Descarga de responsabilidad: Ya lo sabrán pero Yuri! On Ice no es mío.

Advertencia: Yaoi. Salto de tiempo. Mpreg. Violencia. Omegaverse. Familia. No beteado.

Agradecimiento: A mi preciosa Rooss, que me mima con portadas espectaculares, ella hace la mayoría de mis portadas y la amo por eso. Es una enorme influencia y fuente de inspiración. La adoro -inserte corazón-

Cronopios del autor: Capítulo cuatro y no creí que fuese a salir el día de hoy. Ya no estoy respetando las fechas de publicación debido a serios problemas que me han resultado en las últimas semanas. Pero no los dejó solos, seguimos adelante y seguiremos hasta el final. ¿Les he dicho que adoro esta historia? Le tengo un especial cariño por el modo en que se están desarrollando las cosas. En el amor, por desgracia, las cosas no siempre son fáciles, pero cuando se alcanza la felicidad pues es absoluta y se siente como gloria. Por cierto chicos, muchas gracias por los follows, los favs y los reviews que contesto en breve~ Gracias por leerme, de verdad que no saben lo feliz que me hacen, me encanta leerlos c:

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Ina Bauer

Por. St. Yukiona

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Viktor Nikiforov. Alfa.

¿Cómo decirlo sin que sonara mal? Él era alfa. Pero no era el atleta ELITE por ser alfa. Eso y aquello estaba desligados completamente. Era una ofensa total pensar en aquella manera. Ser alfa no era sinónimo de ser perfecto, así como ser beta era sinónimo de ser invisible o ser omega sinónimo de ser un saco-incubadora. Siempre lo había pensado incluso cuando había creído encontrar a su pareja predestinada, una preciosa rusa originaria de Moscú llamada Yelena: rubia, alta, ojos verdes y la silueta de una valkiria. Se acostó con ella, claro está, el mejor sexo de la vida. La mordida pertinente a la marca de propiedad sólo para que dos años después ella muriera en un trágico accidente. Nikiforov la lloró como se llora a un ser querido, guardó luto varios meses y hasta se tomó un fin de semana completo para añorarla en la soledad de su alcoba pero… fue todo. Durante varios meses espero el bajón propio de quien pierde a su pareja destinada sin embargo la dichosa depresión gris –nombre que se le daba a aquel fenómeno—jamás ocurrió. Hasta Yakov lo había obligado ir con un especialista pues él como entrenador había visto a muchos sucumbir en la locura y desesperación tras el fallecimiento de su omega o su alfa, deducía en su saber como adulto, que el perder a la pareja predestinada debía ser peor.

El terapeuta dijo que Viktor sufría de estrés y necesitaba tratarse yéndose a vacacionar o tomarse un respiro. Pero nada más. De depresión gris, puf, ni sus luces.

Se le cuestionó una y otra vez si realmente había marcado a Yelena. Si había sentido esa ráfaga furiosa que se experimenta cuando se ve a la persona con la que quiere morir de viejo. Si experimentó el ardor incontrolable al saber que respiraba a su lado y el choque electrizante de sus dedos al rozar. Le preguntaron muchas veces y la respuesta siempre había sido "sí", pero nada más, no podía agregar a la anécdota la dosis de pasión desbordante que escuchaba de la boca de otros que habían ido más allá al hablar sobre su destino, sobre la mujer o el hombre al cual le entregaban de forma incondicional la vida. No había nada de eso, nada más, sólo amor y punto.

Después él creyó que era el del problema y después, en una borrachera con Chris se dio la plática a las teorías tontas y descabellada que se daban en internet para justificar la falta de capacidad o patética vida amorosa de un montón de nerds alfas y omegas: "Pues una vez leí en 4chan que quizás no nunca conoces a tu pareja destinada porque se suicidio… Oye Viktor… y si la pareja destinada de Yelena y la tuya se suicidaron y ustedes quedaran "solos" y sólo se encontraron para suplir eso…", la idea no pareció tan descabellada, pero fue suficiente para deprimir al astro del patinaje y pensar que en realidad, nadie había nacido para él.

Una vez vio un vídeo sobre un bebé elefante que tenía el corazón roto y no dejó de llorar durante cinco horas porque su madre lo rechazó apenas después de su nacimiento, él era ese elefante bebé, y no llevaba cinco horas llorando, llevaba una vida entera y lo único que lo consolaba era lo que habitaba sobre el hielo.

Ahí conoció a Yuuri Katsuki.

Ahí se aferró a una extraña y loca idea.

Una idea que se fortalecía tras cada encuentro que se daba con aquel japonés, para Viktor no era ningún misterio la atracción que sentía hacia el menor, una atracción que no era ni única ni especial pero que para él le sabía a gloria, al punto que sus pasos se precipitaban haciendo sonar el plástico que protegía las cuchillas de sus patines. Había sentido el aroma de Yuuri desde que había bajado del auto y entrado al reciento.

Ambos, a su manera, habían obtenido un pase para el Grand Prix. Viktor con dos aplastantes medallas de oro y Yuuri con una de oro y un cuarto lugar, éste último tras su incidente en China. Su participación en la copa de Canadá le habían costado duras críticas que permearon un poco el espíritu al punto que el entrenador le había propuesto dejar pasar por ese año el Grand Prix, lo intentaría el año siguiente. Yuuri no aceptó, él lucharía hasta el final. Porque esa era su convicción.

—Yuuri —sonrió Viktor mientras que hacía que sus patines se deslizaran con mayor velocidad hacia donde estaba el japonés. Los protectores verdes y morados habían quedado tirados y Yakov los recogía, gruñendo y negando ante la ansiedad que su alumno presentaba.

Katsuki al ver que se acercaba Viktor Nikiforov sólo siguió con su propio ritmo buscando ignorarlo, hacer que su cuerpo y todo él no se volviera consciente de esa existencia, pero era imposible puesto que el corazón empezó a bombear rápidamente enviando señales confusas al cerebro que terminaron por hacer que sus propios patines fueran obstáculo y el japonés acabara por visitar la pista de cerca. ¿Quién trastabilla en el hielo? Sólo Yuuri cerca de Viktor. El ruso apresuró el paso para ayudarle a ponerse de pie. Incluso con sus guantes puestos el calor de Yuri le alcanzó y suspiró pesadamente. Ese aroma embriagante le llenaba los ojos y le hacía ver un extraño paraíso. Fue cuando notó la gasa que había en la nuca del japonés. Recordó entonces la plática con Yakov y aquella condición particular del joven competidor. Le soltó suavemente.

—Gracias… —murmuró tímidamente Yuuri y la voz se resguardó celosamente en el cerebro de Viktor.

—¿Cómo has estado? Vi que te estuvieron acosando mucho los de las noticias —comentó Viktor patinando a su lado.

—Hmp… sí… gracias —eso ni siquiera tenía coherencia a lo que Viktor le estaba diciendo pero tampoco es como si Yuuri lograra poner atención a otra cosa que no fuera poner un patín frente al otro para deslizarse. Viktor le cerró el paso para quedar frente a él y Yuuri chocó contra su pecho. Los ojos de ambos competidores se cruzaron.

La ansiedad que había tenido Yuuri desde que había bajado del avión y que se había incrementado al recorrer las calles de Canadá en el taxi rumbo al hotel oficial, no era por la competencia, ahora comprendía que tenía que ver con algo más allá de él mismo.

Que Troya arda y se cobren los tributos para enaltecer a los conquistadores.

APENDICE: Nikiforov, verano negro.

Viktor Nikiforov, 12 años.

Mis padres fueron alfas, sus padres de ambos también lo habían sido. Pero no fueron una familia normal, no fuimos una familia normal. Yo si quiero tener una familia normal.

Con doce años de edad Viktor Nikiforov era considerado como el hito del momento. Sería un héroe que escribiría con sus patines la historia del patinaje artístico varonil. Ni siquiera aquellos adultos con varias victorias a su haber se podían considerar dignos contendientes para el menor que arrasaba con cada uno de sus contrincantes. Era difícil creer que fuera sólo un niño. Y no podía ser para menos, criado por estrictos progenitores que se habían encargado de diseñar un cuidadoso programa de entrenamiento y régimen para potenciar su valor como alfa. La mejor parte venía con sus alimentos de no haber sido de algún compañero de pista Viktor jamás hubiera probado el sabor dulzón del chocolate, aunque aquella pequeña dosis había sido suficiente como para hacerle saber que los sabores fuera de su dieta eran los mejores. Viktor de doce años no lo sabía pero cuando creciese se volvería el tipo de persona que llevaría todo a su boca. Todo a su boca.

Cuando su entrenador, quien se había vuelto su tutor legal recientemente, por la cantidad de horas que invertía en el entrenamiento no tenía caso seguir viviendo con sus padres, había notado que al menor le daba por la comida. Un buen medio de chantaje. De chantaje y distracción para los tiempos en que se vivían.

—Yakov… ¿Por qué le hacen eso a esos niños? —preguntó el menor mirando en el televisor como sacaban a un grupo de niños de jaulas, niños omegas que habían sido arrancado de sus familias dadas el tipo de feromonas que los menores podían producir. Vitya no comprendía cómo funcionaba el mundo fuera de la pista de patinaje, así que el ver televisión no era algo esencial para él, pero lo hacía mientras estiraba en casa sólo por mero ocio.

—Concéntrate en estirar más… te hace falta elasticidad, Vitya… —ordenó el mayor mientras que seguía caminando hacia la cocina, había apagado el televisor, debajo de su brazo los periódicos donde se hablaba de la devastación que había en diferentes partes del mundo. Los abusos hacia los omegas habían hecho brotar diferentes enfrentamientos entre grupos extremistas, sin contar que había sectas y mercenarios que eran cada vez más descarados al cazar a los omegas.

Corría el verano de 1984 y ser omega no era seguro.

Yakov había empezado a tener problemas con Lilia por el hecho de que la mujer parecía paranoica ante la idea de que una camioneta la perseguía a ella y a la hija de ambos, Anna. Yakov estaba demasiado ocupado en lidiar con el entrenamiento intensivo de Vitya y procurar que el mundo real no le llegara al menor. La fragilidad de los corazones de los patinadores, y más el de un niño confundido, podía afectar directamente en su rendimiento en pista. Así que el cuidado de Anna se la dejaba por completo a Lilia. Después de todo, Anna había nacido con dotes naturales para la danza muy a pesar de su condición como omega.

—Yakov… quiero comer kartóshka —murmuró enfurruñado Viktor mientras abría por completo el compás de sus piernas, colocando sus pies en punta, el empeine del patinador parecía perfectamente arqueado, y trataba de subir y bajar los pies, la tensión se marcaba en la cara interna del muslo y el dolor en el rostro del menor.

—Ya que termines podemos salir a comprar un poco de katóshka —inquirió Yakov desde la cocina del apartamento donde vivía el menor junto con otros dos patinadores junto con él. El adulto prendió fuego a la estufa y comenzó a quemar los periódicos. Mientras el fuego consumía las delgadas hojas de papel.

—¿Qué haces Yakov? —cuestionó el pequeño Viktor asomándose desde el umbral de la cocina, los ojos azules atentos a la hoguera que ahí se consumía letras e imágenes.

—Nada… quemo basura. Deberías seguir estirando —riñó el mayor.

—Me empezó a doler aquí… —señaló su ingle el menor—. ¿Podemos ir ya a comer Katóshka?

Yakov miró la hora en el reloj de la pared de la ventana. Aún era temprano, no creía que pudiera haber ningún tipo de problema. Por el contrario, era perfecto. No quería que el pequeño Vitya se viera involucrado en alguna de las movilizaciones que extremistas y activistas llevaban a cabo sin aviso. Y después los contrarios llegaban y la mierda volaba por todos lados. Eso no era un espectáculo que Vitya mereciera ver.

Y claro que era temprano, los oficiales mantenían a raya cualquier tipo de comportamiento inadecuado disolviendo los grupos sospechosos que se formaran en las calles. Yakov sostenía nerviosamente la mano del menor que feliz ignoraba lo que ocurría a su alrededor, sólo engullía el pastelillo relleno de fresas que le habían comprado por ser un buen chico. Podía comer uno cada semana, eso era todo lo dulce que recibiría de su entrenador y su premio por entrenar arduamente, pues la verdadera recompensa era el oro y el dinero que le serviría para su retiro porque ni mamá ni papá iban a mantener a un hijo que había interrumpido las carreras deportivas de cada uno de ellos. Aunque ahora sólo los veía en la televisión dando alguna entrevista o compitiendo, las pocas veces que había logrado hablar con ello a Vitya le quedó claro que su lugar era en cualquier lado menos a lado de ellos. Por eso era necesario ser el mejor, para no darle molestia a sus padres.

Aún así…

Yakov no pudo prevenir que no se encontraría ni con manifestaciones, ni con plantones de activistas o extremistas, se encontrarían con algo peor. Algo mucho peor. Vitya tendría pesadillas el resto de su infancia y adolescencia justo del instante en que un sujeto le halara de la mano de su entrenador y le pegara contra una pared para olerlo desesperado.

—¡EresOmegaEresomegadiosnecesitounomeganecesitoolerunomegaestoyenfermoeresomega! —Yakov había cogido al sujeto para tirarlo contra el piso y aplastarle la cara con su boca mientras que el katóshka quedaba igual de embarrado en el piso. Viktor petrificado viendo la sangrienta escena. Con él, iban más adictos, tres más los cuales se vieron reducidos a cuerpos sin aliento en el piso hasta que la policía llegó.

Recibió apenas un par de moretones, las manos de aquel sujeto marcadas en sus brazos pero hasta ahí, nada que pudiera afectar el rendimiento del patinador, al menos no a nivel físico, a nivel emocional comprendió sumamente rápido que de haber sido un omega como aquel sujeto creyó habría acabado bastante peor, sobre todo cuando Yakov le explicó que gente mala drenaba la sangre de los niños omega para convertirla en una sustancia que los ponía loco.

Meses más tarde Viktor volvería a saber sobre los adictos de la sangre de omega, de hecho, asistiría al funeral de uno. De la hija de Yakov y Lilia.

El recuerdo de esos ojos desesperados encerrados en una jaula imaginaria y el cuerpo, duro y mancillado de la hija de Yakov en la caja de madera habían ensordecido las palabras de las personas que tenía delante de sí. Recientemente había leído uno de esos atroces reportajes donde se hablaba sobre la inconsciencia de los organizadores del Grand Prix de permitir que Yuuri, como omega, participara. Viktor estaba indignado. Veía como los labios de aquella mujer se movían rápidamente buscando simpatizar con él, pero no era necesario que conectara con su cerebro, sabía de antemano que le estarían felicitando por ganar su quinto oro.

"Cómo se esperaba del mejor alfa de Rusia".

Odiaba ese tipo de meritos, era como si menospreciaran el esfuerzo que él colocaba en cada uno de los entrenamientos, en los años sacrificados y las cosas a las cuales se había tenido que abnegar para ir más allá de cualquiera que se atenía a sus capacidades de alfa. Eso era patético. ¿Se preguntaban de donde venían sus problemas con la Federación Rusa? De no seguir el estereotipo que ellos marcaban de cómo debía ser un jodido alfa. Eso lo tenía hasta las narices y prefería irse por la libre. Reflexionaba sobre eso cuando todos sus sentidos se alteraron, se volvieron ansioso, estaban alerta y sus ojos, por acto reflejo se viraron hacia la barra de bebidas.

El panorama se le encogía a Yuuri que bebía su novena copa de champaña. Había logrado estar todo ese rato sólo en el saloncito de bienvenida esperando colarse entre la multitud y escapar hacia su habitación pero había sido cogido desprevenido por Ciao Ciao quien le había arrastrado al interior del recinto donde la celebración se desarrollaba. No era de extrañarse que Rusia se coronara, pero Yuuri se sentía más miserable de lo normal al pensar que ni siquiera había logrado no quedar en un lugar que no fuese el último. Después de tanto luchar, sus sueños habían sido aplastados por un par de alf… no, otorgarles su lugar por encima de él sólo les concedería por todo aquello con lo que había estado luchando.

Pidió otra copa de champaña.

—Yuuri Katsuki —habló alguien detrás de él, la mirada del japonés se dirigió hasta la persona que le llamaba. Lo conocía. No hacía falta cortesía para fruncir el ceño.

—Hmp… —saludó el japonés para después volver su atención a la barra. Al alcohol. Quizás se emborrachaba lo suficiente como para dejarse hacer por algún desconocido. Con suerte le mordían y quedaba emparentado con algún estereotipo alfa perfecto que le mantuviera e hiciera de su patética vida igual de patética pero con más lujos.

No es que el dinero le faltaba pero se hartaba que los alfas sólo extendieran la mano y él tuviera que arrastrarse sobre sus rodillas rotas para conseguir lo justo.

—Es increíble que después del espectáculo montado en China te dejaran competir en otra competencia para acumular los puntos y llegar al Grand Prix —aludió el representante de China, Cao Bin, un alfa que no era más alto que Yuuri pero sí más fuerte, hábil y veloz, había quedado en cuarto lugar, con varios puntos por debajo de kazako Altín.

—¿Terminaste? Mi entrenador me debe estar buscando… —murmuró Yuuri moviéndose hacia un lado intentando cruzar y escapar de ahí, pero es la mano del patinador chino el que lo retiene dejándolo contra la barra.

—No he terminado de hablar contigo, Yuuri —aseveró apretando el agarre de su mano. Estaba gente alrededor que notando el contacto violento habían decidido sólo girar la mirada y fingir que nada ocurría. Yuuri era un omega, y Cao un alfa, Yuuri se lo tenía merecido cualquier cosa que le hicieran. Y tras el respaldo de ese saber general, Bin aprovechó para empujar con más fuerza al japonés contra la barra—. Es tiempo de que dejes de jugar al patinaje, omegas como tú me dan asco… haces que el resto crea que puede hacer lo que le venga en gana y…

—¿Y tú me vas a obligar a dejarlo, Cao? —preguntó Yuuri ladeando el rostro, su mano peinó hacia atrás sus cabellos y un suave aroma parecía desprenderse cual flor que se deshojaba tras una fuerte ventisca. Katsuki se flexionó un poco para que sus miradas que producían estática pudieran observarse con detenimiento, con la separación perfecta para el silente asesinato—. Alfas pobres y ególatras como tú que son aplastados de forma superior por una existencia perfecta como Viktor Nikiforov, no merecen la pena de escuchar… ven a amedrentarme cuando consigas un lugar en el podio… y será mejor que estés preparado porque… —se flexionó un poco más, con sus labios casi rozando con los del otro del chino—… estoy detrás de ti, y puedo morderte…

Un omega con instinto de alfa. ¿No te parecen espectaculares, Vitya?

Viktor sintió que la erección le creció en segundos en su pantalón y el impulso por sostener esa existencia con las manos fue ridículo. La peor parte se la llevó él cuando Yuuri alzó la mirada, despegándola de la del oriental, y clavándola en él. Ahí supo que hasta el momento había estado respirando oxigeno contaminado, de modo inadecuado y de forma dolorosa. El aire puro, el modo adecuado y la mejor forma era alrededor de Katsuki. Sus sospechas se habían asentado.

Katsuki desinhibido gracias al alcohol estaba arrasando con aquellos a los cuales no había logrado vencer en la pista. El gatillo del ruso para interceder fue en el instante en que JJ parecía querer acercarse a un ebrio Yuuri que ya se desajustaba la corbata caminando hacia el mundo. No. Eso no lo permitiría Vitya.

Ese era espectáculo para uno.

Yuuri ni Viktor fueron encontrados el resto de la noche.

La habitación oscura del hotel se iluminó cuando las bocas se encontraron desesperadas y ansiosas. Las manos de Yuuri chocaban con furia contra el pecho de Viktor que sólo sabía presionar y presionar y presionar y presionar más. La respiración de ambos simulaba sin problema el violento viento que afuera golpeaba todo contra todo. Contra el hotel. Contra los árboles. Contra los aficionados. Contra la victoria y la derrota. Contra el todo y la nada. Y sus cuerpos golpeaban carne contra carne. La ropa se iba deshojando ante ellos y el menor podía sentir sin problema como se le escurría la lujuria entre los glúteos. Era la primera vez que le ocurría sin haber sido agredido. Necesitaba tener algo ahí adentro, era la primera vez que necesitaba tener algo ahí adentro con tanta urgencia. Ni sus dedos ni juguetes serían suficientes entonces.

Viktor estaba arriesgando todo. Viktor estaba apostando todo. El mito hablaba sobre la primera vez de un binario, si comías de ese fruto te podías olvidar de cualquier otro que se te pudiera ofrecer, aunque no lo marcaras, aunque no lo reclamaras como tuyo. ¿Qué clase de omega era ese? A Viktor parecía no importarle quedar pendenciero únicamente a ese cuerpo, es por lo que cada palmo de su existencia suplicaba, volverse atado a él para siempre. Guardar los patines, abrazar una vida tranquila y ver jugar niños. Sí. Eso era pefecto. Todo parecía encajar: la tristeza de ambos, la desesperación de ambos, la ansiedad de manos, sus manos con esa cintura, su boca con el cuello, la lengua del otro sobre su barbilla, los dientes contra… no. No podía marcarle y su cabeza trataba de advertirle del peligro y Yuuri sólo sabía llorar amargamente. Las manos que suavemente le acariciaban dolían tanto en su piel. Ese dolor delicioso que nace cuando has estado esperando tanto por algo y cuando por fin lo tienes parece ser increíble.

El mito hablaba sobre la primera vez del encuentro de las parejas destinada.

Viktor, tú eras mi pareja destinada.

Pensó con angustia mientras sus bocas volvían a chocar, raspando labios con desesperación y lenguas que hacían escurrir saliva debido a

Lamió lentamente la nuca, hasta que su lengua dio con los primeros cabellos nacientes, esos también los probó sintiendo el cuerpo tembloroso del menor debajo de él que se aferraba duramente a las sábanas. Sería tan fácil dejar ir los dientes contra él, pero…

—¿Borrarías la marca? ¿Cierto Yuuri? —la voz ronca del ruso resonó con fuerza en la cabeza del menor, en la cabeza que era como una bóveda fortificada y vacía donde habían dejado caer una pelota y ésta sólo botaba haciendo un eco desagradable y sordo.

—Sí… —contestó con esfuerzo el japonés restregando contra su voluntad el trasero a la la entrepierna del otro, se sentía duro y el calor exhalar de ahí, contagiarle y llenarlo, lo quería bien adentro de sí: en su carne, en su mente, en su corazón. El cuerpo se le derretía mientras que enterraba más y más sus dedos en las cobijas. Dios, deseaba tanto ser cogido de formas desagradables, deseaba tanto ser penetrado furiosamente y que Viktor hiciera de él un jodido desastre. Que lo mordiera, lo masticara y se deshiciera de él. Eso quería. ¿Cuántos compañeros había podido tener hasta ese momento? ¿Cuántos compañeros destinados había tenido hasta ese momento? Muchos, pero Viktor era el primero al que no quería sacándole la sangre del cuello. Su piel había sido masticada tantas veces que ya ni siquiera sentía dolor, no sentía angustia, no sentía nada. Cualquiera estaría bien.

Cualquiera menos Viktor Nikiforov.

Contradicciones que su propio cuerpo e instinto le estaban regalando.

—Mierda… —Viktor embistió contra la ropa apretando más la cabeza del otro contra la almohada, sintiendo de pronto tan frágil el cráneo, al punto que en cualquier momento lo iba aplastar. Escuchó chillar a Yuuri de dolor y las imágenes de aquella vez en la pista de patinaje en China recurrieron a él, morderlo, quitarse la tentación para después seguir con su vida sería genial. Sería ideal. Encajar los dientes y hacer de una vez por todas suyo a ese hombre, la mordedura iba a desaparecer al igual que la erección que se estrangulaba contra sus pantalones y que se restregaba de forma obscena.

Un gemido por parte de Yuuri y su cuerpo ya no le pertenecía. Era mucho peor que el celo, más fuerte, a decir verdades, arrebatador. Una fiebre que amenazaba con hacerse fuego y tragarlo por completo. Algo tan grande y profundo como el mismo espacio sideral.

—¿Vas a borrar… la mordida, Yuuri? —repitió Viktor la pregunta y Yuuri no era más Yuuri, gimió como respuesta ante el hálito cálido que le abrazaba la oreja. La saliva se le escurrió al mayor en cuanto el aroma de Yuuri se hizo más fuerte, predominante, llenando no sólo la estancia, sino llenándolo también a él. ¿Quién se supone que era el marcado por el otro? Sus manos apretaron el cuerpo del otro y donde cualquiera hubiera tenido la desesperación de bajar los pantalones para probar de los jugos del omega, él sólo quería acariciar y adorar. Nadie más tenía permitido ver semejante espectáculo. Nadie más tenía derecho de respirar el mismo aire que exhalara de los labios entreabiertos de Katsuki Yuuri.

Y llevado por ese pensamiento.

Mordió.

Mordió fuerte.

Mordió duro.

Mordió directo.

Mordió con fervor.

Mordió con dolor.

Mordió como quien muerde a la vida.

Y la sangre escurrió por todos lados.

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Reviews:

Dayfer: Santa virgen de los acongojados, muchas gracias otra vez por regalarme un comentario, y claro que hago la mención. ¿Cómo no iba a hacerla? Hahaha, al menos en mis fics cada vez que dejes un rv tendrás tu religiosa respuesta porque me gusta mucho platicar con mis lectores, les estoy muy agradecida. Entrando al tema. Sí, he tardado un montón por distintos motivos que van desde lo laboral hasta lo personal y agh, voy lentamente con todos los fics que tengo pendientes para no dejar a nadie con ganas de más. sxsdjcnsx me halagas mucho, flores que no me merezco pero que recibo agradecida uvu Y... bueno la magia comienza a partir de este capítulo, mucho ojo eso sí. Yurio sí desea a Yuuri. Yuuri quizás es el nuevo Onodera, o quizás tiene más razones válidas no como el indeciso que todos amamos. (?. Hahaha. Espero el capítulo te parezca al menos interesante y gracias por tus comentarios. -le manda amores- Yukiona.

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Gracias a todos por leer.

St. Yukionna.

Quien los ama de corazón, costilla y pulmón.