Matthew Williams era una de las naciones más amables con las que te podías encontrar. Su carácter pasivo en un día normal y tranquilo era una buena compañía; modesto y competitivo, alargador y detallista, paciente y comprensivo, nación a la que pedías un favor y él la realiza sin pensar en qué le puedas dar a cambio.
Curiosamente, estas virtudes que lleva el rubio consigo no eras buenas a veces.
—All right, Alfred. You nee-
"¡En español, Matthew! ¡Jesús, en español!".
Como por ejemplo; no poder negarse a su hermano, los Estados Unidos de América.
Pero obviamente el canadiense pediría explicaciones.
—Muy bien, continuo. —dijo con cansancio después de ser interrumpido por tercera vez—. Necesitas que vaya a Minnesota, cancele mi asistencia como país a la cumbre mundial, que me quede durante tiempo indefinido, lleve lo absolutamente necesario y que llame a Rusia para que haga exactamente lo mismo. ¿Correcto?
"¡Sí!". Contesta Alfred a través del audífono del teléfono de casa.
—Dime que no volviste a tomar la soda con los fármacos —Matthew no había otra explicación al pedido tan extraño. Y eso que Alfred sabia pedir cosas anormales—. Un día te dará un ataque al corazón por hacer caso a María.
"¡Matthew, por favor! ¡Yo no le hago caso a nadie!". Gritó Alfred. Matthew solo alejó el teléfono de su oído para escuchar sin quedar sordo. "¡Y no bebí nada… hoy!".
-¿Entonces porqué quieres que vaya? ¿Y para colmo llevar a Iván? —ciertamente estaba nervioso—. No creo que sea para hacer una pijamada.
Una cosa es que solo vaya Matthew. ¿Pero Iván? Nope, nope. El norteamericano estaba definitivamente fuera de sí.
"¡Solo llámalo! Si no viene entonces contactaré a alguien más, pero necesito que vengas aunque sea tu! ¡Por favor, Mattie!".
Matthew se frotó los ojos cansado. Estaba entre hacerle caso o llamar a Obama para que le ponga una buena zurra a su gemelo por andar drogado.
—Está bien. Iré.—cedió finalmente. Detrás de él, Kumajirou gruñó apesadumbrado.
"¡Gracias Matthew! ¡Trae contigo todo lo necesario y un Pequeño Larousse!
Cortó la llamada.
Matthew miró el teléfono con tanto pesar que el aparato por poco y se pone a llorar.
Puso el teléfono en su base y rodó por la cama hacia el otro extremo. Allí había una mesita de noche en la cual estaba su celular. Lo tomó y marcó a Rusia. Dios lo ayude.
"Привет, Матвей". El mencionado suspiró. "To what do I owe your call so late?".
—No te va a gustar, Iván. —dijo en tono serio. Usando el idioma español, tenía que saber cuánto sabia Iván. Aunque esperaba que no supiera nada, ya que al parecer era un requisito para el favor que Alfred le pidió.
"¿Qué sucede?". Automáticamente el ruso cambió al español. El canadiense maldito en silencio.
La línea estuvo en silencio un momento.
—Acabo de hablar con Alfred, —comenzó, rezando mentalmente—. Quiere que tu y yo vayamos a Minessota durante tiempo indefinido para ayudar en un asunto de suma importancia. No antes ni después de la cumbre mundial, quiere que nos vayamos ya.
Escuchó un golpe de fondo, se sentó en su cama y puso el altavoz para poder oír mejor.
"¿QUÉ?". Iván no gritó, pero su tono había subido de volumen por mucho.
—Dice que es de extrema urgencia e importancia. Que no pagaremos alojamiento pues llegaremos a su casa. —explicó—. Qué después nos va a recompensar por ello y que tendremos algún beneficio si ayudamos.
"Está loco". Matthew asintió con la cabeza, no queriendo afirmar eso en voz alta. "No creo que sepa, pero el trabajo como nación no es sólo interno para mi. Tengo compromiso con mi gente, Mateo. No debo dejar de lado mis responsabilidades como civil aquí.".
—Desgraciadamente el pensó lo mismo…
"¿Qué quieres decir?".
—Llamó a Medvedev antes que a Harper. —dijo tragando un nudo.
"¿EN QUÉ MOMENTO HIZO ESO?". Casi podía ver el rostro de Iván. Los ojos abiertos y redondos como caricatura japonesa y una de sus manos sosteniendo con fuerza algún objeto.
—Creo que una hora antes de hablarme a mi. Lo más seguro es que en breve tengas una reunión con Putin o Medvedev, pero necesito saber si vas a ir a Estados Unidos ya.
"Iré. Lo golpearé con mi grifo por ser tan impulsivo". Aseguró el ruso.
—Dale un tubazo de mi parte. Y gracias por aceptar.
"No hay de qué, Mateo. ¿Algo que agregar?".
Matthew pensó un momento.
—Trae contigo un diccionario de español, de preferencia el Pequeño Larousse.
"Sabes… que es sospechoso, ¿cierto? Más que el hecho de que me hables en español".
—Absolutamente. Gracias de nuevo, Iván y disculpa las molestias.
"De nada. Hasta pronto, Матвей".
Y colgó.
Matthew miró su celular. Estaba tentado a no ir. Pero Iván había aceptado y por ningún motivo iba a dejar a esos dos solos. Las cosas estaban "pacíficas" en este siglo y no quería una nueva guerra fría. Mucho menos en la frontera canadiense/estadounidense.
—Kumashimou, -escuchó un gruñido en respuesta—. nos vamos de vacaciones.
No eran vacaciones en absoluto.
Tecleó un número, se lo sabia de memoria. Era el número privado de Stephen Harper. Primer Ministro de Canadá.
