*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 3
Edward
Día 2
Me desperté tan pronto como aclaró. Bella ya estaba despierta, sentada en la arena junto a mí, mirando el cielo. Mi estómago gruñía, y no tenía saliva.
Me senté. —Hola. ¿Cómo está tu cabeza?
—Aún bastante dolorida —dijo.
Su rostro era un pequeño lío, también. Moretones púrpuras cubrían sus mejillas hinchadas y había sangre seca cerca de su cuero cabelludo.
Caminamos hasta el árbol del pan, Bella subió sobre mis hombros y derribó dos frutas. Me sentía débil, inestable, y era difícil sostenerla.
Se bajó y mientras estábamos allí, una fruta del árbol del pan se desprendió de su rama y cayó a nuestros pies. Nos miramos el uno al otro.
—Eso hará las cosas más fáciles —dijo.
Quitamos la fruta podrida de debajo del árbol, de modo que si regresábamos y encontrábamos alguna en la tierra, sabríamos que podríamos comerla. Tomé la que se había caído y la pelé. Su jugo era dulce y la fruta no fue tan difícil de masticar.
Necesitábamos desesperadamente algo para recoger el agua, y caminamos a lo largo de la costa en busca de latas vacías, botellas, recipientes, cualquier cosa que fuese impermeable y mantuviera la lluvia. Encontramos escombros, lo que pensé que podrían ser los restos del avión, pero nada más. La falta de cualquier tipo de basura humana me hizo preguntarme dónde diablos estábamos.
Fuimos hacia el interior. Los árboles bloqueaban la luz del sol y los mosquitos nos invadieron. Les di una palmada y me limpié el sudor de la frente con mi brazo. Vimos un estanque cuando llegamos a un pequeño claro. Más bien como un gran charco, que estaba lleno de agua turbia, y la sed me sobrepasó.
—¿Podemos beber eso? —pregunté.
Bella se arrodilló y metió su mano. Hizo girar el agua a su alrededor y arrugó la nariz ante el olor. —No, está estancada. Probablemente no sea segura para beber.
Seguimos caminando, pero no pudimos encontrar nada que pudiera contener el agua, así que volvimos a la palma de coco. Cogí uno de los cocos del suelo y lo estrellé contra el tronco del árbol, y luego lo tiré cuando no pude lograr que se agrietara. Le di una patada al árbol, que me hizo doler el pie. —¡Maldita sea!
Si podía conseguir abrir un coco, podríamos beber el agua que había dentro, comer la fruta, y recoger la lluvia en la cáscara vacía.
Bella no pareció darse cuenta de mi rabieta. Negó con la cabeza hacia atrás y hacia delante y dijo—: No entiendo por qué no hemos visto un avión todavía. ¿Dónde están?
Me senté a su lado, respirando con dificultad y sudando.
—No lo sé. —No dijimos nada durante un tiempo, perdidos en nuestros propios pensamientos.
Finalmente, dije—: ¿Crees que debamos encender una fogata?
—¿Sabes cómo hacerlo? —preguntó.
—No. —Había vivido en la ciudad toda mi vida, podía contar con una mano el número de veces que había acampado, y aún así me sobrarían dedos. Además, siempre utilizamos un encendedor—. ¿Y tú?
—No.
—Podríamos intentarlo —le dije—. Parece que tenemos tiempo.
Sonrió ante mi pobre intento de una broma. —Está bien.
Frotamos dos palillos durante la siguiente hora. Bella consiguió que los suyos estuvieran lo suficientemente calientes como para quemar sus dedos antes de que decidiera dejarlo. Yo lo hice un poco mejor, hasta creí ver algo de humo, pero nada de fuego. Mis brazos dolían.
—Me doy por vencido —le dije, dejando caer mis palillos y limpiándome el sudor con el borde de mi camiseta, antes de que algunas gotas me salpicaran los ojos.
Empezó a llover. Me concentré en tratar de atrapar las gotas sobre la lengua, agradecido por la pequeña cantidad de agua que pude ingerir. La lluvia terminó después de unos pocos minutos.
Todavía sudando, me acerqué a la orilla, me quité la camiseta, y me metí al agua, usando sólo mis pantalones cortos. La temperatura de la laguna me recordó a la de un baño, pero metí la cabeza debajo y la sentí un poco más fresca. Bella me siguió, deteniéndose antes de llegar al agua.
Se sentó en la arena, sosteniendo su largo cabello con una mano. Tenía que estar quemándose dentro de su camisa de mangas largas y sus pantalones vaqueros. Unos minutos más tarde, se puso de pie, vaciló, y luego se sacó la camiseta por sobre su cabeza. Se desabrochó los vaqueros, salió de ellos, y se dirigió hacia mí, vestida sólo con un sujetador negro y ropa interior a juego.
—Sólo imagina que estoy en mi traje de baño, ¿de acuerdo? —dijo cuando se unió a mí en el agua. Tenía la cara roja, y apenas podía mirarme.
—Claro. —Estaba tan aturdido que apenas podía hablar.
Tenía un cuerpo impresionante. Piernas largas, abdomen plano. Una muy linda estantería. Observarla debería haber sido la última cosa en mi mente, pero no lo era. Cualquiera pensaría que sería incapaz de tener una erección, considerando la sed y el hambre que tenía, y cuán seriamente jodida era nuestra situación, pero se equivocaban. Me alejé de ella hasta que estuve bajo control.
Estuvimos en el agua durante mucho tiempo y cuando salimos, me dio la espalda y se puso sus ropas. Registramos el árbol del pan pero no había ninguna fruta en el suelo. Bella subió a mis hombros y cuando logré estabilizarla, presionando sobre sus muslos, la imagen de sus piernas desnudas apareció mi mente.
Bajó dos frutas de pan. Yo no tenía mucha hambre, lo cual era raro ya que había estado muriendo de hambre. Bella no debió estar hambrienta, tampoco, ya que no se comió la fruta después de haber chupado todo su jugo.
Cuando el sol se puso, nos tendimos cerca de la orilla y vimos los murciélagos llenando el cielo.
—Mi corazón está latiendo muy rápido —le dije.
—Es un signo de deshidratación —explicó Bella.
—¿Cuáles son los otros signos?
—Pérdida del apetito. No tener que hacer pis. Sequedad en la boca.
—Tengo todo eso.
—Yo también.
—¿Cuánto tiempo podemos estar sin agua?
—Tres días. Tal vez menos.
Traté de recordar la última vez que había bebido algo. ¿Tal vez en el aeropuerto de Sri Lanka? Lográbamos conseguir un poco en nuestras bocas cuando llovía, pero no sería suficiente para mantenernos vivos. La comprensión de que se nos estaba acabando el tiempo me asustó.
— ¿Qué pasa con el estanque?
—Es una mala idea —aseguró.
Ninguno de nosotros dijo que lo que estábamos pensando. Si todo se decidía entre el agua del estanque o nada de agua, íbamos a tener que beberla de todos modos.
—Van a venir mañana —dijo ella, pero no sonaba como si realmente se lo creyera.
—Espero que sí.
—Tengo miedo —susurró.
—Yo también. —Me di la vuelta sobre mi lado, pero pasó mucho tiempo antes de que me quedara dormido.
Bella
Día 3
Cuando Edward y yo despertamos, ambos teníamos dolor de cabeza y náuseas. Comimos algo de pan de fruta, y pensé que podría vomitarlo, pero no lo hice. A pesar de que teníamos muy poca energía, volvimos a la playa y decidimos intentar hacer otra fogata de nuevo. Estaba convencida de que un avión aparecería ese día, y sabía que la fogata era nuestra mejor oportunidad para asegurarnos de ser vistos.
—Todo lo que hicimos ayer estuvo mal —dijo Edward—. Pensé en eso anoche, antes de quedarme dormido, y recuerdo ver un programa de televisión donde el tipo hacía una fogata. Hizo girar dos palillos en lugar de frotarlos. Tengo una idea. Voy a ver si puedo encontrar lo que necesito.
Durante su ausencia, reuní todo lo que se podía quemar y que consideré que produciría fuego. El aire era tan húmedo, que la única cosa en la isla que estaba seca era el interior de mi boca. Todo lo que recogía se sentía húmedo, pero finalmente encontré algunas hojas secas debajo de una planta robusta. También saqué los bolsillos de mis pantalones al revés y encontré un poco de pelusa que añadí a la pila en mi mano.
Edward regresó con un palillo y un trozo de madera.
—¿Tienes algo de pelusa en tus bolsillos? —le pregunté. Él sacó sus bolsillos de adentro hacia afuera, encontró un poco, y me lo entregó.
—Gracias. —Formé la pelusa y las hojas en un pequeño nido. También recogí un poco de leña y junté un montón de hojas húmedas y verdes que podríamos usar para hacer mucho humo.
Edward se sentó y mantuvo el palillo en posición vertical, perpendicular al trozo de madera sobre el cual estaba.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Trato de encontrar una manera de hacer girar el palo. —Lo estudió durante un minuto—. Creo que el tipo usó una cuerda. Desearía no haberme quitado mis zapatos; habría podido utilizar los cordones.
Giró el palo hacia atrás y hacia adelante con una mano, pero no pudo girar lo suficientemente rápido como para obtener algún tipo de fricción. El sudor corría por su rostro.
—Esto es jodidamente imposible —dijo, descansando durante unos segundo.
Con renovada determinación, usó las dos manos y las frotó juntas, con el palillo en medio de ellas. Giró más rápido, e inmediatamente encontró un ritmo. Después de veinte minutos, el palo giraba y produjo un pequeño montón de humo negro en la base de madera.
—Mira eso —dijo Edward, cuando el humo comenzó a subir.
Poco después de eso, hubo mucho más humo. El sudor corría hasta sus ojos, pero Edward no dejó de girar el palo.
—Necesito el nido.
Me senté a su lado y contuve la respiración, observando mientras él soplaba suavemente en el nido de madera. Usó el palo para excavar cuidadosamente entre la rojilla brasa brillante y transferirla a la pila de hojas secas y pelusa. Tomó el nido y lo sostuvo frente a su boca, soplando suavemente, y las llamas crecieron en sus manos. La dejó caer en el suelo.
—Oh, Dios mío —dije—. Lo hiciste.
Apilamos pequeños trozos de yesca sobre ella. Creció rápido y de inmediato agotamos toda la leña que había recogido. Nos apresuramos a buscar más, y los dos regresábamos corriendo hacia la fogata cuando un aguacero cayó. En cuestión de segundos, el fuego se convirtió en una pila húmeda de madera carbonizada.
Miramos lo que quedó de la fogata. Quería llorar. Edward se arrodilló en la arena. Me senté junto a él, y levantamos nuestras cabezas para atrapar las gotas de lluvia en la boca. Llovió durante mucho tiempo y por lo menos algo de lluvia bajo por mi garganta, pero todo lo que podía pensar era en agua humedeciendo la arena que nos rodeaba.
No sabía que decirle. Cuando dejó de llover, nos acostamos bajo la palmera, sin hablar. No podíamos hacer otra fogata de inmediato, porque todo estaba muy mojado, así que dormimos, letárgicos y deprimidos.
Cuando nos despertamos por la tarde, ninguno de los dos quiso pan de fruta. Edward no tenía la energía suficiente para hacer otro fuego, y sin algún tipo de refugio, no seríamos capaz de mantenerla llama viva, de todas formas. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, y mis miembros estaban entumecidos. Había dejado de sudar.
Cuando Edward se levantó y se marchó, lo seguí. Sabía a dónde iba, pero no pudo detenerlo. Quería ir allí, también.
Cuando llegamos a la laguna, me arrodillé a la orilla del agua, recogí un poco en mi mano y la llevé a mi boca. Tenía un sabor horrible, caliente y ligeramente salobre, pero inmediatamente quise más. Edward se arrodilló a mi lado y bebió directamente de la laguna. Una vez que empezamos, ninguno pudo parar. Después de beber todo lo que pudimos, colapsamos en el suelo, y pensé que podría vomitar, pero me contuve. Los moscos me invadieron, y los aparté de mi rostro.
Regresamos a la playa. Era casi de noche cuando nos recostamos uno cerca del otro en la arena, con nuestras cabezas sobre los chalecos salvavidas. Pensé que todo estaría bien. Habíamos comprado algo de tiempo. Vendrían a buscarnos seguramente mañana.
—Lamento lo del fuego, Edward lo intentaste mucho, e hiciste un gran trabajo. Yo nunca podría ser capaz de hacerlo.
—Gracias, Bella.
Nos quedamos dormidos, pero me desperté un poco más tarde. El cielo estaba negro, y pensé que probablemente era media noche. Me estómago gruñó. Lo ignoré y rodé sobre un costado. Otro calambre me golpeó, esta vez más intenso. Me senté y gemí. El sudor cubría mi frente.
Edward despertó. —¿Qué pasa?
—Me duele el estómago. —Recé para que los calambres se detuvieran, pero sólo empeoraron, y sabía lo que iba a suceder—. No me sigas —dije. Me adentré en el bosque, y apenas logré bajar mis vaqueros y ropa interior antes de que mi cuerpo purgara todo lo que contenía. Cuando ya no quedó nada, me retorcí en el suelo, los calambres continuaron viniendo en olas, una tras otra. Empapada de sudor, el dolor bajaba desde mi estómago hasta cada pierna. Por mucho tiempo, me quedé quieta, con miedo de que el más mínimo movimiento pudiera causarme más miseria. Los mosquitos zumbaban alrededor de mi rostro.
Entonces, vinieron las ratas.
Dondequiera que miraba, pares de brillantes ojos se escondían en la oscuridad. Uno pasó por encima de mi pie, y grité. Me tambaleé sobre mis pies y tiré de mis vaqueros y ropa interior, pero el movimiento provocó un intenso dolor, y me dejé caer de nuevo. Pensé que podría estar muriéndome, que toda esa agua contaminada de la laguna que bebí no me haría sobrevivir. Permanecí allí después de eso. Exhausta y débil, sin idea de dónde se encontraba Edward, me dormí.
Un zumbido me despertó. Mosquitos. Pero el sol estaba arriba y la mayoría de los insectos, y de las ratas se habían ido. Me esforcé por levantar mi cabeza mientras me recostaba de costado con mis rodillas levantadas contra mi pecho.
Eso parecía ser el sonido de un avión.
Solté mis rodillas para levantarme y arrastrarme hacia la playa, gritándole a Edward mientras mis pies caminaban más rápido, tratando con cada gramo de mis fuerzas levantar los brazos por encima de mi cabeza y moverlos de un lado a otro. No podía ver el avión, pero podía escucharlo, el sonido desvaneciéndose cada vez más.
Están buscándonos. Darán la vuelta en cualquier momento.
El sonido del avión se hizo más débil hasta que no puedo escucharlo más. Mis piernas se doblaron, y caí sobre la arena y lloré hasta que hiperventilée. Me recosté de lado, mis sollozos disminuyendo, la mirada fija en las nubes.
No tenía idea de cuánto tiempo pasó, pero cuando aparté la mirada, Edward estaba recostado a mi lado.
—Era un avión —dije.
—Lo escuché. Pero no podía moverme.
—Regresarán.
Pero no lo hicieron.
Lloré mucho ese día. Edward estuvo en silencio. Mantuvo sus ojos cerrados, y no estaba segura de sí dormía o simplemente estaba muy débil como para hablar. No hicimos otra fogata o un intento de comer más pan de fruta. Ninguno de los dos se movió debajo de la palmera, excepto cuando llovió.
No quería estar cerca del bosque cuando la oscuridad cayera, así que nos movimos de regreso a la playa. Mientras me recostaba junto a Edward hubo solo una cosa de la que estuve segura. Si otro avión no venía, o si no encontrábamos una manera de recoger agua, Edward y yo moriríamos.
Dormí a ratos durante toda la noche, y cuando por fin caí en un sueño profundo, me desperté gritando porque soñé que una rata se comía mi pie.
