28. One headlight - The Wallflowers

"Va a haber mucha mierda golpeando el ventilador."

Una mano enguantada se dejó caer al costado, sosteniendo un celular de solapa. Acababa de presionar el botón de "enviar" al mensaje que instaba a su socio y antiguo amigo a la acción. La tumba recién lavada enfrente de él, aún llevando restos de la pintura roja del nombre de quien había moldeado su futuro y su destino con las manos desnudas, era evidencia de que las cosas comenzarían a moverse con rapidez. Tenían que adelantarse.

-Viejo. -Dijo Ebisu, aparentemente al aire. -Terminaré lo que comenzaste.

Un viento cálido sopló, pegándole la solapa de su abrigo a la mejilla. Osaka se estaba preparando a recibir la primavera. Los primeros brotes de flor de cerezo de los árboles del cementerio esperaban, ansiosos, por abrirse. Ebisu los miró con frialdad calculadora, habiendo aprendido a sacudirse el nombre de la cabeza a duros golpes de realidad. Sin embargo, era difícil evitar que su mente divagara, dadas las circunstancias.

-Llegó nuestra jugada, Sakura.

Volvió a mirar el nombre de Ebisu Iwami sobre la piedra gris. Recordó su aspecto frágil y patético, postrado en cama en los últimos minutos de su vida. Se dio la vuelta, caminando con lentitud hacia el rolls royce que esperaba en la entrada del cementerio con la puerta abierta. Se acomodó la solapa del abrigo y subió el pie derecho al auto, deteniéndose a mirar su agujeta desatada.

"Te vas a caer, Ebi. Déjame ayudarte", le dijo una voz dulce, desde el pasado. Miró al interior del auto. Ambos estaban sentados ahí, en la silla paralela a la puerta del auto, a sus anchas, Sakura tendiéndole una mano fraternal para que se acercara a que le atara la agujeta, ostentando el uniforme de su exclusiva secundaria privada. A su lado, sentado de la manera más maleducada que podía, un joven Yato lo miraba con una media sonrisa, continuando una conversación que habían tenido en el pasado. "Espero no llegar a viejo jamás", se tocó la nariz, frotándola y dejándola enrojecida, haciéndolo verse aún más patéticamente fanfarrón. Era un chiquillo. "Espero morirme de borracho a los 40 antes de que empiece a fallarme el pene". Sakura rio de buen talante. "Espero que a los 39 te arrepientas de lo que estás diciendo", le dijo, sugerente. "Jamás", espetó el otro, pero les dirigió una mirada cariñosa a los dos.

-¿Morirían conmigo? -Evocó Ebisu la siguiente frase de Yato, en voz baja.

-¿Señor? -Se disculpó Kunimi por no haber escuchado con claridad.

Ebisu entró al auto y se sentó en el sillón perpendicular a la puerta, aunque el otro estaba vacío.

-Necesito que me ates la agujeta.


Hiyori paladeó el sabor amargo y ácido del trago de cerveza que Yato le había servido al fondo de un vaso, luego de que gritasen "Kanpai" al unísono, luego de que les confirmaran una serie de presentaciones sorpresa en diferentes puntos públicos del centro de Tokyo. Las caras alrededor del kotatsu la miraban esperando su opinión.

- No sabe tan mal como lo recordaba, -Musitó la joven, recordando aquella ocasión en la que su padre le había compartido de su bebida, hacía años.

-Significa que estás creciendo, Hiyoriin. -Canturreó Kofuku, observándola embelesada detrás del sonrojo de las varias copas que llevaba de ventaja. -Conforme te haces mayor, te gustan cosas que antes te parecían asquerosas.

-Supongo que algunas te seguirán pareciendo asquerosas sin importar cuánto tiempo pase. -Sugirió Yukine, mirando acusatoriamente a Yato encendiendo un cigarrillo nuevo. De inmediato el mayor captó la indirecta.

-Tienes suerte de que Daikoku tenga a bien sentarte en su mesa, enano. -Replicó, fastidiado.

- El que tiene suerte de estar aquí eres tu, sanguijuela. -Gruñó Daikoku por su parte, arrojándole una cajetilla vacía a la cabeza. Yato se cubrió con los brazos, lanzando una exclamación tan aguda que los hizo reír.

Yato dejó el cigarro en el cenicero a mitad de la mesa y abrazó a Hiyori por la cintura desde atrás, escondiendo la cara entre su cuello y su hombro.

-¡Protégeme, Hiyori! ¡Daikoku lleva años queriendo matarme! -Evidentemente impulsado por el alcohol en su sistema, Yato fingió un lloriqueo que avergonzó a la chica, que soltó una risita y levantó una de sus manos para palmearle la cabeza.

-Ya, ya. -canturreó, divertida, girando los ojos.

-¿Qué clase de hombre se esconde detrás de su mujer, Yatty? ¡Qué vergüenza! -Molestó Kofuku, casi rodando por el piso de la risa.

-¡Me dan tanto asco! -Masculló Yukine, arrojando su lata de jugo al cubo de basura del otro lado de la habitación.

-¡Buen tiro! -Animó Yato, en inglés exagerado.

Hiyori miró con atención a Yato adelantarse un poco para tomar el cigarrillo, llevárselo a los labios, y soltar una bocanada perfumada. Sacudió el cigarro en el plato y lo volvió a posar en una de las ranuras.

-La verdad ya iba siendo hora. -Continuó el rubio. -Me empezaba a sentir oxidado.

-Te seguirás sintiendo así, -Sentenció Yato. -Una arena o un live house no son ni remotamente similares a una presentación "Guerrilla Live"... tenemos que ganarnos a un público que no viene a vernos a nosotros en específico. Será como volver a comenzar...

La intensa tos de Hiyori los sacó a todos abruptamente de la conversación. Llevaba el cigarro de Yato entre los dedos.

-¿Qué haces, Hiyori? -Preguntó Yukine.

-Oye. -Llamó Yato, divertido, pasando una mano reconfortante por su espalda y confiscándole el tabaco con la otra mano. -¿Qué se te metió?

Entre la tos, Hiyori respondió algo similar a "no sé", mientras Kofuku soltaba una risita enternecida.

-¡Un vicio a la vez, amiguita!

Por su parte, la joven limpió una lágrima que salió de uno de sus ojos por el esfuerzo. Habló con la garganta reseca.

-Yato y Daikoku-san lo disfrutan tanto que...

-Quisiste probar. -Adivinó Yato, apagando el cigarrillo con poca delicadeza. -¿Te gustó?

Yukine la miró atento. No sabía qué decir. Titubeó unos instantes más.

-La gente que lo hace se ve muy genial... y pensé...

La interrumpieron las sonoras risas de Yato.

-¡Al diablo con éso! Si no te gustó, no es para ti.

-Tiene un punto, ¿sabes? -Intervino de repente Yukine.

-Si, -Admitió Yato, luego de calmar su risa. -Pero ninguno de ustedes debe de pensar que necesitan cambiar nada de lo que son para estar con nosotros, o en la banda. -Abrió una lata nueva de cerveza y le dio un trago bastante grande. Casi de forma inaudible, como para sí mismo, murmuró: -Los quiero tal y como son.

Hiyori no pudo evitar sonrojarse, y Yukine simplemente lo miró confundido.

-Es afortunado que hayas conseguido la firma de tu papá justo a tiempo, Hiyoriin. De no ser así no hubiéramos podido hacer presentaciones públicas. -Comentó Kofuku, en tono soñador.

Hiyori soltó una risita nerviosa. -Supongo que cada vez estaremos menos relajados... -Cortó por la tangente, rogando por que nadie notara el cambio de tema. Su amiga zumbó una nota interrogante, Yukine miró tensamente el cenicero, y Yato solo guardó silencio, poniendo una cara difícil de leer.

Daikoku intervino en la tensión del ambiente con un suspiro fastidiado.

-Evidentemente tendremos más trabajo, pero en si quien se encargará de producir más música si hace falta es el costal de papas detrás de ti. Nosotros nos encargamos de pulir el sonido y el show, ensayando hasta odiar la música. No podemos permitirnos nada menos que una presentación perfecta.

Yukine relajó visiblemente los hombros, y sonrió.

-Es pan comido, Hiyori. Mientras menos pienses en ello, mejor.

La chica suspiró con alivio, dejando que la conversación virara con naturalidad hacia otro tema, procurando no poner demasiado su mente en la mirada grave que Daikoku le dedicó desde el otro lado del kotatsu.


Hiyori encontraba muy difícil lidiar con la necedad de Yato una vez que este hubiese decidido sentarse a beber con Kofuku. Últimamente había comenzado a darse cuenta de que ambos no se detendrian hasta que alguno quedase con la cara enterrada en el piso de madera, o hasta que Daikoku marcase el final de la noche con autoritarismo.

Para su suerte, hoy Yato estaba siendo particularmente cariñoso. Al grado de que el brazo sobre su hombro se tornaba cinco veces más pesado cuando hacía el esfuerzo para levantarse y marcharse a casa.

-Yato, ya pasan de las once y debo alcanzar a irme antes de la última ronda de trenes de la noche. -Reprochó, aprensiva, tratando de enfocarse en razonar en lugar de en los mensajes de su madre que comenzaban a inundar su teléfono y la manecilla del reloj que seguía corriendo, sin piedad.

-¿No puedes decirles que hoy te quedas con una amiga? -Le dijo el joven, con una sonrisa gatuna.

-Uhhh, ¿vas a trasnochar en casa de Yato, Hiyoriin? ¡Chica mala!

Irritada ante la impertinencia, Hiyori volvió a hacer un esfuerzo por sacudirse de encima a su compañero.

-Yato, déjame recordarte que en estos momentos mi situación en casa no es la mejor de todas...

-¡Al diablo con eso! ¡Múdate conmigo de una buena vez! -El muchacho rodeó su cabeza con el brazo y frotó la mejilla de Hiyori con la suya - Ahorraremos tiempo en transportarn...

-¡¿Qué estás haciendo?! -La joven, ardiendo de vergüenza, se removió en el poderoso agarre de Yato, el cual de cierto modo, aunque no tácitamente sexual, se sentía bastante inapropiado. Las risas sugerentes de Kofuku no ayudaban.

Yukine, por suerte, había decidido retirarse hacia un rato.

-Ah, no te alarmes Hiyori, es bastante obvio que nosotros ya...

-¡YA BASTA! -Lo interrumpió, agobiada. Y añadió en voz más mesurada. -En verdad necesito irme a casa.

Algo en la reacción de su chica hizo que Yato se pusiera serio de repente, en su cara la sombra de la duda de si algo que había dicho la había herido de alguna forma. Sonrió, contenido, y titubeó, tratando de aligerar el momento.

-¡C-cielos, Hiyori! Estoy bromeando... Te acompaño a la estación -Sacudió una lata de cerveza frente a el, indicando que aún estaba a medias. -pero al menos deja que me termine esta.

-No te molestes. -Intervino Daikoku con voz cansina. -Vamos, Hiyori. Te llevo en el auto.


Los primeros minutos dentro del auto de Daikoku se sintieron para Hiyori como cuando su madre se quedaba callada al final de un evento en el que había mostrado un comportamiento inadecuado.

De haber sido su madre, sin embargo, quizá hubiese sabido qué decir para apaciguar las cosas.
El hombre al volante, con la camisa arrugada, mal cerrada y barbas de tres días no podía verse más distinto a Sayuri Iki.

Los cabellos de la nuca de la chica se erizaron cuando su progresión de ideas le llevó a la conclusión de que esta vez no tenía idea de que decir a su favor, al mismo tiempo que su acompañante se aclaró sonoramente la garganta.

-Escucha, Hiyori. -Comenzó con inseguridad Daikoku, girando en una calle. -Estoy bastante seguro de que odias los sermones. Y probablemente vayas a molestarte porque, a final de cuentas, soy otro adulto más inmiscuyéndose en tu vida.

Daikoku esperó a percibir que Hiyori lo miraba, sin quitar su atención del volante, antes de continuar.

-Y tienes toda la razón. Sin embargo, quiero que entiendas una cosa: por el simple hecho de que soy aparentemente el único adulto en esa casa, tengo cosas que decir al respecto de todo esto.

Hiyori no dijo nada, pero su cara vuelta hacia él lo hizo continuar.

-Kofuku, y muy específicamente Yato, vienen de hogares en los que ellos no importaban un carajo. No es saludable crecer en ese entorno. Un ambiente disfuncional no crea adultos muy cuerdos. Aún hoy en día me cuesta trabajo hacer que ella entienda que no voy a irme de un día para otro y jamás volver, como hizo su padre. Es entendible que ninguno de los dos sean normales.

Daikoku aclaró de nuevo su garganta, para elaborar una pausa.

-Pero es por esto mismo que deberías tomar con recelo sus opiniones.

Hiyori abrió los ojos, sorprendida. Daikoku nunca había dado muestras de pensar en su esposa de manera tan sombría. Abrió la boca un par de veces, pero las palabras no venían a su mente. No tenía fundamento para replicar nada.

-Sé que puede parecer lo que toda chica sueña en este momento. A partir de ahora tendrás cheques jugosos y no podrás poner un pie en la calle sin que alguien te reconozca. -La chica se tensó de inmediato. Sabía exactamente a dónde iba con su charla. Daikoku pareció adivinarle el pensamiento. -Y no, no voy a comentar nada acerca de la supuesta firma de tu padre. No sé cómo la conseguiste, pero al final bajo qué condiciones estés viniendo a trabajar no es ni remotamente asunto mío. -Ella no alcanzó ni a suspirar de alivio. Daikoku se incorporó hábilmente al circuito de alta velocidad y siguió hablando. -Pero quisiera que si vas a tomar un consejo de este viejo malhumorado, te des dos segundos para reflexionar cómo se sentirán tus padres con lo que estás haciendo.

El suelo se deshizo bajo los pies de la muchacha y observó atenta la línea blanca que corría, intermitente, frente a ellos. Habló antes de darse cuenta.

-¿Quieres decir, como lo he estado haciendo desde el día que supe cómo sentarme correctamente a la mesa o en qué orden usar los cubiertos? -Hiyori hizo su mejor esfuerzo para no sentirse traicionada. Hundió la espalda en el respaldo del asiento. -En mi vida no ha existido un momento de desconsideración hacia mis padres y su agenda de familia de sociedad. En su mundo cualquier rastro de ansiedad debe de ser tragado y paladeado con un buen trago de pinot noir para no incomodar a los demás. Uno debe ser perfecto y destacar en todo, pero no lo suficiente para resultar incómodo o se hable demasiado de uno en la sobremesa de alguna otra familia respetable. -Suspiró, sintiendo que el aire de sus pulmones no era suficiente. -No hay oxígeno allá.

Pasaron unos cuantos minutos en silencio. Creyó que la conversación había muerto finalmente, hasta que escuchó a Daikoku tomar aire. El inicio de la frase no parecía venir por el mismo guión.

-Hubo un tiempo en el que fui asalariado en una compañía de telefonía celular. Cada noche salía de trabajar cerca de las nueve, engullía cualquier mierda por ahí, y luego de un par de cervezas volvía a mi casa. Despertaba a las seis de la mañana y regresaba a mi trabajo. Así, cada miserable día de mi vida. -Hiyori lo miró, tratando de imaginarlo trabajando en una oficina, sin éxito. -Un día tardé más de lo usual y perdí el tren. Tuve que volver a casa caminando. Si lo veo en retrospectiva, no me cabe la menor duda de que lo que pasó después fue el destino. No te burles. -Añadió, fingiéndose amenazante. Ella ahogó una risita.

-No lo iba a hacer.

Satisfecho, Daikoku miró al frente de nuevo y giró en una desviación.

-Cerca de la una de la mañana me detuve en un cruce peatonal. No había un alma en la calle y aún estaba a medio camino. Estaba decidiendo si no sería mejor quedarme en algún hotelucho de la zona cuando del otro lado de la acera, de la nada, una mocosa con uniforme se tambaleó y cayó sobre unos cubos de basura.

Ambos guardaron silencio. Daikoku continuó al escuchar a Hiyori tragar pesado.

-Fui a ayudarla como el estúpido que siempre he sido, y desde que vi su cara surcada de morado por un bofetón bastante serio, mi vida jamás volvió a ser normal. Kofuku apestaba a alcohol y me costó bastante lograr que me dijera un par de datos suyos para poder llevarla a casa. Casi me arrebata el teléfono cuando me escuchó pidiendo un taxi. Sólo en ese punto reaccionó, llorando como una chiquilla. Me dijo que podía hacer lo que me diera la gana con ella, pero que no la regresara a su casa en donde seguramente recibiría otra bofetada igual o peor que la que llevaba puesta.

Daikoku giró, saliendo de una avenida e internándose por una de las calles cerca de la casa de Hiyori, mientras su copiloto hacia lo imposible por suprimir sus lágrimas.

-Me sentí mal por llevarla a quedarse conmigo al hotel esa noche. Pedí camas separadas. -Esperó a escuchar alguna protesta, y continuó al no haber ninguna. -Kofuku se sintió libre en ese momento. Y en el transcurso de la noche me liberó también a mi, de cierto modo. Y desde entonces he hecho lo que puedo para que siga sintiéndose así.

Aún no llegaban a su casa, pero el hombre detuvo el auto frente a un pequeño parque. Abrió la ventanilla y encendió un cigarrillo. Luego la miró con atención.

Hiyori estaba arrebujada en el asiento, envuelta en sus propios brazos, mirando al frente, perdida, con la boca detenida en un sollozo silencioso. Una gruesa gota rodó por entre su mejilla y su nariz.

-¿Sabes por qué te estoy contando esto?

Ella no contestó, sólo negó tenuemente con la cabeza, casi imperceptible.

-Entré a trabajar a ese lugar porque me asqueaba la idea de terminar como mis padres, atendiendo una fuente de sodas destartalada en medio de un parque olvidado en un rincón de la ciudad. Huía de ello con todas mis fuerzas. Kofuku me hizo entender lo egoísta y estúpido que había sido por despreciar lo que mis padres habían logrado con el esfuerzo de toda una vida, y lo hizo sin tener que decirme una palabra. Luego de un par de meses luchando contra la imposibilidad de seguir siendo la misma persona luego de haberme dado cuenta de ello, renuncie a la compañía y reabrí el negocio. No me he arrepentido ni un segundo, sin importar cuántos gusanos vengan a picarme el culo. -Y agregó, sonriendo: -Esos gusanos terminan convirtiéndose en tu familia.

La chica le dedicó una sonrisa húmeda a su amigo.

-Gracias por decirme que soy una mocosa malcriada y después hacerme sentir bien con eso.
Daikoku profirió una gran carcajada humeante.

-Mira, no estoy diciéndote como hagas las cosas ni mucho menos. Es tu trasero a final de cuentas. -Tiró la colilla a la calle y encendió el auto, avanzando despacio. -Simplemente, quizás date cuenta de que aunque tus padres sean una mierda, lo hacen lo mejor que pueden. Porque detrás de esa copa de pinot-lo-que-sea, hay alguien a quien quizá sí le importas un carajo.

Hiyori por poco pasa sobre el hecho de que se estaban deteniendo en la entrada de su casa. -Gracias, Daikoku-san. -Le regresó al hombre la sonrisa amable.

-Ahora largo de mi auto. -Dijo él, fingiéndose amenazante de nuevo. La chica bajó del auto tras una risita.

Entró a su casa con la resolución de un soldado.


Yato miró a través del cristal empañado de la ventana hacia el balcón. Había decidido trasnochar en casa de Daikoku y Kofuku, muy a descontento de Yukine, quien no paró de patearlo en la pantorrilla cada que se quejaba en voz alta de que Hiyori lo hubiese dejado tan secamente ahí.

El mismo recuerdo de las imbecilidades que había soltado en la noche puso a Yato de pie de un brinco a primera hora de la mañana, y emprendió la marcha de regreso a su departamento. Las presentaciones de días próximos lo mantendrían ocupado, y su casa necesitaba una limpieza seria.

Por muy imbécil que hubiese sido durante la noche, no había dicho una sola mentira. Quizá hubiese sido mejor decir las cosas con más tacto, pero no lo hizo. Quizá se había dejado llevar demasiado por el alcohol y la presencia de la jovencita y había terminado por decirlo del peor modo posible, pero si alguien le fuese a cuestionar sus palabras, no negaría nada. Pero antes de que si quiera pudiese plantearle a Hiyori la idea de vivir bajo el mismo techo como pareja, tenía que encargarse de varias cosas. Una de ellas era tener algo real que pudiera ofrecerle. Lo de ahora le sentaba de maravilla, y sin embargo Yato, en el fondo sabía perfectamente que su carrera podría caer por la borda prácticamente en cualquier momento. Con los guantes de látex puestos y un cepillo en una mano, dejó de tallar la estufa con entusiasmo y miró a su alrededor.

Le asombraba la normalidad de su departamento. Definitivamente estaba marcado por aquí y allá con señales personales de quienes habían ayudado a que su vida remontara una vez más.

Comparado con el sótano de antes, prefería varias veces tener varias bufandas de Hiyori olvidadas en el perchero, un par de audífonos de Yukine debajo del kotatsu y el disco de Viina sobre el estéreo, por encima de la innecesaria mesa de billar y el equipo de audio rimbombante. En este punto, aún cuando podía reemplazar ambas cosas, le gustaba el cambio.

De hecho, pensó al cerrar varias bolsas de basura, podría acostumbrarse a esto. Sonrió al observar su limpieza terminada. Quizá así Yukine no lo molestaría con eso de la holgazanería.
Sacó de la nevera una lata de cerveza y la abrió. Estaba por darle un trago cuando notó el cubo de basura de debajo del fregadero. Posó la cerveza con un suspiro y se caló de nuevo los guantes, sacando la bolsa plástica para poder hacerle un nudo. Una bola de papel le llamó la atención desde el interior del cubo, y lo alcanzó con la mano, recordando los regaños de Yukine acerca de deshacerse de facturas y papeles importantes sin querer. Dejó la bolsa en el bote y desenvolvió el papel con cuidado.

"El rey ha muerto.
Larga vida al rey."

Lívido, Yato bajó a la calle y tomó el primer taxi que encontró.

-Buenos días señor. ¿A dónde lo llevamos?

Yato le regresó la mirada directa al taxista desde el asiento trasero a través del retrovisor.

-No tengo puta idea. Conduzca.

Trató de poner distancia entre él y sus problemas. Como siempre.

De igual modo sabía que lo iba a suceder. Pero si lo iban a encontrar de todas formas, por lo menos les iba a dificultar encontrarlo.


Hiyori se ajustó la visera de la gorra, cubriendo sus ojos de la luz directa del sol de medio día que iluminaba a plomo el trabajo de los técnicos sobre la estructura metálica.

- Es enorme. -Musitó, tratando de que Yukine no percibiera el pánico en su voz.

- Es genial. -Repuso aquel, con las mejillas enrojecidas de entusiasmo.

El amplio escenario alzándose justo frente a la puerta de un concurrido centro comercial era, evidentemente, el foco de atención de la calle. De repente, todas las circunstancias comenzaban a golpearla con inesperada y cruda realidad; lo expuesto que estaba el escenario le hizo sentir en el centro de su espina dorsal un shock de pánico que le llegó a los dedos de sus pies. A partir de ahora no tenía ningún sitio a donde correr, más que hacia adelante.
"Puedo hacerlo", se dijo, más tratando de convencerse a sí misma, al observar con toda claridad el punto central del escenario, donde estaría parada ella. "Tengo que poder".

Una voz estridente la sacó de su contemplación.

-¡NO ESPERABA VERLOS AQUI!

La camisa hawaiana saltó a su vista con total claridad.

Como niño travieso, Yukine se rasco la coronilla sacando la lengua.

-Teníamos un poco de curiosidad.

-¡Bastante bien fundada! -Rio Okuninushi, a carcajadas. -¡Esperamos al menos 300 personas! ¡Más si logran estrujarse todas en la acera!

La chica removió los dedos de los pies dentro de sus zapatos al imaginar más de 300 caras mirándola con atención.

No era buen momento para desear que se la tragara la tierra.


Deseó que se la tragara la tierra.

En cuanto cerró tras ella la puerta corrediza sintió la mirada fija de sus compañeros y el silencio que se había posado, igual de ominoso que un buitre, en el interior del salón de clases.

Trató de ignorar la desagradable sensación por tanto como pudo. Seguramente alguien había estado esparciendo rumores de nuevo. Casi quería saber de qué se trataba esta vez. Necesitarían ser muy creativos para inventarse algo tan impactante.

Lamentablemente no tuvo que esperar demasiado para la respuesta.

Se quitó el abrigo una vez estando sentada en su lugar, perdiéndose en la veta de la madera del pupitre, cuando fue interrumpida por la presencia repentina de una revista abierta ante sus ojos, presentada con brusquedad. Hiyori levantó la vista sin detenerse a mirar el artículo. Era Yama.

-¿Qué significa esto?

-Buenos días. -Respondió ella por su parte, en tono cáustico.

Yama empujó la revista hacia ella, demandando la respuesta. De mal talante, la otra chica miró con un poco más de detenimiento el artículo.

Juraría que la sangre había desaparecido de sus articulaciones.

"¿Estamos viendo a la nueva vocalista de SHRINE?", rezaba el título, en letras desagradablemente llamativas.

No se molestó en leer los detalles. Era más que claro con las fotografías que habían sacado de su espalda enfrente del escenario a medio armar, junto a Okuninushi y Yukine. Su gorra alcanzaba a cubrir buena parte de sus facciones, pero al menos para ella, y la gente que la conocía, era indiscutiblemente la misma persona.

Miró a Yama, quien le devolvió desafiante la mirada, incrementando la tensión en el ambiente. A su alrededor los demás compañeros también esperaban un desenlace. Más al fondo, Ami se acercó cautelosa.

Tenía que pensar en algo, rápido.

-Honestamente te creía mejor que esto. No parece que tengas buen criterio al elegir tus lecturas.

Terminó diciendo algo más hiriente de lo que había sido su intención, pero pareció bajar la guardia de su compañera, haciéndola enfurecer por otro tema.

-¡Disculpe usted, princesa! -Espeto Yama, antes de que Ami pudiese acercarse para evitar que la situación escalase. Pero estaba bien. Hiyori sólo tendría que aguantar hasta que llegase el profesor. -¡A veces se me olvida que es usted evidentemente superior a todos nosotros!

-¡Yama!... -Intentó Ami, un poco demasiado tarde.

-¡No Ami! ¡Si vamos a ser honestas, entonces no se por que todo mundo parece pensar que apareces en estas fotos cuando evidentemente no tienes talento y sólo llegaste al coro por cogerte al prof...!

-¡YAMA-CHAN! -Se escuchó el chillido de Ami, apagado entre muchas de las voces de sus compañeros soltando expresiones de burla y de sorpresa.

Los nudillos del puño cerrado de Hiyori se tornaron blancos, y tomó aire para responder de algún modo que dejase salir la burbujeante ira formándose en la boca de su estómago, cuando la puerta corrediza se abrió y cerró con autoridad.

-¿Qué pasa aquí? ¡A sus asientos todos! -Espetó el profesor del primer período.

Más lento de lo que desearía, los demás regresaron a sus lugares. Yama y Ami se retiraron al final, no sin sendas miradas de desprecio y de ansiedad, respectivamente.

La joven sabía de sobra lo que ocasionaba dejar enojo embotellado en el pecho, y pronto comenzó a sentir el efecto apabullante de un tremendo dolor de cabeza. Corrió al baño a despejarse en cuanto la campana marco el final de la clase.

Analizó su cara húmeda en el espejo. Los latidos de su corazón le retumbaban en las orejas al recordar lo que había estado a dos instantes de hacer.

No trató de negar lo bien que se hubiese sentido atravesarle la cara a Yama de una bofetada, pero la parte de su mente que todavía estaba anclada a la realidad no dejó de hacerle notar que no hubiera sido admirable un segundo reporte por la misma circunstancia de hacia pocos meses. Lo de aquella vez era una mancha en su expediente que no podía hacer desaparecer ni aunque rogara, y otra mancha más la alejaría de cualquier universidad "decente" ante los ojos de su madre.

"¿Y exactamente qué harías en una universidad, Hiyori?". Ignoró su propia voz interna y buscó el pañuelo en el bolsillo de su saco. "Ni siquiera sabes qué harás después de la preparatoria". Froto su piel con energía. La tela del pañuelo era suave pero bien podría estar secándose con una piedra. Por primera vez deseó que su conciencia se callase por un momento. La misma ira burbujeante se empezó a apoderar de sus extremidades. "En este punto daría igual si no estuvieras estudiando en una escuela tan prestigiosa, porque estás tirando todo tu futuro a la basura. Qué desconsiderada. ¿Qué diría tu familia si llegara a escuchar los rumores de que la pequeña Hiyori es la mujerzuela de la escuela?".

Miró de nuevo su cara reflejada en el espejo, el enfoque fallándole por las lágrimas amenazando por caer.

-Cállate.

Lo había murmurado. Su voz interna no le contestó. Estaba perdiendo la cabeza por completo.

Antes de pensar en lo que hacía, su pie se abalanzó tirando un puntapié a la papelera junto a la salida.


El infierno era un lugar muy silencioso, pensó al salir del edificio hacia la calle, cabizbaja.
En lugar de el constante cuchicheo y las risitas indiscretas, le había rodeado un silencio que le hacía suponer que a sus compañeros les había dado por hacer de cuenta que no existía. Honestamente no sabía cuál de las dos era peor.

A lo largo del día, el enojo que sentía había dado paso a una tristeza incierta. ¿Vendría del ambiente en general? ¿Desde los rumores inventados en su contra? ¿En el hecho de que había sido lo suficientemente descuidada para no poder evitar llamar la atención de las noticias de chismes? ¿En el hecho de que se estaba volviendo dolorosamente evidente que estaba llevando una doble vida?... ¿O de que en realidad en este momento le gustaría tener las mismas dos amigas de toda su vida, en quienes en algún punto dejó de creer que estarían ahí como confidentes, dejando que la situación escalase hasta este punto?

Pero Hiyori era lo suficientemente lista como para darse cuenta de que todo lo que estaba sucediendo era nada menos que producto de sus propias malas decisiones. También sabía de sobra que las cosas cambian y es prácticamente imposible devolverlas a como eran, a menos que sucediera un milagro. También estaba el hecho de que ella misma tampoco era la de antes, y se lo repitió mentalmente a cada paso que daba, cada vez más cerca de la puerta. Trató de ignorar la multitud de estudiantes apiñonados sobre la banqueta. Lo que fuera que quisieran mirar al grado de empujarse cerca de los demás seguramente estaba fuera de su campo de interés. Una vez fuera de la escuela sería una persona normal.

Apenas logró escurrirse por el estrecho espacio entre el pilar sosteniendo la reja derecha y la espalda de uno de los compañeros de tercer año cuando el sonido del motor de una motocicleta acelerando la hizo voltear de reojo.

-¿Es una Yamaha FJR1300?

- Ah... maldición, hay bastardos con mucha suerte. -Escuchó gente cuchicheando en los alrededores.

"Es una simple motocicleta, ¿qué podría llamarles la aten..." el pensamiento de la joven se interrumpió junto con el salto que dio su corazón al reconocer la figura encima de la moto deportiva. La careta del casco estaba levantada, dejando ver un fragmento familiar del rostro, y el azul intenso de los ojos del piloto.

-¡Sube, perdedora! Nos vamos de compras.

Hiyori había parado en seco, y su cuerpo se habia girado hacia el, instintivamente. Yato se arrancó el casco en un gesto, (en ojos de Hiyori) fastidiosamente sexy. El griterío de los estudiantes no se hizo esperar, pero mantuvieron una recelosa distancia entre ambos.

- De todas las cosas que pudiste haberme dicho, ¿lo primero en que pensaste fue en una frase de "Chicas pesadas"? -Recapacitó unos segundos. -¿Y esa moto?

-¿Te gusta? -sonrió Yato, con orgullo. - Es producto de una compra calculada y absolutamente no impulsiva.

-Se supone que debes comprar primero la motocicleta y después el auto, Yato. Lo estás haciendo al revés. -Divertida, Hiyori se cruzó de brazos. Luego añadió, preocupada por el número de cámaras de teléfono móvil que les rodeaban: -Sería mejor que te pusieras de nuevo el casco.

- Creo que la moto va mejor con la imagen de tipo malo. - La miró con intensidad y movió sus cejas de arriba abajo. La joven intentó ocultar su sonrojo soltando un bufido y mirando hacia el costado. -¿Entonces, te subes?

-Yato... -Comenzó Hiyori, en voz de ligero reproche. -Un estúpido artículo de revista me hizo pasar un muy mal rato hoy, y creo que empeoraría nuestra situación si me voy contigo enfrente de media escuela.

- De hecho creo que el artículo fue brillante. -Yato extrajo un casco extra, color púrpura, del maletín. -Estoy seguro que los jefes no se van a molestar por ello, y además... -Yato hizo un ademán con los brazos, señalando a la multitud. -de cualquier modo la mitad de la escuela que no sospecha que la de las fotos eres tu, es porque tiene la certeza de que lo eres. ¿Entonces qué más da?

Hiyori tomó el casco con cierta cautela.

-Mejor que lo sepan de ti directamente y al diablo con todo.

Ante esa última frase, la chica sonrió y se caló el casco en la cabeza, mientras Yato hacia lo mismo. Se sonrojo un poco al tener que pasarle los brazos por la cintura.

Los dos fuertes acelerones que Yato indujo en la motocicleta resonaron por todo el patio frontal del Instituto.

Ami tomó el brazo de una perpleja Yama.

-Ami-chan... -Sugirió la última.

-Dime. -Respondió Ami, con voz firme.

-Sospecho que Hiyori hablaba en serio acerca de conocer a SHRINE.

Ami suspiró, sonoramente.


-¿Qué clase de mánager se pierde el debut guerrilla? -Reprochó Yato, hundiéndose en el asiento de la ya de por sí hacinada camioneta, cruzándose de brazos.

Hiyori estaba segura de que Daikoku le hubiese atravesado el cráneo con la baqueta de ser posible.

-Kofuku se sentía tan mal que ni siquiera podía levantar la cabeza del retrete.

-Demasiada bebida. -Chasqueó Yukine. Daikoku se hundió en un silencio introspectivo.

-Ayer nos fuimos a la cama temprano.

-Tiene todavía menos energía que de costumbre. -Señaló Yato. Daikoku le arrojó una lata de jugo a la cabeza, la cual rebotó de manera bastante graciosa, rodando hasta los pies de Hiyori, quien de no haber mostrado el enfermizo tinte verde en su semblante, hubiera preferido tomar los colores del fondo y mimetizarse.

-¿Nerviosa? -Preguntó su pareja, mirándola a los ojos. Ella no pudo más que negar tenuamente con la cabeza. -Se que lo estás. Está bien. Disfrútalo en vez de sufrirlo.

Era más fácil decirlo que hacerlo. Gustosamente cambiaría de lugar con Kofuku, postrada ante el retrete.

Una de las ventanas de la van sonó cuando uno de los operadores de piso tocó sobre ella con los nudillos. Luego abrió la mano, señalando cinco minutos para el comienzo del show.

- Bien, -Exclamó Yukine, entusiasmado. -¡Hagámoslo!

- Primera vez en un escenario desde hace meses. -Señaló Daikoku, abriendo la puerta corrediza de su lado y empujando a Yukine a través de ella. -¡Se sintió como una eternidad!

Hiyori bajo del automóvil con pasos titubeantes y temblorosos. Estaban detenidos justo detrás del escenario, así que no podía ver a la multitud del otro lado, pero sí que podía escucharlos. Una mano pesada en su hombro la hizo saltar de susto. Por supuesto que era Yato, ¿en qué estaba pensando?

-Estás bien. - Le dijo. A Hiyori le tomó un segundo entender que no era una pregunta. - Puedes con esto.

La dejó atrás, subiendo una corta escalera hacia el escenario.

Casi olvida que debía esperar su marca, y había estado a punto de subir también, cuando una amable joven la tocó en el hombro con suavidad y le habló en tono respetuoso, pero trabajó con eficiencia.

-Vamos a colocarte el monitor muy rápido antes de tu señal. ¿Necesitas algo? ¿Maquillaje? ¿Agua?

-N... estoy bien... - Murmuró, sin saber exactamente qué responder. Se halló de pronto con un micrófono en la mano.

La gente empezó a gritar en cuanto las luces se encendieron; que era la señal para Daikoku y Yukine.

Su marca era el segundo compás de la guitarra. En el primero se precipitó escaleras arriba. En cuanto la multitud hacinada en el vestíbulo de la plaza y la banqueta la vio entrar con paso decidido, una cortina de aplausos y silbidos se cernió sobre ella.

-¡Buenas noches a todos!... - vociferó en el micrófono, despertando una nueva ola de entusiasmo entre los espectadores. -Somos SHRINE.

Ante su presentación, la adrenalina del público la golpeó con tanta fuerza que tardó dos instantes más en recuperar el aire que había salido de sus pulmones. Miró a Yato al enunciar la primera línea de la canción, quien sonrió reafirmativamente.

Podía con esto.


Sayuri Iki siempre sabía exactamente qué debía hacer.

A lo largo de su vida, algo que le enorgullecía más que nada, era que había tomado las decisiones adecuadas desde el principio. Una carrera universitaria que le permitiese hacerse cargo de la casa, un esposo adecuado, las escuelas correctas para sus hijos y la educación necesaria para que el mayor siguiera los pasos de su padre.

Miró a Hiyori marchar canturreando de la cocina hacia el salón, llevando diferentes tipos de vajilla en movimientos seguros y veloces. Había pasado tan rápido el tiempo que no se había percatado de que ya no era la chica cuya presencia en casa era señalada por el golpe de sus pies sobre la madera. De alguna manera, la joven parecía flotar entre habitaciones.

Su hija había sido más difícil de cuadrar. Sayuri tenía la certeza de que cultivando el arte y la sensibilidad adecuada para una mujer, al mismo tiempo que mostrar mano firme en lo académico, lo demás vendría por sí solo. Pero Hiyori no había sido el ejemplo de ello. Últimamente sus muestras de rebeldía y mal comportamiento la embargaban de incertidumbre por su futuro y le hacían preguntarse si había seguido el curso correcto.

Cuestionarse nunca había tenido que convertirse en un ejercicio constante. "Y no tiene por qué cambiar", se reafirmó mentalmente, mientras terminaba de ayudarle a Sasaki, su ayuda doméstica, a presentar los canapés y bocadillos que había preparado sobre una elegante fuente de porcelana.

Al salir con cuidado de la cocina con el plato de varios niveles, observó la mesa puesta de manera impecable y veloz, y a su hija dándole los toques finales a una servilleta, por detrás de una tía segunda cuya cara estaba medio oculta detrás de unos anteojos colosales que le daban la curiosa apariencia de una tortuga milenaria. Colocó los bocadillos al centro de la mesa y miró directamente a Hiyori con una media sonrisa y un asentimiento de aprobación, que su hija recibió mostrando la dentadura con satisfacción.

En algunas cosas podía seguir siendo una chiquilla.

Un hombre de mediana estatura y traje ordinario procedió a pedir permiso para tomar asiento y colocó los documentos legales frente a el. Esta fue la señal para que la familia presente tomase asiento a su alrededor. Sayuri se sentó, asegurándose que su esposo estuviese con el saco pulcramente acomodado al imitarla, y luego buscó con la mirada a sus dos hijos.

Masaomi podría disimular mejor su cara de tener todas las ganas de desaparecer en ese instante, y Hiyori miraba a su regazo con apariencia distraída.

Después hablaría de ella acerca de la sospechosa motocicleta que había escuchado entrar y salir de su calle justo antes de que hubiese entrado por la puerta. Sayuri se estremeció ante la idea de que su hija pequeña estuviese relacionada con un vago en motocicleta.

El abogado interrumpió su avalancha de ideas ominosas con la lectura del documento legal dejado por su madre.

-De acuerdo a lo estipulado en el siguiente testamento notarial, del cual se nos dio aviso el día...

El brillo en la cara de su hija era inconfundible. La miró con dureza hasta que la chica se dio cuenta y guardó veloz el teléfono móvil en su bolsillo.

-... Y tal como está decretado en el primer inciso del apartado de bienes inmuebles, la propiedad a nombre de la familia Iki, conllevando toda su documentación y certificación histórica otorgada por esta prefectura pasará en adelante a manos de Iki Hiyori, nieta en línea directa sin controversias de por medio en la hora y únicamente cuando la antes mencionada cuente con la mayoría de edad legal. A continuación doy lectura al segundo apartado que se refiere a las cuentas del banco...

La sala se quedó como petrificada en el tiempo. Los ojos de madre e hija entrelazados, en pánico, inseguras de lo que iba a suceder a continuación.

Por primera vez en su vida, Sayuri Iki no sabía qué hacer.


Yato se removió sobre el futon, incómodo, tratando de encontrar un punto que le brindara la mullidez suficiente para dejarse llevar por el sueño, pero la lluvia de afuera estaba haciéndole la vida imposible.

En primer lugar porque la temperatura estaba bajando mucho más de lo normal. Y en segunda porque le recordaba lo solo que se hallaba en su departamento.

Luego de haber encontrado el misterioso cartel en la basura (estaba seguro, dicho sea de paso, que Yukine o el chico Suzuha habían despachado ese maldito papel en la basura de la cocina, creyendo que Yato no iría detrás de un papel cubierto en desperdicios) había vagado por la ciudad para tratar de ocultarse a plena vista, con la pesada seguridad de que no iba a funcionar.

Tomó un taxi y lo hizo parar en la primera concesionaria automotriz que encontró.

Si Kouto iba tras el de nueva cuenta, no le iba a dar el gusto de una suma jugosa de dinero guardada en algún sitio accesible.

Compró la motocicleta que más le gustó, y regresó por Hiyori, quien muy mortificada trató de disuadirlo de llevarla a casa, sin éxito. No mientras no supiera cuál era la situación actual. Quizá Kouto la tendría en la mira ya. Seguramente a Yukine también y a todos los que le rodeaban.

Pero esta vez no iba a permitir que le intimidaran. Iba a pelear por ellos y a mantenerse firme en su sitio, llegase a las consecuencias que llegase.

Tres golpes repentinos en la puerta lo despegaron desagradablemente del futon, haciéndolo sentarse muy derecho, atento a cualquier otro sonido que llegara desde afuera.

En un instante se escurrió, asustado como gato, hasta el marco de la puerta. Cuando no escuchó nada más, entreabrió una rendija para asomarse.

Hiyori estaba empapada, parada en el umbral de la puerta.


¡Muchas gracias a todos por leerme a pesar de la tardanza! Ya saben, la vida se atraviesa de repente cuando ya eres adulto con responsabilidades, pero como ya les dije, voy a terminar este fanfic aún cuando tenga que volver a postear desde mi tumba como zombie.

¡Oh, también estoy muy emocionada por los últimos eventos del manga y quiero que cada mes llegue más rápido para saber que va a pasar con Yato y Hiyori! ¿Están emocionados? De antemano mil gracias por sus comentarios!