Necesitaba moverse. Debe moverse.

La voz dentro de su cabeza está gritando, rogando, suplicando, clama y aúlla; Corre, corre. Escondete. Búscala. Váyanse lejos. ¡Lejos!

Sacude la cabeza. No. Necesita pensar. Tiene que enfocarse en su entorno para lograr llegar a ella. Entonces es cuando se gazapa entre la maleza que lo ve pasar. Es grande. Inmenso. Monstruoso. Su olor es nauseabundo y le provoca una arcada que apenas logra callar.

Silencio. Debía permanecer en silencio. Los copos comenzaron a caer y con ellos la temperatura. Pero debía tener cuidado, esa cosa estaba cazando.

Esperaría. Sabía como regresar. Y, entonces, todo se solucionaría. Entre más cerca de su prisión, más lejos estaría su carcelero.

Hay algo que olvidó, que nunca más dejaría pasar por alto: el depredador siempre tendrá un mejor olfato.

El corazón tronó dentro de su pecho cuando esa cosa miró en su dirección. Los ojos como dos luciérnagas amapolas en un foso negro sin fondo.

Entonces comenzó a correr de nuevo. Un aullido, rugido, alertó que el cazador iba tras su presa.


No tardaron en no ver mas allá que arboles blancos.

Matthew debía guiar, desafortunadamente para Kumajirou el sendero era estrecho. Suficiente tenía el canadiense con llevar a cuestas las maletas a través del bosque, no podía cargar en brazos a su oso. Kumajirou terminó en el suelo, trotando junto a los perros de Ludwig.

El rubio alemán no paraba de preguntarse el porque de aquella mirada en los ojos del oso.

Cabe recordar, los animales que están junto a las naciones no son solo animales. Su hermano mayor, la caída nación Prusia, tenía junto a él a un polluelo de águila. Muchos le confundieron con un lindo canario, pero el ave era todo menos un pajarillo común de compañía. Tan viejo como la nación que seguía, Gilbird podía volar tan alto como un águila, su fuerza era tal que más de una vez le observó levantar a su hermano en vuelo, pero lo que más le distinguía de entre todos era su mirada. Los pequeños ojos podían pasar desapercibidos a la distancia, pero de cerca eran penetrantes.

Gilbird había vivido mucho más que un par de décadas, era más viejo que Alemania, tenía experiencia en la vida. Gilbert le contó en 1940 que no debía seguir los consejos de Adolf Hitler . Me lo dijo un pajarito. El pruso lo decía con cola. Por supuesto que se lo había dicho un pajarito, pero no le especificó porqué debía hacer caso a Gilbird. La respuesta llegó tarde, pero nunca a olvidaría.

Ahora mismo estaba procesando una y otra vez la misma información, como una computadora.

Los animales no son como los humanos, están llenos de instinto. Su instinto es agudo y les alerta de un peligro, algún cazador o la propia naturaleza. Ludwig, mi Gilbird no es solo un animal, también es parte de mí, es como una nación. Su instinto le advierte de las personas, o naciones, que puedan causar algún daño en su entorno. A él mismoo a mi. Siempre que estés junto a una nación que tenga a este tipo de compañero, no vigiles a la nación, siempre mira al animal.

Después de aquello la nación se disolvió, afortunadamente había tantas personas que aún honraban a Prusia que seguía entre los vivos. No tan fuerte como en antaño pero tan normal como podía ser con su autoestima.

Su hermano le dejó esta enseñanza, y por las antiguas civilizaciones que se guió por ella. Por eso estaba tan pendiente del oso. Sus perros tenían miedo, está bien. Era una tierra extraña, podían estar en el territorio de un animal mas agresivo que sus canes, había muchas explicaciones. ¿Pero que el oso temiera a estas invernales tierras tan cerca de las suyas? No temía a otros animales, lo sabía, pero había algo que lo inquietaba. Quizá el osezno presentía algo de lo que sucedía y no lo quería decir. Tal cosa hacía sospechar de las intenciones de Alfred, pero si era algo malo... ¿porqué involucrar a Rusia?

Es que no había persona tan estúpida como para meter a otra con la cual no congeniaba en su casa así como así. Había sentido común de por medio, no que el estadounidense lo usara muy seguido pero es el punto. Tampoco era la persona más adecuada para dar sermones de ética, sin embargo por algo las impartía. Las acciones de Alfred daban que decir, tuvo dudas, pero el comportamiento del oso canadiense le puso todos los radares a trabajar.

Kumajirou no se apartaba de la sombra de Canadá. Se retrasaba para dejar maniobrar a su nación, gruñía de vez en cuando a los perros, pero... miraba siempre hacia los arboles.

–Es anormal... –murmuró en voz alta.

–¿El qué?

Ludwig levantó su mirada del oso. Los ojos no azules, no lilas de Iván le observaron interrogante.

–¿Uh?

–Dijiste que es anormal algo. Eso pregunto; ¿qué es anormal?

El alemán quedó mudo. El ruso le miró con ojos entrecerrados.

–¡Rusia! ¡Alemania! ¡Por aquí, rápido! ¡Si nos apresuramos evitaremos la tormenta!

Bendito canadiense oportuno. Aquello cambio la atención del ruso y le permitió juntar su mierda. Cauteloso ante todo.

Caminaron bastante antes de comenzar a ver la estructura de la casa.

Como se esperaba de una casa en medio de un bosque que anualmente es una región donde suele haber nieve, esta estaba hecha de madera. No había muchos detalles importantes. Bonita, sí. Grande, definitivamente.

Avanzaron sin decir una sola palabra, subieron los escalones del pórtico y Matthew fue el primero en tocar la puerta.

–¿Creen que sea algo muy malo? -preguntó el canadiense.

–Bueno o malo, mi tubería estará en su culo.

Ludwig se limitó a encogerse de hombros.

Pasaron unos minutos y el cansancio de un largo viaje se sentía como agujas en su piel. Tenía hambre y por la cara que puso Matthew al volver tocar la puerta, supuso estaban en igual de condiciones.

A punto de unirse a Canadá y Rusia en los golpes a la madera fina, la puerta se abrió de golpe.

What the hell... –fue lo primero que dijo Rusia y, mierda, él también lo pensó.

Ludwig miró sorprendido y critico al hombre en el marco de la puerta. Rubio, ojos azules, buena musculatura aunque un poco subido de peso, el etíope norteamericano promedio. Lo único que no iba con la imagen que normalmente proyectaba eran las ojeras purpura debajo de sus ojos, el cabello desarreglado y una triste pijama que había visto mejores días.

–¡Llegaron! –Alfred era un desastre. Incluso su voz se notaba cansada debajo de esa sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Sea lo que sea que estaba pasando, era obvio que Estados Unidos necesitaba ayuda.

Rascó el vello de su nuca cuando amenazó con levantarse. Sus perros estaban nerviosos y ahora él también. Tenia un mal presentimiento.