Whole lotta love – Led Zeppelin.

Masaomi volteó a verla más rápido de lo que un halcón voltea la cabeza cuando detecta un ratón. Petrificada ante las atentas miradas, Hiyori sólo atinó a reír nerviosa.

-¿De qué hablas, madre? – Trató de lucir casual, dándole un trago a su cóctel.

-Sí, ¿de qué hablas, madre? – Secundó Masaomi. Su hermana lo miró, y le dio otro trago a su cóctel al darse cuenta de que no estaba mirando a Sayuri.

-Bueno, es evidente. – Su madre abrió los brazos ligeramente, señalando la obviedad. – Últimamente cada que vienes a vernos has estado de muy buen humor, y tus ojos se pierden en la distancia muy a menudo, querida. – Hiyori la miró, con la boca entreabierta. Su madre esperaba que la epifanía le marcase el rostro, pero eso no sucedió. Insistió luego de unos instantes. –Estás enamorada.

Instintivamente la chica miró a su hermano buscando apoyo, pero su cara se contorsionaba en la comprensión que no alcanzaba a iluminarse en ella, dando paso inmediatamente después a una ira embotellada que no tendría más remedio que explotar. La mandíbula de Masaomi echada hacia delante resonó dentro de la mente de Hiyori con un nombre, que trató de ahogar en el último trago de su cóctel. No encontraría soporte en su hermano mayor, y los aretes le pesaron más que nunca cuando sacudió su cabeza, fingiendo confusión, y su voz jamás le había fallado tanto al reír cuando en realidad lo único que podía pensar era en ése nombre, en esos ojos y en esa voz.

-En verdad no tengo idea de dónde sacaste esa idea, madre. -Sentía el rostro como de goma al sonreír. Intentó darle otro trago al cóctel, encontrándose con el fondo vacío y arrepintiéndose de haber escogido una bebida sin alcohol.

Aunque comúnmente jamás bebía.

Su padre le desprendió la copita de las manos y la depositó en la charola de un mesero que iba pasando.

-Ay, vamos, cariño, no seas tímida. – Presionó Sayuri.

-Sí, Hiyori, dinos. -Insistió su hermano, gélidamente. – Estoy seguro que se trata de una persona ejemplar.

La cáustica voz le heló la sangre y se halló imitando el rostro enfurecido de Masaomi, mirándolo fríamente a los ojos, mientras su madre dio un chillidito y se le acercó aún más.

-¿Lo conoces, cielo? Dime, Hiyori, ¿dónde estudia? ¿es de alguna de las familias que conocemos? -Y susurró, sugerente: -¿Es guapo?

La muchacha retiró la mirada de su hermano y la posó en ningún lugar en particular, de repente sumamente consciente de su piel electrificada, el latir casi doloroso de su corazón en sus costillas y la garganta seca. ¿Que si era guapo? Se cuestionó mentalmente, asediada por el recuerdo de la primera vez que lo vio en la calle, los pómulos arrogantes, nariz delgada y esos malditos ojos…

Escuchó a su madre de nuevo, a la distancia, aclarándole que estaba enamorada tan simple y llanamente que se sentía idiota ante lo contundente de la evidencia que tenía. ¿Así que de eso se trataban los celos espontáneos, la quemazón que le ocasionaba su mirada, lo ardiente de tenerlo cerca, la picazón de la piel ante el más ligero roce, las miradas furtivas a su boca, lo atrayente del olor inexplicable de su cuerpo y la ansiedad de su voz vibrando -ronroneando en su oído? Ésa puerta en su interior, la que había tratado de ignorar los últimos meses, acababa de ser abierta, y no sabía muy bien qué hacer ante el golpe repentino de tanta información.

-No lo conozco, madre, pero seguramente Hiyori tiene tan buen juicio que de seguro no es un vago sin ocupación ni un drogadicto.

La vuelta a la realidad le terminó de congelar las extremidades y dejó su estómago ardiendo como aquella vez que fue suficientemente torpe para acompañar a sus amigas a la comida koreana. Ésta vez, sin embargo, tenía más que ver con el hecho de estar furiosa, no solo con su hermano, sino con las circunstancias que la rodeaban: su madre pringada de su brazo tratando de obtener respuestas, el parloteo de las voces a su alrededor y la mirada fija de su padre en su rostro.

-Con el debido respeto, madre – comenzó, más sorprendida ella misma de la claridad de su dicción, mientras volvía a mirar a su hermano fijamente – esto es simplemente absurdo. Si existiese alguien, te lo hubiera dicho.

-Porque en ésta familia no guardamos secretos, ¿no es verdad? -apuñaló Masaomi de vuelta.

-Así es, hermano; por ejemplo, estoy segura de que nos contarías a todos acerca de tu doble vida nocturna, si tuvieses una.

-Ya basta, ustedes dos. – Se alzó por primera vez la voz de su padre. – Querida, estoy seguro de que Hiyori nos dirá si existe alguien en su vida aparte de su familia – Hizo una pausa en las palabras dirigidas a su esposa para enfatizar lo siguiente – a su debido tiempo y cuando ella lo decida. Ya no es una niña pequeña. Ahora, si me disculpan… - Dejó la frase flotando en el aire para tornarse a saludar a un antiguo colega que llevaba esperando al margen de la escena más tiempo de lo apropiado.

Sayuri lo miró alejarse petrificada, imitando la cara de sorpresa de su hija momentos antes. Hiyori aprovechó su estado para emprender la huida.

-Con su permiso, debo ir a coordinar el brindis.

Masaomi siguió con la mirada el trayecto de su hermana mientras pasaba junto a él y se dirigía a la parte trasera del salón con paso seguro. Poco después se percató de que su madre lo miraba con el rostro contorsionado, a punto de echarse a llorar.

-¿Eres gay? – Le preguntó en un susurro áspero, mirándolo fijamente.

-¿¡QUÉ!?


Se forzó a decir su nombre dentro de su mente. La simple sensación de resonancia de ésas dos sílabas dentro de sí misma la hizo tener que recargarse en uno de los pilares del recinto mientras los meseros servían aperitivos. Para otros ojos, simplemente lucía exhausta. El suspiro que soltó después no haría más que confirmarlo, pero Hiyori ardía por dentro. Incómoda, repasó el salón con la mirada, sin saber muy bien qué hacer, a dónde ir, o dónde posar los ojos para obtener un momento de descanso real y recobrarse a sí misma de la batalla que, ahora se daba cuenta, estuvo luchando contra sí misma a lo largo de varios meses.

¿Cuándo había sido? La pregunta no sólo le sonaba estúpida, sino que fuese cual fuese la respuesta, ni siquiera tenía sentido. En el fondo siempre lo había sabido, desde que sus ojos se encontraron por casualidad en la calle. Yukine tenía toda la razón, no hubiese saltado por cualquier persona frente a un automóvil.

¿Que si era guapo? "¿Qué pregunta es ésa, madre?" por supuesto que lo era. Lo recordó mirando intensamente una partitura en una mesa del estudio de Ookuninushi, con los ojos azules iluminados por un fuego interno, la expresión casi enfurecida por la concentración, con una mano larga incrustada entre su frente y el nacimiento de su cabello, mandando mechones negros entre sus dedos en las direcciones más inverosímiles, con el lápiz en la otra mano, borrando, corrigiendo, calculando, para finalmente frotarse la cara y la cabeza con ambas palmas abiertas, dejándose caer sobre los codos y mirándola de pronto, enviando una parálisis inmediata hacia todo su cuerpo, relajándose en cuanto su cara le cambió por una un tanto más serena, para luego sonreír y volver con diligencia a su trabajo. Para ella, su belleza era cruda, salvaje, indomable, tanto que las reacciones que le ocasionaba la mayor parte del tiempo eran iguales, inesperadas, viscerales, básicas. Podía hacer que se enfureciera con él y al momento siguiente…

No pudo completar la idea sin sonrojarse profusamente. Entró al baño apresuradamente y se miró en el espejo de la pared, recargando sus manos en una de los lavamanos. En un impulso de último momento había decidido usar maquillaje. Su rostro respondía a su reflejo del mismo modo que siempre, dada la suavidad con la que había decidido colorear todo. Se preguntó por un breve instante si él la vería como algo más que una mocosa de dieciséis años con más maquillaje del normal. Recordó a Viina y el aire de madurez que despedía, incluso en fotos anteriores. Se recordó a sí misma que probablemente Yato (ignoró la vibración renovada del nombre en cada músculo de su cuerpo, resonando incluso hasta sus huesos) la veía como poco más que la vocalista de su banda. Inmensamente insatisfecha con su propia respuesta (por supuesto, ¿en qué estaba pensando?) se acomodó el pasador plateado que adornaba su peinado y salió de inmediato del baño.

Maldijo para sí misma al aproximarse a la mesa de sus padres y recordar que ella misma había distribuido a los invitados. Había acomodado a Masaomi junto a ella durante la cena. Tratando de no titubear al caminar, se dirigió a su asiento antes de que él llegara. Una vez que se sirvió el primer tiempo, la silla a su derecha se movió repentinamente y Masaomi se sentó, desabotonándose el saco.

-Gracias por lo de hace rato – Escupió mordaz, en voz baja, mientras se acomodaba los puños de la camisa. – Nunca me había divertido tanto tratando de convencer a mi madre de que no soy homosexual.

Hiyori tiró la cuchara dentro de la sopa, y susurró una disculpa por el ruido. Un mesero le cambió el plato plano por otro sin manchas de sopa.

-No hables como si fueras inocente. – Contestó, en voz igual de baja, titubeante.

-Simplemente no lo puedo creer. ¿Ése rufián…?

-Creí que era tu amigo. – Le espetó la chica, sin dejarlo continuar.

-Lo conozco lo suficiente para saber que no te conviene. Y aparentemente tú lo sabes también porque no dejaste que mi madre supiera nada de él ni…

Masaomi derramó una copa de agua tratando de alcanzarla dado el agudo dolor de su espinilla, donde su hermana lo había pateado.

-¡Baja la voz! – le susurró ella, entre dientes.

-¡Eres una salvaje! -Susurró por su parte su hermano, tratando de reprimir las lágrimas mientras un mesero limpiaba con eficacia la mesa y otro más le servía una nueva copa de agua.

-¿Está todo bien? – Escucharon a su padre preguntar, inclinándose hacia el frente para poderlos ver desde detrás de Sayuri.

-Sí, padre. – Contestaron ambos al unísono.

Hiyori alcanzó a atisbar a su abuela dirigiéndoles una preocupada mirada de reojo. Una vez que su padre regresó su atención al resto de su sopa, Masaomi volvió a dirigirle un susurro áspero a su hermana.

-¿Ves lo que ocasionas?

-¡Definitivamente no es culpa mía! – Replicó ella, tratando de que la indignación no le elevase demasiado la voz.

-Solo espero, por tu propio bien, - Le dijo él, inclinándose un poco hacia atrás, dejando el camino libre para el mesero que le sirvió el segundo tiempo – que todo esto sea un malentendido.

-¿Por mi propio bien? – Hiyori interrumpió sus cubiertos y sacó su atención de su carne a medio cortar, -¿Eso qué diablos se supone que significa?

-Significa exactamente lo que te dije desde el principio, hermana. Deja de frecuentar a quien no te conviene. Y si a esto le añades…

-¿Es decir que no solo soy incapaz ante tus ojos de elegir a mis amistades, sino que tampoco tengo permitido enamorarme de alguien no aprobado con antelación en una reunión familiar?

Ambos se miraron a los ojos, y Masaomi enterró la cara en las manos, mientras Hiyori palidecía por lo que acababa de decir. Su hermano levantó la mirada para pedir que le rellenasen la bebida, mientras que ella volvió a picar su carne con el tenedor. De repente había perdido el apetito.


Trató de mantener su concentración puesta en finalizar la noche, luchando entre el recuerdo de Yato (¿Qué estaría haciendo en este momento?) y resistir el impulso de enviarle un mensaje de texto (¡NO! ¿Cómo se supone que iba a hablar con él ahora?) y también tratar de ignorar la incomodidad que la inundaba cada que percibía a su hermano en el perímetro, ayudándole a terminar con los últimos arreglos del salón y el banquete, mientras los empleados comenzaban a limpiar. Pasaba de medianoche, y sus padres se habían retirado junto con el resto de los invitados.

Cómo le apetecía deshacerse de los malditos tacones y tomarse una taza de té en la sala de su abuela. O quizá (tragó pesado al ocurrírsele) sentada en un zabutón de segunda mano frente al kotatsu que Kofuku había donado para el departamento nuevo de Yato. Lo vio con toda claridad acercándole una taza de cerámica humeante para sentarse a su lado (mientras discutía con Yukine, porque evidentemente Yukine también estaba ahí, pensó con velocidad).

El tintineo de una caja de copas de cristal siendo cerrada la trajo súbitamente a la realidad. Su abuela le tocó con suavidad el hombro.

-¿Todo bien, querida?

-Uh… - titubeó Hiyori. – Ya que esté todo listo para irnos estará todo bien.

-Sólo nos falta esperar a que cierren y podremos irnos. ¿Llevas todo?

-Sólo falta mi abrigo.

-Ve y recógelo mientras yo llamo al taxi.

Hiyori dio tres pasos y se frenó en seco.

-¿Taxi…?

-Masaomi se disculpó conmigo hace cinco minutos y me dijo que tenía que atender un asunto importante de inmediato, así que no podría…

-¡ABUELA! – la chica corrió y se prensó de ambos brazos de la anciana. No necesitó decir nada más, la honorable señora supo leer el pánico en su cara.

-Vete rápido, yo me encargo del resto. – Le dedicó una sonrisa benevolente, mientras la chica se disparó hacia la puerta delantera, y levantó un poco más la voz. -¡No olvides el abrigo!


Pagó por adelantado el viaje, insistiéndole al chofer que se quedara con el dinero extra dado que necesitaba que llegara rápido. Ante la urgencia de la orden, el taxista le advirtió que se abrochase el cinturón de seguridad y subió a un circuito citadino de paga, a través del cual aceleró.

Masaomi no sabía cuál era la dirección actual de Yato, pero había convivido tanto tiempo con ellos, que Hiyori estaba segura de dónde buscaría primero.

Esperó con todo el corazón que nadie estuviese en casa.


Con los shoji recorridos para guardar el calor, el restaurante de afuera no alcanzaba a iluminarse más que con unas bonitas farolas rojas de papel que colgaban encima de las mesas más cercanas al estanque. Yato posó su tercera copa de sake caliente sobre la mesa y recibió, aterido, el té que Daikoku le alcanzó por encima de un Yukine que leía un libro, panza abajo cubierto por el manto del kotatsu.

-Te dije que debías revisar el equipo perfectamente. – Le gruñó Daikoku, sirviendo otra taza de té para Yukine.

-¡No tenía idea de que el calefactor se descompondría a mitad del invierno! ¡Lo resolveré en cuanto pueda! ¡Ten compasión! – Lloriqueó Yato, calándose el jersey al cuello y tratando de esconder sus orejas del no tan cálido entorno.

-¿Huh? – musitó Kofuku de repente, dejando de mirar el televisor. Había escuchado el derrapar de llantas en el camino frente a la tienda. Luego del portazo del automóvil cerrándose, Daikoku resopló, aproximándose al shoji.

-¿Quién rayos viene a esta hora? – y vociferó, fastidiado. -¡Lo siento, estamos cerrados!

-¡En verdad lo siento, pero soy Sera… Iki Masaomi! – dijo el recién llegado.

Daikoku abrió el shoji y un poco de luz bañó los anteojos del hermano de Hiyori. El hombre observó su traje gris y la corbata debajo del abrigo.

-¿No deberías estar en la fiesta de tus padres?

Los pasos detrás de Daikoku sonaron en el suelo de madera con firmeza, apresurados.

-¿Sera? ¿Qué ocurre? ¿Pasó algo malo? ¿Dónde está Hiyori? – preguntó Yato, casi sin detenerse a respirar. Asomado debajo del brazo extendido de Daikoku, observó el entrecejo del muchacho fruncirse hasta que sus pobladas cejas casi se tocaban. La quijada trabada hacía perfecto juego con el bufido que le escuchó proferir, antes de que dos puños lo levantasen de la sudadera.

-¡BASTARDO! -Gruñó Masaomi, arrastrando a Yato tras de sí por el pasillo de máquinas expendedoras, y arrojándolo al exterior de la tienda de un derechazo en la quijada. Yato cayó al suelo en posición fetal, y se arrastró hacia la derecha de la tienda, quejándose por el dolor. Masaomi volvió a levantarlo de la sudadera y lo miró con desprecio a la cara. Le había roto el labio inferior. Yato trató de desprender las manos del joven, intentando aclarar su mente y librarse del zumbido de aturdimiento. Al recibir el puño izquierdo del chico en un pómulo que lo tiró hacia su derecha, trató de analizar la situación. El hermano de Hiyori, Sera Kaii, el amigo que había apostado por ellos cuando nadie más lo hacía, estaba en casa de Kofuku, tratando de matarlo. Lo sabía muy bien por la expresión que el joven llevaba al mirarlo. ¿Pero por qué?, se preguntó, arrastrándose de nuevo, mientras un agudo dolor en el costado le indicó que Sera le había propinado un puntapié en las costillas. Yato se envolvió dentro de sí mismo, protegiendo el lugar donde había recibido el golpe con el antebrazo, y a través de sus ojos nublados del dolor, dirigió una mirada hacia su agresor, que se acercaba de nuevo con paso seguro hacia él, seguido de cerca por un Daikoku que se veía más enorme desde el piso. Siendo más alto que Masaomi, Daikoku lo giró con fuerza del hombro, deteniéndolo del brazo, y le dirigió un gancho al estómago que lo dobló y lo hizo toser, pero reaccionó antes de que Daikoku alcanzase a inmovilizarle el otro brazo.

-No sé qué asunto tengas con ésta basura – comenzó el mayor, hablando con una frialdad espantosa. – Pero no me gusta que lo golpee alguien que no sea yo.

-¡Yato! – Gimió Yukine, corriendo hacia él. Yato se había puesto de pie penosamente.

-¡Manténte fuera de esto, Yuki! – Le soltó Yato, con tanta firmeza como pudo. La distracción fue suficiente para que Masaomi le propinase un rodillazo en la ingle a Daikoku, quien se dobló del dolor, soltándolo y dejándolo pescar a Yato por la ropa de nuevo, azotándolo contra la pared de la tienda.

-¡Kokki! -Lloriqueó Kofuku. - ¡Yatty! – gimió otra vez, sin saber a dónde correr.

-Vas a hablar, maldita escoria. – Le dijo, enterrándole el antebrazo en el cuello - ¿¡Qué le hiciste a mi hermana!?

Luego de abrir los ojos en sorpresa, Yato trató de empujar el brazo de Masaomi para liberarse. Con un susurro áspero, alcanzó a preguntarle: -¡¿Qué le pasó a Hiyori?!

El chico le dio otro puñetazo con la derecha antes de arrojarlo de nuevo cerca de la entrada. Lo alcanzó y le propinó otro puntapié. Yato tosió y esta vez su saliva le supo a sangre.

-No trates de mentirme, hijo de puta. – Masaomi se acuclilló junto a él y lo obligó a mirarlo jalándolo del cabello. – Sé muy bien cómo haces tus "conquistas".

-No sé de qué estás hablando – Contestó, adolorido. Renovando su expresión enfurecida, Masaomi le asestó otra patada en el estómago.

-¡Te atreviste a ponerle tus asquerosas manos encima! – Un puntapié más. - ¡Tus podridos juegos dieron resultado, casanova de quinta, y ahora…! -Tras otra patada, se forzó a decirlo. - ¡Ahora está enamorada de ti! ¡De ti, que no eres mejor que la basura!

Yato no sintió los golpes después de eso. A lo lejos, tras la negrura de sus ojos, se marcó la silueta de la jovencita. Como atraído por un imán, su visión gravitó alrededor de la cara de Hiyori, maravillándose en el aspecto sedoso de la cabellera, de la limpieza de su risa y lo inalcanzable de sus ojos. Su corazón se detuvo un instante al jugar con la idea de que alguien como ella se hubiere enamorado de alguien como él, y, aunque lo llenó de dicha, el siguiente tremor que sintió fue el de la desolación. Su garganta rompió en una risa amarga, ante lo cual, Masaomi lo encaró, levantándolo de nuevo por el cuello de la sudadera.

-¿Te parece muy gracioso?

-No dices más que tonterías. -Se burló Yato. -Es imposible.

El puño cerrado del hermano de Hiyori hizo contacto de nuevo con su rostro. ¿Había sido su nariz? Bah, qué importaba. Era incapaz de levantar una mano contra…

-¡YA BASTA!

Los pasos de Masaomi soltaron dos crujidos cuando los arrastró hacia atrás, sorprendido por la voz. Acto seguido, un frágil y cálido cuerpo conectó contra el maltrecho ovillo que era Yato, protegiéndolo de los golpes del otro joven. Yato escuchó la voz, esa voz tan familiar, tan querida, quebrarse con un sollozo, mientras dos pequeñas manos buscaban sus mejillas para limpiar el desastre de sudor, cabellos y sangre de su piel y buscar sus ojos. Hiyori le regresó la aturdida mirada con una llena de lágrimas y de preocupación. Los brillantes aretes de la fiesta titilaron con la poca luz del exterior. Se había soltado el cabello.

-¡¿Acaso eres idiota?! – Masculló la chica, propiciando una confusión aún más profunda dentro de la cabeza de Yato.

-¿Hiyori?

-¡No fuiste capaz de levantar una mano para defenderte! ¿Qué clase de inútil eres?

-Hermana… - Comenzó Masaomi. Hiyori miró al suelo, soltó con suavidad la cara de Yato y luego de un bufido encaró a su hermano.

-¡Cállate! - En tres rápidos pasos cerró la distancia y lo golpeó con fuerza en el pecho. El sonido hueco que salió la hizo perder el control de sus lágrimas y mientras hablaba, terminó golpeando con ambos puños sobre el pecho de Masaomi, cada vez más lento.

-Te creía mi mejor amigo, Masaomi – sollozó, - pero veo que eres igual que mamá y papá. Él no tuvo nada que ver, yo… - tragó el nudo en su garganta – Yo me enamoré por mi cuenta.

Tratando de dar un paso atrás, el muchacho cayó de sentón. Sacudiéndose las lágrimas y poniendo la expresión más firme que pudo luego de tales palabras, Hiyori apretó los puños a los costados y miró hacia la entrada de la tienda. Un repuesto Daikoku, Kofuku y Yukine la miraban con los ojos como platos, si acaso el último era el menos sorprendido del grupo.

-Ayúdame, Yukine-kun. – dijo con aspereza, y presto el muchacho se dirigió a su lado, ayudando a Yato a ponerse de pie. Daikoku no le despegó los ojos a su hermano.

Con un golpe pesado en el suelo y un quejido, Yato se desplomó sobre su espalda, recargado en la pared del diminuto baño de Kofuku y Daikoku, mientras Hiyori revisaba cada cajón disponible a la vista.

-Traeré algo de hielo. – Le informó Yukine a la chica, y ella afirmó con la cabeza, sin quitar su atención de cada producto medicinal que salía de las gavetas y cajones.

Sentado en el suelo del baño observó su abrigo gris de siempre ser rebasado por un vivo color púrpura hasta los tobillos, un poco sucio del borde. Si realmente se concentraba, podía atisbar un ligero rastro del perfume que llevaba.

Alguien como ella.

Enamorada de alguien como él.

Era en verdad la idea más absurda, estúpida y escalofriante que podía pensar. Que alguien con su temple, su nobleza, la suavidad con la que corregía y la sonrisa con la que perdonaba hubiese considerado a alguien como él, que, siendo honesto, era todo lo que Masaomi había dicho, era un hecho más allá de toda su comprensión. Era una locura.

Yukine llegó con un pañuelo envolviendo un puñado de hielo que entregó a Hiyori.

-¿Puedes preguntarle a Kofuku si tiene vendoletes?

Los pasos apresurados de Yukine aderezaron el crujir de la falda de la chica al inclinarse frente a él, y de nuevo se halló mirando sus ojos consternados, húmedos, de un maravilloso color magenta, con el maquillaje un tanto corrido de las esquinas exteriores por las lágrimas. El contacto del pañuelo helado con el labio inferior, más que dolerle, evidenció más el apretón que sintió dentro de su pecho.

Era una locura.

-Ustedes sí que saben cómo terminar una fiesta. – Musitó Yato. Hiyori frunció el ceño.

-Aún no puedo creer que seas tan idiota para dejar que Masaomi haga lo que le plazca contigo. – La joven volvió a tragarse el nudo en la garganta, evitando mirar a Yato a los ojos, ignorando la tensión que empezaba a erizar los cabellos de su nuca. Yato se relajó contra el muro al observarla concentrada en aplicar hielo a la cortada sangrante de su labio inferior, y sintió de nuevo el fuerte apretón en el corazón.

Era una locura, y estaba listo para perder por completo la razón.

-Jamás sería capaz de ponerle un dedo encima al hermano de la mujer que amo.

Hiyori no levantó la vista, pero se quedó estática, congelada, con el brazo arriba, la mano cerrada sobre el pañuelo con hielo, sintiendo el latir de su corazón en la garganta. Su cerebro se enmarañaba tratando de sacarle sentido a las palabras de Yato por encima del ruido blanco que invadía sus sentidos. Si lo miraba ahora a los ojos, pensó, estaba perdida. Iba a explotar. Sus músculos se tensaron, preparados para salir corriendo, a falta de una reacción mucho mejor. Casi inadvertidamente, en el transcurso de lo que parecieron varios minutos, finalmente encontró su intensa mirada azul, fija en la suya, esperándola. Reconoció el mismo instante repetido a lo largo del tiempo que lo había conocido, en el hospital, en su sótano, en su departamento. Siempre la misma fuerza magnética que, ahora lo sabía con certeza, se movía entre los dos, había gritado ruidosamente desde su interior, rogándole que se diese cuenta, y ella había sido lo suficientemente idiota para tratar de acallarla. Se sintió sofocada de repente, y pensó en alejarse durante un breve instante en el que la mano de Yato se cerró alrededor de su muñeca en vilo en una plegaria silenciosa: "no te vayas", suficiente para anclarla al momento.

Alternó la vista entre sus ojos azules y sus labios avanzando suavemente a ella, y de repente notó que ella también se estaba acercando a él. En cuanto sintió su aliento tibio soplando sobre sus labios, cerró los ojos con suavidad.

Nada para Yato hasta ahora se había sentido tan electrizante como este preciso momento. Entre los párpados entrecerrados atisbó el rostro inocente de Hiyori completamente abandonada al momento, y se soltó del último hilo de cordura al que se estaba aferrando con todas sus fuerzas. Esto iba a matarlo, lo sabía, y no le importó en lo absoluto al cerrar los milímetros que les separaban. La suavidad de los labios de Hiyori le supo quebradiza y efímera. Dos breves instantes de arrepentimiento pasaron por la parte trasera de su mente, lamentándose por la castidad y pureza que estaba a punto de destruir; tanta suavidad no era realmente su estilo. De un instante al otro se halló deseando más.

Yato succionó sus labios con suavidad y la hizo bajar el brazo con el hielo, atrayéndola hacia sí con la mano opuesta en su mejilla, primero tocando el labio inferior con la lengua en un gesto travieso, para luego besarla con pasión. Inmediatamente el cuerpo de la joven respondió con un escalofrío, abandonó el pañuelo con el hielo en el piso y llevó ambas manos al cuello del hombre, sorprendiéndose por lo muscular y firme de su tacto. Sus brazos se envolvieron alrededor de su cintura, aplastándola contra sí, mientras su boca era víctima de aquello desconocido que la dejó sin aliento. Hizo un esfuerzo por responder con la misma pasión, haciéndose estremecer ella sola.

-¡Auch! – gimió Yato, y el instante se desvaneció, dejándolos en el suelo del baño de la casa de Kofuku. Su boca sabía a sangre, y Yato se había llevado la mano al labio inferior.

-¡Lo siento tanto! – chilló, horrorizada, - ¡Lo arreglo en un minuto, sólo…! – trató de remover la mano del joven de donde estaba, -… Yato, déjame ver…

-¡Todo está bien, Hiyori, de hecho creo que puedo hacerlo solo!

-¡No seas ridículo, hay que desinfectarte la herida y desinflamar!

-¡Sé cómo hacerlo, solo dame el hielo!

-¡De ninguna manera, quita la mano!

La puerta corrediza se abrió, y Yukine entró, dirigiendo una rápida mirada a la escena de ambos luchando por la postura de la mano de Yato sobre su boca. Hiyori parecía querer golpearlo con el pañuelo.

-No puedo creer que seas tan maldito llorón.

-¡AYÚDAME YUKINE!

-Tuve que ir a la farmacia a conseguir vendoletes, Hiyori, siento haber tardado tanto.

-¡YUKINEEE!

-Ah, muchas gracias, Yukine-kun. Siento que te hayas tenido que tomar la molestia.

-¡¿OTRA VEZ ME ESTÁN IGNORANDO?!

-Lo que sea con tal de que este quejica se calle la maldita boca. – Para este punto, Yukine trataba de responder con las manos tapando sus orejas. Hiyori tardó en formular la pregunta.

-¿Y mi hermano?

-Daikoku lo está vigilando en la sala. Aún sigue aquí.

Yato seguía tratando de liberarse del fuerte agarre de la chica, quien le dio un fuerte apretón en la mano, haciéndolo propinar un alarido.

-¿Puedes poner un poco de Yodo en éstos algodones? – le indicó Hiyori con la cabeza al adolescente.

-¡TODO MENOS YODO!


¡Ésa ha sido un paseo muy salvaje!
¡Siento muchísimo haber tomado tanto tiempo en actualizar! Sin embargo, esta vez creo que los dejé con una buena conclusión. Con todo esto del hiatus de siete meses del manga creo que es necesario un poco más de miel, y esto va para todos los que ya pedían a gritos (aunque jamás lo dijeron sé que les urgía) que Hiyori y Yato se confesasen de una buena vez. Por mi parte ya estoy de vuelta en México (de ahí mi tardanza, me tuve que ocupar de mudarme de regreso, hacer muchas compras, etc etc) y quiero poner un doble episodio este mes, si es posible. Así que espero estar pronto con ustedes una vez más. ¡Es un gusto leer sus comentarios, como siempre, gracias a todos! Gracias a Ezarelle (no te preocupes, me halaga tu acoso y que te gusten mis historias) Lady in Red, Satoishi-gami Blue Fire y a todos los que se han mantenido constantes a lo largo de este año (¡YA UN AÑO!) de mi locura.

¡Un abrazo a todos, y que estén muy bien!