-Y tú te ves fatal. – Replicó Yato con energía. – No me culpes por no estar seguro de que en realidad eras tú al principio. – Yato le arrojó de vuelta el paquete, luego de tomar un cigarrillo para sí. Ebisu le acercó el cenicero.
-El que está hecho carroña de autopista eres tú, mi amigo. – Yato soltó una bocanada de humo entrecortada por la risa ante la frase en español. – Estás en aprietos si Viina te envió conmigo.
-¿Quién te crees, "El Zorro"? – Masculló Yato. Luego agregó, murmurando, mientras Ebisu encendía su propio cigarrillo. - ¿Sabe algo de esto?
-¿Viina? – Preguntó su compañero, agitando el fósforo para apagarlo. Aún seguía siendo el mismo Ebi de antes, pensó Yato. – Nadie sabe nada de ninguno, Yato. Y apreciaría que la porquería se quedara en su lugar. – Expulsó una bocanada de aire por su cuenta, y lo miró con total seriedad. – Entre nosotros.
-¿Crees que alguien me creería que tengo algo que ver con el juez más joven de la Suprema Corte? ¿A mí?
-Creo que es posible que te ayude, entonces.
-¿Hay condiciones? – repuso, genuinamente sorprendido.
Kunimi entró portando dos vasos con un gran hielo perfectamente redondo y una botella alta con pátina plateada, sin etiquetas.
-Espero que te guste el whiskey en las rocas. – Fingió Ebisu.
-No es muy usual para mí. – Mintió Yato. El tono de ironía pasó inadvertido para Kunimi, quien se marchó al terminar de preparar los tragos. Ebisu siguió hablando una vez se cerró la puerta.
-Siempre hay condiciones para todo en esta vida, Yato.
Yato le dio un trago al whiskey, y miró con atención su vaso, que brillaba bajo la luz del atardecer y las luces de spot.
-¿…qué es esto?
-¿Sorprendente, verdad? – Sonrió el juez. – Es un whiskey preparado artesanalmente por una familia de los Balcanes con maíz de la región. El sabor es inusual, y producen muy pocas botellas al año.
Yato le dio otro trago al vaso.
-Soy afortunado. – Observó Ebisu.
-Si por "afortunado" implicas "bastardo con dinero", entonces sí. Eres afortunado.
-Podría jurar que acabas de pisar tu propia cola. – Dijo su amigo, y rio. – La tienes tan grande como Barney.
Yato casi se ahoga ante el último comentario. Ebisu se desternilló de risa al ver que su doble sentido había sido efectivo. Yato intentó limpiarse el alcohol de alrededor de su boca con la manga, antes de recordar que el traje era nuevo, y sacó su pañuelo del bolsillo.
-Sigues siendo igual de inesperado que siempre.
-¡Ah! – soltó Ebisu, y se levantó de su lugar, dirigiéndose a la ventana. Su constitución huesuda se contorneó contra el panorama citadino, aun brillando en la última hora de sol. Ante Yato, apareció varios centímetros más bajo, con un uniforme negro de secundaria, las agujetas desamarradas y un brazo en cabestrillo. Recordó su llanto. Recordó sus propios moretones y el sabor ferroso de la sangre en la garganta. También recordó una sonrisa luminosa y un par de relucientes ojos marrón que por un instante hicieron que se llevara una mano a la frente para detener el círculo que el cuarto comenzó a dibujar a su alrededor. – Me enorgullece decir que esa es mi marca personal. La mayor parte de quienes me conoce me llama "excéntrico", o "extraño", cuando tengo menos suerte. "Poco convencional" es lo que yo diría.
-Ambos sabemos que en realidad lo que quieres decir es "me importan un carajo las reglas".
Ebisu quitó la mirada del paisaje de su ventana y miró a su amigo.
-¿Cómo fue que nos perdimos el rastro? – dijo, con una sonrisa amistosa.
-Dejamos a los mocosos arrogantes con dinero detrás y seguimos nuestro propio camino. – Respondió Yato, observando la bola de hielo girar dentro de su vaso, luego de darle otro trago al licor.
Ebisu echó a reír, con buen talante, y regresó su interés a la ciudad de afuera.
-Todavía somos mocosos arrogantes con dinero, pero entiendo el punto.
-No. – Respondió Yato, y cambió de postura, relajándose más en la silla. – Vendieron todas mis posesiones y vaciaron mis cuentas de banco. – El silencio de Ebisu lo hizo seguir hablando. – Todo tiene mi firma.
-El hecho de que construyas otro tú, no quiere decir que el viejo tú desaparezca. – dijo Ebisu, con gravedad. – Sé mejor que nadie acerca de eso.
El joven sentado rió sin rastro de alegría.
-Somos una pobre excusa de adultos. A propósito, -agregó luego de una breve pausa. - ¿Cómo es que conociste a la psicópata?
-¡Ah! – Volvió a decir Ebisu, pero no dio señas de querer agregar nada más. Se limitó a reír por lo bajo. – Eso es volver a traer mucha basura a la superficie. Digamos, simplemente, que terminé debiéndole un favor, y eso nos trajo aquí.
Ebisu volvió a sentarse frente a él. Yato estaba perplejo.
-Debiste haber metido tu trasero en algo realmente serio para tener que deberle algo a la reina de los favores.
-Pan comido. – Respondió, moviendo su mano en el aire. – Lo suficientemente pequeño para que accediera a entrevistarme contigo.
La descarga eléctrica golpeó a Yato ahí mismo, en el sillón. Dejó que su cuerpo resbalara algunos centímetros más, dramáticamente, antes de suspirar y decir con talante derrotado:
-Ojalá nunca tenga que verlos juntos o se convertirá en un concurso para insultarme.
-De hecho es una maravillosa idea, ¿quieres que la llame?
-¡No no no no! – dijo Yato, moviendo los brazos con energía y regresando a su postura inicial en la silla - ¡Así estamos perfectamente bien!
Ebisu volvió a reír de buena gana, pero dejó que la sala quedase en silencio después.
-Verás, Yato. – Dijo, finalmente, luego de unos segundos, saboreando las palabras. – En realidad no considero que lo que estaría dispuesto a hacer por ti sea cubierto por el favor que le debo a Viina.
-¿De qué estás hablando?
Ebisu encendió otro cigarrillo.
-¿Traes tu material?
Sin un momento de duda, Yato le entregó velozmente la memoria USB con todo el material disponible al momento.
-De hecho – agregó su amigo, - estoy convencido de que éste material es muy bueno. Sin embargo, - hizo esperar a Yato dándole una buena calada al cigarro. – el favor que le debo a Viina no es tan importante como para enviar éste material a imprimirse de inmediato.
-¿Que harás QUÉ? – Yato se interrumpió, reacomodando su frase. - ¿Que tienes QUÉ cosa?
-Tal y como dices – sonrió el aludido, detrás de su vaso de whiskey, - sigo siendo el mismo de antes. Aún me siento como un mocoso de secundaria, arrogante y con complejo de chico malo.
Su amigo se levantó de la silla.
-¿Iniciaste… tu propia disquera?
-Y tú sigues siendo asquerosamente astuto.
-Ebisu…
Su amigo volvió a reír. La cara de incredulidad de Yato era demasiado cómica.
-Es un sello "independiente" y "discreto". – le dijo, entre carcajadas. – Sin embargo, estoy dispuesto a tomar una buena apuesta.
-Me atrevo a decir que la disquera no está realmente a tu nombre.
-Como te digo, me sorprende que sigas siendo igual de brillante.
-"Te sorprende…"
-Oh, vamos, todo mundo sabe que uno se vuelve estúpido con los años. De hecho -dijo, apagando con fuerza su cigarrillo en el cenicero y guardando la memoria USB en el bolsillo de su chaleco. – te estoy haciendo un cumplido.
Yato trató de sacudirse el resto de perplejidad que le quedaba llevándose la mano a la nuca. Luego la llevó junto con la otra al respaldo de la silla que había estado ocupando. El cuero se torció y crujió bajo la presión de sus dedos.
-¿Qué tengo que hacer?
-Ahí está el detalle. – agregó el juez, con extrema seriedad. A Yato le sorpendió el repentino cambio de atmósfera. – En sí, de momento no puedo decirte.
-No me jodas, Ebi.
-Escúchame. – Ordenó el otro, y Yato se congeló, sosteniéndole la mirada. Ebisu encendió un puro. – Estoy jugando al gato y al ratón. Quisiera darte tantos detalles como me fuese posible, pero lamentablemente no puedo.
-Básicamente me estás pidiendo que de un salto a ciegas.
-En efecto.
Yato lo volvió a masticar por unos momentos. Podía ser cualquier cosa. Conociendo a Ebisu incluso podía resultar ser algo peligroso. Él no tenía límites, y muchas veces había dicho claramente que la moral era un freno al avance humano.
-Es muy arriesgado. Hasta donde sé podrías pedirme que me matara en este momento.
-Nunca me ha interesado que mueras, Yato, no seas melodramático.
-¡Es precisamente el uso de la palabra "interés" en tu frase lo que me hace dudar! Lo siento, Ebisu. No tengo tanta confianza como crees.
-Entonces, - dijo el otro joven, - lo lamento, Yato, no puedo ayudarte.
La mano extendida de Ebisu le devolvía la memoria USB. Yato estaba a punto de tomarla, cuando su mano tembló. Esto no pasó desapercibido ante la mirada de su antiguo amigo.
-No tienes el valor ni siquiera de negar la ayuda que se te ofrece. No puedes ser un maldito tibio toda la vida. – Yato clavó su mirada en el suelo, y retiró más la mano. – No te estoy pidiendo confianza, - continuó Ebisu, - te estoy pidiendo todas las agallas que tengas.
Yato llevó ambas manos a sus ojos y talló con fuerza. Si no accedía, ¿para qué había sido todo esto? Si no accedía ¿cómo podía volver a ver a Daikoku y a Kofuku y a Yukine a la cara? Si decía que no, ¿qué pensaría Hiyori sobre él? Y si decía que no, ¿qué otra cosa podía hacer?
-De acuerdo. -Dijo, dejando caer las manos pesadamente a los costados. – Siento que estoy vendiéndole mi alma al diablo.
-Y tienes toda la razón, amigo. – Dijo Ebisu, retirando prestamente la mano con la USB, la cual se guardó en el bolsillo de su chaleco. Se reclinó en su asiento y cruzó la pierna. Yato escuchó el cuero crujir bajo su peso. Quiso irse de inmediato.
-Probablemente no vuelvas a saber de mí en mucho rato. – Continuó Ebisu, con voz autoritaria. Le estaba dando instrucciones. – De momento te retirarás, pero llegarán a buscarlos en un par de días.
-¿Hay algo que deba saber sobre el pago? – Masculló Yato con amargura, dándose la vuelta.
-Nada todavía. Sólo puedo decirte una cosa. – Respondió Ebisu, adelantándose para acompañarlo a la salida. Como todo un profesional, pensó el otro. – Algún día sonará tu teléfono, y seré yo. – y añadió, crípticamente. – Ése día, necesito que actúes exactamente como te lo pido. Y mientras tanto…
-¿"Mientras"?
-Tendrás mes y medio para producir algo que me guste.
-¿Tienes algo en mente?
Ebisu lo miró con ojos de halcón.
-Impresióname.
Yato salió del edificio a encontrarse con Hiyori con las piernas temblorosas.
Ookuninushi, como todos lo conocían, era un hombre sureño de piel tostada y el hábito de gritar para todo. A pesar de su rostro temible tenía muy buen humor (algo indispensable para ser socio de Ebisu, pensó Yato) y era bastante accesible cuando no tenía que correr de un lado para otro trabajando. Rápidamente se les asignó un estudio de grabación exclusivo, y Yato agradeció que hubiese instrumentos disponibles. Yukine siguió rehusándose a tocar con otro bajo que no fuese el suyo, así que el primer día de trabajo formal maniobró con el estuche al ponerlo en el suelo y botar los seguros con sumo cuidado.
Hiyori observó a Yato caminar a través de la habitación ése mismo día. Las paredes acolchadas en tono rojo vino hacían que se viese acogedor, aunque la luz de tungsteno no le daba el aire glamuroso que tenían otros estudios en los que ella había estado antes. Aun así, Yato pasó las yemas de sus dedos por cada superficie metálica que encontró, recorriendo el cuarto lentamente, hasta llegar al fondo de la habitación, de donde recogió una de las guitarras alineadas en sus bases contra la pared. De inmediato eligió una Fender Jag Stang color blanco, observándola con cuidado y jugando un poco con los pequeños pernos de la parte frontal, antes de conectarse a uno de los amplificadores. Modificó el sonido a su antojo mientras afinaba, y una vez que logró sacarle un gruñido ronco, levantó la cara. Todos sus compañeros lo miraban, y sonrió incómodo.
-Ha pasado tiempo.
-Inténtalo, basura. -Soltó Yukine, poniéndose de pie después de conectar su bajo a su respectivo amplificador. – Eres tan desgraciado que seguro sigues siendo el mejor guitarrista de todo Tokyo.
-Lo sería aunque sólo tuviera una sola mano. – Daikoku se arremangó y movió uno de los tambores de piso.
-¿Será? – rió Yato con suavidad. Se congeló el tiempo después del primer acorde. Con los dedos sudorosos aseguró la posición de la plumilla y dejó que las notas se corretearan entre sí. Escuchaba su propia respiración, pausada y pesada debajo de sus costillas. Sintió su corazón saltar en cuanto prestó un poco de atención a lo que hacía y descubrir que de hecho tenía sentido. "Más rápido", pensó, y sus dedos se movieron a la par. Metido en su mente, con los labios entreabiertos, sus ojos deambularon y aterrizaron en Hiyori, que por alguna razón fue capaz de soportar su perforante mirada, imitando su expresión de ligera sorpresa. Los pies de Yato de repente sintieron con contundencia las suelas de sus botas, sintió la presión del cinturón sobre los huesos de su cadera. La chica cruzó un brazo hacia el otro frente a sí, y le sonrió dulcemente. Para Yato, el "aquí" y el "ahora" convergieron en ese momento, haciendo que el mundo a su alrededor, hasta el momento confuso e inestable, se volviera tan tangible como la plumilla que tenía entre los dedos. Sintió el aire en sus pulmones y el zumbido del transistor del amplificador, y dejó de tocar. Casi no escuchó los elogios de los demás al mirarse las manos por ambos lados, y cerrarlas y abrirlas frente a sí. El pequeño pero brusco abrazo de Yukine lo distrajo de su propia diatriba interna, y volvió a buscarla con la mirada. Esta vez estaba justo a su lado.
-Bienvenido, Yato. – Le susurró. Sin percatarse mordió ligeramente su labio inferior antes de sonreírle, y el joven enrojeció al responderle, susurrando también.
-Estoy en casa.
-¿Y bien? – soltó Daikoku por encima del bullicio. - ¿Qué haremos? ¿Vamos a retomar lo que perdimos?
-Por supuesto que no. – Dijo Yato, y al ver que todos guardaron silencio, sonrió y comenzó a practicar acordes. – Creo que es mejor empezar de cero.
-¡Eso es Yatty!
-Además – agregó, mirando a Hiyori. – Quiero intentar algo más arriesgado.
-¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AQUÍ?! – luego de exclamar eso en el vestíbulo del estudio de Ookuninushi, que por cierto se encontraba frente a ellos, observándolos perplejo, Yato había tenido que ser detenido de un brazo por Daikoku para no abalanzarse con aire amenazador sobre Viina, que platicaba casualmente con el administrador. La aludida simplemente soltó un bufido burlón y sacudió su melena.
-¿Te atreves a hablarme así después de que prácticamente te salvé el pellejo hace semanas?
Yato fue interrumpido por el resto de su banda, los cuales se aproximaron a saludar a Ookuninushi y a Viina.
-Viina-san, -se atrevió Yukine, - ¿Kazuma no vino hoy contigo?
-Le pedí a Kazuma que se encargara de unas cosas, pero le diré que mandaste saludos. – Contestó la rubia.
-¡Momento! – Yato asió por el cuello a Yukine y lo atrajo hacia sí. - ¿Ahora eres amiguito de Kazuma?
-¡Suéltame, mojón! – Yukine forcejeó tratando de liberarse del agarre de su amigo. -Para que sepas, Kazuma nos ayudó bastante cuando estuviste ausente, y de hecho me está enseñando a tocar el teclado y muchas cosas sobre música que jamás hubiese aprendido de ti.
-¡Ya verás, mocoso!
-Y a todo esto, Viina-chan – interrumpió Ookuninushi. Hiyori hasta entonces se percató de que el impreso de su camisa hawaiiana en realidad ostentaba conejitos en diferentes posturas. -¿Qué tal lleva Kazu lo del lanzamiento?
-Ah, bien… -Viina hizo una breve pausa para recolectar sus ideas. – Es una labor muy cansada, y se estresa en demasía cuando nos retrasamos con algo, pero ya está planeando el siguiente disco.
-Kazuma es en realidad una máquina de trabajar. Pobrecito. – Canturreó Kofuku, ignorando los gritos de Yato y Yukine correteando al fondo.
-Descuida, lo alimento tres veces al día. – Bromeó Viina, provocando un suspiro en Ookuninushi.
-Ahora veo cómo es que puedes ser amiga de Ebisu.
-Es un tipo simpático. Lo cual me recuerda… – dijo ella, subiendo el volumen para hacerse escuchar – Hoy vengo específicamente por ti, renacuajo.
Yato soltó a Yukine que se quejaba bajo el peso de los nudillos en su coronilla.
-¿De qué hablas?
-Empaca tus cosas y mueve tu gordo trasero al auto.
-¡Mi trasero no es gordo! Y no tengo por qué dejar que me lleves a ninguna parte, ¡me dan arcadas!
-Iki-san. – Viina miró a Hiyori significativamente. Yato la miró, ¿qué estaba pasando? ¿por qué de repente parecía como si a la chica le pesaran los párpados?
-Yato, por favor, ve con ella. – Y luego de una corta pausa, casi imperceptible, en la que aprovechó para recolectar fragmentos faltantes de su voz, dijo: - Yukine y yo estaremos contigo.
-¿Qué estás tramando? – Yato le dirigió a la rubia una potente mirada.
-Lo sabrás cuando lleguemos.
Si los vidrios polarizados del BMW M4 negro de Viina lo hubiesen permitido, el Yato del asiento del copiloto hubiese parecido, ante los ojos de cualquiera, que estaba experimentando el peor viaje de toda su vida. Viina amaba la velocidad, y conducir lento realmente no era su fuerte. Incluso Hiyori y Yukine se sentían intranquilos en el asiento trasero. Al parecer la rubia disfrutaba de hacer que Yato le reprochara sus intenciones de asesinarlos a todos para poder hacerle notar su carencia de hombría y lo mucho que había cambiado su actitud. No hace falta decir que todos se sintieron aliviados cuando Viina finalmente detuvo el auto para entrar al estacionamiento subterráneo de un edificio residencial en mitad de Takadanobaba, un vecindario cercano al centro de Shinjuku.
Yato levantó la vista hacia los veinte pisos que se inclinaban sobre él. El exterior, aplanado en amarillo, podría usar una mano de pintura. Sus dos amigos siguieron el taconeo de las botas altas de Viina sobre el piso de granito al interior del edificio, dejándolo confundido en el estacionamiento.
-¿Hiyori? – se atrevió a llamarla, antes de seguir dubitativo por un pasillo que guiaba hacia un lobby desierto, en donde solo había un par de bancas, dos maquinitas expendedoras y dos elevadores. Viina lo miraba impaciente desde uno de los ascensores, presionando el botón para mantener las puertas abiertas. Yato se escurrió entre los tres, sintiéndose de repente muy pequeño. La rubia detuvo el elevador en el quinto piso, y salió a un pasillo lleno de puertas por un lado. El otro era una simple veranda que daba a la avenida y ofrecía una bonita vista del centro comercial de unas cuadras más hacia el interior del barrio. Tras él, un tren eléctrico pasó a toda velocidad con un murmullo traqueteante. El chico observó a Viina tocar un interruptor de plástico amarillento y llamar inmediatamente.
-Kazu.
-¡De inmediato! -contestó una voz en el interior.
Confundido, Yato observó el cambio de manos de un par de llaves y el hecho de que Kazuma estaba indicándole que entrara al apartamento.
-C-con permiso… - musitó, y entró seguido de los demás. Un desnivel en el recibidor te instaba a remover tus zapatos. Varios pares de pantuflas esperaban alineadas un escalón más arriba, desde el cual se extendía el resto del departamento. La primera sección era una sala-comedor, desde la cual se podía entrar a las diferentes secciones. Una puerta sin cerrojo con un visillo redondo daba paso a la cocina, en el ala derecha. La puerta del ala izquierda era un baño diminuto, con todo lo necesario. Al fondo, una puerta corrediza se abría para dar paso a una habitación también reducida, pero que tenía su propio balcón y piso de tatami. La vista por el otro extremo era mucho más bonita, dejando apreciar un río flanqueado de árboles y un puente peatonal.
Yato no había dicho una sola palabra en un buen rato.
-¿Y bien? – presionó la rubia.
-¿Qué diablos es todo esto? – Yato no se atrevía a levantar el rostro.
-Gracias por traerlo, Iki-san. – Cortó Viina. – Creo que desde aquí puedo arreglármelas sola.
Yato volteó a mirar súbitamente a Hiyori, quien sonrió sin alegría y se dispuso a salir.
-¡O-oye, Hiyori! – exclamó el chico, agitado por el pánico. -¡Yukine!
-¡Tranquilo, viejo! – Rió el segundo.
-Estaremos afuera. – Se limitó a indicar Hiyori, con un tono dulce. Kazuma salió tras ellos.
Él y Yukine se adelantaron a comprar algo caliente de beber (el pasillo estaba frío), y Hiyori se quedó atrás, apenas iluminada por un foco titilante al pie de las escaleras que guiaban al piso inferior. Viina le había pedido, muy insistentemente, en que la ayudara a que todo saliera como hasta el momento. Recordaba que había pasado a buscarla a su escuela en el mismo flamante automóvil, y la sonrisa con restos de arrepentimiento que mostró al decirle que Yato jamás iría solo con ella por su propia voluntad, por mucho que lo pidiera. El desasosiego que la invadía ahora que todo había salido tal y como la hermosa cantante había deseado la hacía querer envolverse en su propio ombligo. Implotar. Desaparecer. ¿Por qué?, se preguntaba, ¿ahora qué?, y por supuesto, no encontraba respuesta. Simplemente la pregunta constante de ahora qué, ¿qué?.
"¿Exactamente qué estabas esperando que pasara, Hiyori?", le preguntó la voz dentro de su cabeza. En su mente repitió las imágenes de los últimos meses. En especial encontró belleza en un recuerdo de Yato ensayando, con el cabello recogido, de perfil a ella, hablando con Daikoku con una gran sonrisa y ojos chispeantes. Quizá uno vive para esos pequeños momentos de felicidad, pensó. Quizá la felicidad no es algo constante ni que te pertenezca. Sintió el piso frío de las escaleras en contacto con su falda, y rodeó sus rodillas con los brazos, haciéndose un ovillo en un rincón. En cuanto soltó el asa de su mochila se sintió perdida. Tenía el pecho hecho piedra, y ella misma regañó a la ingenua Hiyori por creer que las cosas podían ser de otro modo. De algún modo, siempre supo que Yato volvería, tarde o temprano, a ocupar el lugar al lado de Viina, un lugar al que ella, siendo tan diminuta, jamás podría subir.
Viina y Yato se miraron, incómodos.
-Mejor comienzas a hablar antes de que salte por el balcón. – Apuró él, apretando los puños con los brazos tensos a los lados de su torso.
-¿Si me quedo callada le haré un favor a la humanidad, entonces?
-Eso quisieras. – Rió Yato con amargura.
Viina cruzó los brazos y caminó por la habitación vacía con paso lento.
-¿Qué te parece? – preguntó, tirando por la borda cualquier plan de repensar su frase para hacer que sonara menos sugerente.
-Es mejor que mi sótano, definitivamente.
-Y la zona es indudablemente mejor que ése basurero.
Yato no rio ante el chiste. Luego de un silencio más o menos largo, dijo: -Primero Ebisu, y ahora un departamento -Y agregó con un tono altanero: - Sólo para que sepas, no tengo ninguna intención de casarme contigo. Lo nuestro nunca funcionaría. – Pausó otro poco, y continuó: - ¿Por qué estás haciendo esto?
Esta vez, la rubia lo miró con un par de perforantes ojos violeta, casi con furia.
-Porque te detesto. Y no soporto deberle favores a gente que detesto.
