26. November Rain - Guns n' Roses

Yato enfocó la lámpara apagada del techo. No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado desde que cerró los ojos, pero a juzgar por los copos de nieve que se empezaban a apilar encima de la veranda de su balcón, no podía haber pasado tanto tiempo.

El cálido ovillo que estaba a su lado se movió, rozando piel contra cobertor -música para sus oídos, y se volvió a mirarla, encontrando sus ojos brillantes ya puestos en los suyos. Suspiró, sonriendo, y le pasó el dorso de los dedos sobre la mejilla. Le desconcertó la arruga en la frente de Hiyori.

-¿Qué te pica?

Extrañada por la manera tan informal de externar su preocupación, Hiyori se permitió sonreír. Trató de conservar la sonrisa a lo largo de su respuesta, sin éxito: -Hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo...

Yato volvió a mirar al techo, retirando la mano de la mejilla de la chica, quedando completamente boca arriba, expuesto.

-Soy un libro abierto. -Contestó, con honestidad. Sin un instante de duda, lo cual le sorprendió incluso a él mismo.

-¿Qué hay entre tú y Viina, realmente?

Yato se percató de un instante al otro de lo silencioso de su apartamento. Sin cavilarlo más de la cuenta, se desenredó de las piernas de la chica, quien, con el corazón un poco herido, lo observó incorporarse, suspirando aliviada cuando sólo se había estirado para atraer un tazón con agua, una cajetilla de cigarros y un encendedor que yacían en los alrededores de su futon. Volvió a pasarle un brazo por los hombros luego de una bocanada medio calada entre los labios que sujetaban el cigarrillo. Habló con la dicción afectada por no poder abrir la boca del todo.

-Dije que era un libro abierto... -cambió el cigarro de lugar y sacudió la ceniza en el recipiente con agua. - ¿Pero por qué tienes que hacer preguntas como ésa en éste preciso instante? Acabas de matar el ambiente...

-Yato, -interrumpió ella, con suavidad. -Por favor...

Al cruzar miradas, sus ojos azules mostraban otra faceta, oscurecidos quizá por la nostalgia. El joven suspiró, dejando salir el humo despacio, aromatizando el cuarto.

-De acuerdo. -Le dio otra calada al cigarro antes de seguir. -Si he de llamarlo de algún modo, lo que había entre nosotros era... simbiosis. Nos aprovechamos el uno del otro.

-Eso... no suena demasiado bien. -Repuso Hiyori, preocupada.

-Funcionó durante un tiempo. -Dijo él, volviendo a mirarla por dos segundos, tras los cuales se perdió en el paisaje nevado detrás de la ventana. -A decir verdad, no podría pensar en una noche más diferente a ésta... aquél día...


La puerta del Mazda 323 blanco de Daikoku se cerró con un golpe metálico y una vibración del cristal tras él, luego de estacionarse en la calle, después de muchas quejas del mayor al respecto de no poder averiguar adecuadamente la dirección, y lloriqueos de Kofuku en defensa de lo imposible. El frío lo hizo arrebujarse dentro de su chamarra de mezclilla forrada de oveja (sintética, por supuesto, era imposible costearse ropa de tan buena calidad cuando era más perentorio gastar en comida) y caminó pateando la gravilla suelta del pavimento, que crujió agradablemente. Otros varios pares de pies se escucharon caminando a su alrededor.

Le hubiera gustado decir que iba acompañado de sus amigos, pero a excepción de Kofuku (que en realidad parecía que estaba ahí para empeorar cualquier situación que se presentase) y de Daikoku (que, si era realmente honesto, parecía querer asesinarlo cada que inhalaba), los demás miembros del grupo no pasaban de ser "aquél idiota que conocí en una fiesta", "el sujeto que me habló después de bajarnos del escenario" o "el bajista que toca regular". Si la situación se ponía peligrosa, lo cual era muy probable, no sabría con quién podría contar. Después de todo, la fiesta era de conocidos de Kofuku, podría esperarse cualquier cosa, menos una situación normal.

Recordó eso último precisamente al acercarse a la entrada del lugar. El barrio no era ni la mitad de distinguido de los lugares a los que Yato estaba acostumbrado, los cuales de por sí gozaban de una pobre reputación. Era la única explicación existente para el hecho de que ningún vecino hubiese llamado a la policía hasta el momento: simplemente no había vecinos. Las casas contiguas pecaban de olvido. Incluso algunas era obvio que no tenían siquiera cristales en las ventanas, y los huecos oscuros te impelían a mirar hacia otro lado, con urgencia. Decidiendo que quizá se preocuparía por todas las señales de que estaban en un sitio peligroso después, se mezcló entre la gente que conversaba afuera de la propiedad, sintiendo el pulsar de la música en el esternón.

Una nube de humo, iluminada por las coloridas luces del interior, alcanzaba a asomar fuera de la puerta principal antes de desvanecerse en el aire frío de afuera, impidiéndoles reconocer ningún olor característico. Sin embargo, estaba compuesta de muchas sustancias que Yato conocía, pero que prefería olvidar en vista de las circunstancias.

La noche avanzó sin mayor sorpresa. A lo largo de la corta (diminuta) presentación que habían protagonizado, Yato había evitado poner sus ojos y su cerebro en los detalles, como los cuerpos que yacían en el piso, sin molestarles que estuviesen encima de un charco de líquido que era muy sencillo adivinar qué era, los graffitis en las paredes y en general el sentimiento de desagrado y depresión que le ocasionaba éste ambiente. Al terminar la tercera canción que les habían permitido tocar, el joven tenía ganas de arrojar la guitarra muy lejos de él y salir corriendo a lavarse con agua caliente. Sabía muy bien que la sensación de suciedad no provenía de él precisamente, sino de la atmósfera circundante, que se pegaba a su cuerpo en la forma de las volutas de humo que conocía bien y al mismo tiempo no...

Bajó de la plataforma en cuanto pudo para despejar un poco su mente, aventurándose, no sin esquivar gente, a la planta alta. Quizá encontraría una silla en algún cuarto vacío en donde pudiese sentarse sin que nadie le molestara. La faena probó ser demasiado difícil; las habitaciones en su mayoría no tenían puertas de entrada y estaban ocupadas por parejas en distintos estados de desnudez. Al final del pasillo encontró el único cuarto que aún tenía una puerta funcional. Una luz mortecina salía desde la rendija que quedaba entre el piso y el borde, y Yato estaba a punto de darse la vuelta, olvidando el impulso irracional y auto destructivo de aislarse, cuando desde detrás de la puerta salió, como filtrado a través del ruido y caos de una fiesta de tales magnitudes, el sollozo desesperado de una mujer, seguido por risas masculinas, fanfarronas, hirientes.

No había sonido que Yato odiara más en este mundo que los sollozos.

Su mano voló directamente hacia la puerta, que sólo estaba emparejada, y empujó.

Una visión tan odiosa no se borra de la memoria con tanta facilidad. Al centro de la habitación colgaba una bombilla solitaria y tenue que se movía de lado a lado como un péndulo, y hacía que las caras de los sujetos reunidos en semicírculo brillasen con un tono rojizo, los rostros distorsionados por sus enfermas sonrisas todavía más repulsivas dado el distintivo olor a químico dulce. Las poses seguras, laxas, empoderadas, llevaban la atención del espectador al centro del cuarto, donde se hallaba sentado el evidente líder de aquél circo. Su demostración de poderío comenzaba en su atuendo estilo hip hop que no podía hacer nada al respecto de su corta estatura y su evidente sobrepeso, y terminaba en los dedos que sostenían una diminuta bolsa de contenido polvoso enfrente de una rubia que, si estas fuesen circunstancias normales, quizá no se hubiera dignado siquiera en darle la hora; la cual, sometida cual estaba, semidesnuda, de rodillas, con el hombro debajo del pie del sujeto enfundado en unos costosos zapatos deportivos, perseguía embrutecida el producto frente a sus ojos. El estómago de Yato dio un vuelco cuando el protagonista del momento empujó a la joven con el pie con brusquedad, para luego observarla con evidente excitación arrastrarse de vuelta hacia su regazo, momento que aprovechó para tomarla por la nuca y enchufar una botella de licor entre sus labios.

La rubia bebió, más por inercia que por convicción, tanta cantidad de licor como el sujeto del centro le forzó a beber empinando la botella.

Al tener su boca libre para otra cosa que no fuera el licor, un sollozo grave volvió a atravesarle la garganta, arrojando sus brazos al frente con ansiedad.

-¡Tranquila, gatita! –rió el hombre, con ese desparpajo inherente a quien acostumbra abusar de sus ventajas. -¡Tenemos mucho rato para divertirnos, y todavía me debes algunas dosis!

Con la lengua pastosa por los efectos de varias drogas en su organismo al mismo tiempo, la rubia elaboró: -Por favor…

-¿Ah? – La instó a seguir el dealer. Ante el silencio de la rubia, sus ojos brillaron por un micro-segundo. Yato se estremeció, había visto esa mirada demasiado a menudo: sed de sangre. –Vas a necesitar hacer algo más que solo esto. –Sus palabras, en inglés medio mascullado, salieron como aire y acariciaron asquerosamente la cara de la chica, surcada en lágrimas. –Diviérteme.

La rubia se puso de pie, se acercó al hombre y colocó las piernas a ambos lados de la silla que ocupaba. De inmediato las porras y burlas de los presentes se hicieron notar, mientras el del centro reía con fascinación mientras la rubia daba un penoso intento de striptease. Levantó ambos brazos trayendo consigo su playera, exponiendo su ropa interior. Sin dejar de reír, en un impulso abusivo y cautivo del momento, supurando el deseo por la cara sudorosa, el hombre llevó una mano directo al pecho de la mujer y le dio un fuerte apretón. Ella sólo cerró los ojos y trató de no sollozar con mucha fuerza cuando una lágrima rodo por su mejilla. El hombre le ofreció de nuevo el paquetito de polvo, y ella lo arrebató de su mano regordeta con avidez. Ofendido por su brusquedad el sujeto se puso de pie de repente, empujandola con tanta fuerza que la rubia cayó al suelo varios pasos atrás. Él se abalanzó de inmediato sobre de ella, extrayendo una navaja de su bolsillo. La chica balbuceaba, rogando inherentemente al sentir el frío metal en contra de su mejilla.

-Vas a hacer todo lo que te digamos en este momento, perra. -la amenazó el hombre, trabado por la ira. -Sacate toda la ropa ahora.

La rubia se había quedado sin palabras y sólo negaba con la cabeza, con los ojos vidriosos de llanto. Sólo pudo soltar un diminuto quejido cuando la navaja le hizo una incisión en el pómulo izquierdo. El olor agrio a orina inundó poco a poco el cuarto y los hombres murmuraron entre risitas. -Qué sucia eres. -se burló el líder. -Pero eso no me va a detener. -La navaja bajo hasta su sostén y con un rápido tirón, cortó por la tira de tela que unía ambas copas. Ella solto un sollozo más, congelándose en el instante en que el cuerpo del asaltante cayó sobre de ella, laxo como un costal de harina. La sombra de otro hombre se recortó en contra del techo, con la bombilla en la mano en alto para detener su vaivén.

-Creo que ya vi lo suficiente. -Dijo Yato, con la única voz que fue capaz de encontrar: una que desgarró su garganta al salir, de tanto veneno que la impregnaba. Los presentes se sorprendieron por la voz desconocida, y por el inglés casi impecable. -Si te pones a pensarlo, en realidad sabes que no quieres hacer esto.

-¿¡Qué le hiciste, maldito?! -Preguntó amenazante uno de los subordinados.

-¿No sabes algo tan sencillo como noquear a alguien desde atrás? -replicó él, incrédulo. -Sospechaba que eran criminales de poca monta, pero de algún modo se las arreglan para decepcionarme más.

-¡BASTARDO! -Volvió a decir el oponente, y de inmediato se enlazaron en un encuentro que duró menos que un parpadeo. La chica no podía ver nada como estaba, mirando al techo debajo del peso muerto del que había sido su dealer los últimos meses.

Yato se enfrentó con facilidad a la pandilla (no se sentía precisamente orgulloso de ello, pero las mañas en las que su padre se había asegurado de que se entrenara en momentos como este probaban ser bastante útiles) y mientras sacudía sus puños adormecidos por los golpes, giró sobre sus talones, explorando la habitación. La rubia se había librado con esfuerzo del cuerpo inconsciente del jefe, y había dejado un reguerillo de orina en la dirección en la que se había movido. Lo observaba por entre sus brazos puestos a ambos lados de su cabeza, hecha un ovillo en un rincón.

Tratando de parecer menos amenazante, Yato se colocó a su mismo nivel. Observó su cara contorsionarse de pánico cuando se quitó la chamarra de mezclilla, y encogerse de miedo cuando la colocó sobre sus hombros. Al sentir el contacto cálido de la prenda, finalmente lo miró de nuevo. Debió luchar con las palabras, porque finalmente parecía haberse rendido al mirar al suelo, derrotada.

-¿Cuál traes? -Preguntó él en un suspiro, conociendo muy bien la jerga para ésas circunstancias.

-Crack. Metas a veces... y...

-Básicamente cualquier cosa que caiga en tus manos.

Ella lo miró con reproche, dejando a Yato sorprendido por la fiereza que brilló en sus ojos por un breve instante. Era como un león. Habló en japonés, clavando su mirada en el piso.

-No puedo parar.

-Claro que sí. -Soltó el joven, luego de una ligera sorpresa, en un murmullo más áspero de lo que había pretendido. Esa clase de impotencia era una de esas cosas con las que simplemente no podía lidiar. -Puedes hacer todo lo que putas quieras, sólo necesitas ponerte de pie y colocar un maldito pie frente al otro.

Como ejemplificando sus palabras, Yato se puso de pie con brusquedad, dando media vuelta y yendo hacia la puerta, esquivando gente inconsciente. Se detuvo con la mano en la perilla.

-La desición, al final, es tuya. -Dijo, sin voltearse a mirarla. -Pero yo sospecho que eres mucho mejor que esto. -Al girar el pomo de la puerta y empujar, el sonido de un paso descalzo lo hizo dudar y volverse de nuevo.

La joven se había levantado por sus propias fuerzas, haciendo una temblorosa exhibición de sus múltiples moretones en las piernas. Antes de dejarla tambalearse más, Yato la alcanzó por los hombros y la cargó con sorprendente facilidad. Estaba muy delgada. De inmediato el peso de la chica se tornó incómodo, laxo, y Yato se apresuró a llevarla al auto antes de que además de quedar inconsciente, muriera por una sobredosis.

-¡Oye, tú, qué cara...!

-¡¿Yatty?! ¿Qué...?

Kofuku y Daikoku lo siguieron de inmediato cuando lo vieron saliendo del lugar, caminando con el centro de gravedad cambiado, con una rubia desvanecida en los brazos, sin zapatos, sin pantalones y con la chaqueta de Yato como, aparentemente, único vestido.

Daikoku abrió con rapidez la puerta de la parte trasera del coche. Yato depositó a la chica con cuidado, y cerró la puerta para evitar que entrara el frío de la calle.

-Mejor comienzas a explicar qué rayos pasó. -Daikoku se cruzó de brazos y le gruñó, sin embargo incapaz de esconder su preocupación. -Ése pómulo se te está inflamando como el demonio.


El diminuto departamento se llenó con el sonido de la regadera llenando la tina. Yato depositó en ella, con todo y ropa, a la rubia que había comenzado a tiritar, demostrando los efectos de la abstinencia ya entrados en el viaje de vuelta. Se había negado a llevarla a un hospital, pese a la insistencia de Daikoku.

-Si la llevo, se acabó para ella.

Decidió hacerle frente al síndrome por su cuenta tan bien como pudiese. Finalmente, era algo que conocía bien. Tomó una cubeta del balconcillo para orear la ropa, y lo colocó frente a él, sentándose con firmeza sobre el retrete, junto a la bañera. Colocó las manos en los hombros de la chica para llamar su atención.

-Te traje esto. Si necesitas vomitar...

-También sé hablar japonés... -rechistó ella, con una voz casi inexistente.

Casi de inmediato su cuerpo convulsionó hacia el frente, enviándola de pecho contra el borde de la bañera en una arcada espectacular. Yato le acercó velozmente la cubeta a la cara. Una vez que sintió que hubo terminado su acceso, vació el contenido en el water y tiró de la cadena.

-No hay mucho ahí. -Comentó con innecesaria picardía. Su estómago sólo había devuelto un líquido verde-amarillento de consistencia espesa.

-No he comido mucho. -Replicó la joven, con voz áspera.

Pasaron unos minutos en contemplativo silencio, y Yato ajustó la temperatura cuando sus temblores comenzaron a acentuarse. La rubia alcanzó sola la cubeta y volvió a vomitar. Yato repitió el proceso de tirar el contenido de la cubeta en el baño y tirar de la cadena.

-Haremos ésto tantas veces como creas necesario. -Le devolvió el balde de plástico, sintiéndose examinado por un par de feroces ojos púrpura.

-Dime Viina.

De repente recordó que jamás le había preguntado su nombre.

-Soy Yato.


El día siguiente fue difícil, al grado en el que Yato se halló varias veces a punto de llamar a Daikoku para llevarla al hospital.

Luego de la relativa calma del desayuno, el cual había comido sin energía, Viina se hundió en el futon que Yato le había preparado, en un sueño intermitente e inquieto, tras el cual se había levantado a deambular por el pequeño departamento, asomándose un millón de veces por la ventana. Mientras, pretendiendo no estar preocupado,Yato preparó un almuerzo pequeño para ambos, después del cual Viina saltó sobre él como un felino, tratando de apresarlo contra el piso por las muñecas.

Yato la hizo perder el equilibrio inclinando sus rodillas, librándose fácilmente del sorprendentemente potente ataque de la rubia, quien de inmediato se puso de pie, buscando algo con qué atacarlo de nueva cuenta.

-Oye... -la llamó Yato, levantando una palma en señal tranquilizadora. Ella volvió a cargar contra él, dirigiéndole la mano al cuello, de lo cual Yato se defendió ágilmente tomando una de sus muñecas en cada mano y velozmente atando un nudo alrededor de sus muñecas con el pañuelo que llevaba al cuello. Viéndose capturada, Viina dio dos pasos atrás, perdiendo el equilibrio. Cayó al suelo de bruces, de inmediato envolviéndose en un ovillo, cubriéndose la cara y murmurando incoherencias en pánico. El joven se rascó un par de veces en la cabeza, cerca de una oreja. Suspiró, poniéndose en cuclillas cerca de Viina, y con delicadeza trató de remover un brazo de su cara, lo cual la hizo lloriquear.

-¡Haré lo que quieras, pero no me mates! -Sollozó. Era realmente lamentable.

-De hecho estoy pensando en darte sólo media dosis.

Viina lo miró como si fuese el mismísimo Santa Claus cuando sacó de su bolsillo el paquetito del día anterior. Luego lo miró a los ojos, tratando de seducirlo.

-¿Qué tengo qué hacer?

Yato suspiró, dejando que su cansancio permeara el tono del aire saliendo de su garganta, y se levantó a buscar la herramienta necesaria, ignorándola.

De inmediato regresó a su lado. Sacudió los restos de agua de una lata vacía que había enjuagado y le hizo una pequeña aboyadura con las manos, que después perforó con ayuda de un clavo. Viina lo observó con curiosidad cuando se detuvo a encender un cigarrillo.

-Disimula el olor. -Comentó él, encogiéndose de hombros. Ella guardó silencio. Después de un momento, se atrevió a pedir un cigarrillo para ella, con mucho trabajo. Yato se lo dio sin chistar. Trató de disimular lo nervioso que se sentía al sacar el pequeño paquete de plástico de su bolsillo, que hasta el momento le había quemado como un carbón.

Los ojos púrpura intenso de la chica no se despegaron de sus manos al maniobrar con la pequeña piedra amarillenta. Yato cortó una cantidad aún más minúscula con la punta de una navaja y la colocó en la cuneta que le había hecho a la lata, sobre el agujero.

Viina lo recibió con ambas manos, como una persona hambrienta recibe el alimento. Acercó un encendedor al agujero y aspiró.

Casi de inmediato, soltó un suspiro cadencioso que hizo que Yato enrojeciera hasta las orejas. Lo cual no mejoró cuando Viina se desplomó sobre el futón, extásica.

-Fue sólo para ayudarte a comenzar.

Luego de un par de píldoras para dormir, Viina se arrebujó adormilada en el futon de Yato, junto al calentador eléctrico que proyectaba un brillo rojizo muy tenue sobre el cabello que le caía, húmedo, sobre la mejilla.

Yato se giró, incómodo, sobre la mitad inferior del futon que había dividido para no sufrir tanto la inclemencia del piso de tatami. Evidentemente no había funcionado del todo bien y decidió tratar de hacer llevadera una noche que parecía no tener final. La ropa le picaba y trató de acomodar la cabeza lo mejor que pudo sobre su sudadera hecha un ovillo.

El cielo hubiese estado clareando a no ser por la impenetrable nube oscura que cubría el cielo, y las primeras gotas habían comenzado a escucharse sobre el cristal, cuando Yato escuchó el característico roce de tela y los pasos acojinados de alguien escurriéndose por el departamento. Satisfecho, la dejó que se fuera. Se mantuvo inmóvil a expensas de dejarla continuar creyendo que se iba sin dejar rastro. Le hubiese gustado darle un par de consejos, sin importar su inutilidad, acerca de reformar su vida. Quizás algo como "¡Esfuérzate!" o algo de índole más personal, quizá hubiese estado bien usar su propia historia como ejemplo, o quizás…

Su tren de pensamiento se vio interrumpido por un par de brazos delgados rodeándolo desde la espalda, y un cuerpo cálido pegándose a él. Su corazón se disparó, provocado, más que por su voluptuosidad, por la preocupación. Con un suspiro, abandonó la farsa del sueño apacible.

-¿Qué haces?

Un instante de duda pasó como una descarga eléctrica por el cuerpo de ella, que se paralizó durante dos instantes, antes de continuar pegándose a él.

-Nada es gratis.

-¿De qué carajo hablas? –Escupió Yato, al sentir las manos de Viina contra su vientre.

-¿En verdad esperas que crea que me has acogido en tu casa después de sacarme de aquél sucio agujero por pura buena voluntad?

La nuca del joven se enfrió al sentir cómo los dedos de la rubia bajaban en busca de la cremallera de su pantalón. Con brusquedad tomó su muñeca y se incorporó sobre su codo, encarándola.

El rostro de Viina mutó en varias expresiones consecutivas en los instantes en los que simplemente la miró, furioso: Confusión, desconcierto, ira, susto, y finalmente desembocó en una expresión neutral, angelical, de muñeca vacía.

-No me equivoco. –No era una pregunta. Inmóvil, Yato la dejó sentarse sobre su regazo. La observó fingir su excitación, con hielo en la sangre. Sí se equivocaba. Se incorporó un poco más, alcanzando a tomarla por la cintura con una mano, y acercó la otra a su cara. Anticipando el beso, Viina acercó sus labios a los de Yato, antes de quedar congelada a medio movimiento voluptuoso de la cadera.

Yato tenía una mano sobre su garganta y la miraba, los ojos hechos ascuas, azules, felinos. Aprovechó la parálisis de la mujer para empujar su cuerpo hacia adelante, sosteniéndose sobre ella, prensándola sobre el suelo. Ella le respondió con una mirada desafiante. Por supuesto, pensó Yato. Estaba lista para lo que fuera si estaba acostumbrada a vivir bajo los efectos de la intoxicación y a hacer lo que fuera para conseguirla.

La soltó.

Ante la expresión completamente anonadada de Viina, se levantó y prendió la luz. Ella se frotó los ojos, deslumbrada. Luego lo observó desenrollar la chaqueta para ponérsela y se precipitó hacia él, de rodillas.

-¡Espera!

La súplica le salió patética, con un sollozo. Yato se sorprendió al verla prensada de la costura de su pantalón.

-No puedo ir por el desayuno si no me sueltas.

Viina lo miró a los ojos desde el suelo, y comenzó a llorar. Con la voz distorsionada desagradablemente por la humedad, siguió hablando.

-Si no es así…-Tragó, y miró hacia el piso. –Si no quieres mi cuerpo, ¿cómo piensas que seré capaz de pagarte…? –Se detuvo ante la sacudida de otro sollozo. -¿Cómo voy a pagarte todo esto?

Luego de mirarla con tristeza por dos instantes, se arrodilló.

- Quizá puedas hacerme un favor. - La tomó de los hombros, levantándola del piso.

Viina lucia cada vez más confusa, terminando por fruncir el seño al ver que Yato alcanzaba una guitarra acústica guardada en el estante superior de un armario en la pared.


Hiyori se incorporó abruptamente del futon, cubriéndose pudorosamente el pecho pero dejando su espalda al descubierto. Miró a Yato con reproche. Se veía adorable, pensó él. Evidentemente aún no se había dado cuenta de que había arrastrado con gran parte de lo que cubría la anatomía del joven, o se hubiese muerto de la vergüenza.

-¿Esperas que crea que eso fue todo, Yato?

Él miró al techo, fingiendo un gesto fastidiado, y se sentó también, rodeándola con sus brazos y posando la barbilla en uno de sus hombros.

-Si no puedes creerme, haré que se te olvide de inmediato.

Posó un par de besos de extrema suavidad en el hombro de la chica, y siguió su camino hacia su cuello, aspirando su perfume.

Hiyori se movió un poco, intentando no sucumbir al placer.

-Yato...

Él soltó un murmullo interrogativo (casi un ronroneo) para hacerle notar que la escuchaba, antes de besar su cuello.

-¡Yato! - finalmente soltó la chica, desenredándose de sus brazos, quedando desnuda ante él. - ¿No puedes tomártelo más en serio? es importante para mí.

Reclinado hacia atrás sobre sus manos, el joven la miró, sin rastro alguno de enojo.

-Jamás te mentiría, Hiyori.

-Me has ocultado cosas.

-Eso, técnicamente, no es mentir.

Hiyori suspiró, derrotada. Yato volvió a acercarse a ella, y le pasó las manos por el cabello enmarañado.

-¿Qué pasó después, entonces? - Preguntó ella, con la voz de alguien que se ha cansado de preguntar.

El chico lo caviló por un segundo.

-No mucho más. Y al mismo tiempo, bastante más. Descubrí que tenía una voz excepcional, hice un par de cambios en la banda, conocimos gente (Kazuma y Yukine entre ellos), y cuando finalmente firmamos nuestro primer contrato nos mudamos todos a la casa de la disquera. Luego de eso no pasó mucho tiempo antes de que Viina decidiera que era imposible trabajar conmigo y se marchó.

El ruido sordo de un pedazo de nieve rompiéndose afuera y cayendo del barandal hacia los pisos inferiores llenó el silencio del departamento.

-¿La amas?

Yato había mirado afuera, siguiendo el sonido. Hiyori insistió, pensando que quizá estuviese ignorando descaradamente su pregunta.

-Yato...

Él volvió a encender otro cigarro.

-¿Tanto te preocupa?

-¡Por supuesto! - Repuso la chica, en un chillido agudo. - Ella y yo somos... -Dudó ante la mirada felina que le dirigió su amado, por detrás del fuego del encendedor. - Evidentemente distintas. -Culminó, con la voz empequeñecida.

-Evidentemente. -Aseveró él, con una sonrisa. Observó con cuidado la cara contraída de Hiyori, y le plantó un beso en las cejas arrugadas. -Lo que siento por Viina es difícil de describir. A veces la detesto profundamente. Otras veces... -Hiyori lo miró para instarlo a continuar. -Otras veces no. Exactamente no sé qué hacer ni cómo llamarle a lo que siento por ella.

-La amas.

-Te amo. - Puntualizó él. -¿Tú amas a tu hermano?

-Eso es completamente distinto. -Gruñó ella.

- No tanto. Tu hermano te saca de quicio a menudo, y muchas veces quisieras que fuera de otra manera, pero no puedes decir que no lo amas.

Hiyori se quedó muda.

- Sería muy necio preguntarte si lo que sientes por el y lo que sientes por mi se parece en lo más mínimo. -Finalizó Yato, sin muestra de molestia.

Ante el pensativo silencio de la chica, Yato rio silenciosamente y la besó con suavidad en los labios.

-Apurémonos -le susurró, -Aún tengo que llevarte a casa.

Dejando que su acceso de contemplación se deslizara con una risita; lo miro a los ojos, divertida.

-Nunca me llevas hasta mi casa.

-Siempre hay una primera vez para todo. -Dijo, levantándose con energía, recogiendo su ropa del piso. Hiyori lo observó embelesada por unos segundos, antes de darse cuenta de que Yato estaba parado casualmente en mitad de su habitación sin nada encima, mirándola divertido. Se sonrojó exageradamente, desvió la vista, y comenzó a recoger su ropa sin moverse del futon, cubriéndose de nuevo con la sábana.

Tuvo que levantarse para poder ponerse la falda, y una vez que se incorporó, Yato seguía mirándola, sin haberse puesto nada encima. Se paralizó cuando avanzó hacia ella, como felino.

-¿Q-qué...?

-Creo... -dijo en un susurro grave que le derritió el cerebro. -Que ya cambié de opinión.

Hiyori lanzó un gritito ahogado cuando Yato la arrastró al futón de nuevo, besando cualquier parte de piel expuesta.


"¿Cómo sabes que estás haciendo lo correcto?" recordó la voz de Viina, preguntando, mientras le dirigía a Hiyori una pequeña sonrisa como respuesta a su despedida agitando la mano. Yato había estado encorvado encima de una guitarra en aquél entonces, y tardó en comprender la pregunta. "No lo sé", había sido su respuesta.

Tardó dos segundos más de la cuenta en darse la vuelta para regresar a la estación. Hiyori había insistido en que no necesitaba acompañarla el resto del camino.

"No me jodas, Yato, estoy preguntando en serio", ladró Viina, aunque realmente no lo había mirado. Se sentó en el alféizar de la ventana de su habitación, mirando al jardín verde, pintado de verano. "Y yo estoy hablando en serio, no lo sé", exclamó él, como respuesta, dejando la guitarra sobre la cama, e incorporándose de la posición semi-recostada en la que estaba. "La mayor parte del tiempo estoy improvisando".

Yato respingó fuera de la estación, antes de pasar por los torniquetes. Extrajo su celular de la bolsa y miró la pantalla, extrañado.

Estaba apagada.

"¿Cómo haces lo que sea sin saber si es lo correcto o no?" preguntó Viina de nuevo. Yato frunció el seño antes de contestar. "¿Qué te picó ahora?"

Viina dudó dos instantes, y trató de ocultar su sonrojo tras su rubio cabello. "Puede que haya conocido a alguien".

Yato evitó reír por lo empequeñecida que sonaba su voz, y respondió, pensativo. "Usualmente me guío por mi entraña".

"¿Basas todo lo que haces en meras corazonadas?" espetó ella, incrédula y un tanto exasperada.

"Tengo buenas corazonadas".

El bufido burlón de Viina sonó para él tan claro cual si la hubiese tenido al lado. "Seguro", había dicho, sarcástica.

Recordó a Hiyori apagando su celular. Lo que pasó después lo había hecho olvidarse del aparato por completo.

Encendió su celular con una ominosa sensación en el estómago.

La llamada entró de inmediato.

Yato tomó la llamada con un nudo en el estómago.

-¿Sera? -Preguntó, incrédulo. Era imposible que hubiera pasado algo con Hiyori. La había visto hacía menos de diez minutos. Era imposible.

-¡Qué bueno que contestas a la primera, Yato! ¿Hiyori está contigo?

Podía llegar a ser un idiota, pero nunca a ése nivel.

-No la he visto hoy... -Dejó la frase incompleta. Masaomi se encargaría de completar el resto.

-Hum... -Suspiró el hermano, pensativo, en forma interrogatoria. -Lleva el celular apagado desde hace un rato...

-Mencionó algo sobre unas amigas. -Yato no mencionó en particular qué amigas, en caso de que Masaomi estuviese al tanto de la vida escolar de su hermana. -No debe tardar en llegar a casa.

El silencio del otro lado de la línea le sugirió que quizás Sera no se había tragado la historia del todo.

-Te recomiendo que la vayas a buscar, Yato.

La gravedad del tono de voz del hermano de Hiyori sólo podía indicar malas noticias.

Minutos después, Yato corrió siguiendo el camino de la joven, a toda velocidad.

Trató de llamarla mientras tanto.

Su teléfono estaba apagado.


Hiyori se internó por callejuelas serpenteantes que reflejaban bastante bien su estado mental. Lo que le había contado Yato antes la había relajado bastante, pero estaba ansiosa a pesar de ello. Pareciera como si sus pies estuviesen renuentes a llegar a casa.

Repasó las palabras de la historia una y otra vez, tratando de encontrar algo que ni siquiera sabía qué era. Al pie de las escaleras que llevaban directamente a su calle, Hiyori se detuvo antes de seguir el impulso de regresar por donde había venido, tratando de sacudirse de encima el rubor que había tomado al pensar que quizá hubiese sido mejor quedarse en casa de Yato. Tomó dos bocanadas de aire de resignación, y comenzó el ascenso.

El nudo frío que sentía en el estómago antes tomó una definición de magnitudes monstruosas, justo frente a sus ojos.

Al principio le costó percibir la realidad a través de la sensación de deja-vuh que le ocasionaron las luces azules y rojas, proyectándose en las paredes de la vieja mansión Iki. Sin embargo, ésta vez, a diferencia de la anterior, era una ambulancia.

Y su padre estaba parado frente a ella, hablando con un paramédico.

Hiyori se acercó con cautela, pero no bien hubo llegado a la puerta de madera abierta de par en par, la llamó la voz familiar de su madre, distorsionada.

-¡Querida!

Hiyori volvió la cabeza para mirarla. Traía un pañuelo en la mano, los ojos hinchados, y la otra mano posada en el barandal de una camilla. En la cual había un cuerpo. Tapado con una sábana.

Retrocedió, horrorizada.

Del lado opuesto al que ocupaba su madre, estaba Masaomi, que lucía cansado y más pálido de lo usual. La miró con tristeza e hizo un gesto negativo con la cabeza.

No.

No podía estar pasando esto.

No.

-¿Abuela? - Musitó.

Su hermano se le acercó.

-Con tu celular apagado, no pude avisarte...

-¡Querida! -Volvió a exclamar su madre, y retrocedió todavía más. Su padre la miró con suma atención, desde su sitio.

La camilla avanzó y fue cargada en la ambulancia. Una de las puertas dobles se cerró, momento en el cual las rodillas de Hiyori dejaron de funcionar.

-Abuela... -Llamó, con más convicción. Una mano fuerte la obligaba a ponerse de pie, pero era en vano. Su espina dorsal se había convertido en lodo.

-¡Hiyori! -Resonó una voz por toda la calle, vibrándole en los huesos a la chica. Lo siguiente que supo fue que alguien se había arrodillado frente a ella y la abrazaba con todo lo que tenía.

Ella se desplomó en cuanto estuvo en sus brazos. Se apretó en contra del pecho de Yato, aspirando su perfume.

-¡Abuela!


¡Hola chicos! Muchas gracias por tenerme paciencia, en verdad estoy muy muy agradecida. Estos meses ha ido todo bien, aunque mi trabajo me chupa la vida y me tiene escribiendo y cabeceando, escribiendo y cabeceando... Gracias a todos por sus reviews y sus porras, y lamento dejarlos tanto tiempo sin episodio; ¡Pero, hey! Ya casi es junio y eso significa que pronto tendremos más Noragami para sufrir, llorar y ser felices. ¡Hasta la próxima!