«Sé que podría estar equivocado, pero mi corazón ha hablado»
No habían vuelto a dejarse caer por aquel mundo, pero Goofy recordaba las horas que habían permanecido en la selva con la misma claridad con la que se recuerda la primera picadura de mosquito.
Todo comenzó con una disputa. Donald había chocado con Sora desde el primer momento, y tras una larga y ardúa travesía por el espacio la tensión entre ambos no había hecho más que crecer. Al final estalló la inevitable confrontación. Sora quería aterrizar, convencido de que en la jungla encontraría alguna pista sobre el paradero de sus amigos; Donald, por su parte, se oponía tajantemente a demorarse un solo segundo en la misión que les había sido encomendada por la reina Minnie.
La lucha por el mando de la nave había desembocado en un aterrizaje forzoso en una frondosa selva infestada de peligros. La situación en la que se vieron envueltos al salir ilesos del impacto y poner los pies en tierra firme no era digna de celebrarse; la nave quedó inutilizada y Sora se hallaba paradero desconocido, aunque esto último parecía ser el menor de los problemas del mago.
—¡Ese maldito crío! —bramó Donald mientras pateaba los bloques gumi a los que había quedado reducida la nave—. ¿Quién lo necesita? Estamos mejor sin él.
Goofy sabía que no lo decía en serio. Estaba sin duda preocupado, aunque no tenía tan claro si su preocupación era meramente instrumental; después de todo, necesitaban al elegido de la Llave Espada para restaurar el equilibrio entre los mundos.
Aun siendo consciente del alcance y responsabilidad que acarreaba su misión, Goofy no podía evitar detenerse en el lado emocional del asunto: la integridad física del niño. Si Sora tenía la cabeza tan hueca como él seguramente habría sobrevivido a la caída, pero la selva parecía tan inhóspita e inabarcable... Se alivió al recordar que era un isleño, con lo cual sabría apañárselas para abrir cocos y trepar una palmera en caso de peligro.
—No desesperes, Donald —le recordó a su iracundo compañero—. Recuerda que el gran Yen Sid...
—Lo sé, lo sé —graznó Donald.
Era el mago de la corte, no necesitaba que nadie le diera lecciones de nada. Lo suyo eran los libros, la experimentación, el ensayo y error. De sobra sabía que la desesperación era la puerta grande por la que la oscuridad solía abrirse paso en los corazones débiles. Y, con todo, seguía siendo indulgente con sus arrebatos.
Por entonces Donald intuía lo que no mucho más tarde el rey Mickey conocería de primera mano: que la represión del vicio asociado a la oscuridad no necesariamente conduce a la virtud.
Tras contar hasta diez para serenarse reemprendieron la marcha a través de la tupida vegetación. El aire estaba cargado de humedad, lo que hacía que el calor fuera insoportable, especialmente para dos criaturas provistas de abrigo natural.
—Al menos estamos protegidos de los mosquitos —dijo Goofy—. El pobre Sora debe estar sufriendo mucho más que nosotros.
—Se lo tiene bien merecido —sentenció Donald—. No solo nos ha cambiado el rumbo sino que ha estado a punto de matarnos.
—Sora jamás haría eso —repuso Goofy—. Solo quería bajar un rato para preguntar por sus amigos Kairo y Rika. Recuerda que le prometimos encontrarlos.
—Y yo te recuerdo que eso no es lo primero en nuestra lista de prioridades.
—Pero nosotros también vamos en busca de un amigo, ¿no?
A Donald se le erizaron las plumas de la cola.
—No se reduce a eso. Perseguimos un fin mayor. Si el mocoso no es capaz de ver más allá de sus propias narices, entonces no es un digno portador de la llave.
Donald tenía siempre la última palabra, pero Goofy, a su manera torpe e indiscreta, a menudo conseguía quebrantar la firme determinación del pato. Era difícil ignorar el hecho de que su misión y su deseo de encontrar al rey colindaban en el camino que tenían por delante, mientras que Sora se encontraba en una situación más delicada. Donald no podía ni quería imaginar lo que haría de estar en su misma tesitura. Se consideraba un pato muy racional, pero también poseía la mentalidad de un mayordomo dispuesto a todo por complacer a su señor.
Y Mickey había demostrado ser mucho más que eso.
Conforme se acercaba el mediodía y el bochorno crecía hasta niveles insoportables, la rabia del mago se templaba en igual medida. Cuando finalmente encontraron al chico en una de las cabañas de un campamento aposentado en un claro, a Donald le resultó difícil disimular su entusiasmo. Durante el tiempo que había estado perdido, Sora había hecho migas con un tipo en taparrabos que afirmaba haber sido criado por los gorilas de la zona. Todos necesitaban ayuda urgente y, por supuesto, Sora tenía que ser el primero en dispensarla. Donald se exasperó. Habría estallado una segunda confrontación si el líder de la manada no los hubiera puesto de inmediato al corriente de la gravedad de la situación que atravesaba su pueblo: ocurría que un terrible cazador proveniente del otro lado del mar se había empeñado en darles caza con un ejército de oscuras y violentas criaturas.
Atando cabos, Donald determinó que podía tratarse de un asunto que se beneficiaría de su atención.
—Mira por donde, al final el desvío ha sido para bien —comentó Goofy al fin de este episodio, que se había resuelto con una cruenta batalla de la que habían salido airosos sin mayor percance—. Es lo que me gusta de Sora: si ve una injusticia, nada ni nadie le hará echar la vista hacia otro lado. Y su corazón nunca se equivoca.
—Si, ha servido para que tome conciencia de la magnitud del peligro al que nos enfrentamos —admitió Donald.
Era un digno portador de la Llave. Toda duda había quedado despejada al verlo asestar el último golpe, la silueta paralizada en al aire en posición ofensiva, envuelta en la difusa luz de la jungla.
—¿Y qué hay de ti, Donald?
El mago refunfuñó algo ininteligible y se dirigió a la salida de la cabina de mando, solo para toparse con Sora en el umbral de la puerta. Donald alzó la cabeza con aire de dignidad y le preguntó, muy serio, si al final había hallado alguna pista sobre el paradero de sus amigos.
—No ha habido suerte —respondió Sora, cuya sonrisa se desvaneció al momento.
—Bueno, ya les encontraremos.
Y, dicho esto, Donald abandonó la cabina bajo la perpleja mirada de Goofy.
Inspirado en Exodus 04
