Sus manos sudaron. Completamente frías y sin una gota de humedad. Era una ilusión. El calor que podía sentir en sus miembros agarrotados no era más que una ilusión.

Su espalda encorvada, evitando a toda costa tocar la fría madera del tronco, aquel gran árbol le daba refugio contra el viento, sin embargo, el frió perpetuo de las tierras no mermó. Ni el temblor en su cuerpo.

Ni su perseverancia cuando escuchó los primeros gritos demasiado cerca para su gusto.

Podría gritar día y noche. No saldrá de su escondite.


Sus dedos golpeaban rítmicamente su rodilla. Aquel tamborileo que, de poner suficiente atención, notabas que no seguía ninguna nota o ritmo en particular. Solo golpeaban una y otra vez como una muestra del nerviosismo que le recorría el cuerpo. Se encontraría con Iván apenas estuviera en camino. Se supone.

Y ya estaba en la entrada de los terrenos de Alfred, e Iván ni sus luces.

Se supone que no recorrería él solo las hectáreas de bosque para llegar a la modesta mansión.

Se supone que no entraría ningún bendito coche.

Todo el recorrido era obligatoriamente caminando en honor al calentamiento global y debido a que el área dispuesta por Alfred, que abarca una parte de Minnesota, Manitoba y Ontario, era prácticamente protegida.

Por las dos malditas naciones.

Se supone que iban a una mansión en medio de la nada.

Corrección. No es una mansión en medio de la nada.

Es una cabaña tamaño mamut en medio de la nada.

Tres malditas cabañas unidas por pasillos, para hablar con la verdad.

Matthew no sabía que el camino se veía peor de lo que realmente era, para alguien como él que suele arriesgar los huesos con deportes extremos, no era gran cosa una larga caminata.

El problema era que él juraba e híper juraba sufrir una deshidratación, insolación u alguna alucinación pese a estar completamente seguro de haber desayunado en regla, estar en buena forma y no caminar en medio del desierto. Además, por algo tenía frio, y caía una leve nevada.

Pero no. Sano y cuerdo. Con oso polar curioso y sus gafas bien limpias, él alzó su mano para saludar a Ludwig, quien apareció caminando a lo lejos y estaba mirando de un lado a otro el camino, desorientado. Blackie, Berlitz y Aster, que son un pastor alemán, un labrador Retriever y un Doberma respectivamente, al lado de su amo esperaban el hombre siguiera su camino.

-Ey! Ludwig! Here! –gritó para hacerse notar. Se apartó de la cerca, su oso polar dando un respingo por el movimiento brusco. El alemán alzó la vista del mapa en sus manos y Matthew sintió pena al ver el alivio en las facciones de la nación.

¿Cuánto llevaba dando vueltas sin saber cuál dirección tomar? Después de todo, el camino hacia la casa de Alfred no era sino un sendero muy ancho y cercado por el bosque

–¡Matthew! Gott!

Estaba 50% seguro que Ludwig no sabía que también él estaría casi obligado a venir, el otro 50% de él decía que el pobre de verdad se había perdido, y por eso la exclamación.

–¡Buenas tardes!–saludó. En español.

–Buenas tardes, Matthew. Gracias a Dios estas aquí.–Y por supuesto que Ludwig también. Con su acento germano marcado y todo, pero en español. Maldición, Alfred–. Llevo dos horas tratando de elegir un sendero y el mapa parece estar mal.

El canadiense hizo una mueca, una de 'estoy pensado'.

–¿Eso es un mapa de Minnesota? –preguntó, probando sus opciones.

–Sí.

–¿Es un mapa local?

–No.

–¿Del guardabosques?

–N-nein. –el tartamudeo le dio mala espina. El que Ludwig mirara de un lado a otro confirmo su sospecha.

Suspiró–. Alfred te describió el mapa. –el otro se limitó a rascar su nuca, una sonrisa de vergüenza apenas visible.

–Supongo que no entendí bien su español.

–Alfred es el mejor país extranjero hablando español como segunda lengua. No te lo creo.

–Creí que Suecia era el mejor. –contrarrestó enarcando una ceja–. Balbuceaba y cambiaba de sinónimos cada dos letras. Y no sé cómo lo hizo posible.

Matthew dejó a Kumajirou en el suelo, se sobó las sienes cuando la migraña hizo su aparición.

¿Qué rayos quería Alfred de ellos tres?

Rusia. Canadá. Alemania.

Su cerebro busco alguna similitud ademas de alianzas y guerras. Nada. Nada fuera de las relaciones políticas y guerras raciales estúpidas.

Kumajirou rasguñó el suelo, irritado y poniendo alerta a Ludwig. El animal estaba sintiendo los dolores de su nación, sabía que había un problema pero no podía descifrar a quién echarle culpa y atacarlo para que dejase de molestar a su compañero. Lamentablemente los perros de Ludwig se alertaron con el arisco oso polar. El pastor alemán gruño primero, poniéndose frente a su nación.

–¿También te obligó a venir, Alemania?–Matthew dio un bote al escuchar la voz tan cerca de su persona. Abajo, prendado de los pies de Iván, Kumajirou mordía con fuerza la bota de cuero que calzaba el ruso. El animal apenas escuchó al rus pegó bendito brinco, solo los perros de Ludwig se mantuvieron al margen–. ¡Bola de pelos! Eres tan tierno. Suelta mi pie.

–¿Iván?–preguntó Ludwig. El hombre miraba con ojos redondos y bien abiertos al ruso que apareció sepa Dios de donde con equipaje y abrigado–. ¿Alfred también te llamó?

–Te odio, Alfred. I hate you so bad. Malheureux.–murmuró cambiando del español al ingles, del ingles al francés y solo Dios sabía porqué no había comenzado a maldecir como argentino en pleno mundial.

Iván, quien ahora tenía a un enojado oso polar cogido del cuero como a un gato, parpadeó casi sorprendido por las palabras del canadiense.

Pero bueno, lo entendía. Tampoco sabía los planes de Alfred y se sorprendía el acceder.

Peor aun, que Putin accediera.

–Da! ¡Camarada Ludwig!–dijo jovial Iván mientras mantenía alejado de su rostro a Kumajirou, el oso intentaba mordérselo–. Veo que América tiene planes extraños, por eso traje esto.

De una gran maleta a su lado, Iván sacó su inseparable, gris, brillante y terrorífico "Bastón Mágico".

–Guarda eso Iván, por favor.–pidió Ludwig. Mostraba templanza pero por dentro temblaba, esa tubería era mas mortífera que un arma.

–Oh, no es para ti, camarada. Alfred hizo tonterías ayer en la noche y me las va a pagar. –informó sombrío. Hasta el oso canadiense dejó su ataque en completa quietud por el aura de peligro que el hombre armado emanaba.

–¿Que tan mala fue tu reunión?–preguntó Matthew mientras ajustaba su bufanda. Parecía que se acercaba una tormenta. Cuando no obtuvo palabra del ruso comenzó a caminar por el sendero, avanzó un metro, brincó la cerca y tomó sus maletas. Equipaje pesado, solo por si acaso– ¿Así de mal?

–Peor de lo que te imaginas. –dijo el ruso antes de mirarlo interrogante.

–La casa de Alfred queda en esta dirección, el sendero es una escusa de viaje a pie a través del bosque como turismo remoto. -explicó Matthew.

Antes de otra cosa, Iván arrojó a Kumarijou a los brazos del canadiense y sus maletas a un lado del chico.

–Un día te fallará la puntería y se va a lastimar, –señaló el rubio norteño–. y ese día te las verás con mi palo de hockey.

–Mientras tanto, nos guiarás hacia tu chiflado gemelo. Berlitz, Blackie, Aster! Komm schon! –ordenó firme Ludwig. Los tres canes saltaron la cerca. El rubio pasó a maleta por sobre la misma y después la saltó.

–No negaré eso, sonó desesperado mientras hablábamos.

–Nervioso. -agregó Ludwig.

–Señores, no sabremos nada estando parados como estatuas al lado de un sendero que dentro de poco estará lleno de turistas.

Matthew suspiró, cansado. Se puso a la cabeza del grupo y comenzó la caminata.

Solo unos días. Esto se resolverá y volveré a mi paz mental en solo unos días.

Ninguno lo dijo en voz alta, mas los tres pensaron lo mismo cuando el bosque los engulló. No había marcha atrás. Los perros de Ludwig avanzaron cautelosos bajo la mirada de su amo.

El alemán frunció el ceño. Sus mascotas entrenadas no eran miedosas.

Su vista viajó al oso que asomaba la cabeza por sobre los hombros de Matthew. Los ojos como gotas de aceite de Kumajirou reflejaron la inteligencia propia de un humano.

Y también el miedo.