It's my life – Bon Jovi
La capa acuosa de sus ojos se movió haciendo que las imágenes se distorsionaran de forma extraña cada vez que parpadeaba. Con trabajos enfocó sus pies, montados en un par de zori* que poco hacían para refugiarla de los alrededores húmedos y lodosos. Febrero todavía era muy frío para que brotara musgo en las baldosas desgastadas del cementerio.
"Qué mal gusto", se dio permiso de pensar por encima de lo embotado que se sentía su cerebro, casi tan líquido como el ambiente. El rito del lavado de la tumba de la familia Iki se opacaba a momentos, dejando que flotasen a la superficie los cuchicheos apagados, aunque nunca lo suficiente, de algunos de sus familiares. La sombrilla le servía como amplificador de palabras que caían sobre ella como si fuesen grandes gotas heladas. Igual que el sonido de la lluvia repiqueteando en contra de la tela negra.
Plip.
"¿Qué será de la casa?"
Plop.
"No hay testamento, ¿qué esperas que pase?"
Plip.
"Debemos ser astutos o nos quitarán lo poco que podremos heredar."
Plop.
"Menudo problema, una familia como la nuestra… sin testamento."
Plip.
"Esa chiquilla. Su mismo hermano lo dijo. De haber estado en casa, no habría necesidad de que estuviéramos preocupándonos por esto."
Plop.
De haber estado.
Plip.
Creyó que no podía derramar más lágrimas hasta que esa desagradable sensación de entumecimiento se esparció por su estómago. El enojo de no poder replicar nada le escoció los ojos con una nueva oleada de lágrimas frescas que cayeron sobre su pecho, enfundado en el mismo kimono negro que su abuela había usado en el festejo de la boda de sus padres.
"Le hubiera gustado que lo usaras…" había dicho su madre, en un susurro áspero. Le recortó las mangas doblándolas hacia adentro de la costura de los hombros. El blasón se veía, firme, sobre su pecho, brillando del mismo modo que las letras recién pintadas del banderín de madera nueva que había ido a parar detrás del pilar principal, rezando el nombre de su abuela.
El rito del sacerdote se alzó de nuevo en volumen, ahogando el sonido de un hipo que delató su sollozo reprimido.
Un brazo cálido la estrechó. En cuanto aspiró el perfume de Yato, fue incapaz de detener sus lágrimas. En un gesto tranquilizador, él acercó sus labios al cabello de Hiyori.
-Sigo aquí. –Le aseguró, simplemente. La escueta promesa era la simple continuación de las palabras del día anterior, cuando prácticamente la había arrancado del polvo de la calle.
Hiyori se había abandonado a la pena justo ahí, en el lugar de donde su hermano había tratado de levantarla sin éxito, por el brazo que más bien parecía una hilacha.
Había corrido hasta ella, buscándola con ahínco por la calle después de la llamada de Masaomi.
"Será mejor que la vayas a buscar, Yato. La abuela acaba de fallecer…"
Y aunque sus pulmones parecían querer explotar por el esfuerzo, trató de contactarla al teléfono que llevaba apagado varias horas, desde antes de dejarse llevar por sus instintos.
Derrapó al llegar frente a la antigua casa Iki, encontrando a una diminuta Hiyori de rodillas en el piso, como muñeca de trapo. Estaba seguro que había gritado, pero el zumbido en sus oídos no lo dejó escucharse. La única indicación de que algo había salido de su boca era la familia Iki mirándolo confundida.
-¡Hiyori! –Repitió. Había gritado su nombre, de hecho, ahora lo notaba. Se arrodilló junto a ella, quitándole el cabello de la cara, queriendo arrebatarle de los ojos el sombrío panorama de la camilla subiendo a la ambulancia, que se alejó a velocidad moderada. Ni siquiera se molestaron en prender la sirena.
La chica apenas y lo miró. Su cara se contrajo en un sollozo en cuanto sus ojos pasaron por las facciones del muchacho. Yato dudaba que estuviese entendiendo del todo lo que estaba pasando.
- Estoy aquí… - trató de confortarla acariciando su cabello y abrazándola con fervor. Los lamentos de Hiyori, amplificados por la calle, se apagaron conforme pasaban los minutos. Podía sentir que seguía despierta, pero decidió simplemente recogerla del piso como si fuera una niña y entró a la casa sin pedirle parecer a nadie.
Una vez la depositó en su cama, se dispuso a marcharse, pero la mano aferrada a su muñeca le impidió ir a ninguna parte.
-¿Te puedes quedar? – Preguntó su vocecilla amarga y congestionada, desde detrás de la revoltura de cabellos y almohadas. Yato sonrió, y se sentó en el borde de la mesa de noche al lado de la cama, sin soltarle la mano.
Varios minutos después, salió de la habitación. Masaomi lo esperaba en el pasillo.
-Casi me matas del susto. Por lo menos prende la maldita luz. –Espetó Yato, luego de suspirar con fastidio.
-Mis padres están abajo. Vengo a cuidar que no te arranquen el cogote.
Yato le dirigió una mirada veloz a las escaleras, iluminadas con una luz residual proveniente del vestíbulo. Su amigo guardó silencio, esperando alguna réplica. Tras un par de incómodos instantes, Masaomi sintió como si hubiese pisado un escalón inexistente al final de la escalera. Sin embargo, entendió a la perfección.
-Ésa es una pelea que no puedes ganar, Yato.
-De serte honesto, en este punto me da igual. –Murmuró el muchacho, casi con gracia, y dio la vuelta para bajar al primer piso. Pudo escuchar los pasos de Masaomi justo detrás de él.
La pareja mayor estaba sentada en el salón, tomando una taza de té sobre el kotatsu recién reacomodado. Yato los encontró dirigiéndole una mirada ansiosa a la escalera por la que se escuchaban ambos pares de pies bajando, y al verlo, los dos se pusieron de pie de un salto. No se molestó en sacar las manos de sus bolsillos. Al cruzar miradas con ambos padres, entendió la ansiedad y aprensión de sus miradas, y entendió lo que Masaomi le dijo sobre no poder ganar.
Cualquier dirección que decidiese tomar de aquí en adelante estaba predestinada al desastre.
-Ténganle paciencia, ¿quieren? – Se limitó a decir, milagrosamente sin que le temblara la voz, y salió sin esperar ningún cuestionamiento.
Masaomi lo había alcanzado en la calle. No atinó a decirle nada más que un tenue "gracias", que entre los dos hombres supo a reconciliación.
Yato se dio la vuelta y se despidió moviendo la mano mientras se alejaba.
Sintió a Hiyori suspirar un par de veces contra su pecho antes de mirar levemente a su alrededor, enfocando tímidamente al cortejo fúnebre que los rodeaba.
Las sonrisas compasivas de Yukine y Kofuku asomaban al lado de Yato. Yukine llevaba el uniforme negro de su secundaria, a falta de un atuendo más adecuado. Kofuku había optado por un vestido de encaje que claramente se veía sacado de un bazar de antigüedades, acompañada del enorme tronco de Daikoku enfundado en un traje negro, sin corbata. La mezcla variopinta, incluyendo a Yato que llevaba camisa de vestir y pantalón negro, sin saco, era lo suficientemente llamativa, a pesar del negro, como para atraer la mirada indiscreta de la familia Iki, que a diferencia del asunto de las casas y las herencias, guardaba ante ellos un estirado silencio.
Kofuku dio dos pasos al frente con timidez y depositó un diminuto adorno floral. Fue la pauta para que el resto de sus amigos también se adelantaran, dejándola un poco atrás, mientras colocaban, cada uno, una varita de incienso en el incensario frente a la tumba y cerraban los ojos con las manos al frente en silenciosa plegaria. Hiyori se arrodilló junto a ellos, permitiéndose una pequeña y húmeda sonrisa en la cara.
Tras el sonido de la primera campanada y a través de los gritos del profesor luchando porque sus últimos anuncios fuesen escuchados por encima del barullo de útiles siendo guardados apresuradamente en las mochilas, era evidente un rumor que había sido acallado a macanazos de concentración y de tensión por el último período de exámenes aproximándose a pasos agigantados.
Quizá era la recién adquirida y sorpresiva suavidad de sus movimientos, o quizá el ligeramente distinto tono de su voz, o quizá era el brillo subyacente de la piel de sus mejillas, o quizá incluso no fuese nada más que el hecho de que le estaban prestando demasiada atención por haber regresado de una ausencia de tres días otorgada por la escuela dado el reciente fallecimiento de su abuela, pero algo en Iki Hiyori era distinto.
Demasiado cansada para lidiar con preguntas mudas que jamás iban a ser formuladas más allá de una que otra mirada curiosa y quizás un par de menciones a su empolvada cuenta de Twitter, Hiyori salió al pasillo, caminando lo más rápido que podía sin hacerse notar, dirigiéndose al primer piso, tratando de no ponerle atención a las miradas curiosas que la seguían.
Suspiró al llegar frente a su casillero y se tomó su tiempo, alisándose el saco y acomodándose la bufanda antes de salir, disfrutando el hecho de que en este punto todos a su alrededor se dedicaban exclusivamente a prepararse para volver a casa. Soltando un suspiro que le dejó un sabor dulce, abrió la pequeña puerta para sacar sus zapatos.
Una hoja de libreta doblada en dos saltó a su vista con una claridad de letra que casi le hirió los ojos.
"尻軽".
Promiscua.
Era más hiriente incluso por lo grueso e indiscutiblemente preciso de los trazos.
Hiyori tomó la hoja como si fuese un trozo de carbón, la arrugó y la arrojó al fondo del casillero con la violencia suficiente para que el vestíbulo quedase en silencio. Un par de disimuladas risas burlonas la rodearon cuando miró a su alrededor, evitando la vista de sus compañeros.
La chica sacó sus zapatos negros con toda la tranquilidad que pudo aparentar y guardó los blancos en su lugar como si nada hubiese sucedido. Cerró la puertecilla y casi muere de un susto al encontrar una cara familiar plantada muy cerca de su mejilla.
-¡Ami!... chan –Agregó el honorífico, insegura, bajando el volumen repentinamente.
La muchacha de lentes la miró atenta, sin dejarle leer nada en su expresión.
-Deberías dejarlo. –Dijo, crípticamente. Hiyori sólo atinó a dirigirle una mirada seria, pero confusa. –Lo que sea que estés haciendo, déjalo. –Explicó su compañera, evidentemente luchando por no soltar un torrente de palabras. El temblor de su garganta la delataba. –Te estás haciendo daño.
La castaña la miró con la boca entreabierta, sin entender del todo bien. –Estoy bien, Ami. –No pudo evitar levantar ligeramente el tono al final de su frase, en una pregunta implícita. Luego habló en una risa irónica, -No sé lo que se imaginen los demás, pero no les falta creatividad.
-Por favor. –Dijo Ami, con sorna. –Tus antecedentes no son de lo mejor, no creí que te quedara duda de los rumores en tu contra.
En un impulso de ira, Hiyori abrió la boca para contestarle, pero al final le sonrió y la rodeó para marcharse. Ami avanzó detrás de ella.
-¿Es decir que ya no te importa lo que los demás opinen? – Chilló la chica. Hiyori se volvió a mirarla. Sus mejillas enrojecidas le indicaban que no había sido su intención hablar de ésa manera.
"La gente es muy desgastante", recordó a Yato decir, hacía meses.
Le dirigió una sonrisa dulce. Habló deliberadamente alto. Su voz se escuchó por todo el vestíbulo.
-Gracias por preocuparte por mí, Ami-chan. Pero no veo por qué debería preocuparme lo que opine gente que nada tiene que ver conmigo, ni jamás volveré a ver después de graduarnos.
Ami se quedó helada, viendo cómo se marchaba su amiga de años atrás. Algo en su paso ligero, o quizá algo en sus hombros o en el mecer de su cabello le confirmó que, aún si los rumores no fuesen ciertos, Hiyori, de un día para otro, se había convertido en una mujer.
La llamada de Yato, luego de varios días de intercambiar mensajes de texto, le había llegado como una bocanada de aire fresco luego de haber estado en el ambiente viciado de su colegio y su casa.
"Es una pena que hayas tenido que mudarte", escuchó al joven decirle, en un tono levemente afligido.
-Es natural. –Explicó ella. –Aún no han encontrado el testamento. Sería raro para la familia que la mocosa que se largó a Dios sabrá dónde mientras la abuela tenía un infarto siguiera viviendo ahí sin dejarlos buscar a sus anchas.
"¿Sabes que lo que dicen son estupideces, verdad?" Yato había repetido ésa frase durante todo el fin de semana, asegurándose de que quedara bien claro que el hecho de que su abuela hubiese muerto no era en ninguna instancia su culpa.
-Algo tiene de cierto… -Musitó ella. –Masaomi dijo que si alguien hubiese estado ahí para darle un trombolítico que estaba en su gabinete… probablemente hubiese…
"Es imposible saber cuándo pasarán esas cosas, Hiyori", dijo él, con voz un tanto cansina. "Habrá muchas veces en las que simplemente tendrás que aprender a aceptarlo, especialmente cuando alguien fallece".
Cuando la joven no contestó, Yato se sentó muy derecho en el borde de la silla del estudio, sosteniendo la guitarra con el brazo.
"O algo así…" añadió, incómodamente muy consciente de lo que acababa de decir.
Hiyori soltó una risita por la nariz, lo cual no le ayudó en nada a relajarse después de lo serio que había sonado.
"¿Qué es tan gracioso?", preguntó, tratando de sonar ofendido en vez de nervioso y fallando estrepitosamente.
-Perdón, muy a menudo olvido que en realidad eres un adulto hecho y derecho. –Contestó ella, pícaramente. –Pero de vez en cuando de hecho sí suenas como uno.
Yato se relajó contra la silla, en donde había estado tratando de vaciar sus pensamientos en papel, soltando un gruñido fastidiado. De inmediato su mente lo llevó exactamente a donde no quería.
-¿Cómo está todo por allá? –Preguntó, tratando de no sonar demasiado preocupado. El chillido del otro lado de la línea le contó que Hiyori se había recargado en la silla del escritorio de su antigua habitación.
"Bueno…" comenzó, dudosa. "Mis padres me miran cada mañana ignorando el elefante blanco sentado en nuestra mesa".
-¿Aún no te hablan del vago roñoso que te llevó a tu cama el otro día? –Sugirió el chico, con sorna.
"Si estuvieses aquí a mi lado te sacaría esa idea de la cabeza con éste ejemplar de matemáticas", gruñó ella. "Sabes que odio que hables así de ti mismo."
-Sabes que tus padres lo piensan. –Repuso Yato, dejando que su sonrisa se escuchase a través de sus palabras. Hiyori había comenzado a titubear alguna excusa, pero no la dejó continuar. –Sin embargo si estuviese ahí estarías muy ocupada para refunfuñar. –Culminó, sugerente. Pudo jurar que el calor de la cara de la chica se había transmitido a su teléfono.
"Eres un tonto", dijo ella, terminantemente, mientras Yato reía de buen talante.
Un cómodo silencio se extendió entre los dos.
-¿Tienes planes el sábado? –Preguntó el joven, sintiendo su pulso acelerarse.
En parte, Hiyori estaba agradecida por el hecho de que Yato hubiese decidido no aparecer enfrente de la casa de sus padres y evitarle un sinnúmero de preguntas que, francamente, en este punto ninguno de los dos estaba dispuesto a contestar.
Sin embargo, por otra parte, estaba un tanto molesta porque la hubiese citado en un lugar a más de una hora de distancia de su casa.
-Pudimos habernos visto en casa de Kofuku. –Rezongó apenas llegó a su lado a la salida de la estación.
-Ir a casa de Kofuku implica que no saldremos de ahí en un buen rato. –Explicó Yato, montándose bien la gorra y los anteojos. Hiyori agradeció que no hubiese decidido también usar cubrebocas. –Además… -Titubeó el joven, y Hiyori notó su gesto compulsivo de rascarse la nuca. Trató de ocultar su rubor volteando hacia el lado contrario. –Quería que sólo estuviéramos los dos.
Hiyori se sonrojó también, y volteó a ver el piso.
-Ya… ya veo. –Musitó. Esto era verdaderamente ridículo. No poder mantener una cara normal cuando Yato daba claras muestras de estar enamorado como un chico no mucho mayor que ella siempre, de algún modo, la tomaba desprevenida. Y aún más en ese momento, dadas las circunstancias, era ridículo que ambos estuviesen así de nerviosos con la perspectiva de la que sería su primera cita oficialmente hablando. Era ridículo que fuera su primera cita, en realidad.
-¿Nos vamos? –Sugirió él, mirándola esta vez con una amplia sonrisa, una vez que su silencio se hubo extendido más de lo aceptable.
Hiyori le sonrió y asintió, y comenzaron a caminar.
Apenas y podía creer que, de todos los lugares del mundo, iba a tener su primera cita, no solo con Yato, sino en general, en un barrio tan de moda como éste. Apenas y podía creer de hecho que fuera su primera cita. Y más aún que fuese con una celebridad. Caminaron por el distrito comercial del afamado Shimokitazawa, al sur de Tokyo, uno al lado del otro, sin hablarse. A pesar del atuendo claramente escogido para esconder su cara, Yato se notaba tranquilo, y de hecho Hiyori comenzó a dudar que tuviesen algún rumbo en específico cuando la acompañaba parsimoniosamente a acercarse a los escaparates de los cientos de tienditas de segunda mano, artesanías y cafés rebuscados.
-¿Tienes algo en mente? –Preguntó Hiyori, luego de que Yato siguiera andando después de que la chica se acercó sugerentemente a asomarse al aparador de una cafetería en donde los pasteles lucían deliciosos.
-De hecho sí. Necesito que me acompañes a un sitio. Luego podremos continuar.
Un tanto mosqueada, Hiyori lo siguió obedientemente hasta una escalera de bajada aún más diminuta que la del departamento donde lo conoció. En la entrada, una pizarra de tijera decía "440 LiveHouse". Yato bajó y abrió la puerta sin siquiera detenerse a mirar.
Sus ojos tuvieron que acostumbrarse de forma violenta a la oscuridad y al ruido que la rodeó de forma casi instantánea. Por lo que pudo percibir, el sótano era mucho más grande de lo que parecía y estaba pintado de negro en su totalidad. El único foco de luz era el escenario al fondo, en donde tres chicas tocaban muy rápido, muy fuerte y muy bien. La más chica era quizá un poco más joven que Yukine, mientras que la más grande tenía cerca de la edad de Hiyori. Yato prácticamente la arrastró del brazo tras de sí, mientras llamaba a alguien.
-¡Bakki! –Llamó con voz potente.
Del otro lado de la sala, un hombre cerca de 30 años mayor que Yato levantó un brazo y saludó con un fuerte acento del norte. Luego de un par de codazos amistosos y varias bromas, el hombre volteó a verla.
-¡Buenas tardes, señorita!
-¡B-buenas tardes! –Sin estar muy segura de qué hacer, se inclinó quizá más de lo necesario. Yato señaló hacia ella con un brazo.
-Ella es Iki Hiyori.
Bakki se levantó de su asiento, dejando su bebida en la mesita. En un estilo marcadamente occidental, se acercó a estrechar su mano entre las suyas, robustas y trabajadoras. De algún modo Hiyori se encontró recordando a su padre.
-Mucho gusto. ¿Te trata bien Yato-kun? –Algo en el honorífico que le impuso Bakki al hablar de su acompañante la hizo bajar la guardia. Parecían llevarse bien. Su razonamiento hizo que se tardara dos micro segundos más de lo normal en contestar, generando una leve incomodidad, a la que Yato respondió mirándola, aprensivo.
-¡Sí! – Respondió con las mejillas coloradas ante la atenta mirada magnificada de su anfitrión, que prorrumpió en carcajadas.
-¿Qué diablos, Hiyori? –Reclamó Yato, agitado. La escena fue interrumpida por el estridente inicio de otra canción, velozmente marcada por las chicas del escenario. Bakki los invitó a disfrutar del show sentados alrededor de su pequeña mesa. Una mesera con cabello corto de colores chillones y cubierta en tatuajes se acercó a ofrecerles una carta inusual con forma de pez.
-Pidan sin pena. Tengo cuenta abierta, este lugar es como la sala de mi casa. –Dijo el hombre. Hiyori se sumergió en el menú, buscando opciones sin alcohol (tampoco era como si fuesen a vendérselo de todas formas, pensó), mientras, sin siquiera proponérselo, escuchaba la conversación entre sus dos acompañantes.
-Hay una pausa de quince minutos entre las chicas y la siguiente banda. –Indicó Bakki, sugerentemente.
-Llegamos a tiempo entonces. –dijo Yato, dejando su menú caer, cerrado, hasta el otro lado de la mesa.
-¿No será muy repentino?
-Tiene que ser capaz de manejarlo –Yato dio énfasis en la primera palabra. –Hasta ahora su público ha sido extremadamente reducido y no podemos arriesgarnos a nada. Dentro de poco tendremos públicos de unos cuantos cientos.
-¿Te preocupa? –Dijo Bakki. –Quizá no…
-Puede. –Interrumpió el joven, reafirmando su postura.
Hiyori de repente entendió que estaban hablando de ella, y bajó el pez-menú, mirando a Yato con la boca entreabierta. Parecía que él estaba esperando su reacción, ya que le regresó divertido la mirada.
-¿A qué vinimos, exactamente? –Su voz tenía toda la aprensión de alguien que sospechaba que en realidad el viaje a Disneylandia iba a terminar en el dentista.
Yato tomó la carta de las manos de la chica, y se inclinó hacia ella.
-Vamos a hormarte.
-¡Hormar es para zapatos, Yato!
-Serías unos zapatos preciosos, si me preguntas.
Hiyori se cubrió la cara con las manos, horrorizada. Un zumbido resonó dentro de su cabeza, aturdiéndola. Se sintió palidecer.
-Te diré algo, Hiyori. –Dijo él, pero ésta vez no utilizó el tono dulce con el que acostumbraba hablarle. Era puramente un tono de negocios. –Si no puedes acostumbrarte a cautivar a la audiencia en cualquier momento, bajo presión, vamos a fallar.
-"¡Sin presiones!" puedes agregar al final. –Soltó con sorna la chica, mirándolo con reproche por entre los dedos.
-Si me dejan intervenir… -Comenzó Bakki, conciliador. –Le propongo una apuesta, señorita.
Hiyori no se quitó las manos de la cara, pero giró su cuerpo (hormigueando, frío) para indicar que le estaba oyendo.
-Los quince minutos de reemplazo entre una banda y otra es un momento en el que ni una persona en ésta sala le pone la menor atención al escenario. Si logra hacer que la mitad de la gente le ponga atención y guarde silencio total entonces Yato-kun cantará enfrente de todos, como pago.
-¿Yo? –Trató de interrumpir el joven. Bakki alzó la voz para no dejarle seguir.
-Yato-kun odia que lo escuchen cantar. Si usted se siente vulnerable en este momento, véalo como una especie de venganza.
-¡Ésa no es la idea! –Chilló Yato, por encima del estruendo.
-¡Bueno, ésta no es exactamente mi idea de una cita! –Chilló Hiyori, por su parte, con las mejillas rojas una vez que se retiró las manos entumecidas de la cara. El joven se quedó mudo. La sala aplaudió ensordecedoramente en ese instante, y las tres chicas bajaron del escenario. La más joven corrió al lado de Bakki, quien la recibió con los brazos abiertos, orgulloso.
-¡Papá! ¿Qué tal estuvimos? ¿Estuvo genial?
-¡Estuvo excelente, Nana!
-¡Yato-san! Ha pasado un buen rato.
-S-sí… -Trató de contestar el aludido ante el cambio de situación. Miró de reojo a Hiyori, quien se había congelado mirándose las palmas de las manos.
-¡Aiha! –Gritó Bakki a la bajista y tecladista, una rubia con aspecto de muñeca. -¡No desconectes nada, por favor!
Aiha y la baterista bajaron del escenario sin mover nada y se reunieron con el grupo.
-¿Vamos a prestar equipo? –Preguntó la baterista de anteojos.
-Sólo por un momento, Tsugu. Dejen que la señorita se suba. –Dijo él, y señaló a Hiyori con la barbilla. La cara de pánico de la chica fue tan evidente que Nana se echó a reír y se dirigió a Yato.
-¿Primera vez? –sugirió.
-No exactamente. –Replicó Yato, con lentitud, como si temiera que Hiyori le lanzara una patada voladora en cualquier momento. Resueltamente Nana tomó a Hiyori de la mano, la levantó de su silla y la acompañó al escenario. Quizá el volumen del recinto había cambiado abruptamente, pero Hiyori no tuvo problema por escucharla.
-El primer paso es el más difícil. –Le dijo la chica. –Una vez que comiences, te resultará todo mucho más fácil. –Hiyori colocó el primer pie en el escalón que subía al pequeño escenario. –Piensa en el lugar como si fuese tuyo. A mí me gusta pensar que estoy en mi cuarto practicando. Quizá para ti sea otro lugar.
Hiyori trató de imaginarse haciendo esto mismo en la sala de su casa o en su habitación y se hizo reír a sí misma de la cara de horror que seguramente pondría su madre al no escucharla cantar una parte para el coro escolar. Ésos días parecían haber quedado muchos años en el pasado. Recordó después las tardes apacibles en la sala de Yato. Miró hacia el frente con determinación.
-¿Lo tienes? –Preguntó Nana, con una sonrisa.
-Creo que sí… -Musitó Hiyori, y siguió adelante antes de perder el coraje que la imagen mental le había dado.
"La primera vez que canté", pensó, "Yato no estaba en el público. No tuve oportunidad de hacerlo sentirse orgulloso. Ésta vez…" se detuvo un poco antes de colocarse detrás del teclado, "está aquí…" culminó, buscándolo con la mirada. Lo encontró un poco más lejos de lo que esperaba, mirándola con atención. De repente la sala había cambiado de dimensiones.
Tocó una sola nota que resonó ominosamente por el recinto, acallando un poco las voces. Unas cuantas caras voltearon a mirarla. De sus dedos brotó una melodía pop que había sido popular años antes, que Hiyori había tomado como un chiste interno de la banda como calentamiento.
En la mesa, Bakki reconoció de inmediato la melodía y miró a Yato con atención.
-¿No es una elección muy difícil, Yato-kun?
Yato se cruzó de brazos y se relajó en el respaldo de la silla, sin quitarle la mirada felina de encima a Hiyori.
-Tiene que poder.
El corazón del joven se detuvo por dos instantes cuando recordó la letra de la canción. Muy adecuadamente, Hiyori sonrió y le dirigió una fugaz mirada cuando sus labios repasaron las ideas de la canción: un cielo azul profundo, y la luz de la luna.
Cerró los ojos. La tesitura no era tan compleja, la melodía navegaba cómodamente en la voz de Hiyori, quien se enfocó puramente en la vibración de su garganta. Recordó moverse un poco para que sus hombros no le dolieran al final de la canción, y se meció al ritmo de sus dedos sobre el teclado. Sólo se atrevió a abrir los ojos al alcanzar el coro, y casi por instinto subió de intensidad el matiz de su voz. Saboreó el éxito cuando, por ese sencillo hecho, varios pares de ojos se volvieron hacia el escenario.
"Esto es…" pensó, y salió del coro apagando la melodía casi por completo, para mantenerlos interesados antes de remontar a la siguiente estrofa.
Yato se frotó la comisura de la boca con la palma de la mano. Estaba desagradablemente sudorosa. Buscó a Nana con la mirada, y Bakki ahogó una carcajada.
A su alrededor se había hecho un silencio total.
Hiyori se permitió una mirada nerviosa al público y terminó la segunda estrofa con una sonrisa nerviosa, pero feliz.
Todo el recinto la miraba.
Abordó el segundo coro con seguridad, y la canción terminó muy pronto, sorprendiéndola incluso a ella. El salón del 440 prorrumpió en aplausos y silbidos.
-¡Gracias! –Sonrió Hiyori en el micrófono, hizo una reverencia, y se dirigió a las escaleras. Yato se había parado en el escenario, bloqueándole el paso.
-¿A dónde crees que vas? –Dijo, sonriendo también. –Están silbando. ¿Te bajarás aun cuando tu público pide un encore?
Hiyori observó la guitarra inusual que llevaba colgada al cuello, roja, con el kanji simbolizando el número siete.
Sin dejarla responder, tomó el micrófono principal, y habló con algo de torpeza. Los celulares a su alrededor no se dejaron esperar, y de repente la multitud estaba reunida en torno al escenario, ante la aparición completamente inesperada de Yato.
-Buenas noches. –Dijo, simplemente, y aclaró su garganta. –No esperaba verlos por aquí.
Se escucharon un par de risas. Sin saber muy bien qué hacer, Hiyori se acomodó al teclado de nuevo. Yato la miró, cubriendo el micrófono frente a él con la mano.
-No hay que arriesgarnos, vamos con un clásico. Estamos en Do.
Hiyori asintió, preparándose para acompañar a Yato con el piano, mientras se dirigía al público de nuevo, tratando de esconder su reticencia.
-Esto se llama Follow me.
Como preparación, Yato tocó las cuatro primeras notas de la estrofa, y la chica lo miró con emoción. Estaba cumpliendo con su apuesta. Rápidamente alguien se colocó tras ellos, y ambos se dieron la vuelta cuando el público vitoreó.
Nana saludó desde detrás de la batería.
-¡Listos! –Gritó, aliviando un poco la incomodidad del torpe comienzo. Sonó las baquetas en alto, arriba de su cabeza, contando el ritmo. Yato comenzó a cantar al mismo tiempo que entró la guitarra, y Hiyori lo siguió lo mejor que pudo. Era evidente que tener una base de batería le había regresado la confianza.
"Follow me… baby I won't let you leave if you believe in me…"
Un tanto boquiabierta, Hiyori mantuvo el ritmo de los acordes mientras escuchaba la voz gruesa y entonada del joven remontando sobre la canción con la seguridad de quien lleva años al frente de una banda. Era simplemente increíble. Cantó también con entusiasmo la parte del final de la segunda estrofa que reemplazaba al coro: "But you don't know how much I have believe in you." Yato se giró hacia ella, captando su vista. Más que una mirada, la estaba señalando con los ojos. Entendió de inmediato y tomó la siguiente estrofa, mientras Yato repetía la última palabra de cada línea, coreando de modo agradable, aunque indudablemente "retro": "Follow me… baby I won't let you leave if you believe in me…"
-¡Qué rápida es la gente! ¡Es asombroso! –Exclamó Hiyori, mirando en su Smartphone, sentada en el techo de la Hummer prestada por Daikoku, arrebujada en un cobertor que Yato había puesto sobre los hombros de ambos, comiendo de un contenedor de comida para llevar.
Había encontrado varios tweets y videos al respecto de su presentación de hacía un par de horas.
"YATO SORPRENDE A SHIMOKITAZAWA CON ACTUACIÓN SORPRESA… ¿CUENTA COMO PRESENTACIÓN GUERRILLA LIVE?"
La rueda de la fortuna del parque Rinkai, la misma que habían visto tiempo atrás, antes de que Hiyori fuese parte de la banda, brillaba iluminando el cielo.
-Maldito Bakki. Tiene ideas bastante estúpidas. –Masculló, mordiendo su hamburguesa de forma muy poco elegante.
-¿Crees que nos metamos en problemas? – Dijo su acompañante, preocupada.
-Seguramente Ebisu dirá que la mala publicidad también es publicidad. –Suspiró el joven. Miró a Hiyori guardando su Smartphone en la chaqueta con lentitud y mordisqueando su hamburguesa con un dejo de insatisfacción. Se le acercó dos centímetros más, pasándole el brazo por detrás de la espalda, apoyándose con la mano en el techo del auto. Sintió el calor de la mejilla de la chica intensificándose ante su cercanía. Luego de sonreír traviesamente, le susurró casi en el oído: -Deja de preocuparte por eso. Se te va a enfriar la hamburguesa.
-Eres tan romántico. –Apuntó con sarcasmo ella, pero le dio otro bocado a su comida para disimular el burbujeo que sintió en el pecho. Yato se rio de buen talante y se alejó un poco, dejándola terminar.
-Siento no haber pensado en algo mejor para nuestra cita. –Murmuró, luego de un momento. –No tengo idea de cómo hacer esta clase de cosas. –Su cara se ensombreció de momento, y Hiyori le arrojó una patata frita a la mejilla, que él atrapó antes de que cayera al suelo.
-No es que yo tenga mucha experiencia en el tema, así que no tengo con qué compararlo. –Le dijo la chica, sin mirarlo. –Así que ni siquiera te preocupes.
-Eso no me ayuda en realidad. –Le respondió él, con una risa nerviosa.
-Tampoco te ayuda lamentarte. –Puntualizó Hiyori. Guardó la caja vacía de la hambuguesa en la bolsa de papel en la que les habían despachado y se acercó al hombro cálido de Yato, donde posó suavemente la mejilla.
Él posó su mejilla en la coronilla de la chica, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Percibía claramente su perfume.
Era raro para ella tener esta clase de muestras de afecto. Perdida en las luces de la rueda de la fortuna del parque, dejó que transcurrieran los minutos en silencio.
Tan delicadamente como si temiera que fuera a romperse como una burbuja de jabón, Yato tomó su barbilla con los dedos y la atrajo hacia sí, dejándola admirar dos instantes de ésa mirada azul cargada de electricidad antes de fundirla con un beso apasionadamente suave. Por debajo de la cobija que los cubría, Hiyori ancló su palma sobre la espalda de él, perdida en la sensación enloquecedora de sus besos.
Se detuvieron un par de segundos para recobrarse, y él por poco frena en seco su siguiente arremetida al sentir su teléfono vibrando en el bolsillo, con un mensaje. Decidió perder el mal presentimiento que surgió desde algún recóndito lugar de su cabeza enredado en los cabellos de su chica, alargando los últimos instantes de su día juntos.
* Zori: tipo de sandalia formal que se utiliza con kimono.
Cada vez me tardo más actualizando. Una sincera disculpa. Soy víctima de borrar todo el avance cuando no te convence y empezar de nuevo. Prometo darme más permisos para la próxima.
¡Saludos y gracias!
