Cronopios del autor: Gracias por leerme.
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Descarga de responsabilidad: Ya lo saben. YoI no es mío, ojalá lo fuera.
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Ina Buer.
Por St. Yukiona.
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Valoración.
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—Felicidades… tiene dos meses de embarazo… —dijo la doctora dejando momentáneamente sin habla al omega.
Ella le regaló una mirada silenciosa antes de empezar a leer el informe.
—Las cosas pueden complicarse un poco, pero creemos que todo irá bien si sigue las recomendaciones, aprovechamos para revisar una analítica general de su estado de salud y todo parece favorable… no pude evitar ver que tenía la marca en su cuello… ¿me permitiría revisarla? Podría ver que tan profunda es y descubrir la causa de que le arda, quizás sea por el embarazo… quizás sea por escozor de su falta de celo, le recuerdo que durante el embarazo y posterior a él, el celo se irá pero regresará, el primer celo después del embarazo puede ser bastante fuerte y la recomendación es que no tome inhibidores sino hasta el segundo celo ya que se regularice… —recitó la doctora con bastante naturalidad y calma, peinando un mechón de cabello hacia atrás, sonriendo al alzar la mirada hasta su joven paciente. Éste apretó con fuerza sus dedos entorno al bolso que llevaba.
El paciente ante ella palideció para después romper a llorar copiosamente en un hipeo fuerte que le hizo estremecer un poco a la médico pues despidió un delicioso aroma, la doctora adoraba cuando un bebé era así de bien recibido y entonces deseaba que todos los omegas se desbordaran de felicidad al grado que las lagrimas se escurrieran. El hombre detrás del paciente también lloró. La pareja se veía realmente feliz, entera. Autentica. La doctora sólo pudo sonreír encantada.
Amaba su trabajo.
La alegría que sus pacientes irradiaban era contagiosa y podía sentirla casi como propia. No obstante de golpe recordaba que no era su alegría y que no tenía permitido llorar con ellos pues ante todo, había otros casos más delicados, casos menos alegres que le hacían recordar lo injusta que podía ser la vida.
La pareja de alfa y omega que había estado consultando hasta ese momento se despidieron aún llorando por la emoción desbordante mientras que ambos sostenían el vientre plano del omega. Los ojos de la doctora se posaron en el patinador que estaba afuera en la sala de espera mirando como la pareja se retiraba envueltos en una felicidad superior a cualquier otra. La estela de aroma dulzón y fresco era embriagante, y desagradable para Katsuki quien arrugaba la nariz enfadado.
—¿Katsuki Yuuri? —preguntó la doctora a lo que Minako le dio un codazo a su discípulo y éste se incorporó. La pareja entró al consultorio que tan bien conocían.
—Siéntate, Yuuri-kun —pidió Minako mientras se quitaba los lentes y se recargaba del respaldo de su silla al mismo tiempo que halaba una botella de agua de las que la doctora les ofrecía a ambos.
—¿Cómo estás Minako-kun? —la doctora le sonrió de medio lado a la castaña que bufó desviando la mirada. Yuuri movió sus pies, esa interacción entre ambas mujeres siempre duraba un par de minutos. No era desagradable pero si un poquitín incómodo, sobre todo por las miradas que se arrojaban y que él no sabía cómo descifrar. Su maestra era una mujer fuerte, hermosa y decidida, pero nunca la imaginó con alguien más, es decir, para Yuuri no había ni alfa ni omega que pudiera quedar bien con Minako porque parecía demasiado para cualquiera. Nadie era digno, sin embargo, la doctora que lo consultaba siempre que había problemas… bueno, a ella si la podía ver fácilmente a lado de Minako, las podía ver juntas un sábado por la tarde haciendo la colada y preparando la cena, discutiendo sobre cuál de las dos había dejado el baño mojado y después besándose con simpleza para remediar los malos entendidos. Un carraspeó por parte de Minako lo hizo reaccionar y llevar su mente a aquella consulta.
—Bien, gracias —resopló Minako, ofuscada—. ¿Nos podemos enfocar en Yuuri?
—¡¿Ah?! Minako-kun solía ser muy linda cuando era joven. Tenía el encanto de una omega a pesar de que era una malhablada alfa —indicó la médico sin dejar de sonreír de medio lado.
—¿Por eso es que usa el "kun"? —susurró Yuuri sin querer indagar mucho y ganándose una mirada de desprecio y odio por parte de la que había sido su entrenadora y una carcajada por parte de la médico.
Las dos mujeres se conocían desde antes, habían sido compañeras de la secundaria. Incluso la doctora conocía a la madre de Yuuri pero era más apegada a Minako por alguna circunstancia que él desconocía.
—Supongo que esa historia te la contaré en algún momento, Yuuri —murmuró la doctora mientras que se removía en su lugar acomodándose en su escritorio—. Pero dejando de lado lo linda que está Minako-kun. ¿Qué te trae por aquí? —cuestionó seria aunque con una sonrisa asomándose en los labios. Podía sentir la incomodidad salir del cuerpo de Yuuri que reaccionaba a las felices feromonas que la pareja de alfa-omega dejó atrás. El omega estaba alterado. Era una cosa mágica cuando alfa y omega se amaban y compartían un vínculo, era algo encantador, o algo aterrador para alguien tan renuente como lo era Yuuri que sin más terminó bufando quedando con el ceño fruncido.
—¿Podemos abrir la ventana? —preguntó y la doctora afirmó.
El patinador se incorporó y anduvo hasta a la aludida, sus ojos bajaron un momento y se quedó un rato más mirando a las personas que pasaban en la acera del hospital. Estaban en un tercer piso así que eran visibles como figuras que se movían para los ojos débiles del moreno que acabó bufando al darse cuenta que solo tenía la intensión de encontrar entre esa pequeña multitud a una única persona. Una ansiedad que se dibujaba en su rostro y que por más que trataba de disimular era inútil. Todo en él delataba el deseo que crecía desde su estómago y se expandía por todo su cuerpo. Su instinto y sistema ahora sabía que era lo que realmente quería más allá de cualquier otra cosa.
Las dos alfas miraron en silencio al patinador y la doctora tomó anotaciones, enseguida dejó de escribir cuando el menor se movió y resignado se dejó caer en la silla.
—Minako dijo que te encontraste con Viktor Nikiforov —soltó de improvisto la doctora y Minako la recriminó con una mirada acusadora. Yuuri no respondió de inmediato, se tomó su tiempo.
—Odio a Viktor Nikiforov —dijo.
—No es cierto —contradijo la doctora. Y Yuuri la observó con veneno.
—Lo amas, lo deseabas desde antes Yuuri, tu cuerpo no puede evitar sentirse atraído hacia él. Son destinados y los destinados es lo que hacen, atraerse mutuamente.
—¡No somos destinados! —rugió el omega incorporándose frustrado mirando a la doctora que sistemáticamente hacía anotaciones y con calma dejaba la pluma de lado viendo con cierta indiferencia clínica a su paciente.
—Destinado solo hay uno en la vida, Yuuri —dijo Himiko-sensei que sonreía de medio lado—. Los binarios son todo un misterio incluso más grande que el lazo de los destinados y al ser un omega, eres algo así como una especie de rareza lista para el estudio —la médico se relamió los labios y suspiró con desgana—. Poder borrar a voluntad la marca de otros es algo que te tenía seguro, sin embargo, es cierto que no sabemos con certeza qué ocurrirá el día que Viktor te muerda. Es increíble que siendo él un alfa y tú su destinado se pueda mantener consciente como para no marcarte arrancándote medio cuello de por medio —ella lo señaló con sus dedos—. Hay cosas contra las que no puedes pelear… y tu destino está escrito desde antes de que respiraras en sí por ti mismo. Tu instinto está alterado porque es muy probable que cuando Viktor te muerda no puedas borrar esa marca.
—No va a oc-
—¿Después de la noche del banquete cuántas veces se han visto, Yuuri? —preguntó fríamente Himiko recargando su mentón entre sus manos. Los ojos castaños de la doctora no daban pie a la piedad.
Daba miedo.
Ni siquiera estaba usando su voz de alfa y Yuuri sentía sus rodillas temblar, sus dedos se enterraban en sus piernas. Cuando el omega bajó el rostro, Himiko volvía a escribir sin mirar a su paciente, se dejaba guiar por los aromas que emanaba. Yuuri era fascinante, sobre todo esa timidez innata que en ocasiones desaparecía para dejar un revuelo furioso de ira y pasión.
Katsuki se dejó caer en la silla nuevamente haciéndola chillar por el peso y se rascaba las manos, ansioso, pues estaba totalmente consciente que las palabras de la mujer tenían una parcialidad de certeza (casi su totalidad). No obstante se negaba con una rotunda seriedad a aceptarlo, no podía ser cierto, no quería que fuera cierto. Él como omega… como omega no podía ser la pareja de alguien como Viktor, un insignificante omega marcado más que ningún otro, desdeñado y humillado, no podía ser la pareja destinada de nadie.
—Yo… n- ah…
—Yuuri —replicó ella sin verlo.
—Un par de veces.
Tokiwa Himiko suspiró ahora con pereza colocándose de pie para andar hasta el archivero metálico que había en su consultorio, corrió el cajón produciendo un chirrido para buscar y sacar, posteriormente, el historial clínico que llevaba del patinador y aclaró su voz con un ruidito suave.
—Lo hicieron dos veces durante esa noche y no siguieron porque la sangre en su brazo era mucha, después cuando le fuiste a llevar flores como agradecimiento por morder su brazo para evitar morderte lo volvieron a hacer, después durante el final del Grand Prix lo hicieron hasta que el pobre quedó inconsciente y por tu apariencia y el fuerte aroma territorial que emana de ti supongo que lo has vuelto a hacer unas tres o diez o cincuenta veces antes de que llegaras a Japón que fue… ¿ayer por la mañana?, ¿cierto, Katsuki-kun?
El moreno se quedó callado, había olvidado el gran olfato de los alfas, y el detalle del aroma de Viktor, ya se había acostumbrado a él por ello sentía algo natural que el perfume del ruso lo rodeara. Su labio tembló suavemente y chasqueó la lengua bajando el rostro totalmente avergonzado, sumido en una desesperación que no podía explicar. Bajo el ojo crítico de la doctora el omega se sintió indefenso y solo le quedó tensarse y afirmar a cada una de las palabras que Himiko decía.
—Hace dos días tuve que ir a Tokio para una entrevista sobre… —un aroma distinto atormento a Minako que hasta ese momento se había mantenido callada, observó fijamente a su alumno con cierta pena y acarició lentamente su espalda, retiró la mano cuando Yuuri enderezó la postura para mirar directamente a los ojos a la doctora—. Hace dos días tuve que ir a Tokio para una entrevista sobre mi fracaso en el Grand Prix… y la final del Mundial también fue en Tokio… y Viktor y yo coincidimos y…
—¿Coincidieron, Yuuri? —la ceja enarcada de Himiko era un gesto muy sutil pero lo suficiente poderoso como para hacer al menor torcer los labios.
—Busqué a Viktor porque… ¡No sé porqué rayos lo hice! ¿De acuerdo? ¡Sólo pasó! ¡Tenía esta entrevista desde hace dos o tres semanas pero la acepté porque sabía que Viktor estaría ahí! ¡Y es injusto porque quiero alejarme! ¡Quiero alejarme pero no puedo! ¡Por eso vine el día de hoy! ¿De acuerdo? Es como si supiera el momento justo en que él llega al país, o está cerca o se aleja, es como radar que se activa y mi cuerpo reacciona y en las noches no puedo dejar de pensar en él, ni en el día, ni… —chasqueó la lengua otra vez, en algún momento se había puesto de pie para dar un pequeño paseo dentro de la habitación en un soliloquio que le había agitado—. Ni siquiera después… de lo ocurrido en el Grand Prix cuando peor me sentía, cuando no quería absolutamente nada… —Yuuri otra vez estaba junto a la ventana—. Cuando no quería absolutamente nada que no fuera Viktor, y ahí estuvo —mojó sus labios y mordió los mismos con ansiedad que se iba acumulando—. A lo que me refiero… es que… no me gusta necesitar a Viktor… pero lo necesito y… es una sensación abrumante, siento que… que puedo morir… —se tocó el cuello, la mordida del otro alfa que lo había atacado en China estaba por borrarse, solo quedaba la silueta redonda y deforme de los dientes chuecos de aquel hombre.
Su celo se acercaba y sería tortuoso porque por experiencias previas sabía que su cuerpo iba a arrastrarse por los pisos buscando a ese alfa que lo había marcado. Así ocurriría hasta que su cuello estuviera nuevamente sin un solo rastro de aquella horrible sombra. Se sentía asqueado de sí mismo y el miedo volvió a invadirle.
—Controlar tu celo de ahora en más será complicado, Yuuri —confesó sincero la doctora y Yuuri fijó sus ojos en ella—. Debes tomar una decisión y hablar con Viktor sobre esto —declaró con cierta frialdad brillando en sus palabras.
Posterior a ello vino una explicación que Yuuri ya conocía de antaño: Los alfas, los omegas, la mordida y el veneno que los alfas inyectaban de forma salvaje en los omegas. Es decir, el lazo tras la mordida entre un alfa y un omega no era más que efecto de un agente siendo introducido. Los omegas y los alfas tenían cierta sustancia en su cuerpo. Cuando un alfa encajaba los colmillos en la zona del cuello del omega, éstos rompían la piel y una vena cercana a la dermis donde inyectaban su esencia, los omegas, en cambio, en la sangre que brotaba e inconscientemente los alfas consumían durante la mordida, le transmitían al alfa su propia cantidad de sustancia. Era obvio que los alfas no sufrieran de los mismos efectos del omega puesto que dicha sustancia omega no era inyectada directamente a la sangre como ocurría con los omegas.
En el caso de Yuuri, su cuerpo rechazaba el veneno de los alfas, y el cuerpo de los alfas no eran compatibles con el veneno de Yuuri, era por tal motivo que el lazo no se podía realizar. Caso distinto sería cuando Yuuri realmente quisiera, cuando Yuuri realmente se entregara gustoso con una sonrisa en los labios. Algo así como lo que ocurría con Viktor.
—Tu cuerpo ya encontró a ese que si podría responder al antídoto que representa Viktor, si tú te dejas marcar por Viktor el calor de tu periodo de celo cederá, el tiempo de acoso se extinguirá y podrás tener una vida normal, Yuuri —murmuró la doctora.
—¿Qué otra opción existe? —preguntó Yuuri secamente. No quería ser dependiente de Viktor, lo adoraba demasiado como para empañar su amor por algo tan estúpido como el instinto abrazador que lo empujaba siempre a su lado más salvaje, ese lado que tanto le desagradaba por no tener un control total.
—Los inhibidores de tercera categoría, Yuuri, son cutáneos —la voz de la médico ahora fue baja y sombría. A ningún alfa le hubiese gustado tener que ver como un omega, aunque no fuese nada suyo, se sometiera a semejante intervención. El rostro de Yuuri de pronto se contagió por la misma incomodidad ajena y Minako torció los labios—. Es costoso, es doloroso y el celo desaparece, eso es seguro, Yuuri… —informó en voz baja.
Los inhibidores de tercera categoría era la inserción directa de pequeños dispositivos debajo de la piel, cerca de la glándula omega en el cuello. Cada cierto tiempo estos pequeños dispositivos desprendían esencia de alfa artificial ayudando a que el celo desapareciera respondiendo a las hormonas de alfa. Eran sumamente costosos, la aplicación al ser en una zona tan sensible era terriblemente sufrido y las probabilidades de que un omega fuese marcad después de usar dicho artefacto, incluso al extraerlo, eran nulas. El omega quedaba convertido en una especie de eslabón perdido. Una anomalía extraña y desagradable, incluso un poco más que el solo hecho de ser un omega por sí mismo.
La médico de cabecera pudo ver la resolución en el rostro del patinador y negó suavemente con rudeza.
—Es mucho dinero.
—Lo conseguiré.
—Tu familia no lo tiene.
—Pues ganaré el Grand Prix —enfatizó el patinador.
—Yuuri —habló Minako—. Debes…
—Quiero que Viktor me ame por lo que soy —Era la primera vez que abría su corazón, que abría sus sentimientos, se sentía atacado pero una decisión estaba tomada. No se atrevió a mirar fijamente a ninguna de las dos mujeres que parecían no comprender todo lo que estaba ocurriendo con él. Es decir, ambas eran alfa. Ambas desconocían el doloroso rictus de perder la conciencia y despertar lleno de semen con el ano adolorido y el tibio, espeso y nauseabundo líquido haciendo que todo ardiera al escurrir. Aspiró por la nariz—. No por lo que hay entre mis piernas —mordió su labio mirando a la doctora, recogiendo su abrigo para salir de la consulta.
Ambas mujeres se quedaron en un sepulcral e incómodo silencio. Una situación similar había ocurrido cuando intentaron persuadir a Yuuri de usar collar. Muchas desgracias se hubiesen evitado de haberlo usado el menor, pero decir eso en aquel momento, estaba de más. Yuuri era omega, pero antes de ser omega, Yuuri era Yuuri, y sólo él sabía hasta que momento iba a extender la mano para pedir ayuda para luchar contra sus demonios.
…
No había visto a Viktor desde su pequeño gran encuentro en el hotel, la temporada casi terminaba y él no había pasado el corte, tenía poco más de un año para poder tomar forma y remontar en las competencias. Estaba claro que cada año aparecían nuevos talentos que buscarían lo mismo que él estaba buscando. Sin embargo ninguno de ellos deseaba ese premio con tal desesperación similar a la de Katsuki. En sus pensamientos las escenas de los encuentros pasados con Viktor se repetían en una especie de montaje mal hecho, se daba cuenta que cada vez que se veían había sólo sexo de por medio, pocas veces hablaban antes o después, llegaban a lo que ambos le importaba. Había gritado en el consultorio que quería que Viktor lo amara. ¿De verdad necesitaba eso? ¿Necesitaba enredarse en una complicada trama griega con todo y el melodrama incluído?
Todo ese rechazo, todo ese repudio, todo ese sentimiento que siempre se convenció que eran negativos en realidad era la forma más pura de decir: Viktor te amo pero no soy suficiente. Porque ante sus ojos, cada vez que él se veía al espejo, Yuuri era capaz de percibir lo roto que estaba. Lo desecho, toda esa contaminación que eventos catastróficos y desafortunados habían dejado en él.
En un momento pudo haber funcionado, con un poco de terapia, mucho amor y un vivieron felices por siempre, pero su agonía estaba más allá que un par de besos y unas cuantas visitas al psicólogo. Su pequeño cajón estaba lleno de vibradores y antidepresivos que le hacían llevadera la vida. Pagaría aquel tratamiento y se retiraría lejos para tratar de vivir una vida tranquila sin necesidad de estar siempre en una defensiva.
—¿Todo bien? —preguntó Viktor.
Yuuri que hasta ese momento de reflexión había estado sentado en su escritorio haciendo un poco de trabajo de archivo se quedó frío al escuchar la voz del ruso por medio del teléfono. Había revisado antes de contestar, pero al ver que era una lada extranjera imaginó que sería Phichit o alguno de los otros patinadores cercanos, no Viktor.
—Sí —respondió seco, cerrando su computador, concentrado el suave aliento de Viktor contra el teléfono.
Lo escuchaba estar vivo y algo en su pecho se desparramaba como caramelo caliente. Yuuri se reprendió en el acto.
—Iré a Japón —dijo Viktor y Yuuri torció los labios.
—¿Vendrás a Japón?
—¿No quieres?
—No sé, es cosa tuya —contestó otra vez sonando más bruscamente de lo que hubiese querido.
—Vale… ¿Nos podemos ver si voy?
—Sí, supongo —rascó su mejilla Yuuri abrazando sus piernas.
—Entonces… nos vemos después, Yuuri.
Seguido colgaron. Katsuki pasó varios minutos mirando el teléfono y seguido cubrió su rostro, dejó caer sus manos para ver la hoja de cuentas que tenía a un lado de su computador. Revisaba todos sus gastos y estableciendo cuánto dinero necesitaba para sobrevivir de forma independiente pagando sus utensilios, viajes y renta de pista para entrenar. No tenía entrenador y… Viktor iría a Japón Negó se tenía que volver a concentrar, la intervención era verdaderamente cara y ahora debía de sostenerse por sí mismo. Conseguir un trabajo lo iba a desviar de su meta principal. Conseguir patrocinadores sería difícil por toda la situación que había a su alrededor así como su fiasco de actuación en la última temporada.
Ahora se daba cuenta que había sobrevivido en Detroit de forma misteriosa, dignamente sin pedir un solo préstamo. Sin embargo, pronto llegó la iluminación, pues cuando era estudiante recibía una aportación por parte del gobierno de USA por ser omega, otra por ser estudiante extranjero sobresaliente y otra más por ser deportista sobresaliente, la ayuda de gobierno no era en sí mucha y ajustaba perfectamente a su dieta de muerte, su transporte y los viáticos que generaba el transportarse en Detroit, a diferencia de otras ciudades ésta era bastante económica cuando se sabía donde hacer las compras. Cuando se debía de transportar de una ciudad a otra, incluso de un país a otro era la Federación Japonesa la que patrocinaba los viajes mientras que el gasto de los trajes los solventaba su familia
Todos esos apoyos se habían desaparecido. Estaba por su cuenta no contaba con todas esas facilidades y se sumaba el detalle de tener que cambiar el medicamento para controlar su celo, el cual excedía por mucho su presupuesto. Era una joda pensar en todo eso y los síntomas pre-celo no ayudaban en lo más mínimo. Maldijo en su mente a Viktor Nikiforov y se volvió a recostar sobre el escritorio solo para saltar cuando la puerta de su apartamento fue tocada. No reconoció el llamado, así no tocaba ninguna de sus amistades, además de que Minako y su hermana tenían copia de la llave, ellas se turnaban amablemente para atender a Yuuri durante sus celos que en ocasiones eran fuertes y otros más eran leves. Torció los labios y ahora el ruido del timbre resonó por el modesto lugar, el omega se revolvió en las sábanas y bufó totalmente molesto, quizás lo que más le enfadaba era la hora en que iba a tener que pararse, haló su bata, y acomodó sus gafas sobre su rostro. Su cuerpo desprendió apenas se incorporó el característico aroma que soltaban todos los omegas cuando se sentían estresados, no era su culpa y caminó hacia allá. La sábana recargada en la silla del escritorio y todas sus anotaciones a la vista. Regresó para mal esconder en un cajón las hojas y tiró la cobija hacia el sofá apagando la luz de la lámpara que tenía sobre el escritorio.
Era tarde y su la persona que tocaba era su hermana, lo más probable, ésta le iba a reñir por no estar descansando.
—Te dije que vendría a Japón —dijo Viktor sonriendo de pie en el umbral de la puerta del omega, los ojos caoba del menor se fijaron en ese rostro, y se desviaron después a la maleta, y luego nuevamente a Viktor.
—… —no pudo hilar oración decente, ni concisa, el inglés se le había esfumado y sólo se le iba a la mente una expresión.
—Oh un típico departamento japonés pequeño —sonrió Viktor entrando sin esperar a que lo invitaran. Yuuri lo vio pasar apenas podiéndose mover con la puerta abierta—. ¿Cómo era la frase? —preguntó el ruso—. Ah… "Estoy en casa" —se anunció sentándose en el escalón del recibidor para quitarse los zapatillas de vestir y dejarlas muy bien acomodadas junto a las zapatillas deportivas de Yuuri y el portaparaguas. Se quitó la bufanda y el abrigo, ambas fueron colgadas en el perchero y se adentró un poco más tirando de la maleta.
Yuuri salió de su estupor cuando la puerta de su alcoba fue abierta haciendo el chillido irritante del sistema corredizo al que le faltaba un poco de aceite.
—¡Tienes futón! —exclamó emocionado Viktor.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gimió Yuuri corriendo detrás de él pero Viktor ya se quitaba la ropa, Yuuri salió de la pieza y el aroma del alfa de pronto marcó profundamente todo el lugar. Era un aroma fuerte, dominante, audaz. Las piernas se le volvieron flan a Yuuri que se negó a caer en una trata tan baja.
—Bueno, me di cuenta que Yuuri estaba triste así que vine a hacerte compañía —comentó Viktor buscando en su maleta una bata de dormir, la cual se puso para salir al encuentro con el japonés que estaba pegado a la pared con el corazón latiéndole rápidamente. Iba a sufrir un ataque y Viktor sería el culpable—. No puedo estar lejos de Yuuri, si me descuido Yuuri puede ser robado.
—Yuuri no es una propiedad que pueda ser robada —declaró ofendido el japonés—. Ahora por favor recoge tus cosas y-.
—Es de noche y pueden robar a Viktor.
—Nadie va a robar a Viktor… dejemos de hablar en tercera persona —negó enfadado. Y Viktor se sentó en el sofá mirando al menor.
—No me voy a ir —Viktor se cruzó de piernas y de brazos. Yuuri se quedó callado, hubo un duelo de miradas y Yuuri proliferó un grito de estrés para enseguida desaparecer con un portazo de puerta corrediza. Viktor sonrió de medio lado sacando del bolso de su bata su celular—. Hace frío, Yuuri —canturreó—. ¿No quieres que te vaya a dar calor?
—…
No hubo respuesta y Viktor sonrió enorme, si Yuuri era un omega terca y egoísta, Viktor era un alfa obstinado y persistente. Bajó el móvil brevemente y suspiró, quizás no estaba haciendo las cosas como hubiese gustado hacerlas desde un principio, pero… por algún lado debía de comenzar. La puerta se abrió y apareció Yuuri con un bulto entre sus manos, mismo que dejó, sin decir algo o dar explicación al ruso. Eran cobijas y una almohada. Seguido regresó a su habitación enfurruñado por la invasión. Viktor volvió a sonreír coqueto y atrajo la almohada, olía a Yuuri.
…
—¿Qué haces aquí? No pensé que fueras a despertar—murmuró Yuuri mientras que era llevado por sus pies hacia el ruso que no podía dejar de sonreír, se sostenía del borde del barandal para no correr sobre el hielo hacia el encuentro del japonés, que por si fuerza de atracción se tratara se deslizaba con velocidad hasta el otro.
Lo había dejado durmiendo mientras él había hecho todo el recorrido hasta el Ice Castle para patinar un poco, de esa forma era su modo de despejar la cabeza, sobre todo en esos instantes en que todo él estaba lleno de Viktor Nikiforov.
—Vine a ver a mi futuro esposo, eso vine a hacer.
—Nishigori está casado con Yuko-chan, ríndete Viktor —inquirió serio mientras que terminaba de llegar y cogía con naturalidad la toalla que le ofrecía el ruso.
—¡Qué cruel, Yuuri! —chilló Viktor y Yuuri rió.
—Lo sé… me lo dicen todo el tiempo —murmuró mientras se recargaba del barandal y colocaba real atención al rostro del mayor. Era difícil mantenerse lejos de él.
—¿Te importa si solo me quedó aquí viéndote practicar?
—Lo siento, no suelo patinar con público presente —bromeó y Viktor volvió a quejarse. Pero Yuuri solo rió mientras que se alejaba nuevamente de la baranda de contención, el albino se quedó callado y con el cuerpo irremediablemente hechizado por el embrujo de la risa del omega que patinaba con cierta elegancia simple hacia el medio del rink de hielo donde se deslizó sin rumbo fijo, practicaba formas simples, combinaciones nada ostentosas pero que a Viktor de pronto le decían lo preocupado y ansioso que estaba Yuuri.
Se alegraba de estar ahí con él. Seguramente Yuuri también sentía lo mismo.
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¡Gracias por leer! Nos vemos pronto con un capítulo nuevo.
St. Yukiona
Que los ama de corazón-páncreas y pulmón.
